XI

No pudo apreciar el desdichado presbítero el tiempo que tendido estuvo

en aquel terreno, más parecido a muladar que a campo de sembradura.

Harapientas mujeres le ayudaron a levantarse, y le limpiaron parte

mínima del polvo y basura que decoraba su ropa negra. Apenas podía

moverse de dolores agudísimos en todo el cuerpo; tardó un rato en

recobrar el sentido de su situación, y en traer a su mente claras

imágenes de lo que había hecho y dicho. Dudaba de la realidad de la

escena que le reproducía su turbada memoria, y cuando trató de dar las

gracias a las tarascas que le socorrían, su lengua torpe no acertaba a

formular sus pensamientos. Sentáronle sobre una piedra para descansar;

pidió agua; se la dieron, y reponiéndose poco a poco, se determinó al

fin a emprender la marcha hacia el puente y calle de Segovia.

«No quisiera topar con Ibraim, porque si le veo, me volverá la rabia...

¡Dios mío!, ¿cómo he podido olvidar que soy sacerdote?... ¿Será cierto

que hice y dije todo lo que me va repitiendo la memoria? ¿Y qué fue?

Que perdí el sentido, que al oír los disparates de ese bruto me volví

caballero... ¿Puede uno volverse caballero en momentos dados, aun

siendo sacerdote? Se conoce que sí. He faltado a la moderación, a la

humildad, a la paciencia que me impone el sacramento; he faltado, y

tendré que expiar mi culpa... Es que de algún tiempo acá, desde que

la desconocida mamá de Calpena me fue metiendo con suavidad en este

berenjenal romántico, no me conozco; no soy el Pedro Hillo de antes,

de tantos años pacíficos y oscuros dentro de la paz sacerdotal...,

me he convertido insensiblemente en otro ser, menos de Dios y más

del siglo... Cuando he soportado que me encarcelaran, como un caso

natural, ¿qué me queda ya que ver ni que sentir?... Soy hombre, sí; soy

caballero, y no consiento que la llamen _coima_... Al que me lo diga,

le enseñaré yo quién es _señó Jiyo_, como dice ese bestia... No quiero,

no quiero la deshonra de Fernando, a quien amo con todo mi corazón, y

no le amaría más si le hubiera yo engendrado».

En todo el trayecto hasta su casa, que fue lento y penoso, sus ideas

sufrían una oscilación de balanza puesta en el fiel, y empujada arriba

y abajo por manos invisibles. Ya creía que lo dicho por Ibraim era

falso, un embuste, una historia equivocada; ya veía en ello una verdad

aterradora; y cuando esta idea de la posible veracidad del odioso

cuento se clavaba en su magín, le entraba de nuevo la furia, y ganas de

emprenderla a bastonazos con el primerito que encontrase...

«¡Vaya, que si es verdad...! El polizonte, el abanico..., el misterioso

resplandor testifical que irradian de sí las cosas verdaderas...».

Así pensaba un largo rato, y luego daba en creer que todo era mentira.

«No puede ser..., no, no. No se finge la nobleza; no hay arte que lleve

el engaño a tal extremo de perfección».

Había olvidado las señas de la casa mortuoria que le diera don Víctor;

dudaba si había dicho _Fuencarral_ o _Arenal_: era cosa acabada en

_al_. Por san Hermógenes bendito, debía buscar a Ibraim, pedirle perdón

de las injurias, y recoger de su boca la exacta dirección de la difunta

incógnita. ¿Pero qué noticias iba a pedirle a una pobre muerta? ¿Y

quién le aseguraba que los adláteres, el de la policía, las mujeres

malas, no tirarían a sostenerle en el engaño, a embarullarle más, y

acabar de volverle loco?

Con estas dudas angustiosas llegó a Genieys, y agotadas sus fuerzas se

arrojó en el lecho; no tenía ganas de comer: ningún alimento pasaría

por su abrasado, seco y amarguísimo gaznate. No quería más que dormir,

olvidar...

Calpena, que, según le dijo el mozo, había ido a las siete, marchándose

después de tomar un copioso desayuno, volvió a casa por la tarde, y le

acompañó largas horas. A ratos lloraba el buen presbítero, sin que su

amigo obtuviese de él explicaciones sobre los motivos de su pena. A

los dos días recobraba la tranquilidad externa; pero su cabeza sufría

extraños accidentes, pérdida repentina de la memoria, seguida del

fenómeno contrario, esto es, extraordinaria viveza de los recuerdos.

Fue Iglesias a visitarle, y se alarmó del lastimoso estado cerebral de

su amigo; y como notara que no se le atendía en la fonda con el esmero

que su delicada salud requería, propuso llevársele otra vez a la casa

de Méndez, lo que realizó aquella misma noche sin aguardar a que el

enfermo lo decidiera. Pagada la fonda con los cortos dineros que a

Hillo le quedaban, fue trasladado a su antiguo hospedaje, a donde le

siguió también Calpena.

—Amigo Nicomedes —le dijo don Pedro una noche, hallándose solos, el

clérigo en su lecho, el otro sentado, leyéndole periódicos—. Si usted

no se enfada, le diré que no me interesa nada de eso que cuentan los

papeles. Ahórrese el trabajo de leer en alta voz, y lea para sí, que yo

me estaré aquí calladito, pensando en mis cosas.

—Precisamente, amigo Hillo, leo en alta voz para distraerle de esos

pensamientos que le traen tan extenuado. Es preciso que usted se ponga

en cura resueltamente.

—A eso voy, y de eso trato. Esta noche pensaba pedirle a usted un

favor, en asunto pertinente a mi salud.

—Dígalo pronto, y si es cosa que está en mis facultades, delo por hecho.

—Pues usted, hombre de relaciones, conocerá a los señores de la Junta

de Beneficencia. ¿No son estos los que han de dar licencia para entrar

en las casas de orates?

—Seguramente. ¿Tiene usted que visitar a algún pariente o amigo que

esté encerrado en el Nuncio de Toledo, o en Zaragoza?

—Pregunto si hay que dirigirse a esos señores solicitando el ingreso de

un enfermo de enajenación.

—En efecto: los individuos de la Junta, previo informe de profesores de

Medicina, dan la cédula de ingreso.

—Pues consígame al instante una cédula.

—¿Tiene usted pariente o amigo que se halle en ese triste caso?

—Tengo un amigo íntimo, sí señor; tan íntimo, que usa mi nombre y

apellido. El loco que deseo encerrar soy yo mismo, caro don Nicomedes,

y dese usted prisa, porque los dineros se me acaban; yo no tengo ya

posibles ni de dónde me vengan... y como me siento rematado, en ninguna

parte estaré mejor que en el Nuncio de Toledo.

Trató el bueno de Iglesias de apartarle de sus melancolías con festivas

bromas; pero Hillo se confirmó más en ellas, añadiendo estas alarmantes

expresiones:

—Sí, lo digo a boca llena: estoy más perdido que don Quijote, y que

cuantos locos hicieron disparates y simplezas en el mundo. Figúrese

usted si lo sabré yo, que a todas horas no hago más que contemplar

el barullo de mis ideas, los extraños sentimientos de que me veo

acometido. Yo mismo he llegado a tomarme miedo, y quiero que me

encierren, sí, señor, que me encierren y me aíslen...

—Don Pedro, ningún loco discurre así sobre su propio desvarío. Pues

no me lo diga mucho, porque doy en sospechar si estaré yo también

trastornado.

—Cuidado, amigo, que así empecé yo —dijo don Pedro incorporándose en

el lecho bruscamente, y mirando a su amigo con refulgentes ojos—. Y no

crea que soy tan pacífico; no se fíe usted de mi natural tranquilo y

manso..., no, no, no se fíe. Que también me dan terribles arrechuchos,

y se me mete en el magín la convicción de que no soy sacerdote, sino

caballero, desfacedor de agravios, como quien dice; y cuando me da esa

tremolina, hago y digo atrocidades sin número. Desafío a todo el que se

me pone por delante, y me siento con ánimo de comerme a bocados al que

no diga y confiese...

Oyendo esto, y viendo cómo braceaba el clérigo al decirlo, Iglesias

tuvo miedo y retiró hacia atrás la silla en que se sentaba.

—Confío en que su amistad y sentimientos humanitarios —agregó Hillo,

calmada su excitación— le inducirán a dar los pasos convenientes para

meterme en el Nuncio, antes hoy que mañana. Temo empeorar, ponerme

más perdido... ¿Conque lo toma como cosa suya? Crea usted que se lo

agradezco, y desde mi encierro pediré al Señor que no siga usted mi

camino.

—Hombre, no..., allá me espere usted largo tiempo —dijo Nicomedes

tomándolo a broma; pero con la pulga en el oído, más inquieto de lo que

parecía.

Viéndole tranquilo, Iglesias le manifestó que él se sentía también

un poco trastornado por la maldita política. No sabía ya qué camino

tomar, ni a qué aldabas agarrarse, porque ni los caminos conocidos ya

le llevaban a ninguna parte, ni las aldabas, repicadas con furor, le

abrían ninguna puerta. Su juego de acogerse a Mendizábal, casi en el

suelo ya, no parecía resultarle eficaz, porque don Juan de Dios, en su

orgullo, acababa de manifestar el deseo de _caer solo_, sin solicitar

colchones ni paracaídas del partido en que militaba. No quería que los

_santones_ le echaran una mano, ni que le recibieran en las suyas las

sociedades secretas.

—¿Sabe usted, amigo don Pedro, lo que ha dicho hoy en los pasillos del

_Casón_? Yo mismo se lo oí. «Me voy a una casita que tengo a noventa

millas de Londres, y allí me estaré con mi familia, _viendo la marcha

de las cosas de este país..._». Y luego en otro corrillo le dijo al

propio Argüelles: «Sé vivir con _ochocientos reales mensuales_ en

Londres, con mi familia, y vivir feliz. Traje mucho, y nada me llevo.

Que ustedes se diviertan».

—Gran filosofía es esa. El señor don Juan Álvarez merece toda mi

admiración.

—Se retira..., al menos así lo asegura. Y henos aquí abandonados, los

que no hemos querido hacer causa común con el _santonismo_.

—De modo que ahora se encuentra usted como el alma de Garibay —dijo don

Pedro con una risa atronadora que puso muy en cuidado a su compañero de

casa—. Pues decídase de una vez, Iglesias, y véngase conmigo.

—¿A dónde?

—Al Nuncio de Toledo. Allá estaremos tan ricamente, y nos contaremos

uno a otro nuestras cuitas: yo le diré por qué peno, y usted me hará

la historia de sus desairadas tentativas. Créame, no se puede luchar

con el destino, y el mío, como el de usted, es no llegar nunca... Hemos

nacido con desgracia: la obstinación en esta desigual batalla nos ha

trastornado la cabeza. Aún estamos a tiempo, señor don Nicomedes;

vámonos, encerrémonos antes de que salgamos por las calles tirando

piedras. Corremos el peligro de hacer una barbaridad inesperadamente,

y si no coincidimos en la ocasión de hacerla, es fácil que nos

enchiqueren por separado, a mi en una parte, a usted en otra, y en este

caso no hallaremos en la compañía el consuelo que deseamos.

Al siguiente día, repitió Hillo su cantinela del Nuncio de Toledo, ya

con verdadera reiteración monomaníaca, lo que puso en mayores cuidados

a Iglesias. Conceptuando peligroso contrariarle, le aseguró que ya

había pedido la recomendación para ingresar los dos en cualquier casa

de orates; y a este propósito dijo don Pedro cosas tan oportunas y

juiciosas que Nicomedes hubo de enmendar su opinión respecto a él,

teniéndole por la misma cordura.

—A usted y a mí, señor de Iglesias, nos pasan tantas desventuras

por habernos salido de nuestra jurisdicción, del terreno en que por

nacimiento, por naturales gustos y por ley del tiempo y de la vida

debimos permanecer. En vez de mantenernos en jurisdicción, nos hemos

ido por los cerros de Úbeda, y henos aquí desorientados, _huidos_, en

una palabra, sin saber qué rumbo tomar, pues ya no hay fin seguro para

nosotros, como no sea el de la perdición. Yo, presbítero, me salí de mi

terreno, arrastrado por un noble afán del bien, eso sí; y aquí me tiene

usted castigado por Dios, que no ha visto con buenos ojos el abandono

de mis deberes eclesiásticos, por meterme en caballerías impropias de

la milicia cristiana a que pertenezco. Verdad que mi conciencia no

me arguye ningún pecado grave; pero en religión, como en moral, no

solo es menester ser bueno, sino parecerlo, y yo no parezco un buen

sacerdote. La nobleza de los fines que me arrastraron a esta vida de

sobresalto no me exime de responsabilidad ante el clero; no, señor,

no me exime, y hoy todo mi afán es volver humilde y sumiso al rebaño

eclesiástico, prosternarme ante el Sacramento y elevar a Dios mi alma,

haciéndome digno de celebrar nuevamente el Santo Sacrificio... Pues

expresada mi situación, voy a la de usted, que estimo muy semejante

a la mía, aunque a primera vista no lo parezca. Por lanzarse a este

vértigo de la política, donde esperaba satisfacer legítimas ambiciones,

abandonó usted el bienestar y la paz rústica de su casa manchega; dio

usted de lado a sus padres y hermanos, y trocó la tranquilidad oscura

y modesta por los afanes ruidosos. Reconozco que sus aspiraciones

eran rectas y nobles: servir al país, ilustrarle; aspiraba usted a

manifestar en las Cortes sus ideas y el fruto de sus estudios, a

desempeñar un ministerio, cosas muy santas y muy buenas... Empezó mi

hombre su campaña con entusiasmo y brío, metiéndose en todo, huroneando

en el periodismo, cultivando amistades; sin sentirlo se fue metiendo

en intrigas de mala ley, porque es la política un terreno movedizo

y desigual, y andando por ella, ya se pone el pie en firme, ya se

hunde en ciénagas malsanas. Cuando ha querido recordar, ya estaba el

hombre metido hasta el cuello. Quizás por su misma inquietud, por el

afán de llegar pronto, se ha perdido en estos laberintos, y ahora los

esfuerzos para salir le meten en mayor confusión y en más cenagosos

atolladeros... Trajo usted con sus aspiraciones legítimas una dosis no

corta de soberbia, amigo mío, y por querer sentar plaza en los altos

puestos, como a su parecer le correspondía, despreció los secundarios

que se le ofrecieron, y ahora se dará con un canto en los pechos si

obtener puede un destinillo de tercero o cuarto orden. No ha sabido

usted esperar; ha olvidado aquel sabio precepto que se atribuye al

último rey: _vísteme despacio, que estoy de prisa_; y por vestirse

atropelladamente se ha puesto el chaleco donde debió estar la camisa,

y la camisa en la cabeza a guisa de turbante. Está usted hecho un

mamarracho.

Sonreía Iglesias oyendo este retrato, en el cual vio la destreza del

pintor, y alentándole a seguir, continuó el clérigo de este modo:

—Compare usted está tracamundana en que ahora se encuentra, abandonado

de sus amigos, y sin saber a qué santos o _santones_ encomendarse, con

la paz y la dulce _mediócritas_ de su casa. En su querido Daimiel dejó

usted padres y hermanos labradores; su hacienda bastaba para sostén

de la familia, y con el trabajo de todos podía ser aumentada. Vino

y pan abundantes, caza de lagunas, caza de jarales le sustentaban,

ofreciéndole los esparcimientos y el saludable ejercicio del campo.

Todo lo dejó usted por venir a quitarle motas a don Martín de los

Heros, o a ver escupir por el colmillo a Ramoncito Narváez. De estos

esperaba usted la ínsula que ambicionó su compatriota Sancho Panza, y

la ínsula no parece, y don Martín, don Juan de Dios, don Salustiano,

don Javier, don Francisco y don Fermín no hacen más que marearle y

traerle de Herodes a Pilatos con una soga al pescuezo. Y en tanto su

familia, según usted mismo me ha contado, yo no lo invento, se ha

cargado de deudas por sostenerle aquí, siempre en espera de que llegue

carta con la feliz nueva de que el señorito es procurador, ministro,

o por lo menos director de Rentas, y lo que llega es la requisitoria

angustiosa del madrileño, pidiendo más dinero, más, porque la vida

de la corte es cara, y no se pescan truchas a bragas enjutas; que

si buena cartera se ha de ganar, buenos cuartos le cuestan las

apariencias y ostentaciones que trae consigo la posición política.

Total, que los viejos no saben ya qué hacer para el sostenimiento en

Madrid del hijo _que va para gobernador_, y ya no tienen tierras que

empeñar, ni granos que vender, ni tinajas de vino que malbaratar, y su

único recurso será desprenderse de la camisa que llevan puesta para

atender al grande hombre. ¿Es esto cierto, si o no? ¿No estaría usted

mejor allá, muy tranquilito en su labranza, comiendo buenas sopas de

ajo y suculentas migas, harto más sabrosas, ¡ay!, que los bodrios

indecentes que le da Genieys cuando usted convida o le convidan sus

amigotes? Allá no le dirían que es un Mirabeau en agraz, ni que tiene

el cuerpo lleno de _espíritu del siglo_, ni le meterían en la cabeza

tanto viento y hojarasca; pero viviría usted en paz con Dios y con los

hombres, y sería usted un hijo ejemplar y un buen padre de familia...,

pues usted me ha contado, yo no lo invento, que le tenían preparado

el ayuntarle..., repito que no lo invento..., con una hija de ricos

labradores, _alta de pechos y ademán brioso_, como Dulcinea; y usted

despreció el partido, porque la lozana joven comía cebolla cruda...,

¡vaya una tontería!... Y no es sino que al niño se le metió en la

cabeza que aquí estaban las hijas de duques y marqueses esperándole

para darle su blanca mano, y ambicionaba el trato social muy fino, las

etiquetas y bobadas cortesanas... Confiésemelo: ¿era como lo digo?...

Pues la moza de allá se casó con otro, y ha parido dos hijos ya, como

terneros..., yo no lo invento, y es feliz, y usted anda por aquí con

la cabeza a pájaros, buscando un acomodo que no encuentra, ni en lo

social, ni en lo político, ni en nada, ea. De buena gana, si pudiera

volver los hechos al punto de lo pasado, y desandarlo todo, renegaría

el buen Iglesias de su vida de estos años, amando lo que despreció,

y amparándose a lo que antes tan mal le parecía. Hoy le viniera bien

poder cambiar la fragancia de droguería que usan estas damiselas

enfermizas, como disimulo de las pestilencias de la civilización, por

aquel tufillo de cebolla, compañero de la salud del alma y del cuerpo.

¿Verdad que desharía usted la tela del tiempo, amigo Nicomedes, y la

volvería a tejer con la urdimbre aquella..., y con la labradora de la

Mancha?

De Oñate a La Granja · 第 13 / 37 题