Hacia el fin de agosto, Juan se hallaba solo en el gran escritorio de la
cristalería de Creteil. Era uno de esos días de calor deprimente, que
parecen retardar el transcurso de las horas lentas. Aquella atmósfera
tempestuosa, que pesaba sobre la Naturaleza, haciendo cesar el canto de
las aves y el murmullo de las hojas, exasperaba los nervios enfermos del
joven.
Sentado delante de la mesa de trabajo, fastidiado de todo, en un
abatimiento físico y moral angustioso, como nunca había sentido, seguía
con la mirada distraída las nubes negras que invadían poco a poco todo
lo que quedaba de cielo azul. Y semejantes a aquellas nubes, sus ideas
sombrías chocaban entre sí, torturando su cerebro.
El esfuerzo tentado, el abandono completo de sí mismo, la abnegación
llevada hasta el martirio ¿de qué servían? Cada día, con toda
injusticia, sentía más pesado el fardo de su aislamiento. ¿Por qué
también había dejado que aquella pasión lo dominase hasta el punto de
quebrantarlo? Juan veía con terror desvanecerse su valor y su fe en el
porvenir. Sabía que jamás conocería la felicidad. Una sola cosa
subsistía todavía a sus ojos: la necesidad de cumplir su deber por
gratitud al señor Aubry. Esta idea lo mantenía fiel en su puesto.
A menudo se reprochaba el dejarse vencer por un pesimismo peligroso.
Ante su impotencia para encontrar la calma, la energía de su voluntad
desamparada se acusaba de debilidad y de egoísmo; pero no podía dominar
su tristeza creciente. La preocupación de los negocios tenía al menos
esta ventaja: que distrayendo su espíritu, le hacía olvidar
momentáneamente, su pesar; pero ese recurso desesperado le faltaba desde
que la tranquilidad de los trabajos ordinarios reemplazaba en él a la
fiebre del recargo de tarea de los últimos meses, y que, libre de
inquietudes pecuniarias, veía a la fábrica prosperar de nuevo.
Pero ¿sería el enervamiento causado por sus fatigas? Ese día sentía
impulsos de rebelión desconocidos en su alma. Los paseaba, sin poderlos
disipar, entre aquellos muros donde había crecido; erraba, desamparado,
en aquella fábrica que contenía todo su pasado, retenido por la fuerza
del hábito y por el deber, buscando en todos lados sus viejos recuerdos.
Cada evocación del pasado, le refería su amor, la alegría, el sol de su
juventud.
En uno de aquellos hornos ¿no había él mismo fabricado toda una
minúscula vajilla de muñeca? Recordaba, como si este recuerdo hubiera
datado de la víspera, su felicidad al recibir en pago de la sorpresa
hecha a la niña, los frescos besos de su boca rosada. Siempre, en todas
partes, era ella, que aparecía, siempre ella. ¿Qué hacer para olvidarla?
¿No alcanzaría jamás el reposo del espíritu sino en el olvido, aun no
volviéndola a ver?
Planteó el problema de lo que haría cuando ella estuviera casada y se
llevara lejos todos los sueños de amor fundados sobre ella. Le pareció
que le sería imposible vivir sin aquella presencia, cuyo encanto lo
tenía embelesado desde hacía tanto tiempo. Entonces, en un acceso de
rabia interior, sintió haberse sacrificado. ¿No debía más bien haber
dejado cumplirse los acontecimientos y que la casa se hubiera
derrumbado? María Teresa sin dote ¡quién sabe lo que habría sucedido!
Por lo menos, ella hubiera visto lo que era capaz de hacer por ella
aquel Juan que desdeñaba. Él se habría puesto a trabajar con
encarnizamiento a fin de reconstituirle una fortuna.
Desalentado nuevamente, pensó:
--¿Para qué? María Teresa no me ama, y yo no puedo modificar su corazón.
La última vez que había visto a la joven fue en la estación del
ferrocarril de Saint-Lazare.
Cinco semanas hacía que los Aubry habían partido para Etretat, por haber
aconsejado el médico que el convaleciente tomase los aires del mar.
Mientras Juan ayudaba a los viajeros a acomodarse en el vagón, éstos le
demostraron, al darle el adiós, un extraordinario cariño, lleno de
emoción; guardaba como un tesoro la visión de la radiante sonrisa de
María Teresa, y la durable presión de su mano.
Pero ¿era esto sorprendente? ¡Bah! los Aubry eran bastante inteligentes
para comprender el prodigio que acababa de hacer por ellos. Ella
también, sin duda, le guardaba mayor afección, agradecida a los cuidados
prodigados a su padre y al éxito de sus esfuerzos para salvar la
cristalería. ¿Y no era una gracia suprema que demostrase haber olvidado
las palabras locas en que dejó escapar su secreto, en una noche de
fiebre y de angustia? No, ella no comprendería jamás cuánto la amaba.
Y ahora, ¿cuándo la volvería a ver?
Huberto Martholl se había reunido a ellos, indudablemente. El casamiento
no podía demorarse más, puesto que el señor Aubry estaba ya bueno y los
asuntos arreglados... ¡Ah! ¡los terribles, los dolorosos celos
atenazaban el corazón y el cerebro de Juan, cuando evocaba aquella hora
tan próxima! Se desesperaba por encontrar algo que le impidiera pensar
en aquellos novios felices, reunidos allá en Pervenche, entre una
decoración de flores, de vegetación, de savia calentada por el estío...
Y el desgraciado desfallecía de dolor.
Como se levantase para ir a la ventana a respirar un poco el aire
fresco, golpearon a la puerta. Era un criado que le traía un telegrama.
Juan lo abrió, presintiendo que venía de Etretat; leyó:
«Tengo necesidad de ti, ven inmediatamente, esperamos.----_Aubry._»
Juan quedó estupefacto. ¿Para qué podían necesitarlo? ¿Por qué llamarlo
así bruscamente? ¿El señor Aubry habría recaído en su enfermedad? El
laconismo del telegrama lo alarmaba.
¿Volver a Pervenche?... era un sufrimiento moral superior a sus fuerzas.
Pero, en breve, la idea de aproximarse a María Teresa, de verla, de
satisfacer así su único deseo, lo hizo sobreponerse a sus recelos y
temores.
El día estaba demasiado adelantado para que pudiese partir aquella misma
noche; telegrafió que iría al día siguiente. Llamó a Rousseau, el viejo
jefe de talleres, y le dio las instrucciones necesarias para que nada se
perturbase mientras él estuviera en Etretat. En seguida hizo sus
preparativos para el viaje.
Al día siguiente, durante la inacción forzosa del viaje, Juan permanecía
absorto, inquieto por el llamamiento del señor Aubry, y perdido en la
contemplación interior de María Teresa. Entre este tormento y este
goce, se hallaba tan absorto en sí mismo, que nada del exterior atraía
sus miradas. No veía la campiña normanda huir ante sus ojos en la
opulencia de sus ricos cultivos, ni notaba la atención hacia él de una
joven que viajaba en el mismo compartimiento. ¡Qué le importan los
campos fértiles y las lindas mujeres! La intensidad de su amor lo
apartaba de todo. La fiebre devorante del amor, que es la vida de los
fuertes, lo dominaba. Cada día amaba más a María Teresa; ella lo sabía,
y, sin embargo, dentro de algunas semanas sería la mujer de otro...
Este tenaz pensamiento hacía palidecer su semblante, y daba a su mirada
una expresión singular.
De pronto cree comprender: lo llaman porque el señor Aubry, estando aún
convaleciente, no puede ocuparse de las formalidades del casamiento; lo
esperan para encargarle la práctica de estas diligencias. He ahí por qué
debe dejarlo todo y acudir apresuradamente; esta razón de su viaje le
parece tan simple, que se sorprende de que no se le haya ocurrido antes.
Pero esto es superior a sus fuerzas, y esa misión rehusará cumplirla;
¡no! ni por el amor a María Teresa, desempeñaría ese oficio; sería
demasiado doloroso. Si se exige eso de él, recurrirá a Jaime, su amigo,
su hermano, que le evitará ese martirio.
Al fin, Juan llega; el tren para, y poco después, el coche de los
Canzelles se detiene en el vestíbulo de la villa; un criado, de pie,
cerca de la puerta, toma la maleta de Juan, en tanto que éste, ansioso,
le interroga:
--¿Cómo está el señor Aubry, Francisco?
--El señor Aubry está muy bien, el aire del campo lo restablece, tiene
ya muy buen semblante. ¿El señor Juan quiere subir a su cuarto? Todos
han salido; sin duda no esperaban al señor hasta la noche.
Juan sigue al criado.
En su cuarto, el mismo que ocupó el año anterior, los recuerdos vuelven
a acosarlo. El tiempo no ha hecho más que agravar su mal, puesto que lo
irremediable va a cumplirse.
Mientras cambia de traje, sus ojos ven en el espejo una imagen que le
sorprende. El hombre reflejado allí no está tan alejado de la elegancia
de aquellos que antes envidiaba. Se sonríe con burla.
Empezó a comprender por qué atraía la atención de aquella joven del
vagón; este éxito se lo debo a mi nuevo sastre. Después de todo, puesto
que las mujeres son sensibles a las formas exteriores de una elegancia
que se puede comprar ¿por qué no habré tratado antes de parecerme a los
que les gustan? Pero loco, triple loco, bien puedo convertirme en el
hombre mejor vestido de París y de Londres, mas ella verá siempre detrás
de mi traje al huérfano recogido por caridad, al obrero que se quemaba
las manos...
Se arroja sobre un sillón, echa la cabeza hacia atrás, y permanece así,
poseído de la desesperación.
* * * * *
--¡Juan, Juan, baje, que lo espero!
Es la voz de la mujer amada, que lo llama desde el jardín.
Juan se levanta. Del fondo del cuarto, por la ventana abierta, ve
destacarse sobre el césped un vestido de verano.
¡Ah! ¿por qué aquella voz es tan alegre, cuando en el mismo instante él
sufre tanto que el temblor le impide bajar?
En la puerta, una última emoción lo contiene. ¿Qué va a ver abajo? ¿A
Huberto Martholl al lado de ella, sin duda? ¡Cuánto valor necesita
todavía!
Llega al vestíbulo. Al divisarlo María Teresa, exclama de nuevo:
--¡Venga, Juan!
Aquel nombre pronunciado por la voz adorada, conmueve al joven
profundamente. Y, en una admiración apasionada, contempla a la joven en
toda la plenitud de su belleza, de pie y silenciosa al lado de un
bosquecillo de flores. Permanece allí, en efecto, no atreviéndose a
avanzar, presa de un sentimiento singular que no ha previsto; porque el
que se acerca en aquel momento es el hombre a quien ama, cuyo
pensamiento la llena de ternura y de esperanza.
De pronto, un pudor inquieto, una timidez extraña la turba, y no sabe
qué palabras pronunciar para hacer a Juan la confesión que, lejos de su
presencia, creía fácil.
Juan se aproximó, y, tratando de afirmar su voz, le dice:
--Buenos días, María Teresa, ¿su papá sigue bien, verdad? Al llegar, he
tenido, por Francisco, buenas noticias. Esto me ha tranquilizado; su
telegrama me había alarmado mucho.
Mientras él habla, la joven se ha serenado.
--Sí, la calma, el reposo, le han hecho gran bien. Nada sirve como el
campo y el aire del mar para los convalecientes. Y usted, Juan, ¿no
necesita también un poco de este aire vivificante, después de tantas
penas y fatigas?
--¿Es por esa razón por lo que su padre me ha llamado? ¿Cree usted,
realmente, que yo encontraré aquí... en estos días... el reposo que
podría serme saludable?
María Teresa, dueña de sí misma ahora, dijo sonriendo con coquetería:
--Yo lo creo, Juan; lo creo tan firmemente, que soy yo quien le ha
telegrafiado. ¿Dónde estará usted mejor que con nosotros? ¿no somos su
verdadera, su única familia? Hace usted muy mal en hacerse de rogar para
venir, cuando sabe que lo queremos tanto... ¡No, no proteste!--exclamó
con alegría, golpeando suavemente con una flor el brazo del joven, que
se estremeció al contacto de aquella caricia.
Y, después de un malicioso suspiro ahogado, añadió:
--Yo sé: los hombres son así; nos aman y nos descuidan... es su manera
de ser... ¡hay que resignarse a tomarlos como son!
--¡Ah, María Teresa, María Teresa!--rugió sordamente la voz de
Juan,--¿por qué juega usted con mi dolor? ¿Por qué ha tenido la crueldad
de llamarme? Su alegría me mata...
La fisonomía atormentada de Juan tenía una nueva belleza. Como María
Teresa lo miraba conmovida, él continuó:
--¿Cree usted que soy tan fuerte que pueda resistir al suplicio de verla
al lado de otro? Dígame, ¿para qué me ha llamado? ¿en qué puedo
servirla? ¡Ah! si es la amistad de ustedes lo que me ha arrancado de
Creteil, usted por lo menos, usted que sabía... ¿por qué no encontró un
pretexto para evitarme este viaje? Usted es cruel... cruel...
María Teresa puso su mano en la de Juan, murmurando:
--Déjeme así... como antes, cuando yo era chica, y caminemos un poco
¿quiere?
Lo lleva, silenciosa, a través del jardín, hacia la terraza que domina
el mar. Allí le dice, con una expresión de voluntad reflexiva:
--No, yo no soy cruel; yo quería verle, Juan; necesito su presencia; los
días me parecen largos sin usted... ¡espantosamente largos!
Juan la contempla sorprendido, hasta el punto de que, sólo después de un
largo silencio, pronuncia lentamente estas palabras:
--¿Los días le parecen largos?... ¿qué me dice usted?... ¿no está aquí
el que usted quiere?
--Ahora sí...--dijo la joven.
Pero en seguida, con aire grave, añadió:
--Juan, tengo una importante confidencia que hacerle. Desde hace dos
meses he dejado de ser la novia de Huberto Martholl, me he desligado de
las promesas que nos unían...
Una palidez mortal se extendió por el rostro de Juan, y todo su cuerpo
tembló.
--¡Me vuelvo loco!--balbuceó.--No comprendo... diga, ¡ah! diga...
La joven continuó:
--Es bien sencillo lo que pasó en mí. Me convencí de que me había
equivocado, que nunca había amado a Huberto.
--¿Que usted no lo amó nunca?... Nunca...--repetía Juan.--Entonces ¿cómo
fue su novia?
--¿Acaso lo sé yo? Influye tanto el azar en nuestras determinaciones...
Confieso que en un principio Huberto no me disgustaba... ¿qué razón
había para que le rechazase? Yo no sabía que otro me amase... otro...
Todo esto es bien simple... muy triste también... No hay que guardarme
rencor, Juan. ¡Vivimos tan futilmente nosotras, las jóvenes! nos
conocemos apenas; no sabemos dirigirnos, y nadie nos guía en la
educación de nuestro corazón; nuestras madres no se atreven... nada es,
pues, más fácil que confundir un sentimiento trivial con el verdadero
amor.
--Es cierto... Lo que usted dice es justo y cierto... ¡Ah, María Teresa,
María Teresa!...
Y trastornado, Juan balbuceaba:
--¡Libre, usted es libre!
La joven respondió:
--No, Juan, no, yo no soy libre; si me he desligado, es porque, durante
mis frías relaciones con Martholl, conocí que todo mi corazón pertenecía
a otro...
--¡A otro!
--¡Ah! Juan, ¿no adivina usted?
Como alucinado, él la miró, y en la turbación, en la emoción visible de
su amada, lee la confesión que sus labios no se atreven a pronunciar.
Enloquecido, la atrae hacia sí en un movimiento apasionado.
--¡Será posible! ¡María Teresa, le suplico, hable! dígame que soy yo...
¿es posible? ¡yo!... ¡yo!
Entonces la joven inclinó su cabeza sobre el hombro de Juan, y murmuró
en un soplo:
--...¡Sí, Juan, es usted!
Una especie de deslumbramiento hace caer a Juan sobre un banco, y le
quita las fuerzas de abrazar aquel cuerpo encantador.
Entonces, tomando las manos de María Teresa, de pie ante él, la
contempla con toda su alma, y ella lee en la cara del joven la
intensidad de su emoción. Está transfigurado; el oro del sol se refleja
en sus negras pupilas, y una palidez de ámbar cubre sus mejillas; una
felicidad sobrehumana resplandece en aquel rostro, cuyos labios son
impotentes para pronunciar palabras.
--¡Es, pues, cierto!...--repite,--¡yo! ¡yo!
Ansioso o incrédulo, no pudiendo creer en tanta felicidad, se pregunta:
--¿Cómo es posible que sea para mí esta dicha inmensa... que no he
merecido?...
--No, Juan, yo he conocido en usted la grandeza de la energía, la
hermosura del espíritu de sacrificio, y usted ha penetrado en mi corazón
haciéndome admirar la nobleza de una alma generosa dedicada al deber y
al trabajo.
--¡Oh, María Teresa!--exclamó él, atrayéndola hacia sí en un arrebato de
todo su ser,--¿puedo decirle entonces cuánto la amo? ¡María Teresa! yo
la adoro... mi amada, mi bien amada; ¿no teme usted que sean demasiado
rudos estos brazos que la estrechan?
--No, Juan, puesto que yo le amo...
Y la joven inclinó su cabeza sobre el corazón de su novio. En un ademán
de protección y amor, él la rodeó con sus brazos y la estrechó con ardor
silencioso.
Aquel abrazo grave y fuerte llenó de dulce emoción a María Teresa; se
sentía segura como en un estuche, entre aquellas manos cariñosas y
potentes. Percibía las palpitaciones del corazón de su novio; su fuerza,
su frecuencia, el fluir tumultuoso de la sangre en las arterias,
entonaban, para ella, un himno sagrado y triunfante.
Presentía cuánto ideal y generosa energía llevaría, por el don de sí
misma, a la vida de su amado.
Era cierto: Juan aprisionaba su sueño entre sus brazos; tenía estrechada
contra su pecho a la mujer únicamente amada. Esta posesión, exaltando su
alma, lo hacía capaz de acometer las más grandes obras humanas.
Largo tiempo, de pie en la terraza, permanecieron entrelazados...
* * * * *
El horizonte infinito se extendía ante ellos. En el mar el sol trazaba
un surco de oro que, semejante a un camino luminoso, empezaba a sus
pies, para perderse en la inmensidad; les pareció el símbolo de la senda
que se abría para ellos y que seguirían en adelante.
Una emoción intensa los embargaba. Confundían aquella claridad con la
irradiación de la felicidad que inundaba sus almas; se imaginaban que
aquella luz emanaba de ellos para esparcir la alegría por el mundo.
No se equivocaban; el amor es la antorcha que ilumina a la triste
humanidad, lo único que siembra algunas chispas de alegría y embriaguez
en el fragoso camino que seguimos desde la cuna hasta la tumba.