XIII

Los primeros tiempos del noviazgo de María Teresa se pasaron en

presentaciones, comidas y placeres constantemente renovados. Huberto era

un incomparable organizador de fiestas. Con él era imposible estar sin

distracciones; además, sabía variarlas maravillosamente. María Teresa se

creía transformada en una princesa de un cuento de hadas, pues no tenía

otra ocupación que la de divertirse de la mañana a la noche, bajo la

dirección de un maestro de ceremonias parecido al Príncipe Encantador.

Las mañanas eran dedicadas al bosque; por las tardes había siempre

diversiones nuevas; en cuanto a las noches, terminaban invariablemente

en el teatro o en las tertulias.

En cada una de estas circunstancias, la joven concluyó por notar que

Huberto se preocupaba, sobre todo, del efecto que producía la belleza de

su novia, y que sus goces crecían en razón directa de la admiración que

manifestaban por ella y de la envidia que suscitaba.

Saturado de este sentimiento de vanidad, aconsejaba a María Teresa

arreglos en su toilette que consideraba propios para hacerla valer, y

escogía para acompañarla, las reuniones y los sitios donde más atraían

la atención. En fin, en todos sus actos aparecía el deseo de formar con

ella el grupo que la gente contempla y admira.

María Teresa pensaba tristemente:

--¿Será solamente por estos dones exteriores por los que me ama?

Y se preguntaba algo ansiosa:

--¿Sentiría el mismo placer en estar conmigo si yo no estuviera tan bien

vestida?

No experimentaba gran satisfacción en ser rica, elegante, admirada.

En el fondo de su corazón, habría preferido que Huberto le demostrase su

cariño de otra manera.

Luego, había notado también un ligero cambio en su actitud desde que

eran novios. La emoción que mostraba al principio, cuando esperaba

solamente se había transformado en una especie de despego lleno de

confianza; esto era quizás imperceptible para los demás, pero no

escapaba a los ojos de la joven. Huberto ahora manifestaba su afección

de una manera diversa; María Teresa le encontraba menos dulzura,

sumisión afectuosa, más familiaridad y seguridad conquistadora. Esta

toma de posesión que no le producía ninguna felicidad íntima, a ella le

molestaba. Por intervalos se decía:

--¡Dios mío, qué difícil de contentar soy! Todas mis amigas me repiten

que desearían estar en mi lugar; entonces ¿por qué no estoy satisfecha?

¿No tengo una suerte envidiable? ¡Ah! ¿para qué me habrán dado una

educación destinada a hacer mirar las cosas con gravedad? ¡Cuántas

jóvenes no dan importancia a estas exhortaciones y arrojan en seguida

en el camino esta pesada carga! Y precisamente yo, que no la necesito,

tomo todo en serio; no puedo olvidar aquellas lecciones austeras, y me

siento invadida por escrúpulos ante la perspectiva de disfrutar

demasiados placeres. ¿Es esto lo que me turba? ¿No será más bien el

pesar de no constituir el ideal de Huberto siendo para él como el

accesorio de una decoración de fiesta?... Pero ¡qué ridícula soy! ¿Por

qué preocuparme de tantas cosas? Es una injuria que hago a la

Providencia no declarándome completamente satisfecha.

Así, pues, se daba cuenta del vacío y futilidad de la existencia a que

Huberto la llevaba, y amargas previsiones la acusaban cuando desaparecía

la excitación pasajera de sus mejores distracciones. Decidiose, al fin,

a confiar sus temores a su novio.

En una tarde de lluvia el azar hizo que se encontraran solos en el

salón. La joven acababa de tocar un nocturno de Chopín «porque, había

dicho, esa música se armoniza bien con un tiempo oscuro y melancólico.»

Juzgando favorable el momento, dejó el piano y fue a sentarse al lado de

Huberto.

--María Teresa, usted interpreta este nocturno de una manera

sorprendente; me sentía emocionado escuchándola.

--Me alegro mucho de haberle hecho sentir la hermosura de esa pieza

musical. Este nocturno es apropiado al momento presente. Siempre trato

de establecer armonías entre el tiempo, mis pensamientos y las cosas.

¿Quiere usted que continuemos en esta nota? Hablemos seriamente, esto

no nos sucede frecuentemente, y hoy tengo pocas ganas de divertirme.

--¡Me da usted miedo! Las palabras serias son casi siempre inútiles.

--En el verano pasado usted decía, cuando menos seguro estaba de mí,

empleando un lenguaje florido para conquistarme. «No hay palabras

inútiles cuando es usted quien las pronuncia...» ¿Por qué no dice ahora

lo mismo?

--¡Bastante me ha reprochado mis amables palabras! Usted las encontraba

enfáticas y exageradas, y ahora las echa de menos. ¡He ahí lo que son

las mujeres!

--Sea; somos variables, y es difícil contentarnos; ya ve usted, me

adelanto a sus reproches. Pero volvamos al asunto que yo quería abordar

ante este cielo lúgubre.

--Razón tengo en inquietarme, pues me anuncia una conversación en

armonía con el tiempo, y reconoce que es lúgubre.

--He dicho «hablemos seriamente,» nada más. Hagamos proyectos para el

porvenir ¿quiere usted? Por ejemplo ¿ha encontrado alguna ocupación que

pueda convenirle?

--¿Cómo?--exclamó Huberto, en tono de burla--¿usted también piensa en

eso? Creía que era una idea exclusiva del señor de Chanzelles, y que yo

era libre de seguir sus consejos.

--Mi padre no se explica que pueda haber alguien desocupado: hay que

perdonarle esta preocupación, de la que yo participo, porque siempre ha

dado el ejemplo de una incesante labor y de la mayor actividad. Usted

sabe sin duda que, siendo huérfano y sin recursos, edificó con sus

propias manos e hizo prosperar la casa que representa hoy nuestra

fortuna. Siempre me dijo que no consentiría de buena gana en otorgar mi

mano a un desocupado. Conociendo su amor al trabajo, educada también en

la admiración del esfuerzo individual, me había yo prometido conformarme

a su deseo, al elegir un marido. Pero he aquí, que una casualidad...

feliz... lo ha conducido a usted hacia mí, y que yo no puedo cumplir mi

promesa. Busco el modo de conciliarlo todo ¿comprende usted por qué

insisto?

--Mi deseo es hacer su gusto, pero no me es posible encontrar una

ocupación en seguida. Necesito un trabajo honorable, de poca sujeción, y

que produzca bastante para justificar mi deserción... es difícil.

Veamos, reflexione: con mis ocho mil pesos de renta y su dote, tenemos

la existencia asegurada. Podremos viajar, vivir al capricho de nuestra

fantasía. Reconozca que sin necesidad va usted a perturbar todos mis

proyectos.

Luego, irónicamente, añadió:

--¿Es por conservarse más independiente por lo que usted desea que yo

tenga una ocupación? Si es por esto, nada tiene que temer; estaré

siempre bastante comprometido en el engranaje social para dejarla libre

durante largas horas, si así lo desea. Créame, usted será la primera en

agradecerme la manera como organice todo para nuestra mayor comodidad.

--No es la idea de librarme de su afectuosa tutela la que me induce a

hacerle este ruego; lamento igualmente que usted haya podido

suponerlo--repuso la joven algo entristecida,--pero, ¿se tiene jamás la

seguridad de conservar una fortuna? ¿Quién conoce el porvenir? Hay

catástrofes financieras terribles... Sin ir tan lejos, mi padre, cuya

fortuna consiste, en su mayor parte, en la fábrica de cristales, podría

verse comprometido por alguna desgracia imprevista...

Estas últimas palabras causaron a Huberto cierto malestar; para

disimular las ideas que le sugerían, interrumpió a la joven y dijo

afectando un temor cómico:

--¡Qué desgracia! ¡Usted me hace estremecer! ¡Volemos en socorro de su

querido padre!

--No hay que reírse... hay huelgas... revoluciones... y muchas otras

calamidades... No sería la primera vez que se viera derrumbarse una

importante casa industrial.

Las huelgas y las revoluciones parecieron a Huberto peligros bastante

problemáticos, lo cual tranquilizó su espíritu.

--Amiga mía--dijo, tomando las manos de la joven,--no me gusta oír su

linda voz predecir tan lúgubres acontecimientos, ni a sus labios

pronunciar tan fatídicos presagios... El sol ha vuelto a brillar,

hablemos, pues, de cosas más alegres, desde que es el estado del cielo

lo que inspira los temas de su conversación.

María Teresa comprendió que los sentimientos que invocaba no harían

jamás vibrar ninguna cuerda en Huberto. Renunció a convencerlo y dijo

conciliante:

--¡Qué fastidiosa soy! ¿verdad? Perdóneme, pero mi padre me inspira

tanta admiración que estoy mal preparada para apreciar a los que no

tienen su ideal de vida. Además, me desolaría ver nacer motivos de

discordia entre ustedes dos, y por esto es por lo que quiero

prevenirlos...

--Volveremos a conversar sobre este asunto, se lo prometo. En este

momento, voy a comunicarle mis proyectos; espero que le agradarán:

inmediatamente de nuestro casamiento, partiremos para Florencia; es una

ciudad interesante que no le disgustará conocer. Después iremos a

Palermo a tomar el yate que mi primo Martholl Grainville pone a nuestra

disposición para dar un paseo por el Adriático.

Pero la joven no tuvo tiempo de aprobar este programa. El ruido de un

carruaje que penetraba bajo el pórtico del hotel la inquietó.

--¿Qué es eso?--exclamó levantándose.

Casi inmediatamente sonaron las campanillas eléctricas y voces, en el

silencio de la casa. María Teresa se excusó y salió precipitadamente.

Algunos minutos después, la puerta del salón se abría, para dar paso al

señor Aubry, sostenido por sus dos hijos.

Estaba muy pálido; se dejó caer pesadamente sobre un sofá; luego, a

Martholl le dijo:

--Discúlpeme de presentarme en esta triste figura... me he desvanecido

en la fábrica y han tenido que traerme en coche como un bulto.

Al pronunciar estas palabras con voz débil, el señor Aubry trataba de

sonreír.

--Señor--protestó Huberto,--usted me deja confuso; creo que puedo ser

considerado por usted como perteneciente a su familia.

La señora Aubry entró. Se dirigió hacia su marido, le tomó las manos y

le preguntó, temblorosa:

--Amigo mío, ¿qué tienes? ¿qué ha sucedido?

Jaime la interrumpió:

--Querida mamá, no te alarmes. El médico que se llamó cuando papá se

encontraba mal, me ha tranquilizado; es un exceso de debilidad causado

por el trabajo.

--No me sorprende, tu padre se fatigaba mucho desde hace algún tiempo.

--Sí, pero además hay otra cosa, de la que podemos hablar, pues estamos

en familia... Mi padre ha recibido en la tarde una noticia que lo ha

trastornado.

--Es cierto--declaró el señor Aubry con voz débil,--he tenido una fuerte

conmoción... moral... una gran contrariedad... No sé lo que pasó

después... me desvanecí.

--Rousseau, el jefe de los talleres encontró a papá tendido, sin

conocimiento, en su escritorio. Afortunadamente tuvo la feliz idea de

mandar buscar un médico y de llamarme por teléfono.

--No te inquietes, querida mía--y el señor Aubry para tranquilizar a su

esposa trató de afirmar la voz:--estoy mejor. Pero quisiera acostarme.

Jaime, hazme el favor de telegrafiar a Juan que venga inmediatamente; lo

necesito.

Y como Jaime comprendiera que su padre estaba agitado por una

preocupación grave, se apresuró a tranquilizarlo.

--Puedes estar seguro, papá, de que Juan se hallará aquí mañana a la

noche, si no es imposible. Corro al telégrafo.

--Excúseme, señor Martholl--balbuceó el señor Aubry levantándose

penosamente,--voy a pasar a mi cuarto, no puedo más...

Y sostenido por su mujer y su hija, salió del salón.

María Teresa volvió pronto, con el rostro oscurecido y los ojos húmedos.

--Mi querida María Teresa, no se atormente usted--le dijo

Huberto,--esto será nada seguramente, un poco de anemia, sin duda.

--Estoy trastornada de ver a mi padre en ese estado: jamás ha estado

enfermo. ¿Usted ha visto qué mala cara tiene? Está preocupado; por eso

tiene fiebre. ¡Dios mío, si Juan estuviera aquí! él sólo puede ocuparse

útilmente de nuestros intereses, evitando toda molestia a mi padre.

--Ese Juan de quien usted habla ¿es aquel hermoso joven de aspecto

salvaje, que parecía aburrirse tanto en Saint-Jouin, el día que hicimos

el paseo?

--Es él. Excúseme, Huberto; tengo que dejarlo solo otra vez, debo subir

a acompañar a mi padre.

--Vaya, querida amiga; además, me despido de usted hasta mañana que

vendré en busca de noticias.

--¡Oh! ¡sí, venga! Consuela tanto verse rodeado, protegido, cuando la

desgracia abate... Venga, Huberto, por mi padre, por mí, sobre todo. Lo

espero...

Y como el joven le besase respetuosamente la mano y se alejase sin

pronunciar una palabra más, experimentó una gran decepción. Ella, que

observaba con serenidad los acontecimientos, sintió de pronto llenarse

su corazón de tal angustia, que se desplomó sobre un sillón,

sollozando.

Incertidumbre · 第 15 / 22 题