De esta manera fue como Juan entró de aprendiz en la fábrica de
cristales de Creteil. El señor Aubry lo confió desde luego al guardián
del establecimiento, un viejo obrero inválido, cuya mujer, como no tenía
hijos, aceptó gozosa la misión de cuidar al chico. Instalado así en
familia, en una pequeña casita a orillas del Marne, Juan se aclimató
fácilmente a su nueva residencia. Él, que conocía apenas el Sena, quedó
admirado de aquel río que se ofrecía a su constante contemplación. Las
hermosas campiñas que lo rodean, lo encantaron al extremo de apresurar
la metamorfosis de su ser moral, hasta entonces incrédulo y rebelde. Un
sentimiento de inmensa gratitud hacia su bienhechor, lo invadió; todas
las noches, al acostarse, murmuraba estas palabras infantiles, a manera
de plegaria: ¡Gracias, patrón!
Y dicho esto se dormía en plena felicidad.
Poco tiempo después, Juan era el niño mimado de la fábrica. El patrón lo
había recomendado a todos los jefes de sección, y como el chico era
inteligente y activo, se granjeó rápidamente la amistad de todos.
Un día, sin embargo, sucedió que un obrero le dio algunos golpes. El
estado de ebriedad en que se hallaba no le valió de excusa ante el señor
Aubry, que lo despidió. Desde ese día, el sentimiento de Juan hacia su
protector se convirtió en verdadera idolatría.
Los actos justos conmueven infinitamente a los niños. Por segunda vez,
el señor Aubry hería el corazón de su protegido.
Entretanto el señor Aubry se encariñaba cada vez más con aquel huérfano
que le manifestaba tan candorosamente su afecto, siempre que se le
ofrecía la ocasión. Pero precisamente porque el señor Aubry comenzaba a
interesarse seriamente por el niño, quería formarlo, como había sido
formado él mismo, en la escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasar
por todos los ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo puso
en condiciones de completar su instrucción, a fin de que se convirtiera
en un químico bastante práctico para auxiliarlo en sus experimentos, así
como también en un dibujante bastante hábil para crear formas
originales. Le procuró maestros, le suministró libros y le facilitó
todos los medios de instruirse. Juan se mostraba dócil, aprovechaba las
lecciones, los consejos, y ponía tanto celo en sus estudios como en el
trabajo de operario.
La fábrica fue bien pronto la única ocupación personal de Juan: no la
abandonaba sino para concurrir a los cursos de la noche. Se deleitaba en
ella; la escudriñaba, la recorría en todos sentidos, cuando, terminado
el trabajo, y marchados los obreros, se quedaba solo entregado a sí
mismo. Nadie conoció tan bien como el pequeño operario los pasajes
secretos ni los rincones del gran establecimiento. Allí estaba en su
casa, era dueño de ir donde mejor le pareciera, examinando todo,
interesándose por todo, tomando conocimiento de todo lo que existía en
ella hasta en los escondrijos más oscuros y olvidados. La experiencia
que Juan adquirió viviendo constantemente en esta labor, lo puso en
breve al corriente de lo que debe saber un maestro cristalero.
El oficio era duro a veces; pero al chicuelo no le pesaba, contento de
hallarse al lado de los grandes hornos rojos que no se apagaban jamás, y
que le habían causado gran estupor la primera vez que los vio. No se
cansaba de admirar las gruesas y pequeñas puertas, que daban, al
parecer, sobre el infierno, y nada para él igualaba la destreza del
obrero que soplaba botellas por la extremidad de una caña larga, o
moldeaba con hábil ademán el cristal en fusión. Todas las operaciones
diversas por las que pasaba la materia transparente, irisada y líquida,
lo interesaban con pasión, y de esta suerte se desarrollaba en él una
alma de artista, prendado de su arte.
Durante el tiempo de su aprendizaje no dejó un solo instante de tener la
más perseverante energía. Para recompensarlo, el señor Aubry lo envió a
trabajar algunos meses en las principales cristalerías de Bohemia e
Inglaterra, a fin de familiarizarlo con todos los métodos de
fabricación, y facilitarle el estudio del alemán e inglés.
En esta nueva faz de su vida la personalidad de Juan se destacó;
adquirió en sus viajes por el extranjero, una cierta seguridad, fundada
en la posesión de la ciencia de su arte.
Todo esto lo debía al señor Aubry. A medida que avanzaba en la vida,
consciente de su felicidad, comprendiendo haber encontrado en su camino
al hombre excelente que lo había recogido y educado, sentía hacia su
protector una afección sin límites.
Este culto libró a la juventud de Juan de muchas tentaciones. El
ascendiente de su patrón lo mantuvo en la vía recta, y con su
temperamento laborioso no tuvo que esforzarse mucho para satisfacer por
completo, con su conducta, a quien debía todo.
Desde que el señor Aubry hubo apreciado la naturaleza leal y afectuosa
del huérfano, no vaciló en admitirlo en su casa, para perfeccionar su
educación moral.
La señora Aubry se prestó maternalmente a desempeñar esta tarea; además
de ser muy cariñosa con el joven, le dio consejos, lo obligó a vencer su
timidez, y lo animó a hablarla como si fuera su hijo y a abrirle su
corazón.
Para Juan era una fiesta ir a pasar los domingos y los días festivos en
el antiguo hotel de los Aubry de Chanzelles, situado en la calle
Vaugirard, frente al jardín del Luxemburgo. Pero el principal atractivo
que encontraba allí, era la presencia de los niños de Aubry, Jaime y
María Teresa.
Jaime, muchacho gordinflón y bullicioso, se encariñó en seguida con este
camarada calmoso y fuerte que se sometía a sus caprichos. Su «amigo
Juan» se le hizo indispensable. No tardó el niño pobre y reflexivo en
tener una ligera influencia saludable sobre el niño rico. En cuanto a
María Teresa, demasiado pequeña para ser otra cosa que un despótico
baby, era gran favorita de Juan. Nunca había visto nada tan lindo como
esta criatura, deliciosa muñeca blanca y rosada, primorosamente vestida
con sedas, bordados y encajes, que le sonreía siempre que la tomaba en
sus brazos.
Los nueve años que lo separaban de María Teresa lo convertían en un
hombre al lado de ella. Al crecer, la chicuela no dejó de apercibirse de
la impresión que producía en Juan, que permanecía extasiado ante su
gentil personita, y supo darse aires dignos de una pequeña princesa
acostumbrada a mandar y que quiere ser obedecida. Juan, se sometía, sin
vacilar, a sus caprichos más fantásticos o imaginaciones más locas. Para
contestar a su exigente «señora,» tenía que practicar todos los oficios:
encolador de muñecas rotas, remendón de juguetes destrozados en momentos
de cólera; unas veces hacía de cochero, otras de caballo, de payaso, de
oso, de mago, etcétera. La diversidad de sus profesiones encantaba a la
chicuela.
El apego que los niños demostraban hacia su amigo, hizo más necesarias
sus visitas a la casa. María Teresa y Jaime esperaban con impaciencia el
domingo, día en que Juan llegaba con los bolsillos llenos de bibelots de
cristal, fabricados expresamente por él. Si, por acaso, Juan no podía
salir de la fábrica, la presencia de sus primos Bertrán y Diana Gardanne
no bastaba a consolar a los niños de la ausencia de su gran camarada,
tan ansiosamente esperado, y que tenía el secreto de divertirlos sin
contrariarlos jamás. Se entristecían y no jugaban.
Bien pronto, para complacerlos, Juan fue llevado más a menudo al hotel
de la calle Vaugirard. Después, poco a poco, sus buenas condiciones le
atrajeron la simpatía general, y el señor y la señora Aubry, habiendo
observado que aprovechaba inteligentemente sus consejos, lo consideraban
como miembro de la familia.
Transcurrieron los años. Juan se hizo un buen operario. Gracias a su
amor al trabajo y a su disposición para los negocios, obtuvo un puesto
preferente en la fábrica. El señor Aubry, que lo apreciaba cada día más,
concluyó por nombrarlo subdirector para procurarse algún descanso.
El señor Aubry no tuvo que arrepentirse de su determinación; comprobó
muy pronto que Juan poseía dotes naturales que no se adquieren
fácilmente: cualidades de iniciativa y grandes condiciones de
administrador. El joven se convirtió en su alter ego, en quien podía
confiar con toda seguridad. Juan sería el continuador de su obra.
Su naturaleza leal, su espíritu estudioso, su vida entera pasada en la
fábrica y en la intimidad elegante de la familia de los Aubry, le habían
formado una personalidad atrayente. Nada de ficticio había en él;
marchaba en el mundo sin preocupaciones y sin artificios. A los
veintinueve años representaba el tipo del hombre que por el doble
trabajo de sus manos y de su cerebro, llega a la plena posición de una
individualidad superior. Era un hombre fuerte: podía ganarse la vida con
su labor manual; era un intelectual también: merced a los conocimientos
adquiridos, su inteligencia creadora había sabido encontrar formas
nuevas en un arte antiguo.
Para Juan el mundo estaba circunscripto a la fábrica y a la familia de
Aubry; pero si no había sentido tentaciones de ampliar este círculo
estrecho, de buscar fuera de él, el ideal a que todo hombre aspira, era
porque lo tenía en ellas. Desde hacía muchos años, su pensamiento se
había acostumbrado a gozar con la presencia de María Teresa, y la
influencia misteriosa de la joven se afirmaba en él de una manera lenta,
oscura, inconsciente, pero segura.
Mientras Juan se absorbía en esta vida seria, como la juventud dichosa y
alegre de Jaime y de su hermana, exigía mayor expansión, los Aubry
transformaron poco a poco su género de existencia; recibieron más gente,
y un elemento nuevo, muy mundano, hizo su aparición en aquel hogar hasta
entonces casi austero.
A Juan le fue dado contemplar los más hermosos ejemplares de la gente
del gran mundo, de la que había oído hablar, pero que desconocía. Todos
aquellos desocupados, aquellos inútiles, se daban delante de él aires de
gran importancia, que en un principio no le chocaron; pero, como era muy
observador, sintió en breve cerca de ellos un sentimiento de
inferioridad que le hizo pensar. Se apercibió de que su aspecto y sus
maneras, contrastaban con las de aquellos jóvenes tan seductores
exteriormente. Se veía en seguida que no habían sido obreros, ellos.
Sabían vestirse con gusto, presentarse de una manera especial, hablar un
lenguaje refinado, en fin muchas cosas que revelaban la casta
privilegiada de que procedían.
Entonces, poco a poco, Juan se replegó sobre sí mismo y se alejó de la
casa, para huir de estos contactos dolorosos.
Los Aubry que lo querían mucho, atribuyeron primeramente a su carácter
huraño, su obstinación en no aparecer por el hotel sino cuando sabía que
estaban solos; redoblaron sus atenciones hacia él, pero dejaron que
procediese a su gusto, sin sospechar el sufrimiento que, de improviso,
lo había embargado. ¿Cómo podían conocer su pesadumbre, ellos que tenían
a Juan por un hombre fuerte, resuelto, superior a las vanidades humanas?
Lo colocaban demasiado alto, de donde, su estimación se hacía cruel. El
corazón sensible, el sufrimiento del hijo adoptivo, escapaba a su
penetración, y Juan se sorprendía de sentirse, de pronto, tan lejos de
ellos.
Pensaba:--Me han salvado de la miseria, me han hecho hombre; si yo
enfermara se alarmarían, pero nunca adivinarán el dolor moral que me
ahoga... ¿Conocerán nunca mi corazón? ¡Ah! si supieran hasta qué punto
sus bondades han desarrollado la sensibilidad de este corazón, si
supieran cómo los amo. ¿No se sorprenderían de mi audacia?
Y con el alma destrozada, el espíritu quebrantado, el pobre joven,
desalentado, exhalaba su ternura desconocida, murmurando:--¡María
Teresa... María Teresa!
* * * * *
¿Cómo, por qué María Teresa, con su instinto de mujer, nada había visto?
Porque era dichosa y nada atrofía tanto el corazón como la felicidad.
Sólo la desgracia desarrolla la sensibilidad. Además, la joven estaba
tan habituada a los cuidados, a las atenciones de Juan, que le parecían
perfectamente naturales. ¿No habría acaso también en el fondo de aquel
ser de gracia y de belleza, algún otro sentimiento? Aunque Juan se
hubiera transformado, ¿no permanecería siendo para ella, el hombre del
pueblo que debía su elevación a la generosidad del señor de Chanzelles?
Ciertamente, María Teresa no manifestaba claramente esta especie de
menosprecio; pero su atavismo y su educación aristocrática, ahondaban el
pozo que separaba a ella de Juan. A medida que transcurrían los años, la
fuerza de las cosas tendía a separarlos. Juan tenía conciencia de esto,
mientras que María Teresa, acostumbrada a la adoración respetuosa de su
amigo, la aceptaba como un testimonio del reconocimiento grabado en el
corazón del niño salvado en otro tiempo por su padre.
Así, cuando algunos días después del baile, Juan acompañó a los Aubry de
Chanzelles a la estación, la joven no se sorprendió de encontrar un ramo
de soberbias rosas, cuyos tallos desaparecían en un artístico vaso de
cristal, en el vagón que el señor Aubry había encargado para el viaje,
como tampoco se admiró de hallar helados de aromas variados, en las
pequeñas cajas de metal blanco, que Boissier ha puesto a la moda en el
teatro.
Dijo simplemente:
--Usted me mima demasiado, Juan. Gracias, amigo mío.
Y como él se excusase respondiendo fríamente:
--Esto es completamente natural; yo sé que a su mamá le gustan las
flores.
--Pero ¿y los helados?
--¡Oh! no me he olvidado que cierta señorita era muy golosa, en los
tiempos lejanos en que me convidaba a sus banquetitos, a condición de
que yo no comiese nada.
Se rieron. Luego, María Teresa repuso:
--Yo ya no soy golosa...
--¡Pero aun le gustan los helados!
--Juan, usted se ha puesto insoportable. En penitencia, tome usted esta
rosa, que la llevará consigo todo el día, para que le recuerde que ha
sido mordaz con su antigua amiga... ¡Vamos, adiós!
Subió ligeramente al coche, y cerrada la portezuela, bajó el vidrio y
tendió su mano al joven; él, en equilibrio sobre el estribo, la tomó en
la suya. Permanecieron un momento silenciosos, unidos por aquel débil
lazo. Un estridente silbido hizo retroceder bruscamente a María Teresa.
Juan saltó al andén, la contempló durante un instante con pasión y
saludando por última vez se perdió entre la multitud.
Mientras el tren se ponía en movimiento, la señora Aubry murmuró:
--¡Qué excelente joven es Juan!
--¡Ciertamente! Y hombre de gran mérito, además, querida esposa.
--Sí, un excelente amigo, madre. Para mí es como un hermano mayor, más
atento que Jaime, pero a veces un poco severo... ¿no es verdad, papá?
--Es todo un hombre... Alcánzame el diario, hija mía.
María Teresa le entregó el diario, riéndose del aire de convicción con
que el señor Aubry había pronunciado: Es todo un hombre...
--Evidentemente, es un hombre, no lo dudamos... pero a mí me quieres
más, ¿cierto, papá querido?--dijo besando a su padre.
El recuerdo de Juan estaba ya lejos de ellos. Entretanto, el pobre joven
caminaba sin ver la gente que pasaba a su lado, sombrío de
desesperación.
--¡Dios mío!--murmuraba en su interior--¡cómo librarme de la constante,
de la abrumante idea que me domina! Mi corazón sufre hasta convertirme
en un alucinado. ¡Ella no pensaba en nada al darme por última vez la
mano!... ¡Pero yo, yo! ¡Con tal que no haya sentido el estremecimiento
de la mía! ¡Si por mis imprudencias fuera a perder su confianza! ¡Ah,
no; todo menos eso!
Y un pesar tan grande lo invadía, ante la sola idea de permanecer tres
meses sin verla, que había preferido seguir sufriendo como en el tiempo
pasado, a la angustia de la hora presente.