Para ver _gente buena_, de esa que con un codo toca al pueblo, y con
otro a la aristocracia, ningún sitio como el Estamento de Procuradores,
que en aquellos días inauguraba la nueva legislatura, con Real discurso
y todo el ceremonial de rúbrica. Según el famoso dicho de Larra, no
se abría el Estamento; quien se abría era el señor don Juan Álvarez
Mendizábal, elegido por diez provincias... La política entraba en
honda crisis, resuelto _Palacio_ a cambiar de gobierno, y siendo el
Parlamento, como era, no más que una sombra de régimen, tapadera de
la arbitrariedad, del capricho y de las veleidades cortesanas. Bastó,
pues, que tres hombres de fama, un gran orador, un político hábil y
un eximio poeta, marcasen un magistral cambiazo, y se apartaran de
Mendizábal declarándose devotos ardientes del _justo medio_, que por
entonces, como en todo el reinado siguiente, era el barro de que se
echaba mano para la fabricación de ministros; bastó, digo, que aquellos
tres señores se lanzaran al campo _moderado_, para que los liberales
se vieran mandados a sus casas, y el poder pasase a los otros, a los
de la suprema inteligencia y finas artes de gobierno. ¿Quiénes eran
los tres? Alcalá Galiano, Istúriz, el duque de Rivas. Este fue a la
conjuración llevado por amistades más fuertes que sus convencimientos
políticos, de ningún modo por ambición, pues un hombre que había
hecho el _Don Álvaro_, bien podía conformarse con un papel incoloro y
secundario en aquel teatro todo mentira y rencores. Los otros dos eran
ambiciosos, con motivos para serlo, y su presente y su porvenir estaban
dentro del escenario político.
La batalla política, dada en el terreno del mensaje, como ordenan la
lógica y la costumbre, era de esas que, repetidas hasta la saciedad
en nuestra historia parlamentaria, siempre con los mismos tonos y
peripecias, resultan, vistas a estas alturas, absolutamente insípidas y
sin ningún interés. Batallas son estas que, por el ruido que en ellas
se hace, parece que entrañan alguna transcendencia; en realidad no
interesan más que a las cuadrillas de desocupados que esperan destinos,
o temen perder los que poseen. En estos oleajes, comúnmente todo es
espuma; en el de abril de 1836, apuraban los oradores un asunto ya
resuelto por el poder Real. Pero se creía necesario un simulacro de
parlamentarismo, por aquello de que era _fashionable_ vestir a la
inglesa, imitando los debates políticos, como se imitaban los fraques.
—¿Qué hay por aquí? —dijo Hillo, que con Ibraim, los dos vestidos de
seglares, sin collarín ni ningún signo eclesiástico, brujuleaba por los
pasillos del Estamento, llenos de gente inquieta, bulliciosa.
Y enterado por Iglesias, que le salió al encuentro, de que Istúriz
y Mendizábal se liaban en agrias disputas por un estira y afloja de
conducta o principios..., palabras, hojarasca, juguetería política de
muchachos grandes, expresó con buen sentido esta opinión sintética:
—¡Qué ganas de perder tiempo y saliva! ¿A qué disputar un poder que ya
se sabe está destinado a la _moderación_? Yo que el señor don Juan,
no me prestaría a esta farsa, y cogiendo mi sombrero, les diría a los
Procuradores: «Compadres: ya sé que estoy de más aquí. Ahí tienen
ustedes el poder, las carteras y las actas y credenciales, que yo me
voy al corral por mi pie, antes que me arrastren las mulillas». Y a la
señora reina le diría: «Señora: para quitarnos los collares y ponerlos
en otros pescuezos, no es preciso que estemos aquí, como rabaneras,
días y más días, apurando el vocablo. Si la opinión no tiene influencia
efectiva, ¿a qué fingirla con nuestros deslavazados, interminables
despotriques? Hoy decimos lo mismo que ayer, y mañana eructaremos lo
de hoy. Conque... ahí tiene Vuestra Majestad la confianza que me dio.
Puesto que ha resuelto quitármela, se la devuelvo, y así le ahorro
el disgusto de despedirme como a un criado. Yo soy un hombre serio y
formal, que amo a mi patria. No he logrado hacerla feliz, como me
propuse y prometí. Mi voluntad ha podido menos que las intrigas y
obstáculos con que desde el primer día han embarazado mi camino los
políticos de profesión, y las camarillas parlamentarias y palaciegas.
Si no hice más, fue porque no me dejaron... De todo se le echa la
culpa al pueblo. El pueblo es el gato, el pueblo es el niño malcriado,
mocoso y llorón que trastorna la casa. Pues si quieren que el pueblo
aprenda a desempeñar su papel político, enséñenle los de arriba con
el exacto y honrado cumplimiento del suyo. Conque... a los reales
pies, _etcétera_..., que yo me voy a mi casa, de donde veré pasar las
revoluciones...». Esto diría yo a ser don Juan de Dios, y me marcharía
cantando bajito, dejando a los Istúriz y Galianos desenvolverse
como pudieran, bajo los auspicios de doña María Cristina y de sus
tertuliantes del Pardo y la Granja. Caballeros...
No parecieron mal a los circunstantes estas ideas, y alguno, al
comentarlas, extremó la amargura y escepticismo que revelaban. En
aquellos días, la opinión de la gente que politiqueaba y de los
ciudadanos pacíficos empezó a mostrarse favorable a Mendizábal. Todo
el mundo veía el juego que se traían palaciegos y estatuistas para
plantarle en la calle, sustituyéndole con el que había sido su amigo
íntimo, don Javier Istúriz. Hasta Nicomedes Iglesias, que meses antes
echaba de su boca sapos y culebras contra el buen gaditano, reconocía
la injusticia con que se le trataba, y casi casi se inclinaba a
defenderle. Verdad que no era todo generosidad en esta conducta,
pues el infatigable pretendiente, desairado por tercera vez en las
elecciones, había adquirido pruebas de que no fue Mendizábal el
causante de su desventura. Le constaba de un modo indudable que el
ministro, ocho días antes de la elección, había querido sacarle _por
los cabellos_ en la provincia de Gerona; pero le marró la suerte,
por confabulación de intrigas entre moderados y patriotas catalanes.
Viéndose nuevamente detenido en el camino de su ambición, se tragó sus
hieles, deplorando la doblez de algunos amigos que habían trabajado en
contra suya, y empezó a sentirse minado por el desaliento y la falta
de fe. Pues no se le daba el honroso puesto que en la política creía
merecer, lo asaltaría. Cuando no se puede avanzar ordenadamente con
la ley, se avanza saltando con los motines, y pues se le marchitaban
los ideales, daría un sesgo positivista a sus aspiraciones... ¿Con
qué bandera conspiraría? He aquí el problema. Su despecho, a vueltas
de largos insomnios y cálculos, le sugirió que la bandera que
resueltamente debía seguir era la del Éxito. ¡Unirse a los que podían y
debían triunfar! ¿Quiénes eran estos? Nadie sabría determinarlo hasta
la solución de la crisis.
En esta situación de ánimo, su olfato finísimo le permitió apreciar
que Mendizábal, caído tan a destiempo, víctima de sus propios amigos y
de adversarios envidiosos, quedaría con fuerza moral no menos grande
que la que tuvo al venir de Londres. En cambio, Istúriz y comparsa, al
remontarse en la cucaña, empujados por _Palacio_, triunfaban en pleno
estado de debilidad. «Los vencedores —se dijo Iglesias— son gente
muerta: en cambio, el vencido vivirá». De aquí que se inclinara a
formar en el partido del ministro desairado y aparentemente maltrecho.
Pensaba que don Juan de Dios se lanzaría con resolución a la política
de venganza, que soplando el cuerno revolucionario, haría revivir su
popularidad, para con ella, y los jirones que aún le restaban de sus
desgarrados planes, causar terror y desconcierto en los estatuistas de
viejo y nuevo cuño. El hombre de mañana era precisamente el ministro
despedido y vilipendiado de hoy. Así lo presagiaba el instinto de
Iglesias, y con esta presunción bastábale para saber a qué faldones
agarrarse debía. «Me voy con todo el que apunte alto y sepa hacer
blanco seguro —se decía—. ¿Qué bandera? Supongo que don Juan tremolará
la Constitución del 12, para decirle a _Palacio_ que _al que no quiere
caldo, taza y media_. Presumo que nos apoyaremos en el elemento
popular, la Milicia Urbana. ¡Ay del que toque a la Milicia!».
Revolviendo en su mente estas ideas, preparaba su probable, casi segura
reconciliación con don Juan Álvarez, hablando de él, en aquellas
críticas circunstancias, con una benevolencia compasiva, que sería
precursora de las alabanzas una vez que el largo cuerpo del gaditano
acabase de caer al suelo.
—Sí, hay que reconocer que lo que se hace con este hombre es inicuo
—decía en un apretado corrillo en que estaban Trueba y Cossío, Donoso
y otros muchachos inteligentes—. Nadie le ha combatido como yo, cuando
le he visto metido en transacciones peligrosas con el enemigo...
Pero ahora que se le quiere atropellar..., ahora, ¡oh! nosotros, los
patriotas de toda la vida, no tenemos vergüenza si no nos ponemos a su
lado.
Olózaga, que en aquellos días hizo su estreno parlamentario, sentando
plaza de orador de primer orden, sostenía lo mismo que Iglesias, aunque
con menos ardor, porque su posición le imponía otros miramientos. López
y Caballero aspiraban a formar grupito aparte, y los _santones_, con
Argüelles a la cabeza, se mostraban fríos en la defensa de Mendizábal,
cual si desearan su anulación antes que pudiese adquirir la jefatura
indiscutible del poderoso bando popular.
Indiferente a la marejada política; poco atento al drama de la sesión
en que unos y otros se peleaban por interpretaciones de conceptos, de
poco valor práctico, don Pedro Hillo practicaba en aquel laberinto sus
extrañas diligencias. Alguien encontró que podía darle luz: parásitos
de las casas grandes; periodistas que democratizaban en las redacciones
o en las logias, después de haber asistido a prima noche, vestiditos de
fraque, a comidas aristocráticas; procuradores noveles, fruto elegante
del nepotismo moderado, que alternaban con lo más florido de Madrid.
No tuvo que hacer don Pedro flojas combinaciones dialécticas para
formular sus interrogatorios con la debida discreción, y al fin, ¿qué
sacó en limpio? Véanse por la muestra los informes que adquirió del
mundo elegante: La condesa de S. A., una de las más bellas Montúfares,
padecía de horroroso dolor de muelas, que privaba a los amigos del
placer de admirar su hermosura. La marquesa de B., ya en meses mayores,
no se presentaba en sociedad; se sentía horriblemente molesta. La
duquesa viuda de H. iba saliendo de su pulmonía, que ofrecía cuidado
por la edad de la señora: ochenta y cinco años. La marquesita de A., la
menor de tres hermanas célebres por su gracia y hermosura, estaba en
cama, de sobreparto; pero iba bien: contaba veintitrés años y meses.
No satisfacían al buen clérigo estas gacetillas de sociedad, y en el
ardor de su mente empezó a sospechar que quizás era error suponer a
la incógnita perteneciente a la clase más alta de la sociedad. ¿Sería
de familia de comerciantes acaudalados, de banqueros o asentistas?
¿Sería...? El hombre se volvía loco, y cada vez se ennegrecían más
los horizontes que le cercaban, pues también fueron infructuosos los
pasos que dio para buscar a _Edipo_. Este había sido destinado a una
sección de vigilancia en pueblos cercanos a Madrid, y se ignoraba
cuándo volvería. Mas no vencido Hillo con estas contrariedades,
siguió metiendo el cuezo en los Estamentos, aficionándose más al de
Próceres. Una tarde fue sorprendido por la candente noticia de que
Mendizábal e Istúriz se desafiaban. ¡Y habían sido Pílades y Orestes,
camaradas en la adversidad, amigos en la próspera fortuna! Istúriz
dijo al primer ministro, en un arranque de franqueza oratoria, que
_no desempeñaba su destino con dignidad_. Sensación, réplicas airadas
de banco a banco, tumulto... Todo esto se lo contó a don Pedro Luis
González, y luego vino Ibraim a confirmarlo, dándole las proporciones
que el asunto tomó en cuanto lo cogieron de su cuenta las lenguas
de la populachería. Corrieron ambos al otro Estamento, donde ya era
público y notorio que Mendizábal había designado a Seoane para que
le apadrinara, pues estaba decidido a _lavar la afrenta_. Istúriz,
a las primeras de cambio, se negó a dar satisfacciones, nombrando
su representante al conde de las Navas. Este y Seoane trataron de
arreglarlo. A eso de las diez, hallándose los dos clérigos en el café
de Solís, agregados a una bulliciosa partida de periodistas, poetas
y funcionarios públicos, supieron que no había componenda; que los
dos insignes rivales se batirían a pistola, a las seis de la mañana
siguiente, en una posesión del señor de la Coreja, más allá del puente
de Segovia; que el ministro estaba a la sazón en su despacho arreglando
papeles, y dictando las disposiciones que el caso exigía: testamento
político, testamento privado quizás; que las pistolas con que se habían
de fusilar eran de don Andrés Borrego, armas construidas ex profeso
para lances de honor; que aún estaban discutiendo Navas y Seoane si
la tragedia sería a veinte o a treinta pasos; que en las logias, los
patriotas alborotados declaraban que armarían gran tremolina si el
duelo resultaba una _tramoya moderada_ para asesinar al ministro,
_venganza de los frailes_, o _represalias del servilismo_..., con otras
particularidades, y los mil fantásticos comentos que había de producir
un caso tan emocional en aquella situación ya bastante dramatizada por
las trifulcas políticas y militares. Para que el romanticismo, ya bien
manifiesto en la guerra civil, se extendiese a todos los órdenes, como
un contagio epidémico, hasta los ministros presidentes iban al terreno,
pistola en mano, con ánimo caballeresco, para castigar los desmanes de
la oposición. En los campos del Norte, la cuestión dinástica se sometía
al juicio de Dios. Los políticos, ciegos, medio locos ya, no pudiendo
entenderse con la palabra que de todas las bocas afluía sin tasa,
apelaban a la pólvora.
X
Despidiose Hillo de la sabrosa tertulia y del bruto de Ibraim, que aún
permaneció en el café con otros zánganos, para irse desde allí sabe
Dios a qué lugares vitandos y pecaminosos. Alguno de aquellos perdidos
propuso a don Pedro una bonita excursión matinal: largarse todos
temprano al sitio del lance, ya que no para presenciarlo, pues esto era
difícil, para estar a la mira, oír los disparos, ver llegar y partir
a los duelistas y a los padrinos, enterarse pronto del desenlace, y
_acompañar el cadáver_ si del encuentro resultaba, que todo podía
ser..., y hasta resultar podía que los dos contendientes quedaran patas
arriba.
No quiso ser de la partida don Pedro, conformándose con que le
contasen al otro día lo que diera de sí el tremendo lance; y se
fue a coger la almohada, ávido de soltar sobre ella la balumba de
sus graves pensamientos. Quiso su mala suerte que aquella noche no
pareciese por la fonda el don Fernando, lo que puso a su mentor en
grande intranquilidad, privándole del sueño. Presumió que andaría de
francachela con los chicos de la Guardia, por entonces su sociedad
favorita, y que no dejaría de acudir con ellos o con otros, por la
mañana, a las inmediaciones del lugar del desafío, para curiosear
y traerse a Madrid las primicias informativas del extraordinario
suceso, que lo mismo podía concluir en urbana comedia que en tragedia
lastimosa. Véase por dónde tuvieron los propósitos de Hillo mudanza
total; y no habiendo querido ir a la _feria del duelo_, allá fue, y no
de los últimos, con esperanza de encontrar a su Telémaco y echarle el
lazo.
No habiendo pegado los ojos en toda la noche, era su cerebro un horno,
sus ideas lúgubres, de una melancolía intensa, como si en el alma se le
fuera metiendo el romanticismo de la clase nocturna y sepulcral, ese
que huele a tierra de osarios y a siemprevivas putrefactas. Caminito
de la puente segoviana iba el hombre muy cabizbajo, revolviendo en su
magín el grave conflicto que le abrumaba: la desaparición o eclipse
inexplicable de la dama incógnita; el tenebroso porvenir del infeliz
joven a quien amaba como a hermano, o como a muchos hermanos juntos,
y su propia situación, que veía ya comprometida para siempre, por
aquel _enredo de comedia de máscaras_ en que tan mansamente y sin
pensarlo se había metido. Recorrió todo el trayecto sin darse cuenta
de su longitud, y hasta más allá del puente no empezó a volver en sí,
fijándose en las personas que encontraba, algunas de las cuales venían
ya de la _feria_. En un grupo de muchachos alegres vio a Miguel de los
Santos, y le paró para preguntarle el resultado del lance. Afectado de
negro pesimismo, creía don Pedro que de los dos combatientes no habían
quedado más que _los rabos_, y su sorpresa fue grande cuando el guasón
y maleante Miguelito le dijo que los curiosos volvían chasqueados,
pidiendo que les devolviesen el dinero.
—Luego, ¿no ha corrido la sangre? —dijo Hillo.
A lo que contestó Álvarez que no, que lo que había corrido era bilis.
—Ha sido un duelo _a primera bilis_, y ya está el honor satisfecho.
Siguieron los jóvenes su camino y don Pedro el suyo, sin ver a
Fernando ni encontrar a nadie que de él le diera razón. Luis Bravo le
contó que los duelistas habían cambiado un par de tiros a veinte pasos,
sin tocarse; antes de repetir, Istúriz dio satisfacción y todo quedó
terminado, sin que fuese preciso usar el esparadrapo y tafetán.
—Los dos se han conducido con dignidad y valor. Total, nada. Un
escándalo más; un nuevo motivo para que este don Juan Álvarez se vaya
pronto a su casa y nos deje el campo libre.
Cuando esto dijo, pasaron los coches que conducían a los rivales, que
acababan de recobrar el honor. El postrero, en que iba Istúriz con Las
Navas, paró, por indicación de este, para recoger a González Bravo,
quien se despidió del presbítero, dejándole en mitad de la carretera.
No había concluido de saludar a los del coche, cuando se llegó a él
un hombracho formidable, los zapatos y el pantalón blanqueados por
el polvo: era Ibraim, que en tal facha, encendido el rostro por las
múltiples mañanas que había tomado, parecía más bárbaro que nunca.
Apartándose de un grupo que venía del _anfiteatro del suseso_ (de este
modo expresaba el capellán andaluz la proximidad del lugar dramático),
se mostró gozoso de encontrar a Hillo.
—¿No sigue usted con sus amigos? —le dijo don Pedro.
Y él respondió:
—No. Son unos locos que le comprometen a uno. Me quedo con _usté,
selebrando_ el encuentro; tengo que hablarle.
—¿A mí?
—_A usté. ¿Quié que entremoj antej en un merendero a tomá la mañana?_
—Hombre, yo no tomo mañanas ni tardes. Tómelas usted si quiere, aunque
me parece que ya las tiene en el cuerpo. ¿Ha visto a Fernando?
—_No señó... Der propio señorito hamos de platicá._
Fue todo oídos don Pedro, sobresaltado por el tonillo misterioso que
en sus palabras el otro ponía, y no tardó en escuchar de los labios
gitanescos una interesantísima declaración. Don Víctor Ibraim, la noche
anterior, después de las horas pasadas en el café, había tenido ocasión
de ver absolutamente disipadas las tinieblas que rodeaban la persona
de Calpena, su origen, sus padres..., en fin, ya no había enigma. Todo
estaba descubierto y tan claro como la luz del sol. En su estupor, no
pudo articular palabra don Pedro, y a la terrible sorpresa siguieron
ansiosas dudas. O Ibraim se chanceaba, o alguien le había llenado la
cabeza de mentiras. Hubo de insistir en sus terminantes afirmaciones el
capellán de tropa, entrando en la explicación del cómo y cuándo de su
portentoso descubrimiento.
—¿De modo —dijo Hillo— que ya sabemos quién es la incógnita dama...
que...?
Preparábase el buen presbítero a oír un retumbante título de princesa
o duquesa, y notó con disgusto que su amigo retardaba la declaración
final, poniendo una cara burlona y guiñando los ojazos del modo más
impertinente. Exasperado Hillo de tal falta de respeto, le incitó a
expresarse claro, pronto, y con la formalidad que el caso requería,
pues la cuestión de parentescos y filiaciones de personas ilustres
no era para tratada como los chismes de café. El demonio del clérigo
gitano, mientras más serio se ponía su colega, más tentado parecía de
la risa.
—La madre..., la madre..., ¡una gran señora...! —dijo don Pedro, cuya
curiosidad se iba convirtiendo en coraje.
—Compañero, si _ej usté_ un simple..., si no hay tal gran señora, ni
_prinsesa_, ni archipámpana..., si es una grandísima _coima_...
Don Pedro sintió que toda su sangre se le agolpaba en la cabeza... se
le nublaron los ojos... se agarró a un árbol. Y el otro, con fiera boca
y alma llena de vileza, continuó su terrible información. La madre
de Calpena era mujer de historia, que había ganado mucho dinero con
tratos nefandos, de esos que la sociedad consiente por una inexplicable
aberración de la moral pública. Su casa era muy conocida en Madrid.
Pronunció Ibraim el nombre, que aquí no se estampa. «La...». Para don
Pedro fue el tal nombre como si le entrara un rayo por el oído. ¿Pero
cómo, cómo había podido averiguar...? No, no tenía ni visos lejanos de
verosimilitud tal infamia. La señora invisible revelaba en sus cartas
una cultura que no podía existir en ninguna hembra de tal estofa...
¡No podía ser..., no, mil veces no! A esto replicó Ibraim que la
persona que había dado el ser a don Fernando Calpena, aunque de origen
humilde y viviendo en la degradación de su comercio vil, era mujer de
excepcionales dotes, de un talento superior no cultivado, y si no sabía
escribir como los primeros literatos, secretarios tenía que le llevaban
la correspondencia, distinguiéndose uno, el íntimo, el favorito, que
era un célebre poeta...
Por un momento flaqueó la sólida convicción de Hillo; pero se rehizo al
punto, diciendo con gran entereza:
—Repito que no puede ser. Lo niego rotundamente. Aunque admitiéramos
el engaño del estilo, hay algo en las cartas en que no cabe artificio
ni fingimiento, y es la nobleza..., eso que da el nacimiento, la
clase... No; repito que es un execrable embuste, y extraño mucho que un
sacerdote, un caballero se preste a propalarlo.
Sin hacer caso de este arañazo, Ibraim prosiguió con fría crueldad,
rebatiendo el argumento de la nobleza, y oponiendo a las razones de su
amigo otras que le desconcertaron.
—Además, nuestra buena incógnita es persona de posición, de riqueza
—dijo don Pedro creyéndose seguro en este terreno lógico.
Pero el otro paró el golpe afirmando que la tal poseía un capitalito,
que dedicaba en parte, tocada ya de arrepentimiento, a obras de
caridad, y a sostener parientes pobres.
—No puede ser... Esto es una farsa injuriosa, una burla sangrienta
—gritó Hillo en tal exaltación, que su amigo hubo de retirarse
cauteloso—. Si usted, señor don Ibraim o don Diablo, no quiere que yo
le tenga por un embustero, ahora mismo, sin perder un minuto, lléveme
a la vivienda de esa mujer; quiero verla, quiero hablarla, quiero
conocer por ella misma el oprobio del desgraciado Fernando, a quien
miro como hermano querido... En otras circunstancias, habría creído
deshonrarme entrando en esa casa, a donde usted me llevará; pero ahora
más puede mi ansiedad que mis escrúpulos, y voy, sí señor, pero ahora
mismo... Vamos.
Y viendo que el otro vacilaba, se exaltó más, y cogiéndole por un brazo
quiso arrastrarle hacia el puente.
—No, si no tiene usted más remedio que llevarme. Quiero ir, quiero
ver a esa persona, sea quien fuere, y aunque sus vicios sean tales
que desaten el infierno en derredor suyo, la he de ver, por san Judas
Tadeo... ¿Pues qué, se dicen cosas de tal ignominia, sin probarlas al
instante?
—Se probará, _señó Jiyo_, se probará —replicaba el otro, acoquinado,
tratando de tomarlo a risa, y luchando con las contracciones de su
rostro, que se le alargaba—. Si quiere _usté que vayamoj, iremo_; pero
sepa que la tal está de cuerpo presente. Ha _fallesido_ anoche.
Agregó a esto que le habían llamado sus amigos para prestar a una
señora moribunda los auxilios espirituales; pero la muerte le había
cogido la delantera. Subió a la casa, cuyas señas indicó. La difunta
no se había enfriado aún. Las personas de ambos sexos que en la
cámara mortuoria estaban, algunas de las cuales éranle a Ibraim bien
conocidas, le contaron la historia. Cierto que no habían nombrado
a Calpena; pero todas las referencias que del hijo de la muerta
daban aquellas bocas deshonradas, concordaban con el individuo,
circunstancias y calidades del don Fernando. Al llegar a este punto, se
rehizo don Pedro, y vio que se desmoronaba el edificio lógico fabricado
con podridos materiales por don Víctor; pero su curiosidad seguía
siendo ardorosa, y le incitó a seguir narrando, a referir textualmente
lo que en aquel lugar nefando y fúnebre le dijeron, las cosas y objetos
que allí vio, todo, en fin, cuanto pudiera esclarecer el tremendo
enigma, más inexcrutable ahora, representado por una esfinge muerta.
Contó Ibraim lo que su frágil memoria recordaba, y lo refería mal, con
torpeza y desorden. Las personas que rodeaban el cadáver de la prójima
revelaban sentimiento de su muerte, y ponderaron sus buenas prendas
y excelente corazón, que algo bueno puede existir en los seres más
envilecidos. Mujeres eran cuatro; hombres, tres: una de aquellas debía
de ser parienta de la difunta, pues tenía las llaves de las cómodas y
alacenas donde guardaba sus riquezas la que no había de disfrutarlas
ya. A eso de las dos de la madrugada empezaron a sacar cosas, para
hacer examen y aproximada valoración de todo. ¡Dios, lo que allí
sacaron!... encajes, aderezos, tabaqueras, abanicos, joyas diversas,
pedrería suelta, grandes cantidades de esas perlitas que llaman
_arjofa_, y cartuchitos de onzas y ochentines. La mujer que parecía
parienta, otra más joven que no cesaba de llorar por la muerta, y un
señor de mediana edad, muy calvo, efectuaron el rápido escrutinio,
alumbrados por una vela que hubo de mantener en sus manos el señor de
Ibraim, quien más ganas tenía de largarse a la calle que de hacer el
desairado papel de candelero. Entre tanto, las otras dos individuas y
los dos amigos de Ibraim (uno de ellos oficial de la Guardia) que le
habían llevado a presenciar escenas tan desagradables, ocupábanse en
amortajar a la que pronto había de vestirse de tierra y gusanos. Una de
ellas dijo, besando el cadáver:
—¡Pobre _tal_..., parece que estás viva!
—¡Quién sabe si lo estaría! —dijo Hillo, que echaba chispas de puro
nervioso—. Otra cosa: y ese señor calvo, ¿no sabe usted cómo se llama?
Respondió don Víctor que no había oído su nombre; mas por algo que
habló el tal con las mujeronas, dio a conocer que era de la policía.
—Bien. Pues ahora, procure usted recordar qué objetos vio en aquel
escrutinio, a la luz del candelero que usted mantenía. ¿Vio retratos de
familia, alhajas de precio...? ¿Y no había paquetes de cartas?
Contestó Ibraim que había visto sacar, ya de estuches primorosos, ya de
envoltorios de papel, cosas lindísimas: un retrato de militar, joyeles
de diamantes, hilos de perlas, y un abanico que los presentes alabaron
como la mejor y más rara pieza que había en el mundo, tanto por su
antigüedad como por su belleza.
La cara de Hillo parecía de cera: apenas respiraba. Pidió la
descripción del abanico, y el otro, rascándose la cabeza y plegando los
ojos, como si aquel juego muscular le sirviese para atizar el mortecino
rescoldo de su memoria, refirió que la joya había sido adquirida poco
antes por la difunta, a un alto precio. De la cifra no se acordaba.
—¿Y el vendedor?
Creía recordar Ibraim que más bien habían hablado de vendedora; pero
el nombre, si es que lo dijeron, no se le quedó presente. En cuanto
al abanico, era en verdad cosa linda... Varillaje de nácar caladito
con mucho primor, y las figuras de señorío a lo pastoril, con sus
borreguitos correspondientes. En fin, pintura más bonita no se podía
ver.
—¿Y no reparó usted si al extremo de la derecha, en la base de una
columna decorativa —dijo Hillo, poniendo toda su alma en la pregunta—,
había...? Me refiero al país del abanico...
—Comprendido.
—¿No reparó si en ese basamento..., a la derecha, junto a una pastora
con peluca muy alta, había un letrero en latín, una divisa heráldica,
que dice...?
—¿Qué _dise_?
—_Virtus in arduis._
Tenía don Víctor idea de haber visto unas letras, así como imitando
inscripción en piedra jaspe, al modo de los epitafios..., pero no se
fijó en si expresaban aquellos u otros latines.
Oído esto, fue acometido el buen Hillo de un temblor epiléptico, y
montando después en cólera, se fue derecho a Ibraim, le agarró de las
solapas, y con tremebunda voz, acompañada de ademanes descompuestos, le
soltó esta andanada:
—Usted me engaña, usted se ha propuesto burlarme y escarnecerme, usted
es un vil. Hasta aquí he podido oírle con paciencia; pero ya no sufro
más, y le digo a usted que esas historias que me cuenta son fábulas de
su grosera invención... ¡Yo, yo lo digo, y lo sostengo en el terreno
que usted quiera!
Desprendió el otro con no pequeño esfuerzo sus solapas de la furibunda
garra de Hillo, y de un brinco se puso a seis pasos; de otro brinco a
una distancia considerable, que bien querría fuese de un par de leguas.
Con atropelladas frases protestó de su veracidad, presa de un terror
convulsivo que la espantosa ira del buen don Pedro justificaba. Corrió
este en seguimiento del andaluz, enarbolando el palo, y aterrándole más
con estas roncas expresiones:
—Sepa usted, mal caballero, que aquí está Pedro Hillo, el hombre
pacífico y apocado, ahora dispuesto a volver por el decoro de una
ilustre dama entre las más ilustres, y a no permitir que ese decoro
sufra la menor mancilla en boca de quien ha intentado confundir su
persona con la de una miserable cortesana. Ahora mismo se desdice usted
de los embustes que ha contado o, de lo contrario, no volveremos los
dos a Madrid: volverá uno solo.
Echó a correr Ibraim, que era el primer gallina del mundo, con toda su
estampa de perdonavidas, y no hacía más que decir:
—_¿Se ha güerto loco?... ¡Señó Jiyo..., por lo clavoj e Cristo!_
—No hay clavos que valgan —gritaba don Pedro, que invadido se sintió
inopinadamente de un ardor caballeresco, el cual en un punto hizo gran
revolución en su alma—. No habla el sacerdote, no habla el amigo:
habla el caballero, y sostiene que no debe consentir el ultraje que un
deslenguado infiere a la madre de Calpena, a la señora entre todas las
señoras del orbe, a la dama nobilísima...
El otro, con más miedo que vergüenza, no hacía más que escurrir el
bulto, tratando de calmar a Hillo con expresiones conciliadoras. Había
referido hechos presenciados por él. No respondía de que fuesen una
misma cosa lo que él había visto y oído y la historia de Calpena.
Podía ser, podía no ser. Averiguáralo don Pedro si quería... Esto
dijo en cortadas frases, temblando, casi lloroso, mientras su colega,
cuya mansedumbre se había trocado en bravura, trataba de cogerle las
vueltas y cortarle el paso. Habíanse metido en terrenos sembrados entre
tapiales y casuchas, que debían de ser guarida de gitanos. Don Pedro
gritaba:
—¡Estamos solos..., en el campo estamos, campo del honor...! ¡Yo te
reto, Ibraim!... ¡No traemos armas!... ¡Oh, quién tuviera las que han
usado hoy esos duelistas de engañifa!... Pero si no hay armas cortantes
ni de fuego, tenemos bastones... ¡Dame satisfacción, menguado Ibraim,
o te verás conmigo en duelo leal..., en lid de caballeros..., aquí
mismo, sin que nadie lo pueda evitar!
—_Satifasión, Jiyo, satifasión_ —decía el clérigo de tropa, siempre a
distancia.
—Pero no corras; mala bestia. Ten valor para sostener tus infamias...
Y si no quieres admitir el duelo, si como caballero no sabes responder
de lo que has dicho, estoy decidido a apalearte... ¡So embustero! ¡Ven
acá! ¿Para qué quieres ese corpacho, y ese trapío, y ese testuz, y esos
remos?...
Despavorido, y sin malditas ganas de aceptar el caballeresco juicio de
Dios que el otro le proponía, don Víctor no pensó más que en ponerse en
salvo, y recogiéndose los largos faldones, apretó a correr con toda la
ligereza de piernas que le permitía su robusta humanidad, de libras.
Sin volver atrás la vista, brincó entre zarzales, franqueó zanjas de
inmundicia, y hasta que no se puso a larga distancia, no tomó resuello.
Don Pedro le persiguió furibundo, esgrimiendo el palo, hasta que
rendida del colosal esfuerzo su máquina respiratoria, cayó en tierra
como un tronco, rezongando:
—Canalla, me la pagarás... ¡Decir que es tal!... ¡Difamar a mi
señora!... O te desdices, o...