comer a casa de la señora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos
a la fonda. Pasó el tiempo, pasó el tiempo y tú no venías.--¿Pero dónde
está?--preguntaba Catalina.--¿Qué sé yo?--la decía. A la una de la
mañana, viendo que tú no venías, yo me fuí a la cama. Estaba molido. Me
dormí y me desperté muy tarde y me encontré con que la monja y Catalina
se habían marchado y tú no habías venido. Esperé un día, y como no
aparecía nadie, creí que os habíais marchado y me fuí a Bayona y dejé
las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empezó a
decirme:--¿Pero dónde estará Martín? ¿Le ha pasado algo?--Escribí a
Briones y me contestó que estabas aquí escandalizando el pueblo, y por
eso he venido.
--Sí, la verdad es que yo tengo la culpa--dijo Martín--. ¿Pero dónde
puede estar Catalina? ¿Habrá seguido a la monja?
--Es lo más probable.
Martín, al encontrarse con Bautista y hablar con él, se sintió fuera de
la influencia del hechizo de Linda y comenzó a hacer indagaciones con
una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se
había marchado por la estación; la otra, la monja, había partido en un
coche hacia Laguardia.
Martín y Bautista supusieron si las dos estarían refugiadas en
Laguardia. Sin duda la monja recuperó su ascendiente sobre Catalina en
vista de la falta de Martín y la convenció de que volviera con ella al
convento.
Era imposible que Catalina encontrándose en otro lado no hubiese
escrito.
Se dedicaron a seguir la pista de la monja. Averiguaron en la venta de
Asa que días antes un coche con la monja intentó pasar a Laguardia, pero
al ver la carretera ocupada por el ejército liberal sitiando la ciudad y
atacando las trincheras retrocedió. Suponían los de la venta que la
monja habría vuelto a Logroño, a no ser que intentara entrar en la
ciudad sitiada, tomando en caballería el camino de Lanciego por Oyón y
Venaspre.
Marcharon a Oyón y luego a Yécora, pero nadie les pudo dar razón. Los
dos pueblos estaban casi abandonados.
Desde aquel camino alto se veía Laguardia rodeada de su muralla en medio
de una explanada enorme. Hacia el Norte limitaba esta explanada como una
muralla gris la cordillera de Cantabria; hacia el Sur podía extenderse
la vista hasta los montes de Pancorbo.
En este polígono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni
campanarios, no parecía aquello un pueblo, sino más bien una fortaleza.
En un extremo de la muralla se erguía un torreón envuelto en aquel
instante en una densa humareda.
Al salir de Yécora, un hombre famélico y destrozado les salió al
encuentro y habló con ellos. Les contó que los carlistas iban a
abandonar Laguardia un día u otro. Le preguntó Martín si era posible
entrar en la ciudad.
--Por la puerta es imposible--dijo el hombre--, pero yo he entrado
subiendo por unos agujeros que hay en el muro entre la Puerta de Paganos
y la de Mercadal.
--¿Pero y los centinelas?
--No suelen haber muchas veces.
Bajaron Martín y Bautista por una senda desde Lanciego a la carretera y
llegaron al sitio en donde acampaba el ejército liberal. La tropa,
después de cañonear las trincheras carlistas, avanzaba, y el enemigo
abandonaba sus posiciones refugiándose en los muros.
El regimiento del capitán Briones se encontraba en las avanzadas. Martín
preguntó por él y lo encontró. Briones presentó a Zalacaín y a Bautista
a algunos oficiales compañeros suyos, y por la noche tuvieron una
partida de cartas y jugaron y bebieron. Ganó Martín, y uno de los
compañeros de Briones, un teniente aragonés que había perdido toda su
paga, comenzó, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y
Zalacaín y él se encarzaron en una estúpida discusión de amor propio
regional, de esas tan frecuentes en España.
Decía el teniente aragonés que los vascongados eran tan torpes, que un
capitán carlista, para enseñarles a marchar a la derecha y a la
izquierda elevaba un manojo de paja en la mano y les decía, por ejemplo:
¡Doble derecha! y en seguida pasaba el manojo a la derecha y decía.
¡Hacia el lado de la paja! Además, según el oficial, los vascongados
eran unos poltrones que no se querían batir más que estando cerca de sus
casas.
Martín se estaba amoscando, y dijo al oficial:
--Yo no sé como serán los vascongados, pero lo que le puedo decir a
usted es que lo que usted o cualquiera de estos señores haga, lo hago yo
por debajo de la pierna.
--Y yo--dijo Bautista, colocándose al lado de Martín.
--Vamos, hombre--dijo Briones--. No sean ustedes tontos. El teniente
Ramírez no ha querido ofenderles.
--No nos ha llamado más que estúpidos y cobardes--dijo riendo Martín--.
Claro que a mí no me importa nada lo que este señor opine de nosotros,
pero me gustaría encontrar una ocasión para probarle que está
equivocado.
--Salga usted--dijo el teniente.
--Cuando usted quiera--contestó Martín.
--No--replicó Briones--, yo lo prohibo. El teniente Ramírez quedará
arrestado.
--Está bien--dijo refunfuñando el aludido.
--Si estos señores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia
pueden venir con nosotros--advirtió el oficial.
Martín creyó ver alguna ironía en las palabras del militar y replicó
burlonamente:
--¡Cuando tomen ustedes Laguardia! No, hombre. Eso no es nada para
nosotros. Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo más con mi cuñado
Bautista.
Se echaron todos a reir de la fanfarronada, pero viendo que Martín
insistía, diciendo que aquella misma noche iban a entrar en la ciudad
sitiada, pensaron que Martín estaba loco. Briones, que le conocía,
trató de disuadirse de hacer esta barbaridad, pero Zalacaín no se
convenció.
--¿Ven ustedes este pañuelo blanco?--dijo--. Mañana al amanecer lo verán
ustedes en este palo flotando sobre Laguardia. ¿Habrá por aquí una
cuerda?
Uno de los oficiales jóvenes trajo una cuerda, y Martín y Bautista, sin
hacer caso de las palabras de Briones, avanzaron por la carretera.
El frío de la noche les serenó, y Martín y su cuñado se miraron algo
extrañados. Se dice que los antiguos godos tenían la costumbre de
resolver sus asuntos dos veces, una borrachos y otra serenos. De esta
manera unían en sus decisiones el atrevimiento y la prudencia. Martín
sintió no haber seguido esta prudente táctica goda, pero se calló y dió
a entender que se encontraba en uno de los momentos regocijados de su
vida.
--¿Qué? ¿vamos a ir?--preguntó Bautista.
--Probaremos.
Se acercaron a Laguardia. A poca distancia de sus muros tomaron a la
izquierda, por la Senda de las Damas, hasta salir al camino de El Ciego
y cruzando éste se acercaron a la altura en donde se asienta la ciudad.
Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con árboles que
circunda el pueblo.
Debían de encontrarse en el punto indicado por el hombre de Yécora,
entre la puerta de Mercadal y la de Paganos.
Efectivamente, el sitio era aquél. Distinguieron los agujeros en el
muro que servía de escalera; los de abajo estaban tapados.
--Podríamos abrir estos boquetes--dijo Bautista.
--¡Hum! Tardaríamos mucho--contestó Martín--. Súbete encima de mí a ver
si llegas. Toma la cuerda.
Bautista se encaramó sobre los hombros de Martín, y luego, viendo que se
podía subir sin dificultad, escaló la muralla hasta lo alto. Asomó la
cabeza y viendo que no había vigilancia saltó encima.
--¿Nadie?--dijo Martín.
--Nadie.
Sujetó Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un ángulo de un
torreón, v subió Martín a pulso, con el palo en los dientes.
--Se deslizaron los dos por el borde de la muralla, hasta enfilar una
calleja. Ni guardia, ni centinela; no se veía ni se oía nada. El pueblo
parecía muerto.
--¿Qué pasará aquí?--se dijo Martín.
Se acercaron al otro extremo de la ciudad. El mismo silencio. Nadie.
Indudablemente, los carlistas habían huído de Laguardia.
Martín y Bautista adquirieron el convencimiento de que el pueblo estaba
abandonado. Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del
Mercadal; y enfrente del cementerio, hacia la carretera de Logroño,
sujetaron entre dos piedras el palo y ataron en su punta el pañuelo
blanco.
Hecho esto, volvieron deprisa al punto por donde habían subido. La
cuerda seguía en el mismo sitio. Amanecía. Desde allá arriba se veía una
enorme extensión de campo. La luz comenzaba a indicar las sombras de los
viñedos y de los olivares. El viento fresco anunciaba la proximidad del
día.
--Bueno, baja--dijo Martín--. Yo sujetaré la cuerda.
--No, baja tú--replicó Bautista.
--Vamos, no seas imbécil.
--¿Quién vive?--gritó una voz en aquel mismo momento.
Ninguno de los dos contestó. Bautista comenzó a bajar despacio. Martín
se tendió en la muralla.
--¿Quién vive?--volvió a gritar el centinela.
Martín se aplastó en el suelo todo lo que pudo; sonó un disparo y una
bala pasó por encima de su cabeza. Afortunadamente, el centinela estaba
lejos. Cuando Bautista descendió, Martín comenzó a bajar. Tuvo la suerte
de que la cuerda no se deslizase. Bautista le esperaba con el alma en un
hilo. Había movimiento en la muralla; cuatro o cinco hombres se asomaron
a ella, y Martín y Bautista se escondieron tras de los árboles del paseo
que circundaba el pueblo. Lo malo era que aclaraba cada vez más. Fueron
pasando de árbol a árbol, hasta llegar cerca del cementerio.
--Ahora no hay más remedio que echar a correr a la descubierta--dijo
Martín--. A la una..., a las dos... Vamos allá.
Echaron los dos a correr. Sonaron varios tiros. Ambos llegaron ilesos al
cementerio. De aquí ganaron pronto el camino de Logroño. Ya fuera de
peligro, miraron hacia atrás. El pañuelo seguía en la muralla ondeando
al viento. Briones y sus amigos recibieron a Martín y a Bautista como a
héroes.
Al día siguiente, los carlistas abandonaron Laguardia y se refugiaron en
Peñacerrada. La población enarboló bandera de parlamento; y el ejército,
con el general al frente, entraba en la ciudad.
Por más que Martín y Bautista preguntaron en todas las casas, no
encontraron a Catalina.
LIBRO TERCERO
Las últimas aventuras
CAPÍTULO PRIMERO
LOS RECIÉN CASADOS ESTÁN CONTENTOS
Catalina no fué inflexible. Pocos días después, Martín recibió una carta
de su hermana. Decía la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro,
desde hacía algunos días. Al principio no había querido oir hablar de
Martín, pero ahora le perdonaba y le esperaba.
Martín y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se
reconciliaron.
Se preparó la boda. ¡Qué paz se disfrutaba allí, mientras se mataban en
España! La gente trabajaba en el campo. Los domingos, después de la
misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunían
en la sidrería y en el juego de pelota; las mujeres iban a la iglesia,
con un capuchón negro, que rodeaba su cabeza. Catalina cantaba en el
coro y Martín la oía, como en la infancia, cuando en la iglesia de Urbia
entonaba el Aleluya.
Se celebró la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y
luego la fiesta en la casa de Bautista.
Hacía todavía frío, y los aldeanos amigos se reunieron en la cocina de
la casa, que era grande, hermosa y limpia. En la enorme chimenea redonda
se echaron montones de leña, y los invitados cantaron y bebieron hasta
bien entrada la noche, al resplandor de las llamas. Los padres de
Bautista, dos viejecitos arrugados, que hablaban solo vascuence,
cantaron una canción monótona de su tiempo, y Bautista lució su voz y su
repertorio completo y cantó una canción en honor de los novios.
Ezcon berriyac
pozquidac daudé
pozquidac daudé
eguin diralaco gaur
alcarren jabé
clizan.
(Los recién casados están muy alegres, porque hoy se han hecho dueños,
uno de otro, en la iglesia.)
La fiesta acabó, con la mayor alegría, a la media noche, en que se
retiraron todos.
Pasada la luna de miel, Martín volvió a las andadas. No paraba, iba y
venía de España a Francia, sin poder reposar.
Catalina deseaba ardientemente que acabara la guerra é intentaba
retener a Martín a su lado.
--Pero, ¿qué quieres más?--le decía--.¿No tienes ya bastante dinero?
¿Para qué exponerte de nuevo?
--Si no me expongo--replicaba Martín.
Pero no era verdad, tenía ambición, amor al peligro y una confianza
ciega en su estrella. La vida sedentaria le irritaba.
Martín y Bautista dejaban solas a las dos mujeres y se iban a España. Al
año de casada, Catalina tuvo un hijo, al que llamaron José Miguel,
recordando Martín la recomendación del viejo Tellagorri.
CAPÍTULO II
EN EL CUAL SE INICIA LA «DESHECHA»
Con la proclamación de la monarquía en España, comenzó el deshielo en el
campo carlista. La batalla de Lácar, perdida de una manera ridícula por
el ejército regular en presencia del nuevo rey, dió alientos a los
carlistas, pero a pesar del triunfo y del botín la causa del
Pretendiente iba de capa caída.
La batalla de Lácar no hizo más que enriquecer el repertorio de las
canciones de la guerra con una copla que más que para soldados parecía
escrita para el coro de señoras de una zarzuela, y que decía así:
En Lácar, chiquillo,
Te viste en un tris,
Si don Carlos te da con la bota
Como una pelota,
Te envía a París.
Era difícil, al oir esta canción, no pensar en unas cuantas coristas
balanceando voluptuosamente las caderas.
Los carlistas hablaban ya de traición. Con el fracaso del sitio de Irún
y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados
empezaron a dudar del triunfo de la causa. Con la proclamación de
Sagunto, la desconfianza cundió por todas partes.
--Son primos y ellos se entienden--decían los desconfiados, que eran
legión.
Algunos que habían oído hablar de un don Alfonso, hermano de don Carlos,
creían que a este don Alfonso le habían hecho rey.
Los ambiciosos de los pueblos veían que todas las clases ricas se
inclinaban a favor de la monarquía liberal.
Los generales alfonsinos, después de hecho su agosto y ascendido en su
carrera todo lo posible, encontraban que era una estupidez continuar la
guerra durante más tiempo; habían matado la república, que ciertamente
por estólida merecía la muerte; el nuevo gobierno les miraba como
vencedores, pacificadores y héroes. ¡Qué más podían desear!
En el campo carlista comenzaba la _Deshecha_. Ya se podía andar por las
carreteras sin peligro; el carlismo seguía por la fuerza de la inercia,
defendido débilmente y atacado más débilmente todavía. La única arma que
se blandía de veras era el dinero.
Martín, viendo que no era difícil recorrer los caminos, tomó su
cochecito y se dirigió hacia Urbia una mañana de invierno.
Todos los fuertes permanecían silenciosos, mudas las trincheras
carlistas, ni una detonación, ni una humareda cruzaban el aire. La nieve
cubría el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo.
Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se veían casas de campo
derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja,
árboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes.
Martín entró en Urbia. La casa de Catalina estaba destrozada; con los
techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas
herméticamente. Ofrecía el hermoso caserón un aspecto lamentable; en la
huerta abandonada, las lilas mostraban sus ramas rotas, y una de las más
grandes de un magnífico tilo, desgajada, llegaba hasta el suelo. Los
rosales trepadores, antes tan lozanos, se veían marchitos.
Subió Martín por su calle a ver la casa en donde nació.
La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se veían los
cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca
del caserío de Zalacaín había una viga de madera, de la que colgaba una
campana.
--¿Para qué sirve esto?--preguntó a un mendigo que iba de puerta en
puerta.
Era para el vigía. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para
avisar a la gente de la parte baja.
Entró Martín en el caserío Zalacaín. El tejado no existía; sólo quedaba
un rincón de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los
escombros, había un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en
cuidar varios pucheros.
--¿Quién vive aquí?--preguntó Martín.
--Aquí vivo yo--contestó una voz.
Martín quedó atónito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las
manos afectuosamente.
--¡Lo que dió usted que hablar en Estella!--dijo el extranjero--. ¡Qué
golpe aquel más admirable! ¿Cómo se escaparon ustedes?
Martín contó la historia de su escapatoria, y el periodista fué tomando
notas.
--Puedo hacer una crónica admirable--dijo.
Luego hablaron de la guerra.
--¡Pobre país!--dijo el extranjero--. ¡Cuánta brutalidad! ¡Cuánto
absurdo! ¿Se acuerda usted del pobre Haussonville que conocimos en
Estella?
--Sí.
--Murió fusilado. ¿Y del Corneta de Lasala y de Praschcu que fueron de
los que nos persiguieron cerca de Hernani?
--Sí.
--Esos dos habían salvado al cabecilla Monserrat de la muerte. ¿Sabe
usted quién los ha fusilado?
--¿Pero los han fusilado?
--Sí, el mismo Monserrat, en Ormaiztegui.
--¡Pobre gente!
--A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, debía usted también
conocer...
--Sí, lo conocía.
--A ese lo mandó fusilar Lizárraga. Y al _Jabonero_, el lugarteniente
del Cura...
--¿También lo fusilaron?
--También. Al _Jabonero_ le debía el Cura la única victoria que
consiguió en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales;
pero tenía celos de él y además creía que le hacía traición, y lo mandó
fusilar.
--Si esto sigue así no vamos a quedar nadie.
--Afortunadamente ya ha comenzado la _Deshecha_ como dicen los
aldeanos--contestó el extranjero--.¿Y usted a qué ha venido aquí?
Martín dijo que él era de Urbia, así como su mujer, y contó sus
aventuras desde el tiempo en que había dejado de ver al extranjero.
Comieron juntos y por la tarde se despidieron.
--Todavía creo que nos volveremos a ver--dijo el extranjero.
--Quién sabe. Es muy posible.
CAPÍTULO III
EN DONDE MARTÍN COMIENZA A TRABAJAR POR LA GLORIA
En la época de las nieves, un general audaz que venía de muy lejos
intentó envolver a los carlistas por el lado del Pirineo, y saliendo de
Pamplona avanzó por la carretera de Elizondo; pero al ver el alto de
Velate defendido y atrincherado por los carlistas, se retiró hacia Enguí
y luego tomó por el puerto de Olaberri, próximo a la frontera, por entre
bosques y sendas malísimas; y perdidos sus soldados en los bosques,
llegaron después de dos días y tres noches al Baztán.
La imprudencia era grande, pero aquel general tuvo suerte, porque si la
terrible nevada que cayó al día siguiente de estar en Elizondo cae
antes, hubieran quedado la mitad de las tropas entre la nieve.
El general pidió víveres a Francia, y gracias a la ayuda del país
vecino, pudo dar de comer a su gente y preparar alojamiento. Martín y
Bautista se hallaban en relación con una casa de Bayona, y fueron a Añoa
con sus carros.
Añoa está a un kilómetro próximamente de la frontera, en donde se halla
establecida la aduana española de Dancharinea.
Aquel día, una porción de gente de la frontera francesa se asomó a Añoa.
La carretera estaba atestada de carromatos, carretas y ómnibus, que
conducían al valle de Baztán para las tropas fardos de zapatos, sacos de
pan, cajones de galleta de Burdeos, esparto para las camas, barriles de
vino y de aguardiente.
El camino estaba intransitable y lleno de barro. Además de todo aquel
convoy de mercancías consignado al ejército, hallábanse otros coches
atiborrados de géneros que algunos comerciantes de Bayona llevaban a ver
si vendían al por menor.
Había también cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porción
de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches.
Martín con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Añoa y se
alojaron en la venta. Catalina quería ver si obtenía noticias de su
hermano.
En la venta preguntaron a un muchacho desertor carlista, pero no supo
darles ninguna razón de Carlos Ohando.
--Si no está en Peñaplata, irá camino de Burguete--les dijo.
Se encontraban a la puerta de la venta Martín y Bautista, cuando pasó,
envuelto en su capote, Briones, el hermano de Rosita. Le saludó a Martín
muy afectuoso y entró en la venta. Vestía uniforme de comandante y
llevaba cordones dorados como los ayudantes de generales.
--He hablado mucho de usted a mi general--le dijo a Martín.
--¿Sí?
--Ya lo creo. Tendría mucho gusto en conocer a usted. Le he contado sus
aventuras. ¿Quiere usted venir a saludarle? Tengo ahí un caballo de mi
asistente.
--¿Dónde está el general?
--En Elizondo. ¿Viene usted?
--Vamos.
Advirtió Martín a su mujer que se marchaba a Elizondo; montaron Briones
y Zalacaín a caballo y charlando de muchas cosas llegaron a esta villa,
centro del valle del Baztán. El general se alojaba en un palacio de la
plaza; a la puerta dos oficiales hablaban.
Le hizo pasar Briones a Martín al cuarto en donde se encontraba el
general. Éste, sentado a una mesa donde tenía planos y papeles, fumaba
un cigarro puro y discutía con varias personas.
Presentó Briones a Martín, y el general, después de estrecharle la mano,
le dijo bruscamente:
--Me ha contado Briones sus aventuras. Le felicito a usted.
--Muchas gracias, mi general.
--¿Conoce usted toda esta zona de mugas de la frontera que domina el
valle del Baztán?
--Sí, como mi propia mano. Creo que no habrá otro que las conozca tan
bien.
--¿Sabe usted los caminos y las sendas?
--No hay más que sendas.
--¿Hay sendero para subir a Peñaplata por el lado de Zugarramurdi?
--Lo hay.
--¿Pueden subir caballos?
--Sí, fácilmente.
El general discutió con Briones y con el otro ayudante. Él había tenido
el proyecto de cerrar la frontera é impedir la retirada a Francia del
grueso del ejército carlista, pero era imposible.
--Usted ¿qué ideas políticas tiene?--preguntó de pronto el general a
Martín.
--Yo he trabajado para los carlistas, pero en el fondo creo que soy
liberal.
--¿Querría usted servir de guía a la columna que subirá mañana a
Peñaplata?
--No tengo inconveniente.
El general se levantó de la silla en donde estaba sentado y se acercó
con Zalacaín a uno de los balcones.
--Creo--le dijo--que actualmente soy el hombre de más influencia de
España. ¿Qué quiere usted ser? ¿No tiene usted ambiciones?
--Actualmente soy casi rico; mi mujer lo es también...
--¿De dónde es usted?
--De Urbia.
--¿Quiere usted que le nombremos alcalde de allá?
Martín reflexionó.
--Sí, eso me gusta--dijo.
--Pues cuente usted con ello. Mañana por la mañana hay que estar aquí.
--¿Van a ir tropas por Zugarramurdi?
--Sí.
--Yo les esperaré en la carretera, junto al alto de Maya.
Martín se despidió del general y de Briones, y volvió a Añoa, para
tranquilizar a su mujer. Contó a Bautista su conversación con el
general; Bautista se lo dijo a su mujer y ésta a Catalina.
A media noche, se preparaba Martín a montar a caballo, cuando se
presentó Catalina con su hijo en brazos.
--¡Martín! ¡Martín!--le dijo sollozando--. Me han asegurado que quieres
ir con el ejército a subir a Peñaplata.
--¿Yo?
--Sí.
--Es verdad. ¿Y eso te asusta?
--No vayas. Te van a matar, Martín. ¡No vayas! ¡Por nuestro hijo! ¡Por
mí!
--Bah, ¡tonterías! ¿Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces
solo, ¿qué me va a pasar, yendo en compañía de tanta gente?
--Sí, pero ahora no vayas, Martín. La guerra se va a acabar en seguida.
Que no te pase algo al final.
--Me he comprometido. Tengo que ir.
--¡Oh, Martín!--sollozó Catalina--. Tú eres todo para mí; yo no tengo
padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el cariño que pudiese tenerle
a él lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martín.
--No tengas cuidado. Estáte tranquila. Mi vida está asegurada, pero
tengo que ir. He dado mi palabra...
--Por tu hijo...
--Sí, por mi hijo también... No quiero que, andando el tiempo, puedan
decir de él: «Este es el hijo de Zalacaín, que dió su palabra y no la
cumplió por miedo»; no, si dicen algo, que digan: «Este es Miguel
Zalacaín, el hijo de Martín Zalacaín, tan valiente como su padre... No.
Más valiente aún que su padre.»
Y Martín, con sus palabras, llegó a infundir ánimo en su mujer, acarició
al niño, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazó a
ésta y, montando a caballo, desapareció por el camino de Elizondo.
CAPÍTULO IV
LA BATALLA CERCA DEL MONTE AQUELARRE
Martín llegó al alto de Maya al amanecer, subió un poco por la carretera
y vió que venía la tropa. Se reunió con Briones y ambos se pusieron a la
cabeza de la columna.