Pablo Aubry de Chanzelles había dicho la verdad cuando se comparó a Juan
Durand. La impresión de piedad que sintió al contemplar al niño
desgraciado, provenía en gran parte de que, como él, había conocido el
abandono, el desprecio, la indiferencia y la miseria.
Su abuelo, Eugenio Estanislao Aubry de Chanzelles, soldado de Napoleón,
al morir gloriosamente entre los hielos del Berezina, había dejado una
viuda y ocho hijos. Esta numerosa familia demandó grandes gastos para
ser educada y establecida. El padre de Pablo Aubry, último hijo del
héroe de la campaña de Rusia, habiéndose casado muy joven con una mujer
sin dote, no tardó en verse reducido a los más módicos recursos. Su
naturaleza era delicada, y los tormentos de una vida difícil acabaron de
arruinar su salud; luchó algunos años contra la mala suerte, pero la
muerte lo arrebató pronto. Como todos sus esfuerzos habían fracasado, su
familia se encontró, entonces, en una situación vecina a la miseria. Su
mujer no le sobrevivió mucho tiempo; Pablo y Matilde quedaban
huérfanos.
Estos niños fueron recogidos por un tío sin fortuna, quien, para mayor
desdicha, era un inventor desgraciado que sólo se ocupaba en gastar sus
últimos pesos en extravagantes combinaciones químicas. El oro
desaparecía rápidamente en las retortas, y, al cabo de muy poco tiempo,
se encontró en la miseria, así como sus pupilos.
Entonces fue cuando Pablo Aubry conoció días dolorosos. Su hermana
Matilde pasó a un convento, donde tenían una tía religiosa; pero él tuvo
que entrar de aprendiz: lo colocaron en una tipografía. Vivió
penosamente, pues el oficio era demasiado duro para un niño poco
preparado para el trabajo fuerte. Además, se hallaba en un ambiente
hostil, bien diferente del suyo; le hacían pagar caro la blancura de sus
manos y sus hábitos de persona bien educada. Cuando, por la noche,
volvía a su casa, dolorido de fatiga, se encontraba frente a su tío,
enloquecido y brutal, por el mal éxito de sus experiencias. Luego tenía
que partir con este triste pariente su pequeño jornal y soportar todo
género de recriminaciones.
Cuando el señor Aubry de Chanzelles recordaba esta época de su vida, en
la que, débil y abandonado, no entreveía ninguna esperanza de salvación,
sentía aún una viva emoción y se preguntaba cómo había tenido fuerzas
para resistir aquellas noches de fiebre y los malos tratamientos.
Al fin, la dura prueba terminó; un antiguo amigo de la familia de
Chanzelles, compadecido de la situación lastimosa en que vegetaban el
tío y el sobrino, ofreció a Pablo un puesto bastante ventajoso en la
fábrica de cristales de que era propietario en Creteil.
Pablo aceptó con alegría. Aquel trabajo le gustaba; se entregó a él por
completo; teniendo la dicha de encontrar en el señor Bontemps, el amigo
de su tío, un director inteligente y bueno.
Los inventos de su tutor, cuyas retortas ardían siempre, en busca de
alguna quimera, habían familiarizado a Pablo con las preparaciones
químicas; de manera que en poco tiempo pudo hacerse útil, y se hizo
apreciar.
Acababa de cumplir veintiocho años cuando estalló la guerra de 1870, que
hizo sufrir al país la vergüenza de las derrotas.
El señor Bontemps fue muerto en Gravelotte. A su lado, Pablo combatió
valientemente. Pasada la tormenta, se vio que estos horribles
acontecimientos, la guerra primero, y luego la Comuna, habían herido
mortalmente la fábrica de Creteil. Los hornos estaban apagados, las
construcciones se derrumbaban; habían recibido las balas prusianes y las
balas francesas.
La familia Bontemps propuso entonces a Pablo prestarle una corta
cantidad de dinero, para que tratase de poner la fábrica en actividad.
Pero la suma que se le entregó era tan insignificante, que el joven tuvo
que vencer las más grandes dificultades. Empezó por encender un horno, y
con dos obreros; él mismo se puso a la obra.
Los comienzos de la nueva cristalería fueron terriblemente penosos: los
días de pago eran para el señor Aubry motivo de constantes angustias.
Pero después de algún tiempo, los beneficios obtenidos por el incesante
trabajo le permitieron construir un segundo horno, luego un tercero, y
aumentar el número de sus obreros.
Finalmente, tuvo la suerte de descubrir un cristal mucho más blanco que
el Baccarat, que, con un tallado hábil, producía reflejos de diamante.
Este fue el principio de una era de gran prosperidad para la fábrica.
Llegó a tener una cantidad de demandas muy superior a la de la antigua
casa Bontemps, y, entonces, el nuevo dueño se permitió emprender obras
de arte. Se reveló ahí, fabricante de genio, creador de obras
maravillosas; así en los _vitraux_, inspirados en las antiguas
cristalerías, como en los vasos y bibelots de alto precio, de formas
exquisitas, de coloraciones raras, sus creaciones obtuvieron éxito
creciente entre los buenos conocedores.
Seguro de su porvenir, se casó. La mujer que eligió era hermosa,
inteligente y buena. Con ella, la felicidad y la prosperidad de la casa
se afirmaron, y no huyeron más del hogar del infatigable trabajador.
Hacía doce años que el señor Aubry disfrutaba de esta dichosa paz cuando
encontró a Juan Durand. Se le presentaban de improviso sus propios
sufrimientos, en el abandono y la miseria del chico. Todo el horror de
los tiempos lejanos lo asaltó violentamente, y estos recuerdos dolorosos
abogaron con elocuencia en favor del huérfano. El nuevo propietario de
la fábrica vio, en este encuentro fortuito, como la indicación de una
deuda a pagar a Dios en agradecimiento de su felicidad actual. La
fisonomía franca del desgraciado niño le agradó, e hizo promesa de dar a
Juan Durand la misma protección que él había recibido de su antiguo
patrón.