XX

Hacia el fin de agosto, Juan se hallaba solo en el gran escritorio de la

cristalería de Creteil. Era uno de esos días de calor deprimente, que

parecen retardar el transcurso de las horas lentas. Aquella atmósfera

tempestuosa, que pesaba sobre la Naturaleza, haciendo cesar el canto de

las aves y el murmullo de las hojas, exasperaba los nervios enfermos del

joven.

Sentado delante de la mesa de trabajo, fastidiado de todo, en un

abatimiento físico y moral angustioso, como nunca había sentido, seguía

con la mirada distraída las nubes negras que invadían poco a poco todo

lo que quedaba de cielo azul. Y semejantes a aquellas nubes, sus ideas

sombrías chocaban entre sí, torturando su cerebro.

El esfuerzo tentado, el abandono completo de sí mismo, la abnegación

llevada hasta el martirio ¿de qué servían? Cada día, con toda

injusticia, sentía más pesado el fardo de su aislamiento. ¿Por qué

también había dejado que aquella pasión lo dominase hasta el punto de

quebrantarlo? Juan veía con terror desvanecerse su valor y su fe en el

porvenir. Sabía que jamás conocería la felicidad. Una sola cosa

subsistía todavía a sus ojos: la necesidad de cumplir su deber por

gratitud al señor Aubry. Esta idea lo mantenía fiel en su puesto.

A menudo se reprochaba el dejarse vencer por un pesimismo peligroso.

Ante su impotencia para encontrar la calma, la energía de su voluntad

desamparada se acusaba de debilidad y de egoísmo; pero no podía dominar

su tristeza creciente. La preocupación de los negocios tenía al menos

esta ventaja: que distrayendo su espíritu, le hacía olvidar

momentáneamente, su pesar; pero ese recurso desesperado le faltaba desde

que la tranquilidad de los trabajos ordinarios reemplazaba en él a la

fiebre del recargo de tarea de los últimos meses, y que, libre de

inquietudes pecuniarias, veía a la fábrica prosperar de nuevo.

Pero ¿sería el enervamiento causado por sus fatigas? Ese día sentía

impulsos de rebelión desconocidos en su alma. Los paseaba, sin poderlos

disipar, entre aquellos muros donde había crecido; erraba, desamparado,

en aquella fábrica que contenía todo su pasado, retenido por la fuerza

del hábito y por el deber, buscando en todos lados sus viejos recuerdos.

Cada evocación del pasado, le refería su amor, la alegría, el sol de su

juventud.

En uno de aquellos hornos ¿no había él mismo fabricado toda una

minúscula vajilla de muñeca? Recordaba, como si este recuerdo hubiera

datado de la víspera, su felicidad al recibir en pago de la sorpresa

hecha a la niña, los frescos besos de su boca rosada. Siempre, en todas

partes, era ella, que aparecía, siempre ella. ¿Qué hacer para olvidarla?

¿No alcanzaría jamás el reposo del espíritu sino en el olvido, aun no

volviéndola a ver?

Planteó el problema de lo que haría cuando ella estuviera casada y se

llevara lejos todos los sueños de amor fundados sobre ella. Le pareció

que le sería imposible vivir sin aquella presencia, cuyo encanto lo

tenía embelesado desde hacía tanto tiempo. Entonces, en un acceso de

rabia interior, sintió haberse sacrificado. ¿No debía más bien haber

dejado cumplirse los acontecimientos y que la casa se hubiera

derrumbado? María Teresa sin dote ¡quién sabe lo que habría sucedido!

Por lo menos, ella hubiera visto lo que era capaz de hacer por ella

aquel Juan que desdeñaba. Él se habría puesto a trabajar con

encarnizamiento a fin de reconstituirle una fortuna.

Desalentado nuevamente, pensó:

--¿Para qué? María Teresa no me ama, y yo no puedo modificar su corazón.

La última vez que había visto a la joven fue en la estación del

ferrocarril de Saint-Lazare.

Cinco semanas hacía que los Aubry habían partido para Etretat, por haber

aconsejado el médico que el convaleciente tomase los aires del mar.

Mientras Juan ayudaba a los viajeros a acomodarse en el vagón, éstos le

demostraron, al darle el adiós, un extraordinario cariño, lleno de

emoción; guardaba como un tesoro la visión de la radiante sonrisa de

María Teresa, y la durable presión de su mano.

Pero ¿era esto sorprendente? ¡Bah! los Aubry eran bastante inteligentes

para comprender el prodigio que acababa de hacer por ellos. Ella

también, sin duda, le guardaba mayor afección, agradecida a los cuidados

prodigados a su padre y al éxito de sus esfuerzos para salvar la

cristalería. ¿Y no era una gracia suprema que demostrase haber olvidado

las palabras locas en que dejó escapar su secreto, en una noche de

fiebre y de angustia? No, ella no comprendería jamás cuánto la amaba.

Y ahora, ¿cuándo la volvería a ver?

Huberto Martholl se había reunido a ellos, indudablemente. El casamiento

no podía demorarse más, puesto que el señor Aubry estaba ya bueno y los

asuntos arreglados... ¡Ah! ¡los terribles, los dolorosos celos

atenazaban el corazón y el cerebro de Juan, cuando evocaba aquella hora

tan próxima! Se desesperaba por encontrar algo que le impidiera pensar

en aquellos novios felices, reunidos allá en Pervenche, entre una

decoración de flores, de vegetación, de savia calentada por el estío...

Y el desgraciado desfallecía de dolor.

Como se levantase para ir a la ventana a respirar un poco el aire

fresco, golpearon a la puerta. Era un criado que le traía un telegrama.

Juan lo abrió, presintiendo que venía de Etretat; leyó:

«Tengo necesidad de ti, ven inmediatamente, esperamos.----_Aubry._»

Juan quedó estupefacto. ¿Para qué podían necesitarlo? ¿Por qué llamarlo

así bruscamente? ¿El señor Aubry habría recaído en su enfermedad? El

laconismo del telegrama lo alarmaba.

¿Volver a Pervenche?... era un sufrimiento moral superior a sus fuerzas.

Pero, en breve, la idea de aproximarse a María Teresa, de verla, de

satisfacer así su único deseo, lo hizo sobreponerse a sus recelos y

temores.

El día estaba demasiado adelantado para que pudiese partir aquella misma

noche; telegrafió que iría al día siguiente. Llamó a Rousseau, el viejo

jefe de talleres, y le dio las instrucciones necesarias para que nada se

perturbase mientras él estuviera en Etretat. En seguida hizo sus

preparativos para el viaje.

Al día siguiente, durante la inacción forzosa del viaje, Juan permanecía

absorto, inquieto por el llamamiento del señor Aubry, y perdido en la

contemplación interior de María Teresa. Entre este tormento y este

goce, se hallaba tan absorto en sí mismo, que nada del exterior atraía

sus miradas. No veía la campiña normanda huir ante sus ojos en la

opulencia de sus ricos cultivos, ni notaba la atención hacia él de una

joven que viajaba en el mismo compartimiento. ¡Qué le importan los

campos fértiles y las lindas mujeres! La intensidad de su amor lo

apartaba de todo. La fiebre devorante del amor, que es la vida de los

fuertes, lo dominaba. Cada día amaba más a María Teresa; ella lo sabía,

y, sin embargo, dentro de algunas semanas sería la mujer de otro...

Este tenaz pensamiento hacía palidecer su semblante, y daba a su mirada

una expresión singular.

De pronto cree comprender: lo llaman porque el señor Aubry, estando aún

convaleciente, no puede ocuparse de las formalidades del casamiento; lo

esperan para encargarle la práctica de estas diligencias. He ahí por qué

debe dejarlo todo y acudir apresuradamente; esta razón de su viaje le

parece tan simple, que se sorprende de que no se le haya ocurrido antes.

Pero esto es superior a sus fuerzas, y esa misión rehusará cumplirla;

¡no! ni por el amor a María Teresa, desempeñaría ese oficio; sería

demasiado doloroso. Si se exige eso de él, recurrirá a Jaime, su amigo,

su hermano, que le evitará ese martirio.

Al fin, Juan llega; el tren para, y poco después, el coche de los

Canzelles se detiene en el vestíbulo de la villa; un criado, de pie,

cerca de la puerta, toma la maleta de Juan, en tanto que éste, ansioso,

le interroga:

--¿Cómo está el señor Aubry, Francisco?

--El señor Aubry está muy bien, el aire del campo lo restablece, tiene

ya muy buen semblante. ¿El señor Juan quiere subir a su cuarto? Todos

han salido; sin duda no esperaban al señor hasta la noche.

Juan sigue al criado.

En su cuarto, el mismo que ocupó el año anterior, los recuerdos vuelven

a acosarlo. El tiempo no ha hecho más que agravar su mal, puesto que lo

irremediable va a cumplirse.

Mientras cambia de traje, sus ojos ven en el espejo una imagen que le

sorprende. El hombre reflejado allí no está tan alejado de la elegancia

de aquellos que antes envidiaba. Se sonríe con burla.

Empezó a comprender por qué atraía la atención de aquella joven del

vagón; este éxito se lo debo a mi nuevo sastre. Después de todo, puesto

que las mujeres son sensibles a las formas exteriores de una elegancia

que se puede comprar ¿por qué no habré tratado antes de parecerme a los

que les gustan? Pero loco, triple loco, bien puedo convertirme en el

hombre mejor vestido de París y de Londres, mas ella verá siempre detrás

de mi traje al huérfano recogido por caridad, al obrero que se quemaba

las manos...

Se arroja sobre un sillón, echa la cabeza hacia atrás, y permanece así,

poseído de la desesperación.

* * * * *

--¡Juan, Juan, baje, que lo espero!

Es la voz de la mujer amada, que lo llama desde el jardín.

Juan se levanta. Del fondo del cuarto, por la ventana abierta, ve

destacarse sobre el césped un vestido de verano.

¡Ah! ¿por qué aquella voz es tan alegre, cuando en el mismo instante él

sufre tanto que el temblor le impide bajar?

En la puerta, una última emoción lo contiene. ¿Qué va a ver abajo? ¿A

Huberto Martholl al lado de ella, sin duda? ¡Cuánto valor necesita

todavía!

Llega al vestíbulo. Al divisarlo María Teresa, exclama de nuevo:

--¡Venga, Juan!

Aquel nombre pronunciado por la voz adorada, conmueve al joven

profundamente. Y, en una admiración apasionada, contempla a la joven en

toda la plenitud de su belleza, de pie y silenciosa al lado de un

bosquecillo de flores. Permanece allí, en efecto, no atreviéndose a

avanzar, presa de un sentimiento singular que no ha previsto; porque el

que se acerca en aquel momento es el hombre a quien ama, cuyo

pensamiento la llena de ternura y de esperanza.

De pronto, un pudor inquieto, una timidez extraña la turba, y no sabe

qué palabras pronunciar para hacer a Juan la confesión que, lejos de su

presencia, creía fácil.

Juan se aproximó, y, tratando de afirmar su voz, le dice:

--Buenos días, María Teresa, ¿su papá sigue bien, verdad? Al llegar, he

tenido, por Francisco, buenas noticias. Esto me ha tranquilizado; su

telegrama me había alarmado mucho.

Mientras él habla, la joven se ha serenado.

--Sí, la calma, el reposo, le han hecho gran bien. Nada sirve como el

campo y el aire del mar para los convalecientes. Y usted, Juan, ¿no

necesita también un poco de este aire vivificante, después de tantas

penas y fatigas?

--¿Es por esa razón por lo que su padre me ha llamado? ¿Cree usted,

realmente, que yo encontraré aquí... en estos días... el reposo que

podría serme saludable?

María Teresa, dueña de sí misma ahora, dijo sonriendo con coquetería:

--Yo lo creo, Juan; lo creo tan firmemente, que soy yo quien le ha

telegrafiado. ¿Dónde estará usted mejor que con nosotros? ¿no somos su

verdadera, su única familia? Hace usted muy mal en hacerse de rogar para

venir, cuando sabe que lo queremos tanto... ¡No, no proteste!--exclamó

con alegría, golpeando suavemente con una flor el brazo del joven, que

se estremeció al contacto de aquella caricia.

Y, después de un malicioso suspiro ahogado, añadió:

--Yo sé: los hombres son así; nos aman y nos descuidan... es su manera

de ser... ¡hay que resignarse a tomarlos como son!

--¡Ah, María Teresa, María Teresa!--rugió sordamente la voz de

Juan,--¿por qué juega usted con mi dolor? ¿Por qué ha tenido la crueldad

de llamarme? Su alegría me mata...

La fisonomía atormentada de Juan tenía una nueva belleza. Como María

Teresa lo miraba conmovida, él continuó:

--¿Cree usted que soy tan fuerte que pueda resistir al suplicio de verla

al lado de otro? Dígame, ¿para qué me ha llamado? ¿en qué puedo

servirla? ¡Ah! si es la amistad de ustedes lo que me ha arrancado de

Creteil, usted por lo menos, usted que sabía... ¿por qué no encontró un

pretexto para evitarme este viaje? Usted es cruel... cruel...

María Teresa puso su mano en la de Juan, murmurando:

--Déjeme así... como antes, cuando yo era chica, y caminemos un poco

¿quiere?

Lo lleva, silenciosa, a través del jardín, hacia la terraza que domina

el mar. Allí le dice, con una expresión de voluntad reflexiva:

--No, yo no soy cruel; yo quería verle, Juan; necesito su presencia; los

días me parecen largos sin usted... ¡espantosamente largos!

Juan la contempla sorprendido, hasta el punto de que, sólo después de un

largo silencio, pronuncia lentamente estas palabras:

--¿Los días le parecen largos?... ¿qué me dice usted?... ¿no está aquí

el que usted quiere?

--Ahora sí...--dijo la joven.

Pero en seguida, con aire grave, añadió:

--Juan, tengo una importante confidencia que hacerle. Desde hace dos

meses he dejado de ser la novia de Huberto Martholl, me he desligado de

las promesas que nos unían...

Una palidez mortal se extendió por el rostro de Juan, y todo su cuerpo

tembló.

--¡Me vuelvo loco!--balbuceó.--No comprendo... diga, ¡ah! diga...

La joven continuó:

--Es bien sencillo lo que pasó en mí. Me convencí de que me había

equivocado, que nunca había amado a Huberto.

--¿Que usted no lo amó nunca?... Nunca...--repetía Juan.--Entonces ¿cómo

fue su novia?

--¿Acaso lo sé yo? Influye tanto el azar en nuestras determinaciones...

Confieso que en un principio Huberto no me disgustaba... ¿qué razón

había para que le rechazase? Yo no sabía que otro me amase... otro...

Todo esto es bien simple... muy triste también... No hay que guardarme

rencor, Juan. ¡Vivimos tan futilmente nosotras, las jóvenes! nos

conocemos apenas; no sabemos dirigirnos, y nadie nos guía en la

educación de nuestro corazón; nuestras madres no se atreven... nada es,

pues, más fácil que confundir un sentimiento trivial con el verdadero

amor.

--Es cierto... Lo que usted dice es justo y cierto... ¡Ah, María Teresa,

María Teresa!...

Y trastornado, Juan balbuceaba:

--¡Libre, usted es libre!

La joven respondió:

--No, Juan, no, yo no soy libre; si me he desligado, es porque, durante

mis frías relaciones con Martholl, conocí que todo mi corazón pertenecía

a otro...

--¡A otro!

--¡Ah! Juan, ¿no adivina usted?

Como alucinado, él la miró, y en la turbación, en la emoción visible de

su amada, lee la confesión que sus labios no se atreven a pronunciar.

Enloquecido, la atrae hacia sí en un movimiento apasionado.

--¡Será posible! ¡María Teresa, le suplico, hable! dígame que soy yo...

¿es posible? ¡yo!... ¡yo!

Entonces la joven inclinó su cabeza sobre el hombro de Juan, y murmuró

en un soplo:

--...¡Sí, Juan, es usted!

Una especie de deslumbramiento hace caer a Juan sobre un banco, y le

quita las fuerzas de abrazar aquel cuerpo encantador.

Entonces, tomando las manos de María Teresa, de pie ante él, la

contempla con toda su alma, y ella lee en la cara del joven la

intensidad de su emoción. Está transfigurado; el oro del sol se refleja

en sus negras pupilas, y una palidez de ámbar cubre sus mejillas; una

felicidad sobrehumana resplandece en aquel rostro, cuyos labios son

impotentes para pronunciar palabras.

--¡Es, pues, cierto!...--repite,--¡yo! ¡yo!

Ansioso o incrédulo, no pudiendo creer en tanta felicidad, se pregunta:

--¿Cómo es posible que sea para mí esta dicha inmensa... que no he

merecido?...

--No, Juan, yo he conocido en usted la grandeza de la energía, la

hermosura del espíritu de sacrificio, y usted ha penetrado en mi corazón

haciéndome admirar la nobleza de una alma generosa dedicada al deber y

al trabajo.

--¡Oh, María Teresa!--exclamó él, atrayéndola hacia sí en un arrebato de

todo su ser,--¿puedo decirle entonces cuánto la amo? ¡María Teresa! yo

la adoro... mi amada, mi bien amada; ¿no teme usted que sean demasiado

rudos estos brazos que la estrechan?

--No, Juan, puesto que yo le amo...

Y la joven inclinó su cabeza sobre el corazón de su novio. En un ademán

de protección y amor, él la rodeó con sus brazos y la estrechó con ardor

silencioso.

Aquel abrazo grave y fuerte llenó de dulce emoción a María Teresa; se

sentía segura como en un estuche, entre aquellas manos cariñosas y

potentes. Percibía las palpitaciones del corazón de su novio; su fuerza,

su frecuencia, el fluir tumultuoso de la sangre en las arterias,

entonaban, para ella, un himno sagrado y triunfante.

Presentía cuánto ideal y generosa energía llevaría, por el don de sí

misma, a la vida de su amado.

Era cierto: Juan aprisionaba su sueño entre sus brazos; tenía estrechada

contra su pecho a la mujer únicamente amada. Esta posesión, exaltando su

alma, lo hacía capaz de acometer las más grandes obras humanas.

Largo tiempo, de pie en la terraza, permanecieron entrelazados...

* * * * *

El horizonte infinito se extendía ante ellos. En el mar el sol trazaba

un surco de oro que, semejante a un camino luminoso, empezaba a sus

pies, para perderse en la inmensidad; les pareció el símbolo de la senda

que se abría para ellos y que seguirían en adelante.

Una emoción intensa los embargaba. Confundían aquella claridad con la

irradiación de la felicidad que inundaba sus almas; se imaginaban que

aquella luz emanaba de ellos para esparcir la alegría por el mundo.

No se equivocaban; el amor es la antorcha que ilumina a la triste

humanidad, lo único que siembra algunas chispas de alegría y embriaguez

en el fragoso camino que seguimos desde la cuna hasta la tumba.

Incertidumbre · 第 22 / 22 题