Los Aubry dejaban, pues, a Creteil, en los primeros días de julio, para
instalarse en su villa de Pervenches.
Construida sobre una de las barrancas gredosas que rodean la playa de
Etretat en semicírculo pintoresco, este chalet blanco domina el mar, y
hacia el otro lado, el jardín, de verdes campos sembrados de flores,
desciende en suave pendiente, flanqueando una amplia alameda, hasta la
carretera de Bennville.
Durante la estación de baños, Etretat es una estación encantadora. María
Teresa encontraba allí numerosos amigos; además, Diana y Bertrán
Gardanne, sus primos, pasaban allí también sus vacaciones. Toda esta
brillante juventud llevaba a la casa de campo de los Aubry, una vida
alegre y feliz.
Algunas semanas después de su llegada, reinaba gran animación en el
jardín. Jugando el tennis, Bertrán, en un match con el campeón
invencible Roberto Milk, se dejaba batir vergonzosamente por la
Inglaterra, ante los ojos atentos de su amigo d'Ornay, experto jugador,
quien, furioso, le dirigía vivas recriminaciones.
María Teresa, Diana, Mabel d'Ornay, Alicia y Juana de Blandieres,
conversaban en la terraza, reclinadas en rocking-chairs.
--¿No ha hecho usted prevenir a Max Platel que hoy nos reuníamos aquí,
por la tarde, María Teresa?--preguntó con aire ansioso la linda Mabel
d'Ornay.
--Tranquilícese usted, Mabel--se apresuró a contestar la burlona
Diana;--ha sido prevenido por orden mía. ¡Qué extraña idea tiene usted
de nuestra manera de comprender los deberes para con los huéspedes, para
suponer que María Teresa y yo no trataríamos de procurar a nuestras
amigas el mayor placer posible! Y como Max Platel constituye el
atractivo de la playa, por el momento a lo menos, sería preciso ser muy
ignorante o muy culpable para no servirlo con el té, los muffins y los
bombones a la violeta.
--¿Por qué esa correlación?--preguntó Alicia de Blandieres.--¿Acaso Max
Platel es un literato a la violeta?
--¿Max Platel?... es un amigo excelente--interrumpió María Teresa.
--¡Oh!--exclamó Diana--¡para mi prima todas las personas que recibe son
sagradas, no es permitido tocarlas, ni aun con rosas sin espinas! Pero
se puede ser un amigo excelente y hacer mala literatura: son cosas que
no tienen nada de incompatible.
--¿Encuentras que es malo lo que escribe? ¡Pues no se creería, porque no
le escatimas las felicitaciones!
--Además--dijo la señora d'Ornay, joven casada hacía pocos meses,--me
imagino que usted no ha leído todo lo de Platel: escribe poco para las
señoritas.
--Diana no habla sino por lo que se dice--respondió María Teresa;--sus
críticas se refieren a los juicios de los inteligentes y en tales
asuntos las opiniones son diversas.
--Pues no es así--interrumpió con viveza Diana,--yo tengo mi opinión
personal; he leído, de Platel, _El Valle de los Lirios y La Aventura de
la señora Tarbes_.
--Entonces, si lo has leído, no has comprendido, y viene a ser lo mismo
que yo te decía. En cuanto a mí, soy de la opinión de los que, sin
haberlo leído, encuentran que tiene talento.
Diana estaba mortificada, pero Mabel d'Ornay triunfaba. Desde el
principio de la estación, Max Platel se mostraba muy solícito con ella;
la joven estaba envanecida, pues el novelista a un exterior atrayente
reunía una reputación lisonjera, y la circunstancia de que se le
reconociera talento, aumentaba el mérito de sus atenciones.
--Y nuestro amigo Huberto Martholl ¿cómo es que no se encuentra ya
aquí?--preguntó Diana.--Generalmente, cuando nos reunimos él es el
primero en llegar.
--¡Ah, sí!--dijo con animación Juana de Blandieres,--tengo muchos deseos
de verlo, a ese Huberto Martholl de quien ustedes hablan tanto!
--¿Cómo no conoce usted al hermoso Martholl?
--Estamos aquí desde hace dos días solamente, y hoy es la primera vez
que salimos. Hemos traído tanto equipaje que no podíamos encontrar nada
de lo que necesitábamos, y nos era imposible dejarnos ver en el Casino
en traje de viaje.
--¡Naturalmente el exceso de baúles es un estorbo!--repuso Diana.--Si
usted no hubiera traído más que uno, encontraba en seguida el vestido
que necesitaba. Hubiera ido al Casino esa misma noche, Martholl le
hubiera sido presentado, habría usted bailado con él, y hoy sería para
usted una relación antigua, mientras que ahora ¿rescatará el tiempo
perdido?
--¡Bah! ¡no creo que sea tan grande el perjuicio!
--¿Es usted, Mabel, quien tuvo la buena idea de traerlo por
aquí?--preguntó Juana de Blandieres.
--Sí, ha venido a vernos.
--¿Se quedará mucho tiempo?
--Creo que unos quince días.
--¡Oh! no es mucho; habrá que decidirlo a pasar toda la estación; hay
tan pocos flirts interesantes...
--Ya verá usted qué chic es--dijo Diana.--Pero, ahí viene con Platel:
puede empezar a contemplarlo.
--Hacia el extremo de la larga avenida, dos jóvenes avanzaban. El uno
era pequeño y nervioso, hablaba con vivacidad, poniendo toda su persona
en movimiento, de aspecto alegre y fino; el otro, alto, frío, era
infinitamente más elegante.
Cuando se aproximaron para saludar a las jóvenes, todas ellas los
recibieron con el aire de contento que se demuestra al ver llegar al fin
a quienes se espera.
--¡Y bien! ¡pueden ustedes alabarse de haberse hecho desear!--dijo
aturdidamente Diana, después de la presentación de Huberto
Martholl;--hace una hora que suspiramos por turno: ¿Vendrán? ¿Les has
avisado? ¡Con tal que no se hayan olvidado! Me gustaría ser esperada con
tanta ansiedad.
--Pero, señorita--respondió Platel sentándose al lado de la señora
d'Ornay,--estoy cierto que cuando usted no está, son esos los
sentimientos que se manifiestan...
--¿Lo cree usted?--replicó Diana.--Yo pienso que un novelista vale por
varias mujeres lindas. Aunque el literato sea algo menos raro, hoy, que
tanta gente se entromete a escribir, es, sin embargo, un artículo suyo
muy buscado en el mundo; se lo arrebataban. Las mujeres lindas adornan,
es cierto; pero los hombres de talento adornan de un modo más
interesante.
--Usted quiere enorgullecerme, señorita Diana. Esta acogida me confunde.
Pero le ruego que no continúe tejiéndome coronas; me conozco, no me
resolvería nunca a dejar un sitio donde la permanencia es tan agradable.
Luego, mirando a las jóvenes con aire de admiración:
--Señoritas, ustedes tienen el secreto de hacerme feliz; sus palabras
destilan la miel de la lisonja, y son ustedes también el placer de los
ojos. Dime, Martholl--y se volvió hacia su amigo que se había sentado
entre María Teresa y Diana,--¿Puede verse algo más hermoso, más
encantador que este grupo de niñas? Se diría que están vestidas con
pétalos de flores, tan delicados son los colores que llevan.
Huberto se sonrió asintiendo, en tanto que su mirada contemplaba con
manifiesta satisfacción el pequeño círculo.
Platel continuó:
--No sabría expresar hasta qué punto soy esclavo de la belleza. Los
tonos armoniosos son para mí sinfonías exquisitas que me encantan, en
tanto que la reunión de ciertos colores y formas hacen rechinar mis
nervios como el chirrido de una sierra al cortar la piedra. Sufrir de
esta manera ante la fealdad de las cosas, es pagar muy caro el placer de
buscar la belleza en sus manifestaciones diversas, por desgracia
demasiado fugaces, frecuentemente. Yo soy Pan persiguiendo a Syrinx;
pero hoy he cazado a la diosa, puesto que puedo contemplar a mi gusto
estas formas graciosas adornadas con arte delicado.
--Cuánta razón teníamos en esperarlo a usted con impaciencia--suspiró la
señora d'Ornay;--no hay como usted para pronunciar palabras lisonjeras.
Max Platel, sintiéndose en disposición de dar una conferencia, y
halagado por su éxito, que leía en las sonrisas plácidas y en las
miradas atentas de su auditorio femenino, continuó:
--Las mujeres no se imaginan bastante, creo, la importancia de la
estética en el vestido. No es que las acuse de falta de coquetería, ¡oh,
no! Lamento solamente que no tengan siempre el gusto seguro. Hay muchas
personas que, como yo, viven principalmente por los ojos; debería
tenerse cuenta de ellos y cuidárseles la decoración. En nuestra época
toda la fantasía, toda la alegría del color, se ha refugiado en el
vestido femenino, puesto que nosotros no somos ya más que tristes
maniquíes, todos iguales, negros y dibujados por igual.
--¡Ah! permíteme, querido amigo--interrumpió Martholl.--Con algún empeño
y gusto personal, se puede obtener gran resultado de estos ínfimos
elementos.
--¿Dices esto para hacernos notar que tú has sabido realizar ese
prodigio?
--¡Puede ser!--murmuró Martholl sonriendo.--Un hombre hábil no debe
jamás desperdiciar la ocasión de hacerse valer.
Las miradas de las jóvenes le daban razón; se posaban con simpatía en su
elegante persona, admirando su irreprochable traje de verano, desde la
corbata de batista clara hasta el barniz de sus zapatos amarillos donde
se reflejaba el cielo.
--Admitamos que Martholl sea una excepción y que se afana por vestirse
para deleitar a sus contemporáneos; en cuanto a ustedes, déjenme darles
un consejo, mis encantadoras amigas: preocúpense siempre de ser lo más
hermosas posible; piensen en el placer que nos causan con un adorno
feliz.
--Platel, debía usted habernos prevenido; esto es una conferencia.
--Seguramente...
--Entonces, voy a servirle una taza de té en reemplazo del vaso de agua
clásico de los oradores--dijo Diana levantándose.
--Acepto, señorita, y continúo: observen ustedes cómo el vestido
entristece o alegra una época: ¡la gente debía divertirse poco en la
corte de Felipe II, bajo la austeridad del terciopelo negro! Y hay que
convenir en que, a pesar de las escenas sangrientas de la Revolución y
las cabezas cortadas durante el Terror, no nos horripilan estos
espectáculos, en los cuales las víctimas aparecen engalanadas con gracia
ligera y voluptuosa, empolvadas y vestidas de sedas claras. Estos
espectros nos conmueven, pero no nos espantan. Imaginémonos ¡qué cosa
más horrorosa sería una revolución hoy, entre toda esta gente difrazada
con nuestros trajes modernos, imposible de evocar trágicamente con aires
de ópera!
--¡La Revolución!--exclamó Mabel d'Ornay, simulando un temblor de
espanto para acercarse al joven novelista.--¡Brrr! espero que ya no
habrá jamás otra. ¿Acaso el pueblo necesita reivindicaciones? ¿No tiene
todo lo que le hace falta?
--¡Oh, Mabel!--intervino María Teresa,--¡puede usted decir eso! ¡Hay
tanta miseria todavía!... Me sorprende que todos los que se mueren de
hambre permanezcan tan resignados y no traten de rebelarse contra
nosotros, que disfrutamos de todo. Somos muy culpables hacia ellos...
--¿Culpables?... ¿culpables de qué?
--De preocuparnos muy poco de sus sufrimientos; nosotros, los burgueses,
los ricos de hoy, no comprendemos mejor nuestro deber que los nobles el
suyo antes de la Revolución.
--Yo soy de la opinión de Mabel--dijo Diana.--Me pregunto ¿qué otros
privilegios podría reclamar el pueblo: acaso cualquiera, por pobre que
sea, no llega, si tiene carácter y ambición, a ser rico y obtener todo
lo que quiere? Mira, sin ir más lejos, Juan Durand a quien esperamos
esta noche, es un ejemplo vivo del hombre del pueblo que sabe vencer; el
porvenir es suyo.
--Ciertamente--repuso María Teresa con viveza,--pero debías agregar que
el hombre del pueblo tiene que reunir a una inteligencia nativa, una
suma de trabajo, de energía y de paciencia poco comunes, para llegar a
una posición igual a la de Juan. Además, Juan tuvo la suerte de
encontrar a mi padre quien lo dirigió y sostuvo.
--¿Quién es ese Juan?
--Un niño abandonado, que mi padre recogió en otro tiempo y que ha
sabido adquirir en nuestra cristalería de Creteil, la ciencia completa
de su oficio, sin descuidar sus estudios escolares. Con una rara
facultad de asimilación siguió los cursos nocturnos y aprovechó toda
ocasión de instruirse. Habla el inglés, el alemán, y actualmente es
subdirector de la fábrica. Los obreros lo quieren, lo respetan y lo
obedecen, porque sabe mandar con suavidad y firmeza.
--¡Pero ese hombre es un prodigio entonces!
--No se entusiasme, Alicia--dijo Diana;--un prodigio, quizá; pero
seguramente un flirt imposible.
--¿Es feo?
--¡No, hasta es hermoso a su modo; no se le podrá reprochar que sea
enclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y el
busto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio,
severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo.
--¿Por qué dices eso?--exclamó María Teresa, dirigiéndose a su prima con
cierta vehemencia.--Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no está
bien imputarle como defecto lo que le reprochas. Está tan ocupado, que
no tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Con
su trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, no
puede realmente tener el aire de un clubman.
--La señorita María Teresa defiende admirablemente a sus
amigos--observó Platel;--esto provoca el deseo de aumentar el número de
ellos.
María Teresa tendió, sonriéndose, la mano al joven.
--Usted figura en el número, Platel; en efecto, creo ser una buena
amiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo demás, usted
va a conocer a Juan; llega esta noche y pasará algunos días con
nosotros. Ustedes podrán apreciar por sí mismos, que es merecedor de
todas las simpatías.
--Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma--dijo Huberto Martholl, que
no perdía un solo movimiento de la joven.
La conversación fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaron
hazañas que nadie escuchó, y formaron círculo aparte. Después, cuando
los jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches,
muffins, dulces, té y vino de Madera, todo el mundo se levantó.
Alicia de Blandieres se aproximó a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay,
para decirle a ésta, en tono de confidencia:
--¡Oh! querida mía, es exquisito, su Huberto Martholl.
Mabel d'Ornay se echó a reír:
--¡Mi Huberto Martholl! ¡con qué posesivo comprometedor lo califica
usted!... ¡Vaya! ¡ya está usted conquistada, mi pobre Alicia!
Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jóvenes, nuestro amigo.
Alicia tomó cómicamente la mano de la joven, y sacudiéndola con fuerza:
--¡Qué hermoso ejemplo de desinterés da usted, Mabel, no atesorando
sus flirts y poniéndolos a la disposición de sus amigas!
--Pero, si Martholl no es mi flirt--gimió Mabel, mirando con inquietud
hacia Max Platel.
--Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar--continuó
alegremente Alicia.--Cada una de nosotras tiene derecho a tratar de
llegar primero para plantar la bandera vencedora.
--¡Ah!--exclamó Diana,--¡después de esto, nadie se atreverá a afirmar
que la juventud femenina no es colonizadora!
La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrán Gardanne que iba a
recibir a Juan, todo el mundo se dispersó, dándose cita para la noche en
el Casino. Las dos primas fueron a vestirse. María Teresa bajó sola poco
después; quería estar allí para recibir a Juan.
Algunos días antes, Jaime había escrito, desde Budapesth, que creía que
Juan pasaba por una crisis moral, que debían atenderlo un poco, así como
debían convidarlo a pasar unos días en Pervenches.
Inmediatamente la joven rogó a su madre que invitase a Juan, y éste
aceptó la invitación porque, con el fin de sacudir su preocupación
moral, había resuelto visitar por segunda vez las cristalerías de
Austria, proyecto que deseaba someter a la aprobación del señor Aubry.
La hora de la llegada del tren se aproximaba. María Teresa pensó que
Juan se alegraría de la prueba de amistad que le daba saliendo a su
encuentro. Vería, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisa
dulce y feliz que tenía siempre cuando la veía.
Después de haber cortado algunas flores en el jardín que rodeaba la
casa, se sentó ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su lado
y esperó.
Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque veía
con menos frecuencia que antes al compañero de su infancia, le
conservaba mucha afección. Recuerdos de aquel tiempo, que la joven
consideraba lejano, le venían a la memoria; pero como el ambiente en que
vivía por el momento, hacía predominar en ella las impresiones mundanas,
pensó de pronto en lo que su tía había dicho un día, al oír alabar las
grandes cualidades de Juan:
--Juan Durand, es quizá un carácter, pero nunca será un hombre de mundo,
a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instrucción que le hacen
dar.
Para una joven de veinte años, por sensata que sea, el joven que no es
un lindo maniquí acicalado, buen bailarín y diestro jinete, pierde mucho
de sus méritos.
María Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia del
ningún valor del juicio de la señora Gardanne, pero a pesar suyo estaba
preocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distraída el crepúsculo
que descendía lentamente hacia la tierra, la idea de la obligación en
que se vería de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente.
Suspiró con real inquietud.
--¡Con tal que no se le ocurra bailar!--pensó.
En esto su temor era vano. Juan conocía tan bien lo que le faltaba para
figurar en sociedad, que se había convertido casi en un salvaje. En un
principio se había irritado contra sí mismo. Aislado y solitario
después, se desahogaba juzgando fríamente la vaciedad y frivolidad de
las palabras y actos mundanos.
El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvió a Teresa
la noción del momento presente. Ante la escalinata, Bertrán saltó al
suelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa de
ver a la joven. Esta avanzaba hacia él, cordialmente, tendiéndole las
manos.
--Gracias, por haber venido... Espero que se quedará algún tiempo con
nosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aquí no hay que
pensar sino en descansar y en divertirse ¿no es verdad?
Juan no contestó en seguida. Al fin consiguió dominarse y con voz casi
exenta de vestigios de emoción dijo:
--Usted es demasiado buena en añadir estas palabras de bienvenida a la
amable insistencia que han tenido en invitarme el señor y la señora
Aubry. En cuanto a convertirme en un perezoso, debe usted renunciar;
sería hacerme un mal servicio. Mi trabajo es mi sola razón de ser. ¿Para
qué serviría yo, si no trabajase?
Al pronunciar estas últimas palabras, Juan no pudo reprimir cierto
acento de amargura, como si se burlase de sí mismo. María Teresa notó la
ligera tristeza que trascendía a través del aire feliz de su amigo.
--Venga, Juan--le dijo tomándolo por la mano;--voy a conducirlo a su
habitación. He elegido la que tiene más linda vista; por la mañana,
cuando abra los ojos, verá el mar; eso lo distraerá de los horizontes de
la fábrica.
Se dirigieron a la escalera. Juan, contemplando a su conductora, la
seguía lleno de felicidad. Al llegar al segundo piso, ella abrió una
puerta y mirando a su compañero, dijo:
--Aquí está su jaula, la he adornado con mis propias manos; deseo de
todo corazón que sea usted mi prisionero por mucho tiempo.
Y como Juan, al darle las gracias, le devolviese las flores que le había
tomado para aliviarla, ella arrancó del ramo unas rosas, que le entregó,
agregando:
--Tome usted para su _boutonnière_, y ahora apresúrese, que la campana
de la comida sonará dentro de media hora.
--Guardo estas flores porque tienen para mí el mérito de venir de sus
manos; pero yo no sabría llevarlas con gracia en mi _boutonnière_, como
sus elegantes amigos; estaría ridículo.
--¿Por qué?--interrogó María Teresa simulando no comprender.--Son ideas
que usted se hace; déjeme colocarle las flores...
Y Juan vio con emoción, aquellas pequeñas manos colocar hábilmente sobre
la solapa de su vestido las fragantes rosas.
--¡Mire un poco--dijo sonriendo la joven.--Está usted igual a esos
jóvenes tan elegantes!... Hasta luego; lo esperamos en el hall.
Media hora después la familia se encontraba reunida, y Juan recibía de
todos una acogida afectuosa. La señora Aubry tomó su brazo para pasar al
comedor; el señor Aubry se colocó entre las dos jóvenes y se apoderó
alegremente de un brazo de cada una de ellas, en tanto que Bertrán y
Martholl, invitados ese día, seguían muy correctos.
Estos jóvenes, al lado de Juan, ofrecían un visible contraste:
delgados, pálidos, delicados, parecían no haber nacido para la lucha.
Las finas siluetas de hijos de familia, holgados dentro del smoking,
hacían resaltar la fuerza muscular de Juan. Sus anchas espaldas, su
rostro enérgico tenían cierta belleza, una belleza viril que hacía
dominante su mirada luminosa, súbitamente dulcificada, hasta la más
infinita ternura, cuando se posaba sobre María Teresa.
Pero Diana tenía razón; Juan no era el joven sociable y seductor que
Alicia de Blandieres hubiera querido que le fuese presentado, a la
noche, en el Casino. Alicia no habría mirado con buenos ojos a aquel
caballero poco elegante, poco versado en la ciencia de las actitudes, e
ignorante de la moda que rige, como soberana, los movimientos de los
saludos y de los _shakehands_.
Juan, al lado de Bertrán y Huberto, reclamos vivientes de sus sastres,
parecía un hijo del pueblo, de ese pueblo que es carne y sangre de la
nación, y se destacaba entre aquellos dos jóvenes incoloros pero
selectos.
De toda su persona, tallada vigorosamente, emanaba como una promesa de
protección física o moral; su aspecto confortaba, y su fisonomía
inspiraba confianza.
En la mesa, sentado entre María Teresa y la señora Aubry, producía la
impresión de la fuerza serena y tranquila, mientras escuchaba,
sonriendo, las frases que revoloteaban a su alrededor. Apenas terminado
el primer plato, el señor Aubry le dirigió la palabra.
--Y bien, amigo mío, ¿qué hay de nuevo en la fábrica? Tus últimas cartas
eran un poco lacónicas. Me debes algunos detalles.
--¡Oh! papá--exclamó María Teresa,--por favor, espere usted a estar solo
con Juan para hablar de sus asuntos. Además hay que dejarlo descansar a
este pobre joven; le hace falta. Aquí, hay una tregua; son las
vacaciones; no se habla de la fábrica.
Al oír a su hija, el rostro del señor Aubry se había oscurecido.
--Vamos, veo que a ti como a tu hermano este tema te fastidia, y lo
siento mucho. Habría sido muy feliz, lo confieso, si hubiera tenido un
hijo que participase de mis gustos y que sintiese placer en cultivar
este arte que yo amo tanto, porque ocupa el cuerpo y el espíritu. Un
buen cristalero es a la vez un sabio, un artista, un hombre de estudio y
un hombre de acción. Ahí tienes, hija mía, un programa, que seguramente
no realizará un cualquiera. ¿No tengo razón, Juan?
Y como Juan aprobase con una inclinación de cabeza, el señor Aubry
continuó:
--¡Ah! Juan, felizmente, no es como Jaime; nuestros asuntos no le son
indiferentes. ¡Ah, no! siente en su alma la misma pasión que yo por el
cristal. ¡Cómo nos entendemos! ¡Lo que hemos trabajado juntos al
resplandor de los mismos hornos, cáspita! Y es de la raza de aquellos
hombres de que en otro tiempo se creaban los caballeros industriales.
--Usted exagera, señor--respondió Juan;--cristalero, sea, pero
caballero, no. ¡Esta denominación le sienta a usted mejor que a mí! Sí,
yo amo a nuestra querida cristalería. Solamente que comprendo que no se
diviertan mucho los que nos escuchan cuando hablamos. Caemos en las
ridiculeces de esas madres que alaban sin cesar a sus hijos delante de
personas que ningún interés tienen. Además, aunque el estado de
cristalero sea un estado noble, no faltan otros igualmente atrayentes.
Seamos justos. Si todo el mundo fuera cristalero, ¿qué sería de
nosotros, mi querido maestro? No debe usted lamentar nada; Jaime habría
trabajado el cristal sin convicción, en tanto que será un soberbio
abogado, bajo su toga. Y podrá sernos útil si tenemos pleitos, él nos
defenderá.
--¡Oh! Jaime no estima mucho los pleitos sobre negocios. Prefiere las
causas sensacionales.
--Yo sé lo que le conviene a Jaime--interrumpió Diana:--un hermoso
crimen con un asesino difícil de defender. Lo que hace la reputación de
un abogado, no es ganar siempre sus pleitos, sino abogar en causas de
resonancia. Se habla más de los que dejan guillotinar a sus clientes,
que de los que los salvan de la ruina. Supongo, pues, que Jaime se
dedicará a la clientela de la Corte de Asises.
La señora Aubry la interrumpió para dirigirse a Juan.
--Dime, hijo mío, espero que te quedarás con nosotros algunas semanas.
Hace mucho tiempo que no tienes vacaciones; esta vez quiero
verdaderamente que pases aquí la estación entera de baños; sé que
tendrás gran placer...
--Mi mayor placer es estar con ustedes, señora, usted lo sabe bien; pero
el reposo no me conviene. No sé qué hacer cuando no me entrego a mis
ocupaciones habituales. Sin embargo, mi deseo es quedarme el mayor
tiempo posible; nada, por el momento, exige mi presencia en Creteil.
Antes de salir de allí, he organizado todo, y para el trabajo
corriente, Rousseau es un hombre en quien se puede fiar. No es
solamente en previsión de una permanencia en Pervenches, por lo que he
tomado estas disposiciones; tengo la intención de volver a visitar las
cristalerías de Bohemia. He oído hablar de nuevos procedimientos de
fabricación; querría examinarlos, para someterlos a su aprobación, mi
querido protector.
--Bien, amigo mío, reconozco ahí tu espíritu de iniciativa; pero por el
momento, no veo la necesidad...
--¡Oh! no, tío--exclamó a su vez Bertrán,--no vuelva a caer en sus
historias de cristalería. Un poco de paciencia, que pronto vamos a
dejarlos solos; entonces podrán conversar libremente y ocuparse de sus
negocios. Nosotros admiramos las hermosas obras que salen de sus manos,
pero es inútil enterarnos de cómo se hacen. Mi intervención es de mera
prudencia: porque los conozco. Si se les deja ir, en algunos instantes
llegaremos a las combinaciones químicas, y como no entendemos nada,
ustedes habrán hablado sin provecho para nadie.
--Vaya--dijo Juan festivamente,--no hay nada que hacer, ¡tenemos un mal
público!
Cuando se levantaron de la mesa, María Teresa se acercó a Juan y le
preguntó si quería acompañarla al Casino.
--Agradezco mucho su generosa oferta; pero si usted me permite, voy a
quedarme con su papá. Soy un ser huraño, me gusta poco la sociedad.
¿Cree usted que yo consentiría en darle la molestia de mezclar mi
persona a través de sus relaciones balnearias? Tendría que presentarme a
sus amigas ¡qué tarea tan abominable! Y si me aburriese en un rincón,
usted se creería obligada a dejar a sus amigos para venir a conversar
conmigo. Sería, pues, un verdadero estorbo para usted. Prefiero que me
permita quedarme con su padre; fumaremos un cigarro en el jardín,
hablando de cosas que nos interesan.
--¿Entonces, desde su llegada hay que darle plena libertad para
abandonarnos?
María Teresa fue interrumpida por Diana:
--¡Y bien! ¿cuándo acabarán de hablar en ese rincón los dos? ¿Sabes? son
ya las diez... ¿No partiremos nunca, tía?
--Las estoy esperando, hijas mías--respondió la señora Aubry.
--Juan, ayúdeme usted, entonces.
Y María Teresa dio al joven su manto blanco incrustado en guipur de
Irlanda.
Después de haberlo colocado delicadamente sobre los frágiles hombros,
Juan retrocedió, diciendo con admiración:
--¡Parece usted una reina, María Teresa!
Ella se sonrió, y le tendió las manos:
--Pero muy pobre reina, pues no sé hacerme obedecer.
Juan la acompañó hasta el coche, donde se hallaban ya la señora Aubry y
Diana. Mientras pudo seguir con la vista la luz de los faroles, huyendo
a través de los árboles, quedó allí inmóvil, como si aquella forma pura
y blanca le hubiera arrebatado el espíritu. Sentía ahora no haber ido.
¿Por qué no había querido acompañar a María Teresa al Casino? ¿No era su
más grande felicidad verla, estar a su lado? ¡Qué necedad dejar escapar
aquellos minutos preciosos en que la habría visto vivir y moverse en
aquella decoración de lujo y alegría! Sin embargo, había sido prudente
no acompañarla; conocía demasiado, por haberlo experimentado ya, el
suplicio de verla en un baile. ¡Qué celos tan espantosos sufría cuando
la veía, amable, sonriente, y siempre rodeada de jóvenes! En estas
ocasiones se había dado cuenta del estado de su corazón. En un
principio, desesperadamente, había tratado de luchar contra aquel
sentimiento naciente que en su alma escrupulosa no se reconocía el
derecho de abrigar. Si bien los años habían transcurrido, modificando su
situación y dándole la esperanza de un hermoso porvenir, creía que para
los Aubry, él era siempre el niño pobre recogido por caridad. En cuanto
a María Teresa ¿no era absurdo esperar el ser a sus ojos jamás otra cosa
que un buen empleado, a quien le hacía demasiado honor con atenderlo
amablemente? Pero si Juan se esforzaba en sofocar en lo más profundo de
su ser su sentimiento, a pesar suyo, deseaba ardientemente gozar el
mayor tiempo posible de la presencia querida de María Teresa, y vivía en
el temor continuo del casamiento de la joven. Cada vez que ella iba a un
baile o que algún joven desconocido era recibido en casa de los Aubry,
Juan, angustiado, se preguntaba:
--¿Será éste quien se la llevará?
Hasta entonces, felizmente, María Teresa se había mostrado difícil,
declarando que no se casaría nunca sin conocer bien, apreciar y amar a
quien había de ser su marido. A pesar de estas declaraciones de
principios, Juan no se hacía muchas ilusiones; sabía que el
acontecimiento que él temía, más o menos tarde tendría que producirse,
pues María Teresa, rica y linda, reunía todas las condiciones de un
brillante partido.
Al salir para Etretat, se había prometido ahogar valerosamente en sí lo
que sentía. Esperaba ser bastante fuerte para dominarse; pero al volver
a ver a la joven, después de una ausencia de dos meses, se dio cuenta de
que su mal, en vez de calmarse, llegaba al paroxismo, y que nunca podría
ser para ella un simple amigo.
Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando el señor Aubry se
aproximó a él:
--Y bien, Juan, ¿en qué piensas? Te andaba buscando; la noche está
magnífica; vamos a dar una vuelta por el jardín a la claridad de las
estrellas.
--Como usted quiera, mi querido señor.
Juan encendió un cigarro, y siguió al señor Aubry.
--A la verdad, en esta hermosa propiedad se goza de una calma y de un
reposo deliciosos. ¡Cómo han crecido estos árboles después de la última
vez que vine, hace tres años!
--El hecho es, mi querido amigo, que tú no tomas vacaciones con
frecuencia.
--No las necesito todavía; son convenientes para usted, que trabaja
desde hace mucho tiempo; por eso me esfuerzo en reemplazarlo para que
usted pueda descansar un poco. ¡Lo tiene bien merecido después de haber
creado una inmensa fábrica que está hoy en plena prosperidad!... Yo no
tengo por qué darme vacaciones; gracias a usted he entrado en un negocio
que marchaba solo y que basta vigilar ahora; la tarea es fácil; basta
ser un trabajador celoso.
--No seas tan modesto, amigo mío; desde luego, un trabajador inteligente
es cosa rara; tú sabes cómo lo cuido; tú, además, tienes el espíritu
creador, gusto e iniciativa. Nunca dudo del éxito de tu trabajo. A
propósito ¿de qué proyecto hablabas, cuando nos interrumpieron aquellas
criaturas terribles? ¿Decías que querías ver las cristalerías de
Bohemia?
--Mi verdadero pensamiento voy a decírselo a usted; nuestra cristalería
es única, porque de ella salen obras admirables; pero usted sabe mejor
que nadie lo que nos cuestan las tentativas de arte, a causa de los
numerosos ensayos que exigen. Antes de llegar a la meta, hacemos grandes
desembolsos, que nos vemos obligados a reparar subiendo el precio de la
venta. Recuerde lo que nos costó el tallado en agujas marinas. Creo que
si conjuntamente con este arte de gran lujo, establecemos una
fabricación de objetos de venta más corriente, podríamos obtener grandes
beneficios, que nos ayudarían prodigiosamente a ensayar otras
combinaciones químicas, necesarias para las creaciones nuevas. En suma,
hoy corremos muchos riesgos, pues la venta de un objeto de arte, no es
nunca segura; hay que encontrar al aficionado, al entendido. Por
ejemplo, en este momento, nuestras experiencias para hacer el ópalo nos
han exigido grandes desembolsos; si nos ocurriese cualquier
contratiempo, tendríamos un serio perjuicio. Esto me preocupa a menudo,
sobre todo desde que me han impresionado las malas noticias que corren
respecto del Banco Raynaud. No he querido comunicarle esta noticia. Se
habla de ruinosas operaciones. Usted tiene mucho dinero en ese Banco;
habría que tomar, quizá, algunas precauciones. Siempre he temido alguna
catástrofe que pudiera repercutir contra nosotros; ¡como lo veo tan
confiado a usted!...
Desde que Juan empezó a hablar de la casa Raynaud, el señor Aubry se
había puesto inquieto.
--¿Qué me dices? ¡Eso es inverosímil! ¿Estás cierto de tu información?
Sería muy grave... ¡Bah! no puedo creer, debe ser algún falso rumor; hay
gente que no retrocede ante nada para hacer la guerra de competencia; es
una casa sólida la de Raynaud, ¡qué diablos!
--Cuando el furor de la especulación interviene, nunca se está seguro de
la solidez de una casa bancaria. En todo caso, hay que tener prudencia,
y yo no tengo tanta confianza como usted.
--Tú eres juicioso y de buen consejo, lo sé; es una excelente cosa; pero
¡cáspita, no hay que exagerar! Bueno, volvamos a tu idea; no la
encuentro mala. Ciertamente, de buena gana fabricaré objetos de venta
corriente, teniendo cuidado, naturalmente, de conservar las bellas
formas. Decididamente, te haces más práctico que yo; tienes el espíritu
más comercial, es evidente; estás en el movimiento, y, además, es
conveniente que las antiguas casas sean renovadas; tú eres joven,
activo, enérgico, y he pensado, con frecuencia, que podías
sustituirme... ¡No protestes! Es preciso que lo sepas, hijo mío, cuento
contigo para la continuación de mi obra; cuando conocí la defección de
mi hijo, una gran tristeza se apoderó de mí; es terrible, sabes, pensar
que una casa creada por mí mismo, que contiene toda nuestra vida, ha de
pasar a manos extrañas. Y, entretanto, es fatal, después de largos años
de labor, la inteligencia se entorpece, la energía se debilita.
Generalmente es por falta de savia que declinan las grandes cosas. Por
eso, sólo después que te he visto en la obra, dejándote en plena
libertad, he recuperado la tranquilidad.
--Mi querido maestro, usted es realmente el alma de la fábrica... ¿Qué
sería yo sin usted?
--Yo te he formado, sé lo que vales. Seguramente mi colaboración te es
útil todavía; pero yo puedo enfermar y verme en la imposibilidad de
dirigir nuestros asuntos; ahora bien, sabiendo que tú estás allí, no
temo los acontecimientos; es mi recompensa de haberte hecho el hombre de
valer que eres. Tú tienes todas las condiciones que se necesitan para
continuar mi obra.
--Mi querido protector, sin usted yo no sería nada.
--Y sin ti yo me convertiría en nada. Desgraciadamente para los hombres
de mi carácter, llega un momento en que es imposible producir la misma
suma de trabajo; cuando, como yo, se ha sido la palanca elevadora de una
casa, se entristece uno ante la idea de ver derrumbarse el edificio
construido con tanto trabajo. Así, volviendo a lo que te decía durante
la comida, tuve un gran pesar la primera vez que comprobé la poca
afición de Jaime a nuestra industria. ¡Ah! ¡no tiene ese fuego sagrado!
¡Tener en sus manos un negocio como éste, que da, en bueno o mal año,
unos treinta mil pesos de beneficio neto, y desecharlo para contentarse
con ser el hijo de su papá!... ¡En fin! Contigo, sin embargo, la tarea
le habría sido fácil... Pero no, no le gusta. Tendría que levantarse
temprano, renunciar a los sports, a los five o'clock... No se ha
preocupado en saber que, aparte de un millón, puesto laboriosamente en
un Banco, la fábrica es toda la fortuna de mi mujer y de mis hijos. ¿Qué
sería de ellos si yo desapareciese?
Te lo declaro; sólo después que te he visto dirigir las cosas, es cuando
he recuperado la confianza en el porvenir. Cuento contigo, Juan. Tú
serás el continuador de mi obra. ¡Ah! la realización de mi sueño sería
que tú llegases a ser mi hijo a otro título... Pero, esto sólo puedo
desearlo; no me corresponde intervenir. Creo que los padres no tienen el
derecho de dirigir los sentimientos de sus hijos ni de fijar sus
destinos en materia de sentimientos. ¡No importa! para ti, para María
Teresa, para mí, este suceso constituiría nuestra mayor felicidad.
Juan, paralizado por indecible emoción, estaba absorto ante aquella
revelación; luego tomó una mano del señor Aubry y la estrechó con
fuerza, murmurando con voz ahogada:
--¡Oh, gracias, mi querido señor! pero usted tiene razón; ni usted ni yo
debemos influir...
Juan, en su profunda turbación, no pudo terminar la frase.
El señor Aubry no insistió, y hasta simuló no apercibirse de nada,
inquieto por la impresión que sus palabras habían causado en el alma de
su hijo adoptivo, y temeroso de haberse avanzado demasiado.
Dejó de caminar, y dijo con aire indiferente, tirando su cigarro:
--¿No encuentras que hace un poco de fresco bajo estos árboles? Voy a
ponerme el sobretodo para ir al Casino. ¿Quieres venir conmigo?
Juan dio una respuesta evasiva, y permaneció solo, quebrantado por la
emoción, incapaz de dominar los pensamientos confusos, felices y
angustiosos que hervían en su mente.
¿No era un sueño lo que acababa de oír? Lo dudaba, después que el señor
Aubry se había ido; pero el fuego del cigarro que brillaba aún entre el
césped, lo tranquilizó. ¿Así, pues, el señor Aubry y Jaime, no se
indignaban ante la idea de que el huérfano pudiera un día convertirse en
un hijo y en un hermano?
¡Cómo resonaban aún en sus oídos aquellas palabras mágicas! ¡Y él, Juan,
que apenas se atrevía a soñar en lo que el señor Aubry había expresado
en alta voz, con tanta sencillez y naturalidad! ¡No era, pues, un
irrealizable sueño! ¡Los sentimientos que él sofocaba con tanta pena,
los alentaba en él, le daban casi el derecho de declararlos! Era
demasiado. Y, loco de alegría, se repetía las palabras de esperanza...
Entonces, una ráfaga de orgullo se apoderó de él. Gracias a su energía
para el trabajo, podía aspirar a aquella gran felicidad que era toda su
ambición: casarse con la que amaba, vivir cerca de ella, tenerla siempre
a su lado. Y arrebatado por la imaginación, se veía paseando con María
Teresa por países que conocía bien, pero que se transformaban con la
presencia de su amada, apareciéndosele como comarcas fabulosas y
encantadas.
Al fin, se substrajo a esta alucinación, y miró a su alrededor. La
Naturaleza parecía asociarse a su felicidad; las hojas, mecidas por
suaves brisas murmuraban en la noche; vapores argentinos flotaban sobre
el jardín adormecido, y, con sus rayos, la luna acariciaba las flores
que, desfallecidas, exhalaban su perfume. Fue aquel un momento de
embriaguez.
Pero Juan sintió bien pronto desvanecerse su dicha. Así como el pesar,
olvidado durante el sueño, vuelve a apoderarse de nosotros al despertar,
así su espíritu, que se había complacido un instante en deliciosas
fantasías, le mostró, de improviso, que aquello era para él, una simple
quimera.
--¡Qué insensato soy!--exclamó.--¿Para qué admitir esta posibilidad,
puesto que María Teresa no la aceptará nunca? ¿Acaso tengo la pretensión
de ser el hombre de mundo, que ella desea para marido? ¡Si hasta me
siento molesto entre esos inútiles elegantes que ella trata como
íntimos!... ¿No soy completamente distinto de los que a ella le gustan?
¡Ah, sí! lo sé muy bien: al lado de toda esa gente yo no represento más
que un contramaestre endomingado. ¡Cómo debo disgustarle, Dios mío!
¡Quién me habría dicho un día que yo aspiraría ardientemente a parecerme
a esos hombres frívolos que la rodean!
Fue interrumpido en sus reflexiones por un ruido de voces y risas, que
se acercaba. La gente volvía, por grupos, del Casino; las despedidas y
los adioses resonaban claros en la calma de la noche, mientras la alegre
turba se dirigía hacia las villas diseminadas en la costa.
Juan oyó, poco después, abrir la puerta de la verja del jardín. En su
estado de espíritu, le habría sido penoso hablar, aunque sólo fuera
algunos instantes. Por huir de las despedidas y de las frases triviales,
se ocultó en un bosquecillo de plantas, queriendo solamente percibir la
forma blanca y ligera que estaba esperando.
María Teresa y Diana seguían a distancia al señor y la señora Aubry.
Se reían. Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Diana
decía en son de burla:
--Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es de
extrañar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tres
veces con Huberto Martholl y flirteado con él toda la noche. ¡Vamos,
confiesa que te gusta!
En el silencio de la noche, la voz reposada y armoniosa de María Teresa,
llegó hasta Juan:
--Pues sí, lo prefiero a todos los demás, porque baila el boston
admirablemente.
Los pasos se alejaron; las risas frescas de las jóvenes se fueron
apagando, se sintió el ruido de las puertas que se cerraban, y luego,
poco a poco, reinó el silencio.
Entonces, con el alma angustiada por un dolor nuevo, Juan vagó al azar
por las avenidas.
Para él, todo lo que emanaba de María Teresa era grave y razonado; de
manera que, lo que acababa de decir, debía ser definitivo, estaba
seguro. Ella confesaba haber tenido placer en bailar con Huberto
Martholl... Los celos nacientes envenenaban las deducciones de Juan:
estrechada tres veces por aquel Huberto Martholl, María Teresa lo
prefería a todos los demás... Para que esto sucediese ¿qué le habría
dicho ese hombre? ¿Qué encanto misterioso había ejercido sobre ella?
¡Ah¡ el sonido melodioso de su querida voz martillaba el alma de Juan,
martirizándolo, enloqueciéndolo hasta el punto de hacerle transformar
las simples palabras: «Lo prefiero a todos los demás, porque baila
admirablemente el boston,» en una ardiente confesión de amor.
La visión de la inmensa dicha que se cernía sobre Martholl, evocó en el
espíritu de Juan la imagen de la joven en traje de novia. Erguida,
esbelta, con su largo velo de tul, con la corona de azahares en los
cabellos, para ella nimbo de pureza, para Juan corona de espinas... la
veía así a la bien amada, deslumbrante de belleza, y, sin embargo...
cuando buscaba en el rostro del querido fantasma la sonrisa del triunfo,
sólo encontraba un rostro de mármol. No tenía la expresión dulce de los
ojos de María Teresa, sino una mirada fría, severa, que parecía
reprochar a Juan la audacia de su evocación.
Y trastornado por aquella dualidad de sensaciones que simultáneamente lo
afligían y le daban vagas esperanzas, recorría el jardín como un loco.
En su paseo incierto llegó cerca de la casa. Un ligero ruido le hizo
levantar la cabeza y lo clavó en el suelo; no se atrevía a moverse por
temor de hacer crujir la arena bajo sus pies.
María Teresa, antes de desnudarse, abría la ventana de su cuarto para
gozar del fresco perfumado del aire, y para contemplar el espacio
estrellado.
Sus cabellos caían, desatados, sobre la seda tornasolada de su vestido;
apoyó los brazos sobre la balaustrada del balcón. Iluminada por la luz
rojiza de las lámparas del cuarto, y del lado del jardín, por el
resplandor pálido de los rayos de la luna, parecía un ser fantástico, de
una delicadeza y de un encanto sobrehumanos.
Juan gozó en contemplar aquella aparición, goce intenso y doloroso. En
tal momento nada podía serle más cruel. Todas sus dudas se afirmaban.
Sentía, con lucidez desesperante, que no eran sólo obstáculos materiales
los que lo separaban de ella; la voluntad misma del señor y la señora
Aubry no los acercaría; existía entre ella y él una diferencia de raza;
la misma sangre no corría por sus venas. Aquella joven elegante y fina,
bañada de luz en ese momento, no podía estar destinada a ser su mujer.
No obstante, sentía que jamás podría arrancarla de su pensamiento.
El pobre joven, anonadado, no tenía ya más que un solo deseo: ¡ah! ¡si
al menos le fuera dado esperar que en la vida de María Teresa, el nombre
de Juan descendiese algunas veces de los labios a su corazón! ¿En qué
pensaba en ese instante, mirando dulcemente hacia el horizonte? Ante sus
ojos pasaba, sin duda, la imagen del que en esa noche había tenido el
placer de estrecharla.
Torturado por el sufrimiento, murmuró:
--Es locura, locura, ¡yo debería condenarme a evitarla, a no verla más!
Y ocultó la cara entre sus manos.
Cuando levantó la cabeza, las persianas estaban cerradas.
A su alrededor, ahora, todo aparecía bajo un aspecto prosaico,
desesperante. La luna, velada por las nubes, no esparcía ya su claridad
sobre el misterio de la noche; la masa negra de los árboles se erguía
hostil, y los grupos de plantas floridas no formaban más que sombrías
manchas. El alma del jardín había volado.
V
A la mañana siguiente, cuando Juan se despertó, un criado le previno que
el almuerzo tendría lugar en las cercanías, en Saint Jouin, en la venta
de la bella Ernestina, y que se le rogaba que estuviera a las once en la
casa para la partida.
A Juan lo contrarió mucho este aviso; habría deseado no mezclarse en el
movimiento social durante su estancia en Etretat; pero juzgó que sería
poco cortés rehusar la invitación, y contestó que no faltaría.
Algunos momentos antes de la hora señalada, Juan, de vuelta de un paseo
solitario, por la orilla del mar, leía en su cuarto. Al oír el aviso de
Bertrán, cerró su libro con resignación y bajó. La señora Aubry lo
presentó a sus invitados. Los hombres le tendieron la mano, las jóvenes
lo saludaron; luego, después de un ligero examen, no se ocuparon más de
él. Su aire, su manera de vestir, lo clasificaban. Era el invitado que
no se cuenta. Juan adivinó la impresión que había producido, dejó pasar
a los jóvenes, y subió a un coche con el señor y la señora Aubry.
De todos los nombres que la señora Aubry había pronunciado al
presentarlo, uno solo retenía su memoria: el de Huberto Martholl. A este
joven que, la víspera, durante la comida, apenas había notado, porque le
había parecido un mundano cualquiera, ¡con qué ojo investigador no lo
observaba ahora!
Juan comprobó, con profundo disgusto, que Huberto Martholl se
precipitaba tras de María Teresa, y se instalaba al lado de ella en el
break; la joven lo recibió con una sonrisa. ¡Oh! cuánto habría dado Juan
por oír las palabras que cambiaban...
De la encantadora campiña normanda, el pobre joven no vio nada; toda su
atención era atraída por las voces alegres y las risas que salían del
otro carruaje; además, estaba atormentado por lo que podía hablar el
feliz Martholl, inclinándose con tanta frecuencia hacia María Teresa.
Llegados a Saint Jouin, la juventud invadió el jardín a la francesa de
la célebre hotelera, mientras que la gente más seria, o más hambrienta,
se preocupaba del almuerzo.
Sus inquietudes se calmaron en breve a la vista de una cocina
notablemente organizada, de la que salían olores incitantes, y todo el
mundo se instaló en el jardín, bajo una carpa, alrededor de una larga
mesa ya preparada.
Antes de tomar asiento, Juan observó que los demás jóvenes hacían
prodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que les
interesaba. Resignado a su mala suerte, se colocó enfrente de María
Teresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba acercársele.
Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto que ella «prefiere,
porque baila admirablemente el boston,» pensaba siempre Juan, acosado
por la frase oída.
Aislándose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes pensamientos,
que le demacraban el semblante y le endurecían la mirada, seguía con
ojos insistentes los menores gestos de Huberto y de María Teresa. A
pesar de sus esfuerzos, le dominó el despecho. Estaba seguro: aquél iba
a conquistar a la joven, a llevársela. Por vez primera, la veía
particularmente interesada en la conversación de su vecino de mesa;
parecía estar prendada de las frases de Martholl; lo escuchaba sonriendo
y sin hacer caso a los demás convidados.
Huberto la colmaba de cuidados, le hablaba a media voz con aire de
felicidad, y este espectáculo ponía a Juan fuera de sí; se exasperaba
tanto más cuanto que juzgaba irresistible a aquel joven de aspecto
distinguido, correcto y elegante. El almuerzo le pareció interminable.
Bajo la influencia del malestar moral que sentía, su cólera comprimida
llegó al más alto grado de intensidad; comprendía cuán superflua era su
presencia en aquel ambiente alegre, feliz, donde corría el riesgo de ser
ridiculizado si los sentimientos que lo agitaban eran conocidos.
Al fin, se levantaron de la mesa, y todos se dispersaron, yendo unos a
las barrancas y otros a la playa.
Juan, no sabiendo qué hacer, siguió a distancia a María Teresa; sus
amigas la llevaban hacia la orilla del mar.
La joven, una vez que miró para atrás, reparó en Juan; la expresión
dolorosa de su semblante la impresionó, se detuvo para darle tiempo a
que la alcanzase y le dijo entonces:
--Las barrancas de Saint Jouin son magníficas. ¿No es verdad, amigo
mío?
--¿Cree usted?... Sí, quizá son muy hermosas, pero es una decoración
inútil.
--¿Por qué? nada de lo que es hermoso es inútil...
--¿Realmente? ¡Usted es muy ambiciosa! necesita a la vez gozar con los
ojos y con el corazón...
--¿El corazón? ¿a propósito de qué dice usted eso? El placer de la vista
me basta por el momento...
--Naturalmente...
--¿Qué significa ese excéptico: naturalmente?
--Nada, en verdad.
--Me alegro.
Pero él añadió, a pesar suyo, con tono irónico, despechado por la
serenidad del lindo rostro de su amiga:
--Sería mal hecho de mi parte turbar esta alegre fiesta... ¿Qué quiere
usted? estas partidas en comparsa siempre me han parecido odiosas, salvo
que no disimulen...
--¿Disimulen qué?
--¡Qué sé yo! algún encuentro sentimental; el placer de codearse durante
largas horas con el que o la que se ama, el permitirse una libertad de
lenguaje que no se podría usar en otra parte.
--¡Perverso! se refiere usted a la señora d'Ornay y a Platel...
Y la risa musical de María Teresa estalló en un gorjeo, acabando de
exasperar a Juan.
--¡Oh! no son ellos los únicos que aprovechan hábilmente «la ocasión...»
Supongo que usted no se ha fastidiado en el almuerzo. El señor Martholl,
ese feliz mortal tan elegante, ¿es tan admirable en su conversación
como en su manera de bailar el boston?
María Teresa chocada de aquel tono agresivo que revelaba un estado de
alma que no se explicaba, pues Martholl no era para ella más que un
amable indiferente, miró a Juan con sincera sorpresa:
--¿Qué tiene usted, mi pobre amigo? Nunca lo he visto de tan mal humor.
¿Es de vernos flirtar un poco que se irrita usted así?
--¿Hay grados, entonces, en el flirt? Explíqueme usted cómo puede uno
contentarse con «un poco...» Esta dosis me parece difícil de graduar,
sobre todo, de no extralimitarla.
Al decir esto, señalaba con los ojos los grupos dispersos de los jóvenes
que marchaban delante de ellos: Platel y Mabel d'Ornay, Diana y James
Milk, las de Blandieres con Martholl y Bertrán, y otras parejas más,
todos alegres de sentir la influencia de los fluidos de atracción.
Juan, repuso muy excitado:
--Explíqueme usted de una vez lo que es en su justo límite, ese odioso
flirt...
--¿El flirt? Es el placer de conversar con un hombre amable que gusta de
una y que discretamente lo dice.
--¿Realmente? Entonces ¿cualquiera puede disfrutar de sus encantos, de
su sonrisa? ¿Y es con su consentimiento como goza de todas estas cosas
que ustedes prodigan? ¿Del mismo modo le dan el derecho de manifestar lo
que siente?
--No creo que sea muy grave preferir la compañía de las personas que nos
son simpáticas.
--Posiblemente esas personas que son simpáticas no obtienen ese
resultado sino gracias al mérito de sus sastres.
--Tranquilícese usted--respondió la joven, que tomó el partido de
convertir en broma los reproches de Juan;--me ocupo muy poco de tal
asunto. No, yo no soy exigente respecto a la manera de vestir de los
jóvenes que me placen; pero, hay dos cosas que estimo mucho: un buen
bailador cuando bailo y un interlocutor amable cuando hablo. Y como
usted está de mal humor hoy, suya es la culpa si le dejo.
Dicho esto, alegremente, con la dulce entonación que le era habitual,
María Teresa se esquivó y corrió a reunirse con sus amigas.
Juan tuvo un violento acceso de desesperación, cuando se encontró solo.
¡Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa de
hacer algunas observaciones ridículas, ¿y con qué derecho? Decididamente
nunca sería un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestro
no le había servido; porque si él, a pesar de su labor de obrero, había
permanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y de
nacimiento poseía esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jamás.
Afligido, Juan se sentó al borde de un sendero que baja casi cortado
verticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca. Desde allí
dominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y podía seguir, por entre las
rocas, la marcha caprichosa de las jóvenes y de sus flirts. El traje
claro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivaban
principalmente su atención.
En cierto momento, pudo ver a María Teresa y a las jóvenes que la
precedían, detenidas ante una bajada difícil. Y como Martholl, Platel,
Bertrán y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, las
primeras siluetas finas fueron deslizándose una a una.
Entonces el corazón de Juan latió con violencia. Pero pronto su
semblante se serenó; lo que él temía, no sucedió; ágilmente, María
Teresa saltó sin la ayuda de nadie.
Por la emoción que había sentido, Juan comprendió que no podía
permanecer testigo impasible de escenas semejantes. Dándose cuenta que
su mal humor sería la última expresión de lo ridículo, resolvió abreviar
su permanencia y buscar un pretexto para marcharse.
El resto del día continuó lleno de tristezas para él. Felizmente,
Bertrán como buen camarada, viéndolo aislado y melancólico, vino a
hacerle compañía; sin su presencia, Juan habría llorado.
Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a la
venta. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que habían
preferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta,
declararon que no tenían la intención de volver tan temprano a Etretat,
que querían comer en Saint Jouin, y bailar después en la vasta pieza
alfombrada de césped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una de
las curiosidades artísticas de la hostería. El proyecto fue aceptado, y
el desgraciado Juan que no podía eludir este programa improvisado, tuvo
que resignarse a ver exasperarse su suplicio.
María Teresa se había divertido mucho en el curso de su paseo
accidentado. Huberto no se había separado de ella un momento. Sentía una
secreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven,
que Diana y Alicia de Blandieres se habían disputado. Al ver el
desconcierto de las dos jóvenes, cada vez que Huberto las dejaba para
reunirse con ella, una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios.
La impresión que le hicieron las palabras de Juan se había disipado
pronto. Conocía bastante la displicencia del joven; pensó que se
encontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba para
tenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. No
era la primera vez que María Teresa advertía los celos de Juan, pues
consideraba legítimo que un antiguo compañero sintiese ojeriza hacia los
que trataban de captarse su amistad. Acaso temía que ella olvidara a los
que tenían derechos más antiguos. Encontraba así excusas al mal humor de
Juan. Pero era su huésped, y no quiso guardarle rencor; viéndolo, pues,
al entrar en el jardín, sentado sobre la hierba a los pies de la señora
Aubry, se dirigió hacia él y le dijo con amabilidad:
--¿Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar con
nosotros los peñascos? Hemos tenido algunos pasos difíciles de
franquear; usted nos habría sido muy útil: lamento también que se haya
privado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas de
hierbas y de musgos; ha sido un espectáculo grandioso, a la puesta del
sol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le hacía usted compañía
a mi querida mamá, a quien todos hemos abandonado.
Juan levantó sus ojos sombríos hacia María Teresa, y su cólera
desapareció, no dejándole más que una herida secreta que sangraría mucho
tiempo; él lo sabía bien... La que lo miraba con cara risueña, no
sospechaba la turbación que su presencia provocaba. ¡Con tal que no lo
supiera nunca! Juan creía que para él era cuestión de honor dejarle
ignorar siempre las torturas que padecía a causa de ella.
--¡Qué buena es en olvidar mis estúpidas palabras!--pensaba, y en su
confusión habría querido implorar perdón, de rodillas.
Sin embargo, nada pudo contestar; la emoción lo ahogaba, y la joven se
alejó antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sus
sentimientos.
--Es una suerte para mí que me hagas compañía, Juan--dijo la señora
Aubry;--hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una gran
distracción; parece que se divierte mucho.
--Tiene razón--respondió tristemente el joven,--en estar alegre y
expansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mire
usted cómo está rosada, cómo brillan sus ojos... ¡Ah! que sea siempre
feliz, ¡qué importa lo demás!
Durante la comida, la animación fue grande. Platel, lleno de
inspiración, no cesó de hablar, y las niñas de Blandieres, algo
sobrexcitadas por el champaña, elevaron más de lo razonable sus
juveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos el
señor d'Ornay y el flemático James Milk.
Huberto Martholl se había colocado al lado de María Teresa; pero Juan,
esta vez, se prometió no mirar más hacia ellos. Como tenía al servicio
de sus resoluciones una voluntad inquebrantable, mantuvo su promesa, y a
pesar del bullicio, se engolfó en una conversación técnica con el señor
Aubry.
Después de comer, atravesaron el jardín para ir a bailar.
Juan se esquivó. Anduvo errante por las barrancas, paseando su
pesadumbre a los rayos de la luna, la dulce compañera de los tristes.
Pero no estaba bastante lejos para que no llegasen hasta él los aires de
un vals, cubriendo por momentos la voz sorda de la marea creciente.
El ritmo de aquella turbadora música de baile se imponía a su espíritu
enfermo y lo aniquilaba. Las armonías que percibía, evocaban a María
Teresa y Huberto enlazados; entonces sintió un irresistible deseo de
verlos, volvió sobre sus pasos, y pasó el resto de la noche detrás de
una de las ventanas de la sala donde bailaba.
De pie, apoyado contra los postigos entreabiertos, veía evolucionar a
Alicia y Juana de Blandieres, bulliciosas y juguetonas, a la linda Mabel
con Platel, y a Diana, cuyos cabellos negros se inclinaban
complacientemente hacia James Milk. Pero Juan los miraba con atención
distraída; para él, todos allí eran cortesanos que se agitaban en torno
de la estrella, y no tenía bastantes ojos para seguir los movimientos de
María Teresa.
Estaba deliciosa en aquella decoración de muebles antiguos, destacándose
delicadamente sobre el fondo de oro de los viejos tapices de brocado
tendidos sobre el muro. Un instante, fue a sentarse en un sillón gótico
cuyas columnitas de madera dorada, se elevaban formando cúpula por
encima de su cabeza rubia. La contempló arrobado; así era como la veía
en sus sueños. Sentada en aquel trono torneado y extraño; con su ligero
vestido de linón y trémulas blondas, parecía una princesa de leyenda.
Duraba su éxtasis ante esta visión encantadora cuando la sombra de
Martholl se interpuso entre ellos. Un furor loco se apoderó de Juan
contra el que confiscaba, en provecho exclusivo, la blanca y preciosa
imagen. Juan no veía ya más que el impecable traje de Martholl que
permanecía plantado allí, completamente inconsciente de la tormenta que
levantaba en el corazón de otro, su presencia delante del ídolo. ¿Aquel
hombre estaría siempre a su lado?
Juan había temido la llegada del que ella prefería; pero nunca se había
imaginado el desgarramiento de su alma ante el hecho consumado. Se
alarmó de la tempestad que rugía dentro de él, simplemente contra
aquella silueta importuna. ¿Cómo haría para asistir en lo sucesivo a
toda una serie de incidentes de los cuales éste no era más que el
preludio, desde que María Teresa y Huberto no eran novios aún? No, ¿cómo
permanecería impasible, mientras todo su ser gemiría de dolor? Si el
señor Aubry no hubiera pronunciado la víspera las palabras que alentaron
su locura, quizá se habría resignado. Pero haber entrevisto, como casi
posible, una felicidad sobrehumana, y encontrarse luego, por la crueldad
del destino, en presencia del que, fuera de duda, iba a robarle aquella
felicidad, era demasiado duro... Lágrimas de desesperación enrojecieron
sus ojos.
En el mismo instante, la joven, sonriendo, tomó el brazo que le ofrecía
Martholl, y entonces Juan se lanzó a las espesas sombras del jardín,
para no ver más nada.