II

Pablo Aubry de Chanzelles había dicho la verdad cuando se comparó a Juan

Durand. La impresión de piedad que sintió al contemplar al niño

desgraciado, provenía en gran parte de que, como él, había conocido el

abandono, el desprecio, la indiferencia y la miseria.

Su abuelo, Eugenio Estanislao Aubry de Chanzelles, soldado de Napoleón,

al morir gloriosamente entre los hielos del Berezina, había dejado una

viuda y ocho hijos. Esta numerosa familia demandó grandes gastos para

ser educada y establecida. El padre de Pablo Aubry, último hijo del

héroe de la campaña de Rusia, habiéndose casado muy joven con una mujer

sin dote, no tardó en verse reducido a los más módicos recursos. Su

naturaleza era delicada, y los tormentos de una vida difícil acabaron de

arruinar su salud; luchó algunos años contra la mala suerte, pero la

muerte lo arrebató pronto. Como todos sus esfuerzos habían fracasado, su

familia se encontró, entonces, en una situación vecina a la miseria. Su

mujer no le sobrevivió mucho tiempo; Pablo y Matilde quedaban

huérfanos.

Estos niños fueron recogidos por un tío sin fortuna, quien, para mayor

desdicha, era un inventor desgraciado que sólo se ocupaba en gastar sus

últimos pesos en extravagantes combinaciones químicas. El oro

desaparecía rápidamente en las retortas, y, al cabo de muy poco tiempo,

se encontró en la miseria, así como sus pupilos.

Entonces fue cuando Pablo Aubry conoció días dolorosos. Su hermana

Matilde pasó a un convento, donde tenían una tía religiosa; pero él tuvo

que entrar de aprendiz: lo colocaron en una tipografía. Vivió

penosamente, pues el oficio era demasiado duro para un niño poco

preparado para el trabajo fuerte. Además, se hallaba en un ambiente

hostil, bien diferente del suyo; le hacían pagar caro la blancura de sus

manos y sus hábitos de persona bien educada. Cuando, por la noche,

volvía a su casa, dolorido de fatiga, se encontraba frente a su tío,

enloquecido y brutal, por el mal éxito de sus experiencias. Luego tenía

que partir con este triste pariente su pequeño jornal y soportar todo

género de recriminaciones.

Cuando el señor Aubry de Chanzelles recordaba esta época de su vida, en

la que, débil y abandonado, no entreveía ninguna esperanza de salvación,

sentía aún una viva emoción y se preguntaba cómo había tenido fuerzas

para resistir aquellas noches de fiebre y los malos tratamientos.

Al fin, la dura prueba terminó; un antiguo amigo de la familia de

Chanzelles, compadecido de la situación lastimosa en que vegetaban el

tío y el sobrino, ofreció a Pablo un puesto bastante ventajoso en la

fábrica de cristales de que era propietario en Creteil.

Pablo aceptó con alegría. Aquel trabajo le gustaba; se entregó a él por

completo; teniendo la dicha de encontrar en el señor Bontemps, el amigo

de su tío, un director inteligente y bueno.

Los inventos de su tutor, cuyas retortas ardían siempre, en busca de

alguna quimera, habían familiarizado a Pablo con las preparaciones

químicas; de manera que en poco tiempo pudo hacerse útil, y se hizo

apreciar.

Acababa de cumplir veintiocho años cuando estalló la guerra de 1870, que

hizo sufrir al país la vergüenza de las derrotas.

El señor Bontemps fue muerto en Gravelotte. A su lado, Pablo combatió

valientemente. Pasada la tormenta, se vio que estos horribles

acontecimientos, la guerra primero, y luego la Comuna, habían herido

mortalmente la fábrica de Creteil. Los hornos estaban apagados, las

construcciones se derrumbaban; habían recibido las balas prusianes y las

balas francesas.

La familia Bontemps propuso entonces a Pablo prestarle una corta

cantidad de dinero, para que tratase de poner la fábrica en actividad.

Pero la suma que se le entregó era tan insignificante, que el joven tuvo

que vencer las más grandes dificultades. Empezó por encender un horno, y

con dos obreros; él mismo se puso a la obra.

Los comienzos de la nueva cristalería fueron terriblemente penosos: los

días de pago eran para el señor Aubry motivo de constantes angustias.

Pero después de algún tiempo, los beneficios obtenidos por el incesante

trabajo le permitieron construir un segundo horno, luego un tercero, y

aumentar el número de sus obreros.

Finalmente, tuvo la suerte de descubrir un cristal mucho más blanco que

el Baccarat, que, con un tallado hábil, producía reflejos de diamante.

Este fue el principio de una era de gran prosperidad para la fábrica.

Llegó a tener una cantidad de demandas muy superior a la de la antigua

casa Bontemps, y, entonces, el nuevo dueño se permitió emprender obras

de arte. Se reveló ahí, fabricante de genio, creador de obras

maravillosas; así en los _vitraux_, inspirados en las antiguas

cristalerías, como en los vasos y bibelots de alto precio, de formas

exquisitas, de coloraciones raras, sus creaciones obtuvieron éxito

creciente entre los buenos conocedores.

Seguro de su porvenir, se casó. La mujer que eligió era hermosa,

inteligente y buena. Con ella, la felicidad y la prosperidad de la casa

se afirmaron, y no huyeron más del hogar del infatigable trabajador.

Hacía doce años que el señor Aubry disfrutaba de esta dichosa paz cuando

encontró a Juan Durand. Se le presentaban de improviso sus propios

sufrimientos, en el abandono y la miseria del chico. Todo el horror de

los tiempos lejanos lo asaltó violentamente, y estos recuerdos dolorosos

abogaron con elocuencia en favor del huérfano. El nuevo propietario de

la fábrica vio, en este encuentro fortuito, como la indicación de una

deuda a pagar a Dios en agradecimiento de su felicidad actual. La

fisonomía franca del desgraciado niño le agradó, e hizo promesa de dar a

Juan Durand la misma protección que él había recibido de su antiguo

patrón.

Incertidumbre · 第 6 / 22 题