A la mañana siguiente Huberto fue a hacer su visita habitual.
Cuando su prometido se marchó, María Teresa se sintió desamparada, y se
preguntaba por qué aquella visita de Huberto la dejaba tan triste.
Contribuía también a ello la idea suya de reprocharle de nuevo el traje
sombrío que se había puesto la víspera para ir al teatro. ¡Ah! era
siempre el clubman ligero, el hombre chic, eternamente esclavo de sus
preocupaciones de snob y esto, en el momento mismo en que ella ansiaba
sentir una emoción tierna, una solicitud afectuosa, capaz de confortarla
durante el período de inquietud que atravesaba.
Sí, ese día, todo la irritaba en él: su levita impecable, sus cabellos
admirablemente brillantes, su cara de placidez, reflejando la íntima
satisfacción de sí mismo.
Pero, después de dar libre curso, durante algunos instantes a su
irritación, concluyó por pensar que quizá no era razonable de su parte
ensañarse así con su novio. Porque ella estaba triste, no era motivo
para que él cambiase su manera de vestir. Luego, examinándose con
sinceridad, descubrió que era otra la causa de su mal humor así como de
las distracciones que había tenido durante la visita de Martholl.
En efecto, mientras escuchaba a Martholl decirle, con su voz de
entonaciones rebuscadas, las cosas amables y triviales que acostumbraba,
el recuerdo de un semblante de rasgos demacrados, de expresión
angustiada y ardiente, hería su espíritu de una manera singular. Después
de haberse distraído pensando en esto, miró con atención a su
interlocutor y le pareció que no veía con el mismo agrado aquellos
bigotes sedosos que antes le gustaban tanto.
¡Ah! Huberto no tenía aspecto de fatigado, y no creía que fuera cuidando
enfermos como se fatigaría nunca.
Agitada por estos pensamientos, se sintió de pronto invadida por un
remordimiento; hacía mal en acordarse tanto de Juan desde que sabía que
era amada por él, y mal en acoger las emociones que le producía este
recuerdo. Siendo prometida de Huberto, no debía permitir que otro
ocupase su pensamiento. Trató de convencerse que su turbación provenía
de la sorpresa que había recibido al descubrir el amor de Juan. ¡Y
después, es tan triste ver sufrir! Y Juan sufría. Se conmovía todavía,
recordando su mirada desesperada. En su ingenuidad atribuyó a un
sentimiento de piedad sus frecuentes cavilaciones sobre Juan.
Pero, puesto que ella iba a casarse, y se iría de la casa, se
consolaría, sin duda, cuando no la viese más. Los sentimientos más
violentos no resisten a las largas separaciones. ¿Por qué, entonces,
inquietarse tanto por aquel dolor pasajero? Ella también, debía
olvidarlo. Para llegar a este resultado trató de concentrar todo su
poder de evocación sobre los meses de verano, durante los cuales Huberto
la había conquistado, en la alegría de aquella playa normanda tan
propicia para el flirt. Pero desgraciadamente, el estado de su espíritu
no se prestaba a las reminiscencias alegres; no se armonizaban con su
tristeza.
¿Por qué, pues, aquel amor no la sostenía en las horas de prueba? ¿Por
qué no era su refugio en los momentos sombríos?
No podía admitir que, al pedir su mano, Huberto procediese por vanidad.
¡No! no podía creerlo. Y sin embargo, ¡cuánto vacío no dejaba en su alma
el amor de su novio! ¡Ah! ¡cómo habría agradecido que le murmurase
palabras de consuelo! ¿Qué barrera contenía en él esas expansiones tan
naturales entre dos seres destinados el uno al otro? Si no le demostraba
compasión en su desgracia ¿cuál era la causa? Sin duda, la naturaleza
poco sensible del joven no lo incitaba a profundizar la pena que ella
sentía, ante las fatalidades que amenazaban a los seres más caros a su
corazón. Pero ella misma ¿no tenía algo que reprocharse? ¿Se había
confiado a él como a un amigo y protector, en quien se busca amparo y
consuelo en el dolor? No; en vez de revelarle sus angustias se había
contentado con escuchar distraídamente las frases de salón y las
historias de club que, en su inconsciencia, Huberto no consideraba
inoportuno referirle. En justicia, se reconoció algo culpable. Así,
pues, tomó la resolución de demostrarse más afectuosa en sus próximas
entrevistas. Sería, sin duda, el mejor medio de excitar la sensibilidad
latente que, no quería dudarlo, debía haber en él.
Con el espíritu lleno de estas ideas, se dirigió al cuarto de su padre;
pero, cuando estuvo a su lado, todas sus preocupaciones desaparecieron
ante el sentimiento, punzante como un dolor físico, de su impotencia
para cuidar al querido enfermo. En la semioscuridad entreveía aquella
faz pálida y demacrada, con una expresión de sufrimiento que alteraba,
hasta hacerla desconocida, su amada fisonomía. El señor Aubry no salía
de un profundo sopor, y María Teresa pasó las lentas horas del día
velando aquella somnolencia. Al empezar la noche, se agitó, y pidió con
insistencia que llamaran a Juan. María Teresa experimentó un singular
alivio cuando apareció el joven, como si su presencia constituyera el
soberano remedio.
Desde el umbral de la puerta, Juan tuvo que responder a las
interrogaciones febriles del señor Aubry. Oyéndolos hablar de negocios,
la joven se retiró y bajó al salón para esperar a su prometido que debía
llegar a comer con ella.
Algunos minutos después, Huberto llegaba de frac, como era su costumbre.
Aun en la intimidad de aquellas comidas de familia, no se desprendía de
las formas convencionales de los centros mundanos. El molde de
impecabilidad social que se había impuesto, le había hecho perder el
sentido íntimo y familiar de la existencia. Aun a solas con su novia, no
se desarmaba, y su conversación se refería generalmente a todas las
manifestaciones de la vida elegante y del sport.
Las primeras palabras que dirigió a la joven no eran las más apropiadas
para animarla a abrirle su corazón, como se había propuesto. Antes de
que ella se hubiese sentado a su lado, Huberto comenzó con aire alegre:
--Estoy encantado; esta tarde he ensayado mi automóvil. Es una joya,
usted verá; vuela y hace sus sesenta kilómetros por hora. ¡Mañana
temprano vengo a buscarlas! Iremos a Versalles, almorzaremos en el
camino.
--Pero usted sabe bien que mi madre y yo no podemos salir--dijo María
Teresa, que, para permanecer fiel a su programa, no se formalizó por la
falta de memoria de Huberto, respecto a la enfermedad de su padre.
Y se aproximó a él, cariñosa y afable, tratando de provocar el incidente
sobre el cual contaba para dar más expansión y afectuosidad a sus
conversaciones.
En ese momento se abrió la puerta del salón y Juan entró.
Bruscamente, tuvo bajo sus ojos este grupo: María Teresa, al lado de su
prometido, sentados en un sillón, e inclinada hacia él, en tanto que
Huberto estrechaba en su mano la mano de la joven. El pobre Juan tembló,
pero por un esfuerzo de voluntad se dominó; ¿no era aquél un espectáculo
al que debía habituarse?
María Teresa bastante turbada presentó a los dos jóvenes, aunque ya se
conocían de Etretat. Huberto saludó sin levantarse. Para él, Juan no era
más que un empleado. La joven advirtió esta actitud, se ofendió y
queriendo evitar a Juan una humillación, trató de distraer su atención
preguntándole vivamente:
--¡Y bien! Juan ¿cómo ha dejado usted a mi padre?
--Está muy nervioso. He bajado para substraerme a sus preguntas. Me veo
obligado a contestarle; eso lo fatiga; no quiero decirle nada más esta
tarde. Como voy a comer con ustedes, su señora madre me ha aconsejado
que me refugie aquí. ¿No incomodo?
--¡Absolutamente, amigo mío!--se apresuró a contestar María Teresa.
Hablando, Juan se acercó a una mesa, tomó de ella unos diarios, y se
aisló en un rincón del vasto salón. Probó a leer, pero la hoja temblaba
en sus manos. Ante su impotencia para dominarse, estuvo indeciso entre
el deseo de marcharse para no ver a los novios, y el temor de parecer
ridículo abandonando el salón porque ellos estaban allí.
La entrada de la señora Aubry y de Jaime lo sacó de apuro.
--Amigo mío--dijo Huberto a este último,--si yo hubiera sabido dónde
encontrarlo hoy, habría ido a buscarlo; he ensayado mi máquina, es una
maravilla.
--Desgraciadamente, yo trabajaba y no habría podido aceptar su amable
invitación. Paso los días trabajando, lo cual no es divertido.
En seguida volviéndose hacia Juan, Jaime continuó:
--Y bien, amigo, ¿qué hay de nuevo hoy? Vas a tranquilizarnos o a
aumentar nuestras alarmas.
La señora Aubry se acercó también al joven.
--No tienes aire de satisfecho, hijo mío. ¿Se complican las cosas?
Juan respondió en voz baja, pero Huberto, al fijarse en aquellas
interrogaciones cuyas respuestas no había oído, recordó las frases
inquietantes de la señora Gardanne, haciendo alusión a un asunto que
podía ser perjudicial para su hermano.
Durante la comida, Huberto hizo hábilmente algunas preguntas las cuales
fueron contestadas evasivamente, pues en el fondo todos estaban más
preocupados de la salud del señor Aubry que de su situación comercial.
En cuanto a Juan, hacía lo posible por soportar valerosamente su
sufrimiento moral, para que nadie lo sospechase; ¿no debía, acaso,
acostumbrarse a la idea de ver a otro al lado de la que amaba? Para
escapar a su suplicio, no tenía siquiera el derecho de huir: todo lo
ataba a aquella casa, en aquel momento en que dos sombras amenazadoras
se cernían sobre ella: la ruina y la muerte. Su deber estaba allí, no
podía substraerse a esta ineludible tarea.
Para olvidar la penosa hora presente, haciendo abstracción de la
situación en que se encontraba, se absorbió en el doloroso problema de
los acontecimientos que iban a surgir y que era necesario evitar a toda
costa. Sí, lucharía, intentaría supremos esfuerzos, y esto, sobre todo,
por María Teresa, a fin de ahorrarle un pesar, una preocupación, una
lágrima. Fue todo lo que se le ocurrió para consolarse de la
persistencia con que ella dirigía hacia otro, la brillante luz de sus
ojos.
Después de comer, la señora Aubry, muy fatigada por su tarea de
enfermera, se adormeció en un sillón. Jaime subió a acompañar a su
padre, y los dos prometidos, no obstante los esfuerzos de María Teresa
para atraer a Juan a una conversación entre los tres, concluyeron por
refugiarse en un rincón del salón.
Entonces Juan tomó un libro y leyó a la claridad de una lámpara; pero
pronto sucumbió a la irresistible tentación de mirar a los que el
destino irónico ponía a su frente para torturarle.
--Es necesario--se decía,--que me resigne a verlos con ojos impasibles,
y que me acostumbre a la idea de verlos luego unidos por lazos más
estrechos aún. Nunca me habituaré a este sufrimiento, si lo huyo
siempre.
Dejó su libro; se creía fuerte y dueño de sus sensaciones, en tanto que
fijaba sobre los novios ojos de loco. Pensando que María Teresa estaba
demasiado ocupada para fijarse en él, no trataba de disimular la
turbación que le agitaba.
Fácil era notar todos los sentimientos que pasaban bajo aquella máscara
de un ser apasionado y simple, asolado por un amor contra el que su
voluntad nada podía. Como Juan se hallaba en plena luz, ninguna
contracción de sus rasgos escapó, en breve, a María Teresa; comprendió
la emoción intensa y dolorosa que le hacía vibrar ante sus menores
ademanes y los de Huberto. Incapaz de continuar haciendo sufrir a Juan
semejante suplicio, María Teresa se levantó.
--¡Soy muy mala dueña de casa, señores! Puesto que mamá duerme podemos
pasar al salón chico. Venga usted con nosotros, Juan, voy a tocar una
pieza de Mozart en el clavicordio de María Antonieta. Cerraremos la
puerta para que las débiles notas del clavicordio no se oigan en el piso
de arriba.
El salón chico era precioso con su tapicería Luis XVI de muaré blanco
rayado de azul pálido, sus muebles de vieja laca de coromandel y sus
largos espejos colocados sobre delicadas consolas.
--Van ustedes a penetrarse--dijo la joven abriendo el viejo
instrumento,--qué lindo sonido tiene todavía.
Mientras Juan, que los había seguido, buscaba el medio de hacerse
olvidar, Martholl se instalaba al lado de María Teresa, emitiendo
algunas reflexiones de conocedor sobre las cosas que adornaban el salón.
--¿Es por herencia como tienen ustedes este instrumento, y saben si
realmente ha estado en algún Trianón?
--¿Usted ignora, entonces, que no existen clavicordios de la época, que
no hayan pertenecido a la Reina? Supongo que éste no escapa a la ley
común, y aunque proviene simplemente de la venta de un coleccionista
célebre, cultivo piadosamente esta leyenda, cuya autenticidad tiene por
suprema garantía mi propia autoridad reforzada con la del profano
vendedor.
La joven se puso a tocar un _Lied_ de Mozart, y después cantó la romanza
de Martini «Placer de amor».
Las notas volaban como suspiros, su timbre antiguo hacía más adorable
aquel canto entonado por una voz fresca.
Juan, cerrados los ojos, saboreaba el encanto de aquella melodía de
antaño, que parecía el eco lejano de un pasado muerto.
Se sentía triste hasta derramar lágrimas.
Un grito de espanto de la joven lo arrancó a su sueño doloroso. Abrió
los ojos, y vio cerca de María Teresa una llama ondulante que subía
hasta el techo.
Un doble movimiento, arrojó en sentido inverso a Juan y a Huberto.
Mientras éste tocaba apresuradamente el botón eléctrico, Juan arrancaba
la pantalla de vitela que ardía, los papeles de música encendidos a su
contacto y, oprimiendo todo entre sus manos, sofocó el fuego.
--¿Ha tenido usted miedo, María Teresa?--preguntó ansioso.--Yo también.
He temido un instante que el tul de sus mangas recibiera alguna chispa.
--No, no tengo nada, gracias, Juan--respondió la joven.
Luego miró riéndose a Martholl que venía hacia ella, y añadió, algo
maliciosamente:
--¿Qué ha ido usted a hacer cerca de la puerta, en vez de apagar este
fuego artificial?
--Pues... llamaba al criado.
En efecto, el criado entraba en este momento; sólo tuvo que recoger los
restos carbonizados tirados por el suelo.
--Y si nadie me hubiera socorrido--continuó María Teresa
sonriendo,--habría sido víctima de este accidente. No se lo reprocho;
pero usted ha querido encender estas bujías de cera que quieren ser de
la época, y ha colocado mal la pantalla que usted ha hecho arder.
Luego poniéndose seria y tomando de improviso los puños de Juan:
--¡Muéstreme usted sus manos, estoy cierta que se ha quemado!
Algunas manchas blancas aparecían, en efecto, estirando las manos que
María Teresa tenía entre las suyas.
--No es nada--dijo Juan,--un cristalero viejo sabe jugar con el fuego.
--Yo comprendí en seguida que no había ningún peligro--repuso Huberto,
tratando de justificarse,--tenía tiempo de llamar, y no me creí obligado
a ensuciarme las manos por un apresuramiento inútil. Es ridículo perder
la cabeza por tan poca cosa.
--Pero--contestó María Teresa en un tono de suave ironía,--no me habría
disgustado verlo desafiar por mí el peligro de tiznarse un poco las
manos.
Luego, después de un silencio, añadió:
--Basta por hoy, yo no podría seguir tocando después de semejante
emoción. Además es tarde; le pido permiso para despedirlo, Huberto.
Había abierto la puerta del otro salón, y mostrando a su madre dormida
cerca de la chimenea:
--Miren a la pobre mamá, no quiero obligarla a quedarse más tiempo aquí.
Voy a conducirlo--agregó, viendo que el joven la seguía obediente.
A Juan le pareció que María Teresa permanecía una eternidad en la
soledad del vestíbulo.
¿Qué hacían allí? ¿qué le diría aquel hombre que ahora tenía casi
derechos sobre ella? No, no, lo presentía, no se curaría nunca de
aquellos espantosos celos.
Cuando la joven volvió, quedó asustada del aire desesperado de Juan.
Entonces, en su turbación, todos sus proyectos de calma y de frialdad
volaron. Un sentimiento que ella creyó ser de piedad, la arrastró de una
manera irresistible hacia aquel ser que sufría por ella, y en un
arrebato de ternura le preguntó:
--¿Le duelen sus quemaduras, Juan? ¿No? Bueno, vamos a subir juntos
¿quiere, amigo mío?
Había pasado su brazo bajo el de Juan e instintivamente buscaba un apoyo
en aquel hombro robusto. Sintiéndose así al lado de él, como en otro
tiempo, los recuerdos de su infancia se agolpaban en su mente:
--¿Recuerda el tiempo en que yo era chica? Yo lloraba para que usted me
condujera sobre sus espaldas al subir las escaleras; ¡qué triunfo cuando
usted cedía a mis caprichos de bebé, usted, el muchacho grande y
juicioso!
--¡Que si me acuerdo!--exclamó Juan.
Y mentalmente pensaba:
--¡No sospecha que es de ese pasado de lo que vivo! ¡Ah! si pudiera
tenerla así a mi lado, libre todavía!
Para aturdirse, buscó algún recuerdo que evocar:
--¿Y aquel gran látigo que usted se había procurado para pegarme mejor
cuando jugábamos a los caballos? Usted decía que pegando fuerte tenía
aire de verdadero cochero.
--¡Oh! Juan, ¡cuánto he debido hacerlo sufrir! ¿Por qué soportaba con
tanta paciencia aquellos caprichos de niña mimada?
Él, mirándola con infinita ternura, murmuró a pesar suyo:
--¡Jamás, en aquellos minutos, sufrí tan cruelmente como ahora!
María Teresa se estremeció, pero no pudo responder porque la señora
Aubry que subía detrás de ellos, los alcanzó para decirle a Juan:
--¿Quieres velar también esta noche, hijo mío? No, esta noche le
corresponde a Jaime...
--Voy solamente a ver si mi querido señor no me necesita--respondió Juan
sencillamente--y si Jaime no se ha dormido.
Después, estrechó las manos de la señora Aubry y de María Teresa, y se
marchó.