XVII

Lejos de decrecer, la enfermedad del señor Aubry tendía cada día a

agravarse; sentía grandes dolores de cabeza; el menor ruido,

repercutiendo en su cerebro adolorido, le causaba vivos sufrimientos,

por lo cual se evitaba todo lo que pudiera turbar su descanso. Se

hablaba en voz baja; se caminaba ahogando el ruido de los pasos; el

palacete, tan alegre antes, parecía habitado ahora por sombras tristes y

silenciosas. Desde la misma calle, no subía ningún ruido; una espesa

capa de arena había sido extendida delante de la fachada para apagar las

pisadas de los caballos y el rodar de los carruajes.

La luz también estaba proscripta del cuarto del enfermo, que era

cuidado, en la oscuridad de los postigos cerrados y de las cortinas

corridas, al trémulo resplandor de una lámpara. En estas condiciones la

permanencia a su lado durante días enteros, constituía una verdadera

fatiga, pues el señor Aubry, como nunca había estado enfermo, demostraba

muy poca paciencia.

Aparte de Juan, no toleraba en su cuarto más que a su mujer y a su hija,

y no quería ser cuidado y servido sino por ellas.

Como enfermero, Jaime no servía; su padre no podía tolerar la torpeza de

sus movimientos. El joven era naturalmente brusco, y a pesar de su buen

deseo, se adaptaba poco a las circunstancias: los muebles, las

porcelanas, los vasos temblaban a su aproximación. Para la noche no se

podía contar con él; la atmósfera pesada del cuarto lo adormecía en

seguida, y los quejidos de su padre eran impotentes para despertarlo.

Generalmente era Juan quien velaba al señor Aubry. Este, por lo demás,

lo llamaba sin cesar, para hablarle de los asuntos de la cristalería.

Algunas veces el joven conseguía calmar sus inquietudes, pero otras le

daba trabajo, sobre todo cuando se imponía la necesidad de obtener una

firma.

Entonces el señor Aubry salía de su sombrío abatimiento para caer en una

especie de fiebre exasperada. Tenía a Juan de pie delante de la cama

durante horas enteras, lo interrogaba, y frecuentemente toda la noche

transcurría en discusiones interminables. La paciencia del joven era

inagotable y pasaba, sin lamentarse, de la labor del día a la fatiga de

las noches.

María Teresa se habituaba también a confiar en su presencia. Cuando

sonaba la hora de la llegada de Juan, acechaba sus pasos en la escalera.

Al principio lo hacía maquinalmente, ansiosa de ver calmarse a su padre;

pero una noche sorprendiose de esperar a Juan tan febrilmente... ¡Cómo,

su camarada de la infancia la preocupaba hacía algún tiempo! ¿Era, pues,

un hombre nuevo o lo había desconocido hasta entonces?

Tuvo que reconocer que su interés por él había estado paralizado durante

mucho tiempo por consideraciones completamente exteriores, es decir,

porque las maneras de Juan no habían tenido siempre esa elegancia

convencional que se encuentra en los hombres de mundo.

Sí, lo reconocía; el exterior de «un cualquiera» la había inducido a

ignorar el alma de aquel ser superior. ¡Cuánto deploraba en ese momento

su snobismo que tantas veces había contribuido a que prestase atención a

los jóvenes según el mérito de apariencias superficiales y fútiles!

Juan, por lo demás, no chocaba ya las ideas exageradas que tenía

respecto a la necesidad de cierto esmero en el vestir; por lo contrario,

la simplicidad elegante del joven le gustaba, se armonizaba con su

naturaleza de luchador infatigable, que no economizaba ni su tiempo ni

sus fuerzas.

Sentada en el gran sillón, cerca de la cama de su padre, y no pudiendo

en aquella oscuridad entregarse a ningún trabajo manual, pasaba estos

momentos de ocio forzado, analizando los pensamientos nuevos que nacían

en su espíritu.

Mecida por el monótono tic-tac del reloj, apoyaba su cabeza contra el

alto respaldo del sillón, dejando errar sus miradas de las llamas de la

chimenea a las sombras que bailaban sobre las paredes, y pensaba en

Huberto y en Juan.

María Teresa poseía ese sentido crítico, ese espíritu de análisis que

sabe deducir de un hecho algo más que el incidente trivial. Desde que

los días transcurrían para ella en largas meditaciones, la noche en que

los dos jóvenes se habían encontrado, le había venido frecuentemente a

la memoria, y la escena de la pantalla incendiada, que la había hecho

reír primero, le sugería ahora serias reflexiones.

Toda la oposición de carácter que existía entre aquellos dos hombres se

revelaba en la acción impulsiva que cada uno de ellos había tenido,

obrando bajo la influencia del instinto. Aquella acción la iluminaba

sobre la diferencia completa de sus dos individualidades. En la manera

que habían conducido Juan y Huberto en esta circunstancia, sin tiempo

para reflexionar, obedecían a la esencia misma de sus naturalezas. María

Teresa comprendía que la actitud del uno y del otro era la expresión

franca de sus respectivas educaciones. De deducción en deducción, un

juicio razonado se formulaba en el espíritu de la joven.

Ciertamente, no dudaba del valor de Huberto, y no exageraba tampoco la

importancia del acto de Juan. No era por falta de valor que aquél,

concurrente asiduo de las salas de armas, recurría a un criado para

apagar papeles inflamados; era simplemente por no efectuar una operación

que le parecía indigna de él. A este sentimiento se unía una cierta

impotencia física: llamaba en su auxilio por ignorancia, sabiendo menos

apagar un fuego que encenderlo.

Existe en las regiones subterráneas, en lo más profundo de las entrañas

de la tierra, animalículos que viven y se reproducen en aquellas capas

oscuras, y no suben jamás hasta la luz del día. Como madre económica,

enemiga del despilfarro, la Naturaleza quita a cada una de sus criaturas

los órganos que le son inútiles. Estos habitantes de las regiones

tenebrosas, no teniendo necesidad del sentido de la vista, han perdido

hasta las trazas de los órganos visuales. Lo mismo sucede en el hombre;

en él se transforman y atrofian en lo moral como en lo físico todas las

facultades no ejercitadas. Huberto representaba de una manera precisa el

tipo del hombre tal cual lo hacen sus hábitos, en una vida de lujo,

mecánica y fácil.

María Teresa no llegaba hasta lamentar la desaparición del hombre de las

cavernas, defensor de su compañera en el fondo de las grutas, con palo

y hacha de piedra; pero veía con sentimiento la degeneración de los

hijos de la burguesía, alejados por una educación imprevisora de todo

espíritu de iniciativa y de todo esfuerzo individual. En general, en

ellos, la energía ha desaparecido, y si se busca esta primordial virtud

del hombre, no se la encuentra sino en el alma de los seres forzados a

luchar para conquistar un sitio al sol.

Se hallaba en este punto de sus reflexiones, cuando la voz débil del

señor Aubry llamó:

--¿María Teresa?

La joven se levantó, e inclinándose sobre el lecho, dijo:

--¿Qué desea usted, padre?

--¿Qué hora es?

--Cerca de las siete.

--¿Cómo es que Juan no ha venido?

La impaciencia del señor Aubry empezaba a manifestarse con la fiebre de

la noche, y su enervamiento aumentaba hasta la llegada del joven.

Con voz cariñosa, María Teresa trataba de calmarlo:

--No es tarde, usted sabe que no puede venir hasta las ocho.

--Hoy ha debido hacer algunas diligencias cuyo resultado espero con

ansiedad; lo sabe y debía apresurarse.

--No se altere, querido papá--dijo María Teresa poniendo su cara sobre

el rostro del enfermo,--Juan llegará pronto.

El señor Aubry miró con dulzura a su hija.

--Mi querida hija, ¡qué trabajo te doy! Soy muy exigente, ¿no es verdad?

--No, papá; solamente que temo que se exaspere. El médico le ha

recomendado calma, usted lo sabe; hay que portarse con juicio, papá

querido.

El señor Aubry calló un instante, luego dijo:

--Dime, ¿por qué no me hablas de Martholl y por qué no sube a verme?

--Creo que teme fatigarlo a usted.

--¡Ah!--exclamó distraídamente el señor Aubry, que parecía seguir una

idea.--¿Pide noticias mías a lo menos? Se me figura que no viene tan a

menudo; ahora no te llaman todos los días para recibirlo como en los

primeros días de mi enfermedad.

--Ha disminuido sus visitas; sin duda se ha dado cuenta de que yo no

tenía tiempo disponible para recibirlo, yo no estoy tranquila sino al

lado de usted.

--¿Me dices la verdad, hija mía?--interrogó el señor Aubry con aire

triste.

--Sí, padre, ¿por qué esa pregunta?

--Porque... tengo ciertas inquietudes.... quiero hablar con Juan...

--Dígame a mí...

--Sería inútil; Juan será claro; quiero hablar con Juan.

--¿Con Juan?--protestó la joven alarmada.--¡No, padre, se lo ruego, no

le hable de Huberto a Juan! ¡Para qué!... ¡Qué puede él saber!...

--Es hombre de buen consejo y necesito saber cosas que él solo... ¿Son

las ocho? Anda, ve si ha llegado. Estoy seguro que tu madre o Jaime lo

retienen abajo.

--¿No quiere usted que yo me quede?

--No, no, estoy fuerte, no te inquietes inútilmente. Anda, hija mía, y

mándame a Juan.

En el momento en que salía del cuarto, María Teresa inclinándose sobre

el pasamano de la escalera vio subir a Juan; entonces, preocupada de lo

que su padre podía decirle respecto de su novio, y aunque considerase

esta acción poco correcta, en su gran deseo de oír, entró

precipitadamente en el cuarto de vestir contiguo al dormitorio, y oculta

detrás de una cortina, escuchó.

--¡Al fin llegas!--refunfuñó el señor Aubry con voz débil,--¡qué tarde

vienes! Sabías que yo debía estar atormentado hoy, esperando tus

noticias. Piensa en lo horrible que es mi situación: ¡verme amenazado, y

estar aquí, paralizado, incapaz de moverme, y aún de pensar!--añadió

llevando las manos a su cabeza, en un ademán de sufrimiento.

--Créame, señor, si usted tuviese más calma, estaría ya en pie.

--¡Más calma, más calma! es fácil de decir. ¿Cómo quieres que asista

impasible a la crisis que nos aplasta?

--Desearía que usted tuviera en mí plena confianza--respondió Juan, que

evidentemente quería eludir las preguntas sobre asuntos y números.

--¡Ah, mi pobre Juan! tengo absoluta confianza en ti, puedes estar

seguro.

--Pues bien; si es así, ¿por qué se inquieta? Le afirmo que conseguiré

restablecer nuestro crédito y reponer nuestra casa al estado en que se

hallaba, gracias a la fabricación a bajo precio que hemos iniciado. Le

suplico cese de atormentarse; estoy seguro del porvenir. Usted debe

creerme puesto que yo se lo afirmo; ¿podría yo engañarlo? Los modelos

que he hecho fabricar rápidamente, han gustado. Tenemos ya pedidos muy

importantes, lo que me ha permitido tomar compromisos a término fijo,

para los pagos que a usted lo preocupan. Nuestra antigua venta marcha

siempre, y hasta marcha bien; el presente y el porvenir están

asegurados; respondo de ello, mi querido señor.

--Tu iniciativa, tu energía me confunden... ¡Ah, tú me salvas, Juan!

--Pero, no, no, nada está en peligro; yo lo ayudo simplemente.

En tanto que el joven hablaba, María Teresa lo contemplaba: ¡cómo había

cambiado su fisonomía bajo la triple influencia de los tormentos de su

corazón, de su actividad cerebral y de las veladas multiplicadas! Su

cara había palidecido; sus grandes ojos negros, brillantes de fiebre,

acompañaban singularmente la sonrisa resignada que se dibujaba en su

boca. En fin, el alma se revelaba bajo aquella ruda envoltura y daba

cierta belleza a su rostro severo. Su voz vibrante, ardiente, tenía gran

encanto cuando, como en aquel momento, tomaba un acento de autoridad

mezclada de dulzura.

--Está bien, tengo fe en ti--dijo el señor Aubry que se debilitaba.--Tú

respondes del porvenir y del presente de la cristalería; pero hay otro

presente que me preocupa: me inquieta la situación de mi hija a causa de

la falta de esos bribones... Al celebrar sus esponsales, contraje

compromisos, y ésos tú no puedes asegurarme que los cumpliré...

--¿Por qué no?--respondió Juan, con gran calma;--sería necesario saber

qué compromisos ha contraído usted...

Pero el señor Aubry se exasperaba:

--¿Entonces no comprendes nada? Puedes imaginarte que al realizar esos

esponsales, he prometido una dote... Sí, tres mil pesos de renta y

sesenta mil en dinero contante. ¿Podré, estando embrollados mis asuntos,

retirar todos los años esa renta de la casa?

Juan, ayudando al señor Aubry a incorporarse sobre las almohadas, dijo:

--Podemos arreglarnos de manera que usted cumpla sus promesas sin tocar

los rendimientos de la fábrica, indispensables a nuestra producción y a

la reconstitución del capital perdido en el banco Raynaud.

--¿Cómo? ¡di pronto!... ¿Por qué medios? Yo he buscado y no he

encontrado nada...

--Es muy sencillo. Mientras la casa no esté completamente a flote, yo

renuncio a mis sueldos; con esto, usted asegura dos mil pesos de renta a

su hija; la señora Aubry, haciendo economías en la casa, encontrará

pronto los mil pesos restantes. Para formar el capital de sesenta mil

pesos, yo traspaso al fondo social los sesenta mil pesos que usted me ha

hecho ganar. Usted podrá colocarlos en el canastillo de bodas, rogando

al señor Martholl, que le conceda un pequeño plazo para la entrega de

los otros cuarenta mil pesos. De esta manera los novios tendrán algunos

años de absoluta seguridad, aunque la fábrica no marche bien, lo que no

tenemos que temer, ciertamente.

Dominado por una gran emoción, el señor Aubry murmuró con voz

temblorosa:

--Juan, hijo mío, jamás consentiré en que hagas tales sacrificios,

jamás, hijo mío... pero te los agradezco; es bueno, es grande, lo que me

propones con tanta sencillez; es la acción de un noble corazón. Tú has

ganado ese dinero economizando; yo no puedo aceptarlo, sería expoliarte.

--No diga usted eso, mi querido señor... yo sería muy desgraciado.

¡Cómo! ¿no comprende usted mi satisfacción de retribuir en tan ínfimas

proporciones, todo el bien que usted me ha hecho? Si Jaime fuera el

autor de la propuesta que yo hago, ¿no la aceptaría usted? Confiese que

sí, que la habría aceptado. Entonces no rehuse; si no, establecería una

diferencia entre Jaime y yo, y ya no le creería yo cuando me llamase su

hijo.

--¡Juan, Juan!--se limitaba a repetir el señor Aubry, dominado por la

emoción.--¡Si tú también eres mi hijo!

--Permítame hacer la combinación tal como yo la entiendo. Exijo por el

momento que usted no se ocupe de nada. Si su cerebro trabajara menos,

estaría ya restablecido; tenga, pues, calma, se lo ruego. En cuanto al

casamiento de María Teresa, no debe usted retardarlo por miserables

cuestiones de dinero. Es imposible que persista en negarse a asegurar la

felicidad de su hija por tan fáciles medios.

--¿Su felicidad?... Esto es lo que me preocupa... ¡Si supieras cuánto me

hace sufrir la idea de que lo sucedido pudiera perjudicar a mi hija!

--No, no la perjudicará, ni siquiera lo sospechará--dijo Juan con voz

enérgica.--Ella no sabrá nada, jamás, de nuestra combinación; las cosas

pasarán como si esta catástrofe no nos hubiese afectado... ¡Ah, mi

querido señor! ¡todo, con tal que sea dichosa!

--Pero--respondió el señor Aubry, que buscaba un medio de rehusar la

oferta generosa de Juan,--tal vez Martholl aceptaría nuevas

condiciones... Ama a María Teresa.

--Le ruego no dé ningún paso en ese sentido. No sería proceder con

dignidad, créame; eso no serviría sino para arrojar el descrédito en

nuestros asuntos. Y además, reflexione, si ese señor desconfiase de las

nuevas proposiciones modificadoras de las convenciones, ¿sería bien

hecho de nuestra parte llevar la duda al alma de María Teresa? Ella cree

en ese hombre, ella lo ama... Querido señor, le suplico que haga sin

vacilar lo que le aconsejo.

--Pero, ¿qué será de ti, hijo mío? ¡yo te despojaría! Tú puedes

equivocarte. ¿Si a pesar de tus valientes esfuerzos, nuestra casa no se

levantase?...

--Piense usted primero en María Teresa, en ella sola; poco importa lo

demás. Se trata de ella, no se ocupe usted de mí: yo no necesito de

nada. Con tal que yo trabaje hasta mi último día y que usted me guarde

un sitio a su lado, viviré resignado, si no feliz...

María Teresa, que no había perdido una palabra de esta entrevista, se

sintió incapaz de continuar oyendo; abandonó el gabinete y se refugió en

su cuarto para llorar.

Así era lo que Juan quería hacer para que ella pudiera casarse con

Huberto. Juan, que si se pareciera a muchos otros hombres, habría

empleado su voluntad, en crear obstáculos a su matrimonio. ¡No le

bastaba sufrir en silencio! ¡quería además dar cuanto poseía! ¡Qué alma

más generosa y noble!

La admiración que sentía la joven por Juan, la hizo notar, sin querer,

lo singular que era la conducta poco afectuosa de Huberto. ¿Por qué la

rareza de sus visitas coincidía con el mal estado de los asuntos del

señor Aubry? ¿Por qué había expresado el deseo de demorar su casamiento?

¿Sería solamente por delicadeza, para dejarla libre de dedicarse al

cuidado del enfermo por lo que Huberto había manifestado aquel deseo?

Sí, sí, ahora comprendía; temía que ella no tuviese dote, y tomaba sus

precauciones. Había sabido, sin duda alguna, que el desastre del banco

Raynaud, perjudicaba a la cristalería. Realmente, su novio hacía triste

figura al lado de aquel Juan, a quien en su estrechez de espíritu, había

considerado durante años como un hombre de condición inferior a la suya.

¡Cuánta vergüenza experimentaba al comprobar que no había sabido

adivinar el valor moral de aquel ser humilde, y que había necesitado de

aquellas circunstancias para conocerlo! Entonces se acusó de ingratitud,

comprendiendo que ella era el ídolo del amor de Juan.

Llamaron a la puerta; la criada venía a anunciarle que le esperaban para

comer. Se levantó y se miró a un espejo; como las huellas de sus

lágrimas eran visibles todavía, no quiso bajar, temiendo alarmar a su

madre, y sobre todo, porque no tenía valor para ver a Juan. Contestó

que, sintiéndose fatigada, iba a meterse en cama. En efecto, una gran

pesadez la invadía; habría querido dormir, no pensar más; pero su

sobreexcitación demasiado grande ahuyentaba el sueño bienhechor. Sus

ojos, al cerrarse en las tinieblas, aprisionaban la imagen de Juan entre

sus párpados. Veía aquel varonil semblante, inclinado sobre el señor

Aubry, en tanto que le explicaba con voz cariñosa su rudo y múltiple

trabajo, y las medidas que debía adoptar, para no aplazar el casamiento

anunciado. ¡Qué alma más enérgica y amorosa descubría en él! Por un

fenómeno singular, le impresionaba menos su desinterés que su pasión

silenciosa semejante a un culto. Todos los flirts le habían preparado

poco para apreciar aquel noble y grande amor que se expresaba con tanta

abnegación. ¿Qué palabras de amor había pronunciado Juan? Ninguna. La

pasión pura que lo devoraba no precisaba de palabras para que la joven

estuviese segura de su intensidad, más segura que de la que otro, no

hacía mucho tiempo, le afirmaba sentir con declaraciones y juramentos.

--Huberto y yo nos hemos dicho mentiras muy dulces--se decía;--pero, él

que no se ha atrevido a hablar ¡cómo ha sabido encontrar el camino de mi

corazón!

Luego juzgó que era demasiado severa con Martholl; en suma no podía

reprocharle nada decisivo que hubiese contribuido a la modificación de

sus sentimientos. Su admiración por la conducta de Juan ¿bastaba, pues,

para hacerla injusta? Lanzó un suspiro, viendo que no entendía nada de

lo que pasaba en ella. Y, sin embargo, entre aquel caos de impresiones,

distinguía claramente la felicidad que sentía por haber inspirado una

pasión tan grande. Conmovida más profundamente de lo que hubiera

deseado, permaneció largas horas despierta, gozando unas veces en hacer

revivir los incidentes que le habían revelado la pasión de Juan, y

desolada en seguida y llena de remordimientos ante la idea de lo que

creía ser su defección respecto a Huberto.

Muy adelantada estaba la noche, cuando le pareció oír gemidos. Se

levantó, se puso apresuradamente un peinador blanco, y abriendo la

puerta, escuchó en efecto quejidos que partían del cuarto de su padre.

Corrió hacia él.

Juan estaba inclinado sobre el lecho.

--¿Qué hay?--interrogó ansiosa, en voz baja.

Al oír su voz el joven se estremeció y contestó sin volverse:

--Sufre... no lo encuentro bien... todavía no ha tenido un momento de

descanso.

--¿Por qué no ha llamado usted?

--Era inútil; no hay más que darle la poción calmante prescripta por el

doctor, pero, esta vez, no lo calma nada; tuvo, hace poco, un síncope

corto; creo que ahora está un poco mejor. Por prudencia acabo de

telefonear al médico.

Juan pasaba suavemente por la frente del enfermo un pañuelo mojado en

éter. María Teresa se inclinó y rodeando con su brazo la cabeza de su

padre, lo contempló con inquietud. Aquella fisonomía dolorosa, poblada

por una barba gris y mal cortada ¿era el rostro de antes? Tan rápido

cambio, en un ser tan querido, la conmovió profundamente.

De improviso, el señor Aubry pareció salir de su sopor, paseó a su

alrededor una mirada vaga, y una tenue sonrisa entreabrió sus labios

secos. Después, pasando sobre su frente la mano temblorosa como para

concentrar sus pensamientos, se puso a hablar ligero con voz

entrecortada:

--¿Eres tú, Juan?... ¡ah! sí, yo sabía bien que serías tú quien me

sacaría de este agujero... fuera de las tinieblas... tú tienes un brazo

robusto... robusto... sí, sí, yo te esperaba... yo sabía que tú

vendrías... ¡oh! ¡qué mal estaba, qué mal!... pero ya estás aquí...

quita esa piedra... aquí, aquí, sobre mi pecho, sobre mi cabeza.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó María Teresa, asustada,--¡está delirando!...

¡Padre!... ¡Papá!... aquí estoy yo, que te adoro... papá ¿me oyes? ¡Oh,

padre, padre, no delires más!

El señor Aubry continuaba:

--Sabes, Juan... hijo mío, mi verdadero hijo... sí, tú, Juan... tengo el

medio de... te sorprendes... espera... espera... ¡Ah, ah, ah! ¡aquí

esta... el medio de!...

Y el señor Aubry atraía hacia sí a Juan, con sus manos temblorosas.

--Escucha, voy a decirte el medio... ¡ah, ah! vas a quedar contento...

escúchame... voy a darte el... ¡Ah, Dios mío!... Yo... ¿qué, qué? te

daré... daré... mi querida hija... ¡sí, eso es!... ¡María Teresa a ti...

a ti! tú trabajarás para ella, tú... para que sea siempre feliz...

¿Juan, Juan? promete... promete...

Juan, pálido hasta en los labios, había tratado de detener al señor

Aubry; pero a medida que éste hablaba, se apoderó de él una emoción tan

violenta que quedó mudo, escuchando, enloquecido, las palabras febriles

del enfermo, y los sollozos ahogados de María Teresa.

De pronto, el señor Aubry pareció percibir a su hija:

--¿Tú estás ahí también, mi querida hija?... soy feliz... tú... él...

reunidos... cuídala bien, Juan... ¡cuídala... no la dejes llevar...

por... la desgracia! la desgracia... cuida... cuida...

Y haciendo un supremo esfuerzo, tomó entre sus manos las dos cabezas

inclinadas hacia él, y los aproximó en un abrazo.

Juan se estremeció al sentir contra su cara la carne perfumada de María

Teresa, y las caricias de sus cabellos.

--...¡Así... así... bueno!--proseguía el señor Aubry,--ahora puedo

irme... ¡ah! viéndolos a los dos... juntos... sobre mi corazón...

Abrió los brazos y cayó sobre las almohadas.

Una atmósfera densa se cernía sobre ellos y María Teresa, extenuada,

continuó sollozando sobre el hombro de Juan.

Debilitado por las fatigas y las veladas, incapaz de dominar ya sus

nervios, exasperados más aún por las palabras del señor Aubry,

trastornado por el contacto de María Teresa que, desfallecida, se

apoyaba sobre él, Juan, no pudo resistir. Rodeando a la joven con sus

brazos, la estrechó, y con voz ardiente y apasionada, soltó al fin su

secreto:

--¡María Teresa, yo la amo!

Ella balbuceó sin fuerzas:

--¡Dios mío, Dios mío!

La hora que acababa de transcurrir había sido tan angustiosa para sus

almas turbadas que, inconscientes, permanecieron así en brazos uno del

otro, creyendo vivir en un sueño.

La joven fue la primera en reponerse; se apartó de Juan, y señalando la

ventana:

--Es necesario abrir--dijo--no vemos a mi padre.

Juan obedeció.

La pálida claridad del alba naciente entró en la habitación.

Acostado en su lecho, el enfermo dormía; sus rasgos, momentos antes

contraídos por el sufrimiento, se dilataban poco a poco; la respiración

era menos jadeante, más regular.

María Teresa, aniquilada, se recostó en el gran sillón, en tanto que

Juan, yendo hacia ella e inclinándose a su lado, le decía con voz grave:

--María Teresa ¿me perdonará usted algún día de haberme atrevido?...

Dígame cuando menos que tengo disculpa; dígamelo, se lo suplico. ¡Hace

tanto tiempo que ahogo mi corazón y sello mis labios para ocultar mi

locura! Pero las palabras que acababa de oír ¿no eran como para hacerme

perder la razón? Yo sé muy bien que no debo tener esperanza; nunca la he

tenido, se lo juro; yo sé que ama usted a otro... Esas palabras, las he

pronunciado a pesar mío, mi amiga, mi hermana, al oírla llorar sobre mi

pecho. ¡Le suplico que me diga que me perdona!... Yo haré lo que usted

quiera, no volveré a verla más, renunciaré a mi única alegría: la de

contemplarla. Puedo soportar todo excepto su enojo.

Y como la joven permaneciera muda, enloquecida por aquella situación

nueva que había creado la confesión de Juan, éste añadió, interpretando

mal su silencio:

--¡Pero míreme por favor, vea cuánto sufro! ¿No merezco su piedad? ¡Ah,

tenga piedad! ¡Piedad, solamente!

Involuntariamente, ella volvió hacia él su cabeza recostada sobre un

almohadón. Al ver las miradas de súplica que ardían en aquella pálida

cara, una extraña angustia la sobrecogió, y mientras que Juan decía en

tono suplicante:

--Le ruego, María Teresa, que me diga que no está irritada contra mí...

¡perdóneme!

La emoción de la joven se hizo tan fuerte que su garganta no pudo dar

paso a ningún sonido; entonces, sintiéndose incapaz de formular sus

pensamientos y de substraerse a las sensaciones que la agitaban, le

tendió la mano, cerrando los ojos.

¿Qué podía decir, además, si no se reconocía en el derecho de pronunciar

las palabras que a sus labios subían de su corazón?

En aquella hora decisiva había sido conquistada por completo; Juan le

había revelado el amor verdadero, el que brota vibrante y natural de la

humanidad. ¡Ah! aquel grito que resonaba aún en sus oídos ¡cómo había

conmovido todo su ser! Había comprendido aquel clamor lanzado por la

sangre y por la carne, por el espíritu y por el alma de un hombre. Magia

de la voz humana: las palabras de amor hacían arder su corazón y la

saturaban de una dulzura incomparable.

¿Por qué estaba comprometida? ¿Por qué no podía romper aquella fútil

promesa, y dar a Juan no sólo el placer del perdón sino también la dicha

de aceptar su mano?

Asustada del impulso irresistible que sentía crecer en ella, y queriendo

substraerse a la tentación de mostrar a Juan la emoción que la

embargaba, se levantó y salió del cuarto sin pronunciar una palabra.

Juan la vio alejarse y creyó haber perdido para siempre todo lo que le

quedaba de ella: su confianza y su amistad. Un dolor inmenso lo anonadó;

creía haber sufrido hasta entonces; pero esto no era nada en comparación

de lo que sentía en aquel momento, torturado por la certidumbre de

haberse hecho ridículo u odioso a su adorada María Teresa.

Incertidumbre · 第 19 / 22 题