A la mañana siguiente, Huberto recibía un mensaje de su madre
invitándolo a pasar por su casa sin demora.
Algo inquieto, se dirigió a la calle Astorg y encontró a la señora
Martholl instalada en su gran escritorio. Siempre metódica, terminó
primeramente la carta que escribía; en seguida, tendiendo la mano a su
hijo:
--Eres exacto, me gusta eso. Siento haberte incomodado tan temprano;
pero tenemos cosas serias y urgentes de que ocuparnos. A pesar de mi
indicación, tú no te has procurado nuevos informes sobre la casa Aubry.
--No, en efecto--balbuceó Huberto con turbación.
--Es confesar que no tienes en cuenta mi opinión.
--Ya le dije a usted, madre, que los informes que teníamos me parecían
decisivos.
--Pues te equivocabas. Hay cosas que nunca son decisivas. En fin, lo que
tú no has creído conveniente hacer, yo lo he hecho.
--¿Y qué ha sabido usted de nuevo?
--Que la casa Aubry acaba de ser gravemente perjudicada por un cierto
banco Raynaud, y que le costará mucho reponerse del golpe, si se repone.
--¡Ah!--dijo Huberto visiblemente contrariado.
--Estos sucesos concuerdan de una manera singular con la enfermedad del
señor Aubry. No estoy distante de creer que esta enfermedad es producida
por la conmoción que ha recibido al conocer ese desastre financiero. He
sabido también, que la casa Aubry estaba mal preparada para soportar
semejante choque; el señor Aubry es menos industrial que artista; parece
que el año pasado ha gastado sumas enormes en ensayos. Este terrible
suceso lo sorprende, pues, en plena dificultad pecuniaria. He ahí cuál
es su situación. Como ves, no es brillante.
--¿Y qué puedo hacer? Me es imposible, decentemente, retirar mi
palabra... Además, yo amo a María Teresa.
La señora Martholl miró fríamente a su hijo y pronunció:
--Naturalmente... Yo no te aconsejaría tal villanía. La vida no se
compone únicamente de cuestiones de dinero, y un hombre como tú no puede
romper su casamiento por tal razón; pero si te es imposible retirarte
desde ahora, puedes favorecer los acontecimientos obrando de tal manera
que te devuelvan tu palabra. Para llegar a este resultado hay varios
medios perfectamente correctos.
Huberto miró a su madre con estupefacción; la conocía como muy hábil,
pero aquella astuta previsión lo desconcertaba.
Después de un silencio dijo:
--Le he dicho a usted la verdad, madre. Amo a María Teresa; una ruptura
me haría desgraciado.
--Comprendo ese sentimiento--concedió la señora Martholl dueña siempre
de sí misma;--está justificado por el encanto de la joven. Pero pongamos
la cuestión bajo su verdadero aspecto. Considera un instante que si esa
casa, a consecuencia de la catástrofe conocida, hiciera malos negocios,
que si para colmo de mala suerte, el señor Aubry llegase a morir,
sobrevendría la ruina en breve término. Ahora bien, no se trataría ya de
la renta impaga, sino de una joven sin dote, con la perspectiva de tener
a su madre a tu cargo. ¿Qué harías tú, entonces, mi pobre Huberto? No
serían tus ocho mil pesos de renta los que bastarían para todo eso y te
permitirían llevar la vida tal como tú lo comprendes. Reflexiona, hijo
mío, y concluirás por estar de acuerdo conmigo. Es la experiencia, la
razón, que me aconsejan hablarte así, por más pesar que sienta de perder
tal nuera.
--Y si yo me conformase con su opinión ¿qué sería necesario hacer, según
usted, puesto que usted conviene en que no es honrado alegar un motivo
tan ruín como el de la cuestión de dinero?
--Habría que dejar correr el tiempo--dijo lentamente la señora
Martholl--y encontrar pretextos para prolongar el noviazgo
indefinidamente. ¡El tiempo, a menudo, se encarga de dar solución a los
problemas más difíciles! Es un gran auxiliar, le tengo gran confianza.
Huberto se separó de su madre, triste y descontento, pero bien decidido
a mantener la palabra dada a María Teresa.
De vuelta en su casa, recorrió los diarios y pudo leer los detalles de
la quiebra Raynaud, así como el relato de la muerte trágica de Pablo
Raynaud, a quien habían encontrado en su cuarto, perforada la sien por
una bala de revólver. Varias casas importantes, se decía, se encontraban
envueltas en este desastre.
Huberto arrojó el diario con cólera; todo se conjuraba en ese día para
certificarle la catástrofe. A fin de distraerse de estas preocupaciones
nuevas para él, decidió que iría a almorzar al club.
Pero en el camino lo atacaron penosas reflexiones. ¿Qué haría? ¿Seguir
el consejo de su madre? Era duro abandonar a una prometida tan
encantadora. ¿Tendría el heroísmo de tomarla por esposa, sin dote? No
faltan familias que viven con ocho mil pesos de renta. Se puso a
equilibrar un presupuesto sobre esa modesta fortuna; pero vagamente
buscaba, combinaba y cercenaba; todas sus previsiones lo llevaban fuera
de aquella suma.
Pronto se cansó de este trabajo, y, desanimado, comprendió que su buena
voluntad nada podía contra las exigencias creadas por las necesidades
del mundo en que vivía, por su educación y por sus gustos. ¿Qué
sucedería si no tenía en cuenta los apetitos que sentía? ¿Tendría
espíritu de sacrificios? Un cortejo de privaciones, el largo rosario de
las economías, desfiló ante él: nada de viajes, nada de caballos, nada
de partidas de placer. Después, se abismó en visiones, para él
aterrorizadoras: un sastre de segundo orden, una mujer mal vestida,
obligada a frecuentar los ómnibus y los tranvías. No tardó en confesarse
que sufriría de todos estos pequeños inconvenientes, y fijándose en la
importancia que habían tomado las cosas que se relacionaban con su
bienestar y su vanidad, en su alma fútil y ligera, se puso triste.
Aquellos hábitos de lujo y de confort eran ahora sus dueños tiránicos y
soberanos; no dejarían crecer nunca más en él ningún sentimiento
desinteresado.
Perspicaz y desilusionado, comprobó con loable sinceridad:
--Es demasiado tarde, la cizaña ha crecido. Lucharé, pero no estoy
seguro de la victoria. ¡Pobre María Teresa! ¡Pobre de mí!
Pasó algunos días en una penosa alternativa no sabiendo qué hacer.
Decididamente, en el matrimonio las cuestiones de dinero se aliaban mal
con el amor. Observó entonces que la imagen de María Teresa, que antes
lo encantaba, se convertía ahora en fuente de preocupaciones tristes, y
pensaba:
--Quiero amarla, pero no con la perspectiva de tantas molestias. Estoy
ya descorazonado y hastiado. No hay nada igual a estas terribles
cuestiones de la lucha por la vida, para sofocar todo noble impulso de
amor.
Bajo el imperio de este sentimiento, saturado de prudente indecisión, el
joven concurría cada vez más irregularmente al hotel de la calle
Vaugirard.
María Teresa parecía cambiada también; no estaba ya alegre; su tristeza,
justificada por la enfermedad persistente del señor Aubry, corroboraba
las reflexiones desesperantes de Huberto.
Durante sus visitas, que hacía sucesivamente más cortas, evitaba con
habilidad toda alusión a los acontecimientos desagradables que habían
perjudicado la cristalería. Un día, sin embargo, encontró a su prometida
tan visiblemente apesadumbrada, que le fue imposible dejar de
preguntarle la causa:
--¿Qué tiene usted, María Teresa? Se diría que usted ha llorado...
--Es cierto, he llorado. ¡Es tan doloroso ver sufrir a un hombre tan
enérgico como papá! Ha pasado por las más grandes pruebas con valor, y
ahí está, abatido por la enfermedad. Lo que más me hace sufrir, es la
idea de que su estado se agrava por las preocupaciones. ¿Sabe usted,
Huberto, que los asuntos de la cristalería van mal? Esa quiebra de
Raynaud nos ocasiona pérdidas considerables, y es triste para mi padre
ver la obra de toda su vida puesta en peligro por la falta de un
especulador imprudente. Comprendo cuánto sufre mi padre; estoy segura
que por nosotros, se desespera al ver su fortuna quebrantada. ¡Dios mío!
¡qué importa el dinero! ¡Creo que yo me pasaría fácilmente sin él, con
tal de conservar a mi lado a los que amo!... Es todo lo que deseo...
Obligado por la nueva actitud que se había impuesto, Huberto permaneció
frío.
Cuando reprochó a su madre su exceso de desconfianza, se conocía mal. A
su vez él la abrigaba también hasta el punto de quedar impasible,
correcto, ante tanta aflicción. El giro que tomaba la conversación, lo
sumió en molesta perplejidad, y, sin embargo, las palabras francas y
sencillas de la joven despertaron en él sentimientos bastante
caballerescos, pero contra los cuales se apresuró a luchar,
consiguiendo triunfar.
Si hasta entonces no había sido desconfiado ahora lo era; separándose de
las regiones sentimentales a que lo conducía, a pesar suyo, el
desinterés expresado por María Teresa, entró pronto en consideraciones
que juzgó llenas de perspicacia. En efecto, ¿por qué su prometida le
confiaba por primera vez los quebrantos de dinero que afectaban a su
padre? ¿No era aquello una maniobra hábil, a fin de prepararlo a la idea
de casarse sin dote? Quizá quería enternecerlo con lágrimas, y
arrancarle protestas y juramentos que lo ligaran más. ¡Las jóvenes son a
veces tan astutas! Era imposible que habiendo vivido en el lujo desde su
infancia, María Teresa se mostrase tan indiferente por la pérdida de su
fortuna. Y de inducción en inducción, Huberto se convenció de la verdad
de las hipótesis sugeridas por su egoísmo desconfiado.
--No pisaré la trampa--se dijo.
Sintió alguna vanidad en justificar lo dueño que era de sí y de los
acontecimientos, y se creyó estar al abrigo de los desfallecimientos de
su sensibilidad. ¡No! no sería el ingenuo susceptible de caer en un
lazo, aunque este lazo le fuese tendido por la más seductora de las
mujeres. Ahora bien, como era incapaz de efectuar la doble operación de
juzgar fríamente la situación y de encontrar palabras de consuelo para
aliviar el pesar de la joven, no supo qué decir, y se contentó con dar a
su fisonomía de hombre de mundo bien educado, una expresión de
compasión.
María Teresa que no comprendía aquellos movimientos de alma, no podía,
en su lealtad, penetrar el sordo trabajo de la defección. Absorta en
sus punzantes inquietudes, continuó pensando en alta voz:
--No sé lo que va a suceder. Felizmente, Juan conoce a fondo el asunto y
asegura que sólo se trata de un momento difícil, del cual saldremos con
la frente alta. A mí lo único que me preocupa es la enfermedad de mi
padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo
demás suceda lo que Dios quiera.
Huberto encontró por fin algo que le interesaba esencialmente decir. Con
voz tierna, cuyas entonaciones musicales eran destinadas a dulcificar la
significación de las palabras, como una buena salsa disimula un mal
manjar, dijo:
--Tiene usted razón, María Teresa, de preocuparse únicamente de la salud
del señor de Chanzelles. ¿Qué importa lo demás al lado de eso? Sabremos
esperar con paciencia días mejores; seguiremos de novios un año... dos
años si es necesario.
María Teresa, distraída por sus inquietudes, no atribuyó ninguna
importancia a esta proposición hecha en un tono afectuoso.
Durante una hora más, cambiaron palabras triviales, sin apercibirse de
que, mientras estaban allí frente a frente, sus dos almas, perdidas en
abstracciones diferentes, se encontraban ya lejos, una de otra.
Al dejar a María Teresa, Huberto se hallaba casi contento; se sentía
librado de un gran peso. ¿Por qué aquel alivio? Reflexionando,
comprendió que había terminado con el período de indecisión que su amor
a su novia y algunas veleidades de desinterés por los bienes terrenales,
le habían hecho pasar. Acababa de pronunciar las primeras palabras
liberadoras. Ahora entraba, sin pesar, sin esfuerzo, en la senda
indicada por la experiencia de su madre.
No había habido violencia; le había bastado dejarse dirigir por los
acontecimientos, secundados por su naturaleza egoísta. La solución, bajo
la forma de una ruptura probable, que lo asustaba pocos días antes, le
parecía hoy casi deseable, lo mismo que necesaria, si los asuntos
seguían mal. En ese momento todo iba perfectamente: María Teresa parecía
haber consentido en demorar su casamiento hasta una fecha lejana e
indecisa. Huberto, satisfecho de aquella vaga determinación, que lo
alejaba del cumplimiento de su compromiso, se prometió no precipitarse.
Si los asuntos se arreglaban, sería muy feliz casándose con María
Teresa; si por el contrario el derrumbe se verificaba, sabría
substraerse por medio de alguna última habilidad. Siempre le quedaría el
placer de haber sido admitido en la intimidad de aquella joven
distinguida, porque era realmente encantadora, ¡tan fina, tan linda!
Sin embargo, hacía unos días mostraba un carácter demasiado inclinado a
la melancolía. Desde el principio de la enfermedad de su padre, se
afectaba desmedidamente; en la hora actual aquello pasaba de los límites
de la piedad filial. A Huberto no le gustaba mucho ver en su novia esa
tendencia a dramatizar los hechos, a transformarse, súbitamente y sin
pena, en enfermera. ¡Qué diablos! hay que ser razonable; no sería
divertido si, una vez casados, tuvieran que suspender el curso ordinario
de su existencia porque había algún enfermo en la familia; no deseaba
este exceso de sensibilidad en la futura señora Martholl. Quería una
mujer que tomase la vida por el buen lado, feliz en gozar del lujo,
satisfecha de ser «del mundo» y contenta de divertirse en su compañía.
El encanto que lo había retenido al lado de María Teresa, había volado
al soplo de la fortuna adversa, y trataba de sustituir a la dulce
fisonomía que lo seducía todavía, la de miss Maud Watkinson, bellísima
joven americana a quien acababa de ser presentado en casa de la Condesa
Husson.
Esa, sí, se interesaba en cuanto puede inventarse de más excitante, en
punto de distracciones de toda especie. Si no fuera prometido de María
Teresa, le habría agradado buscar la compañía de aquella joven yanki. Se
decía que era muy rica; pero, aparte de esta cualidad esencial para él,
era protestante y de familia desconocida y no respondía mucho a la
segunda parte del programa trazado por la señora Martholl, que no
aceptaría jamás a aquella nuera de ultramar.
El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba
invitado para la mañana siguiente a una partida de sport en que ella
debía encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne.
Hacía algún tiempo que, preocupado de las desgracias por que pasaba
María Teresa, y creyendo correcto participar de ellas, había vivido en
lo que llamaba el retiro; es decir que se había presentado poco en el
gran mundo, salvo en el club y en algunas comidas íntimas. Pero las
palabras dichas a María Teresa lo desligaban. Evidentemente si su estado
de noviazgo debía prolongarse, no podía continuar aquella vida de
anacoreta. Por lo pronto había hecho bastantes sacrificios en obsequio a
los lazos superficiales que lo unían a la joven; tenía que serle
permitido distraerse, y concluyó diciéndose en su fuero interno:
--Mañana, a más tardar, partiré para Compiegne; me olvidarían si no me
viesen más en casa de Brimont ni en las cacerías del Marqués de Gerfant.
Además, acabaría por enfermar en esta casa de Chanzelles; son lúgubres a
desesperar, desde que la enfermedad ha entrado en la casa y la ruina la
amenaza. Cuando he pasado una hora allí siento que me salen canas. Hasta
por la misma María Teresa es mejor que durante algún tiempo la vea menos
a menudo. Yo no puedo amar en la tristeza, y me causa un fastidio tan
grande ver caras de enfermos y ojos con lágrimas, que no tardaría en
tomarle horror a la casa misma. Por nada del mundo querría que mi pobre
amiga viese un día que me pongo de mal humor a su lado.
No fue, pues, por pura caridad que Huberto resolvió ir con menos
frecuencia a casa de los Aubry. Al mismo tiempo juzgó que en su estado
de espíritu le convenía divertirse, y como pasaba por delante del Teatro
de Variedades, entró a tomar un palco, para pasar aquella noche en
alegre compañía.