XVI

A la mañana siguiente, Huberto recibía un mensaje de su madre

invitándolo a pasar por su casa sin demora.

Algo inquieto, se dirigió a la calle Astorg y encontró a la señora

Martholl instalada en su gran escritorio. Siempre metódica, terminó

primeramente la carta que escribía; en seguida, tendiendo la mano a su

hijo:

--Eres exacto, me gusta eso. Siento haberte incomodado tan temprano;

pero tenemos cosas serias y urgentes de que ocuparnos. A pesar de mi

indicación, tú no te has procurado nuevos informes sobre la casa Aubry.

--No, en efecto--balbuceó Huberto con turbación.

--Es confesar que no tienes en cuenta mi opinión.

--Ya le dije a usted, madre, que los informes que teníamos me parecían

decisivos.

--Pues te equivocabas. Hay cosas que nunca son decisivas. En fin, lo que

tú no has creído conveniente hacer, yo lo he hecho.

--¿Y qué ha sabido usted de nuevo?

--Que la casa Aubry acaba de ser gravemente perjudicada por un cierto

banco Raynaud, y que le costará mucho reponerse del golpe, si se repone.

--¡Ah!--dijo Huberto visiblemente contrariado.

--Estos sucesos concuerdan de una manera singular con la enfermedad del

señor Aubry. No estoy distante de creer que esta enfermedad es producida

por la conmoción que ha recibido al conocer ese desastre financiero. He

sabido también, que la casa Aubry estaba mal preparada para soportar

semejante choque; el señor Aubry es menos industrial que artista; parece

que el año pasado ha gastado sumas enormes en ensayos. Este terrible

suceso lo sorprende, pues, en plena dificultad pecuniaria. He ahí cuál

es su situación. Como ves, no es brillante.

--¿Y qué puedo hacer? Me es imposible, decentemente, retirar mi

palabra... Además, yo amo a María Teresa.

La señora Martholl miró fríamente a su hijo y pronunció:

--Naturalmente... Yo no te aconsejaría tal villanía. La vida no se

compone únicamente de cuestiones de dinero, y un hombre como tú no puede

romper su casamiento por tal razón; pero si te es imposible retirarte

desde ahora, puedes favorecer los acontecimientos obrando de tal manera

que te devuelvan tu palabra. Para llegar a este resultado hay varios

medios perfectamente correctos.

Huberto miró a su madre con estupefacción; la conocía como muy hábil,

pero aquella astuta previsión lo desconcertaba.

Después de un silencio dijo:

--Le he dicho a usted la verdad, madre. Amo a María Teresa; una ruptura

me haría desgraciado.

--Comprendo ese sentimiento--concedió la señora Martholl dueña siempre

de sí misma;--está justificado por el encanto de la joven. Pero pongamos

la cuestión bajo su verdadero aspecto. Considera un instante que si esa

casa, a consecuencia de la catástrofe conocida, hiciera malos negocios,

que si para colmo de mala suerte, el señor Aubry llegase a morir,

sobrevendría la ruina en breve término. Ahora bien, no se trataría ya de

la renta impaga, sino de una joven sin dote, con la perspectiva de tener

a su madre a tu cargo. ¿Qué harías tú, entonces, mi pobre Huberto? No

serían tus ocho mil pesos de renta los que bastarían para todo eso y te

permitirían llevar la vida tal como tú lo comprendes. Reflexiona, hijo

mío, y concluirás por estar de acuerdo conmigo. Es la experiencia, la

razón, que me aconsejan hablarte así, por más pesar que sienta de perder

tal nuera.

--Y si yo me conformase con su opinión ¿qué sería necesario hacer, según

usted, puesto que usted conviene en que no es honrado alegar un motivo

tan ruín como el de la cuestión de dinero?

--Habría que dejar correr el tiempo--dijo lentamente la señora

Martholl--y encontrar pretextos para prolongar el noviazgo

indefinidamente. ¡El tiempo, a menudo, se encarga de dar solución a los

problemas más difíciles! Es un gran auxiliar, le tengo gran confianza.

Huberto se separó de su madre, triste y descontento, pero bien decidido

a mantener la palabra dada a María Teresa.

De vuelta en su casa, recorrió los diarios y pudo leer los detalles de

la quiebra Raynaud, así como el relato de la muerte trágica de Pablo

Raynaud, a quien habían encontrado en su cuarto, perforada la sien por

una bala de revólver. Varias casas importantes, se decía, se encontraban

envueltas en este desastre.

Huberto arrojó el diario con cólera; todo se conjuraba en ese día para

certificarle la catástrofe. A fin de distraerse de estas preocupaciones

nuevas para él, decidió que iría a almorzar al club.

Pero en el camino lo atacaron penosas reflexiones. ¿Qué haría? ¿Seguir

el consejo de su madre? Era duro abandonar a una prometida tan

encantadora. ¿Tendría el heroísmo de tomarla por esposa, sin dote? No

faltan familias que viven con ocho mil pesos de renta. Se puso a

equilibrar un presupuesto sobre esa modesta fortuna; pero vagamente

buscaba, combinaba y cercenaba; todas sus previsiones lo llevaban fuera

de aquella suma.

Pronto se cansó de este trabajo, y, desanimado, comprendió que su buena

voluntad nada podía contra las exigencias creadas por las necesidades

del mundo en que vivía, por su educación y por sus gustos. ¿Qué

sucedería si no tenía en cuenta los apetitos que sentía? ¿Tendría

espíritu de sacrificios? Un cortejo de privaciones, el largo rosario de

las economías, desfiló ante él: nada de viajes, nada de caballos, nada

de partidas de placer. Después, se abismó en visiones, para él

aterrorizadoras: un sastre de segundo orden, una mujer mal vestida,

obligada a frecuentar los ómnibus y los tranvías. No tardó en confesarse

que sufriría de todos estos pequeños inconvenientes, y fijándose en la

importancia que habían tomado las cosas que se relacionaban con su

bienestar y su vanidad, en su alma fútil y ligera, se puso triste.

Aquellos hábitos de lujo y de confort eran ahora sus dueños tiránicos y

soberanos; no dejarían crecer nunca más en él ningún sentimiento

desinteresado.

Perspicaz y desilusionado, comprobó con loable sinceridad:

--Es demasiado tarde, la cizaña ha crecido. Lucharé, pero no estoy

seguro de la victoria. ¡Pobre María Teresa! ¡Pobre de mí!

Pasó algunos días en una penosa alternativa no sabiendo qué hacer.

Decididamente, en el matrimonio las cuestiones de dinero se aliaban mal

con el amor. Observó entonces que la imagen de María Teresa, que antes

lo encantaba, se convertía ahora en fuente de preocupaciones tristes, y

pensaba:

--Quiero amarla, pero no con la perspectiva de tantas molestias. Estoy

ya descorazonado y hastiado. No hay nada igual a estas terribles

cuestiones de la lucha por la vida, para sofocar todo noble impulso de

amor.

Bajo el imperio de este sentimiento, saturado de prudente indecisión, el

joven concurría cada vez más irregularmente al hotel de la calle

Vaugirard.

María Teresa parecía cambiada también; no estaba ya alegre; su tristeza,

justificada por la enfermedad persistente del señor Aubry, corroboraba

las reflexiones desesperantes de Huberto.

Durante sus visitas, que hacía sucesivamente más cortas, evitaba con

habilidad toda alusión a los acontecimientos desagradables que habían

perjudicado la cristalería. Un día, sin embargo, encontró a su prometida

tan visiblemente apesadumbrada, que le fue imposible dejar de

preguntarle la causa:

--¿Qué tiene usted, María Teresa? Se diría que usted ha llorado...

--Es cierto, he llorado. ¡Es tan doloroso ver sufrir a un hombre tan

enérgico como papá! Ha pasado por las más grandes pruebas con valor, y

ahí está, abatido por la enfermedad. Lo que más me hace sufrir, es la

idea de que su estado se agrava por las preocupaciones. ¿Sabe usted,

Huberto, que los asuntos de la cristalería van mal? Esa quiebra de

Raynaud nos ocasiona pérdidas considerables, y es triste para mi padre

ver la obra de toda su vida puesta en peligro por la falta de un

especulador imprudente. Comprendo cuánto sufre mi padre; estoy segura

que por nosotros, se desespera al ver su fortuna quebrantada. ¡Dios mío!

¡qué importa el dinero! ¡Creo que yo me pasaría fácilmente sin él, con

tal de conservar a mi lado a los que amo!... Es todo lo que deseo...

Obligado por la nueva actitud que se había impuesto, Huberto permaneció

frío.

Cuando reprochó a su madre su exceso de desconfianza, se conocía mal. A

su vez él la abrigaba también hasta el punto de quedar impasible,

correcto, ante tanta aflicción. El giro que tomaba la conversación, lo

sumió en molesta perplejidad, y, sin embargo, las palabras francas y

sencillas de la joven despertaron en él sentimientos bastante

caballerescos, pero contra los cuales se apresuró a luchar,

consiguiendo triunfar.

Si hasta entonces no había sido desconfiado ahora lo era; separándose de

las regiones sentimentales a que lo conducía, a pesar suyo, el

desinterés expresado por María Teresa, entró pronto en consideraciones

que juzgó llenas de perspicacia. En efecto, ¿por qué su prometida le

confiaba por primera vez los quebrantos de dinero que afectaban a su

padre? ¿No era aquello una maniobra hábil, a fin de prepararlo a la idea

de casarse sin dote? Quizá quería enternecerlo con lágrimas, y

arrancarle protestas y juramentos que lo ligaran más. ¡Las jóvenes son a

veces tan astutas! Era imposible que habiendo vivido en el lujo desde su

infancia, María Teresa se mostrase tan indiferente por la pérdida de su

fortuna. Y de inducción en inducción, Huberto se convenció de la verdad

de las hipótesis sugeridas por su egoísmo desconfiado.

--No pisaré la trampa--se dijo.

Sintió alguna vanidad en justificar lo dueño que era de sí y de los

acontecimientos, y se creyó estar al abrigo de los desfallecimientos de

su sensibilidad. ¡No! no sería el ingenuo susceptible de caer en un

lazo, aunque este lazo le fuese tendido por la más seductora de las

mujeres. Ahora bien, como era incapaz de efectuar la doble operación de

juzgar fríamente la situación y de encontrar palabras de consuelo para

aliviar el pesar de la joven, no supo qué decir, y se contentó con dar a

su fisonomía de hombre de mundo bien educado, una expresión de

compasión.

María Teresa que no comprendía aquellos movimientos de alma, no podía,

en su lealtad, penetrar el sordo trabajo de la defección. Absorta en

sus punzantes inquietudes, continuó pensando en alta voz:

--No sé lo que va a suceder. Felizmente, Juan conoce a fondo el asunto y

asegura que sólo se trata de un momento difícil, del cual saldremos con

la frente alta. A mí lo único que me preocupa es la enfermedad de mi

padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo

demás suceda lo que Dios quiera.

Huberto encontró por fin algo que le interesaba esencialmente decir. Con

voz tierna, cuyas entonaciones musicales eran destinadas a dulcificar la

significación de las palabras, como una buena salsa disimula un mal

manjar, dijo:

--Tiene usted razón, María Teresa, de preocuparse únicamente de la salud

del señor de Chanzelles. ¿Qué importa lo demás al lado de eso? Sabremos

esperar con paciencia días mejores; seguiremos de novios un año... dos

años si es necesario.

María Teresa, distraída por sus inquietudes, no atribuyó ninguna

importancia a esta proposición hecha en un tono afectuoso.

Durante una hora más, cambiaron palabras triviales, sin apercibirse de

que, mientras estaban allí frente a frente, sus dos almas, perdidas en

abstracciones diferentes, se encontraban ya lejos, una de otra.

Al dejar a María Teresa, Huberto se hallaba casi contento; se sentía

librado de un gran peso. ¿Por qué aquel alivio? Reflexionando,

comprendió que había terminado con el período de indecisión que su amor

a su novia y algunas veleidades de desinterés por los bienes terrenales,

le habían hecho pasar. Acababa de pronunciar las primeras palabras

liberadoras. Ahora entraba, sin pesar, sin esfuerzo, en la senda

indicada por la experiencia de su madre.

No había habido violencia; le había bastado dejarse dirigir por los

acontecimientos, secundados por su naturaleza egoísta. La solución, bajo

la forma de una ruptura probable, que lo asustaba pocos días antes, le

parecía hoy casi deseable, lo mismo que necesaria, si los asuntos

seguían mal. En ese momento todo iba perfectamente: María Teresa parecía

haber consentido en demorar su casamiento hasta una fecha lejana e

indecisa. Huberto, satisfecho de aquella vaga determinación, que lo

alejaba del cumplimiento de su compromiso, se prometió no precipitarse.

Si los asuntos se arreglaban, sería muy feliz casándose con María

Teresa; si por el contrario el derrumbe se verificaba, sabría

substraerse por medio de alguna última habilidad. Siempre le quedaría el

placer de haber sido admitido en la intimidad de aquella joven

distinguida, porque era realmente encantadora, ¡tan fina, tan linda!

Sin embargo, hacía unos días mostraba un carácter demasiado inclinado a

la melancolía. Desde el principio de la enfermedad de su padre, se

afectaba desmedidamente; en la hora actual aquello pasaba de los límites

de la piedad filial. A Huberto no le gustaba mucho ver en su novia esa

tendencia a dramatizar los hechos, a transformarse, súbitamente y sin

pena, en enfermera. ¡Qué diablos! hay que ser razonable; no sería

divertido si, una vez casados, tuvieran que suspender el curso ordinario

de su existencia porque había algún enfermo en la familia; no deseaba

este exceso de sensibilidad en la futura señora Martholl. Quería una

mujer que tomase la vida por el buen lado, feliz en gozar del lujo,

satisfecha de ser «del mundo» y contenta de divertirse en su compañía.

El encanto que lo había retenido al lado de María Teresa, había volado

al soplo de la fortuna adversa, y trataba de sustituir a la dulce

fisonomía que lo seducía todavía, la de miss Maud Watkinson, bellísima

joven americana a quien acababa de ser presentado en casa de la Condesa

Husson.

Esa, sí, se interesaba en cuanto puede inventarse de más excitante, en

punto de distracciones de toda especie. Si no fuera prometido de María

Teresa, le habría agradado buscar la compañía de aquella joven yanki. Se

decía que era muy rica; pero, aparte de esta cualidad esencial para él,

era protestante y de familia desconocida y no respondía mucho a la

segunda parte del programa trazado por la señora Martholl, que no

aceptaría jamás a aquella nuera de ultramar.

El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba

invitado para la mañana siguiente a una partida de sport en que ella

debía encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne.

Hacía algún tiempo que, preocupado de las desgracias por que pasaba

María Teresa, y creyendo correcto participar de ellas, había vivido en

lo que llamaba el retiro; es decir que se había presentado poco en el

gran mundo, salvo en el club y en algunas comidas íntimas. Pero las

palabras dichas a María Teresa lo desligaban. Evidentemente si su estado

de noviazgo debía prolongarse, no podía continuar aquella vida de

anacoreta. Por lo pronto había hecho bastantes sacrificios en obsequio a

los lazos superficiales que lo unían a la joven; tenía que serle

permitido distraerse, y concluyó diciéndose en su fuero interno:

--Mañana, a más tardar, partiré para Compiegne; me olvidarían si no me

viesen más en casa de Brimont ni en las cacerías del Marqués de Gerfant.

Además, acabaría por enfermar en esta casa de Chanzelles; son lúgubres a

desesperar, desde que la enfermedad ha entrado en la casa y la ruina la

amenaza. Cuando he pasado una hora allí siento que me salen canas. Hasta

por la misma María Teresa es mejor que durante algún tiempo la vea menos

a menudo. Yo no puedo amar en la tristeza, y me causa un fastidio tan

grande ver caras de enfermos y ojos con lágrimas, que no tardaría en

tomarle horror a la casa misma. Por nada del mundo querría que mi pobre

amiga viese un día que me pongo de mal humor a su lado.

No fue, pues, por pura caridad que Huberto resolvió ir con menos

frecuencia a casa de los Aubry. Al mismo tiempo juzgó que en su estado

de espíritu le convenía divertirse, y como pasaba por delante del Teatro

de Variedades, entró a tomar un palco, para pasar aquella noche en

alegre compañía.

Incertidumbre · 第 18 / 22 题