El señor Aubry pasó muy agitado la noche, y el día siguiente no fue
mejor. El médico, sin pronunciarse de un modo categórico, recomendó el
reposo absoluto.
La señora Aubry y María Teresa muy inquietas no salieron más de la
habitación de su querido enfermo; pero en la noche del segundo día,
cuando se hallaba adormecido, María Teresa aprovechó este instante para
ir a buscar un libro.
Atravesó el gabinete de trabajo de su padre y entró en la biblioteca.
Mientras examinaba los volúmenes oyó abrir la puerta del gabinete. El
criado introducía a alguien. Quedó muy contrariada de encontrarse
prisionera en aquella pieza de la que no se podía salir sin pasar por el
escritorio del señor Aubry. Estaba en traje de casa, y le era
desagradable mostrarse así a nadie. Sin embargo, tuvo la curiosidad de
ver quién estaba allí.
Se acercó con precaución a la mampara de cristales que separaba las dos
piezas, y levantando suavemente la cortina de seda miró.
Frente a ella, violentamente iluminado por el resplandor de una lámpara
eléctrica se hallaba Juan. Pálido y extraordinariamente enflaquecido,
parecía contemplar con pasión algo que estaba sobre el muro y que ella
no veía. Tuvo que sofocar un grito de sorpresa; tan cambiado lo
encontraba.
¿Qué miraría con aquellos ojos extasiados? De pronto recordó: en la
pared que había frente al escritorio de su padre había un gran cuadro
que la representaba a ella a la edad de ocho años; un magnífico retrato
de cuerpo entero, de Boldini, en el que su rostro infantil sonreía bajo
la sombra dorada de sus largos cabellos.
El joven proseguía absorto en su contemplación. ¿Por qué tenía aire de
sufrimiento ante aquel retrato? ¿Qué pena infinita y secreta podía
contraer así los rasgos de su fisonomía? La cara de aquel hombre
expresaba una idea tan torturante que María Teresa, sin alcanzar la
causa, se sintió profundamente conmovida. De pronto de aquellos ojos
sombríos, siempre apasionadamente fijos sobre el mismo punto, brotaron
lágrimas.
Ella se sintió profundamente conmovida, y más tarde, cuando recordaba
esta corta escena muda, le parecía que había estado mucho tiempo mirando
llorar a Juan.
El ruido de una puerta que se abría arrancó al joven de su éxtasis. Un
criado venía a buscarlo para conducirle al lado del señor Aubry.
Apresuradamente, Juan pasó el pañuelo por su cara y salió de la pieza.
Entonces María Teresa entró, y a su vez se detuvo ante la imagen que
había suscitado aquella crisis dolorosa. Una suave melancolía se apoderó
de ella, mientras contemplaba su retrato. Sobre un fondo claro se
elevaba una elegante silueta de niña, cuyo vestido corto dejaba ver las
finas piernas y estrechos pies calzados con zapatitos de charol.
Recordó que cuando se parecía a aquella chicuela, Juan era su gran
amigo. ¡Y qué dulce y complaciente gran amigo! Siempre dispuesto a
satisfacer sus deseos, sin cansarse jamás de sus caprichos.
Se sonrió recordando que cierto día en que llevaba aquel mismo vestido
quiso a toda costa jugar al viajero en el desierto, y para esto obligó
al pobre muchacho a hacer el papel ingrato de dromedario. A una señal de
ella, Juan se ponía en las posiciones más humillantes, sin que la niña
habituada a su alegre sumisión se sorprendiera. ¿Cómo en lo sucesivo
podía haber tenido conciencia de la transformación que la acción del
tiempo lenta y segura, había hecho de aquel ardor en otros sentimientos?
Ahora el velo caía; de aquellas lágrimas sorprendidas surgía la verdad.
Todo se explicaba: la tristeza persistente de Juan durante su
permanencia en Etretat, sus vacaciones acortadas, y su retirada a
Bohemia donde se había refugiado para huir de ella, sin duda...
--Juan, mi pobre Juan--murmuró,--¡cuánto va a sufrir!
Miró otra vez con gratitud su propia imagen, causante de la explosión de
pesadumbre que había presenciado.
--Delante de mí--pensaba,--jamás se habría revelado y yo habría ignorado
siempre su secreto... Y después de todo ¿no habría sido mejor? ¿Qué
hacer ahora? ¡No lo sé!
Preocupada con este doloroso problema se dirigía a su cuarto, cuando su
madre la llamó:
--Hija mía, tranquilicémonos, Juan ha llegado, tu padre está muy
contento. Creo que no nos decía cuanto deseaba su presencia.
--¿Tú has visto a Juan, mamá?
--Sí, comerá con nosotros.
La joven entró a su habitación. Para calmarse trató de resolver la
manera cómo debería conducirse con Juan; pero en vano se esforzaba en
seguir el curso de sus reflexiones; su pensamiento volvía con
desesperante obstinación sobre su extraordinario descubrimiento. ¿Podía
nunca haberse imaginado que aquel Juan que conocía voluntarioso y brusco
fuese capaz de amar con una reserva tan llena de desesperación? ¡Cuánta
razón había tenido para alejarse! Había sido una determinación juiciosa.
Pero ¿qué haría ahora que traído a su lado por la fuerza de los
acontecimientos se vería mezclado de nuevo en su vida y sería testigo de
las efusiones entre ella y su novio? Ante esta última suposición, María
Teresa se sintió conmovida por una gran piedad. Por nada del mundo
consentiría en afligir con tal espectáculo a este amigo que sufría por
amarla. Era necesario que a toda costa se alejase otra vez.
Luego varió el curso de sus pensamientos. Se sorprendió de preocuparse
tanto de los sentimientos que creía que dominaban a Juan. ¡Se necesitaba
tener un espíritu muy romántico para imaginar semejantes tormentos de
amor en honor suyo, en el alma de los jóvenes! Se burló de sí misma,
viéndose a punto de caer en la manía ridícula de ciertas jóvenes que
creen que inspiran violentas pasiones. ¿Quién le decía que no se había
equivocado en la naturaleza de la emoción que había sorprendido, y que
Juan no estaba probablemente tan desesperado como le había parecido? ¡A
la verdad, estaba loca! No, seguramente Juan no la amaba, era
inverosímil, imposible.
Entonces en el fondo de sí misma en la región oscura donde nacen las
sensaciones ignoradas le pareció sentir algún pesar... ¿Por qué?
A este pesar, a esta indecisión sentimental, se unía confusamente una
inefable dulzura de impresiones nuevas; la confesión de aquel
sentimiento sorprendido tan inopinadamente, inundaba su alma de una
extraña melancolía. La dominaba de improviso el encanto superior del
lazo moral que la unía a Juan. No era ya para ella el indiferente que
había creído; las lágrimas que brotaban poco antes de los ojos del
joven, María Teresa las sentía caer una a una en su corazón, y las
menores inflexiones de la voz lenta y baja de Juan dirigiéndose a ella,
semejante a la del sacerdote ante el altar, surgían en su memoria como
música misteriosa.
Acababa de descubrir en él el sentimiento exclusivo, apasionado, que
desde hacía mucho tiempo hacía converger sus esfuerzos en busca de una
perfección a que no habría aspirado una ambición ordinaria. Súbitamente
María Teresa quedó impresionada de la grandeza, de la perseverancia de
aquella energía infatigable, recordando los orígenes del niño convertido
en hombre de mérito.
En el campo de batalla de la vida, Juan había encontrado por enemigos,
el desprecio, la injusticia, la envidia, el egoísmo, la maldad bajo
todas sus formas. ¿María Teresa lo había socorrido una sola vez? ¡No!
Abandonándolo, sin comprender sus esfuerzos, lo quería con una afección
fría y tranquila, como se quiere a un compañero, a un aliado fiel, a un
humilde a quien se tolera; no se había dado cuenta de que a cada minuto
arriesgaba su vida, más que su vida, la paz de su corazón, persiguiendo
un ideal que ella lo constituía.
Sí, Juan se había formado para ella, adquiriendo por ella instrucción,
educación y hasta la sobria elegancia que le había llamado la atención,
cuando vio al joven en el escritorio.
Un alma ardiente, leal y sincera como la de María Teresa, no podía
enorgullecerse de tal triunfo sobre una alma fuerte. Sin equivocarse,
comprendió lo que con exquisita delicadeza Juan había esperado de ella,
respetuoso y en silencio. Al pensar en la plenitud de aquel amor que no
debía aceptar y que, sin embargo, había involuntariamente suscitado, una
sensación de espanto la dominó.
La necesidad de su casamiento con Huberto le hizo intolerable la vida
durante un minuto, y por un impulso de piedad hacia Juan, agitada por
confusos pensamientos contradictorios, murmuró:
--¡Pobre joven, pobre joven! Si me ama con todas las nobles energías de
su hermosa naturaleza, ¡qué cruel será el despertar, y cuánto vacío y
desesperación dejará tras sí!...
Y brotaron lágrimas de sus ojos, semejantes a las de Juan, originadas
por un mismo dolor secreto; lágrimas del esclavo de las leyes, de las
convenciones sociales, que siente sus cadenas, sufre las heridas que
ellas causan y llora su libertad.
Cuando algunas horas después, Juan bajó a comer, en el umbral del salón
se sintió desfallecer. Detrás de aquella puerta iba a encontrarse con
la mujer de quien había querido huir y cuyo imperioso recuerdo lo
poseía. ¡Ah, cómo le acosaba y llenaba todo su ser, la querida visión!
Pero también era bien suya, únicamente suya, la amada que lo acompañaba
a todas partes, que aparecía deslumbrante y fascinadora ante sus ojos
alucinados. Habitaba en su corazón aquella María Teresa de sus ensueños,
y nada podría separarlos jamás, ni la ausencia, ni el espesor de los
muros, ni la distancia de los caminos... ¡Pero iba a ver a la otra, la
verdadera, a quien tenía que felicitar porque pronto sería la señora de
Huberto Martholl!...
Al ver entrar a Juan, una singular emoción sintió María Teresa. Él, muy
pálido, se aproximó y tomando la mano que ella le tendía:
--María Teresa...--comenzó.
Pero aprovechando la vacilación de Juan, una fuerza inconsciente impulsó
a la joven a cortarle la palabra, para ahorrarle el sufrimiento de
pronunciar la frase que adivinaba.
--¡Al fin, ha venido usted, Juan!--dijo casi alegremente.--Todos estamos
contentos por su regreso. ¿Era necesario que mi padre estuviera enfermo
para que usted se decidiera a volver?
--Veo que usted ha notado mi ausencia. Muchas gracias.
La señora Aubry, que hacía un momento miraba al joven con atención,
interrumpió inocentemente la respuesta de la joven, diciendo a Juan con
afección:
--Tú has trabajado demasiado allá. Te encuentro muy delgado, hijo mío.
--No es nada, he estado un poco enfermo.
--¿Y por qué no has venido a nuestro lado para hacerte cuidar? Es muy
mal hecho. ¿No soy ya tu madre?
Juan envió a la señora Aubry una sonrisa de ternura; luego, deseoso de
que no se ocupasen más de él, dijo:
--Usted me manifestó que el señor Aubry había estado muy agitado.
Después que hemos hablado juntos, creo que se ha calmado. Si yo pudiera
conseguir que se tranquilizase del todo...
--¿Por qué está tan inquieto mi marido?
--Sucede una cosa que puede tener consecuencias graves: el banco Raynaud
Hermanos ha quebrado, y el señor Aubry tenía allí una gruesa suma, toda
la parte líquida de su fortuna, creo.
--¿Es posible? yo no sabía nada... ¿Tú tampoco, Jaime?
--No, madre, lo sé en este momento ¿ese desastre nos perjudica mucho?
--Me lo temo. Desde hace algunos meses, no sé exactamente lo que pasa en
el escritorio, no puedo, pues, decir nada preciso; sin embargo, no me
sorprendería que el señor Aubry hubiera hecho importantes depósitos en
esa casa, después de mi partida. Como las explicaciones que quiere darme
a este respecto son causa de agitación para él, no me atrevo a
interrogarlo. Es de lamentarse que esta catástrofe nos hiera en el
momento mismo que acabamos de hacer grandes gastos en ensayos de
cristalería antigua.
--¿Entonces tú atribuyes a la noticia de esta quiebra la gran emoción
que ha ocasionado la enfermedad de mi padre?
--Probablemente.
--¿Por qué te ausentaste tanto tiempo, Juan? Si tú hubieras estado
presente mi marido habría soportado mejor este golpe. Se encontraba muy
fatigado ya, aunque no quería confesarlo. La dirección de la fábrica es
pesada ahora para él solo.
--Tenía necesidad de hacer este viaje, señora. Además, será fructuoso;
traigo un procedimiento nuevo para practicar una clase de fabricación
más económica.
--En fin, estoy contenta de que hayas venido, esto me tranquiliza mucho.
--Agradezco su prueba de confianza, señora--murmuró Juan.
Dejaron la mesa para pasar al salón; el joven armándose de valor se
aproximó a María Teresa.
--Su mamá me ha anunciado su futuro casamiento pactado durante mi
permanencia en Bohemia--comenzó con voz un poco sorda.
Luego, en tanto que su mirada triste subía del extremo del flotante
vestido a la cara de la joven, añadió después de una corta lucha
interior:
--Permítame expresar mis sinceros votos porque sea usted feliz.
Su voz se hacía angustiosa; María Teresa, entristecida de verlo forzado
a darle estas penosas felicitaciones, en un impulso de piedad le tomó la
mano que apoyaba en el respaldo de un sillón, y reteniéndola entre las
suyas, pronunció con una entonación de ternura que la sorprendió a ella
misma:
--Gracias, Juan. Yo sé que no tengo mejor ni más seguro amigo que usted,
y esta seguridad es una gran satisfacción para mí, se lo juro...
Juan retrocedió bruscamente; pero esta vez, ella no se admiró y sabiendo
que nada más le diría, se alejó.
Algunos minutos después, vinieron a avisar al joven que el enfermo lo
llamaba; la señora Aubry intervino, inquieta:
--Mi querido Juan, si le hablas de asuntos esta tarde va a agitarse y no
dormirá en toda la noche.
--No tema nada, querida señora, voy a tranquilizarlo; es mejor, casi,
que lo vea antes de irme. Cuando haya concluido de explicarme todo, se
encontrará más calmado.
Pero la conversación fue larga y no terminó hasta muy entrada la noche.
A la mañana siguiente, el estado del enfermo se resentía del esfuerzo
cerebral que había hecho para poner a Juan al corriente de la situación;
la fiebre aumentó, y María Teresa empezó a inquietarse seriamente.
Martholl, cuando vino a hacer su visita habitual la encontró en esta
triste disposición de espíritu. Después de haberle hecho algunas
preguntas triviales sobre la salud de su padre, Huberto opinó con
desenvoltura que debía ser un malestar pasajero del que no había por qué
inquietarse demasiado; en seguida, con aire indiferente pasó a otros
asuntos.
--¡Ah!--exclamó de pronto,--he tomado para esta noche un palco en el
Teatro Francés. Hoy es ese estreno que usted deseaba ver.
--Ha sido usted muy amable en acordarse de mi deseo, pero no puedo ir,
no tengo ninguna gana de divertirme hoy.
El joven hizo un gesto de contrariedad.
--Sus inquietudes me parecen un poco exageradas, querida amiga. No hay
motivo suficiente para que usted se atormente hasta ese punto. Usted
puede muy bien ausentarse por dos horas. En suma, su papá no tiene más
que un simple ataque de fiebre, resultado de una gran fatiga; no corre
peligro alguno; hay aquí bastantes personas para cuidarlo. Piense
también en mí, en el placer que tendría en que fuese esta noche al
teatro.--María Teresa quedó desagradablemente sorprendida de la manera
como hablaba su novio, de la ligereza con que acogía sus inquietudes, y
respondió:
--¿Acaso se sabe el nombre de una enfermedad que comienza? Casi todas
principian con los mismos síntomas. El médico mismo, no puede decir
nada.
--Espere, entonces, para manifestar tales alarmas.
--Tengo miedo; a veces los malos se agravan de pronto--murmuró
tristemente la joven.
Luego, creyendo haber encontrado un argumento decisivo, añadió:
--Además, estoy segura que mamá no querrá salir de casa.
--Todo puede arreglarse--propuso Huberto conciliante,--ofreceré dos
sillas en el palco a la señora Gardanne y a su hija. Venga, le ruego,
María Teresa, me contrariaría mucho que usted faltase a este estreno.
--Me cuesta mucho rehusar, puesto que ha sido por mí por quien usted ha
tomado el palco... En fin, puesto que desea tanto mi presencia, tenga
prevenida a mi tía; pero no prometo ir, sino en el caso de que mi padre
no se empeore.
Hasta la noche María Teresa se ocupó en cuidar al señor Aubry, cuyo
estado de fiebre y de debilidad continuaba siendo el mismo.
La noche estaba muy adelantada cuando Juan llegó, con aire preocupado.
Algunos minutos después, la señora Gardanne hacía decir a su sobrina que
la esperaba abajo, en su coche.
--¡Oh, cuánto me cuesta ir!--exclamó María Teresa,--y, sobre todo,
dejarte sola aquí, mamá.
--Pero su mamá no quedará sola, puesto que yo estoy aquí--dijo
Juan.--Además, he venido esta noche con la intención de exigir que
ustedes descansen; yo velaré solo a su papá; hoy es mi turno.
--Querido Juan--intervino la señora Aubry,--tú trabajas bastante de día,
me opongo, absolutamente, a que te prives del sueño.
--Me paso muy bien durmiendo poco, y nunca me he sentido fatigado.
Después, que me quede aquí o en casa, es lo mismo, tengo que examinar
estos papeles durante toda la noche.
Y Juan mostró un grueso paquete.
--El tiempo apremia, es necesario que yo me dé cuenta exacta de la
situación; hay aquí trabajo para varias noches. En todo caso, puede
usted estar segura de que el asunto se arreglará, y permítanme tener la
satisfacción de serle doblemente útil a mi protector.
--Puesto que lo quieres, amigo mío...--dijo la señora Aubry.
--Voy a instalarme en su cuarto, y estoy cierto que dormirá, a pesar del
resplandor de mi lámpara: mi presencia lo calma.
Luego, dirigiéndose a María Teresa:
--Usted ve que puede ir sin temor: le ruego que así lo haga, a fin de
probarme su confianza en mí.
--Y bien, anda a vestirte, hija mía--aconsejó la señora Aubry.--Juan
insiste tan afectuosamente, que tenemos que aceptar. Despáchate ligero.
Entretanto, voy a hacer subir a tu tía, debe dormirse en su coche, y le
haré compañía; nos encontrarás en el salón chico.
La señora Aubry bajó a los departamentos de recepción.
María Teresa quedó sola con Juan. Vacilante todavía, le preguntó después
de un corto silencio:
--¿No le choca a usted que vaya al teatro?
--Absolutamente, es muy natural. Además, siempre me ha gustado verla
divertirse.
--¡Oh! este estreno no es para mí una diversión, inquieta como estoy por
la salud de mi padre...
--Entonces, supongo que no es por la pieza por la que va al teatro esta
noche...--no pudo dejar de decir Juan.
Pero se detuvo, algo avergonzado, no sabiendo cómo terminar su frase sin
ironía, y agregó con voz diferente, de arrepentimiento:
--Deme, al menos, la pobre satisfacción de hacerme creer que le sirvo
para algo.
María Teresa calló, convencida de que cuanto dijera en adelante, sería
para Juan motivo de tristeza.
--¿Jaime le acompañará, sin duda?--interrogó el joven.
María Teresa no había pensado en eso; reflexionó y aprobó la idea.
--¡Tiene usted razón! Así será mejor... Voy a prevenir a mi hermano. De
esta manera, mi tía no tendrá que esperarme, nos reuniremos en el
teatro, y después, si yo quiero salir antes del fin del espectáculo,
podré hacerlo. ¡Gracias por su idea, Juan!
Y en una expansión cordial le tendió la mano para darle el adiós; él la
estrechó débilmente en la suya.
Esta observación de Juan, que le sugería una combinación práctica, que
la hacía libre de sus actos durante la noche, probaba una vez más a
María Teresa la importancia que sus menores acciones tenían para su
amigo.
El telón caía, terminando el primer acto, cuando María Teresa y Jaime
hacían abrir el palco de Huberto.
Al entrar fueron recibidos por las exclamaciones de Huberto, de la
señora Gardanne y de su hija.
--¡Al fin llega usted!--dijo Martholl, ayudando a María Teresa a
quitarse el abrigo, mientras su tía agregaba:
--¡Era tiempo! Felizmente no los hemos esperado, que si no, perdíamos el
primer acto, que es precioso. ¿Por qué tardaron tanto?
--Hasta el último minuto, mi hermana no sabía si vendría...
--¡Todo es bien, si bien termina, Jaime!--respondió alegremente
Martholl, instalando a María Teresa entre su tía y Diana.
Como mirara a las dos jóvenes, no pudo contenerse de decir, dirigiéndose
a su novia:
--¿No encuentra usted que su prima está interesantísima esta noche?
Diana estaba, en efecto, muy elegante con un traje blanco, discretamente
escotado. Al oír estas palabras de alabanza, no pudo disimular una
sonrisa de triunfo.
Mientras la cumplimentaba, Huberto, habiendo examinado a su novia con
ojo escrutador, añadió en el mismo tono que habría empleado para
reprochar una incalificable falta de corrección:
--¿Por qué se ha puesto usted este vestido tan sombrío? Su toilette está
algo fuera de lugar aquí, en una noche de estreno.
En efecto, María Teresa, en sus preocupaciones hasta el momento de
salir, no había pensado en ponerse un traje de gala.
Ofendida por esta observación, que consideraba inoportuna, la joven
replicó con viveza:
--¡Qué singular es usted! ¿cree que no hay más ocupación que la de
pensar en vestirse y adornarse?
--Perdóneme, querida amiga, pero he hablado por amor a la oportunidad y
a la corrección.
Después de contestar, Huberto, incomodado, se echó un poco hacia atrás.
Entonces la señora Gardanne, como si hubiera querido prevenir una
querella de enamorados, dijo en tono conciliante:
--¡Es un trastorno tan grande, un enfermo en una casa!
--Muchas gracias, tía; pero no necesito ser excusada--declaró fríamente
María Teresa.
El telón se levantaba y todo el mundo calló.
Desde las primeras palabras de los actores, la joven comprendió que no
podría interesarse en lo que pasaba en la escena. Su atención no se
sostenía, a pesar del interés de la pieza, la calidad de los actores y
la amenidad de una sala tan selecta. Todo lo que allí había, gente,
ruido, luces, desaparecía ante su preocupación. Sus ojos, rehusando ver
la realidad, miraban en su interior el cuadro que su imaginación
inquieta les presentaba. En lugar de aquella sala de teatro, donde
florecían hermosas mujeres entre terciopelo rojo, oro y brillantes,
tenía la percepción de un cuarto sombrío, de la cama de su padre y bajo
la luz velada de la lámpara, inclinado sobre un montón de papeles, de un
rostro grave y pensativo.
Oía reír a Huberto y a Diana. ¿De qué? Ella nada había comprendido.
Ellos seguían la pieza, sin duda; trató de hacer como ellos, de dirigir
su espíritu fugitivo a la obra, pero fue en vano: la imagen de Juan
reaparecía. Lo veía alineando cifras a la luz triste de la habitación.
No era como los otros, Juan no se parecía a ninguno de los que la
rodeaban. No conociendo más que el trabajo y el deber, la imperiosa
necesidad de distracciones sociales no existía para él.
Sin embargo, él había dicho: «Vaya a divertirse, yo estoy contento de
quedarme aquí.» Pero, ¿qué pensaría de ella, de la poca vacilación que
había tenido en dejar a su padre para venir al teatro?
--¿Qué hago yo aquí?--pensaba,--¿para qué he venido? Se acordó que había
sido con el único objeto de complacer a Huberto; dio vuelta hacia él, a
fin de convencerse, a lo menos, de que su presencia lo hacía feliz. Pero
Huberto no la miraba, su atención estaba consagrada a la señorita
Brandes, que estaba en la escena, y parecía no ocuparse más que de ella.
--Me alegraría mucho de irme a casa--pensaba María Teresa.
Tuvo, no obstante, que esperar al fin del segundo acto, y que asistir a
una parte del tercero; entonces, no pudiendo contenerse más, y a pesar
de la insistencia en que se quedase, presentó sus excusas a su tía,
agradeció a Huberto su atención y rogó a su hermano que la acompañase a
su casa.
Apenas había salido del palco, cuando ya Diana se volvía hacia el novio
abandonado, y le decía:
--No comprendo a María Teresa. Marcharse así en el momento más
interesante, es absurdo... Casi es una descortesía hacia usted. ¿No ha
tomado usted este palco para ella? Convengamos: mi tío no está tan
enfermo como para que ella no pudiera quedarse hasta el fin.
--Está inquieta--dijo Huberto;--se explica; adora a su padre.
--Sí, pero esta es una exageración de amor filial, y casi un atentado a
su amor conyugal.
--En fin, esperaré a que el señor de Chanzelles se restablezca, entonces
recuperaré mis derechos de novio.
--Es de desearse--dijo la señora Gardanne.--Mi pobre hermano tiene,
creo, en este momento, graves intereses en juego; no convendría que
estuviese mucho tiempo enfermo.
--¡Ah! ¿realmente?--interrogó el joven.
--Sí, mi marido se preocupa de eso hace varios días.
Huberto, comprendiendo que sería poco delicado sorprender de esa manera,
cosas susceptibles de interesarlo, demostró indiferencia, con gran
contrariedad de Diana, y habló de otra cosa.
Una gran calma adormecía su casa cuando entró María Teresa.
Tranquilizada por este silencio, subió sin hacer ruido hasta el cuarto
de su padre, y como la puerta estaba entreabierta, se deslizó al
interior. En seguida se detuvo.
Era el mismo cuadro que se le representaba, acosándola, en el teatro: la
pálida cabeza del enfermo descansaba sobre las almohadas, y la blancura
del lecho resaltaba bajo las cortinas caídas. En un rincón, débilmente
iluminado por una lámpara baja, Juan escribía.
Avanzó suavemente hacia la mesa de trabajo, y el joven, habiendo
levantado los ojos, vio surgir de la penumbra el rostro de la que amaba.
No pareció sorprendido; mirando la aparición con sonrisa de extático,
murmuró como en sueños:
--¡Fantasma querido!
María Teresa no podía sorprenderse de los extraños efectos alucinantes
de un pensamiento absorto. ¿No había evocado ella hacía un momento, lo
que veía allí, en aquel cuarto? Comprendió que su verdadera imagen se
sobreponía al sueño interior de Juan; respetando su locura permaneció
ante él, muda y pensativa, no osando moverse.
Pero Juan había recobrado el sentido de la realidad; balbuceó,
levantando los ojos hacia ella:
--¿Es usted?... ¿Es usted?... ¡Ya!... ¿Ha concluido el espectáculo?
Disculpe mi confusión, pero estoy absorto en abominables cálculos.
María Teresa, simulando que no veía la turbación de Juan, dijo:
--No he tenido valor para oír el tercer acto; la inquietud me torturaba.
--¿Por qué, si yo estaba aquí? Hace usted mal en no tener confianza en
mí. Mire, su padre está tranquilo; se despierta de tiempo en tiempo, me
llama, y después vuelve a dormirse, satisfecho de verme trabajar a su
lado.
--¡Ah, qué bueno es usted de velarlo así!
Juan, contemplando siempre a la joven, respondió sonriendo:
--Entonces ¿usted cree realmente que yo hago algo meritorio? Espero que
no... Porque eso me haría suponer que usted no es muy difícil de
contentar en materia de acciones loables.
María Teresa, sin contestar, evolucionó lentamente por la pieza.
Descubrió, en breve, lo que buscaba, sobre una pequeña mesa: jamón,
pollo frío, asados, manteca, miel, ron y todos los utensilios necesarios
para hacer té.
Se volvió hacia el joven:
--Juan, mi madre ha hecho preparar algunos alimentos para ayudarle a
pasar la noche. ¿Quiere usted que yo le sirva su cena?
--Gracias, no necesito nada.
--Sí, usted necesariamente tiene que tomar algo.
--No, no, se lo aseguro.
Hablaban en voz baja; sus palabras eran, apenas un murmullo. Juan veía
cerca de él la cara querida, los hermosos ojos soñadores que evocaba tan
a menudo y en el silencio de aquel cuarto de enfermo, una profunda
turbación lo invadió.
María Teresa, como si tuviera conciencia de lo que pasaba en él,
creyendo eludir aquel lazo tendido por la soledad y la exaltación de la
velada, pronunció con entonación imperiosa y porfiada:
--No le pido su opinión: hay que cenar; esta mesa revela de una manera
perentoria la orden de mamá... es inútil que se ría y mueva la cabeza,
¡usted cenará, Juan! ¿Quién me habrá dado un amigo tan caprichoso?
¡Pronto, un fósforo para encender el calentador! ¡Ah! Juan, usted era un
amigo más obediente en otro tiempo... ¡Entonces cumplía todas las
órdenes de Teresita!
Juan se estremeció y sin fuerzas ante el recuerdo del querido pasado,
que era su único placer, tendió su caja de fósforos. María Teresa con
voz seria y cariñosa continuó:
--Deje un momento sus números. ¿Quiere que yo participe de su cena,
diga?... Llevaremos la mesa al gabinete de vestir; dejaremos la puerta
abierta para velar a papá, sin que nos oiga. Vamos, vamos, abandone sus
papeles durante cinco minutos, y venga a hacer la cenita...
Juan no pudo resistir más. Dijo:
--Entonces permítame que la sirva... ¿No era así como hacíamos cuando
usted era la querida Teresita?
Con mil precauciones y cuidando de no tropezar con nada para no
despertar al señor Aubry, transportó la mesa y se puso a manejar
hábilmente los diversos utensilios, preparando el té y cortando los
asados.
--¡Qué diestro es usted!--observó María Teresa.
--¿Le sorprende? Un buen cristalero tiene que ser diestro de manos.
Para no hacer ruido en el cuarto cambiando muebles, Juan tomó un
taburete y se sentó casi a los pies de la joven. Bebieron y comieron en
silencio. Juan obedecía las menores órdenes de María Teresa, sintiendo
una extraña voluptuosidad en resistir primero para verse despotizado y
darse luego el placer de la obediencia.
--¡Juan, este sandwich más!
--No, no puedo...
--¡Es preciso!...
--No tengo más ganas.
--¡Yo lo quiero!
--Le aseguro...
--¡He dicho que quiero!
Y él tomaba el sandwich ofrecido por aquella mano delicada. ¡Qué no
habría comido, con tal de ver la sonrisa de triunfo que entreabría los
labios de su amiga! Murmuró:
--Como por demás... felizmente el té me salvará, si no concluiría usted
por ahogarme.
Se sonreían confiados y alegres.
El señor Aubry hizo un movimiento; temiendo despertarlo, volvieron a su
lado y permanecieron silenciosos en la calma del cuarto.
Entonces, bajo la influencia algo misteriosa del silencio y de la luz
discreta de la lámpara, el bienhechor olvido expulsó del alma de Juan
todo lo que no era la real felicidad de la presencia querida. Nada
existió para él fuera de aquel ser de tal delicadeza y de encanto; creía
vivir en un sueño, no quería ni saber en qué lugar de la tierra se
encontraba allí solo con ella.
Sí, ella estaba allí, tan cerca, que sentía el fino aroma de iris con
que perfumaba sus cabellos, tan cerca, que podía tocar el extremo de su
vestido avanzando la mano. ¡Ay! tantas veces aquel ademán había hecho
desvanecer su sueño, que no se arriesgaba ahora.
María Teresa se sentía retenida en el canapé como por invisible lazo.
Sin embargo, Juan no la miraba, ni pronunciaba una palabra. Pero,
semejantes a nubes de incienso, los efluvios de adoración que emanaban
del joven, la envolvían en una atmósfera de ternura, y gozaba de una
sensación de felicidad ignorada hasta entonces.
Ella misma, sin darse cuenta, rompió el encanto: habiendo avanzado la
mano sobre la mesa, en la órbita luminosa de la lámpara velada,
irradiaron los fulgores del rubí de su anillo de novia y el ojo de
Juan, atraído, vio como sangrar la mano de su amada.
Con este simple juego de luz, la realidad entró de nuevo en su espíritu
como dueña imperiosa, suscitando el recuerdo del novio. Juan,
desalentado, apoyó sobre el muro su cabeza aniquilada. María Teresa que
lo miraba, le dijo, sin comprender el verdadero motivo de aquel súbito
desfallecimiento:
--Usted se fatiga demasiado; no trabaje más esta noche, se lo ruego.
Vea, mi padre duerme, es inútil que usted se quede a velar toda la
noche.
Y como se levantase dirigiéndose hacia la cama, Juan exclamó con un
gesto de indiferencia:
--¡Qué importa que yo duerma o que yo vele!... ¡Adiós, María Teresa!...
Y la condujo hasta la puerta de la habitación.