III

De esta manera fue como Juan entró de aprendiz en la fábrica de

cristales de Creteil. El señor Aubry lo confió desde luego al guardián

del establecimiento, un viejo obrero inválido, cuya mujer, como no tenía

hijos, aceptó gozosa la misión de cuidar al chico. Instalado así en

familia, en una pequeña casita a orillas del Marne, Juan se aclimató

fácilmente a su nueva residencia. Él, que conocía apenas el Sena, quedó

admirado de aquel río que se ofrecía a su constante contemplación. Las

hermosas campiñas que lo rodean, lo encantaron al extremo de apresurar

la metamorfosis de su ser moral, hasta entonces incrédulo y rebelde. Un

sentimiento de inmensa gratitud hacia su bienhechor, lo invadió; todas

las noches, al acostarse, murmuraba estas palabras infantiles, a manera

de plegaria: ¡Gracias, patrón!

Y dicho esto se dormía en plena felicidad.

Poco tiempo después, Juan era el niño mimado de la fábrica. El patrón lo

había recomendado a todos los jefes de sección, y como el chico era

inteligente y activo, se granjeó rápidamente la amistad de todos.

Un día, sin embargo, sucedió que un obrero le dio algunos golpes. El

estado de ebriedad en que se hallaba no le valió de excusa ante el señor

Aubry, que lo despidió. Desde ese día, el sentimiento de Juan hacia su

protector se convirtió en verdadera idolatría.

Los actos justos conmueven infinitamente a los niños. Por segunda vez,

el señor Aubry hería el corazón de su protegido.

Entretanto el señor Aubry se encariñaba cada vez más con aquel huérfano

que le manifestaba tan candorosamente su afecto, siempre que se le

ofrecía la ocasión. Pero precisamente porque el señor Aubry comenzaba a

interesarse seriamente por el niño, quería formarlo, como había sido

formado él mismo, en la escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasar

por todos los ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo puso

en condiciones de completar su instrucción, a fin de que se convirtiera

en un químico bastante práctico para auxiliarlo en sus experimentos, así

como también en un dibujante bastante hábil para crear formas

originales. Le procuró maestros, le suministró libros y le facilitó

todos los medios de instruirse. Juan se mostraba dócil, aprovechaba las

lecciones, los consejos, y ponía tanto celo en sus estudios como en el

trabajo de operario.

La fábrica fue bien pronto la única ocupación personal de Juan: no la

abandonaba sino para concurrir a los cursos de la noche. Se deleitaba en

ella; la escudriñaba, la recorría en todos sentidos, cuando, terminado

el trabajo, y marchados los obreros, se quedaba solo entregado a sí

mismo. Nadie conoció tan bien como el pequeño operario los pasajes

secretos ni los rincones del gran establecimiento. Allí estaba en su

casa, era dueño de ir donde mejor le pareciera, examinando todo,

interesándose por todo, tomando conocimiento de todo lo que existía en

ella hasta en los escondrijos más oscuros y olvidados. La experiencia

que Juan adquirió viviendo constantemente en esta labor, lo puso en

breve al corriente de lo que debe saber un maestro cristalero.

El oficio era duro a veces; pero al chicuelo no le pesaba, contento de

hallarse al lado de los grandes hornos rojos que no se apagaban jamás, y

que le habían causado gran estupor la primera vez que los vio. No se

cansaba de admirar las gruesas y pequeñas puertas, que daban, al

parecer, sobre el infierno, y nada para él igualaba la destreza del

obrero que soplaba botellas por la extremidad de una caña larga, o

moldeaba con hábil ademán el cristal en fusión. Todas las operaciones

diversas por las que pasaba la materia transparente, irisada y líquida,

lo interesaban con pasión, y de esta suerte se desarrollaba en él una

alma de artista, prendado de su arte.

Durante el tiempo de su aprendizaje no dejó un solo instante de tener la

más perseverante energía. Para recompensarlo, el señor Aubry lo envió a

trabajar algunos meses en las principales cristalerías de Bohemia e

Inglaterra, a fin de familiarizarlo con todos los métodos de

fabricación, y facilitarle el estudio del alemán e inglés.

En esta nueva faz de su vida la personalidad de Juan se destacó;

adquirió en sus viajes por el extranjero, una cierta seguridad, fundada

en la posesión de la ciencia de su arte.

Todo esto lo debía al señor Aubry. A medida que avanzaba en la vida,

consciente de su felicidad, comprendiendo haber encontrado en su camino

al hombre excelente que lo había recogido y educado, sentía hacia su

protector una afección sin límites.

Este culto libró a la juventud de Juan de muchas tentaciones. El

ascendiente de su patrón lo mantuvo en la vía recta, y con su

temperamento laborioso no tuvo que esforzarse mucho para satisfacer por

completo, con su conducta, a quien debía todo.

Desde que el señor Aubry hubo apreciado la naturaleza leal y afectuosa

del huérfano, no vaciló en admitirlo en su casa, para perfeccionar su

educación moral.

La señora Aubry se prestó maternalmente a desempeñar esta tarea; además

de ser muy cariñosa con el joven, le dio consejos, lo obligó a vencer su

timidez, y lo animó a hablarla como si fuera su hijo y a abrirle su

corazón.

Para Juan era una fiesta ir a pasar los domingos y los días festivos en

el antiguo hotel de los Aubry de Chanzelles, situado en la calle

Vaugirard, frente al jardín del Luxemburgo. Pero el principal atractivo

que encontraba allí, era la presencia de los niños de Aubry, Jaime y

María Teresa.

Jaime, muchacho gordinflón y bullicioso, se encariñó en seguida con este

camarada calmoso y fuerte que se sometía a sus caprichos. Su «amigo

Juan» se le hizo indispensable. No tardó el niño pobre y reflexivo en

tener una ligera influencia saludable sobre el niño rico. En cuanto a

María Teresa, demasiado pequeña para ser otra cosa que un despótico

baby, era gran favorita de Juan. Nunca había visto nada tan lindo como

esta criatura, deliciosa muñeca blanca y rosada, primorosamente vestida

con sedas, bordados y encajes, que le sonreía siempre que la tomaba en

sus brazos.

Los nueve años que lo separaban de María Teresa lo convertían en un

hombre al lado de ella. Al crecer, la chicuela no dejó de apercibirse de

la impresión que producía en Juan, que permanecía extasiado ante su

gentil personita, y supo darse aires dignos de una pequeña princesa

acostumbrada a mandar y que quiere ser obedecida. Juan, se sometía, sin

vacilar, a sus caprichos más fantásticos o imaginaciones más locas. Para

contestar a su exigente «señora,» tenía que practicar todos los oficios:

encolador de muñecas rotas, remendón de juguetes destrozados en momentos

de cólera; unas veces hacía de cochero, otras de caballo, de payaso, de

oso, de mago, etcétera. La diversidad de sus profesiones encantaba a la

chicuela.

El apego que los niños demostraban hacia su amigo, hizo más necesarias

sus visitas a la casa. María Teresa y Jaime esperaban con impaciencia el

domingo, día en que Juan llegaba con los bolsillos llenos de bibelots de

cristal, fabricados expresamente por él. Si, por acaso, Juan no podía

salir de la fábrica, la presencia de sus primos Bertrán y Diana Gardanne

no bastaba a consolar a los niños de la ausencia de su gran camarada,

tan ansiosamente esperado, y que tenía el secreto de divertirlos sin

contrariarlos jamás. Se entristecían y no jugaban.

Bien pronto, para complacerlos, Juan fue llevado más a menudo al hotel

de la calle Vaugirard. Después, poco a poco, sus buenas condiciones le

atrajeron la simpatía general, y el señor y la señora Aubry, habiendo

observado que aprovechaba inteligentemente sus consejos, lo consideraban

como miembro de la familia.

Transcurrieron los años. Juan se hizo un buen operario. Gracias a su

amor al trabajo y a su disposición para los negocios, obtuvo un puesto

preferente en la fábrica. El señor Aubry, que lo apreciaba cada día más,

concluyó por nombrarlo subdirector para procurarse algún descanso.

El señor Aubry no tuvo que arrepentirse de su determinación; comprobó

muy pronto que Juan poseía dotes naturales que no se adquieren

fácilmente: cualidades de iniciativa y grandes condiciones de

administrador. El joven se convirtió en su alter ego, en quien podía

confiar con toda seguridad. Juan sería el continuador de su obra.

Su naturaleza leal, su espíritu estudioso, su vida entera pasada en la

fábrica y en la intimidad elegante de la familia de los Aubry, le habían

formado una personalidad atrayente. Nada de ficticio había en él;

marchaba en el mundo sin preocupaciones y sin artificios. A los

veintinueve años representaba el tipo del hombre que por el doble

trabajo de sus manos y de su cerebro, llega a la plena posición de una

individualidad superior. Era un hombre fuerte: podía ganarse la vida con

su labor manual; era un intelectual también: merced a los conocimientos

adquiridos, su inteligencia creadora había sabido encontrar formas

nuevas en un arte antiguo.

Para Juan el mundo estaba circunscripto a la fábrica y a la familia de

Aubry; pero si no había sentido tentaciones de ampliar este círculo

estrecho, de buscar fuera de él, el ideal a que todo hombre aspira, era

porque lo tenía en ellas. Desde hacía muchos años, su pensamiento se

había acostumbrado a gozar con la presencia de María Teresa, y la

influencia misteriosa de la joven se afirmaba en él de una manera lenta,

oscura, inconsciente, pero segura.

Mientras Juan se absorbía en esta vida seria, como la juventud dichosa y

alegre de Jaime y de su hermana, exigía mayor expansión, los Aubry

transformaron poco a poco su género de existencia; recibieron más gente,

y un elemento nuevo, muy mundano, hizo su aparición en aquel hogar hasta

entonces casi austero.

A Juan le fue dado contemplar los más hermosos ejemplares de la gente

del gran mundo, de la que había oído hablar, pero que desconocía. Todos

aquellos desocupados, aquellos inútiles, se daban delante de él aires de

gran importancia, que en un principio no le chocaron; pero, como era muy

observador, sintió en breve cerca de ellos un sentimiento de

inferioridad que le hizo pensar. Se apercibió de que su aspecto y sus

maneras, contrastaban con las de aquellos jóvenes tan seductores

exteriormente. Se veía en seguida que no habían sido obreros, ellos.

Sabían vestirse con gusto, presentarse de una manera especial, hablar un

lenguaje refinado, en fin muchas cosas que revelaban la casta

privilegiada de que procedían.

Entonces, poco a poco, Juan se replegó sobre sí mismo y se alejó de la

casa, para huir de estos contactos dolorosos.

Los Aubry que lo querían mucho, atribuyeron primeramente a su carácter

huraño, su obstinación en no aparecer por el hotel sino cuando sabía que

estaban solos; redoblaron sus atenciones hacia él, pero dejaron que

procediese a su gusto, sin sospechar el sufrimiento que, de improviso,

lo había embargado. ¿Cómo podían conocer su pesadumbre, ellos que tenían

a Juan por un hombre fuerte, resuelto, superior a las vanidades humanas?

Lo colocaban demasiado alto, de donde, su estimación se hacía cruel. El

corazón sensible, el sufrimiento del hijo adoptivo, escapaba a su

penetración, y Juan se sorprendía de sentirse, de pronto, tan lejos de

ellos.

Pensaba:--Me han salvado de la miseria, me han hecho hombre; si yo

enfermara se alarmarían, pero nunca adivinarán el dolor moral que me

ahoga... ¿Conocerán nunca mi corazón? ¡Ah! si supieran hasta qué punto

sus bondades han desarrollado la sensibilidad de este corazón, si

supieran cómo los amo. ¿No se sorprenderían de mi audacia?

Y con el alma destrozada, el espíritu quebrantado, el pobre joven,

desalentado, exhalaba su ternura desconocida, murmurando:--¡María

Teresa... María Teresa!

* * * * *

¿Cómo, por qué María Teresa, con su instinto de mujer, nada había visto?

Porque era dichosa y nada atrofía tanto el corazón como la felicidad.

Sólo la desgracia desarrolla la sensibilidad. Además, la joven estaba

tan habituada a los cuidados, a las atenciones de Juan, que le parecían

perfectamente naturales. ¿No habría acaso también en el fondo de aquel

ser de gracia y de belleza, algún otro sentimiento? Aunque Juan se

hubiera transformado, ¿no permanecería siendo para ella, el hombre del

pueblo que debía su elevación a la generosidad del señor de Chanzelles?

Ciertamente, María Teresa no manifestaba claramente esta especie de

menosprecio; pero su atavismo y su educación aristocrática, ahondaban el

pozo que separaba a ella de Juan. A medida que transcurrían los años, la

fuerza de las cosas tendía a separarlos. Juan tenía conciencia de esto,

mientras que María Teresa, acostumbrada a la adoración respetuosa de su

amigo, la aceptaba como un testimonio del reconocimiento grabado en el

corazón del niño salvado en otro tiempo por su padre.

Así, cuando algunos días después del baile, Juan acompañó a los Aubry de

Chanzelles a la estación, la joven no se sorprendió de encontrar un ramo

de soberbias rosas, cuyos tallos desaparecían en un artístico vaso de

cristal, en el vagón que el señor Aubry había encargado para el viaje,

como tampoco se admiró de hallar helados de aromas variados, en las

pequeñas cajas de metal blanco, que Boissier ha puesto a la moda en el

teatro.

Dijo simplemente:

--Usted me mima demasiado, Juan. Gracias, amigo mío.

Y como él se excusase respondiendo fríamente:

--Esto es completamente natural; yo sé que a su mamá le gustan las

flores.

--Pero ¿y los helados?

--¡Oh! no me he olvidado que cierta señorita era muy golosa, en los

tiempos lejanos en que me convidaba a sus banquetitos, a condición de

que yo no comiese nada.

Se rieron. Luego, María Teresa repuso:

--Yo ya no soy golosa...

--¡Pero aun le gustan los helados!

--Juan, usted se ha puesto insoportable. En penitencia, tome usted esta

rosa, que la llevará consigo todo el día, para que le recuerde que ha

sido mordaz con su antigua amiga... ¡Vamos, adiós!

Subió ligeramente al coche, y cerrada la portezuela, bajó el vidrio y

tendió su mano al joven; él, en equilibrio sobre el estribo, la tomó en

la suya. Permanecieron un momento silenciosos, unidos por aquel débil

lazo. Un estridente silbido hizo retroceder bruscamente a María Teresa.

Juan saltó al andén, la contempló durante un instante con pasión y

saludando por última vez se perdió entre la multitud.

Mientras el tren se ponía en movimiento, la señora Aubry murmuró:

--¡Qué excelente joven es Juan!

--¡Ciertamente! Y hombre de gran mérito, además, querida esposa.

--Sí, un excelente amigo, madre. Para mí es como un hermano mayor, más

atento que Jaime, pero a veces un poco severo... ¿no es verdad, papá?

--Es todo un hombre... Alcánzame el diario, hija mía.

María Teresa le entregó el diario, riéndose del aire de convicción con

que el señor Aubry había pronunciado: Es todo un hombre...

--Evidentemente, es un hombre, no lo dudamos... pero a mí me quieres

más, ¿cierto, papá querido?--dijo besando a su padre.

El recuerdo de Juan estaba ya lejos de ellos. Entretanto, el pobre joven

caminaba sin ver la gente que pasaba a su lado, sombrío de

desesperación.

--¡Dios mío!--murmuraba en su interior--¡cómo librarme de la constante,

de la abrumante idea que me domina! Mi corazón sufre hasta convertirme

en un alucinado. ¡Ella no pensaba en nada al darme por última vez la

mano!... ¡Pero yo, yo! ¡Con tal que no haya sentido el estremecimiento

de la mía! ¡Si por mis imprudencias fuera a perder su confianza! ¡Ah,

no; todo menos eso!

Y un pesar tan grande lo invadía, ante la sola idea de permanecer tres

meses sin verla, que había preferido seguir sufriendo como en el tiempo

pasado, a la angustia de la hora presente.

Incertidumbre · 第 7 / 22 题