satisfecho:
--_¡Arrayua!_ Este es de los nuestros. Venid los dos.
El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme
destrozado y una pipa de barro en la boca. Parecía el jefe y le llamaban
Luschía.
Martín y Bautista siguieron a los mozos armados, pasaron de Alzate a
Vera y se detuvieron en una casa, en cuya puerta había un centinela.
--¡Bajadlos! ¡Bajadlos!--dijo Luschía a su gente.
Cuatro mozos entraron en el portal y subieron por la escalera.
Luschía, mientras tanto, preguntó a Martín:
--¿Vosotros de dónde sois?
--De Zaro.
--¿Sois franceses?
--Sí--dijo Bautista.
Martín no quiso decir que él no lo era, sabiendo que el decir que era
francés podía protegerle.
--Bueno, bueno--murmuró el jefe.
Los cuatro aldeanos de la partida que habían entrado en la casa trajeron
a dos viejos.
--¡Atadlos!--dijo Luschía, el aldeano de la pipa.
Sacaron a la calle un tambor de regimiento y un cesto, y a los dos
viejos los ataron.
--¿Qué es lo que han hecho?--preguntó Martín a uno de la partida que
llevaba una boina a rayas.
--Que son traidores--contestó éste.
El uno era un maestro de escuela y el otro un expartidario de la
guerrilla del Cura.
Cuando estuvieron las dos víctimas atadas y con las espaldas desnudas,
el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remangó el
brazo y cogió una vara.
El maestro de escuela, suplicante, imploró:
--¡Pero si todos somos unos!
El exguerrillero no dijo nada.
No hubo apelación ni misericordia. Al primer golpe, el maestro de
escuela perdió el sentido; el otro, el antiguo lugarteniente del Cura,
calló y comenzó a recibir los palos con un estoicismo siniestro.
Luschía se puso a hablar con Zalacaín. Este le contó una porción de
mentiras. Entre ellas le dijo que él mismo había guardado cerca de
Urdax, en una cueva, más de treinta fusiles modernos. El hombre oía y,
de cuando en cuando, volviéndose al ejecutor de sus órdenes, decía con
voz gangosa: _¡Jo! ¡Jo!_ (Pega, pega).
Y volvía a caer la vara cobre las espaldas desnudas.
CAPÍTULO III
DE ALGUNOS HOMBRES DECIDIDOS QUE FORMABAN LA PARTIDA DEL CURA
Concluída la paliza, Luschía dió la orden de marcha, y los quince o
veinte hombres tomaron hacia Oyarzun, por el camino que pasa por la
Cuesta de la Agonía.
La partida iba en dos grupos; en el primero marchaba Martín y en el
segundo Bautista.
Ninguno de la partida tenía mal aspecto ni aire patibulario. La mayoría
parecían campesinos del país; casi todos llevaban traje negro, boina
azul pequeña y algunos, en vez de botas, calzaban abarcas con pieles de
carnero, que les envolvían las piernas.
Luschía, el jefe, era uno de los tenientes del Cura y además capitaneaba
su guardia negra. Sin duda, gozaba de la confianza del cabecilla. Era
alto, huesudo, de nariz fenomenal, enjuto y seco.
Tenía Luschía una cara que siempre daba la impresión de verla de
perfil, y la nuez puntiaguda.
Parecía buena persona hasta cierto punto, insinuante y jovial.
Consideraba, sin duda, una magnífica adquisición la de Zalacaín y
Bautista, pero desconfiaba de ellos y, aunque no como prisioneros, los
llevaba separados y no les dejaba hablar a solas.
Luschía tenía también sus lugartenientes; Praschcu, Belcha y el Corneta
de Lasala. Praschcu era un mocetón grueso, barbudo, sonriente y rojo,
que, a juzgar por sus palabras, no pensaba más que en comer y en beber
bien. Durante el camino no habló más que de guisos y de comidas, de la
cena que le quitaron al cura de tal pueblo o al maestro de escuela de
tal otro, del cordero asado que comieron en este caserío y de las
botellas de sidra que encontraron en una taberna. Para Praschcu la
guerra no era más que una serie de comilonas y de borracheras.
Belcha y el Corneta de Lasala iban acompañando a Bautista.
A Belcha (el negrito) le llamaban así por ser pequeño y moreno; el
Corneta de Lasala ostentaba una cicatriz violácea que le cruzaba la
frente. Su apodo procedía de su oficio de capataz de los que dan la
señal para el comienzo y el paro del trabajo con una bocina.
Los de la partida llegaron a media noche a Arichulegui, un monte
cercano a Oyarzun, y entraron en una borda próxima a la ermita.
Esta borda era la guarida del Cura. Allí estaba su depósito de
municiones.
El cabecilla no estaba. Guardaba la borda un retén de unos veinte
hombres. Se hizo pronto de noche. Zalacaín y Bautista comieron un rancho
de habas y durmieron sobre una hermosa cama de heno seco.
Al día siguiente, muy de mañana, sintieron los dos que les despertaban
de un empujón; se levantaron y oyeron la voz de Luschía:
--Hala. Vamos andando.
Era todavía de noche; la partida estuvo lista en un momento. Al mediodía
se detuvieron en Fagollaga y al anochecer llegaban a una venta próxima a
Andoain, en donde hicieron alto. Entraron en la cocina. Según dijo
Luschía, allí se encontraba el Cura.
Efectivamente, poco después, Luschía llamó a Zalacaín y a Bautista.
--Pasad--les dijo.
Subieron por la escalera de madera hasta el desván y llamaron en una
puerta.
--¿Se puede?--preguntó Luschía.
--Adelante.
Zalacaín, a pesar de ser templado, sintió un ligero estremecimiento en
todo el cuerpo, pero se irguió y entró sonriente en el cuarto. Bautista
llevaba el ánimo de protestar.
--Yo hablaré--dijo Martín a su cuñado--tu no digas nada.
A la luz de un farol, se veía un cuarto, de cuyo techo colgaban mazorcas
de maíz, y una mesa de pino, a la cual estaban sentados dos hombres. Uno
de ellos era el Cura, el otro su teniente, un cabecilla conocido por el
apodo de _el Jabonero_.
--Buenas noches--dijo Zalacaín en vascuence.
--Buenas noches--contestó _el Jabonero_ amablemente.
El cura no contestó. Estaba leyendo un papel.
Era un hombre regordete, más bajo que alto, de tipo insignificante, de
unos treinta y tantos años. Lo único que le daba carácter era la mirada,
amenazadora, oblicua y dura.
Al cabo de algunos minutos, el cura levantó la vista y dijo:
--Buenas noches.
Luego siguió leyendo.
Había en todo aquello algo ensayado para infundir terror. Zalacaín lo
comprendió y se mostró indiferente y contempló sin turbarse al cura.
Llevaba éste la boina negra inclinada sobre la frente, como si temiera
que le mirasen a los ojos; gastaba barba ya ruda y crecida, el pelo
corto, un pañuelo en el cuello, un chaquetón negro con todos los botones
abrochados y un garrote entre las piernas.
Aquel hombre tenía algo de esa personalidad enigmática de los seres
sanguinarios, de los asesinos y de los verdugos; su fama de cruel y de
bárbaro se extendía por toda España. Él lo sabía y, probablemente,
estaba orgulloso del terror que causaba su nombre. En el fondo era un
pobre diablo histérico, enfermo, convencido de su misión providencial.
Nacido, según se decía, en el arroyo, en Elduayen, había llegado a
ordenarse y a tener un curato en un pueblecito próximo a Tolosa. Un día
estaba celebrando misa, cuando fueron a prenderle. Pretextó el cura el
ir a quitarse los hábitos y se tiró por una ventana y huyó y empezó a
organizar su partida.
Aquel hombre siniestro se encontró sorprendido ante la presencia y la
serenidad de Zalacaín y de Bautista, y sin mirarles les preguntó:
--¿Sois vascongados?
--Sí--dijo Martín avanzando.
--¿Qué hacíais?
--Contrabando de armas.
--¿Para quién?
--Para los carlistas.
--¿Con qué comité os entendíais?
--Con Bayona.
--¿Qué fusiles habéis traído?
--Berdan y Chassepot.
--¿Es verdad que tenéis armas escondidas cerca de Urdax?
--Ahí y en otros puntos.
--¿Para quién las traíais?
--Para los navarros.
--Bueno. Iremos a buscarlas. Si no las encontramos, os fusilaremos.
--Está bien--dijo fríamente Zalacaín.
--Marcháos--repuso el cura, molesto por no haber intimidado a sus
interlocutores.
Al salir, en la escalera, _el Jabonero_ se acercó a ellos.
Éste tenía aspecto de militar, de hombre amable y bien educado.
Había sido guardia civil.
--No temáis--dijo--. Si cumplís bien, nada os pasará.
--Nada tememos--contestó Martín.
Fueron los tres a la cocina de la posada, y _el Jabonero_ se mezcló
entre la gente de la partida, que esperaba la cena.
Se reunieron en la misma mesa _el Jabonero_, Luschía, Belcha, el corneta
de Lasala y uno gordo, a quien llamaban Anchusa.
_El Jabonero_ no quiso aceptar en la mesa a Praschcu, porque dijo que si
a aquel bárbaro le ponían a comer al principio, no dejaba nada a los
demás.
Con este motivo, un muchacho joven, exseminarista, apellidado Dantchari
y conocido también por el mote de _el Estudiante_, que formaba parte de
la partida, recordó la canción de Vilinch, que se llama la Canción del
Potaje, y, como en ella el autor se burla de un cura tragón, tuvo que
cantarla en voz baja, para que no se enterara el cabecilla.
El posadero trajo la cena y una porción de botellas de vino y de sidra,
y, como la caminata desde Arichulegui hasta allá les había abierto el
apetito, se lanzaron sobre las viandas como fieras hambrientas.
Estaban cenando, cuando llamaron a la puerta:
--¿Quién va?--dijo el posadero.
--Yo. Un amigo--contestaron de fuera.
--¿Quién eres tú?
--Ipintza, _el Loco_.
--Pasa.
Se abrió la puerta y entró un viejo mendigo envuelto en una anguarina
parda, con una de las mangas atadas y convertida en bolsillo. Dantchari
_el Estudiante_ le conocía y dijo que era un vendedor de canciones a
quien tenían por loco, porque cantaba y bailaba recitándolas.
Se sentó Ipintza, _el Loco_, a la mesa y le dió el posadero las sobras
de la cena. Luego se acercó al grupo que formaban los hombres de la
partida alrededor de la chimenea.
--¿No queréis alguna canción?--dijo.
--¿Qué canciones tienes?--le preguntó _el Estudiante_.
--Tengo muchas. La de la mujer que se queja del marido, la del marido
que se queja de la mujer, Pello Joshepe...
--Todo eso es viejo.
--También tengo Hurra Pepito y la canción entre amo y criado.
--Ese es liberal--dijo Dantchari.
--No sé--contestó Ipintza, _el Loco_.
--¿Cómo que no sabes? Yo creo que tú no eres del todo ortodoxo.
--No sé lo que es eso. ¿No queréis canciones?
--Pero, bueno, contesta. ¿Eres ortodoxo o heterodoxo?
--Ya te he dicho que no sé.
--Qué opinas de la Trinidad?
--No sé.
--¿Cómo que no sabes? ¡Y te atreves a decirlo! ¿De dónde procede el
Espíritu Santo? ¿Procede del Padre o procede del Hijo, o de los dos? ¿O
es que tú crees que su hipóstasis es consustancial con la hipóstasis del
Padre o la del Hijo?
--No sé nada de eso. ¿Queréis canciones? ¿No queréis comprar canciones a
Ipintza, _el Loco_?
--¡Ah! ¿De manera que no contestas? Entonces eres herético. _Anathema
sit_. Estás excomulgado.
--¡Yo! ¿Excomulgado?--dijo Ipintza lleno de terror, y retrocedió y
enarboló su blanco garrote.
--Bueno, bueno--gritó Luschía al estudiante--. Basta de bromas.
Praschcu echó unas cuantas brazadas de ramas secas. Chisporroteó el
fuego alegremente; después, unos se pusieron a jugar al mus y Bautista
lució su magnífica voz cantando varios zortzicos.
Dantchari, _el Estudiante_, desafió a echar versos a Bautista y éste
aceptó el desafío. Los dos comenzaron con el estribillo:
Orain esango dizut
nic zuri eguia.
(Ahora te diré yo la verdad.)
Y la fuerza del consonante les hizo decir una porción de disparates y de
astracanadas que produjeron el entusiasmo de la reunión.
Ambos merecieron plácemes y aplausos. Luego, Dantchari aseguró que sabía
imitar la voz de tiple, y entre Bautista y él cantaron la canción que
comienza diciendo:
Marichu, ¿ñora zuaz
eder galant ori?
(María, ¿a dónde vas tan bonita?)
Bautista cantando de mozo y Dantchari de chica, dirigiéndose preguntas y
respuestas de burlona ingenuidad, hicieron las delicias de la
concurrencia.
Luego, Bautista cantó la bella canción del país de Soul, que dice así:
Urzo churia errazu
Nora yoaten cera zu
Ezpaniaco mendi guciac
Elurrez beteac dituzu
Gaur arratzean ostatu
Gure echean badezu.
(Paloma blanca, dime a dónde vas. Todos los montes de España están
llenos de nieve. Si quieres albergue para esta noche, lo tienes en mi
casa.)
Los de la partida aplaudieron, pero más que esta canción romántica les
gustó el dúo anterior, y _el Jabonero_, comprendiéndolo así, compró a
Ipintza, _el Loco_, un papel, que era la letra de la nueva canción de
Vilinch, llamada «Juana Vishenta Olave», escrita por el autor
adaptándola a un aire popular titulado ¡Orra Pepito!
La canción de Vilinch era un diálogo amoroso entre el propietario de un
caserío y la hija del arrendador, a quien trata de conquistar.
_El Estudiante_ se puso las enaguas de la posadera y se ató un pañuelo
en la cabeza, Bautista se caló un sombrero de copa que alguno encontró,
no se sabe dónde, y cantaron ambos el dúo ingenuo de Vilinch, y la
algazara fué tan grande que los cantores tuvieron que enmudecer porque
el Cura gritó desde arriba que no le dejaban dormir en paz.
Cada cual fué a acostarse donde pudo, y Martín le dijo a Bautista en
francés:
--Cuidado, eh. Hay que estar preparados para escapar a la mejor ocasión.
Bautista movió la cabeza afirmativamente, dando a entender que no se
olvidaba.
CAPÍTULO IV
HISTORIA CASI INVEROSÍMIL DE JOSHÉ CRACASCH
Los dos días siguientes estuvo lloviendo y se pasó la partida en la
venta haciendo algunos reconocimientos por los alrededores. Ni Zalacaín
ni Bautista vieron al cura. Sin duda éste no se presentaba más que en
las circunstancias graves.
Como era natural entre tanta gente inactiva, se pasaron las horas al
lado del fuego hablando y contando diversos episodios y aventuras.
Había en la partida un muchacho de Tolosa, muy melancólico, cuyas únicas
ocupaciones eran mirarse a un espejito de mano y tocar el acordeón. Este
muchacho se llamaba José Cacochipi y algunos, a sus espaldas, le decían
José Cracasch o sea en castellano José Manchas.
Martín y Bautista le preguntaron varias veces qué le pasaba para estar
tan triste, si es que le dolían las muelas, si tenía las digestiones
lentas, disgustos de familia o algún desorden en la vejiga; a todas
estas preguntas contestaba Cacochipi, alias _Cracasch_, diciendo que no
le pasaba nada, pero suspiraba como si le ocurrieran todas esas
calamidades al mismo tiempo.
Como el tal Cacochipi constituía un misterio, Martín preguntó a
Dantchari, _el Estudiante_, si por ser tolosano sabía la historia de su
conterráneo y amigo, y el exseminarista dijo:
--Si no le decís nada, os contaré la historia de Joshé, pero habéis de
prometerme no burlaros de él.
--No nos burlaremos de él ni le diremos nada.
Dantchari hablaba en castellano con esa pedantería clásica de los curas
y seminaristas, que creen indispensable, para mayor claridad, decir de
cuando en cuando alguna palabra en latín entre personas que ignoran en
absoluto este idioma.
--Pues habéis de saber--dijo Dantchari--que José Cacochipi, el hijo
menor de André Anthoni la confitera, ha sido conocido siempre, _urbi et
orbe_ por el apodo de Joshé Cracasch.
Este apodo lo tenía muy merecido porque Joshé era hace años, y aun hace
meses, el mozo más abandonado de la ciudad y de los contornos; así que
todo el pueblo, _némine discrepante_, lo apodaba Cracasch.
Joshé no ha tenido hasta hace poco más pasión que la música.
Quisieron hacerle estudiar para cura y ordenarle _in sacris_, pero fué
imposible.
Se puede decir de él que es músico _per se_ y hombre _per accidens_.
Durante muchos años se ha pasado ocho o nueve horas en el piano haciendo
ejercicios y, como no ha tenido alma más que para la música, en todo lo
demás ha sido un descuidado horrible.
Llevaba el traje lleno de lamparones, la boina sucia, el pelo largo, se
olvidaba la corbata. Era una verdadera calamidad.
Por eso se le llamaba Joshé Cracasch, y a él no sólo no le ofendía el
apodo, sino que le hacía gracia; en cambio su madre, André Anthoni, se
ponía como una fiera cuando oía que a su hijo le daban este mote.
Hará un año próximamente que un indiano rico llamado Arizmendi, y que
dicen que ha sido pirata... yo no lo sé, _relata refero_, llegó al
pueblo. Como digo, este señor le preguntó al párroco:
--¿Qué profesor de música le podría yo poner a mi chico?
--El mejor, José Cacochipi--contestó el cura.
Le hablaron a Cracasch y éste se encogió de hombros y dijo que bueno. Su
madre le preparó ropa limpia y le advirtió que tuviera cuidado con lo
que decía y que fuera prudente, pues la colocación podía ser un _modus
vivendi_ para él. Cracasch prometió ser prudentísimo.
Llegó el primer día a casa de Arizmendi y preguntó por el amo.
Salió a abrirle una muchacha, y poco después se presentó un señor. La
muchacha le dijo que dejara la boina en el colgador.
--¿Para qué?--replicó Joshé--y luego, dirigiéndose al señor, le
preguntó:--¿Es la criada, eh?
--No, esta señorita es mi hija--contestó fríamente el señor Arizmendi.
Cracasch comprendió que había dado un tropiezo y para enmendarlo, dijo:
--Es muy guapa. ¡Ya se parece a usted, ya!
--No. Si es hijastra mía--contestó el señor Arizmendi.
--Ja, ja... ¡qué risa!... Ya tendrá novio, eh.
Cacochipi fué a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la
muchacha tenía amores, a disgusto de los padres, con un primo.
El señor Arizmendi le dijo que no hiciera más preguntas impertinentes,
que ya sabía que era medio bobo, pero que aprendiese a reportarse.
Joshé, muy extrañado con tal exabrupto, fué al cuarto del chico, donde
dió su primera lección de solfeo. Aquellas palabras duras del señor
Arizmendi, más que ofender le extrañaron. Joshé no tenía ninguna
malicia, toda su vida la había pasado pensando en la música, y de otras
cosas nada sabía.
A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de
Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las
hermanas y quiso alegrarles un poco; porque, como dice el profano:
_Omissis curis, jucunde vivendum esse_; lo cual quiere decir que se debe
vivir alegremente y sin cuidados.
Lo primero que se le ocurrió a Cracasch, un día que se le figuró que ya
tenía confianza con la familia de Arizmendi, fué, a los postres, imitar
el ruido del tren; luego intentó cantar una canción que en la taberna
tenía mucho éxito. En esta canción se hace como si se tocara la flauta y
el bombo, y como si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnuda
uno mientras canta. Joshé creía que, cuando él se quitara la chaqueta y
el chaleco, toda la familia rompería a reir a carcajadas, pero fué todo
lo contrario, porque el señor Arizmendi, mirándole con ojos terribles,
le dijo:
--Bueno, Cacochipi: póngase usted el chaleco y no vuelva usted a
quitárselo delante de nosotros.
Joshé se quedó frío, y no precisamente por la falta del chaleco.
--A esta gente no les hace gracia nada--murmuró.
Un día, apareció a dar la lección con la cara pintada con varios lunares
y no hizo efecto; otro, ayudado por su discípulo, ató los cubiertos a la
mesa... y nada.
--¿Qué tal, Cracasch?--le preguntaba alguno en la calle--. ¿Cómo va la
familia de Arizmendi?
--¡Ah! Es una gente que nada le gusta.--contestaba él--. Se hacen cosas
bonitas para divertirles... y nada.
El día de Carnaval, Joshé Cracasch tuvo una idea de las suyas y fué
convencer a su discípulo para que sacara los trajes de su madre y de una
hermana. Se disfrazarían los dos y darían a la familia Arizmendi una
broma graciosísima.
--Ahora sí que se van a reir--decía Cacochipi en su interior.
El chico no se anduvo en retóricas y el domingo de Carnaval tomó los
mejores trajes que encontró y fué con ellos a la confitería. Maestro y
discípulo se pusieron las prendas femeninas, y armados de sendas
escobas, fueron a la puerta de la iglesia.
Al salir Arizmendi con su mujer y sus hijas de misa, Cacochipi y su
discípulo cayeron sobre ellos y les dieron un sin fin de apretones y de
golpes; Joshé recordó a Arizmendi que tenía dentadura postiza, a su
mujer que se ponía añadidos y a la hija mayor el novio con quien había
reñido, y después de otra porción de cosas igualmente oportunas se
marcharon las dos máscaras dando brincos.
Al día siguiente, cuando se presentó en casa de Arizmendi, pensó
Cracasch:
--Nada, van a felicitarme por la broma de ayer.
Entró y le pareció que todo el mundo estaba serio. De pronto, se le
acercó Arizmendi y con voz más que severa, iracunda, en un terrible _ab
irato_, le dijo:
--No vuelva usted a poner los pies en mi casa. ¡Imbécil! Si no fuera
usted un idiota, le echaría a puntapiés.
--Pero ¿por qué?--preguntó José.
--¿Y lo pregunta usted todavía, majadero? Cuando no se sabe portarse
como una persona, no se debe alternar con los demás. Yo creía que era
usted un estúpido, pero no tanto.
Cacochipi, por primera vez en su vida, se sintió ofendido. Se encerró en
su casa y empezó a pensar en la Celedonia, la segunda hija de Arizmendi
y en la voz suave y la _eloquendi suavitatem_ con que le saludaba por
las mañanas cuando le decía:
--Buenos días, Joshé.
Cacochipi se convenció de que, como le había dicho Arizmendi, era un
estúpido y de que además estaba enamorado. Estos dos convencimientos le
impulsaron a mudarse de traje, a cortarse el pelo, a ponerse una boina
nueva y a no permitir que nadie le llamara Cracasch.
--Oye, Cracasch--le decía alguno en la calle.
--¡Hombre! Creo que me has llamado Cracasch--decía él.
--Sí, ¿y qué?
--Que no quiero que me vuelvas a llamar así.
--Pero hombre, Cracasch...
--Toma--y Joshé empezaba a puñetazos y a golpes.
En poco tiempo Joshé borró su apodo de Cracasch. La Celedonia Arizmendi
había notado la transformación de Joshé y sabía la parte que en este
cambio le correspondía a ella. Joshé veía que la muchacha le miraba con
buenos ojos; pero era tan tímido que nunca se hubiera atrevido a decirle
nada.
Llevaban sus amores el camino de pasar a la historia sin llegar al
primer capítulo, cuando el hijo de un boticario se encargó de darles una
solución.
Quería burlarse de Joshé y escribió una carta de amor grotesca a la hija
de Arizmendi, firmando Joshé Cracasch.
La chica le envió la carta a Joshé diciéndole que se querían burlar de
él, pero que ella le estimaba y que pasara por delante de su casa y que
hablarían.
Joshé fué y vió a la muchacha y le dió las buenas tardes y no se le
ocurrió más; ella le preguntó si su madre, André Anthoni, estaba buena,
él la contestó que sí y entonces ella le dijo:
--Hasta mañana, Joshé.
--Adiós.
Cacochipi quedó como embobado; necesitaba respirar, tomar aire y salió
de Tolosa y tomó el camino de Anoeta y pasó Anoeta y luego Irura y cruzó
Villabona y fué andando, andando, hasta que se topó con la partida del
Cura, que iba a conquistar, _viribus et armís_, la gloria. Uno de la
partida le dió el alto y le hizo descender de las sublimidades
amatorio-musicales en que se hallaba sumido, presentándole el sencillo
dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros.
José Cacochipi, por muy aficionado que sea a la música, no ha querido
que solfeen sobre él y ya hace un mes que está en la partida.
Tal era la historia de Joshé Cracasch, que contó Dantchari, _el
Estudiante_, con algunos latinajos más de los que pone el autor.
CAPÍTULO V
CÓMO LA PARTIDA DEL CURA DETUVO LA DILIGENCIA CERCA DE ANDOAIN
Al tercer día de estar en la venta, la inacción era grande, y entre _el
Jabonero_ y Luschía acordaron detener aquella mañana la diligencia que
iba desde San Sebastián a Tolosa.
Se dispuso la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los más
lejanos irían, avisando cuando apareciera la diligencia y replegándose
junto a la venta.
Martín y Bautista se quedaron con el Cura y _el Jabonero_, porque el
cabecilla y su teniente no tenían bastante confianza en ellos.
A eso de las once de la mañana, avisaron la llegada del coche. Los
hombres que espiaban el paso fueron acercándose a la venta, ocultándose
por los lados del camino.
El coche iba casi lleno. El Cura, _el Jabonero_ y los siete u ocho
hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera.
Al acercarse el coche, el Cura levantó su garrote y gritó:
--¡Alto!
Anchusa y Luschía se agarraron a la cabezada de los caballos y el coche
se detuvo.
--_¡Arrayua!_ ¡El Cura!--exclamó el cochero en voz alta--. Nos hemos
fastidiado.
--Abajo todo el mundo--mandó el Cura.
Egozcue abrió la portezuela de la diligencia. Se oyó en el interior un
coro de exclamaciones y de gritos.
--Vaya. Bajen ustedes y no alboroten--dijo Egozcue con finura.
Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre
rubio, al parecer extranjero, y después saltó una muchacha morena, que
ayudó a bajar a una señora gruesa, de pelo blanco.