Los días que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos
y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorría cada
día, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volvía,
embrutecido de fatiga, y subía a su cuarto para prolongar
indefinidamente su soledad. Aguardaba así, del azar, un motivo plausible
para salir de Etretat sin herir a la señora Aubry, que no se habría
explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocían su
carácter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de
hacerle modificar la manera de vivir que había adoptado.
María Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar
de sus amigos y de lo que sucedía en la playa o en el Casino. Se
esforzaba en no conversar más que sobre cosas susceptibles de interesar
a Juan. Pero Diana no procedía con el mismo tacto y abrumaba a su prima
con alusiones más o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos
de Huberto Martholl.
Estos temas de conversación eran dolorosos para Juan, y le aumentaban
el deseo que tenía de huir de Pervenches.
La ocasión que buscaba se presentó en breve.
Un día, paseando, habló con entusiasmo a Bertrán, de la Alemania y de la
Selva Negra.
--Parece increíble--declaraba Bertrán,--que yo no haya ido todavía por
allá.
--¿Te diviertes mucho aquí?--preguntó Juan.
--Moderadamente, ¿por qué me preguntas eso?
--Porque, si tu placer es negativo, deberías pedir a tu padre
autorización para acompañarme a Bohemia, adonde iré próximamente. Estoy
seguro que este viaje te interesará. Para no perjudicar tus estudios,
partiríamos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.
--¡Pues sí, es una magnífica idea la tuya! Esta misma noche le escribiré
a mi padre, rogándole que me deje ir contigo.
El señor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consintió de buena gana
en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jóvenes fue decidido.
Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algún alivio en huir de las
emociones torturadoras, llevaba en el corazón la terrible herida de los
celos, convencido de que cuando volviese a ver a María Teresa, ella no
sería ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo
encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.
En cuanto a ella, la decisión de su amigo de la infancia, la turbó un
poco. No comprendía cómo la permanencia en Etretat no le era agradable.
Pero, sin indagar más allá, no vio en esto más que la aversión del joven
hacia la vida social.
El día de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que
conducía a la estación a los dos jóvenes, Diana le dijo:
--Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las
vacaciones, es estúpida. Me imagino que no vas a extrañar a ese huraño.
¿No estaba Bertrán mejor aquí que en Alemania?... ¡Dios mío, Juan ha
estado bastante áspero en estos días!... Es incomprensible que lo hayas
podido soportar. Debería cuidarse de presentar semejante cara, y
considerarse dichoso de que lo reciban aquí.
--¿Por qué eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la
sociedad, y si no es hipócrita para mostrar cara alegre, ¿es ésa una
razón para que lo maltrates? En cuanto a mí, le perdono todo al amigo
abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica
despótica y mimada, Juan me divertía con paciencia horas enteras. Estoy
cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagración absoluta hacia
nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda
afección y lo quiero en razón de sus nobles sentimientos. Estaba muy
conmovido, hace poco, cuando se despedía... Yo sería, pues, una ingrata
si mis relaciones de hoy, pudieran hacérmelo olvidar.
--Bueno, no hablemos más--concluyó Diana;--no quiero arrancar de tu
corazón recuerdos tan tenaces, pero podríamos distraernos paseando, ¿qué
te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club,
¿vamos?
María Teresa se dejó convencer; se divertía siempre en las partidas de
tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en
las villas vecinas.
Después de subir a su departamento para vestirse, las dos jóvenes
reaparecieron en seguida, vestidas de piqué blanco, cubiertas con el
indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas
en tela gris.
Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se
reunían ese día. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido
un lunch en mesitas. La señora de Blandieres, que lo había pedido, hacía
los honores, auxiliada de sus hijas.
Juana y Alicia de Blandieres, o más familiarmente, «las de Blandieres,»
jóvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos
por este medio, y exigían como cualidad primordial, que fuesen ricos.
Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicándose con demasiada
conciencia al servicio del lunch ofrecido ese día por su madre,
excitando a comer y a beber a los jóvenes que acudían a su invitación.
¿Sería para estimular las fuerzas que aquella juventud emplearía luego
en el tennis o en el flirt?
Audaces y provocadoras, estas jóvenes eran el _specimen_ más completo de
lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy
impropiamente en Francia «la educación americana.» Este género de
educación, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras,
desprovistas por temperamento de la moderación y de la dignidad de las
jóvenes anglosajonas, producía un singular resultado.
La mayor hablaba mucho y reía sin cesar; la segunda, más dócil, imitaba
a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables,
los jóvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces
ninguno se había presentado como pretendiente.
Cerca de las mesas, la señora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su
sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Sabía hablar con gracia, sin
dejar de comer sandwiches de caviar.
--¡Qué espiritual es usted!--repetía continuamente al joven
literato.--Nadie como usted me entretiene tanto...
--Entonces todo va bien en el mejor de los mundos--aprobaba Platel.--Yo
soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos
otros, el llamado a desempeñar la importante función de hacerla reír a
usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre
encanto de todo su ser... Dígame, encantadora señora, ¿a quién prefiere
usted, a mí o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus
amigas?
En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de
la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesión
de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomanía exagerada.
Nada le parecía bueno, ni chic, si no procedía de Londres; a cada
instante, en la conversación, encontraba medio de alabarse de sus
relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a
lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor
satisfacción era ser tenido por inglés.
Cuando María Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de
alegría y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jamás sino con
James Milk, que no era del match, abandonó el juego y se apresuró a ir a
hacer su corte.
--¡Al fin ha venido usted!--murmuró, cuando estuvo al lado de María
Teresa.--Creía que no venía ya, y me aburría espantosamente.
--¿Qué?--dijo ella con sonrisa incrédula.--¿Usted se aburría tanto? ¿Y
el tennis? ¿Me esperaba usted para jugar?
--No. Pero yo vengo aquí atraído por otra cosa que por el tennis, usted
lo sabe bien.
--¡Ah, goloso! ¡atraído por el lunch, entonces!
--Tampoco, querida señorita...
--Señor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo
he venido aquí a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer
honor, nutriéndome substancialmente, a la invitación de mis amigas de
Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quién ganará
el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman
Pablo Arnault. Tercero... ¡ah, Dios mío! ¡pues no me acuerdo!...
--Está usted segura...
--Muy segura, señor fatuo. ¿Tercero?... ¡Ah, ya estoy! tercero, para
después del té, tennis, flirt, etc., subir al magnífico automóvil de mi
amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con él hasta el bosque de Loges y
contemplar desde lo alto del camino de Fécamp una soberbia puesta de
sol. ¡Ahí está todo!
--Usted es desesperante, señorita, y es acaso por causa de eso por lo
que...
--¡Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadería.
--¿Una majadería?
--Califico así, de una manera un poco general, todo lo que me parece
inoportuno, falso...
--Le juro...
--¡Ah, un juramento! ¡Ese es juego conocido, señor Martholl! Seamos
serios: están organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros
amigos, salvo que usted no prefiera...
--Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de
oírla...
Martholl transportó sillas de tijera y se instalaron a fin de poder
conversar mirando el juego.
Era un espectáculo encantador el de aquellas jóvenes de trajes cortos y
claros, moviéndose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.
Se jugó durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la
tarde, la señora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la
puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue
abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o
imprecaciones. Las frases se entrecruzaban:
--¡Hemos ganado tres partidas!
--¡D'Ornay juega muy mal! ¡Pierdo siempre que voy con él!
Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.
--¡Y bien, señorita! ha llegado la hora de la despedida... ¿Dónde está
el hermoso automóvil de su amigo?
--No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero mañana...
--¡Ah, ésta es buena! mañana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios,
según dice el poeta.
María Teresa se sonrió, y reuniéndose al grupo de sus amigos, Martholl
y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel
d'Ornay:
--¡Qué deliciosa vida llevamos! En París no hay tiempo para ver a las
personas que nos gustan; aquí, por lo menos, se goza de su presencia.
--¡Y sin fatigarse!
--Naturalmente. ¡Fatigarse en dos meses! Sería preciso ser muy voluble
en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco
justificado. En verdad, es así como se debería vivir: trabajar muy poco,
pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupación que la de la hora
del baño, del tiempo que hará, y del cambio de expresión de los ojos que
nos cautivan.
Iban así caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas
alegres, las jóvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia,
que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jóvenes dejaban
rebosar de su espíritu y de su corazón, esa adoración inconsciente, tan
impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza,
hacia la gracia y la belleza.
Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de María Teresa, a quien
había despojado de su raqueta y de su abrigo.
Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol
se sumergía en las aguas como triunfador, en una decoración de púrpura y
oro.
María Teresa se sentó sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante
aquella apoteosis de luz, se sentía conmovida y se olvidaba de su ser,
para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba
en la contemplación de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas
se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunión con
la Naturaleza, sentía poderosamente la belleza de las cosas creyendo
comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba
en ella, un alma hecha para aspiraciones más elevadas que las pequeñas
satisfacciones de vanidad en que se entretenía generalmente.
Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar,
como para demostrar cuán poco le importaba el despliegue de la pompa
solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su
compañera, trató de arrancarla a su contemplación:
--¿En qué piensa usted, señorita María Teresa?
--No pienso--respondió ella sin dejar de mirar el horizonte,--recibo
emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la
inmensidad. No sabría explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones
que se suceden en mí, mientras admiro estos efectos de luz. Son
impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rápidamente como
los contornos de aquellas nubes.
--Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del
sol que baja. Donde usted está, no veo más que su persona, y nada más:
en su contemplación mis ojos se llenan de alegría y de belleza, y...
María Teresa lo interrumpió con un gesto. Como ciertas naturalezas
delicadas, tenía propensión a amar idealmente, o más bien, a amar un
ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona
de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de él, deseaba que no se
declarase, ante el temor de que una brusca desilusión no la hiciese caer
en la realidad. Aspiraba con pasión a encontrar una alma simple,
enérgica, y un vago presentimiento la hacía temer que no encontraría lo
que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irónicamente,
para contenerlo:
--¡Que me prefiere usted a tales esplendores!... ¿Qué podré yo hacer
para indemnizarlo de la privación de este maravilloso espectáculo? ¿Será
suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? ¡Me temo que
perdería mucho en el cambio!
--¡No se burle! Si usted supiera cuánto la admiro, comprendería por qué
he sido completamente conquistado.
--Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...
--Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos,
ellas saben bien de quién me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera
a ellas, ya estaría convencida de la naturaleza de mis sentimientos,
¡pero es usted tan diferente!... ¡Ni siquiera puedo saber cómo recibe
usted mis atenciones!
--Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...
--¡Si realmente no fuera un importuno, qué feliz sería! Veamos, deme
usted alguna esperanza, autoríceme, por ejemplo, a decirle cosas
tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted
constantemente.
--¡Ah, qué programa! Es asustador para mí, que no sé jugar ni con mis
sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de
la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer,
para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No...
no... no le permito nada todavía. Además, en este momento, casi no lo
escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi
pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.
--¿No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo
decirle le fuera agradable, ¿no cree usted que formase una armonía que
completaría este maravilloso espectáculo?
--¡Qué pretensión!... ¿Quiere usted acompañar con su música de ternura
las más hermosas horas de la Naturaleza?
--No tengo más que una pretensión: la de agradarle a usted. Quiero que
un día, estando yo a su lado, no contemple más las puestas de sol.
María Teresa se levantó riendo, con risa forzada; las frases de Huberto
empezaban a molestarla; juzgó prudente interrumpirlas.
Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la
retiró bruscamente.
--¿No me permite subir con usted a la terraza?--interrogó él.
--No; no debo escucharlo más; es bastante por hoy. Quédese aquí buscando
frases nuevas; nada inspira como la caída de la tarde.
Y con una voz que la alegría y también la emoción contenida hacían
temblar un poco, añadió, subiendo a la terraza del Casino:
--¡Adiós, adiós! querido flirt.