VI

Los días que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos

y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorría cada

día, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volvía,

embrutecido de fatiga, y subía a su cuarto para prolongar

indefinidamente su soledad. Aguardaba así, del azar, un motivo plausible

para salir de Etretat sin herir a la señora Aubry, que no se habría

explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocían su

carácter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de

hacerle modificar la manera de vivir que había adoptado.

María Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar

de sus amigos y de lo que sucedía en la playa o en el Casino. Se

esforzaba en no conversar más que sobre cosas susceptibles de interesar

a Juan. Pero Diana no procedía con el mismo tacto y abrumaba a su prima

con alusiones más o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos

de Huberto Martholl.

Estos temas de conversación eran dolorosos para Juan, y le aumentaban

el deseo que tenía de huir de Pervenches.

La ocasión que buscaba se presentó en breve.

Un día, paseando, habló con entusiasmo a Bertrán, de la Alemania y de la

Selva Negra.

--Parece increíble--declaraba Bertrán,--que yo no haya ido todavía por

allá.

--¿Te diviertes mucho aquí?--preguntó Juan.

--Moderadamente, ¿por qué me preguntas eso?

--Porque, si tu placer es negativo, deberías pedir a tu padre

autorización para acompañarme a Bohemia, adonde iré próximamente. Estoy

seguro que este viaje te interesará. Para no perjudicar tus estudios,

partiríamos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.

--¡Pues sí, es una magnífica idea la tuya! Esta misma noche le escribiré

a mi padre, rogándole que me deje ir contigo.

El señor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consintió de buena gana

en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jóvenes fue decidido.

Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algún alivio en huir de las

emociones torturadoras, llevaba en el corazón la terrible herida de los

celos, convencido de que cuando volviese a ver a María Teresa, ella no

sería ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo

encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.

En cuanto a ella, la decisión de su amigo de la infancia, la turbó un

poco. No comprendía cómo la permanencia en Etretat no le era agradable.

Pero, sin indagar más allá, no vio en esto más que la aversión del joven

hacia la vida social.

El día de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que

conducía a la estación a los dos jóvenes, Diana le dijo:

--Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las

vacaciones, es estúpida. Me imagino que no vas a extrañar a ese huraño.

¿No estaba Bertrán mejor aquí que en Alemania?... ¡Dios mío, Juan ha

estado bastante áspero en estos días!... Es incomprensible que lo hayas

podido soportar. Debería cuidarse de presentar semejante cara, y

considerarse dichoso de que lo reciban aquí.

--¿Por qué eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la

sociedad, y si no es hipócrita para mostrar cara alegre, ¿es ésa una

razón para que lo maltrates? En cuanto a mí, le perdono todo al amigo

abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica

despótica y mimada, Juan me divertía con paciencia horas enteras. Estoy

cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagración absoluta hacia

nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda

afección y lo quiero en razón de sus nobles sentimientos. Estaba muy

conmovido, hace poco, cuando se despedía... Yo sería, pues, una ingrata

si mis relaciones de hoy, pudieran hacérmelo olvidar.

--Bueno, no hablemos más--concluyó Diana;--no quiero arrancar de tu

corazón recuerdos tan tenaces, pero podríamos distraernos paseando, ¿qué

te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club,

¿vamos?

María Teresa se dejó convencer; se divertía siempre en las partidas de

tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en

las villas vecinas.

Después de subir a su departamento para vestirse, las dos jóvenes

reaparecieron en seguida, vestidas de piqué blanco, cubiertas con el

indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas

en tela gris.

Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se

reunían ese día. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido

un lunch en mesitas. La señora de Blandieres, que lo había pedido, hacía

los honores, auxiliada de sus hijas.

Juana y Alicia de Blandieres, o más familiarmente, «las de Blandieres,»

jóvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos

por este medio, y exigían como cualidad primordial, que fuesen ricos.

Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicándose con demasiada

conciencia al servicio del lunch ofrecido ese día por su madre,

excitando a comer y a beber a los jóvenes que acudían a su invitación.

¿Sería para estimular las fuerzas que aquella juventud emplearía luego

en el tennis o en el flirt?

Audaces y provocadoras, estas jóvenes eran el _specimen_ más completo de

lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy

impropiamente en Francia «la educación americana.» Este género de

educación, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras,

desprovistas por temperamento de la moderación y de la dignidad de las

jóvenes anglosajonas, producía un singular resultado.

La mayor hablaba mucho y reía sin cesar; la segunda, más dócil, imitaba

a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables,

los jóvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces

ninguno se había presentado como pretendiente.

Cerca de las mesas, la señora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su

sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Sabía hablar con gracia, sin

dejar de comer sandwiches de caviar.

--¡Qué espiritual es usted!--repetía continuamente al joven

literato.--Nadie como usted me entretiene tanto...

--Entonces todo va bien en el mejor de los mundos--aprobaba Platel.--Yo

soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos

otros, el llamado a desempeñar la importante función de hacerla reír a

usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre

encanto de todo su ser... Dígame, encantadora señora, ¿a quién prefiere

usted, a mí o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus

amigas?

En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de

la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesión

de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomanía exagerada.

Nada le parecía bueno, ni chic, si no procedía de Londres; a cada

instante, en la conversación, encontraba medio de alabarse de sus

relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a

lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor

satisfacción era ser tenido por inglés.

Cuando María Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de

alegría y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jamás sino con

James Milk, que no era del match, abandonó el juego y se apresuró a ir a

hacer su corte.

--¡Al fin ha venido usted!--murmuró, cuando estuvo al lado de María

Teresa.--Creía que no venía ya, y me aburría espantosamente.

--¿Qué?--dijo ella con sonrisa incrédula.--¿Usted se aburría tanto? ¿Y

el tennis? ¿Me esperaba usted para jugar?

--No. Pero yo vengo aquí atraído por otra cosa que por el tennis, usted

lo sabe bien.

--¡Ah, goloso! ¡atraído por el lunch, entonces!

--Tampoco, querida señorita...

--Señor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo

he venido aquí a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer

honor, nutriéndome substancialmente, a la invitación de mis amigas de

Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quién ganará

el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman

Pablo Arnault. Tercero... ¡ah, Dios mío! ¡pues no me acuerdo!...

--Está usted segura...

--Muy segura, señor fatuo. ¿Tercero?... ¡Ah, ya estoy! tercero, para

después del té, tennis, flirt, etc., subir al magnífico automóvil de mi

amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con él hasta el bosque de Loges y

contemplar desde lo alto del camino de Fécamp una soberbia puesta de

sol. ¡Ahí está todo!

--Usted es desesperante, señorita, y es acaso por causa de eso por lo

que...

--¡Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadería.

--¿Una majadería?

--Califico así, de una manera un poco general, todo lo que me parece

inoportuno, falso...

--Le juro...

--¡Ah, un juramento! ¡Ese es juego conocido, señor Martholl! Seamos

serios: están organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros

amigos, salvo que usted no prefiera...

--Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de

oírla...

Martholl transportó sillas de tijera y se instalaron a fin de poder

conversar mirando el juego.

Era un espectáculo encantador el de aquellas jóvenes de trajes cortos y

claros, moviéndose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.

Se jugó durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la

tarde, la señora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la

puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue

abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o

imprecaciones. Las frases se entrecruzaban:

--¡Hemos ganado tres partidas!

--¡D'Ornay juega muy mal! ¡Pierdo siempre que voy con él!

Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.

--¡Y bien, señorita! ha llegado la hora de la despedida... ¿Dónde está

el hermoso automóvil de su amigo?

--No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero mañana...

--¡Ah, ésta es buena! mañana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios,

según dice el poeta.

María Teresa se sonrió, y reuniéndose al grupo de sus amigos, Martholl

y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel

d'Ornay:

--¡Qué deliciosa vida llevamos! En París no hay tiempo para ver a las

personas que nos gustan; aquí, por lo menos, se goza de su presencia.

--¡Y sin fatigarse!

--Naturalmente. ¡Fatigarse en dos meses! Sería preciso ser muy voluble

en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco

justificado. En verdad, es así como se debería vivir: trabajar muy poco,

pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupación que la de la hora

del baño, del tiempo que hará, y del cambio de expresión de los ojos que

nos cautivan.

Iban así caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas

alegres, las jóvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia,

que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jóvenes dejaban

rebosar de su espíritu y de su corazón, esa adoración inconsciente, tan

impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza,

hacia la gracia y la belleza.

Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de María Teresa, a quien

había despojado de su raqueta y de su abrigo.

Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol

se sumergía en las aguas como triunfador, en una decoración de púrpura y

oro.

María Teresa se sentó sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante

aquella apoteosis de luz, se sentía conmovida y se olvidaba de su ser,

para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba

en la contemplación de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas

se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunión con

la Naturaleza, sentía poderosamente la belleza de las cosas creyendo

comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba

en ella, un alma hecha para aspiraciones más elevadas que las pequeñas

satisfacciones de vanidad en que se entretenía generalmente.

Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar,

como para demostrar cuán poco le importaba el despliegue de la pompa

solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su

compañera, trató de arrancarla a su contemplación:

--¿En qué piensa usted, señorita María Teresa?

--No pienso--respondió ella sin dejar de mirar el horizonte,--recibo

emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la

inmensidad. No sabría explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones

que se suceden en mí, mientras admiro estos efectos de luz. Son

impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rápidamente como

los contornos de aquellas nubes.

--Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del

sol que baja. Donde usted está, no veo más que su persona, y nada más:

en su contemplación mis ojos se llenan de alegría y de belleza, y...

María Teresa lo interrumpió con un gesto. Como ciertas naturalezas

delicadas, tenía propensión a amar idealmente, o más bien, a amar un

ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona

de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de él, deseaba que no se

declarase, ante el temor de que una brusca desilusión no la hiciese caer

en la realidad. Aspiraba con pasión a encontrar una alma simple,

enérgica, y un vago presentimiento la hacía temer que no encontraría lo

que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irónicamente,

para contenerlo:

--¡Que me prefiere usted a tales esplendores!... ¿Qué podré yo hacer

para indemnizarlo de la privación de este maravilloso espectáculo? ¿Será

suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? ¡Me temo que

perdería mucho en el cambio!

--¡No se burle! Si usted supiera cuánto la admiro, comprendería por qué

he sido completamente conquistado.

--Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...

--Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos,

ellas saben bien de quién me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera

a ellas, ya estaría convencida de la naturaleza de mis sentimientos,

¡pero es usted tan diferente!... ¡Ni siquiera puedo saber cómo recibe

usted mis atenciones!

--Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...

--¡Si realmente no fuera un importuno, qué feliz sería! Veamos, deme

usted alguna esperanza, autoríceme, por ejemplo, a decirle cosas

tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted

constantemente.

--¡Ah, qué programa! Es asustador para mí, que no sé jugar ni con mis

sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de

la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer,

para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No...

no... no le permito nada todavía. Además, en este momento, casi no lo

escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi

pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.

--¿No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo

decirle le fuera agradable, ¿no cree usted que formase una armonía que

completaría este maravilloso espectáculo?

--¡Qué pretensión!... ¿Quiere usted acompañar con su música de ternura

las más hermosas horas de la Naturaleza?

--No tengo más que una pretensión: la de agradarle a usted. Quiero que

un día, estando yo a su lado, no contemple más las puestas de sol.

María Teresa se levantó riendo, con risa forzada; las frases de Huberto

empezaban a molestarla; juzgó prudente interrumpirlas.

Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la

retiró bruscamente.

--¿No me permite subir con usted a la terraza?--interrogó él.

--No; no debo escucharlo más; es bastante por hoy. Quédese aquí buscando

frases nuevas; nada inspira como la caída de la tarde.

Y con una voz que la alegría y también la emoción contenida hacían

temblar un poco, añadió, subiendo a la terraza del Casino:

--¡Adiós, adiós! querido flirt.

Incertidumbre · 第 9 / 22 题