Nadie le contestó.
--¡Anchusa! ¡Luschía! Desenganchad los caballos--gritó el Cura--. Ahora,
todos a la posada.
Anchusa y Luschía llevaron los caballos y no quedaron con el cura más
que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacaín y Joshé Cracasch.
--Acompañad a éstos--dijo el cabecilla a dos de sus hombres, señalando
a los campesinos y al cura.
--Vosotros--é indicó a Bautista, Zalacaín, Joshé Cracasch y otros dos
hombres armados--id con la señora, la señorita y este viajero.
La señora gruesa lloraba afligida.
--Pero, ¿nos van a fusilar?--preguntó gimiendo.
--¡Vamos! ¡Vamos!--dijo uno de los hombres armados, brutalmente.
La señora se arrodilló en el suelo, pidiendo que la dejaran libre.
La señorita, pálida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los
ojos. Sin duda, sabía los procedimientos usados por el cura con las
mujeres.
A algunas solía desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel
el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo
untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda.
--Ande usted, señora--dijo Martín--, que no les pasará nada.
--Pero, ¿adónde?--preguntó ella.
--A la posada, que está aquí cerca.
La joven nada dijo, pero lanzó a Martín una mirada de odio y de
desprecio.
Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera.
--Atención, Bautista--dijo Martín en francés--, tú al uno, yo al otro.
Cuando no nos vean.
El extranjero, extrañado, en el mismo idioma preguntó:
--¿Qué van ustedes a hacer?
--Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Ayúdenos
usted.
Los dos hombres armados, al oir que se entendían en una lengua que ellos
no comprendían, entraron en sospechas.
--¿Qué habláis?--dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil.
No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martín le dió un garrotazo en el
hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero
forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Joshé
Cracasch estaba como en babia.
Las dos mujeres, viéndose libres, echaron a correr por la carretera, en
dirección a Hernani. Cracasch las siguió. Éste llevaba una mala
escopeta, que podía servir en último caso. El extranjero y Martín tenían
cada uno su fusil, pero no contaba más que con pocos cartuchos. A uno le
habían podido quitar la cartuchera, al otro fué imposible. Éste volaba
corriendo a dar parte a los de la partida.
El extranjero, Martín y Bautista corrieron y se reunieron con las dos
mujeres y con Joshé Cracasch.
La ventaja que tenían era grande, pero las mujeres corrían poco; en
cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantaría junto a ellos.
--¡Vamos! ¡Animo!--decía Martín--. En una hora llegamos.
--No puedo--gemía la señora--. No puedo andar más.
--¡Bautista!--exclamó Martín--. Corre a Hernani, busca gente y tráela.
Nosotros nos defenderemos aquí un momento.
--Iré yo--dijo Joshé Cracasch.
--Bueno, entonces deja el fusil y las municiones.
Tiró el músico el fusil y la cartuchera y echó a correr, como alma que
lleva el diablo.
--No me fío de ese músico simple--murmuró Martín--. Vete tú, Bautista.
La lástima es que quede un arma inútil.
--Yo dispararé--dijo la muchacha.
Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban
acercando.
Silbaban las balas. Se veía una nubecilla blanca y pasaba al mismo
tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El
extranjero, la señorita y Martín se guarecieron cada uno detrás de un
árbol y se repartieron los cartuchos. La señora vieja, sollozando, se
tiró en la hierba, por consejo de Martín.
--¿Es usted buen tirador?--preguntó Zalacaín al extranjero.
--¿Yo? Sí. Bastante regular.
--¿Y usted, señorita?
--También he tirado algunas veces.
Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban
guarecidos Martín, la señorita y el extranjero. Uno de ellos era
Luschía.
--A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida--dijo el
extranjero.
Efectivamente, disparó y uno de los hombres cayó al suelo dando gritos.
--Buena puntería--dijo Martín.
--No es mala--contestó fríamente el extranjero.
Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un
declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luschía, dispararon al
árbol de dónde había salido el tiro. Creían, sin duda, que allí estaban
refugiados Martín y Bautista y se fueron acercando al árbol. Entonces
disparó Martín é hirió a uno en una mano.
Quedaban solo tres hábiles, y, retrocediendo y arrimándose a los
árboles, siguieron haciendo disparos.
--¿Habrá descansado algo su madre?--preguntó Martín a la señorita.
--Sí.
--Que siga huyendo. Vaya usted también.
--No, no.
--No hay que perder tiempo--gritó Martín, dando una patada en el
suelo--. Ella sola o con usted. ¡Hala! En seguida.
La señorita dejó el fusil a Martín y, en unión de su madre, comenzó a
marchar por la carretera.
El extranjero y Martín esperaron, luego fueron retrocediendo sin
disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a
correr con toda la fuerza de sus piernas. Pronto se reunieron con la
señora y su hija. La carrera terminó a la media hora, al oir que las
balas comenzaban a silbar por encima de sus cabezas.
Allí no había árboles donde guarecerse, pero sí unos montes de piedra
machacada para el lecho de la carretera, y en uno de ellos se tendió
Martín y en el otro el extranjero. La señora y su hija se echaron en el
suelo.
Al poco tiempo, aparecieron varios hombres; sin duda, ninguno quería
acercarse y llevaban la idea de rodear a los fugitivos y de cogerlos
entre dos fuegos.
Cuatro hombres fueron a campo traviesa por entre maizales, por un lado
de la carretera, mientras otros cuatro avanzaban por otro lado, entre
manzanos.
Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver
apurados--exclamó Martín.
La señora, al oirle, lanzó nuevos gemidos y comenzó a lamentarse, con
grandes sollozos, de haber escapado.
El extranjero sacó un reloj y murmuró:
--Tenía tiempo. No habrá encontrado nadie.
--Eso debe ser--dijo Martín.
--Veremos si aquí podemos resistir algo--repuso el extranjero.
--¡Hermoso día!--murmuró Martín.
La verdad es que un día tan hermoso convida a todo, hasta que le peguen
a uno un tiro.
--Por si acaso, habrá que evitarlo en lo posible.
Dos o tres balas pasaron silbando y fueron a estrellarse en el suelo.
--¡Rendíos!--dijo la voz de Belcha, por entre unos manzanos.
--Venid a cogernos--gritó Martín, y vió que uno le apuntaba en el monte,
desde cerca de un árbol; él apuntó a su vez, y los dos tiros sonaron
casi simultáneamente. Al poco tiempo, el hombre volvió a aparecer más
cerca, escondido entre unos helechos, y disparó sobre Martín.
Éste sintió un golpe en el muslo y comprendió que estaba herido. Se
llevó la mano al sitio de la herida y notó una cosa tibia. Era sangre.
Con la mano ensangrentada cogió el fusil y, apoyándose en las piedras,
apuntó y disparó. Luego sintió que se le iban las fuerzas, al perder la
sangre, y cayó desmayado.
El extranjero aguardó un momento, pero, en aquel instante, una compañía
de miqueletes avanzaba por la carretera, corriendo y haciendo disparos,
y la gente del Cura se retiraba.
CAPÍTULO VI
CÓMO CUIDÓ LA SEÑORITA DE BRIONES A MARTÍN ZALACAÍN
Cuando de nuevo pudo darse Martín Zalacaín cuenta de que vivía, se
encontró en la cama, entre cortinas tupidas.
Hizo un esfuerzo para moverse y se sintió muy débil y con un ligero
dolor en el muslo.
Recordó vagamente lo pasado, la lucha en la carretera, y quiso saber
dónde estaba.
--¡Eh!--gritó con voz apagada.
Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, apareció
entre ellas.
--Por fin. ¡Ya sé ha despertado usted!
--Sí. ¿Dónde me han traído?
--Luego le contaré a usted todo--dijo la muchacha morena.
--¿Estoy prisionero?
--No, no; está usted aquí en seguridad.
--¿En qué pueblo?
--En Hernani.
--Ah, vamos. ¿No me podrían abrir esas cortinas?
--No, por ahora no. Dentro de un momento vendrá el médico y, si le
encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar.
Con que ahora siga usted durmiendo.
Martín sentía la cabeza débil y no le costó mucho trabajo seguir el
consejo de la muchacha.
Al mediodía llegó el médico, que reconoció a Martín la herida, le tomó
el pulso y dijo:
--Ya pueda empezar a comer.
--¿Y le dejaremos hablar, doctor?--preguntó la muchacha.
--Sí.
Se fué el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorrió las
cortinas y Martín se encontró en una habitación grande, algo baja de
techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno. Pocos
instantes después, apareció Bautista en el cuarto, de puntillas.
--Hola, Bautista--dijo Martín burlonamente--. ¿Qué te ha parecido
nuestra primera aventura de guerra? ¿Eh?
--¡Hombre! A mí, bien--contestó el cuñado--. A ti quizá no te haya
parecido tan bien.
--¡Pse! Ya hemos salido de esta.
La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconoció
Martín, era la señorita a quien habían hecho bajar del coche los de la
partida del Cura y después se había fugado con ellos en compañía de su
madre.
Esta señorita le contó a Martín cómo le llevaron hasta Hernani y le
extrajeron la bala.
--Y yo no me he dado cuenta de todo esto--dijo Martín--. ¿Cuánto tiempo
llevo en la cama?
--Cuatro días ha estado usted con una fiebre altísima.
--¿Cuatro días?
--Sí.
--Por eso estoy rendido. ¿Y su madre de usted?
--También ha estado enferma, pero ya se levanta.
--Me alegro mucho. ¿Sabe usted? Es raro--dijo Martín--no me parece
usted la misma que vino en la carretera con nosotros.
--¡No?
--No.
--¿Y por qué?
--Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, así como dura...
--¿Y ahora no?
--Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves.
La muchacha se ruborizó sonriendo.
--La verdad es--dijo Bautista--que has tenido suerte. Esta señorita te
ha cuidado como a un rey.
--¡Qué menos podía hacer por uno de nuestros salvadores!--exclamó ella
ocultando su confusión--. Oh, pero no hable usted tanto. Para el primer
día es demasiado.
--Una pregunta sólo--dijo Martín.
--Veamos la pregunta--contestó ella.
--Quisiera saber cómo se llama usted.
--Rosa Briones.
--Muchas gracias, señorita Rosa--murmuró.
--¡Oh! no me llame usted señorita. Llámeme usted Rosa o Rosita, como me
dicen en casa.
--Es que yo no soy caballero--repuso Martín.
--¡Pues si usted no es caballero, quién lo será!--dijo ella.
Martín se sintió halagado y, como Rosa le indicó que callara, llevándose
el dedo a los labios, cerró los ojos...
La convalecencia de Martín fué muy rápida, tanto, que a él le pareció
que se curaba demasiado pronto.
Bautista, al ver a su cuñado en vísperas de levantarse y en buenas
manos, como dijo algo irónicamente, se fué a Francia a reunirse con
Capistun y a seguir con los negocios.
Martín pudo tomar Hernani por una Capua, una Capua espiritual.
Rosita Briones y su madre doña Pepita le mimaban y le halagaban.
De conocerlo, Martín hubiera podido recitar, refiriéndose a él mismo,
el romance antiguo de Lanzarote:
Nunca fuera caballero
De damas tan bien servido
Como fuera Lanzarote
Cuando de su aldea vino.
Rosita, durante la convalecencia, tuvo largas conversaciones con Martín.
Era de Logroño, donde vivía con su madre. Doña Pepita era la causante de
la desdichada aventura. A ella se le ocurrió ir a Villabona, para ver a
su hijo, que le habían dicho que se encontraba herido en este pueblo.
Afortunadamente, la noticia era falsa.
Doña Pepita, la madre de Rosita, era una señora romántica, con unas
ideas absurdas. Adoraba a su hijo, vivía temblando de que le pasara
algo, pero, a pesar de todo, había querido que fuera militar. Al decidir
la aventura que terminó con la detención de la diligencia y al oir las
observaciones de su hija al malhadado proyecto, había contestado:
--Los carlistas son españoles y caballeros y no pueden hacer daño a unas
señoras.
A pesar de esta imposibilidad, estuvieron las dos a punto de ser
emplumadas o apaleadas por la gente del Cura.
Martín llegó a convencerse de que la buena señora tenía una
imposibilidad irreductible para enterarse de la cosas. Lo veía todo a su
gusto y se convencía de que los hechos era como se los había pintado su
fantasía. Si de la madre cualquiera hubiese dicho que le faltaba un
tornillo, no podía decirse lo mismo de su hija. Ésta era lista y
avispada como pocas; tenía un juicio rápido, seguro y claro.
Muchas veces, para distraer al herido, Rosa le leyó novelas de Dumas y
poesías de Bécquer. Martín nunca había oído versos y le hicieron un
efecto admirable, pero lo que más le sorprendió fué la discreción de los
comentarios de Rosita. No se le escapaba nada.
Pronto Martín pudo levantarse y, cojeando, andar por la casa. Un día que
contaba su vida y sus aventuras, Rosita le preguntó de pronto:
--¿Y Catalina quién es? ¿Es su novia de usted?
--Sí. ¿Cómo lo sabe usted?
--Porque ha hablado usted mucho de ella durante el delirio.
--¡Ah!
--¿Y es guapa?
--¿Quién?
--Su novia.
--Sí, creo que sí.
--¿Cómo? ¿Cree usted nada más?
--Es que la conozco desde chico y estoy tan acostumbrado a verla que
casi no sé cómo es.
--¿Pero no está usted enamorado de ella?
--No sé, la verdad.
--¡Qué cosa más rara! ¿Que tipo tiene?
--Es así... algo rubia...
--¿Y tiene hermosos ojos?
--No tanto como usted--dijo Martín.
A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvió a Martín en una de
sus miradas enigmáticas.
Una tarde se presentó en Hernani el hermano de Rosita.
Era un joven fino, atento, pero poco comunicativo.
Doña Pepita le puso a Zalacaín delante de su hijo como un salvador, como
un héroe.
Al día siguiente, Rosita y su madre iban a San Sebastián, para marcharse
desde allí a Logroño.
Les acompañó Martín y su despedida fué muy afectuosa. Doña Pepita le
abrazó y Rosita le estrechó la mano varias veces y le dijo
imperiosamente:
--Vaya usted a vernos.
--Sí, ya iré.
--Pero que sea de veras. Los ojos de Rosita prometían mucho. Al
marcharse madre é hija, Martín pareció despertar de un sueño; se acordó
de sus negocios, de su vida, y sin pérdida de tiempo se fué a Francia.
CAPÍTULO VII
CÓMO MARTÍN ZALACAÍN BUSCÓ NUEVAS AVENTURAS
Una noche de invierno llovía en las calles de San Juan de Luz; algún
mechero de gas temblaba a impulsos del viento, y de las puertas de las
tabernas salían voces y sonido de acordeones.
En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de
marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban. De cuando en
cuando, uno de ellos abría la puerta de la taberna, avanzaba en el
muelle silencioso, miraba al mar y al volver decía:
--Nada, la _Fleche_ no viene aún.
El viento silbaba en bocanadas furiosas sobre la noche y el mar negros,
y se oía el ruido de las olas azotando la pared del muelle.
En la taberna, Martín, Bautista, Capistun y un hombre viejo, a quien
llamaban Ospitalech, hablaban; hablaban de la guerra carlista, que
seguía como una enfermedad crónica sin resolverse.
--La guerra acaba--dijo Martín.
--¿Tú crees?--preguntó el viejo Ospitalech.
--Sí, esto marcha mal, y yo me alegro--dijo Capistun.
--No, todavía hay esperanza--repuso Ospitalech.
--El bombardeo de Irún ha sido un fracaso completo para los
carlistas--dijo Martín--. ¡Y qué esperanzas tenían todos estos
legitimistas franceses! Hasta los hermanos de la Doctrina Cristiana
habían dado vacaciones a los niños para que fuesen a la frontera a ver
el espectáculo. ¡Canallas! Y ahí vimos a ese arrogante don Carlos, con
sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego
que escaparse corriendo hacia Vera.
--Si la guerra se pierde, nos arruinamos--murmuró Ospitalech.
Capistun estaba tranquilo, pensaba retirarse a vivir a su país;
Bautista, con las ganancias del contrabando, había extendido sus
tierras. De los tres, Zalacaín no estaba contento. Si no le hubiese
retenido el pensamiento de encontrar a Catalina, se hubiera ido a
América.
Llevaba ya más de un año sin saber nada de su novia; en Urbia se
ignoraba su paradero, se decía que doña Águeda había muerto, pero no se
hallaba confirmada la noticia.
De estos cuatro hombres de la taberna de Socoa, los dos contentos,
Bautista y Capistun, charlaban; los otros dos rabiaban y se miraban sin
hablarse. Afuera llovía y venteaba.
--¿Alguno de vosotros se encargaría de un negocio difícil, en que hay
que exponer la pelleja?--preguntó de pronto Ospitalech.
--Yo no--dijo Capistun.
--Ni yo--contestó distraídamente Bautista.
--¿De qué se trata?--preguntó Martín.
--Se trata de hacer un recorrido por entre las filas carlistas y
conseguir que varios generales y, además, el mismo don Carlos, firmen
unas letras.
--¡Demonio! No es fácil la cosa--exclamó Zalacaín.
--Ya lo sé que no; pero se pagaría bien.
--¿Cuánto?
--El patrón ha dicho que daría el veinte por ciento, si le trajeran las
letras firmadas.
--¿Y a cuánto asciende el valor de las letras?
--¿A cuánto? No sé de seguro la cantidad. ¿Pero es que tú irías?
--¿Por qué no? Si se gana mucho...
--Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego
hablaremos.
Efectivamente, se había oído en medio de la noche un agudo silbido. Los
cuatro salieron al puerto y se oyó el ruido de las aguas removidas por
una hélice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del
muelle, que sujetaron la amarra en un poste.
--¡Eup! Manisch--gritó Ospitalech.
--¡Eup!--contestaron desde el mar.
--¿Todo bien?
--Todo bien--respondió la voz.
--Bueno, entremos--añadió Ospitalech--que la noche está de perros.
Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco después se
unieron a ellos Manisch, el patrón del barco la _Fleche_, que al entrar
se quitó el sudeste, y dos marineros más.
--¿De manera que tú estás dispuesto a encargarte de ese
asunto?--preguntó Ospitalech a Martín.
--Sí.
--¿Solo?
--Solo.
--Bueno, vamos a dormir. Por la mañana iremos a ver al principal y te
dirá lo que se puede ganar.
Los marineros de la _Fleche_ comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba,
entre gritos y patadas, la canción de _Les matelot de la Belle Eugenie_.
Al día siguiente, muy temprano, se levantó Martín y con Ospitalech tomó
el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judío que se llamaba
Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la
nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era
dependiente del señor Levi-Alvarez y contó a su principal cómo Martín se
brindaba a realizar la expedición difícil de entrar en el campo carlista
para volver con las letras firmadas.
--¿Cuánto quiere usted por eso?--preguntó Levi-Alvarez.
--El veinte por ciento.
--¡Caramba! Es mucho.
--Está bien, no hablemos, me voy.
--Espere usted. ¿Sabe usted que las letras ascienden a ciento veinte mil
duros? El veinte por ciento sería una cantidad enorme.
--Es lo que me ha ofrecido Ospitalech. Eso o nada.
--¡Qué barbaridad! No tiene usted consideración...
--Es mi última palabra. Eso o nada.
--Bueno, bueno. Está bien. ¿Sabe usted que si tiene suerte se va usted a
ganar veinticuatro mil duros...?
--Y si no me pegarán un tiro.
--Exacto. ¿Acepta usted?
--Sí, señor, acepto.
--Bueno. Entonces estamos conformes.
--Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito--dijo
Martín.
--No tengo inconveniente.
El judío quedó un poco perplejo y, después de vacilar un poco, preguntó:
--¿Cómo quiere usted que lo haga?
--En pagarés de mil duros cada uno.
El judío, después de vacilar, llenó los pagarés y puso los sellos.
--Si cobra usted--advirtió--de cada pueblo me puede usted ir enviando
las letras.
--¿No las podría depositar en los pueblos en casa del notario?
--Sí, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro
de la guerra. Preséntese usted al general en jefe y le entrega usted las
cartas.
--Eso haré.
--Entonces, adiós, y buena suerte.
Martín fué a casa de un notario de Bayona, le preguntó si los pagarés
estaban en regla y, habiéndole dicho que sí, los depositó bajo recibo.
El mismo día se fué a Zaro.
--Guardadme este papel--dijo a Bautista y a su hermana--dándoles el
recibo.
Yo me voy.
--¿Adónde vas?--preguntó Bautista.
Martín le explicó sus proyectos.
--Eso es un disparate--dijo Bautista--te van a matar.
--¡Ca!
--Cualquiera de la partida del Cura que te vea te denuncia.
--No está ninguno en España. La mayoría andan por Buenos Aires. Algunos
los tienes por aquí, por Francia, trabajando.
--No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer.
--¡Hombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo--dijo Martín.
--Es que si tú crees que eres el único capaz de hacer eso, estás
equivocado--replicó Bautista--. Yo voy donde otro vaya.
--No digo que no.
--Pero parece que dudas.
--No, hombre, no.
--Sí, sí, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompañar. No se
dirá que un vasco francés no se atreve a ir donde vaya un vasco español.
--Pero hombre, tú estás casado--repuso Martín.
--No importa.
--Bueno, ya veo que lo tú quieres es acompañarme. Iremos juntos, y, si
conseguimos traer las letras firmadas te daré algo.
--¿Cuánto?
--Ya veremos.
--¡Qué granuja eres!--exclamó Bautista--¿para qué quieres tanto dinero?
--¿Qué sé yo? Ya veremos. Yo tengo en la cabeza algo. ¿Qué? No lo sé,
pero sirvo para alguna cosa. Es una idea que se me ha metido en la
cabeza hace poco.
--¿Qué demonio de ambición tienes?
--No sé, chico, no sé--contestó Martín--pero hay gente que se considera
como un cacharro viejo, que lo mismo puede servir de taza que de
escupidera. Yo no, yo siento en mí, aquí dentro, algo duro y fuerte...
no sé explicarme.
A Bautista le extrañaba esta ambición obscura de Martín, porque él era
claro y ordenado y sabía muy bien lo que quería.
Dejaron esta cuestión y hablaron del recorrido que tenían que hacer.
Este comenzaría yendo en el vaporcito la _Fleche_ a Zumaya y siguiendo
de aquí a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Estella. Para no
llevar la lista de todas las personas a quien tenían que ver y estar
consultando a cada paso lo que podía comprometerles, Bautista, que tenía
magnífica memoria, se la aprendió de corrido; cosieron las letras entre
el cuero de las polainas y por la noche se embarcaron.
Entraron en el vaporcito de la _Fleche_ en Socoa y se echaron al mar.
Bautista y Zalacaín pasaron la travesía metidos en un camarote pequeño
dando tumbos.
Al amanecer, el piloto vió hacia el cabo de Machichaco un barco que le
pareció de guerra, y forzando la marcha entró en Zumaya.
Varias compañías carlistas salieron al puerto dispuestas a comenzar el
fuego, pero cuando reconocieron el barco francés se tranquilizaron.
Después de desembarcar, la memoria admirable de Bautista indicó las
personas a quienes tenían que visitar en este pueblo. Eran tres o cuatro
comerciantes. Los buscaron, firmaron las letras, compraron los viajeros
dos caballos, se agenciaron un salvo-conducto; y por la tarde, después
de comer, Martín y Bautista se encaminaron por la carretera de Cestona.
Pasaron por el pueblecito de Oiquina, constituído por unos cuantos
caseríos colocados al borde del río Urola, luego por Aizarnazabal y en
la venta de Iraeta, cerca del puente, se detuvieron a cenar.
La noche se echó pronto encima. Cenaron Martín y Bautista y discutieron
si sería mejor quedarse allí o seguir adelante, y optaron por esto
último.
Montaron en sus jamelgos, y al echar a andar vieron que de una casa
próxima al puente de Iraeta salía un coche arrastrado por cuatro
caballos. El coche comenzó a subir el camino de Cestona al trote. Este
trozo de camino, desde Iraeta a Cestona, pasa entre dos montes y tiene
en el fondo el río. De noche, sobre todo, el tal paraje es triste y
siniestro.
Martín y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en
las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al
habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenía razones para no
querer compañía, porque, al notar que le seguían, puso los caballos al
trote largo y luego los hizo galopar.
Así, el coche delante y Martín y Bautista detrás, subieron a Cestona, y
al llegar aquí el coche dió una vuelta rápida y poco después echó un
fardo al suelo.
--Es algún contrabandista--dijo Martín.