lado y a otro se levantaban hermosas casas de piedra amarilla, con
escudos y figuras tallados.
Luego, terminada la Rua, siguieron por la calle de Curtidores. Las
antiguas casas solariegas mostraban sus grandes puertas cerradas; en
algunos portales, convertidos en talleres de curtidores, se veían filas
de pellejos colgados y en el fondo el agua casi inmóvil del río Ega,
verdosa y turbia.
Al final de esta calle se encontraron con la iglesia del Santo Sepulcro
y se pararon a contemplarla. A Martín le pareció aquella portada de
piedra amarilla, con sus santos desnarigados a pedradas, una cosa algo
grotesca, pero el extranjero aseguró que era magnífica.
--¿De veras?--preguntó Martín.
--¡Oh! ¡Ya lo creo!
--¿Y la habrá hecho la gente de aquí?--preguntó Martín.
--¿Le parece a usted imposible que los de Estella hagan una cosa
buena?--preguntó riendo el extranjero.
--¡Qué sé yo! No me parece que en este pueblo se haya inventado la
pólvora.
En una calle transversal, las paredes de las antiguas casas hidalgas
derrumbadas servían de cerca para los jardines. No se alejaron más
porque a pocos pasos estaba ya la guardia. Volvieron y subieron a San
Pedro de la Rua, iglesia colocada en un alto, a la cual se llegaba por
unas escaleras desgastadas, entre cuyas losas crecía la hierba.
--Sentémonos aquí un momento--dijo el extranjero.
--Bueno, como usted quiera.
Desde allí se veía casi todo Estella, y los montes que le rodean, abajo
el tejado de la cárcel y en un alto la ermita del Puy. Una vieja
limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba
a voz en grito:
¡Adiós los Llanos de Estella.
San Benito y Santa Clara,
Convento de Recoletos
donde yo me paseaba!
--Ya ve usted--dijo el extranjero--que, aunque a usted le parezca este
pueblo tan desagradable, hay gente que le tiene cariño.
--¿Quién?--dijo Martín.
--El que ha inventado esa canción.
--Era un hombre de mal gusto.
La vieja se acercó al extranjero y a Martín y entabló conversación con
ellos. Era una mujer pequeña, de ojos vivos y tez tostada.
--¿Usted será carlista? ¿Eh?--le preguntó el extranjero.
--Ya lo creo. En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de
que vendrá don Carlos con ayuda de Dios.
--Sí, es muy probable.
--¿Cómo probable?--exclamó la vieja--. Es seguro. ¿Usted no será de
aquí?
--No, no soy español.
--Ah, vamos.
Y la vieja, después de mirarle con curiosidad, siguió barriendo las
escaleras.
--Creo que le ha tenido a usted lástima al saber que no es usted
español--dijo Martín.
--Sí, parece que sí--contestó el extranjero--. La verdad es que es
triste que por ese estúpido hombre guapo se mate esta pobre gente.
--¿Por quién lo dice usted, por don Carlos?--preguntó Martín.
--Sí.
--¿Usted también cree que no es hombre de talento?
--¡Qué va a ser! Es un tipo vulgar sin ninguna condición. Luego, no
tiene idea de nada. Hablé con él cuando el bombardeo de Irún, y no se
puede usted figurar nada más plano y más opaco.
--Pues no lo diga usted por ahí, porque le hacen a usted pedazos. Estos
bestias están dispuestos a morir por su rey.
--Oh, no lo diría. Además ¿para qué? No había de convencer a nadie; unos
son fanáticos y otros aventureros y ninguno está dispuesto a dejarse
persuadir. Pero no crea usted que todos tienen un gran respeto ni por
don Carlos ni por sus generales. ¿No ha oído usted en la posada que
hablan algunas veces de don Bobo? pues se refieren al Pretendiente.
Vieron el extranjero y Martín las otras iglesias del pueblo, la Peña de
los Castillos y la parroquia de Santa María, y volvieron a comer.
Afortunadamente, el viejecillo antipático no se sentaba a la mesa y en
cambio estaban un legitimista francés, el conde de Haussonville, de la
legación extranjera, y un joven comandante carlista llamado Iceta.
El conde de Haussonville fué la alegría de la mesa. El conde, hombre de
unos cuarenta años, alto, grueso, derecho, rubio, hablaba en un
castellano grotesco.
Lo verdaderamente gracioso de Haussonville era su apetito voraz. Todo lo
que le daban de comer no le servía más que de aperitivo. Había venido
desde Caspe llevando prisionero a un brigadier valenciano carlista a que
conpareciera ante el Estado Mayor de don Carlos, y contaba su expedición
de tal manera que hacía morirse de risa a todos.
Explicó su estancia en un pueblo, con el batallón metido en una iglesia,
sin poder moverse por estar los caminos intransitables por la nieve, no
comiendo más que habichuelas y teniendo por retrete un confesionario, y
dió tales detalles, que todo el mundo reía a carcajadas.
--Un día, sobre todo, nos trajeron sidra--dijo el francés--y entre la
sidra y las habichuelas se nos armó una, que tuvimos que hacer cola
delante del confesionario. Pocas veces se ha visto una congregación de
fieles tan apenados para entrar en el confesionario como nosotros. Jefes
y soldados íbamos con gran dolor de corazón a cantar nuestra canción de
las habichuelas a la pequeña garita del señor cura.
Después de maldecir de la alimentación leguminosa y de la alimentación
_patatosa_, habló del resto del viaje.
Cada pueblo del tránsito le parecía una estación de calvario para su
estómago hambriento; recordaba las aldeas por lo que había comido, o
mejor dicho, por lo que había ayunado; aquí habían dado por toda comida
un caldo de berzas, allá por cena una colación de verduras cocidas; y
para colmo de desdichas, estaba alojado en Estella en casa de unas
viejas solteronas y por la mañana le daban chocolate con agua, por la
tarde cocido, y de noche una sopa de ajo infame.
--Y siempre, siempre, poco--decía Haussonville, levantando los brazos al
cielo.
Iceta era un aventurero. Había estado al principio en la guerra, luego
se fué a una república americana, tomó parte en una revolución y
después, expulsado de allí por rebelde, volvía al ejército carlista, en
donde estaba ya violento y deseando marcharse.
Siguiéndole a todas partes como amigo y asesor, iba un antiguo criado
suyo que se llamaba Asensio, pero a quien se le conocía por estos dos
motes: Asensio Lapurrá (Asensio el Ladrón) y Asenchio Araguiarrapatzallia
(Asensio el decomisador de carne).
Este mote lo debía Asensio a haber sido consumero en su pueblo.
Asensio era graciosísimo hablando castellano; no había palabra que
empleara bien.
Siempre que tenía que decir andamos, decía andemos; y al contrario,
empleaba vaiga por vaya, y hagáis por haced.
La conversación entre el conde de Haussonville y Asenchio Lapurrá era de
lo más dislocada y pintoresca.
--Si aquí hubiera un buen _quenerral_--decía Haussonville--la _querra_
estaba resuelta.
--_Pueda, pueda_ que sí--contestaba Asensio.
--No saben _manecar_ un grande _equercito_, amigo Asensio.
--Si _supieseis_ de _tática_, otra cosa sería.
Martín y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con
Asenchio Lapurrá y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que
resultaban en la conversación del francés y del vasco.
Asensio había estado en Cuba algún tiempo, de soldado, y contó anécdotas
de aquella tierra. Lo que más le gustaba era hablar de los chinos.
--Son de _mal_ intención, pero buenos cocineros, eso si. _Digáis_ a un
chino que os haga un arroz. Os hace una cosa _manífica_. Es gente
_raro_. Luego se ponen a _chun, chun, chun_. ¿Y entenderles? nada. ¿A
nosotros? Rabia nos tenían. Y al que cogían _la_ martirizaban. ¡Pse!
Nosotros _tamíen_ algunos _matemos_.
Martín se reía a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurrá.
Después de comer en la posada, Martín, el extranjero, Iceta,
Haussonville y Asensio fueron a un café de la plaza, donde estuvieron
hablando. Había ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una
porción de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia.
--¡Qué país!--dijo Haussonville--la gente no hace más que ir a la
iglesia. Todo es para el señor cura: las buenas comidas, las buenas
chicas... Aquí no hay nada que hacer, todo para el señor cura.
Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente
que se encaminaba hacia la iglesia.
--¡Bestias!--exclamaba Iceta dando puñetazos en la mesa--. No quisiera
más que poder ametrallarlos.
El francés murmuraba como diciéndoselo a sí mismo:
--¡España! ¡España! _¡Jamais de la vie!_ Mucha hidalguía, mucha misa,
mucha jota, pero poco alimento.
--La guerra--añadía Asensio, metiendo la cucharada--es cosa nada
_bueno_.
CAPÍTULO XI
CÓMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE
MARTÍN DURMIÓ EL TERCER DÍA DE ESTELLA EN LA CÁRCEL.
Al día siguiente, por la noche, iba a acostarse Martín, cuando la
posadera le llamó y le entregó una carta, que decía:
«Preséntese usted mañana de madrugada en la ermita del Puy, en donde se
le devolverán las letras ya firmadas. El General en Jefe.» Debajo había
una firma ilegible.
Martín se metió la carta en el bolsillo, y viendo que la posadera no se
marchaba de su cuarto, le preguntó:
--¿Quería usted algo?
--Sí; nos han traído dos militares heridos y quisiéramos el cuarto de
usted para uno de ellos. Si usted no tuviera inconveniente, le
trasladaríamos abajo.
--Bueno, no tengo inconveniente.
Bajó a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos
alcobas. La sala tenía en medio un altar, iluminado con unas lámparas
tristes de aceite. Martín se acostó; desde su cama veía las luces
oscilantes, pero estas cosas no influían en su imaginación, y quedó
dormido.
Era más de media noche, cuando se despertó algo sobresaltado. En la
alcoba próxima se oían quejas, alternando con voces de ¡Ay, Dios mío!
¡Ay, Jesús mío!
--¡Qué demonio será esto!--pensó Martín.
Miró el reloj. Eran las tres. Se volvió a tender en la cama, pero con
los lamentos no se pudo dormir y le pareció mejor levantarse. Se vistió
y se acercó a la alcoba próxima, y miró por entre las cortinas. Se veía
vagamente a un hombre tendido en la cama.
--¿Qué le pasa a usted?--preguntó Martín.
--Estoy herido--murmuró el enfermo.
--¿Quiere usted alguna cosa?
--Agua.
A Martín le dió la impresión de conocer esta voz. Buscó por la sala una
botella de agua, y como no había en el cuarto, fué a la cocina. Al ruido
de sus pasos, la voz de la patrona preguntó:
--¿Qué pasa?
--El herido que quiere agua.
--Voy.
La patrona apareció en enaguas, y dijo, entregando a Martín una
lamparilla:
--Alumbre usted.
Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martín
levantó el brazo, con lo que iluminó el rostro del enfermo y el suyo. El
herido tomó el vaso en la mano, é incorporándose y mirando a Martín
comenzó a gritar:
--¿Eres tú? ¡Canalla! ¡Ladrón! ¡Prendedle! ¡Prendedle!
El herido era Carlos Ohando.
Martín dejó la lamparilla sobre la mesa de noche.
--Márchese usted--dijo la patrona--. Está delirando.
Martín sabía que no deliraba; se retiró a la sala y escuchó, por si
Carlos contaba alguna cosa a la patrona. Martín esperó en su alcoba. En
la sala, debajo del altar, estaba el equipaje de Ohando, consistente en
un baúl y una maleta. Martín pensó que quizá Carlos guardara alguna
carta de Catalina, y se dijo:
--Si esta noche encuentro una buena ocasión, descerrajaré el baúl.
--No la encontró. Iban a dar las cuatro de la mañana, cuando Martín,
envuelto en su capote, se marchó hacia la ermita del Puy. Los carlistas
estaban de maniobras. Llegó al campamento de don Carlos, y, mostrando su
carta, le dejaron pasar.
--El Señor está con dos Reverendos Padres--le advirtió un oficial.
--Vayan al diablo el Señor y los Reverendos Padres--refunfuñó
Zalacaín--. La verdad es que este rey es un rey ridículo.
Esperó Martín a que despachara el Señor con los Reverendos, hasta que el
rozagante Borbón, con su aire de hombre bien cebado, salió de la ermita,
rodeado de su Estado Mayor. Junto al Pretendiente iba una mujer a
caballo, que Martín supuso sería doña Blanca.
--Ahí está el Rey. Tiene usted que arrodillarse y besarle la mano--dijo
el oficial.
Zalacaín no replicó.
--Y darle el título de Majestad.
Zalacaín no hizo caso.
Don Carlos no se fijó en Martín y éste se acercó al general, quien le
entregó las letras firmadas. Zalacaín las examinó. Estaban bien.
En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energúmeno,
comenzó a arengar a las tropas.
Martín, sin que lo notara nadie, se fué alejando de allí y bajó al
pueblo corriendo. El llevar en su bolsillo su fortuna, le hacía ser más
asustadizo que una liebre.
A la hora en que los soldados formaban en la plaza, se presentó Martín
y, al ver a Bautista, le dijo:
--Vete a la iglesia y allí hablaremos.
Entraron los dos en la iglesia, y en una capilla obscura se sentaron en
un banco.
--Toma las letras--le dijo Martín a Bautista--. ¡Guárdalas!
--¿Te las han dado ya firmadas?
--Sí.
--Hay que prepararse a salir de Estella en seguida.
--No sé si podremos--dijo Bautista.
--Aquí estamos en peligro. Además del Cacho, se encuentra en Estella
Carlos Ohando.
--¿Cómo lo sabes?
--Porque le he visto.
--¿En dónde?
--Está en mi casa herido.
--¿Y te ha visto él?
--Sí.
--Claro, están los dos--exclamó Bautista.
--¿Cómo los dos? ¿Qué quieres decir con eso?
--¿Yo? Nada.
--¿Tú sabes algo?
--No, hombre, no.
--O me lo dices, o se lo pregunto al mismo Carlos Ohando. ¿Es que está
aquí Catalina?
--Sí, está aquí.
--¿De veras?
--Sí.
--¿En dónde?
--En el convento de Recoletas.
--¡Encerrada! ¿Y cómo lo sabes tú?
--Porque la he visto.
--¡Qué suerte! ¿La has visto?
--Sí. La he visto y la he hablado.
--¡Y eso querías ocultarme! Tú no cres amigo mío, Bautista.
Bautista protestó.
--¿Y ella sabe que estoy aquí?
--Sí, lo sabe.
--¿Cómo se puede verla?--dijo Zalacaín.
--Suele bordar en el convento, cerca de la ventana, y por la tarde sale
a pasear a la huerta.
--Bueno. Me voy. Si me ocurre algo, le diré a ese señor extranjero que
vaya a avisarte. Mira a ver si puedes alquilar un coche para marcharnos
de aquí.
--Lo veré.
--Lo más pronto que puedas.
--Bueno.
--Adiós.
--Adiós y prudencia.
Martín salió de la iglesia, tomó por la calle Mayor hacia el convento de
las Recoletas, paseó arriba y abajo, horas y horas sin llegar a ver a
Catalina. Al anochecer tuvo la suerte de verla asomada a una ventana.
Martín levantó la mano, y su novia, haciendo como que no le conocía, se
retiró de la ventana. Martín quedó helado; luego Catalina volvió a
aparecer y lanzó un ovillo de hilo casi a los pies de Martín. Zalacaín
lo recogió; tenía dentro un papel que decía: «A las ocho podemos hablar
un momento. Espera cerca de la puerta de la tapia.» Martín volvió a la
posada, comió con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba
en la puerta de la tapia esperando. Daban las ocho en el reloj de las
iglesias de Estella, cuando Martín oyó dos golpecitos en la puerta,
Martín contestó del mismo modo.
--¿Eres tu, Martín?--preguntó Catalina en voz baja.
--Sí, soy yo. ¿No nos podemos ver?
--Imposible.
--Yo me voy a marchar de Estella. ¿Querrás venir conmigo?--pregunto
Martín.
--Sí; pero ¡cómo salir de aquí!
--¿Estás dispuesta a hacer todo lo que yo te diga?
--Si.
--¿A seguirme a todas partes?
--A todas partes.
--¿De veras?
--Aunque sea a morir. Ahora, vete. ¡Por Dios! No nos sorprendan.
Martín se había olvidado de todos sus peligros; marchó a su casa y sin
pensar en espionajes entró en la posada a ver a Bautista y le abrazó con
entusiasmo.
--Pasado mañana--dijo Bautista--tenemos el coche.
--¿Lo has arreglado todo?
--Sí.
Martín salió de casa de su cuñado silbando alegremente. Al llegar cerca
de su posada, dos serenos que parecían estar espiándole se le acercaron
y le mandaron callar de mala manera.
--¡Hombre! ¿No se puede silbar?--preguntó Martín.
--No, señor.
--Bueno. No silbaré.
--Y si replica usted, va usted a la cárcel.
--No replico.
--¡Hala! ¡Hala! A la cárcel.
Zalacaín vió que buscaban un pretexto para encerrarle y aguantó los
empellones que le dieron, y en medio de los dos serenos entró en la
cárcel.
CAPÍTULO XII
EN QUE LOS ACONTECIMIENTOS MARCHAN AL GALOPE
Entregaron los serenos a Martín en manos del alcaide, y éste le llevó
hasta un cuarto obscuro con un banco y una cantarilla para el agua.
--Demonio--exclamó Martín--, aquí hace mucho frío. ¿No hay sitio dónde
dormir?
--Ahí tiene usted el banco.
--¿No me podrían traer un jergón y una manta para tenderme?
--Si paga usted...
--Pagaré lo que sea. Que me traigan un jergón y dos mantas.
El alcaide se fué, dejando a obscuras a Martín, y vino poco después con
un jergón y las mantas pedidas. Le dió Martín un duro, y el carcelero,
amansado, le preguntó:
--¿Qué ha hecho usted para que le traigan aquí?
--Nada. Venía distraído silbando por la calle. Y me ha dicho el sereno:
«No se silba.» Me he callado, y sin más ni más, me han traído a la
cárcel.
--¿Usted no se ha resistido?
--No.
--Entonces será por otra cosa por lo que le han encerrado.
Martín dijo que así se lo figuraba también él. Le dió las buenas noches
el carcelero; contestó Zalacaín amablemente, y se tendió en el suelo.
--Aquí estoy tan seguro como en la posada--se dijo--. Allí me tienen en
sus manos, y aquí también, luego estoy igual. Durmamos. Veremos lo que
se hace mañana.
A pesar de que su imaginación se le insubordinaba, pudo conciliar el
sueño y descansar profundamente.
Cuando despertó, vió que entraba un rayo de sol por una alta ventana
iluminando el destartalado zaquizamí. Llamó a la puerta, vino el
carcelero, y le preguntó:
--¿No le han dicho a usted por qué estoy preso?
--No.
--¿De manera que me van a tener encerrado sin motivo?
--Quizá sea una equivocación.
--Pues es un consuelo.
--¡Cosas de la vida! Aquí no le puede pasar a usted nada.
--¡Si le parece a usted poco estar en la cárcel!
--Eso no deshonra a nadie.
Martín se hizo el asustadizo y el tímido, y preguntó:
--¿Me traerá usted de comer?
--Sí. ¿Hay hambre, eh?
--Ya lo creo.
--¿No querrá usted rancho?
--No.
--Pues ahora le traerán la comida.--Y el carcelero se fué, cantando
alegremente.
Comió Martín lo que le trajeron, se tendió envuelto en la manta, y
después de un momento de siesta, se levantó a tomar una resolución.
--¿Qué podría hacer yo?--se dijo--. Sobornar al alcaide exigiría mucho
dinero. Llamar a Bautista es comprometerle. Esperar aquí a que me
suelten es exponerme a cárcel perpetua, por lo menos a estar preso hasta
que la guerra termine... Hay que escaparse, no hay más remedio.
Con esta firme decisión, comenzó a pensar un plan de fuga. Salir por la
puerta era difícil. La puerta, además de ser fuerte, se cerraba por
fuera con llave y cerrojo. Después, aun en el caso de aprovechar una
ocasión y poder salir de allá, quedaba por recorrer un pasillo largo y
luego unas escaleras... Imposible.
Había que escapar por la ventana. Era el único recurso.
--¿A dónde dará esto?--se dijo.
Arrimó el banco a la pared, se subió a él, se agarró a los barrotes y a
pulso se levantó hasta poder mirar por la reja. Daba el ventanillo a la
plaza de la fuente, en donde el día anterior se había encontrado con el
extranjero.
Saltó al suelo y se sentó en el banco. La reja, era alta, pequeña, con
tres barrotes sin travesaño.
--Arrancando uno, quizá puediera pasar--se dijo Martín--. Y esto no
sería difícil... luego necesitaría una cuerda. ¿De dónde sacaría yo una
cuerda?... La manta... la manta cortada en liras me podía servir...
No tenía mas instrumento que un cortaplumas pequeño.
--Hay que ver la solidez de la reja--murmuró.
Volvió a subir. Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tenía
gran resistencia.
Los barrotes estaban sujetos por un marco de madera, y el marco en un
extremo se hallaba apolillado. Martín supuso que no sería difícil romper
la madera y quitar el barrote de un lado.
Cortó una tira de la manta y pasándola por el barrote de en medio y
atándole después por los extremos formó una abrazadera y metió dos patas
del banco en este anillo y las otras dos las sujetó en el suelo.
Contaba así con una especie de plano inclinado para llegar a la reja.
Subió por él deslizándose, se agarró con la mano izquierda a un barrote
y con la derecha armada del cortaplumas, comenzó a roer la madera del
marco.
La postura no era cómoda, ni mucho menos, pero la constancia de Zalacaín
no cejaba, y tras de una hora de rudo trabajo, logró arrancar el barrote
de su alvéolo.
Cuando lo tuvo ya suelto, lo volvió a poner como antes, quitó el banco
de su posición oblicua, ocultó las astillas arrancadas del marco de la
ventana en el jergón, y esperó la noche.
El carcelero le llevó la cena, y Martín le preguntó con empeño si no
habían dispuesto nada respecto a él, si pensaban tenerlo encerrado sin
motivo alguno.
El carcelero se encogió de hombros y se retiró en seguida tarareando.
Inmediatamente que Zalacaín se vió solo, puso manos a la obra.
Tenía la absoluta seguridad de poderse escapar. Sacó el cortaplumas y
comenzó a cortar las dos mantas de arriba abajo. Hecho esto, fué atando
las tiras una a otra hasta formar una cuerda de quince brazas. Era lo
que necesitaba.
Después pensó dejar un recuerdo alegre y divertido en la cárcel. Cogió
la cantarilla del agua y le puso su boina y la dejó envuelta en el trozo
que quedaba de manta.
--Cuando se asome el carcelero podrá creer que sigo aquí durmiendo. Si
gano con esto un par de horas, me pueden servir admirablemente para
escaparme.
Contempló el bulto con una sonrisa, luego subió a la reja, ató un cabo
de la cuerda a los dos barrotes y el otro extremo lo echó fuera poco a
poco. Cuando toda la cuerda quedó a lo largo de la pared, pasó el cuerpo
con mil trabajos por la abertura, que dejaba el barrote arrancado, y
comenzó a descolgarse resbalándose por el muro.
Cruzó por delante de una ventana iluminada. Vió a alguien que se movía a
través de un cristal. Estaba a cuatro o cinco metros de la calle, cuando
oyó ruido de pasos. Se detuvo en su descenso y ya comenzaban a dejar de
oirse los pasos cuando cayó a tierra, metiendo algún estrépito.
Uno de los nudos debía de haberse soltado porque le quedaba un trozo de
cuerda entre los dedos. Se levantó.
--No hay avería. No me he hecho nada--se dijo--. Al pasar por cerca de
la fuente de la plaza tiró el resto de la cuerda al agua. Luego,
deprisa, se dirigió por la calle de la Rua.
Iba marchando volviéndose para mirar atrás, cuando vió a la luz de un
farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con
fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro. Estos hombres
sin duda le seguían. Si se alejaba iba a dar a la guardia de
extra-muros. No sabiendo qué hacer y viendo un portal abierto, entró en
él, y empujando suavemente la puerta, la cerró.
Oyó el ruido de los pasos de los hombres en la acera. Esperó a que
dejaran de oirse, y cuando estaba dispuesto a salir, bajó una mujer
vieja al zaguán y echó la llave y el cerrojo de la puerta.
Martín se quedó encerrado. Volvieron a oirse los pasos de los que le
perseguían.
--No se van--pensó.
Efectivamente, no sólo no se fueron, sino que llamaron en la casa con
dos aldabonazos.
Apareció de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de
fuera sin abrir.
--¿Ha entrado aquí algún hombre?--preguntó uno de los perseguidores.
--No.
--¿Quiere usted verlo bien? Somos de la ronda.
--Aquí no hay nadie.
--Registre usted el portal.
Martín, al oir esto, agazapándose, salió del portal y ganó la escalera.
La vieja paseó la luz del farol por todo el zaguán y dijo:
--No hay nadie, no, no hay nadie.
Martín pretendió volver al zaguán, pero la vieja puso el farol de tal
modo que iluminaba el comienzo de la escalera. Martín no tuvo más
remedio que retirarse hacia arriba y subir los escalones de dos en dos.
--Pasaremos aquí la noche--se dijo.
No había salida alguna. Lo mejor era esperar a que llegase el día y
abriesen la puerta. No quería exponerse a que lo encontraran dentro
estando la casa cerrada, y aguardó hasta muy entrada la mañana.
Serían cerca de las nueve cuando comenzó a bajar las escaleras
cautelosamente. Al pasar por el primer piso vió en un cuarto muy lujoso,
y extendido sobre un sofá, un uniforme de oficial carlista, con su boina
y su espada. Tenía tal convencimiento Martín de que sólo a fuerza de
audacia se salvaría, que se desnudó con rapidez, se puso el uniforme y
la boina, luego se ciñó la espada, se echó el capote por encima y
comenzó a bajar las escaleras, taconeando. Se encontró con la vieja de
la noche anterior, y al verla la dijo:
--¿Pero no hay nadie en esta casa?
--¿Qué quería usted? No le había visto.
--¿Vive aquí el comandante don Carlos Ohando?
--No, señor, aquí no vive.
--¡Muchas gracias!