la posada en donde vivía Bautista.
--¡Tú!--exclamó Urbide--. ¿De dónde sales con ese uniforme? ¿Qué has
hecho en todo en todo el día de ayer? Estaba intranquilo. ¿Qué pasa?
--Todo lo contaré. ¿Tienes el coche?
--Sí, pero...
--Nada, tráetelo en seguida, lo más pronto que puedas. Pero a escape.
Martín se sentó a la mesa y escribió con lápiz en un papel: «Querida
hermana. Necesito verte. Estoy herido, gravísimo. Ven inmediatamente en
el coche con mi amigo Zalacaín. Tu hermano, Carlos.»
Después de escribir el papel, Martín se paseó con impaciencia por el
cuarto. Cada minuto le parecía un siglo. Dos horas larguísimas tuvo que
estar esperando con angustias de muerte. Al fin, cerca de las doce, oyó
un ruido de campanillas.
Se asomó al balcón. A la puerta aguardaba un coche tirado por cuatro
caballos. Entre éstos distinguió Martín los dos jacos en cuyos lomos
fueron desde Zumaya hasta Estella. El coche, un landó viejo y
destartalado, tenía un cristal y uno de los faroles atado con una
cuerda.
Bajó las escaleras Martín embozado en la capa, abrió la portezuela del
coche, y dijo a Bautista:
--Al convento de Recoletas.
Bautista, sin replicar, se dirigió hacia el sitio indicado. Cuando el
coche se detuvo frente al convento, Bautista, al salir Zalacaín, le
dijo:
--¿Qué disparate vas a hacer? Reflexiona.
--¿Tú sabes cuál es el camino de Logroño?--preguntó Martín.
--Si.
--Pues toma por allá.
--Pero...
--Nada, nada, toma por allá. Al principio marcha despacio, para no
cansar a los caballos, porque luego habrá que correr.
Hecha esta recomendación, Martín, muy erguido, se dirigió al convento.
--Aquí va a pasar algo gordo--se dijo Bautista preparándose para la
catástrofe.
Llamó Martín, entró en el portal, preguntó a la hermana tornera por la
señorita de Ohando y le dijo que necesitaba darle una carta. Le hicieron
pasar al locutorio y se encontró allí con Catalina y una monja gruesa,
que era la superiora. Las saludó profundamente y preguntó:
--¿La señorita de Ohando?
--Soy yo.
--Traigo una carta para usted de su hermano.
Catalina palideció y le temblaron las manos de la emoción. La superiora,
una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros
como dos manchas negras que le cogían la mitad de la cara, y varios
lunares en la barbilla, preguntó:
--¿Qué pasa? ¿Qué dice ese papel?
--Dice que mi hermano está grave... que vaya--balbuceó Catalina.
--¿Está tan grave?--preguntó la superiora a Martín.
--Si, creo que sí.
--¿En dónde se encuentra?
--En una casa de la carretera de Logroño--dijo Martín.
--¿Hacia Azqueta quizá?
--Sí, cerca de Azqueta. Le han herido en un reconocimiento.
--Bueno. Vamos--dijo la superiora--. Que venga también el señor Benito
el demandadero.
Martín no se opuso y esperó a que se preparasen para acompañarlas. Al
salir los cuatro a tomar el coche y al verles Bautista desde lo alto del
pescante, no pudo menos de hacer una mueca de asombro. El demandadero
montó junto a él.
--Vamos--dijo Martín a Bautista.
El coche partió; la misma superiora bajó las cortinas y sacando un
rosario comenzó a rezar. Recorrió el coche la calle Mayor, atravesó el
puente del Azucarero, la calle de San Nicolás, y tomó por la carretera
de Logroño.
Al salir del pueblo, una patrulla carlista se acercó al coche. Alguien
abrió la portezuela y la volvió a cerrar en seguida.
--Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo--dijo el
demandadero con voz gangosa.
El coche siguió adelante al trote lento de los caballos. Lloviznaba, la
noche estaba negra, no brillaba ni una estrella en el cielo. Se pasó
una aldea, luego otra.
--¡Qué lentitud!--exclamó la monja.
--Es que los caballos son muy malos--contestó Martín.
Pasaron deprisa otra aldea, y cuando no tenían delante ni atrás pueblos
ni casas próximos, Bautista aminoró la marcha. Comenzaba a anochecer.
--¿Pero qué pasa?--dijo de pronto la superiora--. ¿No llegamos todavía?
--Pasa, señora--contestó Zalacaín--que tenemos que seguir adelante.
--¿Y por qué?
--Hay esa orden.
--¿Y quién ha dado esa orden?
--Es un secreto.
--Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar.
--Si quiere usted bajar sola, puede usted hacerlo.
--No, iré con Catalina.
--Imposible.
La superiora lanzó una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba
los ojos, exclamó:
--¡Ah! Estaban entendidos.
--Sí, estamos entendidos--contestó Martín--.Esta señorita es mi novia y
no quiere estar en el convento, sino casarse conmigo.
--No es verdad, yo lo impediré.
--Usted no lo impedirá porque no podrá impedirlo.
La superiora se calló. Siguió el coche en su marcha pesada y monótona
por la carretera. Era ya media noche cuando llegaron a la vista de Los
Arcos.
Doscientos metros antes detuvo Bautista los caballos y saltó del
pescante.
--Tú--le dijo a Zalacaín en vascuence--tenemos un caballo aspeado, si
pudieras cambiarlo aquí...
--Intentaremos.
--Y si se pudieran cambiar los dos, sería mejor.
--Voy a ver. Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan.
Desenganchó Martín los caballos y fué con ellos a la venta.
Le salió al paso una muchacha redondita, muy bonita y de muy mal humor.
Le dijo Martín, lo que necesitaba, y ella replicó que era imposible, que
el amo estaba acostado.
--Pues hay que despertarle.
Llamaron al posadero y éste presentó una porción de obstáculos, adujo
toda clase de pretextos, pero al ver el uniforme de Martín se avino a
obedecer y mandó despertar al mozo. El mozo no estaba.
--Ya ve usted, no está el mozo.
--Ayúdeme usted, no tenga usted mal genio--le dijo Martín a la muchacha
tomándole la mano y dándole un duro--. Me juego la vida en esto.
La muchacha guardó el duro en el delantal, y ella misma sacó dos
caballos de la cuadra y fué con ellos cantando alegremente:
La Virgen del Puy de Estella
le dijo a la del Pilar:
Si tú eres aragonesa
yo soy navarra y con sal.
Martín pagó al posadero y quedó con él de acuerdo en el sitio en donde
tenía que dejar los caballos en Logroño.
Entre Bautista, Martín y la moza, reemplazaron el tiro por completo.
Martín acompañó a la muchacha, y cuando la vió sola la estrechó por la
cintura y la besó en la mejilla.
--¡También usted es posma!--exclamó ella con desgarro.
--Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa
sal--replicó Martín.
--Pues tenga usted cuidado no le haga daño.
--¿Quién lleva usted en el coche?
--Unas viejas.
--¿Volverá usted por aquí?
--En cuanto pueda.
--Pues, adiós.
--Adiós, hermosa. Oiga usted. Si le preguntan por donde hemos ido diga
usted que nos hemos quedado aquí.
--Bueno, así lo haré.
El coche pasó por delante de Los Arcos. Al llegar cerca de Sansol,
cuatro hombres se plantaron en el camino.
--¡Alto!--gritó uno de ellos que llevaba un farol.
Martín saltó del coche y desenvainó la espada.
--¿Quién es?--preguntó.
--Voluntarios realistas--dijeron ellos.
--¿Qué quieren?
--Ver si tienen ustedes pasaporte.
Martín sacó salvoconducto y lo enseñó. Un viejo, de aire respetable,
tomó el papel y se puso a leerlo.
--¿No vé usted que soy oficial?--preguntó Martín.
--No importa--replicó el viejo--. ¿Quién va adentro?
--Dos madres recoletas que marchan a Logroño.
--¿No saben ustedes que en Viana están los liberales?--preguntó el
viejo.
--No importa, pasaremos.
--Vamos a ver a esas señoras--murmuró el vejete.
--¡Eh, Bautista! Ten cuidado--dijo Martín en vasco.
Descendió Urbide del pescante y tras él saltó el demandadero. El viejo
jefe de la patrulla abrió la portezuela del coche y echó la luz del
farol al rostro de las viajeras.
--¿Quiénes son ustedes?--preguntó la superiora con presteza.
--Somos voluntarios de Carlos VII.
--Entonces que nos detengan. Estos hombres nos llevan secuestradas.
No acababa de decir esto cuando Martín dió una patada al farol que
llevaba el viejo, y después de un empujón echó al anciano respetable a
la cuneta de la carretera. Bautista arrancó el fusil a otro de la ronda,
y el demandadero se vió acometido por dos hombres a la vez.
--¡Pero si yo no soy de estos. Yo soy carlista--gritó el demandadero.
Los hombres, convencidos, se echaron sobre Zalacaín, éste cerró contra
los dos; uno de los voluntarios le dió un bayonetazo en el hombro
izquierdo, y Martín, furioso por el dolor, le tiró una estocada que le
atravesó de parte a parte.
La patrulla se había declarado en fuga, dejando un fusil en el suelo.
--¿Estás herido?--preguntó Bautista a su cuñado.
--Sí, pero creo que no es nada. Hala, vámonos.
--¿Llevamos este fusil?
--Sí, quítale la cartuchera a ese que yo he tumbado, y vamos andando.
Bautista entregó un fusil y una pistola a Martín.
--Vamos, ¡adentro!--dijo Martín al demandadero.
Éste se metió temblando en el coche que partió, llevado al galope por
los caballos. Pasaron por en medio de un pueblo. Algunas ventanas se
abrieron y salieron los vecinos, creyendo sin duda que pasaba un furgón
de artillería. A la media hora Bautista se paró. Se había roto una
correa y tuvieron que arreglarla, haciéndole un agujero con el
cortaplumas. Estaba cayendo un chaparrón que convertía la carretera en
un barrizal.
--Habrá que ir más despacio--dijo Martín.
Efectivamente, comenzaron a marchar más despacio, pero al cabo de un
cuarto de hora se oyó a lo lejos como un galope de caballos. Martín se
asomó a la ventana; indudablemente los perseguían.
El ruido de las herraduras se iba acercando por momentos.
--¡Alto! ¡Alto!--se oyó gritar.
Bautista azotó los caballos y el coche tomó una una carrera vertiginosa.
Al llegar a las curvas, el viejo landó se torcía y rechinaba como si
fuera a hacerse pedazos. La superiora y Catalina rezaban; el demandadero
gemía en el fondo del coche.
--¡Alto! ¡Alto!--gritaron de nuevo.
--¡Adelante, Bautista! ¡Adelante!--dijo Martín, sacando la cabeza por la
ventanilla.
En aquel momento sonó un tiro, y una bala pasó silbando a poca
distancia. Martín cargó la pistola, vió un caballo y un ginete que se
acercaban al coche, hizo fuego y el caballo cayó pesadamente al suelo.
Los perseguidores dispararon sobre el coche que fué atravesado por las
balas. Entonces Martín cargó el fusil y, sacando el cuerpo por la
ventanilla, comenzó a hacer disparos atendiendo al ruido de las pisadas
de los caballos; los que les seguían disparaban también, pero la noche
estaba negra y ni Martín ni los perseguidores afinaban la puntería.
Bautista, agazapado en el pescante, llevaba los caballos al galope;
ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien.
Al amanecer cesó la persecución. Ya no se veía a nadie en la carretera.
--Creo que podemos parar--gritó Bautista--. ¿Eh? Llevamos otra vez el
tiro roto. ¿Paramos?
--Sí, para--dijo Martín--; no se ve a nadie.
Paró Bautista, y tuvieron que componer de nuevo otra correa.
El demandadero rezaba y gemía en el coche; Zalacaín le hizo salir de
dentro a empujones.
--Anda, al pescante--le dijo--. ¿Es que tú no tienes sangre en las
venas, sacristán de los demonios?--le preguntó.
--Yo soy pacífico y no me gusta mezclarme en estas cosas ni hacer daño a
nadie--contestó refunfuñando.
--¿No serás tú una monja disfrazada?
--No, soy un hombre.
--¿No te habrás equivocado?
--No, soy un hombre, un pobre hombre, si le parece a usted mejor.
--Eso no impedirá que te metan unas píldoras de plomo en esa grasa fría
que forma tu cuerpo.
--¡Qué horror!
--Por eso debes comprender, hombre linfático, que cuando se encuentra
uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonterías
ni con rezos.
Las palabras rudas de Martín reanimaron un poco al demandadero.
Al subir Bautista al pescante, le dijo Martín:
--¿Quieres que guíe yo ahora?
--No, no. Yo voy bien. Y tú, ¿cómo tienes la herida?
--No debe de ser nada.
--¿Vamos a verla?
--Luego, luego; no hay que perder tiempo.
Martín abrió la portezuela, y, al sentarse, dirigiéndose a la superiora,
dijo:
--Respecto a usted, señora, si vuelve usted a chillar, la voy a atar a
un árbol y a dejarla en la carretera.
Catalina, asustadísima, lloraba. Bautista subió al pescante y el
demandadero con él. Comenzó el carruaje a marchar despacio, pero, al
poco tiempo, volvieron a oirse como pisadas de caballos.
Ya no quedaban municiones; los caballos del coche estaban cansados.
--Vamos, Bautista, un esfuerzo--grito Martín, sacando la cabeza por la
ventanilla--. ¡Así! Echando chispas.
Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el látigo. El coche pasaba con
la rapidez de una exhalación, y pronto dejó de oirse detrás el ruido de
pisadas de caballos.
Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corrían a impulsos del viento,
y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo
en un alto. Debía de ser Viana.
Al acercarse a él, el coche tropezó con una piedra, se soltó una de las
ruedas, la caja se inclinó y vino a tierra. Todos los viajeros cayeron
revueltos en el barro. Martín se levantó primero y tomó en brazos a
Catalina.
--¿Tienes algo?--la dijo.
--No, creo que no--contestó ella, gimiendo.
La superiora se había hecho un chichón en la trente y el demandadero
dislocado una muñeca.
--No hay averías importantes--dijo Martín--.¡Adelante!
Los viajeros entonaban un coro de quejas y de lamentos.
--Desengancharemos y montaremos a caballo--dijo Bautista.
--Yo no. Yo no me muevo de aquí--replicó la superiora.
La llegada del coche y su batacazo no habían pasado inadvertidos,
porque, pocos momentos después, avanzó del lado de Viana media compañía
de soldados.
--Son los _guiris_--dijo Bautista a Martín.
--Me alegro.
La media compañía se acercó al grupo.
--¡Alto!--gritó el sargento--. ¿Quién vive?
--España.
--Daos prisioneros.
--No nos resistimos.
El sargento y su tropa quedaron asombrados, al ver a un militar
carlista, a dos monjas y a sus acompañantes llenos de barro.
--Vamos hacia el pueblo--les ordenaron.
Todos juntos, escoltados por los soldados, llegaron a Viana.
Un teniente que apareció en la carretera, preguntó:
--¿Qué hay, sargento?
--Traemos prisioneros a un general carlista y a dos monjas.
Martín se preguntó por qué le llamaba el sargento general carlista;
pero, al ver que el teniente le saludaba, comprendió que el uniforme,
cogido por él en Estella, era de un general.
CAPÍTULO XIII
CÓMO LLEGARON A LOGROÑO Y LO QUE LES OCURRIÓ
Hicieron entrar a todos en el cuerpo de guardia, en donde, tendidos en
camastros, dormían unos cuantos soldados, y otros se calentaban al calor
de un gran brasero. Martín fué tratado con mucha consideración por su
uniforme. Rogó al oficial le dejara estar a Catalina a su lado.
--¿Es la señora de usted?
--Sí, es mi mujer.
El oficial accedió y pasó a los dos a un cuarto destartalado que servía
para los oficiales.
La superiora, Bautista y el demandadero, no merecieron las mismas
atenciones y quedaron en el cuartelillo.
Un sargento viejo, andaluz, se amarteló con la superiora y comenzó a
echaría piropos de los clásicos; la dijo que tenía _loz ojoz_ como _doz
luceroz_ y que se parecía a la Virgen de _Conzolación_ de Utrera, y le
contó otra porción de cosas del repertorio de los almanaques.
A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenzó a
reirse con una risa contenida.
--A ver _zi_ te _callaz_; cochino carca--le dijo el sargento.
--Si yo no digo nada--replicó Bautista.
--_Zi_ te _siguez_ riendo _azí_, te voy a _clavá_ como a un _zapo_.
Bautista tuvo que ir a un rincón a reirse, y la superiora y el sargento
siguieron su conversación.
Al mediodía llegó un coronel, que al ver a Martín le saludó
militarmente. Martín le contó sus aventuras, pero el coronel al oírlas
frunció las cejas.
--A estos militares--pensó Martín--no les gusta que un paisano haga
cosas más difíciles que las suyas.
--Irán ustedes a Logroño y allí veremos si identifican su personalidad.
¿Qué tiene usted? ¿Está usted herido?
--Sí.
--Ahora vendrá el físico a reconocerle.
Efectivamente, llegó un doctor que reconoció a Martín, le vendó, y
redujo la dislocación del mandadero, que gritó y chilló como un
condenado. Después de comer trajeron los caballos del coche, les
obligaron a montar en ellos, y custodiados por toda compañía tomaron el
camino de Logroño.
Al llegar cerca del puente sobre el Ebro, una porción de lavanderas y
de mujeres de carabineros salieron a ver la extraña comitiva, y varias
de ellas comenzaron a cantar, sobre todo dirigiéndose a la monja:
Ahora sí que estarás contentona
Carlistona, mandilona;
Ahora sí que estarás contentón
Carlistón, mandilón, cobardón.
La pobre superiora estaba lívida de rabia. Martín y Bautista se miraban
con cierto cómico estupor.
En Logroño pararon en el cuartel y un oficial hizo subir a Martín a ver
al general. Le contó Zalacaín sus aventuras, y el general le dijo:
--Si yo tuviera la seguridad de que lo que me dice usted es cierto,
inmediatamente dejaría libre a usted y a sus compañeros.
--¿Y yo cómo voy a probar la verdad de mis palabras?
--¡Si pudiera usted identificar su persona! ¿No conoce usted aquí a
nadie? ¿Algún comerciante?
--No.
--Es lástima.
--Sí, sí, conozco a una persona--dijo de pronto Martín--, conozco a la
señora de Briones y a su hija.
--¿Y el capitán Briones, también lo conocerá usted?
--También.
--Pues lo voy a llamar; dentro de un momento estará aquí.
El general mandó un ayudante suyo, y media hora después estaba el
capitán Briones, que reconoció a Martín. El general los dejó a todos
libres.
Martín, Catalina y Bautista iban a marcharse juntos, a pesar de la
oposición de la superiora, cuando el capitán Briones dijo:
--Amigo Zalacaín, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer
con ellas.
Martín explicó a su novia como no le era posible desatender la
invitación, y dejando a Bautista y a Catalina fué en compañía del
oficial.
La casa de la señora de Briones estaba en una calle céntrica, con
soportales.
Rosita y su madre recibieron a Martín con grandes muestras de amistad.
La aventura de su llegada a Logroño con un una señorita y una monja
había corrido por todas partes.
Madre é hija le preguntaron un sin fin de cosas, y Martín tuvo que
contar sus aventuras.
--¡Pero qué muchacho!--decía doña Pepita, haciéndose cruces--. Usted es
un verdadero diablo.
Después de comer vinieron unas señoritas amigas de Rosa Briones, y
Martín tuvo que contar de nuevo sus aventuras. Luego se habló de
sobremesa y se cantó. Martín pensaba: ¿Qué hará Catalina? Pero luego se
olvidaba con la conversación.
Doña Pepita dijo que su hija había tenido el capricho de aprender la
guitarra é incitó a Rosita para que cantara.
--Sí, canta--dijeron las demás muchachas.
--Sí, cante usted--añadió Zalacaín.
Rosita sacó la guitarra y cantó algunas canciones, acompañándose con
ella, y luego, como en honor de Martín, entonó un zortzico con letra
castellana, que comenzaba así:
Aunque la oración suene
Yo no me voy de aquí;
La del pañuelo rojo
Loco me ha vuelto a mí.
Y el estribillo de la canción era:
Aufa que el campanero
La oración va a tocar,
Aufa que yo te quiero
_Maitia, maitia_, ven acá.
Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martín de tal manera con los ojos
brillantes y negros, que él se olvidó de que le esperaba Catalina.
Cuando salió de casa de la señora de Briones, eran cerca de las once de
la noche. Al encontrarse en la calle comprendió su falta brutal de
atención. Fué a buscar a su novia, preguntando en los hoteles. La
mayoría estaban cerrados. En uno del Espolón le dijeron: «Aquí ha venido
una señorita, pero está descansando en su cuarto.»
--¿No podría usted avisarla?
--No.
Bautista tampoco parecía.
Sin saber qué hacer, volvió Martín a los soportales y se puso a pasear
por ellos. Si no fuera por Catalina--pensó--era capaz de quedarme aquí
y ver si Rosita Briones está de veras por mí, como parece.
Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de
criado, se paró ante él y le dijo:
--¿Es usted don Martín Zalacaín?
--El mismo.
--¿Quiere usted venir conmigo? Mi señora quiere hablarle.
--¿Y quién es la señora de usted?
--Me ha encargado que le diga que es una amiga de su infancia.
--¿Una amiga de mi infancia?
--Sí.
--Es posible--pensó Zalacaín--. Si habré conocido en mi infancia a
alguien que tenga criados, sin saberlo. En fin, vamos a ver a mi
amiga--dijo en voz alta.
El criado siguió por los soportales, torció una esquina, y en una casa
grande empujó la puerta y entró en un zaguán elegante, iluminado por un
gran farol.
--Pase el señorito--dijo el criado indicándole una escalera alfombrada.
--Debe haber una equivocación--pensó Martín--. No es posible otra cosa.
Subieron la escalera, el criado levantó una cortina y pasó Zalacaín.
Sentada en un sofá y hojeando un álbum, había una mujer desconocida, una
mujer pequeña, delgada, rubia, elegantísima.
--Perdone usted, señora--dijo Martín--, creo que usted y yo somos
víctimas de una equivocación...
--Yo, por mi parte, no--contestó ella riendo, con una risa zumbona.
--¿Quiere algo más la señora?--preguntó el criado.
--No, pueden ustedes retirarse.
Martín quedó asombrado. El criado echó la pesada cortina y quedaron
solos.
--Martín--dijo la dama, levantándose de su silla y poniéndole las manos
pequeñas en sus hombros--. ¿No te acuerdas de mí?
--No, la verdad.
--Soy Linda.
--¿Qué Linda?
--Linda, la que estuvo en Urbia cuando fué el domador, y murió tu madre.
¿No te acuerdas?
--¿Usted es Linda?
--¡Oh, no me hables de usted! Sí, yo soy Linda. He sabido como habías
venido a Logroño y he mandado que te buscaran.
--¿De manera que tú eres aquella chiquilla que jugaba con el oso?
--La misma.
--¿Y me has conocido?
--Sí.
--Yo no te hubiera conocido.
--Habla, cuenta de tu vida. Tú no sabes la gana que tenía de verte. Eres
el único hombre por quien me han pegado. ¿Te acuerdas? Para mí
constituías toda mi familia. ¿Qué hará? ¿Dónde estará Martín? pensaba.
--¿De veras? ¡Que extraño! ¡Hace de esto tanto tiempo! Y somos jóvenes
los dos.
--¡Cuenta! ¡Cuenta! ¿Cuál ha sido tu vida? ¿Qué has hecho por el mundo?
Martín, emocionado, habló de su vida, de sus aventuras. Luego, Linda
contó las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un señor
rico le sacó del circo y le brindó con su protección. Ahora este señor,
título, con grandes posesiones en la Rioja, quería casarse con ella.
--¿Y tú te vas a casar?--la preguntó Martín.
--Claro.
--¿De manera que dentro de poco serás una señora condesa o marquesa?
--Sí, marquesa, pero chico, esto no me entusiasma. He vivido siempre
libre y ya las cadenas no son para mí, aunque sean de oro. Pero estás
pálido. ¿Qué te pasa?
Martín sentía un gran cansancio y le dolía el hombro. Linda, al saber
que estaba herido, le obligó a quedarse allí.
Afortunadamente el rasguño no era grave y Zalacaín curó pronto.
Al día siguiente, Linda no le dejó salir; y al verse dominado por ella,
por su suave encanto, encontró el herido que sus convalecencias eran más
peligrosas para sus sentimientos que para su salud.
--Que le avisen a mi cuñado donde estoy--dijo Martín varias veces a
Linda.
Ésta envió un criado a los hoteles, pero en ninguno daban noticias ni de
Bautista ni de Catalina.
CAPÍTULO XIV
CÓMO ZALACAÍN Y BAUTISTA URBIDE TOMARON LOS DOS SOLOS LA CIUDAD DE
LAGUARDIA OCUPADA POR LOS CARLISTAS.
De conocer Martín la _Odisea_ es posible que hubiese tenido la
pretensión de comparar a Linda con la hechicera Circe y a sí mismo con
Ulises, pero como no había leído el poema de Homero no se le ocurrió tal
comparación.
Sí se le ocurrió varias veces que se estaba portando como un bellaco,
pero Linda ¡era tan encantadora! ¡Tenía por él tan grande entusiasmo! Le
había hecho olvidar a Catalina. Muchos días maldecía de su barbarie,
pero no se determinaba a marcharse. Decidió en su fuero interno que la
culpa de todo era de Bautista y esta decisión le tranquilizó.
--¿Dónde se ha metido ese hombre?--se preguntaba.
Una semana después del encuentro con Linda, al pasar por los soportales
de la calle principal de Logroño se encontró con Bautista que venía
hacia él indiferente y tranquilo como de costumbre.
--¿Pero dónde estás?--exclamó Martín incomodado.
--Eso te pregunto yo, ¿dónde estás?--contestó Bautista.
--¿Y Catalina?
--¡Qué sé yo! Yo creí que tú sabrías dónde estaba, que os habíais
marchado los dos sin decirme nada.
--¿De manera que no sabes?...
--Yo no.
--¿Cuándo hablaste tú con ella por última vez?