Efectivamente, lo era; hablaron con él y el hombre les confesó que había

estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguían. Marcharon los

tres a la posada, ya hechos amigos, y Martín fué a ver a un confitero

carlista de la calle Mayor.

Durmieron en la posada de Blas y muy de mañana Zalacaín y Bautista se

prepararon a seguir su camino.

Era el día lluvioso y frío, la carretera, amarillenta, llena de baches,

ondulaba por entre campos verdes; no se veía el monte Itzarroiz,

envuelto entre la bruma. El río, crecido, iba de color de ocre. Se

detuvieron en Lasao, en la posesión de un barón carlista, a hacer que su

administrador firmara un documento y siguieron bordeando el Urola hasta

Azpeitia.

Aquí el trabajo era bastante grande y tardaron en terminarle. Al

anochecer, estuvieron ya libres, y, como preferían no quedarse en

pueblos grandes, tomaron un camino de herradura que subía al monte

Hernio y fueron a dormir a una aldea llamada Regil.

El tercer día, de Regil cogieron el camino de Vidania, y llegaron a

Tolosa, en donde estuvieron unas horas.

De Tolosa fueron a dormir a un pueblo próximo. Les dijeron que por allá

andaba una partida, y prefirieron seguir adelante. Esta partida, días

antes, había apaleado bárbaramente a unas muchachas, porque no quisieron

bailar con unos cuantos de aquellos foragidos. Dejaron el pueblo, y,

unas veces al trote y otras al paso, llegaron hasta Amezqueta, en donde

se detuvieron.

CAPÍTULO VIII

VARIAS ANÉCDOTAS DE FERNANDO DE AMEZQUETA Y LLEGADA A ESTELLA

En Amezqueta entraron en la posada próxima al juego de pelota. Llovía,

hacía frío y se refugiaron al lado de la lumbre.

Había entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a

contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, sacó

su gran pañuelo a cuadros y comenzó a dar con él en las mesas y en las

sillas, como si estuviera espantando moscas.

--¿Qué hay?--le dijo Martín--. ¿Qué hace usted?

--Estas moscas fastidiosas--contestó el campesino seriamente.

--Pero si no hay moscas.

--Sí las hay, sí--replicó el hombre, dando de nuevo con el pañuelo.

El posadero advirtió, riendo, a Martín y a Bautista que, como en

Amezqueta había tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban,

en broma, _euliyac_ (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso

sacudía las mesas y las sillas con el pañuelo, al entrar dos

amezquetanos.

Rieron Martín y Bautista, y el campesino contó una porción de historias

y de anécdotas.

--Yo no sé contar nada--dijo el hombre varias veces--. ¡Si estuviera

_Pernando_!

--¿Y quién era _Pernando_?--preguntó Martín.

--No habéis oído vosotros hablar de _Pernando_ de Amezqueta?

--No.

--¡Ah! Pues era el hombre más gracioso de toda esta provincia. ¡Las

cosas que contaba aquel hombre!

Martín y Bautista le instaron para que contara alguna historia de

Fernando de Amezqueta, pero el campesino se resistía, porque aseguraba

que oirle a él contar estas chuscadas no daba más que una pálida idea de

las salidas de Fernando.

Sin embargo, a instancias de los dos, el campesino contó esta anécdota

en vascuence:

«Un día Fernando fué a casa del señor cura de Amezqueta, que era amigo

suyo y le convidaba a comer con frecuencia. Al entrar en la casa, husmeó

desde la cocina y vió que el ama estaba limpiando dos truchas: una,

hermosa, de cuatro libras lo menos, y la otra, pequeñita, que apenas

tenía carne. Pasó Fernando a ver al señor cura, y éste, según su

costumbre, le convidó a comer. Se sentaron a la mesa el señor cura y

Fernando. Sacaron dos sopas y Fernando comió de las dos; luego sacaron

el cocido, después una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al

principio, Fernando se encontró con que, en vez de poner la trucha

grande, la condenada del ama había puesto la pequeña, que no tenía más

que raspa.

--Hombre, trucha--exclamó Fernando--le voy a hacer una pregunta.

--¿Qué le vas a preguntar?--dijo el cura riendo, en espera de un chiste.

--Le voy a preguntar a ver si por los demás peces que ha conocido se ha

enterado algo de cómo están mis parientes al otro lado del mar, allí en

América. Porque estas truchas saben mucho.

--Hombre, sí, pregúntale.

Cogió Fernando la fuente en donde estaba la trucha y se la puso delante,

luego acercó el oído muy serio y escuchó.

--¿Qué, contesta algo?--dijo burlonamente el ama del cura.

--Sí, ya va contestando, ya va contestando.

--¿Y qué dice? ¿Qué dice?--preguntó el cura.

--Pues dice--contestó Fernando--que es muy pequeña, pero que ahí, en esa

despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber

mejores noticias de mis parientes.»

Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la anécdota, se echó a reir

con una risa aguda y comunicó su risa a todos.

Rieron también de buena gana Martín y Bautista la manera de señalar del

truhán, pero el campesino aseguró que él no tenía arte para estos

cuentos.

Le instaron para que siguiera y el hombre contó una nueva ocurrencia de

_Pernando_.

«--Otra vez--dijo--fué a Idiazabal, donde había un partido de pelota, y

llegó tarde a la posada, cuando ya todos estaban sentados. El amo le

dijo:

--No hay sitio para ti, Fernando, ni probablemente tampoco habrá comida.

--¡Bah!--replicó él--. ¡Si me diérais de balde lo que sobre!

--Pues nada, todo lo que sobre para ti.

Se paseó Fernando por el comedor.

En la mesa redonda se habían sentado los dos bandos que habían jugado a

la pelota, separados. Fernando, viendo que traían en una fuente piernas

de carnero, dijo a dos o tres en voz baja:

--Yo no sé de dónde saca el amo estas piernas de perro tan hermosas y

con tanta carne.

--¿Pero son de perro?--dijeron ellos.

--Sí, de perro; pero no se lo digáis a esos, que se fastidien.

--¿Pero de veras, Fernando?

--Sí, hombre; yo mismo he visto la cabeza en la cocina. ¡Era un perro de

aguas más hermoso!

Dicho esto salió del comedor, y al volver tenían una cazuela con liebre.

Fué al otro extremo de la mesa y dijo a los del bando contrario:

--¡Vaya unos gatos más buenos que compra este fondista a los

carabineros!

--¡Ah!, ¿pero es gato eso?

--Sí, no se lo digáis a esos, pero yo he visto las colas en la cocina.

Poco después, Fernando comía solo y tenía liebre y carnero de sobra. Al

anochecer, salieron del pueblo todos, algo borrachos, y alguno se paró a

echar la papilla en el camino.

--Es el perro, que le ha hecho daño--decían unos, burlándose.

--Es el gato--decían los otros.

Y nadie quería decir que era el vino.

--Compañeros--dijo Fernando--, cuando se come gato y perro juntos no

pasa nada. Ellos riñen en el interior como perros y gatos, pero le dejan

a uno en paz.»

La muchacha de la risa aguda rió de nuevo y el campesino comenzó a

contar otra anécdota, diciendo:

--No estuvo mal tampoco la manera como Fernando deshizo la boda entre un

zapatero rico de Tolosa y una novia suya.

--A ver, a ver cómo fué--dijeron todos.

«--Pues estaba Fernando de aprendiz en la zapatería del difunto

Ichtaber, _el Chato de Tolosa_, y no sé si vosotros sabréis, pero

Ichtaber era un zapatero viejo y muy rico. Tenía Fernando de novia una

chica muy guapa, pero Ichtaber, _el Chato_, al verla la empezó a

cortejar y a decir si se quería casar con él, y, como era rico, ella

aceptó. Solían verse la muchacha y el viejo en la zapatería, y el

granuja de Ichtaber, para estar más libre, mandaba a Fernando, con

cualquier pretexto, a la trastienda. El hacía como que no se incomodaba,

pero se vengó. Fué a ver a su novia y habló con ella.

--Sí--la dijo--. Ichtaber es buena persona y hombre de fortuna, es

verdad, pero como es zapatero y chato y ha andado toda la vida con

pieles, huele muy mal.

--¡Mentiroso!--dijo ella.

--No, no, fíjate. Ya verás.

Fernando fué a la zapatería, cogió un fuelle grande y lo rellenó de esa

casca que queda después de curtidos los pellejos y que huele que apesta;

luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y esperó la ocasión

oportuna. Por la tarde llegó la chica, é Ichtaber dijo a su aprendiz:

--Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas

que hay en la caja.

Salió Fernando; tomó el fuelle. Miró por el agujero. Ichtaber estaba

besando la mano de la chica; entonces le apuntó a ella con el fuelle y

metió por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor.

Cuando Fernando miró después, Ichtaber _el Chato_ estaba con la mano en

sus diminutas narices y la muchacha lo mismo.

Luego Fernando siguió dándole al fuelle con intermitencias, hasta que se

cansó.

Dos días después, fué de nuevo la chica y le pasó lo mismo; y ya no

volvió más, porque decía que Ichtaber _el Chato_ olía a muerto.

Ichtaber hizo el amor a otra; pero Fernando le jugó la misma pasada con

el fuelle, y el zapatero decía a sus amigos:

--_¡Arrayua!_ En mi tiempo era otra cosa; las chicas estaban sanas.

Ahora, la que más y la que menos huele a perros.»

Volvió a oirse la risa alegre y chillona de la muchacha.

Celebraron los demás circunstantes las granujerías de Fernando el de

Amezqueta y fueron a acostarse.

A la mañana siguiente, Martín y Bautista dejaron a Amezqueta y por un

sendero llegaron a Ataun, lugar en donde Dorronsoro, el jefe civil

carlista, había sido escribano.

Se encontraron en el camino a un muchacho de este pueblo que iba a

Echarri-Aranaz y en su compañía tomaron por un camino de herradura que

bordeaba la sierra de Aralar.

Hablaron los tres de la marcha de la guerra, y el chico contó una

anécdota de Dorronsoro, que no dejaba de tener gracia. Se había

presentado a él un señorito de San Sebastián, de familia carlista, de

los que llamaban hojalateros, muy gordo y muy lucio.

--Mire usted, don Miguel--había dicho al ex escribano--, yo soy muy

carlista y mi familia también lo es; quisiera servir a don Carlos, pero,

ya ve usted, no estoy para andar por el monte y desearía entrar en las

oficinas.

--Bueno, ya veré si encuentro algo--le dijo Dorronsoro--; vuelva usted

mañana.

Volvió al día siguiente el señorito y preguntó:

--¿Qué, ha encontrado usted algo?

--Sí, ya comprendo que no puede usted salir al monte; de manera que

entrará usted en las oficinas... y pagará usted tres pesetas al día.

Celebraron Martín y Bautista la decisión de Dorronsoro. Por la noche

llegaron al valle de Araquil y se detuvieron en Echarri-Aranaz.

Entraron en la cocina de la venta a calentarse al fuego. Allí, en vez de

las historias del buen truhán Fernando de Amezqueta, tuvieron que oir,

contada por una vieja, la historia de don Teodosio de Goñi, un caballero

navarro que, después de haber matado a su padre y a su madre, engañado

por el Diablo, se fué de penitencia al monte con una cadena al pie,

hasta que, pasados muchos años y siendo don Teodosio viejo, se le

presentó un dragón, y ya iba a devorarle, cuando apareció el arcángel

San Miguel y mató al dragón y rompió las cadenas al caballero.

A Bautista y a Martín les parecieron más entretenidas que esta tonta

historia de dragones y de santos las ocurrencias del buen Fernando de

Amezqueta.

Estaban oyendo los comentarios a la vida de don Teodosio, cuando se

presentó en la venta un señor rubio, que, al ver a Bautista y a Martín,

se les quedó mirando atentamente.

--¡Pero son ustedes!

--Usted es el de...

--El mismo.

Era el extranjero a quien habían libertado de las garras del cura.

--¿A qué vienen ustedes por aquí?--preguntó el extranjero.

--Vamos a Estella.

--¿De veras?

--Sí.

--Yo también. Iremos juntos. ¿Conocen ustedes el camino?

--No.

--Yo sí. He estado ya una vez.

--Pero, ¿qué hace usted andando siempre por estos parajes?--le preguntó

Martín.

--Es mi oficio--le dijo el extranjero.

--Pues, ¿qué es usted, si se puede saber?

--Soy periodista. La fuga aquella me sirvió para hacer un artículo

interesantísimo. Hablaba de ustedes dos y de aquella señorita morena.

¡Qué chica más valiente, eh!

--Ya lo creo.

--Pues, si no tienen ustedes reparo, iremos juntos a Estella.

--¿Reparo? Al revés. Satisfacción y grande.

Quedaron de acuerdo en marchar juntos.

A las siete de la mañana, hora en que empezó a aclarar, salieron los

tres, atravesaron el túnel de Lizárraga y comenzaron a descender hacia

la llanada de Estella. El extranjero montaba en un borriquillo, que

marchaba casi más deprisa que los matalones en que iban Martín y

Bautista. El camino serpenteaba subiendo el desnivel de la sierra de

Andía.

Atravesaron posiciones ocupadas por batallones carlistas. Entre los

jefes había muchos extranjeros con flamantes uniformes austríacos,

italianos y franceses, un tanto carnavalescos.

A media tarde comieron en Lezaun y, arreando las caballerías, pasaron

por Abarzuza. El extranjero explicó al paso la posición respectiva de

liberales y carlistas en la batalla de Monte Muru y el sitio donde se

desarrolló lo más fuerte de la acción, en la que murió el general

Concha.

Al anochecer llegaron cerca de Estella.

Mucho antes de entrar en la corte carlista encontraron una compañía con

un teniente que les ordenó detenerse. Mostraron los tres su pasaporte.

Al llegar cerca del convento de Recoletos, era ya de noche.

--¿Quién vive?--gritó el centinela.

--España.

--¿Qué gente?

--Paisanos.

--Adelante.

Volvieron a mostrar sus documentos al cabo de guardia y entraron en la

ciudad carlista.

CAPÍTULO IX

CÓMO MARTÍN Y EL EXTRANJERO PASEARON DE NOCHE POR ESTELLA

Y DE LO QUE HABLARON

Pasaron por el portal de Santiago, entraron en la calle Mayor y

preguntaron en la posada si había alojamiento.

Una muchacha apareció en la escalera.

--Está la casa llena--dijo--. No hay sitio para tres personas, sólo una

podría quedarse.

--¿Y las caballerías?--preguntó Bautista.

--Creo que hay sitio en la cuadra.

Fué la muchacha a verlo y Martín dijo a Bautista.

--Puesto que hay sitio para una persona, tú te puedes quedar aquí. Vale

más que estemos separados y que hagamos como si no nos conociéramos.

--Sí, es verdad--contestó Bautista.

--Mañana, a la mañana, en la plaza nos encontraremos.

--Muy bien.

Vino la muchacha y dijo que había sitio en la cuadra para los jacos.

Entró Bautista en la casa con las caballerías, y el extranjero y Martín

fueron, preguntando, a otra posada del paseo de los Llanos, donde les

dieron alojamiento.

Llevaron a Martín a un cuarto desmantelado y polvoriento, en cuyo fondo

había una alcoba estrecha, con las paredes cubiertas de unas manchas

negras de humo. Sin duda los huéspedes mataban las chinches quemándolas

con una vela o con la lamparilla y dejaban estos tranquilizadores

rastros. En el gabinete y en la alcoba olía a cuadra, olor que venía de

las junturas de las maderas del suelo.

Martín sacó la carta de Levi-Alvarez y el paquete de letras cosido en el

cuero de la bota y separó las ya aceptadas y firmadas, de las otras.

Como estas todas eran para Estella, las encerró en un sobre y escribió:

«Al general en jefe del ejército carlista.»

--¿Será prudente--se dijo--entregar estas letras sin garantía alguna?

No pensó mucho tiempo, porque comprendió enseguida que era una locura

pedir recibo o fianza.

--La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me

dan un recibo y luego se les ocurre quitármelo, con prenderme están al

cabo de la calle. Aquí hay que hacer como si a uno le fuera indiferente

la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla.

Esperó a que se secara el sobre. Salió a la calle. Vió en la calle un

sargento y, después de saludarle, le preguntó:

--¿Dónde se podrá ver al general?

--¡A qué general!

--Al general en jefe. Traigo unas cartas para él.

--Estará probablemente paseando en la plaza. Venga usted.

Fueron a la plaza. En los arcos, a la luz de unos faroles tristes de

petróleo, paseaban algunos jefes carlistas. El sargento se acercó al

grupo y, encarándose con uno de ellos, dijo:

--Mi general.

--¿Qué hay?

--Este paisano, que trae unas cartas para el general en jefe.

Martín se acercó y entregó los sobres. El general carlista se arrimó a

un farol y los abrió. Era el general un hombre alto, flaco, de unos

cincuenta años, de barba negra, con el brazo en cabestrillo. Llevaba una

boina grande de gascón con una borla.

--¿Quién ha traído esto?--preguntó el general con voz fuerte.

--Yo--dijo Martín.

--¿Sabe usted lo que venía aquí dentro?

--No, señor.

--¿Quién le ha dado a usted estos sobres?

--El señor Levi-Alvarez de Bayona.

--¿Cómo ha venido usted hasta aquí?

--He ido de San Juan de Luz a Zumaya en barco, de Zumaya aquí a caballo.

--¿Y no ha tenido usted ningún contratiempo en el camino?

--Ninguno.

--Aquí hay algunos papeles que hay que entregar al rey. ¿Quiere usted

entregarlos o que se los entregue yo?

--No tengo más encargo que dar estos sobres y, si hay contestación,

volverla a Bayona.

--¿No es usted carlista?--preguntó el general, sorprendido del tono de

indiferencia de Martín.

--Vivo en Francia y soy comerciante.

--Ah, vamos, es usted francés.

Martín calló.

--¿Dónde para usted?--siguió preguntando el general.

--En una posada de ese paseo...

--¿Del paseo de los Llanos?

--Creo que sí. Así se llama.

--¿Hay una administración de coches en el portal? ¿No?

--Sí, señor.

--Entonces, es la misma, ¿Piensa usted estar muchos días en Estella?

--Hasta que me digan si hay contestación o no.

--¿Cómo se llama usted?

--Martín Tellagorri.

--Está bien. Puede usted retirarse.

Saludó Martín y se fué a la posada. A la puerta se encontró con el

extranjero.

--¿Dónde se mete usted?--le dijo--. Le andaba buscando.

--He ido a ver al general en jefe.

--¿De veras?

--Sí.

--¿Y le ha visto usted?

--Ya lo creo. Y le he dado las cartas que traía para él.

--¡Demonio! Eso sí que es ir de prisa. No le quisiera tener a usted de

rival en un periódico. ¿Qué le ha dicho a usted?

--Ha estado muy amable.

--Tenga usted cuidado, por si acaso. Mire usted que estos son unos

bandidos.

--Le he indicado que soy francés.

--Bah, no importa. Este verano han fusilado a un periodista alemán amigo

mío. Tenga usted cuidado.

--¡Oh! Lo tendré.

--Ahora, vamos a cenar.

Subieron las escaleras y entraron en una cocina grande.

Varios paisanos y soldados, congregados allí, charlaban. Se sentaron a

cenar a una mesa larga, iluminada por un velón de varios mecheros que

colgaba del techo.

Un hombre viejo, bajito, que presidía la mesa, se quitó la boina y

comenzó a rezar; todos los comensales hicieron lo mismo, menos el

extranjero a quien advirtió Martín de su olvido y que, al darse cuenta,

se quitó apresuradamente la gorra.

En el transcurso de la cena, el hombre bajito habló más que nadie. Era

navarro de la Ribera. Tenía un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua,

pómulos salientes, la boina pequeña echada sobre los ojos, como si

instintivamente quisiera ocultar su mirada. Defendía la conducta del

cabecilla asesino Rosas Samaniego, que estaba entonces preso en Estella,

y le parecía poca cosa el echar a los hombres por la sima de Igusquiza,

tratándose de liberales y de hombres que blasfemaban de su Dios y de su

religión.

Contó el tal viejo varias historias de la guerra carlista anterior. Una

de ellas era verdaderamente odiosa y cobarde. Una vez cerca de un río,

yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos

que lavaban sus camisas en el agua.

--A bayonetazos acabamos con todos--dijo el hombre sonriendo, luego

añadió hipócritamente--Dios nos lo habrá perdonado.

Durante la cena, el repulsivo viejo estuvo contando hazañas por el

estilo. Aquel tipo miserable y siniestro era fanático, violento y

cobarde, se recreaba contando sus fechorías, manifestaba crueldad

bastante para disimular su cobardía, tosquedad para darla como franqueza

y ruindad para darle el carácter de habilidad. Tenía la doble

bestialidad de ser fanático y de ser carlista.

Este desagradable y antipático personaje se puso después a clasificar

los batallones carlistas según su valor; primero eran los navarros, como

era natural, siendo él navarro, luego los castellanos, después los

alaveses, luego los guipuzcoanos y al último los vizcaínos.

Por el curso de la conversación se veía que había allá un ambiente de

odios terribles; navarros, vascongados, alaveses, aragoneses y

castellanos se odiaban a muerte. Todo ese fondo cabileño que duerme en

el instinto provincial español estaba despierto. Unos se reprochaban a

otros el ser cobardes, granujas y ladrones.

Martín se ahogaba en aquel antro, y sin tomar el postre, se levantó de

la mesa para marcharse. El extranjero le siguió y salieron los dos a la

calle.

Lloviznaba. En algunas tabernas obscuras, a la luz de un quinqué de

petróleo, se veían grupos de soldados. Se oía el rasguear de la

guitarra; de cuando en cuando una voz cantaba la jota, en la calle

negra y silenciosa.

--Ya me está a mí cargando esta canción estólida--murmuró Martín.

--¿Cuál?--preguntó el extranjero.

--La jota. La encuentro como una cosa petulante. Me parece que le estoy

oyendo hablar a ese viejo navarro de la posada. El que la canta quiere

decir: «Yo soy más valiente que nadie, más noble que nadie, mas heroico

que nadie.»

--¿Y estos no son más valientes que los demás españoles?--preguntó el

extranjero maliciosamente.

--No lo sé; yo no lo creo, por lo menos. Yo, ahora mismo, si tuviera

quinientos hombres tomaba Estella por asalto y le pegaba fuego.

--¡Ja! ¡Ja! Es usted un hombre extraordinario.

--Es que lo digo porque lo creo.

Yo también lo creo, y siento que no tenga usted los quinientos hombres.

¿Y que decía usted de la gente del Ebro?

--Nada, que han decidido ellos mismos que son los únicos francos, los

únicos leales, porque hablan muy en bruto y cantan la jota.

--¿De manera que para usted este canto es como una falsificación del

valor y de la energía?

--Sí, algo así.

--Está bien. Lo diré en mi próxima crónica. ¿No le parece a usted mal

que me sirva de sus opiniones?

--De ningún modo, porque a mí no me sirven para nada.

Siguieron paseando, pero al alejarse un poco, un centinela les dió el

alto y volvieron a la plaza. Se hallaba ésta solitaria.

Dieron varias vueltas y un sereno les saludó y les dijo:

--¿Qué hacen ustedes aquí?

--¿No se puede pasear?--preguntó Zalacaín.

--Hombre, sí; pero no es una hora muy a propósito.

--Es que hemos cenado tarde y estábamos dando una vuelta--dijo el

extranjero--no quisiéramos acostarnos tan pronto.

--¿Por qué no van ustedes allí?--dijo el sereno, señalando los balcones

de una casa que brillaban iluminados.

--¿Qué es lo que hay allí?--preguntó Martín.

--El Casino--contestó el sereno.

--¿Y qué hacen ahora?--dijo el extranjero.

--Estarán jugando.

Se despidieron del vigilante nocturno y dejaron la plaza.

Después, dando un rodeo, salieron al paseo de Los Llanos. Una campana de

un convento comenzó a tocar.

--Juego, campanas, carlismo y jota. ¡Qué español es esto, mi querido

Martín!--dijo el extranjero.

--Pues yo también soy español y todo eso me es muy antipático--contestó

Martín.

--Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradición de su

país--dijo el extranjero.

--Mi país es el monte--contestó Zalacaín.

CAPÍTULO X

CÓMO TRANSCURRIÓ EL SEGUNDO DÍA EN ESTELLA

Conformes Martín y Bautista, se encontraron en la plaza. Martín

consideró que no convenía que le viesen hablar con su cuñado, y para

decir lo hecho por él la noche anterior escribió en un papel su

entrevista con el general.

Luego se fué a la plaza. Tocaba la charanga. Había unos soldados

formados. En el balcón de una casa pequeña, enfrente de la iglesia de

San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales.

Esperó Martín a ver a Bautista y cuando le vió le dijo:

--Que no nos vean juntos--y le entregó el papel.

Bautista se alejó, y poco después se acercó de nuevo a Martín y le dió

otro pedazo de papel.

--¿Qué pasará?--se dijo Martín.

Se fué de la plaza, y cuando se vió solo, leyó el papel de Bautista que

decía:

_Ten cuidado. Está aquí el Cacho de sargento. No andes por el centro

del pueblo_.

La advertencia de Bautista la consideró Martín de gran importancia.

Sabía que el Cacho le odiaba y que colocado en una posición superior,

podía vengar sus antiguos rencores con toda la saña de aquel hombre

pequeño, violento y colérico.

Martín pasó por el puente del Azucarero contemplando el agua verdosa del

río. Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo

viejo, Martín se detuvo frente al palacio del duque de Granada,

convertido en cárcel, a contemplar una fuente con un león tenante en

medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.

Estaba allí parado, cuando vió que se le acercaba el extranjero.

--¡Hola, querido Martín!--le dijo.

--¡Hola! ¡Buenos días!

--¿Va usted a echar un vistazo por este viejo barrio?

--Sí.

--Pues iré con usted.

Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero) · 第 6 / 10 段