Después de esta última crisis, el señor Aubry estuvo varios días en
peligro. Durante algún tiempo, los médicos consideraron desesperado su
estado. Al fin, los solícitos cuidados y la fuerza de su constitución
triunfaron de la enfermedad.
Huberto había ido a enterarse del estado del enfermo, pero cada vez más
se sentía helar a la vista de aquella casa triste y de aquella familia
desolada. Además, los informes que recibía sobre la cristalería
aumentaban su reserva y su circunspección. Su madre y él contemplaban
con inquietud los acontecimientos probables: la muerte del señor Aubry y
la quiebra de la casa.
La señora Martholl concibió temores muy serios. Preocupada de que su
hijo pudiera encontrarse en una situación comprometida, se hizo
apremiante y persuasiva. Huberto se mostró dócil a las exhortaciones
maternales; no pareció obstinarse en demostrar a María Teresa
sentimientos inoportunos; sin embargo, débil y vacilante, no osaba
provocar una franca ruptura. Con tenacidad, la señora Martholl se echó
en busca de algún motivo «honorable» que los sacase de apuros; pero su
imaginación, práctica en habilidades diplomáticas, permanecía infecunda,
no sugiriéndole sino medios evasivos y dilatorios. Finalmente, a fuerza
de acumular sobre aquella idea que la acosaba, todos los recursos de su
espíritu fino y despreocupado, concluyó por encontrar un subterfugio.
Un día que su hijo venía de la calle Vaugirard trayendo muy malas
noticias, le dijo:
--Mi querido Huberto, hay que acabar y no eternizarnos en esta
situación. Si no te decides a solucionar las cosas, podemos ser
sorprendidos por los acontecimientos y vernos en la imposibilidad de
esquivarnos. Mientras más esperes, más difícil será eludir las
responsabilidades que te amenazan. Y después ¿qué actitud observarás
ante la impresión de ciertas emociones? El espectáculo del dolor y de la
muerte nos hace sensibles y arriesgas proceder irreflexivamente,
influido por la presencia de una novia deshecha en lágrimas.
A Huberto le parecía que la prudencia de su madre tomaba un aspecto algo
maquiavélico, pero no lo llevaba a mal; sabía que hay que ser indulgente
con las exageraciones del amor materno. Las de la señora Martholl le
procuraron el famoso medio «honorable.»
Según sus consejos, Huberto debía decir a su novia que la señora Husson
acababa de caer enferma en Valremont, donde había ido a pasar algunos
días. Él y su madre se veían en la obligación de ir a prodigar sus
afectuosos cuidados a aquella excelente amiga que los llamaba y los
esperaba.
Huberto puso en ejecución este proyecto en el momento mismo en que el
estado del señor Aubry inspiraba más vivas inquietudes; anunció a María
Teresa que se ausentaría por algunas semanas.
Para la joven fue un alivio la noticia de esta partida; las visitas de
Huberto le eran penosas desde que estaba segura de la tibieza de su
amor, comparado con el de Juan.
Además, sufría, porque en su rectitud se consideraba en falta. Aquella
noche de dolor y de delirio en que las palabras de su padre le hicieron
conocer el estado de alma de Juan, había interpuesto una sombra entre
ella y Huberto. Muchas veces quiso confiarle la afección creciente que
sentía hacia Juan, y referirle los sacrificios que éste quería hacer
para que su casamiento no fuese demorado. Pero ¿cómo abordar tal asunto
sin cometer una indiscreción respecto a Juan y aparecer haciendo presión
sobre el mismo Huberto? Temía humillar injustamente a este último
declarándole que no sería su esposa si no la tomaba sin dote, pues no
consideraba digno de él ni de ella, aceptar el sacrificio de Juan.
Anhelando salir del laberinto en que sus pensamientos se perdían, no
encontraba la senda que su conciencia atormentada le sugería tomar para
salir al gran camino donde evolucionaría lealmente.
Mil escrúpulos la detenían; si hubiera estado cierta de que su novio
deseaba una ruptura, no habría vacilado en retirar su palabra. Pero
Huberto nada había dicho que justificase tan repentino cambio de ideas.
Que quisiera romper su compromiso después de seis meses de contraído,
por una miserable cuestión de dinero, le parecía una suposición grave e
infundada. ¿Por qué sospechar que Huberto se hubiese prendado solamente
de su dote? Probablemente consideraría muy natural renunciar a las
ventajas pecuniarias que ella podía haberle proporcionado. Por otra
parte, no había dejado de observar un cierto despego en su novio, pero
esta impresión no era una certidumbre.
Los días de dolor que sobrevinieron, en los que hubo que disputar a su
padre a la muerte, la alejaron por algún tiempo de todo lo que no fuera
aquella única y piadosa ocupación. Solamente cuando la mejoría esperada
permitió, al fin, a toda la familia vivir en una atmósfera de libertad,
fue cuando María Teresa volvió a ser presa de las mismas irresoluciones,
tanto más cuanto que durante aquellas horas crueles Juan había
continuado demostrando una consagración admirable, luchando a la vez
contra la ruina y contra la muerte. El pobre Juan al lado de ella se
mostraba como avergonzado. Huía de su presencia, no atreviéndose a
mirarla. Si sus manos se rozaban, al levantar juntos las almohadas del
señor Aubry, él palidecía de angustia, y, en el silencio de la alcoba,
María Teresa sentía los latidos precipitados de aquel corazón sobre el
cual, una noche, se había apoyado cariñosamente.
--¿Hasta cuándo conseguiría ocultar al joven el lugar, cada día más
grande, que ocupaba en su pensamiento?
En cuanto a Huberto, su ausencia se prolongaba. Habiendo sabido la
mejoría sobrevenida en el estado del señor Aubry, «la aprovechaba,»
había escrito, «para quedarse en Valremont al lado de la señora Husson
que quería retener a sus amigos.»
María Teresa no acertaba a juzgar la conducta de su novio, y no se
resolvía por lo tanto a romper con él, cuando una conversación la
iluminó y le suministró la solución que buscaba.
Desde que su querido enfermo estaba fuera de peligro, ella y su madre
recibían a las personas que iban a informarse de la salud del
convaleciente. Entre las más asiduas se contaban a la señora Gardanne y
su hija. La solicitud de esta última no se refería exclusivamente a la
salud del señor Aubry; existía otro asunto que picaba su curiosidad.
Un día, no pudiendo contenerse más, Diana preguntó:
--¿Qué se hace tu Huberto? No se le ve ya por aquí.
María Teresa, confusa, se limitó a responder evasivamente:
--Probablemente viene a otras horas que tú, lo cual explica que no lo
encuentres.
Pero Diana escuchaba distraídamente la respuesta a su pregunta; en el
mismo orden de ideas, acababa de hacer otro descubrimiento importante.
--¡Hola!--exclamó, señalando el dedo de su prima,--¿ya no llevas tu
anillo?
--¿Mi anillo?--dijo María Teresa ruborizándose,--lo habré olvidado en mi
tocador.
En realidad, hacía algún tiempo descuidaba intencionalmente ponerse su
anillo de novia; había observado que los ojos de Juan eran
invenciblemente atraídos por el fulgor del rubí tornasolado, sobre el
cual parecían caer todas las caricias de la luz. De manera que por una
delicadeza instintiva, no queriendo colocar diariamente ante sus ojos un
símbolo que debía afligirlo, no se ponía el anillo. Muchos eran los días
que esta joya descansaba en su estuche.
--No se debe quitar el anillo de novios--declaró sentenciosamente Diana.
--¿Qué quieres? He estado tan atormentada, he pasado por tales
angustias, que no es extraño que se me haya olvidado de ponerme hoy esa
alhaja.
--Eso no es una alhaja, es tu anillo--insistió Diana.
Luego, decidida a ir hasta el fin, en la seguridad de que su
perspicacia natural la había conducido sobre la buena pista, continuó:
--¿Entonces Huberto no ha sabido que mi tío ha estado muy mal?
--¿Por qué me preguntas eso?
--Pues, por una razón muy sencilla; porque no ha estado a tu lado en los
días de peligro.
--En efecto--respondió María Teresa, que por un exceso de delicadeza no
quería acusar a Huberto,--tuvo que ausentarse algunos días antes de la
última crisis que sufrió papá.
--¿Y tú no lo llamaste? Supongo que habría venido, en vez de ir a las
carreras de Ascot; Bertrán lo encontró allí... Huberto manejaba un
_mail_ lleno de señoras muy chic, y en el que todo el mundo, incluso él,
parecía divertirse extraordinariamente; Bertrán pudo reconocer a miss
Maud Watkinson, ¿sabes? esa americana tan rica de quien se ha hablado
tanto este invierno y que anda por todas partes con la Condesa de
Husson.
--No conozco a miss Maud Watkinson--dijo María Teresa, tratando de
encubrir bajo un aire de gran indiferencia la sorpresa que le causaban
las palabras de Diana.--Hace cuatro meses que vivo reclusa... Pero dime,
a propósito de esto, ¿la Condesa de Husson no acaba de estar muy enferma
en Valremont adonde había ido a pasar unos días?
--¡Tú sueñas, mi pobre María Teresa! ¿Enferma en Valremont la Condesa de
Husson? Es imposible; no ha cesado de mostrarse en todos lados: en el
Bosque, en la Opera los viernes, en las quincenas de la Marquesa de
Beaufort, en el garden-party de la Embajada de Inglaterra, en la fiesta
de los Drags en Auteuil... y ¡qué sé yo!
María Teresa sintió que la inundaba una alegría indefinible; ¡por fin
adquiría la prueba manifiesta de la defección de Huberto! Diana quedó
confundida al ver el aire de alegría con que su prima recibía aquellas
revelaciones. No se animó a servirle las frases de consuelo que traía
preparadas, como buena persona que trata de curar las heridas que ha
hecho.
--¡Esto no es posible, me hace una comedia!--se decía ante los ojos
risueños que la miraban;--no se recibe de esa manera la noticia de la
mala conducta de un novio.
En otro rincón del salón, la señora Gardanne, de muy buena fe, ponía un
celo no menos caritativo en instruir a su cuñada del encuentro que había
hecho Bertrán en las carreras de Ascot.
La pobre señora Aubry, que no tenía las mismas razones que María Teresa
para recibir alegremente estas confidencias, quedó desolada. Cuando la
señora Gardanne y Diana hubieron partido, llamó a su hija, y su aire
afligido probó a María Teresa que su tía y su prima se habían complacido
en hacer el mismo relato.
La joven tomó el brazo de su madre, apoyó su linda cabeza sobre el
hombro materno, y dijo cariñosamente:
--Querida mamá, puedes estar tranquila, no estoy afligida.
--¿Tú sabes, entonces?
María Teresa se sonrió.
--Que Huberto ha ido a las carreras de Ascot, que ha mentido, y que se
divertía mientras nosotros sufríamos. No solamente esto no me desagrada,
sino que me llena de felicidad...
La señora Aubry no comprendía. Azorada de oír una confidencia tan
inesperada, balbuceó:
--¿Tú eres feliz?
--Mamá, yo no quiero casarme con Huberto Martholl. Desde hace algún
tiempo buscaba un motivo para romper nuestro compromiso; no tenía más
que el pretexto de mi desafección y me parecía cruel invocarlo; no me
atrevía por delicadeza. Pero ahora soy libre. La rara conducta del señor
Martholl me deja libre, libre, libre. ¡Qué dicha!
--¿Pero qué ha pasado entonces? ¿Por qué no me has enterado de la
transformación de tus sentimientos?
--Acabo de hacerte la mitad de mi confesión, querida madre--y
súbitamente la joven se ruborizó,--aquí está la otra: amo a Juan.
La señora Aubry levantó suavemente la cara de su hija, apoyada siempre
en su pecho, y mirándola, con tono grave le dijo:
--¿Amas a Juan? ¿Estás bien segura? No vayas a equivocarte esta vez.
¡Sufriría tanto ése!...
--¡Ah, madre! ¡cómo no lo he de amar, después de todo lo que ha hecho
por nosotros!
--Es precisamente porque se ha conducido como un hijo admirable, que te
pongo en guardia contra una inclinación que no es tal vez amor, sino un
gran, un vivo reconocimiento; porque, desgraciadamente, no es cumpliendo
su deber, como un hombre consigue atraerse el amor de una joven.
--Madre, eso es una crítica merecida por la ligereza de mi primera
elección; ahora veo más claramente lo que pasa en mí. Juan ha hecho algo
más que cumplir su deber hacia mí; ¿no lo sabías?
Y como la señora Aubry la mirase interrogativamente, María Teresa contó
la conversación que había sorprendido, el sacrificio de Juan poniendo
sus haberes en el fondo social de la cristalería, para asegurarle a ella
el casamiento con otro, aunque la amaba en silencio desde hacía mucho
tiempo.
Cuando la joven concluía de referir cómo después del regreso de Juan
había sentido el amor verdadero, el amor grande, penetrar lentamente en
su alma, Jaime entró.
Enterado de los sentimientos que María Teresa acababa de expresar,
abrazó contentísimo a su hermana.
--Te felicito, mi querida Teresa; esta vez tu elección es realmente
buena. Ahora me veo libre de una gran responsabilidad; la conducta de
Martholl me inquietaba; se le veía por donde quiera que había
diversiones, despreocupado de nuestras desgracias. Comprendo su táctica.
Me habían prevenido de que no cesaba de recoger informes en todas partes
sobre nuestra situación financiera. Como no la encontraba muy de su
gusto, quería desligarse de su compromiso, y para no hacer un papel
odioso, se ha arreglado de manera que la ruptura la iniciásemos
nosotros. No está mal imaginado. ¿No piensas lo mismo, María Teresa?
Gravemente, la joven dijo:
--Yo pienso que de todos los servicios que Juan nos ha hecho, el más
meritorio es el de haberme hecho comprender lo que constituye la
grandeza del alma. ¡Cuánto habría sufrido yo, siendo la mujer de
Martholl, al descubrir poco a poco la naturaleza ligera de ese ser
exclusivamente egoísta!
--Querida hermana, Juan nos ha librado de peores desastres: la quiebra y
la muerte de nuestro padre, porque papá habría muerto. Gracias a una
nueva invención, Juan levanta nuestra casa, restablece nuestro crédito y
nos salva de terribles desgracias.
--La Providencia, hijos míos, nos devuelve centuplicado lo que hemos
hecho por ese huérfano--dijo la señora Aubry, con voz conmovida.--¡Que
sea bendito!
Un enternecimiento súbito o intenso de gratitud y cariño hacia Juan los
invadía.
--¡Qué dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi propia
felicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene. Madre, ¡si
supieras cuánto me quiere!
--Pero ¿qué vamos a hacer ahora? Tú, parece olvidas que eres la novia de
Huberto Martholl, hija mía...
--¿Quieres dejarme escribirle? Tomaré sencillamente, la iniciativa de la
ruptura; no podrá menos de quedar agradecido.
--Haz como quieras, querida mía, tengo confianza en la bondad de tu
corazón y en la rectitud de tu espíritu.
--Ahora, tengo que pedirles algo, a ti, madre, y a ti, Jaime; prométanme
guardar secretas para mi padre, para todo el mundo, para Juan,
principalmente, las resoluciones que he tomado. Quiero que la calma
vuelva a nuestros espíritus antes de comenzar una vida nueva.
Después de haber obtenido la promesa que exigía, la joven subió
alegremente a su cuarto, y escribió en seguida a Martholl.