Los primeros tiempos del noviazgo de María Teresa se pasaron en
presentaciones, comidas y placeres constantemente renovados. Huberto era
un incomparable organizador de fiestas. Con él era imposible estar sin
distracciones; además, sabía variarlas maravillosamente. María Teresa se
creía transformada en una princesa de un cuento de hadas, pues no tenía
otra ocupación que la de divertirse de la mañana a la noche, bajo la
dirección de un maestro de ceremonias parecido al Príncipe Encantador.
Las mañanas eran dedicadas al bosque; por las tardes había siempre
diversiones nuevas; en cuanto a las noches, terminaban invariablemente
en el teatro o en las tertulias.
En cada una de estas circunstancias, la joven concluyó por notar que
Huberto se preocupaba, sobre todo, del efecto que producía la belleza de
su novia, y que sus goces crecían en razón directa de la admiración que
manifestaban por ella y de la envidia que suscitaba.
Saturado de este sentimiento de vanidad, aconsejaba a María Teresa
arreglos en su toilette que consideraba propios para hacerla valer, y
escogía para acompañarla, las reuniones y los sitios donde más atraían
la atención. En fin, en todos sus actos aparecía el deseo de formar con
ella el grupo que la gente contempla y admira.
María Teresa pensaba tristemente:
--¿Será solamente por estos dones exteriores por los que me ama?
Y se preguntaba algo ansiosa:
--¿Sentiría el mismo placer en estar conmigo si yo no estuviera tan bien
vestida?
No experimentaba gran satisfacción en ser rica, elegante, admirada.
En el fondo de su corazón, habría preferido que Huberto le demostrase su
cariño de otra manera.
Luego, había notado también un ligero cambio en su actitud desde que
eran novios. La emoción que mostraba al principio, cuando esperaba
solamente se había transformado en una especie de despego lleno de
confianza; esto era quizás imperceptible para los demás, pero no
escapaba a los ojos de la joven. Huberto ahora manifestaba su afección
de una manera diversa; María Teresa le encontraba menos dulzura,
sumisión afectuosa, más familiaridad y seguridad conquistadora. Esta
toma de posesión que no le producía ninguna felicidad íntima, a ella le
molestaba. Por intervalos se decía:
--¡Dios mío, qué difícil de contentar soy! Todas mis amigas me repiten
que desearían estar en mi lugar; entonces ¿por qué no estoy satisfecha?
¿No tengo una suerte envidiable? ¡Ah! ¿para qué me habrán dado una
educación destinada a hacer mirar las cosas con gravedad? ¡Cuántas
jóvenes no dan importancia a estas exhortaciones y arrojan en seguida
en el camino esta pesada carga! Y precisamente yo, que no la necesito,
tomo todo en serio; no puedo olvidar aquellas lecciones austeras, y me
siento invadida por escrúpulos ante la perspectiva de disfrutar
demasiados placeres. ¿Es esto lo que me turba? ¿No será más bien el
pesar de no constituir el ideal de Huberto siendo para él como el
accesorio de una decoración de fiesta?... Pero ¡qué ridícula soy! ¿Por
qué preocuparme de tantas cosas? Es una injuria que hago a la
Providencia no declarándome completamente satisfecha.
Así, pues, se daba cuenta del vacío y futilidad de la existencia a que
Huberto la llevaba, y amargas previsiones la acusaban cuando desaparecía
la excitación pasajera de sus mejores distracciones. Decidiose, al fin,
a confiar sus temores a su novio.
En una tarde de lluvia el azar hizo que se encontraran solos en el
salón. La joven acababa de tocar un nocturno de Chopín «porque, había
dicho, esa música se armoniza bien con un tiempo oscuro y melancólico.»
Juzgando favorable el momento, dejó el piano y fue a sentarse al lado de
Huberto.
--María Teresa, usted interpreta este nocturno de una manera
sorprendente; me sentía emocionado escuchándola.
--Me alegro mucho de haberle hecho sentir la hermosura de esa pieza
musical. Este nocturno es apropiado al momento presente. Siempre trato
de establecer armonías entre el tiempo, mis pensamientos y las cosas.
¿Quiere usted que continuemos en esta nota? Hablemos seriamente, esto
no nos sucede frecuentemente, y hoy tengo pocas ganas de divertirme.
--¡Me da usted miedo! Las palabras serias son casi siempre inútiles.
--En el verano pasado usted decía, cuando menos seguro estaba de mí,
empleando un lenguaje florido para conquistarme. «No hay palabras
inútiles cuando es usted quien las pronuncia...» ¿Por qué no dice ahora
lo mismo?
--¡Bastante me ha reprochado mis amables palabras! Usted las encontraba
enfáticas y exageradas, y ahora las echa de menos. ¡He ahí lo que son
las mujeres!
--Sea; somos variables, y es difícil contentarnos; ya ve usted, me
adelanto a sus reproches. Pero volvamos al asunto que yo quería abordar
ante este cielo lúgubre.
--Razón tengo en inquietarme, pues me anuncia una conversación en
armonía con el tiempo, y reconoce que es lúgubre.
--He dicho «hablemos seriamente,» nada más. Hagamos proyectos para el
porvenir ¿quiere usted? Por ejemplo ¿ha encontrado alguna ocupación que
pueda convenirle?
--¿Cómo?--exclamó Huberto, en tono de burla--¿usted también piensa en
eso? Creía que era una idea exclusiva del señor de Chanzelles, y que yo
era libre de seguir sus consejos.
--Mi padre no se explica que pueda haber alguien desocupado: hay que
perdonarle esta preocupación, de la que yo participo, porque siempre ha
dado el ejemplo de una incesante labor y de la mayor actividad. Usted
sabe sin duda que, siendo huérfano y sin recursos, edificó con sus
propias manos e hizo prosperar la casa que representa hoy nuestra
fortuna. Siempre me dijo que no consentiría de buena gana en otorgar mi
mano a un desocupado. Conociendo su amor al trabajo, educada también en
la admiración del esfuerzo individual, me había yo prometido conformarme
a su deseo, al elegir un marido. Pero he aquí, que una casualidad...
feliz... lo ha conducido a usted hacia mí, y que yo no puedo cumplir mi
promesa. Busco el modo de conciliarlo todo ¿comprende usted por qué
insisto?
--Mi deseo es hacer su gusto, pero no me es posible encontrar una
ocupación en seguida. Necesito un trabajo honorable, de poca sujeción, y
que produzca bastante para justificar mi deserción... es difícil.
Veamos, reflexione: con mis ocho mil pesos de renta y su dote, tenemos
la existencia asegurada. Podremos viajar, vivir al capricho de nuestra
fantasía. Reconozca que sin necesidad va usted a perturbar todos mis
proyectos.
Luego, irónicamente, añadió:
--¿Es por conservarse más independiente por lo que usted desea que yo
tenga una ocupación? Si es por esto, nada tiene que temer; estaré
siempre bastante comprometido en el engranaje social para dejarla libre
durante largas horas, si así lo desea. Créame, usted será la primera en
agradecerme la manera como organice todo para nuestra mayor comodidad.
--No es la idea de librarme de su afectuosa tutela la que me induce a
hacerle este ruego; lamento igualmente que usted haya podido
suponerlo--repuso la joven algo entristecida,--pero, ¿se tiene jamás la
seguridad de conservar una fortuna? ¿Quién conoce el porvenir? Hay
catástrofes financieras terribles... Sin ir tan lejos, mi padre, cuya
fortuna consiste, en su mayor parte, en la fábrica de cristales, podría
verse comprometido por alguna desgracia imprevista...
Estas últimas palabras causaron a Huberto cierto malestar; para
disimular las ideas que le sugerían, interrumpió a la joven y dijo
afectando un temor cómico:
--¡Qué desgracia! ¡Usted me hace estremecer! ¡Volemos en socorro de su
querido padre!
--No hay que reírse... hay huelgas... revoluciones... y muchas otras
calamidades... No sería la primera vez que se viera derrumbarse una
importante casa industrial.
Las huelgas y las revoluciones parecieron a Huberto peligros bastante
problemáticos, lo cual tranquilizó su espíritu.
--Amiga mía--dijo, tomando las manos de la joven,--no me gusta oír su
linda voz predecir tan lúgubres acontecimientos, ni a sus labios
pronunciar tan fatídicos presagios... El sol ha vuelto a brillar,
hablemos, pues, de cosas más alegres, desde que es el estado del cielo
lo que inspira los temas de su conversación.
María Teresa comprendió que los sentimientos que invocaba no harían
jamás vibrar ninguna cuerda en Huberto. Renunció a convencerlo y dijo
conciliante:
--¡Qué fastidiosa soy! ¿verdad? Perdóneme, pero mi padre me inspira
tanta admiración que estoy mal preparada para apreciar a los que no
tienen su ideal de vida. Además, me desolaría ver nacer motivos de
discordia entre ustedes dos, y por esto es por lo que quiero
prevenirlos...
--Volveremos a conversar sobre este asunto, se lo prometo. En este
momento, voy a comunicarle mis proyectos; espero que le agradarán:
inmediatamente de nuestro casamiento, partiremos para Florencia; es una
ciudad interesante que no le disgustará conocer. Después iremos a
Palermo a tomar el yate que mi primo Martholl Grainville pone a nuestra
disposición para dar un paseo por el Adriático.
Pero la joven no tuvo tiempo de aprobar este programa. El ruido de un
carruaje que penetraba bajo el pórtico del hotel la inquietó.
--¿Qué es eso?--exclamó levantándose.
Casi inmediatamente sonaron las campanillas eléctricas y voces, en el
silencio de la casa. María Teresa se excusó y salió precipitadamente.
Algunos minutos después, la puerta del salón se abría, para dar paso al
señor Aubry, sostenido por sus dos hijos.
Estaba muy pálido; se dejó caer pesadamente sobre un sofá; luego, a
Martholl le dijo:
--Discúlpeme de presentarme en esta triste figura... me he desvanecido
en la fábrica y han tenido que traerme en coche como un bulto.
Al pronunciar estas palabras con voz débil, el señor Aubry trataba de
sonreír.
--Señor--protestó Huberto,--usted me deja confuso; creo que puedo ser
considerado por usted como perteneciente a su familia.
La señora Aubry entró. Se dirigió hacia su marido, le tomó las manos y
le preguntó, temblorosa:
--Amigo mío, ¿qué tienes? ¿qué ha sucedido?
Jaime la interrumpió:
--Querida mamá, no te alarmes. El médico que se llamó cuando papá se
encontraba mal, me ha tranquilizado; es un exceso de debilidad causado
por el trabajo.
--No me sorprende, tu padre se fatigaba mucho desde hace algún tiempo.
--Sí, pero además hay otra cosa, de la que podemos hablar, pues estamos
en familia... Mi padre ha recibido en la tarde una noticia que lo ha
trastornado.
--Es cierto--declaró el señor Aubry con voz débil,--he tenido una fuerte
conmoción... moral... una gran contrariedad... No sé lo que pasó
después... me desvanecí.
--Rousseau, el jefe de los talleres encontró a papá tendido, sin
conocimiento, en su escritorio. Afortunadamente tuvo la feliz idea de
mandar buscar un médico y de llamarme por teléfono.
--No te inquietes, querida mía--y el señor Aubry para tranquilizar a su
esposa trató de afirmar la voz:--estoy mejor. Pero quisiera acostarme.
Jaime, hazme el favor de telegrafiar a Juan que venga inmediatamente; lo
necesito.
Y como Jaime comprendiera que su padre estaba agitado por una
preocupación grave, se apresuró a tranquilizarlo.
--Puedes estar seguro, papá, de que Juan se hallará aquí mañana a la
noche, si no es imposible. Corro al telégrafo.
--Excúseme, señor Martholl--balbuceó el señor Aubry levantándose
penosamente,--voy a pasar a mi cuarto, no puedo más...
Y sostenido por su mujer y su hija, salió del salón.
María Teresa volvió pronto, con el rostro oscurecido y los ojos húmedos.
--Mi querida María Teresa, no se atormente usted--le dijo
Huberto,--esto será nada seguramente, un poco de anemia, sin duda.
--Estoy trastornada de ver a mi padre en ese estado: jamás ha estado
enfermo. ¿Usted ha visto qué mala cara tiene? Está preocupado; por eso
tiene fiebre. ¡Dios mío, si Juan estuviera aquí! él sólo puede ocuparse
útilmente de nuestros intereses, evitando toda molestia a mi padre.
--Ese Juan de quien usted habla ¿es aquel hermoso joven de aspecto
salvaje, que parecía aburrirse tanto en Saint-Jouin, el día que hicimos
el paseo?
--Es él. Excúseme, Huberto; tengo que dejarlo solo otra vez, debo subir
a acompañar a mi padre.
--Vaya, querida amiga; además, me despido de usted hasta mañana que
vendré en busca de noticias.
--¡Oh! ¡sí, venga! Consuela tanto verse rodeado, protegido, cuando la
desgracia abate... Venga, Huberto, por mi padre, por mí, sobre todo. Lo
espero...
Y como el joven le besase respetuosamente la mano y se alejase sin
pronunciar una palabra más, experimentó una gran decepción. Ella, que
observaba con serenidad los acontecimientos, sintió de pronto llenarse
su corazón de tal angustia, que se desplomó sobre un sillón,
sollozando.