Poco a poco todos abandonaban a Etretat. En el Casino, en la playa, no
se veía sino alguno que otro bañista. Una vida tranquila, retirada, en
el interior de las villas, reemplazaba al movimiento y a la animación
que había reinado durante la estación.
La señora Aubry gustaba mucho del encanto del otoño; disfrutaba
entonces, durante algunas semanas, de un verdadero reposo, por lo cual
demoraba su regreso hasta los primeros días de noviembre. Esta decisión
no era recibida de igual manera por las dos primas. Desde que no se veía
rodeada de una sociedad dispuesta a divertirse y ocupada exclusivamente
en crear distracciones nuevas, Diana se aburría espantosamente. Apurada
por volver a París, a sus visitas y a sus correrías por las tiendas, se
quejaba de la humedad de la atmósfera, de la tristeza del paisaje, de la
soledad, pues las villas se cerraban una a una y la única distracción
mundana consistía, durante el mes de octubre, en concurrir a la estación
del ferrocarril, a despedir a los que se marchaban.
María Teresa, por lo contrario, gozaba ante aquella playa desierta y le
encontraba encantos no sospechados.
Después de la partida de la muchedumbre abigarrada y tumultuosa de los
bañistas, le parecía que la Naturaleza cambiaba de aspecto. Para
recibir a los huéspedes fugaces, para no espantar los ojos de los
ciudadanos, más habituados a las decoraciones teatrales, parecía que a
su real magnificencia, esta Naturaleza consentía en mostrarse más vulgar
y menos salvaje. Debía ser una concesión hecha a estos profanos, venidos
de las ciudades para pasmarse de admiración ante ella, durante dos
meses, y que, transcurrido este tiempo, se apresuraban a huir y
olvidarla.
El mar también se presentaba de otra manera a la vista de la joven, más
grandioso y más trágico, batiendo incesantemente las costas abruptas.
¿Era este paisaje el mismo que habían contemplado los concurrentes al
Casino? Ahora flotaban sobre él vaporosos velos de brumas, y aquella
tierra normanda color verde de esmeralda pálida, sin horizontes,
humedecida por la niebla, parecía salida, como en las primeras edades
del mundo, de las ondas y del caos. María Teresa, que conocía todos sus
rincones, procuraba a su imaginación el placer de evocar regiones
desconocidas en los mismos sitios donde existían granjas, villas y
aldeas.
Era sobre todo en los días en que el cielo estaba más brumoso y causaba
más ilusiones, cuando María Teresa prefería pasear a través de los
campos. Seguida de Flog, su perro de pelo rojizo, vagaba al gusto de su
fantasía por los senderos que serpenteaban entre los matorrales.
De tiempo en tiempo, desatendía la Naturaleza para pensar en Huberto. Lo
veía bajo la alameda, besándole las manos. ¡Era, pues, cierto! ¡La
amaba! Nadie hasta entonces le había hablado así. De aquella voz
musical, arrulladora, le venían las primeras palabras de amor que
hubiera oído. ¿Por qué le había gustado a él? ¿Por qué ella, más bien
que alguna de las otras? ¿La encontraba, pues, más seductora, más
amable, más inteligente que las demás jóvenes que conocía? La había
elegido entre sus amigas, tan hermosas... Jamás se le ocurrió que
pudiera ser la preferida. Y, sin embargo, Huberto no esperaba sino una
palabra suya para pedir su mano. De lejos, se le representaba más
seductor. Recordaba sus actitudes elegantes, su rostro distinguido
cortado por un bigote dorado. La idea de que fuera un espíritu
superficial, no inquietaba a la joven, tanto la había conquistado su
flirt galante, cuyo recuerdo exageraba, y a veces se sorprendía contando
los días que la separaban del miércoles en que lo volvería a ver.
¡Cuánto lugar ocupaba en su vida, aquel desconocido de ayer! Pensando
siempre en él, recordaba las reuniones, los bailes, los paseos, todas
las ocasiones que había aprovechado, solícito, para acercarse a ella y
expresarle sus sentimientos.
Después de agotar estos recuerdos, formaba proyectos para el porvenir;
pero, cuando imaginaba lo que sería su existencia si el destino los
unía, no se representaba más que fiestas, viajes, diversiones de todas
clases. Se le hacía imposible evocar la imagen de una vida tranquila,
íntima, serena, en la calma del hogar, en compañía de aquel mundano tan
imperiosamente absorbido por la vida exterior.
No; no se veía con él, al lado del fuego, trabajando a la luz de la
lámpara, con niños jugando a su alrededor. Huberto no sería jamás un
hombre de casa, capaz de comprender estos íntimos placeres. ¡Y ella
habría deseado imitar a sus padres que eran tan felices en su
inalterable comunidad! El señor y la señora Aubry envejecían juntos, en
una ternura recíproca que los años no debilitaban.
Su ejemplo probaba a María Teresa que no se engañaba ambicionando los
goces de la familia. En la tarde de la vida, la felicidad consiste en
hallarse juntos; pero para disfrutar de la dulce paz del hogar, no hay
que abandonarlo por mucho tiempo, si no el encanto se rompe y la
felicidad vuela para no volver más.
El alma fuerte y recta de María Teresa la hacía prudente, aunque
estuviese bajo la influencia sugestiva de Huberto, y si
inconscientemente prolongaba el misterio de su decisión, era para
estudiar a aquel futuro novio y no exponerse a entregar a un ser indigno
la hermosa y noble ternura que los corazones apasionados transforman en
perdurable amor.
Tanto para dedicarse a estos pensamientos, María Teresa buscaba la
soledad, cuanto para huir de su prima, cuyas observaciones la
horripilaban, porque acentuaban el lado snob que lamentaba encontrar en
Huberto.
Un día que la joven volvía de un largo paseo, encontró a Diana leyendo
en el salón, recostada sobre un diván. Esta al ver entrar a su prima la
recibió con una risa burlona.
--¡Es posible ponerse en ese estado! ¡Pero si estás cubierta de barro!
Dime ¿qué extraño placer encuentras en caminar durante horas enteras
sobre la tierra mojada? Dirás lo que quieras--continuó, después de un
bostezo prolongado,--el campo es insípido en esta época, y es necesario,
para complacerse en él, tener gustos muy extravagantes o... ¡estar
enamorada! Felizmente, mi tía acaba de darme una buena noticia; nos
vamos después del día de Todos los Santos, es decir el martes. ¡Ya era
tiempo! Se me figuraba ser uno de esos vestidos apolillados que se
olvidan en los armarios.
--Me gustan tus comparaciones--dijo María Teresa mirando humear sus
botines húmedos ante el fuego de la chimenea;--no son vulgares.
--Escucha--exclamó Diana que ya seguía otra idea,--vamos a estar bien
ridículas al llegar a París: sombreros de paja en pleno noviembre...
--¡Bah! los reporters de la moda no hacen guardia alrededor de las
estaciones como en el Club Hípico.
--Me inquieta un poco el trayecto de la estación a casa, pero no tengo
otra cosa que ponerme, y se necesitan varios días para enterarse de lo
que se usa y otros tantos para elegir entre las creaciones nuevas.
--¡Puedes estar tranquila! no quedarás deshonrada porque te vean con una
toilette que no es de otoño.
--Depende de la persona que encuentre. No quisiera que fuera Martholl,
por ejemplo.
--¿Por qué eso?
--Porque constituye, para mí, el árbitro de la elegancia. Es curioso
cómo entiende de toilettes femeninas. ¿No has notado que nos mira
siempre de pies a cabeza como si fuera un juez en un concurso de
belleza? Así es que halaga cuando pronuncia flemáticamente «Tiene usted
un lindo vestido» o «Ese sombrero es maravilloso.» A mí me ha otorgado
algunos elogios, en este verano ¡pues bien! quedé tan orgullosa de ellos
como el día en que gané un conejo, tirando al blanco en la feria de
Neuilly, después de haber agujereado seis veces el centro.
--Sin duda, Martholl se alegraría mucho de oírte a juzgar por el efecto
que te producen sus elogios; ese joven debe poseer el alma de un gran
modisto.
--¿Es con intención de despreciarlo como hablas así? Hay ironía en tus
palabras...
María Teresa no se dignó contestar; Diana calló un instante y repuso,
mirando socarronamente a su prima:
--¿Quieres que te diga una cosa? Tú eres muy reservada; no quieres
hacerme confidencias; disimulas tu juego. Vamos a ver, confiesa de una
vez que te ha hecho la corte.
--Si te has apercibido, es inútil preguntármelo.
--Me gustaría saber en qué punto está ese flirt trascendental, y si
Huberto te agrada.
--Ciertamente que me agrada; pero no lo conozco bastante para tener un
sentimiento definitivo hacia él.
--¿Esperas, para decidirte, verlo en París en traje de ciudad? ¿Temes
otra desilusión como la que tuvimos el año pasado, al encontrar de
levita y sombrero alto, a aquel Marcelo Mingot que nos había parecido
tan bien aquí, con su gran fieltro gris y su elegante traje de ciclista?
--¡No, no! sobre este punto estoy tranquila; de cualquier manera que
Martholl esté vestido, ha de ser siempre con el esmero que le vale
tantas admiradoras. Quisiera solamente, para tomar mi resolución, ver a
Martholl con más frecuencia, para conocerlo mejor.
--¿Sabes una cosa? ¡Pues bien, me ha sorprendido que se entusiasmara
tanto contigo!
--Eres muy amable; tu cumplido me conmueve.
--Antes de sublevarte, espera que me explique: Te concedo que tienes
todo lo que se precisa, y más de lo que se precisa, para gustar a los
más difíciles, puesto que eres rica y linda.
--Rica sobre todo ¿no es verdad?... Gracias ¡decididamente estás
dispuesta a hacerme justicia!
--Solamente que--continuó Diana imperturbable,--moralmente, no eres la
mujer que le conviene; tú no eres bastante fastuosa ni aficionada al
gran mundo. Seguramente, se creería que estás en él, pero, yo te
conozco, sé que con frecuencia te sales de él porque no te diviertes.
--¿Entonces?
--Entonces, creo que hay incompatibilidad de caracteres entre ustedes.
--¡Antes de buscarnos motivos de ruptura, sería prudente esperar a que
Martholl pidiera mi mano!
--Si no la ha pedido todavía, la pedirá, puedes estar segura, y no veo
qué razón te haría rechazar a un novio tan extraordinariamente chic.
Anda, no lo dudes, hay muchas probabilidades de que pronto seas la
señora de Martholl. Tú no quieres aparecer como aceptándolo muy
ligeramente; pero eso es una táctica.
--¡Oh, Diana!--protestó María Teresa;--¿por qué no has de creer en lo
que yo te digo?
--¡Pero si tú no me dices nada!
--¿Por qué he de decirte que amo a Huberto cuando todavía no es verdad?
--¡Me gusta ese «todavía» desprovisto de artificios; es revelador!...
Querida mía, querría que tomases una decisión. Te confesaré,
francamente, que me alegraré de veros casados; primero, porque siendo tú
mucho más linda que yo, me perjudicas; después, porque podríamos salir
solas. ¡Se acabaron las acompañantes! ¡qué suerte! ¡Sin contar con que
tu casamiento pondría en circulación en nuestro mundo a algunos jóvenes
más; los amigos de tu marido serían mis amigos! ¿Por qué no he de contar
con ellos?
--Esta vez, sí, me explico tu deseo de verme encadenada; pero ¿qué
importa, para tus proyectos, que sea a Martholl o a cualquier otro?
--Es que Huberto me place. Lo encuentro muy bien. Cuando vayamos juntas
al teatro me gustará tenerlo en el fondo del palco; los hombres como él,
hacen valer a las mujeres que acompañan. Es gentleman desde su peinado
hasta la forma de sus zapatos, y, al mismo tiempo, tiene una distinción,
una desenvoltura... ¡Dios nos preserve del señor vulgar, del maniquí
siempre endomingado o de la cabeza de peluquería! ¡Prefiero una cabeza
de turco!
--¡Adelante con las comparaciones!... ¡Pero, estaría yo fresca si tomase
tus ocurrencias a lo serio! Con tu manía por lo chic y el buen tono, te
olvidas de la más noble aspiración: la ternura del corazón que debe
identificar al hombre con la mujer. Las exigencias del mundo son muy
mezquinas comparadas con ese placer del alma. La intimidad sin amor, sin
un amor tan noble, tan dulce como el que une a mis padres ¿qué sería
para mí? ¡Un martirio! Permíteme, pues, que reflexione, antes de
arriesgar mi porvenir, para apresurar tu emancipación y procurarte la
vanidad decorativa de lucir a mi marido en el fondo de tu palco. ¡En
cambio, te prometo tenerte al corriente de mis decisiones, puesto que te
interesan tan directamente! Pero te pido, encarecidamente, que cuando
volvamos a París, no pregones a son de trompeta que soy novia de
Huberto, pues no lo soy aún.
--No seas tonta; si algunas veces digo lo que me pasa por la cabeza, es
porque no tiene ninguna importancia.
--Es precisamente lo que te reprocho, querida mía. Si no atribuyes
ninguna importancia a lo que dices, no le sucede lo mismo a los
interesados.
--¡Si me reprendes, no diré una palabra más!--dijo Diana recogiendo su
libro que se le había caído al suelo.
Sin embargo, después de un corto silencio, repuso, temiendo haber
contrariado a su prima:
--Cuando estemos en París ¿quieres que salgamos juntas? Iremos a tomar
el lunch al Palacio de los Campos Elíseos, y a probarnos sombreros, y a
ver los modelos del incomparable Doucet, ¿quieres?
Pero María Teresa no la escuchaba ya. Sentada delante del fuego,
amodorrada por la fatiga y por el calor que le daba la chimenea, le
parecía oír distintamente dos voces en su interior: la una acariciadora,
inspirada en las mismas ideas de Diana, que la incitaba a alegrarse de
la asiduidad de Huberto; la otra, evocando consideraciones de un orden
diferente, dominadora, imperiosa, le aconsejaba que esperase antes de
decidirse.
--¿Acaso conocía al que solicitaba unirse a ella? Cierto es que dos
meses de intimidad en el mar, ayudan a formar opinión sobre las
personas. No le había faltado tiempo para conocer a Huberto como flirt;
sabía a no dudar, que era un sportman perfecto, que su conversación de
hombre de club distraía agradablemente a su auditorio, pero se daba
cuenta también que, moralmente, le era perfectamente desconocido. ¿De
qué vivía la inteligencia de aquel hombre? ¿Cuál podía ser la naturaleza
de sus aspiraciones, el valor de su conciencia, el objetivo de su vida?
¿Hacia qué ambiciones o ensueños dirigía su voluntad?
Preveía su sufrimiento si descubría, demasiado tarde, que no se
entenderían nunca sobre ciertas cuestiones, y que las cosas que ella
consideraba más importantes, que tocaban a su corazón, lo dejaban
indiferente, si no hostil.
Lejos de imitar a la mayor parte de las jóvenes que no piden al ansiado
novio más que fortuna o una posición envidiable, ella se preocupaba
principalmente de las cualidades del alma del hombre a quien entregaría
su vida. Presentía que el matrimonio es cosa grave y que no deben
ligarse ligeramente los nudos. Para tener la seguridad de conservar
siempre su mano en la de un compañero elegido, hay que saber, primero,
si esa mano es leal, si podrá proteger, dirigir y amparar, en todas las
vicisitudes de la vida.
Educada por una madre inteligente y seria, que se había dedicado a
desarrollar el corazón y el espíritu de su hija, María Teresa había
aprendido que a veces es peligroso juzgar a las personas por su exterior
más o menos brillante; por lo cual deseaba, para apreciar la cultura
moral e intelectual de Martholl, que se presentasen otras circunstancias
distintas del período del flirt de los baños de mar. Su sensatez la
inducía a escuchar la voz de la razón que le aconsejaba no precipitar su
elección, no apresurarse a contraer compromiso bajo la influencia de la
atracción innegable que sentía hacia aquel joven.
X
Los Aubry de Chanzelles habían regresado a París hacía un mes. Ocupaban
un antiguo palacio de la calle Vaugirard. Las dimensiones de las piezas,
la altura de los techos, la tranquilidad del vasto patio, donde una
discreta hierba verdeaba el pavimento, y sobre todo, la fachada del Sur,
frente a los jardines del Luxemburgo, hacían atrayente esta mansión.
A pesar de toda la calma de María Teresa, el tiempo que medió entre el
día de llegada y el miércoles en que debía recibir a Martholl, le
pareció largo. ¿Qué corazón de joven no se sentiría turbado por la
esperanza del amor entrevisto?
Este primer día de recepción, tan impacientemente esperado, llegó por
fin.
Hacia las tres, la joven, sola en el salón, gozaba anticipadamente del
placer que debía causarle la visita de Huberto. ¿Cómo lo encontraría?
¿Siempre enamorado a pesar de las semanas de separación? ¿Y si no venía?
Esta última idea la tenía ansiosa; consultaba la hora con inquietud.
Para disipar su enervamiento, se acercó a una ventana, levantó la
cortina de antiguo guipur, y miró hacia el jardín que se extendía ante
ella.
En aquel día de sol de diciembre, nada había revelado el invierno ni la
Naturaleza adormecida, tan verdes se conservaban la hierba y las
plantas, si los árboles no alzaran al cielo sus ramas despojadas, como
esqueletos descarnados. Una luz clara esparcía sus rayos, y las avenidas
hormigueaban de niños alegres, primavera de carne en aquella estación
atrasada. Las hojas secas cubrían de manchas amarillas y oscuras la
arena de los caminos. Las niñeras adornadas con cintas de mil colores,
llevaban bajo sus largas capas el dulce peso de los bebés, en tanto que
las siluetas pálidas y quebradas de los viejos, paseaban sus cuerpos
fatigados al tenue ardor de aquel sol de diciembre. Era un cuadro
pintoresco que bien podía haber distraído el espíritu de María Teresa
del pensamiento que la absorbía; pero la contemplación del Luxemburgo no
calmaba su impaciencia. Sus miradas seguían con frecuencia los coches
que surcaban la calle, y si alguno de ellos parecía querer detenerse
delante de la puerta de su casa, la joven sentía latir su corazón un
poco más ligero.
Un buen rato hacía que estaba allí cuando Diana entró silenciosamente en
el salón. Se aproximó a un espejo para contemplar el efecto de su
vestido de tela roja bordada, pasó una mano ligera sobre sus negros
cabellos, y volviéndose hacia su prima, que no la había sentido:
--Y bien ¿qué haces en ese puesto de vigía?--le dijo.
María Teresa se estremeció como sorprendida en falta, pero reponiéndose:
--¡Hola! ¿eres tú, Diana?--respondió sin moverse de su
observatorio.--Entras como rayo de sol, sin hacer ruido...
--¿Y qué ves venir?
--¡Nada!
--Espías simplemente la llegada del que esperas.
María Teresa, un poco abochornada, se ruborizó. Entonces Diana se
aproximó a ella, pasó un brazo alrededor de su cintura, y miró, a su
vez, hacia afuera.
--¿De qué lado debe venir el hermoso Martholl?
--¡Pero si es probable que no venga!--murmuró María Teresa, descontenta
de haberse traicionado ella misma, por su impaciencia de ver a Huberto.
--¡Eh!--dijo Diana con incredulidad.--¡Que Martholl se olvide de venir,
he ahí, estoy segura, una cosa que tú no temes que suceda! Es fácil
prever que se hará anunciar al sonar las cinco.
María Teresa recorría el salón simulando ocuparse en arreglar las cosas;
removía las flores en los jarrones, cambiaba de sitio los bibelots,
levantaba los almohadones de seda. Se aproximaba a la mesa de té, donde
el lunch estaba preparado, y exacerbada de ver a Diana inmóvil en su
puesto de observación, la llamó:
--Ven a ayudarme un poco, en vez de escudriñar la calle. ¿Ha regresado
tu hermano?
--Sí, anteayer.
--¿Y está contento de su viaje a Austria? Parece que no tardó en plantar
en el camino al estudioso Juan.
--Ha hecho una gran vida, y ha sido presentado a varios Archiduques.
María Teresa se sonrió.
--Entonces estará maravillado de aquel país.
--¡Perversa!
--No, de veras, me alegro que Bertrán se haya divertido tan fácilmente;
es de los que gozan con todas esas pequeñas satisfacciones de vanidad...
¡Cuánto los envidio!
--¡Que tú puedas envidiar a alguien, por el momento, es algo que no se
explica!
--¿Por qué?
--Porque tienes en perspectiva todo lo que se puede ambicionar.
--Puede ser...--murmuró María Teresa, distraída.
Su mirada erraba por el salón; de pronto, designando sobre una consola
Luis XV, un jarrón de cristal verde incrustado de oro, que sostenía un
gran ramo de violetas de Parma, exclamó:
--¡Mira qué linda copa!... Juan acaba de mandármela de Bohemia.
--A propósito, ¿qué se hace tu Juan? ¿No lo veremos nunca?
--Está aún en Alemania. Creo que le gusta aquel país, porque no habla de
volver. Jaime fue a visitarlo, y nos escribe que lo encontró muy
atareado. Mañana, Jaime estará aquí; si deseas otras noticias, él te las
dará más frescas.
--Gracias; la salud de Juan no me inquieta; apostaría que se nos va a
presentar con alguna Gretchen; hay que ser alemana para consentir en
llamarse señora Durand. Es como para afligir: ¡señora Durand! ¡mamá
Durand!
--Todos los nombres pueden ser ridiculizados así... ¿Entonces tú, para
casarte, tendrás en cuenta el nombre que llevarán tus tarjetas?
--La verdad es que no me gustaría dejar de ser Diana Gardanne para
convertirme en la señora Durand, la señora Dupont o la señora Boucher;
se me figura que tendría un aire de vulgaridad espantosa.
--Pues yo, cuando he soñado en las cualidades que pudiera tener mi
marido, nunca he formulado el deseo de que esté adornado con un nombre
decorativo. ¡Ahí viene mamá!
--¡Buen día, tía!--exclamó Diana.
--Buen día, querida mía--dijo la señora Aubry, besando a la
joven.--¿Veré hoy a tu madre?
--No, tía; mamá está con jaqueca, como siempre; pero Bertrán vendrá a
buscarme.
La puerta del salón se abrió. Dos señoras ancianas, vestidas de negro,
entraron discretamente. Eran dos parientas de provincia, a quienes la
señora Aubry acogió con afectuosa amabilidad. Casi en seguida, el criado
introdujo a Huberto Martholl.
Diana se inclinó hacia su prima, murmurando, con aire de triunfo:
--¿No te decía que vendría hoy?
María Teresa, un poco turbada, la escuchó apenas. Seguía con la mirada a
Martholl que, siempre elegante y correcto, se inclinaba profundamente
ante la señora Aubry. La joven se sorprendió de que no se precipitase
hacia ella, y al mismo tiempo comprendía que esta exigencia de su
emoción, era incompatible con las reglas del trato social. ¡Qué extraña
naturaleza se descubría! Ella misma había calmado el ardor de los
sentimientos de Huberto, un mes antes, y ahora habría querido que
manifestase su antiguo entusiasmo. Experimentaba una decepción en vez de
una alegría, como si se desilusionara al verlo bajo aquel aspecto de
visitante correcto y dueño de sí mismo.
Después de algunos instantes, consagrados a la señora Aubry, Martholl
pasó a saludar a María Teresa; ésta, por un esfuerzo de voluntad,
recobró su calma habitual, y el apretón de manos que se dieron, fue
perfectamente trivial. Felizmente, Diana, viva y cordial, hizo
desaparecer pronto la turbación que se había producido entre ellos. Los
llevó al salón chico, bajo pretexto de que la conversación interminable
que la señora Aubry sostenía con sus primas de provincia, la incomodaba;
instaló a Huberto confortablemente, y exclamó semiseria y semi-irónica:
--Y bien, querido amigo; denos usted pronto noticias de su corazón,
¿está en buen grado para nosotras?
--Ciertamente, más que nunca; ¿lo dudaban ustedes? Marca treinta grados
sobre cero.
--María Teresa, no; ella no dudaba; pero yo, ¡dudaba!
--¡Diana!--exclamó María Teresa, realmente ofendida por la ligereza de
su prima.
--Y bien, ¿no es verdad, acaso?
Para desvanecer la animosidad que sentía nacer entre las dos jóvenes,
Martholl, con habilidad, se dirigió a María Teresa.
--No lamente lo que acaba de decir la señorita Diana, pues me ha hecho
muy feliz.
--¿Feliz?
--Sí, señorita; porque, sin ella, quizá no habría conocido la confianza
justificada que usted tiene en mí. He creído que este miércoles no
llegaría nunca. Positivamente, estos dos meses transcurridos, me han
parecido contener más días que los otros. ¿Saben ustedes que he
experimentado una verdadera sensación de vacío después de haberme
separado de ustedes dos? He tenido que violentarme para no volverme
atrás, y después, sólo con un valor heroico pude resistir al deseo de ir
a pasar dos días a Etretat. Pero me retenían en Valremont. Mis funciones
me hacían indispensable, me vigilaban, y no me fue posible tentar la
fuga.
--Sí, sí, usted dice eso; pero estoy segura de que se ha divertido
mucho--repuso Diana.--¿Había mujeres lindas entre las invitadas?
--Algunas. ¿Y ustedes qué han hecho durante el fin de la estación a la
orilla del mar? ¡Aquello debía estar espantosamente triste, cerrado el
Casino, abandonada la playa! No conozco nada más insípido que permanecer
en un centro social cuando ha llegado el momento de marcharse. En
octubre, no hay nada que hacer en el mar, es la estación de la caza.
María Teresa levantó sus lindos ojos, y dijo sorprendida:
--¿Es decir que usted no se habría encontrado bien en Etretat, por la
única razón de que en esa época del año, no es de buen tono quedarse?
¿Exigen los ritos de la vida social que se tenga una invitación para
algún castillo, precisamente en la época de la caza?
Huberto adivinó la ironía en la sonrisa fina de su interlocutora; quedó
dispensado de contestar, gracias a Diana, que exclamaba con vehemencia:
--¡Tiene razón él! ¡Aquello era un horror! ¡Cómo me he aburrido cuando
se fue todo el mundo! Vivíamos como lobos; no se veía a nadie.
--Por eso mismo me agradaba Etretat--repuso María Teresa.--Me gusta la
soledad, la vida contemplativa. ¡Qué descanso verse libre de los
indiferentes!
--¿Es por mí por quien dice usted eso?--protestó Huberto.
María Teresa se sonrió con malicia.
--No; a usted lo habría soportado muy bien algunas horas por día. Lo que
me gusta después de la estación de los baños, es esa gran calma que
permite pensar, cosa que es imposible cuando uno va incesantemente de un
placer a otro.
Huberto comprendió que contrariaba a María Teresa no emitiendo opiniones
más de acuerdo con las que ella acababa de manifestar; consideró, pues,
prudente agregar:
--Es muy cierto que cuando uno está bien instalado en su casa, con
libros, el tiempo pasa ligero; además, ustedes montarían a caballo, sin
duda...
--No. Como Jaime y Bertrán se hallaban en Alemania, no teníamos a nadie
que nos acompañase. Nos contentábamos con dar grandes paseos a pie, y
admirar las puestas de sol; eran magníficas, ¿no es verdad, Diana?
--Confieso que no tengo el alma tan poética como tú, querida mía, y que
soy menos sensible a las bellezas de la Naturaleza. Yo hubiese dado de
muy buena gana toda aquella belleza por una sola de nuestras buenas
reuniones del Casino.
Un movimiento se produjo en el salón. Las parientas de la señora Aubry
se retiraban, algo azoradas, por la llegada de algunas jóvenes, cuyas
toilettes elegantes personificaban, a sus ojos de provincianas tímidas,
la temible insolencia del lujo parisiense.
Las recién llegadas, Mabel d'Ornay, la señora de Blandieres y sus
hijas, manifestaron gran regocijo al ver a Huberto.
--¡Qué feliz encuentro, señor Martholl!
--Justamente--dijo Alicia, cuya cara sonriente y rosada aparecía entre
blondas,--justamente esta misma mañana, yo le decía a mamá, que formaba
su lista de invitados para nuestro té: no olvide al señor Martholl,
tengo un interés especial en que venga.
Huberto se inclinó.
--Quedo muy agradecido a usted, por su amable recuerdo, señorita.
Alicia hablaba con extrema vivacidad, y el registro de su voz se
mantenía en las notas agudas; continuó:
--No me agradezca nada; mi invitación es interesada. De todos mis
amigos, es usted quien baila mejor el boston; quiero dirigir el boston
con usted.
Y al hablar, ponía en toda su personita una gracia risueña capaz de
seducir a los más recalcitrantes, lo que no impidió que Martholl le
respondiese:
--Siento, señorita, tener que declinar el honor que usted me hace; pero
no podré quedarme hasta el cotillón; tengo la obligación de ir a otra
tertulia.
--¡Oh, qué fastidio!--murmuró ella contrariada.
Luego, recuperando su aplomo, y acompañando su frase con una alegre risa
comprometedora, añadió:
--Veremos; ya sabré yo retenerlo. Al fin de las tertulias es cuando uno
se divierte más, y si en nuestra casa usted cosecha tesoros de alegría,
no permitiré que vaya a gastarlos en otra parte, se lo prometo.
Huberto se contentó con decir:
--El hombre es débil, y si usted emplea armas que no se puedan
resistir...
--A primera vista, esta joven de armas formidables, no presenta el
aspecto de una amazona mutilada--observó Diana, indicando con un gesto
el busto de Alicia, cuyas curvas se modelaban en una chaqueta de
breitschwantz.
--A propósito de amazona, ¿no han ido ustedes al bosque, después de su
regreso?
--No, Bertrán trabaja por la mañana, y Jaime no llegará de Viena hasta
de aquí a unos días.
--¡Y yo que recorría la gran avenida todas las mañanas, en busca de
ustedes!...--dijo Martholl.
--¿A qué hora va usted?
--Un poco tarde; no soy madrugador, a causa del Club. Se queda uno hasta
demasiado tarde. Hay gentes que no pueden decidirse a volver a su casa;
lo retienen a uno, y le impiden retirarse a hora razonable.
Mientras la juventud conversaba así, de una manera general, el criado
introducía sucesivamente a Max Platel y a Bertrán Gardanne. Cada uno de
los que entraba era recibido con exclamaciones alegres. María Teresa y
Diana pasaban y volvían a pasar entre todos, ofreciendo tazas de
chocolate, de té, y en platos de cristal tallado, muffins, pastas,
dulces, bombones, y, entretanto, las frases se cruzaban, los apartes se
deslizaban.
En cierto momento, con toda inocencia, Max Platel se aproximó a Huberto:
--La señorita María Teresa es una armonía viva--dijo, mientras su mirada
la seguía por el salón.
El joven literato tenía razón. Desde su vestido color malva, hasta sus
cabellos de oro ceniciento, todo en la joven era delicado. El timbre de
su voz algo velada, acentuaba más el encanto armonioso de su persona;
sólo en sus movimientos, se adivinaba la superioridad de su naturaleza
fina.
En medio de todas aquellas jóvenes engalanadas y hermosas, se destacaba
como una excepción, tan marcada era la expresión indefinible y casi
sobrenatural que el vigor y la elevación de sus pensamientos imprimían a
su fisonomía. En ese día nada era más misterioso ni más melancólico que
su semblante.
Ausente, aunque presente, no escuchaba las frases que volaban en torno
suyo. Apenas si, de tiempo en tiempo, les prestaba alguna atención.
Una voz sonó de pronto en una risa argentina:
--¿Cómo? ¿Platel está aquí y todavía no se le ha oído? ¡es inverosímil!
--Mabel reclama su trovador--exclamó Diana.
--¡Aquí está!--gritó alegremente Platel, avanzando hacia el círculo
formado por las jóvenes.
Se sentó en un asiento bajo, casi a los pies de la señora d'Ornay, y
miró curiosamente a su alrededor; lo que, visto por la linda Mabel, la
hizo exclamar:
--¡Pone usted ojos de notario ejecutor, amigo mío! ¿Qué quiere usted
inventariar?
El literato transportó su mirada sobre la linda persona que cubierta de
terciopelo y azabache, se movía entre crujidos de seda.
--Excúseme usted, querida amiga, estoy admirando. Es la primera vez que
tengo el honor de venir a casa de la señora de Chanzelles; me pongo,
pues, en contacto con lo que me rodea. Es una precaución, para mí,
indispensable; ciertos muebles me son tan antipáticos, que no podría
verlos dos veces, y el más insignificante bibelot me abre horizontes
sobre el gusto y la calidad del alma de sus poseedores.
--Y bien, está usted contento de mí, ¿volveré a verlo?--preguntó la
señora Aubry, riéndose del dicho del joven.
--Sí, señora--contestó Platel, inclinándose,--estoy muy contento; hay en
sus salones, en su palacio, algo mejor que el lujo justificado por la
sensación del arte; está el arte mismo. Pero nunca temí una desilusión;
antes de venir, sabía lo que iba a ver: la señorita María Teresa no
puede sembrar sino belleza a su alrededor.
Hubo un murmullo de aprobación.
Cada uno, animado por un bienestar evidente, revelaba su satisfacción
sin dejar de interesarse por sí mismo, y María Teresa continuaba
circulando en medio de esta discreta animación, llevando de un grupo a
otro su sutil melancolía y su soledad.
Hallándose en su casa, en medio de sus amigos, ¿qué extraño malestar la
convertía en indiferente hacia los que la rodeaban? Su conversación y
charla vacías le eran dolorosas. Ciertas palabras, cazadas al vuelo,
resonaban en su corazón como golpes de martillo. Su primo Bertrán,
provocado por la señora de Blandieres, que dirigía la conversación, con
la autoridad que le daba su nombre, frecuentemente citado en los ecos
del gran mundo, refería su viaje a Austria, y la acogida que le habían
hecho en Viena en el mundo oficial, gracias a la recomendación de su tío
Aubry para el embajador de Francia, con quien tenía relaciones
amistosas.
El joven, embriagado de grandeza, narraba sus éxitos y la invitación con
que había sido honrado para asistir a una fiesta dada en el castillo de
Luxemburgo, residencia imperial.
Esta vida, apenas entrevista, una noche pasada entre magnates húngaros,
archiduquesas y algunos príncipes alemanes, había trastornado la cabeza
a este hijo de ricos burgueses, que ahora sentía un verdadero
sufrimiento al contemplar la simplicidad de sus relaciones. Muy
envanecido de haber respirado el aire de una sala de baile honrada con
la presencia de testas coronadas, decía:
--Solamente allí puede uno comprender lo que es el mundo, porque uno se
encuentra en una sociedad exclusivamente compuesta de verdaderos grandes
señores.
Y haciendo un gesto de menosprecio con los labios, añadió:
--No es como en Francia, donde todas las clases están espantosamente
mezcladas.
--Tiene usted razón, querido amigo--aprobó Martholl;--esto ha concluido;
nunca más nos veremos entre nosotros. Lo que se llama el gran mundo,
actualmente, es una aglomeración singular de «rasta cueros» y de
advenedizos. Tenemos que hacer nuestro propio duelo; no hay sitio más
que para los mercaderes enriquecidos. Antes, nadie era recibido en
ninguna parte si ejercía el comercio. ¡Por desgracia, todo ha cambiado!
El dinero hace abrir de par en par las puertas de los últimos rebeldes.
Así es que no me sorprendería encontrar uno de estos días, en el gran
mundo, a mi zapatero, a mi sastre y hasta a nuestros proveedores de
caballos.
--¡No diga usted semejante cosa!--exclamó con indignación muy noble la
señora de Blandieres, protestando en nombre de todas las señoras que,
como ella, hacían profesión de tener salón abierto.
--Por eso--continuó Martholl, con gran pesar de Bertrán, que deseaba
contar la historia de una cacería de ciervos, a que lo había invitado un
archiduque,--por eso, en Francia, la fisonomía de los salones ha
cambiado prodigiosamente. No se podrá citar uno solo donde no haya
mezcla; extranjeros en todas partes, negociantes que han hecho grandes
fortunas en productos alimenticios, farmacéuticos, industriales más o
menos bien educados, etc... Es triste, porque desaparece la tradición de
la exquisita cortesía francesa que, en otro tiempo, nos señalaba a los
ojos de la Europa atenta y encantada. Se comprende: ¿qué figura quieren
ustedes que haga toda esa gente salida, la mayor parte, de una
trastienda? No aportan a las reuniones sociales más que un espíritu
embotado por la preocupación de los negocios, y no buscan, al frecuentar
los salones a la moda, sino un mercado donde aumentar sus relaciones.
¡Para escapar al contagio y permanecer entre la gente de su clase, les
aseguro, hay que violentarse! El saber conservar la compostura que
contiene a cierta gente propensa a la familiaridad, no es algo que
conocen todos.
--¡Lo creo!... Nada más que de pensarlo, siento frío--suspiró
irónicamente Platel.--¡Pobre Martholl! Lo compadezco y lo admiro, porque
supongo que a fuerza de labor usted ha adquirido esa compostura
necesaria, para interponer, entre usted y esos de quienes habla, una
barrera infranqueable!... ¡Horrible labor, amigo mío!
Sonrisas discretas, protestas, exclamaciones, criticando o aprobando la
teoría eminentemente aristocrática de Martholl, surgieron de todos
lados; luego la conversación recuperó su curso tranquilo, en tanto que
María Teresa sentía aumentar su malestar moral. ¿Por qué Martholl sentía
tales cosas? ¿Cómo osaba decirlas? ¿De qué muslo de Júpiter habría
salido su familia? ¿Qué noble genealogía de héroes o hidalgos, protegía
aquel nombre de Martholl?
El resto de la conversación no fue escuchado por la joven. Un
pensamiento desolador absorbía su espíritu. Pero en breve fue despertada
por el alboroto de las despedidas. Promesas de volver a verse pronto,
apretones de manos, actitudes coquetas, graciosas muecas, sonrisas
afectuosas, todas estas manifestaciones vehementes parecían brotar de
los sentimientos más sinceros.
Huberto aprovechó el momento para acercarse a ella y murmurar:
--No he podido conversar con usted; ¿cuándo volveré a verla? ¿Puedo
venir antes del miércoles próximo?
María Teresa lo miraba. ¡Qué elegante era, qué seductor! A pesar de la
intranquilidad de su corazón, hizo, sonriendo, un signo de cabeza
afirmativo, y le tendió la mano, la pequeña mano fuerte y confiada que,
si él era digno, le entregaría en breve, como esposa.
El salón, lleno de animación y alegría algunos minutos antes, quedó
solitario y silencioso. Solamente los perfumes que flotaban aún en el
aire tibio, revelaban el paso de las lindas visitantes.
La señora Aubry, que se había puesto a leer al lado del fuego, volviose
de pronto y vio a su hija sentada en un rincón, con aire pensativo.
--¿En qué piensas?--le preguntó.--No debes estar muy fatigada de tus
conversaciones durante la tarde; apenas si has hablado.
--Es cierto, mamá, estoy preocupada.
--Hace algún tiempo que me apercibo de eso, hija mía--dijo la señora
Aubry con ternura.--No he querido preguntarte nada; esperaba tus
confidencias.
--Tú lees tan bien siempre lo que pasa en mi corazón, que muy pocas
cosas tengo que contarte, creo...
--Esas pocas cosas yo debo saberlas, sin embargo... ¿Huberto Martholl te
gusta?
--Me gusta, madre querida...
--¿Y bien?
--Es que...
--Veamos, voy a ayudarte, querida mía; ¿sabes si tú le gustas a él?
--Sí... pero esta simpatía que siento por él ¿basta para que me case? No
sé todavía si lo amo; me halaga ver que se ocupa de mí más que de las
otras jóvenes, y me agradan mucho las galanterías que me dice. Esto es
todo, por el momento.. Yo esperaba, al volverlo a ver, algo que no ha
sucedido... grandes impresiones que hubieran cimentado más sólidamente
nuestra atracción recíproca. Pero nada ha ocurrido, y he sentido una
gran desilusión, te lo confieso, querida mamá.
--Entonces, reflexiona bien, hija mía. De la elección que hacemos,
depende la felicidad de nuestra vida. En una circunstancia tan grave, no
te dejes influenciar por ninguna consideración fútil. El señor Martholl
parece una excelente persona, es de buena familia, reúne todas las
condiciones deseables; comprendo, pues, que te guste, y si tú te decides
en favor suyo, ninguna objeción tendremos que hacer, tu padre y yo;
nuestro único pesar sería, sin embargo, que el señor Martholl
permaneciese desocupado.
--¡También yo espero que no esté resuelto a pasarse toda la vida sin
hacer nada! El Club tiene demasiada mala influencia sobre los hombres
para que yo me decida a tomar un marido que no tenga otro pasatiempo.
La puerta acababa de abrirse; el señor Aubry entró. Al ver a su mujer y
a su hija, una sonrisa iluminó su rostro. María Teresa se precipitó
hacia él, y poniéndole su frente a besar:
--Buenas tardes, papá--le dijo.
--Buenas tardes, querida; buenas tardes, amiga mía. ¡Y bien! ¿qué tal ha
estado el primer miércoles?
--Muy brillante... Hemos tenido la visita de Huberto Martholl.
--¡Ah, ah! ¿ya? No pierde su tiempo ése; sospecho que tiene sus
motivos... ¿Se conserva siempre hermoso? ¿Tú no dices nada, María
Teresa?
--¡Sí, querido papá! En efecto, encuentro muy bien a Huberto Martholl, y
¿no tengo razón?--interrogó la joven con una linda sonrisa.
--Mi querida María Teresa, creo que no debemos ver las cosas del mismo
modo. Si algún día tengo necesidad de examinar a fondo la personalidad
del señor Martholl, no será seguramente por ese lado por el que
miraré... ¡Ah! preveo que esto sucederá dentro de poco tiempo; ¡está muy
apurado ese joven! Puede ser que también sea tu opinión, chicuela...
¿Qué debo contestarle? Tú me lo dirás ¿no es cierto?
Hubo un silencio. El señor Aubry se recostó en una poltrona; luego, al
cabo de algunos minutos, exclamó, desperezándose:
--Hijas mías, estoy muy fatigado; he tenido hoy un trabajo considerable;
he hecho a la vez de patrón y de obrero. Este diablo de Juan,
demorándose en venir, me recarga la tarea. Es que él solo se ocupa de
todos los asuntos, y su ausencia prolongada empieza a molestarme.
--¿Y por qué no lo llamas, amigo mío? Haces mal en fatigarte de ese
modo.
--Querida mujer, por la sencilla razón de que Juan tiene que terminar un
buen trabajo en Alemania. Además--añadió sonriendo el señor Aubry,--hago
cuestión de amor propio el pasarme sin sus servicios, de otra manera,
¿no sería confesar que ya no soy capaz de dirigir los asuntos?
--Nunca creeremos eso, Pablo--dijo cariñosamente la señora Aubry,--pero
es posible que te hayas acostumbrado a trabajar menos, desde que sabes
que puedes confiar en Juan.
--No, no, ese muchacho es más entendido que yo; el discípulo ha
sobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en estos
últimos meses ha tenido una idea de fabricación casi genial.
--¡Qué entusiasmo, papá querido!
--Digo la verdad; Juan es el alma de la fábrica, y me felicito de ello.
Hacía algunos minutos que la señora Aubry miraba atentamente la cara de
su marido, en la que se revelaba una profunda tristeza.
--En fin--aconsejó,--no te fatigues; te encuentro algo cansado desde
hace algunos días, sobre todo hoy...
--¡Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortará; no vayas ahora a
ponerte cavilosa.
Diciendo estas palabras, el señor Aubry tomó afectuosamente el brazo de
su mujer y la mano de su hija, como cuando era pequeña, y agregó
alegremente:
--¡A la mesa, hijas mías!
Por la noche, cuando María Teresa se retiró a su cuarto, se instaló
cerca de la chimenea, con un libro; pero su espíritu volaba lejos de lo
que trataba de leer. Pensaba en los incidentes de la tarde, en su
impaciencia, que no había podido disimular, de volver a ver a Huberto, y
en el placer mezclado de angustia que había experimentado al encontrarlo
siempre encantador, enamorado, amable, ¡pero tan frívolo!... Por turno
se presentaron a su imaginación las caras amigas de las Blandieres, de
Platel, de la señora d'Ornay. La de Bertrán Gardanne le trajo
bruscamente a la memoria las palabras de Huberto, dando razón al huésped
de los archiduques. «En el gran mundo no encontramos ya, había dicho,
más que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y en la
industria.»
¿Entonces Huberto no daba su estimación a los que llegan a la fortuna
por la inteligencia y la labor?... Ella, que había sido educada en el
culto del trabajo y de la energía individual, ella, que admiraba la obra
de su padre, se había sentido ofendida por aquella disposición de
espíritu de Huberto. ¿Por qué hablaba con tanto desprecio de cosas
respetables y nobles? Si la amaba, verdaderamente, debía haber
comprendido cuánto esta manera de pensar lo alejaba de ella. Su padre
¿no era el tipo perfecto del caballero? Y la fortuna que había ganado
¿no era más honorable aún por haber sido ganada en la industria con su
propio trabajo? Pero no, aquéllas eran palabras al aire, de esas
palabras insignificantes de que están sembradas las conversaciones
sociales.
--Es imposible--se repetía, queriendo convencerse a toda costa,--que un
ser inteligente como Huberto, no prefiera el hombre formado por su
propio mérito al «inútil,» cuyo único bagaje consiste en una línea de
abuelos o bien de una serie de herencias sucesivas.
Luego, poco a poco, olvidó este motivo de discordia y dejó volar su
fantasía recordando las manifestaciones del amor que el joven parecía
sentir hacia ella.