XII

Huberto aguardaba el regreso de su madre que había ido a pedir la mano

de María Teresa. Se paseaba por el salón fumando y empezaba a

impacientarse. Aunque no abrigaba inquietud alguna, estaba deseoso de

conocer la impresión de su madre respecto a María Teresa y de su

familia. Para él esa opinión tenía gran peso.

A fin de calmarse, calculaba que la distancia era grande entre el

Luxemburgo y la calle de Artog, donde vivía la señora Martholl, y que,

en suma, aquella tardanza no podía ser sino de buen augurio, dado que la

visita se prolongaba.

La señora Martholl, de la familia Reversy-Jollambeau, tenía gran

influencia sobre su hijo. Orgullosa y altiva, creía identificar en su

persona las clases «elevadas y superiores.» Por esto mismo se atribuía

el derecho de imponerse a todos, y estaba persuadida de que

personificaba el buen tono.

No faltaba mucho para que se considerase como una rueda esencial en el

mantenimiento del orden social. Teniendo numerosas relaciones, las

conservaba como si hubiera sido un deber de Estado; juzgaba haber

cumplido ampliamente los deberes de caridad que le incumbían cuando

había inscripto su nombre en la lista de las damas del patronato de

todas las obras que podían gloriarse con su ilustre presidencia. Sin

embargo, hacía todo con benevolencia, pues el mundo, para ella, se

componía casi únicamente de personas inferiores.

Viuda de Patrick Martholl, consejero de Estado del segundo Imperio,

había educado a su hijo de una manera singular, cultivando su egoísmo

natural. Toleró sus distracciones elegantes en cuanto podían hacerlo

interesante a los ojos del mundo; pero se mostró de una severidad

extrema respecto a la elección de sus relaciones y al cumplimiento de

los deberes exteriores que correspondían, según ella, a un joven de su

rango.

Sobre el matrimonio, particularmente, sus ideas eran bien definidas;

Huberto las conocía, y aprobaba la línea de conducta que desde muy antes

ella le había trazado. La señora Martholl exigía que su nuera tuviera

por lo menos seis mil pesos de renta. Era también necesario que

perteneciera a una familia conocida, noble, tanto como fuera posible, en

todo caso, de una honorabilidad perfecta. Además debía ser linda,

distinguida, bien educada, obediente y piadosa.

Huberto, que trataba a muchas señoritas, comenzaba a desesperar de

encontrar la mujer soñada por su madre, cuando, en Etretat, halló este

ideal en María Teresa. Seducido desde un principio por su gracia, se

informó de la posición de su padre, y habiendo sabido que María Teresa

respondía absolutamente, en cuanto a fortuna y a honorabilidad, al

programa que le había sido impuesto por su madre, se apresuró a su

regreso a hablarle de ella con entusiasmo; la señora Martholl se

interesó de su noviazgo y casi conquistada, se sometió de buena gana a

dar los pasos oficiales acerca del señor Aubry de Chanzelles.

Al sonar la campanilla que anunciaba el regreso de su madre, Huberto se

apresuró a salir a su encuentro. Era una señora flaca, alta, fría y

pálida. Vestida siempre de negro, aparecía imponente.

--¡Y bien! madre, ¿está usted contenta? ¿le gusta a usted la joven? ¿ha

sido bien recibida por sus padres?

--Habría sido sorprendente--dijo ella sentándose en un alto sillón, cuya

forma rígida armonizaba con el aspecto altivo de su persona,--que no

hubiera sido bien recibida nuestra demanda. La contestación es conforme

a tus esperanzas, hijo mío.

--¿Cómo ha encontrado usted a María Teresa y a los Chanzelles?

--La señorita María Teresa me ha gustado, es distinguida y no se parece,

convengo en ello, a todas esas jóvenes alocadas de hoy. La familia es

bien honorable; pero vas a tener una decepción: su situación pecuniaria

no es tan hermosa como tú imaginabas.

--¡Ah!--dijo Huberto inquieto--¿hay diferencia grande entre mis cálculos

y la realidad?

--La fortuna del señor Chanzelles está colocada en negocios, y no puede

dar a su hija más que sesenta mil pesos en dinero efectivo; pero le

pasará una renta anual de tres mil pesos. Importa ahora saber si la casa

Aubry es bastante sólida para garantir el pago regular y continuo de la

renta prometida. El señor de Chanzelles me ha expresado también su deseo

de que no permanezcas desocupado. Esta petición me ha sorprendido; le

he hecho observar que las dos fortunas de ustedes reunidas, les asegura

la independencia, pero he agregado, sin embargo, que tú consentirías de

buena gana en aceptar una ocupación, en relación con tus gustos y las

ideas que profesamos al respecto. No le he ocultado que con el Gobierno

actual la política es carrera cerrada y que tengo horror a los negocios,

porque los considero como aventuras y no estoy dispuesta a permitir que

se juegue con nuestro nombre. He tomado ya informes sobre la casa de

Aubry; hasta ahora no he descubierto nada que no le sea favorable; pero

hay que continuar la información; en esta clase de asuntos nunca hay

demasiada prudencia.

--Es cierto; pero yo amo a María Teresa y, al casarme, no contraigo

únicamente un matrimonio de conveniencia.

--Comprendo que te gusta esa joven y apruebo tu proyecto de hacerla tu

mujer; pero, tú lo sabes como yo, si no aporta con su dote tanto como

tú, la vida os será difícil y no podrán mantener su rango. ¡Se necesita

tanto dinero hoy para figurar en nuestro mundo! Aparte de esta

restricción, no tengo ninguna objeción que hacer; esa joven te conviene

mucho. Te pido, pues, hijo mío, que te procures informaciones serias

sobre esa cristalería que representará una parte importante de la renta

de ustedes.

--Puede usted estar tranquila, madre; un matrimonio mediocre no me

convendría, y aunque María Teresa sea bastante seductora para justificar

una conducta irreflexible, seré circunspecto. Por lo demás, lo repito,

mi decisión no data sino del día en que me informé de la solidez de la

casa Aubry.

Huberto tomó la mano de la señora Martholl y llevándola a sus labios,

añadió:

--Sólo me resta agradecerle a usted sus gestiones.

--Está bien, hijo. Piensa en mis recomendaciones y ten la seguridad de

que sólo la preocupación de tu felicidad y situación guía mis actos e

inspira la prudencia que te aconsejo. Obra discretamente; pero no te

guíes por las apariencias, por excelentes que sean. Adiós, hijo mío.

--Adiós, madre.

Cuando Huberto dejó el sombrío departamento de la calle Astorg, llevaba

ideas pesimistas. En ese día la inquietud que ennegrecía su espíritu se

traducía en molestas cuestiones de dinero; quería que sus intereses

quedasen garantidos, porque podían procurarle comodidades y placeres;

pero era bastante gran señor para no querer hablar de ellos.

--Vamos--pensaba con melancolía al marcharse--esto no está concluido

todavía; habrá que hacer diligencias e informaciones; ¡con tal que no

tenga desilusiones y el producto de esa cristalería sea el que me han

asegurado! Mi madre es demasiado desconfiada: personas y

acontecimientos, todo le es sospechoso. ¿Qué tenemos que temer si los

informes que tengo son perfectos?

Absorto en estas meditaciones, se encaminaba hacia la Magdalena. Un

violento deseo de ver a María Teresa lo dominó de pronto; se detuvo al

borde de la acera, levantó su bastón en ademán de llamar: un fiacre se

aproximó. Se hizo conducir a casa de los Chanzelles esperando que la

linda cara de su novia, disiparía el fastidio que esta conversación

había dejado en su espíritu.

Incertidumbre · 第 14 / 22 题