La señora de Blandieres era muy amiga de infancia de la señora Aubry.
Huérfana y sin fortuna, se había casado muy joven con Héctor de
Blandieres, coronel retirado de caballería. Durante doce años tuvo que
dedicar sus cuidados a su anciano marido y a sus dos hijas, llevando una
vida monótona e incómoda, pues el coronel, a causa de la gota, que le
sobrevino con la edad, había adquirido un carácter agrio y mostraba
gustos difíciles.
La muerte de su marido la libró de tales incomodidades. Deseando huir de
un lugar donde tanto había sufrido, abandonó el castillo de Blandieres,
lo vendió, y fue a instalarse en París, con la firme intención de
indemnizarse de los tristes años que había pasado. Arrendó un hermoso
departamento en la calle General Foy, y terminado su período de luto, se
lanzó al mundo con frenesí.
Independiente, linda, rica y elegante, se vio en seguida bien estimada y
solicitada. Esta existencia de placeres la absorbió completamente.
Visitar mucho y recibir más aún, fue su única ocupación; sentía por la
vida social, verdadero fervor.
Ocupada únicamente de los ritos, ceremonias y prescripciones que rigen
las obligaciones de una mujer que quiere brillar en la carrera difícil
de alternar en el gran mundo, disipaba su fortuna para alcanzar este
fin; pero la disipaba alegremente, y encontraba la recompensa de sus
esfuerzos en las crónicas de los diarios relatando sus paseos y sus
recepciones; las líneas de elogios de los ecos sociales la halagaban,
aunque, a menudo, era ella misma quien pagaba la inserción. Esta
consideración, completamente secundaria para ella, no amenguaba su
satisfacción.
La noche de la tertulia, anunciada algunas semanas antes en la casa de
la señora Aubry, los salones de la señora de Blandieres presentaban un
magnífico aspecto, y la alegría era ya grande cuando los Aubry llegaron.
La primera persona que María Teresa percibió, fue a Huberto, quien,
semioculto detrás de una tapicería de Beauvais, no quitaba los ojos de
la puerta de entrada. La joven se sintió lisonjeada al verse así
esperada.
Martholl avanzó hacia ella en el momento en que, habiéndose quitado el
amplio abrigo de pieles, apareció, fresca y luminosa, con su vestido de
tul pálido.
--¿Sería indiscreto si le rogase que me reservara todos los
valses?--preguntó él, ofreciéndole el brazo.
--Sería algo más que indiscreto, y yo no puedo autorizar semejante
monopolio--respondió sonriendo María Teresa.--¿Cree usted que no
encontraré tan buenos bailadores como usted entre todos esos jóvenes?
--No es como bailador, por lo que yo pido la preferencia. Usted sabe
bien por qué espero bailar con usted sola esta noche...
Y mientras hablaba, con una presión suave de su brazo, sobre el cual se
apoyaba la mano de la joven, la atrajo hacia él. María Teresa, turbada,
trató de separarse un poco.
Huberto continuó:
--¿Quiere usted que la lleve donde están sus amigas? Hay allá, al
extremo de los salones, un rincón florido en el que esas señoritas han
establecido su cuartel general. Están hermosísimas esta noche; Mabel
d'Ornay deslumbra; pero usted va a eclipsarlas; está usted maravillosa
con su toilette.
--Vaya--dijo María Teresa con coquetería,--no me haga tantos
cumplimientos al empezar la noche, no tendría nada que decirme a las dos
de la mañana.
--Tiene usted muy pobre idea de mi imaginación; ¿le parece que tan
pronto quedaré agotado? Además, la admiración que tengo por usted me
hace capaz de ejecutar variaciones sobre este tema durante interminables
días e interminables noches.
--¿El talento de Scheherazade sería escaso al lado del suyo, entonces?
--No, pero compadezco sinceramente a esa pobre persa que tuvo que hablar
durante tantas noches sin contar con los mismos motivos de inspiración
que yo.
Hablando así, llegaron ante el grupo formado por las jóvenes. Estas
hacían por disimular en sus labios una sonrisa burlona al ver avanzar a
María Teresa con Huberto.
--¡Qué suerte!--exclamó Alicia con su voz aguda,--¡al fin llega! Querida
mía, si usted no hubiera venido, Martholl habría pasado la noche entre
las cortinas. ¡Hace más de una hora que se ocultaba bajo las mamparas,
acechando a los que llegaban, y como no la veía entrar a usted, empezaba
a poner una cara!...
--¡No es muy amable para nosotras semejante conducta!--protestó Juana,
igualmente indignada de la defección de un compañero tan envidiable.
--El grupo encantador que ustedes formaban no estaba completo--explicó
Huberto.--Yo esperaba a la señorita de Chanzelles para traerla con
ustedes.
--Por su buena intención, yo lo perdono--dijo Diana pegando ligeramente
con el abanico en el hombro del joven.--¡Pero cuidado con hacerlo otra
vez! Señoritas, perdónenlo ustedes también; con Martholl nadie puede
enojarse en una noche de baile: la que él no invitase, quedaría
demasiado castigada.
Y como el preludio de un vals se hiciera oír, una por una las jóvenes se
alejaron del brazo de sus respectivos compañeros. María Teresa y Huberto
no tardaron en quedar solos.
--¡Al fin!--dijo el joven,--al fin ha llegado el momento que yo esperaba
con tanta impaciencia. ¡Tengo tantas cosas que decirle! ¿No quiere usted
escucharme? No me mire con ese aire de altiva indiferencia; usted sabe
bien que yo la amo. ¿Recuerda sus palabras, cuando me marché de Etretat?
«En París, le diré si usted debe esperar...» Ya estamos en París, puede,
pues, contestarme. Me es imposible seguir viviendo así. Mi primera idea
fue pedir a mi madre que fuese a hablar al señor de Chanzelles, pero he
tenido miedo; usted no me había autorizado a hacerlo. Dígame, se lo
ruego, si consiente usted esa gestión... Deseo que usted misma me
conteste. ¿No comprende cuán desgraciado soy esperando
indefinidamente?...
--No podemos quedarnos en este rincón aislado--murmuró María Teresa
levantándose,--entremos en el salón.
Luego, volviendo hacia Huberto su cara sonriente:
--Para que tenga usted paciencia, le concedo este vals.
Pero Huberto continuaba:
--Usted no se librará de mi demanda importuna con el don de un vals. No
la dejaré esta noche sin haber obtenido una respuesta cierta.
Y de nuevo, oprimía contra él el brazo de la joven.
Cuando llegaron al umbral de los salones iluminados a giorno por globos
eléctricos revestidos de flores, Huberto la enlazó y la arrebató en
vertiginosos giros, al son de una orquesta de zíngaros.
En su vestido de tul que la envolvía como una nube, esfumando
graciosamente sus formas finas y puras, María Teresa estaba
interesantísima. Las palabras que le murmuraba Huberto le daban una
animación, un brillo insólito; atraía todas las miradas. Además, los dos
jóvenes formaban una pareja tan encantadora, que todos se detenían para
admirar la flexibilidad y la gracia de sus movimientos.
La joven, al sorprender las miradas de sus amigas fijas en ella,
presintió que le envidiaban aquel novio probable, y esto no la
contrarió. Por lo contrario, experimentó cierta satisfacción, como si la
circunstancia de que Martholl gustase de ella la hubiese hecho superior
a las otras jóvenes allí reunidas. Eran ideas que nunca se le ocurrían,
pero que, en aquel instante, bajo la influencia de aquel ambiente
tendían a impresionarla en favor de Huberto.
Él también gozaba de aquel homenaje rendido a la mujer que había
elegido.
Así, en el corazón de ambos, la vanidad, satisfecha de excitar envidia,
contaminaba un poco el amor naciente. El contacto del mundo ejerce
presión o turba las inclinaciones del sentimiento.
Bailaron varias veces, pues Huberto no quería alejarse de María Teresa,
como para afirmar los derechos que esperaba obtener. La joven se
apercibió pronto que se cuchicheaba sonriendo cuando ellos pasaban;
pero, enervada por el placer y mecida por el ritmo de los valses, oía
complacida los ruegos que renovaba Huberto, sin fijarse que mostrándose
siempre juntos durante toda la noche, daban lugar a la maledicencia.
En aquel momento, no se explicaba su indecisión en acceder a las
súplicas de Huberto. Ninguno de los jóvenes que la rodeaban tenía su
elegante presencia. ¿Qué más podía pedir? ¿No sería muy agradable
pasearse por el mundo del brazo de tal marido? Diana tenía razón; era
verdaderamente chic.
En los momentos en que se preparaba el cotillón, alguien vino a decirle
a Huberto:
--La señorita Alicia de Blandieres lo espera en el salón azul.
Huberto se aproximó a María Teresa.
--Alicia de Blandieres me hace llamar, probablemente para dirigir el
cotillón con ella. Yo me niego. ¿Quiere usted permitirme que pase a su
lado el final de la noche?
--¡Eso no estará bien hecho! ¿no recuerda usted que dijo a Alicia,
cuando lo invitó, que no podría asistir al cotillón?
--Sí, pero he cambiado de parecer. ¿Cree usted que yo voy a privarme del
placer de quedarme a su lado durante algunas horas más por no contrariar
a esa joven que tiene el aplomo de forzar el consentimiento de las
personas?
Entonces ¿por qué le hizo la historia de que tenía otra invitación para
esta noche?
--Para no prometerle una cosa que yo esperaba obtener de usted. Suponía
que de entonces acá se le habría pasado su propósito; pero parece que
cuando tiene algo en la cabeza...
Fue interrumpido; Alicia venía hacia ellos:
--Ha sido muy amable usted, Martholl, en no haberse ido. ¿Es María
Teresa quien ha sabido retenerlo tan bien? ¡Mis felicitaciones, querida!
¿Sería indiscreta pidiéndole que me cediera su inseparable caballero?
Supongo que también el cotillón ha influido para que se quedase, pues yo
le había prevenido que contaba con él. Vamos, una buena voluntad y
cédame a este apreciable Martholl; yo devuelvo siempre las cosas
prestadas; lo tendrá, pues, para algunas figuras, ya que parece
interesarse tanto por él.
María Teresa había palidecido. El tono burlón con que Alicia había
declamado su singular petición, la sorprendió de tal manera que no
encontró nada que contestar. Huberto, irritado por aquella salida, dijo
bruscamente:
--Señorita, si bailar con usted es un impuesto que usted establece sobre
sus huéspedes, no tengo más que dejarme ejecutar, pero siempre contando
con que la señorita de Chanzelles que ha aceptado mi invitación, quiera
desligarme de mi compromiso.
María Teresa, que se había repuesto, lo interrumpió para decir, serena y
fría:
--¡Excúsese usted, querida amiga! pero no presto al señor Martholl; lo
guardo por toda la noche, y sin duda, por mayor tiempo aún. Me alegro
mucho de que, gracias a su falta de tacto, usted sea una de las primeras
en saber una cosa que le causará placer, indudablemente: el señor
Martholl y yo somos novios...
Alicia, estupefacta al oír esta nueva, no encontró nada que decir.
Confusa, balbuceó algunas vagas felicitaciones; luego, pretextando
urgencia, se fue a buscar otro compañero, no sin esparcir inmediatamente
la gran noticia.
Cuando María Teresa y Huberto quedaron solos, se miraron, estupefactos a
su vez. En él, pronto estalló un sentimiento de triunfo; en ella, una
turbación infinita. Gracias a la intervención de aquella extraña Alicia,
María Teresa acababa de comprometer su palabra. ¿Por qué tan
ligeramente? Ella sentía crecer en su corazón un vago remordimiento al
pensar en el mezquino móvil que la había impulsado a realizar aquel acto
tan grave. Estaba confusa y asustada de su decisión.
Huberto temía casi un arrepentimiento de la joven, no explicándose bien
cómo un incidente tan fútil, frisando en lo ridículo, había provocado
bruscamente la declaración que él solicitaba.
Y permanecían allí, mudos y molestos los dos, sin alegría, sin
felicidad, aturdidos y desconcertados.
El enjambre de parejas que se instalaban para el cotillón, obligándolos
a moverse, los libró en parte de su perplejidad. En la algazara de las
solicitudes de baile, de la remoción de sillas, de los primeros acordes
del interminable vals, Huberto murmuró, al fin, algunas palabras de
gratitud:
--Usted acaba de hacerme muy feliz, mucho más feliz de lo que podría
imaginarse. ¡Gracias, María Teresa!
Entonces ella balbuceó, ruborosa, oprimida la garganta:
--Su señora madre puede ir a ver a mi padre.
* * * * *
En la oscuridad del cupé, María Teresa, temblorosa todavía, contó a su
madre, excusándose, lo que había ocurrido. La señora Aubry comprendió el
motivo que había impulsado a su hija a proceder con tanta precipitación.
Lejos de hacerle ningún reproche, la estrechó con ternura, diciéndole:
--Supongo que no lamentas nada...
--No, mamá querida. Esta noche me había dado cuenta de que no podía
prolongar más tiempo aquella situación. Huberto exigía una respuesta
definitiva; este incidente no ha hecho, pues, más que adelantarla un
poco. Ciertamente, me habría gustado que las cosas hubieran pasado de
otra manera; ese brusco consentimiento, lanzado como desafío a la pobre
Alicia, nuestra actitud confusa, todo aquello fue torpe, si no grotesco.
Pero, ahora, deseo una cosa que, espero, tendrá tu aprobación; es que
nuestro noviazgo dure varios meses.
--Eso depende exclusivamente de tu voluntad, hija mía, yo no tengo para
qué intervenir. Será como tú quieras.
María Teresa inclinándose hacia su madre y besándola con efusión dijo:
--¡Qué buena eres, mamá mía!
Cuando el coche entraba por la puerta principal del hotel, María Teresa
se asomó a la portezuela. El señor Aubry había abandonado el baile mucho
antes que su familia; pero sin duda trabajaba todavía, porque la ventana
de su gabinete se destacaba iluminada en la oscuridad del gran patio.
--Papá está despierto--dijo María Teresa--voy a prevenirlo; ¡cómo se va
a emocionar!
--Tanto como yo, querida mía--dijo la señora Aubry estrechando
cariñosamente a su hija.