VIII

A la mañana siguiente, cuando María Teresa se despertó, hacía un sol

bellísimo. El aire tibio penetraba en su cuarto, cargado de brisas

marinas y del perfume de las flores. Ante la belleza del día, todas sus

preocupaciones se disiparon. No pensó más que en vestirse rápidamente,

no sin escoger el más rosado de sus trajes de batista y el sombrero de

mañana que mejor le sentaba para ir a reunirse con sus amigas y Huberto

Martholl que ya debían estar esperándola en la playa.

Era la hora del baño. Siguiendo su costumbre María Teresa pasó

directamente a su casilla.

Algunos minutos después un enjambre de graciosas jóvenes descendía a la

arena. Este baño era el acontecimiento esperado de la mañana. Al llegar

a la orilla del mar, María Teresa dejó caer su peinador a sus pies y

apareció delicada y flexible. Algo molestada por las miradas asestadas

sobre ella, se lanzó ágilmente al encuentro de las olas, en tanto que

Juana y Alicia, sin apresurarse, disfrutaban del placer, como todos los

días, de sentirse admiradas en sus elegantes trajes de baño.

María Teresa, que era muy buena nadadora, gozaba con delicia en el

baño; se alejó un poco dejando a las jóvenes de Blandieres disputarse a

Huberto entre risas, gritos y golpes de agua. Mientras nadaba, pensaba

en el placer que tendría en hacer así largos paseos en la frescura del

agua. Solamente que necesitaría un compañero robusto con quien no

tuviera que temer ningún peligro. Este protector ¿quién sería?...

Huberto, sin duda, pues... ¿Pero le inspiraba bastante confianza?...

¿Con su auxilio podría desafiar peligros?... Unirse para gozar de la

vida cuando se es joven y rico, poco significa. El alma del hombre más

indolente puede ser atraída y seducida por una tarea tan fácil; pero

después en los días de prueba desfallece... Comprendía que sin dejar de

gustarle Huberto no le daba la seguridad, la tranquilidad física y moral

que impulsa a confiarse por completo a un ser, y esto era precisamente

lo que hubiera querido encontrar en el compañero de su elección.

La aparición de Martholl la distrajo de estas reflexiones. Estaba de muy

mal humor porque al ayudar a Alicia de Blandieres a subir a la balsa,

desde donde quería tirarse, se había roto una uña. Su preocupación por

este incidente le impedía desplegar su amabilidad habitual y su

excitación no se había calmado aún, cuando la señora Aubry hizo señas a

su hija para que saliera del agua.

María Teresa se aproximó a la ribera; Huberto la siguió; viéndolo nadar

tan armoniosamente le vino a la mente la idea de que si no había quizá

en él temple para hacer un héroe, sabía presentar hermosas formas

artísticamente amoldadas en una malla de seda negra.

Cuando se hubo vestido subió a la terraza del Casino para pasearse;

Huberto se aproximó a ella y le dijo:

--¿Me permite usted quedarme un momento a su lado? La he visto venir

desde lejos; para mí es un placer verla caminar. Son muy pocas las

mujeres que saben moverse con gracia; es un verdadero signo de raza. Yo

no amaría nunca, ni aun me fijaría en una mujer que no tuviera esa

elegancia de movimientos cuyo ritmo es, a mi juicio, la revelación del

carácter. Las personas vulgares conservan siempre una actitud vulgar; se

conoce la distinción de una mujer en su manera de andar. Observe usted a

la señorita Diana, a las jovencitas de Blandieres, y lo mismo a la linda

Mabel d'Ornay ¡qué diferencia! Examinando su modo de andar, cuando se es

verdaderamente observador y conocedor, es fácil apercibirse que en ellas

las proporciones del cuerpo no son armónicas; hay allí, seguramente,

algún defecto de arquitectura. En cambio usted debe tener las piernas de

Diana.

La joven se ruborizó, pero quedó excusada de contestar porque en ese

momento llegaban Alicia y Diana.

--¡Cómo, todavía de flirt!--exclamó Alicia, acercándose;--¡es demasiado!

Diga, Martholl, espero que esto no le habrá hecho olvidar su promesa de

acompañarme en bicicleta hasta la granja Dutot, donde encontraremos a

los d'Ornay y sus amigos. ¿Vendrán ustedes, con nosotros?--añadió sin

entusiasmo, dirigiéndose a las dos primas.

--No, querida mía--se apresuró a decir María Teresa que no quería dar

tiempo a Diana de contestar afirmativamente.--Mamá nos ha pedido hoy

que la ayudemos en ciertos arreglos de la casa que tienen que estar

concluidos antes de nuestra partida, y no quisiera substraerme a este

pequeño trabajo bajo pretexto de pasear. A la noche nos veremos en el

Casino; ¡hasta la vista! divertirse mucho.

Y llevándose consigo rápidamente a Diana, dejó al joven en las garras de

Alicia que quería absolutamente que la acompañase hasta su casa.

Mientras se alejaban las dos jóvenes, Diana, contrariada por haber

perdido aquel paseo, dijo a su prima:

--¿Por qué has rehusado la partida en bicicleta? Tía se habría pasado

muy bien sin nosotras esta tarde.

--No, Diana; es mejor que nos quedemos con mamá. Y además, no me gusta

mucho correr así por los caminos, solas con jóvenes.

--¡Qué rígida eres! ¡Pero si ahora es perfectamente admitido! Has hecho

mal en no ir a la granja Dutot; estoy cierta que Alicia va a

aprovecharse de tu ausencia para apoderarse de tu flirt. No le gusta que

sus amigas tengan más éxito que ella, y este verano, no hay duda, eres

tú quien ha tenido más éxito. Martholl era el punto de mira de todas las

jóvenes que han pasado la estación aquí. Cada una de nosotras esperaba

conquistarlo, ¡es tan chic! Realza el tener un flirt de esa calidad. No

sé si es inteligente--añadió Diana, que no habiendo sido cortejada por

él, quería gratificarlo con algún defecto.--Es seguramente menos

entretenido que Platel. Huberto sólo vale cuando se le mira... es inútil

que alces los hombros, tiene algo así como la belleza del ganso, pero

la tiene, y superior, convengo en ello.

Diana estaba locuaz; continuó hablando, en tanto que María Teresa la

seguía en silencio.

--Te lo aseguro, querida, Alicia está furiosa; no puede negar que eres

tú la elegida. Al principio, estábamos siempre todas juntas, no se sabía

todavía a cuál de nosotras se dirigirían las asiduidades del señor

Martholl. Pero Alicia con su habitual modestia, creyendo siempre, cuando

hay un joven en nuestra sociedad, que lo seduce con su encanto, se hacía

ilusiones y esperaba que se le declarase. Ahora ha comprendido que para

que Martholl se fije en su graciosa persona, tiene que trabajar mucho;

entonces, antes de su partida, va a jugar fuerte. ¡Cuida tu grano,

querida!

--¡Qué expresiones tan extravagantes tienes, Diana! Alicia puede hacer

lo que quiera para seducir a Martholl sin que yo me preocupe...

--¿Sinceramente?... En todo caso, Alicia plantará algunos jalones para

que vaya al _five o'clock_ y a los bailes de su madre. Es una buena

figura la de Huberto; deben disputárselo para adornar los salones.

Alicia no va a dejar escapar la ocasión de mostrar a sus amigas en este

invierno, el más hermoso ejemplar de los nuevos flirts que han aparecido

en este verano. Digo esto, pues en mi concepto, sabes, se contentará con

el flirt. Huberto Martholl no me hace el efecto de un señor decidido a

casarse con una joven sin fortuna, y dudo mucho que las de Blandieres

tengan ni sombra de dote. La señora de Blandieres lleva gran tren, es

cierto; pero todo se va en cebos. Martholl se mantiene en guardia; por

eso Juana y Alicia lo han dejado frío. Es una mariposa que elige las

flores doradas; cuando, además, son frescas y lindas como mi querida

primita, no vacila, se posa.

Las dos jóvenes habían llegado cerca de la casa. Diana, satisfecha de la

pequeña malignidad que había insinuado a su prima, se puso a correr,

bajo pretexto de que llegaban tarde para almorzar.

María Teresa, muy ofuscada por las palabras de Diana, se quedó atrás,

queriendo disimular la pena que tan pérfida insinuación le había

causado. No era la primera vez que la joven se apercibía de la envidia

de su prima y de su solicitud en decirle cosas desagradables bajo el

falso aspecto de cordialidad. Pero como Diana, aunque algo mayor que

ella, había sido su compañera de infancia, no le guardaba rencor por su

falta de corazón, y atribuía sus saetazos a una necesidad de ironía

natural en su carácter.

Sin embargo, hoy Diana acababa de herir un punto sensible. ¿Por qué le

había dicho todo aquello? María Teresa, humildemente, se interrogaba:

¿acaso no podía ser amada por ella misma? Verdad era que un gran número

de sus amigas, tan lindas como ella, ciertamente, no se casaban por

falta de dote suficiente. ¿Y si Diana decía lo cierto, si la razón que

decidía a Huberto a preferirla a las otras se apoyaba en tal motivo?...

Sintió en su corazón una emoción angustiosa. Pero no, Diana se

equivocaba; Huberto, desde la noche que les fue presentado en el Casino,

pareció conquistado; María Teresa recordaba que la había mirado con

insistencia e invitado para todos los valses. No podía conocer ya la

cifra de su dote... ¿quién lo habría informado? ¿Por qué entonces

suponer que su admiración se fundaba en cálculos interesados? ¿Por qué

no creer más bien que Diana inventaba una perversidad para amargarle el

placer de haber gustado a Huberto? Cuando eran pequeñas, la envidia de

su prima se revelaba a propósito de Juan, a quien no podía perdonar que

no fuera para ella también un complaciente esclavo. Juan se sometía

únicamente a las arbitrariedades de María Teresa. Toda la animosidad de

Diana hacia el joven databa de aquellos lejanos años de la infancia;

esto María Teresa lo sabía bien.

¡Sí, sí, sólo la envidia impulsaba a Diana, la envidia! Esto explicaba

las palabras que había pronunciado y la causa de su veneno. Diana quería

hacerle creer que la preferencia marcada de Huberto, la dejaba

profundamente indiferente. En realidad, sentía despecho... ¡Cuánta

mezquindad en esta manera de proceder! ¡Y decir que Diana, su prima, su

amiga, no vacilaba en ser cruel con ella!...

María Teresa era bondadosa; después de haber juzgado la acción de su

prima, le buscó circunstancias atenuantes. Espiritual, alegre, con un

rostro de facciones regulares, Diana carecía de ese encanto femenino que

poseen a veces las más feas; su talle era poco esbelto, su cabellera

pobre y su tez sin frescura. La atendían de buena gana, pero si sus

amigas se ponían a su lado, no la miraban más. De ahí que María Teresa

encontrase plenamente excusable el descontento de aquella alma poco

dispuesta a regocijarse del éxito de sus compañeras. Confortada por

estas reflexiones, la joven consideró que era una tontería atribuir

importancia a las invenciones que germinaban en el cerebro ligero de

Diana. Alarmarse por una frase inspirada por la malignidad, le pareció

puerilidad, y como sonase la campana para el almuerzo, se reunió a su

familia en el comedor, sintiéndose completamente repuesta de su corta

pero fuerte emoción.

Hacia las cuatro, terminados los arreglos, las dos jóvenes bajaron al

jardín y se instalaron en la terraza. Las dos se sentían incómodas.

María Teresa demostraba, a pesar suyo, alguna frialdad, y Diana

fastidiada por este silencio, no se atrevía a iniciar el único motivo de

conversación que la interesaba.

La campana de jardín anunció una visita; Diana se levantó, curiosa, y

volvió precipitadamente hacia su prima.

--¡Ah, esto es demasiado! ¡Adivina quién está ahí! ¡Martholl mismo! ¡Ha

dejado a Alicia y renunciado a su bicicleta!

María Teresa disimuló la satisfacción de vanidad que le procuraba aquel

pequeño triunfo, y como el joven se acercase a ella, le dijo

simplemente, tendiéndole la mano:

--¡Qué feliz idea de venir a vernos! Mi madre tendrá un gran placer...

Diana, por el contrario, exclamó aturdidamente:

--¡Y bien! ¿y la bicicleta? Yo lo creía a usted en la granja, Dutot,

prisionero de Alicia. ¿Ha sido abandonado el paseo?

--Puesto que usted es tan amable que quiere interesarse por mis

acciones, señorita, voy a confesarlo todo. Creo que las señoritas de

Blandieres, los d'Ornay y sus amigos han pasado la tarde bajo los

manzanos; pero, en verdad, no sé nada. Diré que me preocupo muy poco de

ello. La señorita Alicia ha querido obligarme a seguirla por entre el

polvo de los caminos; iba a resignarme, contando con la presencia de

ustedes. Cuando supe que ustedes no irían, sin vacilar falté a la cita.

Me imagino que nadie habrá notado mi ausencia...

Diana lanzó una ruidosa carcajada; se representaba el chasco de su amiga

esperando en vano, en su lindo traje de ciclista, la llegada del

caballero que había elegido.

--¡Oh! puede usted estar seguro de que Alicia estará furiosa, si le ha

esperado; no se lo perdonará nunca.

--Sí, me perdonará, pues no hemos tenido siquiera un flirt; a su

alrededor hay siempre más de un comparsa perfectamente dispuesto a

desempeñar el primer papel. Sin embargo, si me guardase rencor, no

ocultaré que no sentiría ningún pesar; la señorita Alicia de Blandieres

me es completamente indiferente.

María Teresa cambió el curso de la conversación.

--Voy a prevenir a mamá que usted está aquí.

Mientras la joven se alejaba, Diana interrogó coquetamente a Huberto.

--Supongo que el sentimiento de indiferencia de que usted hablaba hace

un momento, no se extiende a todas las jóvenes que ha conocido en esta

estación y si así fuera, tanto mejor para usted; no llevará ningún pesar

en su equipaje.

--Quiero creer, señorita, que su deseo de conocer mis sentimientos, es

una prueba de simpatía. En efecto, mi indiferencia no se extiende, por

el contrario, se detiene, y se transforma en un interés muy vivo cuando

se trata de usted o de su prima. Guardaré un recuerdo precioso de mi

permanencia entre ustedes, y esto me hace deplorar, se lo aseguro, la

necesidad que tengo de dejarlas. Voy ahora a confiarle mi deseo. Espero

que la señora de Chanzelles y su mamá de usted, querrán permitirme que

me presente en sus casas a mi regreso a París. El pesar que llevo por mi

partida, sería demasiado cruel si no me acompañase la esperanza de

volver a verlas pronto.

Diana se sonreía todavía de esta galante declaración, cuando la señora

Aubry de Chanzelles apareció en la terraza con su hija.

--Es usted muy amable en venir a vernos--dijo, tendiendo la mano al

joven.

--¡Ah, señora! desgraciadamente, es mi despedida lo que traigo hoy.

Vengo a manifestarles mi gran satisfacción por haberles sido presentado

y agradecerles su amable acogida.

--¿Usted se marcha entonces?

--Pasado mañana, señora. He recibido de mi madre varias cartas muy

apremiantes; yo me hacía un poco el sordo, lo confieso. Pero esta vez

tengo que hacer caso, porque la Condesa Husson misma, me pide que no

demore más. Los Husson son buenos y antiguos amigos de mi familia. Se

caza en su propiedad de Valremont; no tiene hijos y me considera como si

yo lo fuera. Soy yo quien se ocupa allá de organizar la cacería. Estoy,

pues, absolutamente forzado a abandonar a Etretat para preparar la

apertura de la caza.

--Veo que hay sobrado motivo para justificar su deserción. Lamento que

no se quede usted hasta el fin de la estación. Los últimos días son, a

mi juicio, los más agradables. Cuando el movimiento social se ha

calmado, vuelvo a encontrar al Etretat de antes, el de la época lejana

en que yo venía aquí siendo joven. ¡Qué diferencia! La playa estaba

tranquila y solitaria; no se encontraba en ella más que pescadores, lo

cual no exigía el despliegue de toilettes que vemos hoy. Además, se

gozaba un poco del jardín propio y no se iba continuamente fuera de

casa, renunciando al reposo para entregarse a toda clase de sports.

--No hay que hablar mal de los sports, señora; con ellos cuentan los

sabios humanitarios para mejorar la raza. Nuestros vecinos los ingleses,

no se han regenerado sino por la práctica constante de los ejercicios

físicos. En el siglo último era un pueblo anémico; hoy figura entre los

primeros, desde el punto de vista de la energía y de la resistencia;

estamos muy lejos de igualarlos nosotros los franceses, sedentarios o

burócratas, que hemos empezado recientemente a comprender el lugar que

debe ocupar la gimnástica en la educación.

--Tiene usted razón, los sports son excelentes para la juventud. Sabía

que usted era un fanático por ellos y que los practica todos con éxito.

--Eso es exagerado; pero, en efecto, les consagro una gran parte de mi

tiempo.

--Es posible que los burócratas, a quienes usted reprocha el no

dedicarse a esos placeres, según usted higiénicos, no tienen tan mala

voluntad como usted cree. Algunas veces, le aseguro, no pedirán sino ser

menos sedentarios, pero no pueden hacerlo. Están obligados a trabajar

para ganarse la vida y la de sus familias. Usted mismo, por ejemplo,

¿no descuida acaso otros trabajos más serios, por cultivar sus gustos

sportivos?

--¡Ah! yo tengo tiempo; muchas veces no sé en qué ocuparlo. Mi madre

tiene tantas relaciones, que yo encontraría fácilmente una ocupación si

lo desease. En el día estoy apasionado del automovilismo. He encargado

una máquina pequeña, práctica y elegante, que me será entregada en la

primavera próxima, y si usted me permite hacerle los honores, sería muy

dichoso, señora.

--Le agradezco su ofrecimiento; mi sobrina y mi hija se dedican mucho a

estas novedades; la tracción eléctrica, el vapor y el petróleo, son

cosas que, en breve, no tendrán secretos para ellas.

--Es necesario, tía. Seríamos muy antiguas si ignorásemos eso.

--Entonces, yo lo seré siempre, hija mía.

Huberto se había levantado para despedirse.

--Señor, en París, yo permanezco en mi casa los miércoles, de cuatro a

siete. Espero que usted nos demostrará su amistad yendo a vernos de

tiempo en tiempo.

Martholl agradeció y se retiró, acompañado de las dos jóvenes que, en

Etretat, habían tomado la costumbre de conducir a los visitantes hasta

la puerta del parque.

En el jardín, Diana volvió a dar bromas a Huberto sobre su deserción:

Alicia de Blandieres le haría pagar caro semejante proceder. La señorita

de Gardanne preveía complacientemente todo el trabajo que tendría en

hacerse perdonar por su amiga cuando Huberto la encontrase en

sociedad.

Él escuchaba vagamente, respondía apenas y miraba a María Teresa, que

caminaba con paso rítmico, levantando con mano flexible su vestido de

lana gris pálido. Este gesto inconsciente modelaba su cuerpo de líneas

perfectas, de una gracia exquisita en su esbeltez.

En sus cabellos dorados y ondeados, jugaba la luz. Con la cabeza

ligeramente inclinada hacia el suelo y los ojos entornados, como si

quisieran guardar su secreto entre sus largas pestañas, la nariz fina y

vibrante, la boca de labios rojos algo gruesos y bien dibujados, la

barba fina, el cutis transparente, ofrecía, destacándose sobre aquel

fondo de verde otoñal, un maravilloso espectáculo de belleza.

Huberto, para verla caminar más tiempo así, silenciosa y preocupada, a

dos pasos de él, habría querido que Diana fuese más habladora, y la

alameda infinitamente más larga. Era un dilettante en materia de vivir.

Se felicitaba de haber presentido «una perfección» en María Teresa, y

una fuerza creciente lo atraía hacia ella.

El espíritu hastiado de Martholl por la vida fácil que había llevado

siempre, encontraba un encanto nuevo en el estudio de aquella alma pura

y sana de la joven. Hasta entonces no había pedido al amor más que una

embriaguez ligera y un sueño dulce. Jamás esta pasajera impresión había

dejado en su cerebro y en su corazón otra huella que el recuerdo de un

placer momentáneo. En la ternura formada por sacrificios, abnegación,

consagración, en el amor serio, en fin, él no creía. Y, sin embargo,

todos los sentimientos que en otro tiempo habría calificado

implacablemente de sensiblería, hacían presa en él ahora. Encontraba

exquisito el piar de los pájaros; el rumor de las hojas estremecidas

llevaba a sus oídos melodías desconocidas; la Naturaleza se le revelaba

hermosa y fascinadora, y en su espíritu asociaba la belleza de María

Teresa a aquel culto algo pagano que lo impulsaba a desear arrodillarse

y adorar a Dios en los seres y en las cosas.

Pero llegaban a la verja. Como nunca la emoción hacía descuidar a

Huberto sus actitudes, tomó una después de otra las manos de las dos

primas, las besó con respeto, y silencioso y correcto, franqueó la

puerta y se alejó.

--¡Buen viaje, señor Posturas!--murmuró Diana cuando estuvo algo

distante.

Luego, bruscamente:

--Me adelanto, María Teresa, porque tengo que probarme un vestido antes

de comer. Hasta luego.

Y echó a correr, cortando el camino a través de los céspedes.

Cuando María Teresa estuvo sola bajo los árboles de la avenida, pensó

que un adiós definitivo le había causado a ella también alguna pena. Se

sintió turbada y un poco triste al considerar que los días felices de

aquella estación tan alegre, pertenecían ya al pasado.

Subía la avenida del parque lentamente, abstraída, cuando sintió caminar

a alguien detrás de ella. Maquinalmente se dio vuelta y no pudo reprimir

una exclamación de sorpresa al apercibir a Huberto.

--¿Usted?

--Sí, todavía yo. Perdóneme esta indiscreción; pero he visto desde el

camino a la señorita Diana que desaparecía tras de los pinos, y no he

podido resistir el deseo de verla a usted una vez más, de encontrarme

a solas un instante con usted, para darle un adiós menos trivial...

--¿El primero lo era entonces?

--En la forma, si no en el fondo... ¡Siento tanto marcharme!

--¿Tanto?

--Mucho más de lo que pudiera expresar. En usted, señorita, he

encontrado el ideal de la mujer soñada por todo hombre deseoso de ver

reunidos el encanto, la inteligencia, la belleza y la elegancia. Usted

es la más seductora, la más...

--¡Basta, por favor! no prosiga en su enumeración... Vea que me río para

no mostrar mi confusión, mi...

--¿Su?... ¡concluya, se lo suplico! ¡Su turbación es tan deliciosa!...

Si usted supiera hasta qué punto me hace feliz ese rubor, esa risa que

quiere disimular una emoción tal vez más fuerte y más sincera...

--No vaya usted a creer... he querido decir que lamento...

--¿Mi partida? ¡Dios mío! eso podría usted decirlo a Platel, a d'Ornay;

no hay ahí motivo para ruborizarse; pero yo estoy triste, profundamente

triste al separarme de usted.

--Ninguna partida es alegre; a mí me habría gustado que usted se quedase

todavía...

--¿Cierto? ¿Por qué no retenerme entonces?

--Usted se hace un poco exigente respecto a demostraciones amistosas.

--Sí, mis exigencias son terribles. ¿Me permite usted decírselas, puesto

que parece no querer adivinarlas?

Pero la leal sonrisa que resplandecía en el rostro de María Teresa

desapareció, y con expresión grave, dijo:

--¡Señor Martholl, cuidado! No se apresure a manifestar sentimientos

demasiado... vivos. La gran intimidad en que acabamos de vivir todos,

podría engañarlo sobre la naturaleza de la simpatía que usted me inspira

o que yo le inspiro a usted.

--¿Por qué dice usted eso?

--Porque me temo que usted da demasiada importancia a una atracción, muy

real, sin duda, pero cuyas bases son todavía demasiado frágiles para

implicar un sentimiento serio.

--Es usted exageradamente juiciosa... Sépalo, señorita: yo no tengo más

que un deseo, ahora que tengo que dejarla: el de volverla a encontrar. Y

no solamente para continuar una relación agradable, sino porque la

adoro. ¡No se retire, María Teresa, se lo ruego!... Sí, yo la amo a

usted, y mi más ardiente deseo es el de obtener su mano...

--Por favor, no me diga usted más nada; en París lo escucharé... ¡Quién

sabe también si el paseo que va usted a hacer a Valremont no modificará

sus ideas!

--¡Qué fría está usted y qué suspicaz! Los sentimientos que abrigo para

usted después que la he visto...

--Sí, sí, conozco esas lindas frases; por muy sinceras que sean, hágame

gracia de ellas, se lo ruego. No es la hora ni el sitio de

decírmelas--se apresuró a añadir la joven, molestada por la actitud

apremiante de Huberto.

--Entonces, ¿tengo que esperar para conocer mi suerte?--interrogó él

tomando la mano de María Teresa entre las suyas. ¡Reconozca que es un

poco duro! ¿Puedo, a lo menos, ir a visitarla en cuanto esté en París,

en los últimos días de noviembre?

--Venga usted, mamá lo ha autorizado.

--¡Si yo pudiera creer que al otorgarme este favor, usted se muestra

bien dispuesta a acceder a mi petición!--murmuró Huberto apoyando sus

labios sobre la fina mano que la joven le tendía para darle un adiós

definitivo.

María Teresa, sin responder, desprendió su mano prisionera, y,

sonriendo, pasó su brazo bajo el del joven y lo condujo suavemente hacia

la puerta del jardín, diciéndole:

--Esta vez, usted lo ha merecido, lo echo de mi casa, pisoteando los

deberes más elementales de la hospitalidad. Pero es en interés de su

estómago. Es tarde y no quiero privarlo de comer, a pesar del gran

placer que tengo en oírlo... ¡Adiós!

--¡No! diga usted: hasta la vista y hasta muy pronto; si no, no me

voy... estoy decidido, y la noche me encontrará de centinela delante de

su puerta...

La joven se sonrió, y conciliante:

--Hasta muy pronto, pues--dijo.

Estas simples palabras fueron pronunciadas en una inflexión de voz tan

suave, que llenaron de esperanza a Huberto. Se alejó bruscamente, no

queriendo comprometer la dulzura de aquel adiós.

María Teresa, apoyada contra uno de los pilares de piedra de la verja,

siguió con la vista al joven que se alejaba.

Largo tiempo lo vio sobre el camino desierto. Experimentaba una dulce

emoción. ¿Esta sensación era causada por el que caminaba allá, o por

el encanto sugestivo del crepúsculo? Una gran calma reinaba a su

alrededor; en el horizonte el mar parecía adormecerse.

Huberto miró varias veces hacia atrás, como atraído por el fluido de las

miradas de María Teresa; después, su silueta se desvaneció, lejana,

entre el polvo del camino y los últimos reflejos de una aglomeración de

nubes blancas.

Cuando el joven hubo desaparecido, María Teresa cerró los ojos un

instante. No lo veía ya, pero conservaba su imagen. El placer que sentía

por la declaración oída, se avivaba por el hecho de que quien la había

pronunciado poseía una sonrisa seductora y unos ojos persuasivos. Volvió

a ver también, oprimiendo su mano, una mano larga y blanca adornada con

un curioso anillo antiguo.

--¡Me gusta!--murmuró.

Incertidumbre · 第 11 / 22 题