Lejos de decrecer, la enfermedad del señor Aubry tendía cada día a
agravarse; sentía grandes dolores de cabeza; el menor ruido,
repercutiendo en su cerebro adolorido, le causaba vivos sufrimientos,
por lo cual se evitaba todo lo que pudiera turbar su descanso. Se
hablaba en voz baja; se caminaba ahogando el ruido de los pasos; el
palacete, tan alegre antes, parecía habitado ahora por sombras tristes y
silenciosas. Desde la misma calle, no subía ningún ruido; una espesa
capa de arena había sido extendida delante de la fachada para apagar las
pisadas de los caballos y el rodar de los carruajes.
La luz también estaba proscripta del cuarto del enfermo, que era
cuidado, en la oscuridad de los postigos cerrados y de las cortinas
corridas, al trémulo resplandor de una lámpara. En estas condiciones la
permanencia a su lado durante días enteros, constituía una verdadera
fatiga, pues el señor Aubry, como nunca había estado enfermo, demostraba
muy poca paciencia.
Aparte de Juan, no toleraba en su cuarto más que a su mujer y a su hija,
y no quería ser cuidado y servido sino por ellas.
Como enfermero, Jaime no servía; su padre no podía tolerar la torpeza de
sus movimientos. El joven era naturalmente brusco, y a pesar de su buen
deseo, se adaptaba poco a las circunstancias: los muebles, las
porcelanas, los vasos temblaban a su aproximación. Para la noche no se
podía contar con él; la atmósfera pesada del cuarto lo adormecía en
seguida, y los quejidos de su padre eran impotentes para despertarlo.
Generalmente era Juan quien velaba al señor Aubry. Este, por lo demás,
lo llamaba sin cesar, para hablarle de los asuntos de la cristalería.
Algunas veces el joven conseguía calmar sus inquietudes, pero otras le
daba trabajo, sobre todo cuando se imponía la necesidad de obtener una
firma.
Entonces el señor Aubry salía de su sombrío abatimiento para caer en una
especie de fiebre exasperada. Tenía a Juan de pie delante de la cama
durante horas enteras, lo interrogaba, y frecuentemente toda la noche
transcurría en discusiones interminables. La paciencia del joven era
inagotable y pasaba, sin lamentarse, de la labor del día a la fatiga de
las noches.
María Teresa se habituaba también a confiar en su presencia. Cuando
sonaba la hora de la llegada de Juan, acechaba sus pasos en la escalera.
Al principio lo hacía maquinalmente, ansiosa de ver calmarse a su padre;
pero una noche sorprendiose de esperar a Juan tan febrilmente... ¡Cómo,
su camarada de la infancia la preocupaba hacía algún tiempo! ¿Era, pues,
un hombre nuevo o lo había desconocido hasta entonces?
Tuvo que reconocer que su interés por él había estado paralizado durante
mucho tiempo por consideraciones completamente exteriores, es decir,
porque las maneras de Juan no habían tenido siempre esa elegancia
convencional que se encuentra en los hombres de mundo.
Sí, lo reconocía; el exterior de «un cualquiera» la había inducido a
ignorar el alma de aquel ser superior. ¡Cuánto deploraba en ese momento
su snobismo que tantas veces había contribuido a que prestase atención a
los jóvenes según el mérito de apariencias superficiales y fútiles!
Juan, por lo demás, no chocaba ya las ideas exageradas que tenía
respecto a la necesidad de cierto esmero en el vestir; por lo contrario,
la simplicidad elegante del joven le gustaba, se armonizaba con su
naturaleza de luchador infatigable, que no economizaba ni su tiempo ni
sus fuerzas.
Sentada en el gran sillón, cerca de la cama de su padre, y no pudiendo
en aquella oscuridad entregarse a ningún trabajo manual, pasaba estos
momentos de ocio forzado, analizando los pensamientos nuevos que nacían
en su espíritu.
Mecida por el monótono tic-tac del reloj, apoyaba su cabeza contra el
alto respaldo del sillón, dejando errar sus miradas de las llamas de la
chimenea a las sombras que bailaban sobre las paredes, y pensaba en
Huberto y en Juan.
María Teresa poseía ese sentido crítico, ese espíritu de análisis que
sabe deducir de un hecho algo más que el incidente trivial. Desde que
los días transcurrían para ella en largas meditaciones, la noche en que
los dos jóvenes se habían encontrado, le había venido frecuentemente a
la memoria, y la escena de la pantalla incendiada, que la había hecho
reír primero, le sugería ahora serias reflexiones.
Toda la oposición de carácter que existía entre aquellos dos hombres se
revelaba en la acción impulsiva que cada uno de ellos había tenido,
obrando bajo la influencia del instinto. Aquella acción la iluminaba
sobre la diferencia completa de sus dos individualidades. En la manera
que habían conducido Juan y Huberto en esta circunstancia, sin tiempo
para reflexionar, obedecían a la esencia misma de sus naturalezas. María
Teresa comprendía que la actitud del uno y del otro era la expresión
franca de sus respectivas educaciones. De deducción en deducción, un
juicio razonado se formulaba en el espíritu de la joven.
Ciertamente, no dudaba del valor de Huberto, y no exageraba tampoco la
importancia del acto de Juan. No era por falta de valor que aquél,
concurrente asiduo de las salas de armas, recurría a un criado para
apagar papeles inflamados; era simplemente por no efectuar una operación
que le parecía indigna de él. A este sentimiento se unía una cierta
impotencia física: llamaba en su auxilio por ignorancia, sabiendo menos
apagar un fuego que encenderlo.
Existe en las regiones subterráneas, en lo más profundo de las entrañas
de la tierra, animalículos que viven y se reproducen en aquellas capas
oscuras, y no suben jamás hasta la luz del día. Como madre económica,
enemiga del despilfarro, la Naturaleza quita a cada una de sus criaturas
los órganos que le son inútiles. Estos habitantes de las regiones
tenebrosas, no teniendo necesidad del sentido de la vista, han perdido
hasta las trazas de los órganos visuales. Lo mismo sucede en el hombre;
en él se transforman y atrofian en lo moral como en lo físico todas las
facultades no ejercitadas. Huberto representaba de una manera precisa el
tipo del hombre tal cual lo hacen sus hábitos, en una vida de lujo,
mecánica y fácil.
María Teresa no llegaba hasta lamentar la desaparición del hombre de las
cavernas, defensor de su compañera en el fondo de las grutas, con palo
y hacha de piedra; pero veía con sentimiento la degeneración de los
hijos de la burguesía, alejados por una educación imprevisora de todo
espíritu de iniciativa y de todo esfuerzo individual. En general, en
ellos, la energía ha desaparecido, y si se busca esta primordial virtud
del hombre, no se la encuentra sino en el alma de los seres forzados a
luchar para conquistar un sitio al sol.
Se hallaba en este punto de sus reflexiones, cuando la voz débil del
señor Aubry llamó:
--¿María Teresa?
La joven se levantó, e inclinándose sobre el lecho, dijo:
--¿Qué desea usted, padre?
--¿Qué hora es?
--Cerca de las siete.
--¿Cómo es que Juan no ha venido?
La impaciencia del señor Aubry empezaba a manifestarse con la fiebre de
la noche, y su enervamiento aumentaba hasta la llegada del joven.
Con voz cariñosa, María Teresa trataba de calmarlo:
--No es tarde, usted sabe que no puede venir hasta las ocho.
--Hoy ha debido hacer algunas diligencias cuyo resultado espero con
ansiedad; lo sabe y debía apresurarse.
--No se altere, querido papá--dijo María Teresa poniendo su cara sobre
el rostro del enfermo,--Juan llegará pronto.
El señor Aubry miró con dulzura a su hija.
--Mi querida hija, ¡qué trabajo te doy! Soy muy exigente, ¿no es verdad?
--No, papá; solamente que temo que se exaspere. El médico le ha
recomendado calma, usted lo sabe; hay que portarse con juicio, papá
querido.
El señor Aubry calló un instante, luego dijo:
--Dime, ¿por qué no me hablas de Martholl y por qué no sube a verme?
--Creo que teme fatigarlo a usted.
--¡Ah!--exclamó distraídamente el señor Aubry, que parecía seguir una
idea.--¿Pide noticias mías a lo menos? Se me figura que no viene tan a
menudo; ahora no te llaman todos los días para recibirlo como en los
primeros días de mi enfermedad.
--Ha disminuido sus visitas; sin duda se ha dado cuenta de que yo no
tenía tiempo disponible para recibirlo, yo no estoy tranquila sino al
lado de usted.
--¿Me dices la verdad, hija mía?--interrogó el señor Aubry con aire
triste.
--Sí, padre, ¿por qué esa pregunta?
--Porque... tengo ciertas inquietudes.... quiero hablar con Juan...
--Dígame a mí...
--Sería inútil; Juan será claro; quiero hablar con Juan.
--¿Con Juan?--protestó la joven alarmada.--¡No, padre, se lo ruego, no
le hable de Huberto a Juan! ¡Para qué!... ¡Qué puede él saber!...
--Es hombre de buen consejo y necesito saber cosas que él solo... ¿Son
las ocho? Anda, ve si ha llegado. Estoy seguro que tu madre o Jaime lo
retienen abajo.
--¿No quiere usted que yo me quede?
--No, no, estoy fuerte, no te inquietes inútilmente. Anda, hija mía, y
mándame a Juan.
En el momento en que salía del cuarto, María Teresa inclinándose sobre
el pasamano de la escalera vio subir a Juan; entonces, preocupada de lo
que su padre podía decirle respecto de su novio, y aunque considerase
esta acción poco correcta, en su gran deseo de oír, entró
precipitadamente en el cuarto de vestir contiguo al dormitorio, y oculta
detrás de una cortina, escuchó.
--¡Al fin llegas!--refunfuñó el señor Aubry con voz débil,--¡qué tarde
vienes! Sabías que yo debía estar atormentado hoy, esperando tus
noticias. Piensa en lo horrible que es mi situación: ¡verme amenazado, y
estar aquí, paralizado, incapaz de moverme, y aún de pensar!--añadió
llevando las manos a su cabeza, en un ademán de sufrimiento.
--Créame, señor, si usted tuviese más calma, estaría ya en pie.
--¡Más calma, más calma! es fácil de decir. ¿Cómo quieres que asista
impasible a la crisis que nos aplasta?
--Desearía que usted tuviera en mí plena confianza--respondió Juan, que
evidentemente quería eludir las preguntas sobre asuntos y números.
--¡Ah, mi pobre Juan! tengo absoluta confianza en ti, puedes estar
seguro.
--Pues bien; si es así, ¿por qué se inquieta? Le afirmo que conseguiré
restablecer nuestro crédito y reponer nuestra casa al estado en que se
hallaba, gracias a la fabricación a bajo precio que hemos iniciado. Le
suplico cese de atormentarse; estoy seguro del porvenir. Usted debe
creerme puesto que yo se lo afirmo; ¿podría yo engañarlo? Los modelos
que he hecho fabricar rápidamente, han gustado. Tenemos ya pedidos muy
importantes, lo que me ha permitido tomar compromisos a término fijo,
para los pagos que a usted lo preocupan. Nuestra antigua venta marcha
siempre, y hasta marcha bien; el presente y el porvenir están
asegurados; respondo de ello, mi querido señor.
--Tu iniciativa, tu energía me confunden... ¡Ah, tú me salvas, Juan!
--Pero, no, no, nada está en peligro; yo lo ayudo simplemente.
En tanto que el joven hablaba, María Teresa lo contemplaba: ¡cómo había
cambiado su fisonomía bajo la triple influencia de los tormentos de su
corazón, de su actividad cerebral y de las veladas multiplicadas! Su
cara había palidecido; sus grandes ojos negros, brillantes de fiebre,
acompañaban singularmente la sonrisa resignada que se dibujaba en su
boca. En fin, el alma se revelaba bajo aquella ruda envoltura y daba
cierta belleza a su rostro severo. Su voz vibrante, ardiente, tenía gran
encanto cuando, como en aquel momento, tomaba un acento de autoridad
mezclada de dulzura.
--Está bien, tengo fe en ti--dijo el señor Aubry que se debilitaba.--Tú
respondes del porvenir y del presente de la cristalería; pero hay otro
presente que me preocupa: me inquieta la situación de mi hija a causa de
la falta de esos bribones... Al celebrar sus esponsales, contraje
compromisos, y ésos tú no puedes asegurarme que los cumpliré...
--¿Por qué no?--respondió Juan, con gran calma;--sería necesario saber
qué compromisos ha contraído usted...
Pero el señor Aubry se exasperaba:
--¿Entonces no comprendes nada? Puedes imaginarte que al realizar esos
esponsales, he prometido una dote... Sí, tres mil pesos de renta y
sesenta mil en dinero contante. ¿Podré, estando embrollados mis asuntos,
retirar todos los años esa renta de la casa?
Juan, ayudando al señor Aubry a incorporarse sobre las almohadas, dijo:
--Podemos arreglarnos de manera que usted cumpla sus promesas sin tocar
los rendimientos de la fábrica, indispensables a nuestra producción y a
la reconstitución del capital perdido en el banco Raynaud.
--¿Cómo? ¡di pronto!... ¿Por qué medios? Yo he buscado y no he
encontrado nada...
--Es muy sencillo. Mientras la casa no esté completamente a flote, yo
renuncio a mis sueldos; con esto, usted asegura dos mil pesos de renta a
su hija; la señora Aubry, haciendo economías en la casa, encontrará
pronto los mil pesos restantes. Para formar el capital de sesenta mil
pesos, yo traspaso al fondo social los sesenta mil pesos que usted me ha
hecho ganar. Usted podrá colocarlos en el canastillo de bodas, rogando
al señor Martholl, que le conceda un pequeño plazo para la entrega de
los otros cuarenta mil pesos. De esta manera los novios tendrán algunos
años de absoluta seguridad, aunque la fábrica no marche bien, lo que no
tenemos que temer, ciertamente.
Dominado por una gran emoción, el señor Aubry murmuró con voz
temblorosa:
--Juan, hijo mío, jamás consentiré en que hagas tales sacrificios,
jamás, hijo mío... pero te los agradezco; es bueno, es grande, lo que me
propones con tanta sencillez; es la acción de un noble corazón. Tú has
ganado ese dinero economizando; yo no puedo aceptarlo, sería expoliarte.
--No diga usted eso, mi querido señor... yo sería muy desgraciado.
¡Cómo! ¿no comprende usted mi satisfacción de retribuir en tan ínfimas
proporciones, todo el bien que usted me ha hecho? Si Jaime fuera el
autor de la propuesta que yo hago, ¿no la aceptaría usted? Confiese que
sí, que la habría aceptado. Entonces no rehuse; si no, establecería una
diferencia entre Jaime y yo, y ya no le creería yo cuando me llamase su
hijo.
--¡Juan, Juan!--se limitaba a repetir el señor Aubry, dominado por la
emoción.--¡Si tú también eres mi hijo!
--Permítame hacer la combinación tal como yo la entiendo. Exijo por el
momento que usted no se ocupe de nada. Si su cerebro trabajara menos,
estaría ya restablecido; tenga, pues, calma, se lo ruego. En cuanto al
casamiento de María Teresa, no debe usted retardarlo por miserables
cuestiones de dinero. Es imposible que persista en negarse a asegurar la
felicidad de su hija por tan fáciles medios.
--¿Su felicidad?... Esto es lo que me preocupa... ¡Si supieras cuánto me
hace sufrir la idea de que lo sucedido pudiera perjudicar a mi hija!
--No, no la perjudicará, ni siquiera lo sospechará--dijo Juan con voz
enérgica.--Ella no sabrá nada, jamás, de nuestra combinación; las cosas
pasarán como si esta catástrofe no nos hubiese afectado... ¡Ah, mi
querido señor! ¡todo, con tal que sea dichosa!
--Pero--respondió el señor Aubry, que buscaba un medio de rehusar la
oferta generosa de Juan,--tal vez Martholl aceptaría nuevas
condiciones... Ama a María Teresa.
--Le ruego no dé ningún paso en ese sentido. No sería proceder con
dignidad, créame; eso no serviría sino para arrojar el descrédito en
nuestros asuntos. Y además, reflexione, si ese señor desconfiase de las
nuevas proposiciones modificadoras de las convenciones, ¿sería bien
hecho de nuestra parte llevar la duda al alma de María Teresa? Ella cree
en ese hombre, ella lo ama... Querido señor, le suplico que haga sin
vacilar lo que le aconsejo.
--Pero, ¿qué será de ti, hijo mío? ¡yo te despojaría! Tú puedes
equivocarte. ¿Si a pesar de tus valientes esfuerzos, nuestra casa no se
levantase?...
--Piense usted primero en María Teresa, en ella sola; poco importa lo
demás. Se trata de ella, no se ocupe usted de mí: yo no necesito de
nada. Con tal que yo trabaje hasta mi último día y que usted me guarde
un sitio a su lado, viviré resignado, si no feliz...
María Teresa, que no había perdido una palabra de esta entrevista, se
sintió incapaz de continuar oyendo; abandonó el gabinete y se refugió en
su cuarto para llorar.
Así era lo que Juan quería hacer para que ella pudiera casarse con
Huberto. Juan, que si se pareciera a muchos otros hombres, habría
empleado su voluntad, en crear obstáculos a su matrimonio. ¡No le
bastaba sufrir en silencio! ¡quería además dar cuanto poseía! ¡Qué alma
más generosa y noble!
La admiración que sentía la joven por Juan, la hizo notar, sin querer,
lo singular que era la conducta poco afectuosa de Huberto. ¿Por qué la
rareza de sus visitas coincidía con el mal estado de los asuntos del
señor Aubry? ¿Por qué había expresado el deseo de demorar su casamiento?
¿Sería solamente por delicadeza, para dejarla libre de dedicarse al
cuidado del enfermo por lo que Huberto había manifestado aquel deseo?
Sí, sí, ahora comprendía; temía que ella no tuviese dote, y tomaba sus
precauciones. Había sabido, sin duda alguna, que el desastre del banco
Raynaud, perjudicaba a la cristalería. Realmente, su novio hacía triste
figura al lado de aquel Juan, a quien en su estrechez de espíritu, había
considerado durante años como un hombre de condición inferior a la suya.
¡Cuánta vergüenza experimentaba al comprobar que no había sabido
adivinar el valor moral de aquel ser humilde, y que había necesitado de
aquellas circunstancias para conocerlo! Entonces se acusó de ingratitud,
comprendiendo que ella era el ídolo del amor de Juan.
Llamaron a la puerta; la criada venía a anunciarle que le esperaban para
comer. Se levantó y se miró a un espejo; como las huellas de sus
lágrimas eran visibles todavía, no quiso bajar, temiendo alarmar a su
madre, y sobre todo, porque no tenía valor para ver a Juan. Contestó
que, sintiéndose fatigada, iba a meterse en cama. En efecto, una gran
pesadez la invadía; habría querido dormir, no pensar más; pero su
sobreexcitación demasiado grande ahuyentaba el sueño bienhechor. Sus
ojos, al cerrarse en las tinieblas, aprisionaban la imagen de Juan entre
sus párpados. Veía aquel varonil semblante, inclinado sobre el señor
Aubry, en tanto que le explicaba con voz cariñosa su rudo y múltiple
trabajo, y las medidas que debía adoptar, para no aplazar el casamiento
anunciado. ¡Qué alma más enérgica y amorosa descubría en él! Por un
fenómeno singular, le impresionaba menos su desinterés que su pasión
silenciosa semejante a un culto. Todos los flirts le habían preparado
poco para apreciar aquel noble y grande amor que se expresaba con tanta
abnegación. ¿Qué palabras de amor había pronunciado Juan? Ninguna. La
pasión pura que lo devoraba no precisaba de palabras para que la joven
estuviese segura de su intensidad, más segura que de la que otro, no
hacía mucho tiempo, le afirmaba sentir con declaraciones y juramentos.
--Huberto y yo nos hemos dicho mentiras muy dulces--se decía;--pero, él
que no se ha atrevido a hablar ¡cómo ha sabido encontrar el camino de mi
corazón!
Luego juzgó que era demasiado severa con Martholl; en suma no podía
reprocharle nada decisivo que hubiese contribuido a la modificación de
sus sentimientos. Su admiración por la conducta de Juan ¿bastaba, pues,
para hacerla injusta? Lanzó un suspiro, viendo que no entendía nada de
lo que pasaba en ella. Y, sin embargo, entre aquel caos de impresiones,
distinguía claramente la felicidad que sentía por haber inspirado una
pasión tan grande. Conmovida más profundamente de lo que hubiera
deseado, permaneció largas horas despierta, gozando unas veces en hacer
revivir los incidentes que le habían revelado la pasión de Juan, y
desolada en seguida y llena de remordimientos ante la idea de lo que
creía ser su defección respecto a Huberto.
Muy adelantada estaba la noche, cuando le pareció oír gemidos. Se
levantó, se puso apresuradamente un peinador blanco, y abriendo la
puerta, escuchó en efecto quejidos que partían del cuarto de su padre.
Corrió hacia él.
Juan estaba inclinado sobre el lecho.
--¿Qué hay?--interrogó ansiosa, en voz baja.
Al oír su voz el joven se estremeció y contestó sin volverse:
--Sufre... no lo encuentro bien... todavía no ha tenido un momento de
descanso.
--¿Por qué no ha llamado usted?
--Era inútil; no hay más que darle la poción calmante prescripta por el
doctor, pero, esta vez, no lo calma nada; tuvo, hace poco, un síncope
corto; creo que ahora está un poco mejor. Por prudencia acabo de
telefonear al médico.
Juan pasaba suavemente por la frente del enfermo un pañuelo mojado en
éter. María Teresa se inclinó y rodeando con su brazo la cabeza de su
padre, lo contempló con inquietud. Aquella fisonomía dolorosa, poblada
por una barba gris y mal cortada ¿era el rostro de antes? Tan rápido
cambio, en un ser tan querido, la conmovió profundamente.
De improviso, el señor Aubry pareció salir de su sopor, paseó a su
alrededor una mirada vaga, y una tenue sonrisa entreabrió sus labios
secos. Después, pasando sobre su frente la mano temblorosa como para
concentrar sus pensamientos, se puso a hablar ligero con voz
entrecortada:
--¿Eres tú, Juan?... ¡ah! sí, yo sabía bien que serías tú quien me
sacaría de este agujero... fuera de las tinieblas... tú tienes un brazo
robusto... robusto... sí, sí, yo te esperaba... yo sabía que tú
vendrías... ¡oh! ¡qué mal estaba, qué mal!... pero ya estás aquí...
quita esa piedra... aquí, aquí, sobre mi pecho, sobre mi cabeza.
--¡Ay, Dios mío!--exclamó María Teresa, asustada,--¡está delirando!...
¡Padre!... ¡Papá!... aquí estoy yo, que te adoro... papá ¿me oyes? ¡Oh,
padre, padre, no delires más!
El señor Aubry continuaba:
--Sabes, Juan... hijo mío, mi verdadero hijo... sí, tú, Juan... tengo el
medio de... te sorprendes... espera... espera... ¡Ah, ah, ah! ¡aquí
esta... el medio de!...
Y el señor Aubry atraía hacia sí a Juan, con sus manos temblorosas.
--Escucha, voy a decirte el medio... ¡ah, ah! vas a quedar contento...
escúchame... voy a darte el... ¡Ah, Dios mío!... Yo... ¿qué, qué? te
daré... daré... mi querida hija... ¡sí, eso es!... ¡María Teresa a ti...
a ti! tú trabajarás para ella, tú... para que sea siempre feliz...
¿Juan, Juan? promete... promete...
Juan, pálido hasta en los labios, había tratado de detener al señor
Aubry; pero a medida que éste hablaba, se apoderó de él una emoción tan
violenta que quedó mudo, escuchando, enloquecido, las palabras febriles
del enfermo, y los sollozos ahogados de María Teresa.
De pronto, el señor Aubry pareció percibir a su hija:
--¿Tú estás ahí también, mi querida hija?... soy feliz... tú... él...
reunidos... cuídala bien, Juan... ¡cuídala... no la dejes llevar...
por... la desgracia! la desgracia... cuida... cuida...
Y haciendo un supremo esfuerzo, tomó entre sus manos las dos cabezas
inclinadas hacia él, y los aproximó en un abrazo.
Juan se estremeció al sentir contra su cara la carne perfumada de María
Teresa, y las caricias de sus cabellos.
--...¡Así... así... bueno!--proseguía el señor Aubry,--ahora puedo
irme... ¡ah! viéndolos a los dos... juntos... sobre mi corazón...
Abrió los brazos y cayó sobre las almohadas.
Una atmósfera densa se cernía sobre ellos y María Teresa, extenuada,
continuó sollozando sobre el hombro de Juan.
Debilitado por las fatigas y las veladas, incapaz de dominar ya sus
nervios, exasperados más aún por las palabras del señor Aubry,
trastornado por el contacto de María Teresa que, desfallecida, se
apoyaba sobre él, Juan, no pudo resistir. Rodeando a la joven con sus
brazos, la estrechó, y con voz ardiente y apasionada, soltó al fin su
secreto:
--¡María Teresa, yo la amo!
Ella balbuceó sin fuerzas:
--¡Dios mío, Dios mío!
La hora que acababa de transcurrir había sido tan angustiosa para sus
almas turbadas que, inconscientes, permanecieron así en brazos uno del
otro, creyendo vivir en un sueño.
La joven fue la primera en reponerse; se apartó de Juan, y señalando la
ventana:
--Es necesario abrir--dijo--no vemos a mi padre.
Juan obedeció.
La pálida claridad del alba naciente entró en la habitación.
Acostado en su lecho, el enfermo dormía; sus rasgos, momentos antes
contraídos por el sufrimiento, se dilataban poco a poco; la respiración
era menos jadeante, más regular.
María Teresa, aniquilada, se recostó en el gran sillón, en tanto que
Juan, yendo hacia ella e inclinándose a su lado, le decía con voz grave:
--María Teresa ¿me perdonará usted algún día de haberme atrevido?...
Dígame cuando menos que tengo disculpa; dígamelo, se lo suplico. ¡Hace
tanto tiempo que ahogo mi corazón y sello mis labios para ocultar mi
locura! Pero las palabras que acababa de oír ¿no eran como para hacerme
perder la razón? Yo sé muy bien que no debo tener esperanza; nunca la he
tenido, se lo juro; yo sé que ama usted a otro... Esas palabras, las he
pronunciado a pesar mío, mi amiga, mi hermana, al oírla llorar sobre mi
pecho. ¡Le suplico que me diga que me perdona!... Yo haré lo que usted
quiera, no volveré a verla más, renunciaré a mi única alegría: la de
contemplarla. Puedo soportar todo excepto su enojo.
Y como la joven permaneciera muda, enloquecida por aquella situación
nueva que había creado la confesión de Juan, éste añadió, interpretando
mal su silencio:
--¡Pero míreme por favor, vea cuánto sufro! ¿No merezco su piedad? ¡Ah,
tenga piedad! ¡Piedad, solamente!
Involuntariamente, ella volvió hacia él su cabeza recostada sobre un
almohadón. Al ver las miradas de súplica que ardían en aquella pálida
cara, una extraña angustia la sobrecogió, y mientras que Juan decía en
tono suplicante:
--Le ruego, María Teresa, que me diga que no está irritada contra mí...
¡perdóneme!
La emoción de la joven se hizo tan fuerte que su garganta no pudo dar
paso a ningún sonido; entonces, sintiéndose incapaz de formular sus
pensamientos y de substraerse a las sensaciones que la agitaban, le
tendió la mano, cerrando los ojos.
¿Qué podía decir, además, si no se reconocía en el derecho de pronunciar
las palabras que a sus labios subían de su corazón?
En aquella hora decisiva había sido conquistada por completo; Juan le
había revelado el amor verdadero, el que brota vibrante y natural de la
humanidad. ¡Ah! aquel grito que resonaba aún en sus oídos ¡cómo había
conmovido todo su ser! Había comprendido aquel clamor lanzado por la
sangre y por la carne, por el espíritu y por el alma de un hombre. Magia
de la voz humana: las palabras de amor hacían arder su corazón y la
saturaban de una dulzura incomparable.
¿Por qué estaba comprometida? ¿Por qué no podía romper aquella fútil
promesa, y dar a Juan no sólo el placer del perdón sino también la dicha
de aceptar su mano?
Asustada del impulso irresistible que sentía crecer en ella, y queriendo
substraerse a la tentación de mostrar a Juan la emoción que la
embargaba, se levantó y salió del cuarto sin pronunciar una palabra.
Juan la vio alejarse y creyó haber perdido para siempre todo lo que le
quedaba de ella: su confianza y su amistad. Un dolor inmenso lo anonadó;
creía haber sufrido hasta entonces; pero esto no era nada en comparación
de lo que sentía en aquel momento, torturado por la certidumbre de
haberse hecho ridículo u odioso a su adorada María Teresa.