XVIII

Después de esta última crisis, el señor Aubry estuvo varios días en

peligro. Durante algún tiempo, los médicos consideraron desesperado su

estado. Al fin, los solícitos cuidados y la fuerza de su constitución

triunfaron de la enfermedad.

Huberto había ido a enterarse del estado del enfermo, pero cada vez más

se sentía helar a la vista de aquella casa triste y de aquella familia

desolada. Además, los informes que recibía sobre la cristalería

aumentaban su reserva y su circunspección. Su madre y él contemplaban

con inquietud los acontecimientos probables: la muerte del señor Aubry y

la quiebra de la casa.

La señora Martholl concibió temores muy serios. Preocupada de que su

hijo pudiera encontrarse en una situación comprometida, se hizo

apremiante y persuasiva. Huberto se mostró dócil a las exhortaciones

maternales; no pareció obstinarse en demostrar a María Teresa

sentimientos inoportunos; sin embargo, débil y vacilante, no osaba

provocar una franca ruptura. Con tenacidad, la señora Martholl se echó

en busca de algún motivo «honorable» que los sacase de apuros; pero su

imaginación, práctica en habilidades diplomáticas, permanecía infecunda,

no sugiriéndole sino medios evasivos y dilatorios. Finalmente, a fuerza

de acumular sobre aquella idea que la acosaba, todos los recursos de su

espíritu fino y despreocupado, concluyó por encontrar un subterfugio.

Un día que su hijo venía de la calle Vaugirard trayendo muy malas

noticias, le dijo:

--Mi querido Huberto, hay que acabar y no eternizarnos en esta

situación. Si no te decides a solucionar las cosas, podemos ser

sorprendidos por los acontecimientos y vernos en la imposibilidad de

esquivarnos. Mientras más esperes, más difícil será eludir las

responsabilidades que te amenazan. Y después ¿qué actitud observarás

ante la impresión de ciertas emociones? El espectáculo del dolor y de la

muerte nos hace sensibles y arriesgas proceder irreflexivamente,

influido por la presencia de una novia deshecha en lágrimas.

A Huberto le parecía que la prudencia de su madre tomaba un aspecto algo

maquiavélico, pero no lo llevaba a mal; sabía que hay que ser indulgente

con las exageraciones del amor materno. Las de la señora Martholl le

procuraron el famoso medio «honorable.»

Según sus consejos, Huberto debía decir a su novia que la señora Husson

acababa de caer enferma en Valremont, donde había ido a pasar algunos

días. Él y su madre se veían en la obligación de ir a prodigar sus

afectuosos cuidados a aquella excelente amiga que los llamaba y los

esperaba.

Huberto puso en ejecución este proyecto en el momento mismo en que el

estado del señor Aubry inspiraba más vivas inquietudes; anunció a María

Teresa que se ausentaría por algunas semanas.

Para la joven fue un alivio la noticia de esta partida; las visitas de

Huberto le eran penosas desde que estaba segura de la tibieza de su

amor, comparado con el de Juan.

Además, sufría, porque en su rectitud se consideraba en falta. Aquella

noche de dolor y de delirio en que las palabras de su padre le hicieron

conocer el estado de alma de Juan, había interpuesto una sombra entre

ella y Huberto. Muchas veces quiso confiarle la afección creciente que

sentía hacia Juan, y referirle los sacrificios que éste quería hacer

para que su casamiento no fuese demorado. Pero ¿cómo abordar tal asunto

sin cometer una indiscreción respecto a Juan y aparecer haciendo presión

sobre el mismo Huberto? Temía humillar injustamente a este último

declarándole que no sería su esposa si no la tomaba sin dote, pues no

consideraba digno de él ni de ella, aceptar el sacrificio de Juan.

Anhelando salir del laberinto en que sus pensamientos se perdían, no

encontraba la senda que su conciencia atormentada le sugería tomar para

salir al gran camino donde evolucionaría lealmente.

Mil escrúpulos la detenían; si hubiera estado cierta de que su novio

deseaba una ruptura, no habría vacilado en retirar su palabra. Pero

Huberto nada había dicho que justificase tan repentino cambio de ideas.

Que quisiera romper su compromiso después de seis meses de contraído,

por una miserable cuestión de dinero, le parecía una suposición grave e

infundada. ¿Por qué sospechar que Huberto se hubiese prendado solamente

de su dote? Probablemente consideraría muy natural renunciar a las

ventajas pecuniarias que ella podía haberle proporcionado. Por otra

parte, no había dejado de observar un cierto despego en su novio, pero

esta impresión no era una certidumbre.

Los días de dolor que sobrevinieron, en los que hubo que disputar a su

padre a la muerte, la alejaron por algún tiempo de todo lo que no fuera

aquella única y piadosa ocupación. Solamente cuando la mejoría esperada

permitió, al fin, a toda la familia vivir en una atmósfera de libertad,

fue cuando María Teresa volvió a ser presa de las mismas irresoluciones,

tanto más cuanto que durante aquellas horas crueles Juan había

continuado demostrando una consagración admirable, luchando a la vez

contra la ruina y contra la muerte. El pobre Juan al lado de ella se

mostraba como avergonzado. Huía de su presencia, no atreviéndose a

mirarla. Si sus manos se rozaban, al levantar juntos las almohadas del

señor Aubry, él palidecía de angustia, y, en el silencio de la alcoba,

María Teresa sentía los latidos precipitados de aquel corazón sobre el

cual, una noche, se había apoyado cariñosamente.

--¿Hasta cuándo conseguiría ocultar al joven el lugar, cada día más

grande, que ocupaba en su pensamiento?

En cuanto a Huberto, su ausencia se prolongaba. Habiendo sabido la

mejoría sobrevenida en el estado del señor Aubry, «la aprovechaba,»

había escrito, «para quedarse en Valremont al lado de la señora Husson

que quería retener a sus amigos.»

María Teresa no acertaba a juzgar la conducta de su novio, y no se

resolvía por lo tanto a romper con él, cuando una conversación la

iluminó y le suministró la solución que buscaba.

Desde que su querido enfermo estaba fuera de peligro, ella y su madre

recibían a las personas que iban a informarse de la salud del

convaleciente. Entre las más asiduas se contaban a la señora Gardanne y

su hija. La solicitud de esta última no se refería exclusivamente a la

salud del señor Aubry; existía otro asunto que picaba su curiosidad.

Un día, no pudiendo contenerse más, Diana preguntó:

--¿Qué se hace tu Huberto? No se le ve ya por aquí.

María Teresa, confusa, se limitó a responder evasivamente:

--Probablemente viene a otras horas que tú, lo cual explica que no lo

encuentres.

Pero Diana escuchaba distraídamente la respuesta a su pregunta; en el

mismo orden de ideas, acababa de hacer otro descubrimiento importante.

--¡Hola!--exclamó, señalando el dedo de su prima,--¿ya no llevas tu

anillo?

--¿Mi anillo?--dijo María Teresa ruborizándose,--lo habré olvidado en mi

tocador.

En realidad, hacía algún tiempo descuidaba intencionalmente ponerse su

anillo de novia; había observado que los ojos de Juan eran

invenciblemente atraídos por el fulgor del rubí tornasolado, sobre el

cual parecían caer todas las caricias de la luz. De manera que por una

delicadeza instintiva, no queriendo colocar diariamente ante sus ojos un

símbolo que debía afligirlo, no se ponía el anillo. Muchos eran los días

que esta joya descansaba en su estuche.

--No se debe quitar el anillo de novios--declaró sentenciosamente Diana.

--¿Qué quieres? He estado tan atormentada, he pasado por tales

angustias, que no es extraño que se me haya olvidado de ponerme hoy esa

alhaja.

--Eso no es una alhaja, es tu anillo--insistió Diana.

Luego, decidida a ir hasta el fin, en la seguridad de que su

perspicacia natural la había conducido sobre la buena pista, continuó:

--¿Entonces Huberto no ha sabido que mi tío ha estado muy mal?

--¿Por qué me preguntas eso?

--Pues, por una razón muy sencilla; porque no ha estado a tu lado en los

días de peligro.

--En efecto--respondió María Teresa, que por un exceso de delicadeza no

quería acusar a Huberto,--tuvo que ausentarse algunos días antes de la

última crisis que sufrió papá.

--¿Y tú no lo llamaste? Supongo que habría venido, en vez de ir a las

carreras de Ascot; Bertrán lo encontró allí... Huberto manejaba un

_mail_ lleno de señoras muy chic, y en el que todo el mundo, incluso él,

parecía divertirse extraordinariamente; Bertrán pudo reconocer a miss

Maud Watkinson, ¿sabes? esa americana tan rica de quien se ha hablado

tanto este invierno y que anda por todas partes con la Condesa de

Husson.

--No conozco a miss Maud Watkinson--dijo María Teresa, tratando de

encubrir bajo un aire de gran indiferencia la sorpresa que le causaban

las palabras de Diana.--Hace cuatro meses que vivo reclusa... Pero dime,

a propósito de esto, ¿la Condesa de Husson no acaba de estar muy enferma

en Valremont adonde había ido a pasar unos días?

--¡Tú sueñas, mi pobre María Teresa! ¿Enferma en Valremont la Condesa de

Husson? Es imposible; no ha cesado de mostrarse en todos lados: en el

Bosque, en la Opera los viernes, en las quincenas de la Marquesa de

Beaufort, en el garden-party de la Embajada de Inglaterra, en la fiesta

de los Drags en Auteuil... y ¡qué sé yo!

María Teresa sintió que la inundaba una alegría indefinible; ¡por fin

adquiría la prueba manifiesta de la defección de Huberto! Diana quedó

confundida al ver el aire de alegría con que su prima recibía aquellas

revelaciones. No se animó a servirle las frases de consuelo que traía

preparadas, como buena persona que trata de curar las heridas que ha

hecho.

--¡Esto no es posible, me hace una comedia!--se decía ante los ojos

risueños que la miraban;--no se recibe de esa manera la noticia de la

mala conducta de un novio.

En otro rincón del salón, la señora Gardanne, de muy buena fe, ponía un

celo no menos caritativo en instruir a su cuñada del encuentro que había

hecho Bertrán en las carreras de Ascot.

La pobre señora Aubry, que no tenía las mismas razones que María Teresa

para recibir alegremente estas confidencias, quedó desolada. Cuando la

señora Gardanne y Diana hubieron partido, llamó a su hija, y su aire

afligido probó a María Teresa que su tía y su prima se habían complacido

en hacer el mismo relato.

La joven tomó el brazo de su madre, apoyó su linda cabeza sobre el

hombro materno, y dijo cariñosamente:

--Querida mamá, puedes estar tranquila, no estoy afligida.

--¿Tú sabes, entonces?

María Teresa se sonrió.

--Que Huberto ha ido a las carreras de Ascot, que ha mentido, y que se

divertía mientras nosotros sufríamos. No solamente esto no me desagrada,

sino que me llena de felicidad...

La señora Aubry no comprendía. Azorada de oír una confidencia tan

inesperada, balbuceó:

--¿Tú eres feliz?

--Mamá, yo no quiero casarme con Huberto Martholl. Desde hace algún

tiempo buscaba un motivo para romper nuestro compromiso; no tenía más

que el pretexto de mi desafección y me parecía cruel invocarlo; no me

atrevía por delicadeza. Pero ahora soy libre. La rara conducta del señor

Martholl me deja libre, libre, libre. ¡Qué dicha!

--¿Pero qué ha pasado entonces? ¿Por qué no me has enterado de la

transformación de tus sentimientos?

--Acabo de hacerte la mitad de mi confesión, querida madre--y

súbitamente la joven se ruborizó,--aquí está la otra: amo a Juan.

La señora Aubry levantó suavemente la cara de su hija, apoyada siempre

en su pecho, y mirándola, con tono grave le dijo:

--¿Amas a Juan? ¿Estás bien segura? No vayas a equivocarte esta vez.

¡Sufriría tanto ése!...

--¡Ah, madre! ¡cómo no lo he de amar, después de todo lo que ha hecho

por nosotros!

--Es precisamente porque se ha conducido como un hijo admirable, que te

pongo en guardia contra una inclinación que no es tal vez amor, sino un

gran, un vivo reconocimiento; porque, desgraciadamente, no es cumpliendo

su deber, como un hombre consigue atraerse el amor de una joven.

--Madre, eso es una crítica merecida por la ligereza de mi primera

elección; ahora veo más claramente lo que pasa en mí. Juan ha hecho algo

más que cumplir su deber hacia mí; ¿no lo sabías?

Y como la señora Aubry la mirase interrogativamente, María Teresa contó

la conversación que había sorprendido, el sacrificio de Juan poniendo

sus haberes en el fondo social de la cristalería, para asegurarle a ella

el casamiento con otro, aunque la amaba en silencio desde hacía mucho

tiempo.

Cuando la joven concluía de referir cómo después del regreso de Juan

había sentido el amor verdadero, el amor grande, penetrar lentamente en

su alma, Jaime entró.

Enterado de los sentimientos que María Teresa acababa de expresar,

abrazó contentísimo a su hermana.

--Te felicito, mi querida Teresa; esta vez tu elección es realmente

buena. Ahora me veo libre de una gran responsabilidad; la conducta de

Martholl me inquietaba; se le veía por donde quiera que había

diversiones, despreocupado de nuestras desgracias. Comprendo su táctica.

Me habían prevenido de que no cesaba de recoger informes en todas partes

sobre nuestra situación financiera. Como no la encontraba muy de su

gusto, quería desligarse de su compromiso, y para no hacer un papel

odioso, se ha arreglado de manera que la ruptura la iniciásemos

nosotros. No está mal imaginado. ¿No piensas lo mismo, María Teresa?

Gravemente, la joven dijo:

--Yo pienso que de todos los servicios que Juan nos ha hecho, el más

meritorio es el de haberme hecho comprender lo que constituye la

grandeza del alma. ¡Cuánto habría sufrido yo, siendo la mujer de

Martholl, al descubrir poco a poco la naturaleza ligera de ese ser

exclusivamente egoísta!

--Querida hermana, Juan nos ha librado de peores desastres: la quiebra y

la muerte de nuestro padre, porque papá habría muerto. Gracias a una

nueva invención, Juan levanta nuestra casa, restablece nuestro crédito y

nos salva de terribles desgracias.

--La Providencia, hijos míos, nos devuelve centuplicado lo que hemos

hecho por ese huérfano--dijo la señora Aubry, con voz conmovida.--¡Que

sea bendito!

Un enternecimiento súbito o intenso de gratitud y cariño hacia Juan los

invadía.

--¡Qué dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi propia

felicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene. Madre, ¡si

supieras cuánto me quiere!

--Pero ¿qué vamos a hacer ahora? Tú, parece olvidas que eres la novia de

Huberto Martholl, hija mía...

--¿Quieres dejarme escribirle? Tomaré sencillamente, la iniciativa de la

ruptura; no podrá menos de quedar agradecido.

--Haz como quieras, querida mía, tengo confianza en la bondad de tu

corazón y en la rectitud de tu espíritu.

--Ahora, tengo que pedirles algo, a ti, madre, y a ti, Jaime; prométanme

guardar secretas para mi padre, para todo el mundo, para Juan,

principalmente, las resoluciones que he tomado. Quiero que la calma

vuelva a nuestros espíritus antes de comenzar una vida nueva.

Después de haber obtenido la promesa que exigía, la joven subió

alegremente a su cuarto, y escribió en seguida a Martholl.

Incertidumbre · 第 20 / 22 题