De regreso de Londres, la víspera, Martholl se despertó de muy mal
humor. Lo primero que se presentó a su espíritu fue el pesar de haber
perdido una fuerte suma de dinero en las carreras de Ascot, donde había
visto desaparecer sus esperanzas con el caballo que las llevaba.
Huberto no era jugador liberal; hombre de orden, adorador del dinero,
detestaba el perder. Había jugado en Ascot por espíritu de imitación,
para no ser menos que los amigos que lo rodeaban; pero como la pérdida
que había sufrido iba a desequilibrar su presupuesto durante algún
tiempo, su disgusto era profundo. La escasez de dinero que lo amenazaba,
lo hizo pensar en la desagradable vida que pasaría si, en el curso de su
existencia, se viese obligado a imaginar sin cesar combinaciones
financieras, a fin de vivir decentemente. ¡Gran Dios! qué dificultades
tendría, si no se casaba con una mujer rica.
--María Teresa es encantadora--se decía,--pero cuanto más reflexiono,
más me convenzo de que sería una locura casarme con ella en las
circunstancias actuales.
Somnoliento todavía, abrió los ojos, miró a su alrededor, y experimentó
una sensación de vivo placer al contemplar las cosas confortables y
elegantes que lo rodeaban.
--¿No soy feliz así?--pensaba.--¡Casarme, para llevar una existencia
agradable, exenta de preocupaciones pecuniarias, pase! Pero ir a
encerrarme en un pequeño departamento, ser mal servido por un personal
reducido ¿cómo resignarme, a menos de estar loco?
Y, como Huberto era razonable, se absorbió en meditaciones para
encontrar el medio de esquivarse.
En aquel piso bajo, amueblado en un estilo inglés muy puro, época de la
Reina Ana, la vida interior se desarrollaba según las reglas de un
reglamento severo, completamente británico. Huberto fue interrumpido en
sus reflexiones por la entrada de un criado, inglés, como los muebles,
que le traía el té y el correo.
El joven echó sobre su correo una mirada distraída, pero habiendo notado
entre las cartas y los diarios un amplio sobre sellado con lacre blanco,
hizo un gesto de inquietud.
--¡Una carta de María Teresa!--murmuró sorprendido.--¿Qué me escribirá?
¿Estará inquieta por mi ausencia? ¡diantre! esto no concuerda con mi
proyecto de concluir.
Rompió el sobre y leyó:
«Voy a decirle adiós, Huberto, y espero que su pesar no será grande. No
quiero abusar de su buena fe; he dejado de ser la María Teresa de quien
usted gustó, hace un año. Los acontecimientos de este último tiempo han
aclarado mi inteligencia y me han hecho ver que nuestros gustos son tan
contrarios, nuestro modo de pensar tan opuesto, que es mejor que
renunciemos a unir nuestros destinos. Tenemos una manera demasiado
diferente de concebir el empleo de nuestros días. ¡He reflexionado
mucho, he tratado igualmente de conformarme a sus deseos, y encuentro
que no me divierto nada, divirtiéndome! Estoy cierta que usted no
amaría mucho tiempo a una compañera tan poco aficionada a la gran vida.
Créame, hemos equivocado el camino.
»Tengo, pues, escrúpulos de privar a alguna joven, hermosa y
encantadora, de una posición que yo ocuparía sin ningún placer, en tanto
que para ella sería, fuera de duda, una fuente de distracciones y
alegrías.
»Otra razón me decide a hablarle a usted así. ¿Recuerda los proyectos
para el porvenir que formábamos juntos? He deducido en ellos este hecho
singular: yo no era para usted más que un accesorio de la decoración de
sus fiestas. Jamás me dijo: «usted será mi amiga, mi compañera amante y
fiel; ¡qué placer tendré en gozar a su lado de la paz del hogar y del
encanto de la intimidad!»
»No me equivoco, ¿verdad? afirmando que jamás ideas tan mundanas fueron
formuladas por usted. Por el contrario, usted me decía: «Haremos gran
vida; recibiremos mucho, saldremos más, aprovecharemos los yates de
nuestros amigos, y, si heredamos a la Condesa de Husson, tendremos
caballos de carrera. ¡Un stud! Este es mi sueño.» ¡Ay! ¡pero no es el
mío! Cada vez pienso y me convenzo más de la imposibilidad de ligarme a
una existencia semejante. Además, su realización, depende de una
condición esencial: mucho dinero. Yo no soy indispensable... Una
compañera más mundana, que forme hermosa pareja con usted en esa vida de
alegría, no le será difícil encontrar. En cuanto a que yo sea esa
compañera, es, actualmente, irrealizable en absoluto, por esta razón
convincente y muy sencilla: no tengo dote. No tengo dote, porque rehúso
recibir la que quiere darme mi familia.
»Mi padre me adora, usted lo sabe, y, a pesar del mal estado de sus
negocios, se impondría los más duros sacrificios para asegurarme la dote
y la renta prometidas... ¿No juzga usted que sería odioso que la vida de
trabajo sobrellevada por mi padre no sirviera sino a mantener en el lujo
y en los placeres a dos personas jóvenes y fuertes, mientras él debería
continuar su dura labor, y condenarse a una existencia mediocre o
incómoda? Seguramente, usted piensa como yo: seríamos despreciables si
aceptásemos tal situación.
»Cierto, no lo pongo en duda, usted es bastante gentleman para tomarme
por esposa sin dote; pero mi padre no lo consentiría, se considera
obligado por su formal promesa. Así es que, como usted ve, en esta
alternativa no me queda más que decirle adiós.
»Durante algún tiempo he sido la novia de su selección; esta preferencia
no ha dejado de envanecerme; es una especie de estimación de mi humilde
persona, que me da algún valor, y del cual haré don a mi marido.
»Espero que ya estará completamente tranquilo por la salud de su amiga,
la señora Husson, que tantas inquietudes le causó. ¡Qué buena idea ha
tenido para restablecerse, de hacerse acompañar por usted a Ascot, en
los días de carreras!»
* * * * *
Y la carta terminaba con un correcto y trivial adiós. Cuando terminó la
lectura, Huberto se sintió algo indignado. Consideraba casi una afrenta
la iniciativa de María Teresa para deshacer sus esponsales. ¿Lo creía,
pues, incapaz de casarse sin recibir dote?
Pero en seguida se sonrió de este último resto de caballerosidad que
había brillado en su interior. ¿No quedaba todo bien arreglado así? La
carta lo libraba de un gran compromiso. La releyó, pesó las palabras y
analizó las frases...
La que había escrito aquellas líneas tan mesuradas, tan finamente
irónicas, parecía bien determinada a persistir en su resolución; ni un
arrebato que revelase cólera de celos, ni reproches exigiendo
explicaciones, ni emplazamientos de ninguna clase. Evidentemente no le
despedía con la secreta esperanza de atraerlo. Estaba sorprendido, y no
comprendía aquel carácter de mujer. Por un instante, su fatuidad se
rebeló de lo poco que lo sentían. Sin embargo, pronto volvió a sus
sentimientos prácticos y agradeció a María Teresa el haber sabido
comprender sus intenciones.
¡Qué inteligente, fina, llena de tacto y espiritual era aquella María
Teresa! Lástima grande perderla. Pero consideró que se enternecía
inútilmente. Puesto que los acontecimientos se imponían, él no tenía más
que inclinarse.
Los rayos de sol que brillaban sobre la bandeja de plata, atrajeron sus
miradas.
--¿Otra carta?--dijo, tomando un sobre.--¡Ah! es de la señora de Husson.
Y leyó:
«Amigo mío:
»Esta noche comeremos en Armonville. He resuelto hacer locuras; en
seguida iremos a la fiesta de Neuilly. Cuento contigo y con dos o tres
amigos más, para que nos acompañen. Es una fantasía de mi amable niña
Watkinson. No dejes de ser exacto. A Armonville, esta noche, a las
ocho.--Tu vieja amiga--_Matilde Husson_.»
La señora de Husson, segura de la aprobación de la señora Martholl, no
ocultaba sus proyectos. Había mirado siempre con malos ojos el
casamiento de Huberto con la señorita Aubry. Habiendo decretado que el
joven no se casaría sino bajo sus auspicios, su compromiso, contraído
sin que ella hubiera tenido en él la menor participación, no le pareció
nada ortodoxo. De aquí que repitiera sin cesar que Huberto y sus
«esperanzas» valían una fortuna mayor. Enterada de los incidentes
desagradables ocurridos en la familia Aubry, unió sus esfuerzos a los de
la señora de Martholl, para que Huberto no cometiera la falta de entrar
en una familia amenazada por la ruina.
Habiendo tenido la suerte de encontrar la famosa gran fortuna en las
lindas manos de miss Maud Watkinson, empleó sabias maniobras para poner
constantemente a su protegido frente a la joven heredera. De acuerdo con
la madre de Huberto, ponderaba, delante de él, a los jóvenes argonautas
modernos que saben conquistar el Vellocino de Oro. La victoria reciente
del joven Duque de Castillon, que se había cubierto de gloria en una
aventura semejante, alentaba las esperanzas en el corazón de muchas
madres. La señora de Martholl no se libró de este contagio, y, desde
entonces, razonablemente, habituó su espíritu a las concesiones.
Una nuera protestante es susceptible de ser convertida por la influencia
de piadosas exhortaciones, ¿y devolver al regazo de Nuestra Señora Madre
la Iglesia una oveja descarriada, no es hacer una obra piadosa?
Continuando la lectura de su correo, Huberto descubrió una pequeña
caja, cuidadosamente envuelta. La abrió: era el estuche, sobre cuyo
terciopelo blanco descansaba el anillo de rubí.
--Si el proyecto de la Condesa de Husson marcha bien, he aquí algo que
compensará mis pérdidas en Ascot--pensó juiciosamente.--Este rubí
sentará deliciosamente en la mano de miss Maud. Haré rehacer el engaste
con algunos brillantes; un anillo más relumbrante se armonizará mejor
con su género de belleza.
Huberto cerró el estuche y lo puso en la bandeja, no sin ahogar un
suspiro; hasta murmuró:
--¡Quién sabe!... En fin, mejor es que sea así... ¡Ah, María Teresa!
¡eres tan linda, sin embargo!
Luego, filosóficamente, bebió su té, estiró el brazo, tomó un diario, y
se puso a leer.
Tal fue la oración fúnebre de lo que Huberto creyó ser, de su parte, un
grande y delicado amor.