El tiempo transcurría rápidamente para la alegre banda. Todos los días
se organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automóvil o en
coche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Huberto
no dejaba a María Teresa y acentuaba cada vez más su preferencia.
El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partir
de Etretat. Todos sentían alejarse después de aquella estación que había
corrido tan alegremente.
Ante la inevitable perspectiva de la separación, hasta las señoritas de
Blandieres se ponían melancólicas.
Una noche, en el Casino, habiéndose discutido la cuestión de la partida,
Huberto se aproximó a María Teresa y le dijo con aire triste:
--No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada día me digo:
¡me iré mañana! El mañana llega, y no tengo valor. Mi madre no se
explica cómo puedo permanecer aquí tanto tiempo. Había venido por quince
días. Me escribe carta tras carta, llamándome. Yo debía haber ido a
buscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unos
antiguos amigos. Ha partido sola de Carlsbad; ahora está instalada en la
finca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme con
ella. Jamás he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted a
creer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted,
exclusivamente usted quien me retiene. De estos días pasados a su lado
conservo tal impresión de encanto que no quiero salir de Etretat sin que
usted me autorice a verla en París lo más pronto posible. La señora de
Chanzelles ¿querrá recibirme? ¿se lo preguntará usted? Diga que usted lo
desea, dígamelo para que yo no me vaya desolado.
--Mi madre está en casa todos los miércoles. Puedo asegurarle que tendrá
gran placer en recibirle. En cuanto a mí, confieso que lamentaría que
las agradables relaciones que hemos iniciado aquí, quedasen
interrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegido
es para siempre.
--¡Ah! ¡qué buena es usted en haberme comprendido! ¿Me permite tener
esperanza, verdad?
--Le contestaré a usted a eso en París, cuando nos volvamos a ver.
--¡Qué largo va a parecerme el tiempo!...
--¿Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy ¿qué diría usted?
--Tiene razón, es usted muy delicada; no tengo el derecho de
acriminarla.
Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tomó la mano y la llevó a
sus labios balbuceando en un soplo:--¡La adoro!
Aquella noche María Teresa tardó mucho en dormirse. Le parecía oír aún
la voz conmovida de Huberto y las frases que había pronunciado. ¿Era,
pues, verdad? ¿La amaba, ponía en ella sus secretas esperanzas? La
asiduidad que había demostrado durante los meses transcurridos, su
empeño en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba el
proyecto que perseguía. Se interrogó. ¿Le gustaba? ¡Ah, sí! Huberto era
elegante, distinguido, diestro en todos los sports. Sabía que había
frecuentado mucho el gran mundo, y, además, la amaba... Seguramente,
consentiría de buena gana en llamarse la señora Martholl. Por otra
parte, esta unión le aseguraba una existencia agradable. Una serie de
placeres envidiables se presentó a su imaginación: recepciones, viajes,
yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa y
sportiva parecían ser las favoritas de Huberto.
¿Por qué de improviso, sin motivo, en la fantasmagoría de los placeres
que le prometía aquella unión plausible, según las leyes del mundo, se
irguió una imagen un poco olvidada en el espíritu de María Teresa?
¿Por qué el recuerdo de Juan se cruzaba en sus proyectos? Por una
asociación de ideas, cuya lógica no percibía, se puso a hacer la
comparación entre él y Huberto, y recordó que nunca había visto en los
ojos de éste, por conmovido que estuviera, el fulgor de pasión que
sorprendía a menudo en las miradas profundas de Juan; no, jamás había
sentido en Huberto la misma expresión de ternura profunda.
Pero ¿qué relación podía existir entre los sentimientos de afección de
Juan y el amor de Huberto? No la veía, y, sin embargo, la afección
reciente no sofocaba en su corazón el antiguo sentimiento.
En fin ¿si Huberto Martholl pedía su mano, diría que sí? Y sus padres
¿qué pensarían de este joven? Era un desocupado, un inútil. He ahí algo
que no le gustaría al señor Aubry. En realidad, parecía que el único
objetivo de la existencia de Huberto fuera concurrir todos los días a su
club. Lamentó que bajo su aspecto mundano no tuviera una inteligencia
más propensa para cosas más útiles a la vida.
Con todo ¿y si se equivocaba en su estimación? ¿Si bajo aquella elegante
envoltura no encontraba luego más que una naturaleza de petimetre sin
más propósito que disfrutar de los placeres del mundo, y cuidar en sus
horas frívolas de su toilette esmerada y de la elegancia de sus
ademanes?
Agitada por estos pensamientos indecisos y contradictorios la sorprendió
el sueño.