Carlos desfallecía de cólera. Martín le había impedido conquistar a la

Ignacia y deshonraba, además, a los Ohandos siendo el novio de su

hermana, hablando con ella de noche. Sobre todo, lo que más hería a

Carlos, aunque no lo quisiera reconocer, lo que más le mortificaba en el

fondo de su alma era la superioridad de Martín, que iba y venía sin

reconocer categorías, aspirando a todo y conquistándolo todo.

Aquel granuja de la calle era capaz de subir, de prosperar, de hacerse

rico, de casarse con su hermana y de considerar todo esto lógico,

natural... Era una desesperación.

Carlos hubiera gozado conquistando a la Ignacia, abandonándola luego,

paseándose desdeñosamente por delante de Martín; y Martín le ganaba la

partida sacando a la Ignacia de su alcance y enamorando a su hermana.

¡Un vagabundo, un ladrón, se la había jugado a él, a un hidalgo rico

heredero de una casa solariega! Y lo que era peor, ¡esto no sería más

que el principio, el comienzo de su carrera espléndida!

Carlos, mortificado por sus pensamientos, no prestó atención a lo que

hablaban; luego oyó un beso, y poco después las ramas de un árbol que se

movían.

Tras de esto, se vió bajar un hombre por el tronco de un árbol, se vió

que cruzaba la huerta, montaba sobre la tapia y desaparecía.

Se cerró la ventana del cuarto de Catalina, y en el mismo momento

Carlos se llevó la mano a la frente y pensó con rabia en la magnífica

ocasión perdida. ¡Qué soberbio instante para concluir con aquel hombre

que le estorbaba!

¡Un tiro a boca de jarro! Y ya aquella mala hierba no crecería más, no

ambicionaría más, no intentaría salir de su clase. Si lo mataba, todo el

mundo consideraría el suyo un caso de legítima defensa contra un

salteador, contra un ladrón.

Al día siguiente, Carlos buscó una escopeta de dos cañones de su padre,

la encontró, la limpió a escondidas y la cargó con perdigones loberos.

Estuvo vacilando en poner cartuchos con bala, pero como era difícil

hacer puntería de noche, optó por los perdigones gruesos.

Ni en aquella noche, ni en la siguiente, se presentó Martín, pero cuatro

días después Carlos lo sintió en la huerta. Todavía no había salido la

luna y esto salvó al salteador enamorado. Carlos impaciente, al oir el

ruido de las hojas, apuntó y disparó.

Al fogonazo, vió a Martín en el tronco del árbol y volvió a disparar.

Se oyó un chillido agudo de mujer y el golpe de un cuerpo en el suelo.

La madre de Carlos y las criadas, alarmadas salieron de sus cuartos

gritando, preguntando lo que era. Catalina, pálida como una muerta, no

podía hablar de emoción.

Doña Águeda, Carlos y las criadas salieron al jardín. Debajo del árbol,

en la tierra y sobre la hierba húmeda, se veían algunas gotas de sangre,

pero Martín había huído.

--No tenga usted cuidado, señorita--le dijo a Catalina una de las

criadas--. Martín ha podido escapar.

La señora de Ohando, que se enteró de lo ocurrido por su hijo, llamó en

su auxilio al cura don Félix para que le aconsejara.

Se intentó hacer comprender a Catalina el absurdo de su propósito, pero

la muchacha era tenaz y estaba dispuesta a no ceder.

--Martín ha venido a darme noticias de la Ignacia, y como saben que no

le quieren en la casa, por eso ha saltado la tapia.

Cuando Carlos supo que Martín estaba solamente herido en un brazo y que

se paseaba vendado por el pueblo siendo el héroe, se sintió furioso,

pero por si acaso, no se atrevió a salir a la calle.

Con el atentado, la hostilidad entre Carlos y Catalina, ya existente, se

acentuó de tal manera, que doña Águeda, para evitar agrias disputas,

envió de nuevo a Carlos a Oñate y ella se dedicó a vigilar a su hija.

LIBRO SEGUNDO

Andanzas y correrías

CAPÍTULO PRIMERO

EN EL QUE SE HABLA DE LOS PRELUDIOS DE LA ÚLTIMA GUERRA CARLISTA

Hay hombres para quienes la vida es de una facilidad extraordinaria. Son

algo así como una esfera que rueda por un plano inclinado, sin tropiezo,

sin dificultad alguna.

¿Es talento, es instinto o es suerte? Los propios interesados aseguran

ser instinto o talento, sus enemigos dicen casualidad, suerte, y esto es

más probable que lo otro, porque hay hombres excelentemente dispuestos

para la vida, inteligentes, enérgicos, fuertes y que sin embargo, no

hacen más que detenerse y tropezar en todo.

Un proverbio vasco dice: «El buen valor asusta a la mala suerte.» Y esto

es verdad a veces... cuando se tiene buena suerte.

Zalacaín era afortunado; todo lo que intentaba lo llevaba bien.

Negocios, contrabando, amores, juego...

Su ocupación principal era el comercio de caballos y de mulas que

compraba en Dax y pasaba de contrabando por los Alduides o por

Roncesvalles.

Tenía como socio a Capistun _el Americano_, hombre inteligentísimo, ya

de edad, a quien todo el mundo llamaba el americano, aunque se sabía que

era gascón. Su mote procedía de haber vivido en América mucho tiempo.

Bautista Urbide, antiguo panadero de la tahona de Archipe, formaba

muchas veces parte de las expediciones. Lo mismo Capistun que Martín,

tenían como punto de descanso el pueblo de Zaro, próximo a San Juan del

Pie del Puerto, donde vivía la Ignacia con Bautista.

Capistun y Martín conocían, como pocos, los puertos de Ibantelly y de

Atchuria, de Alcorrunz y de Larratecoeguia, toda la línea de Mugas de

Zugarramurdi. Habían recorrido muchas veces los caminos que hay entre

Meaca y Urdax, entre Izpegui y San Estéban de Baigorri, entre Biriatu y

Enderlaza, entre Elorrieta, la Banca y Berdáriz. En casi todos los

pueblos de la frontera vasco-navarra, desde Fuenterrabía hasta

Valcarlos, tenían algún agente para sus negocios de contrabando.

Conocían también, palmo a palmo, las veredas que van por las vertientes

del monte Larrun y no había misterios para ellos hacia el lado Este de

Navarra en esas praderas altas, metidas entre los bosques de Irati y de

Ori.

La vida de Capistun y Martín era accidentada y peligrosa. Para Martín,

la consigna del viejo Tellagorri era la norma de su vida. Cuando se

encontraba en una situación apurada, cercado por los carabineros, cuando

se perdía en el monte, en medio de la noche, cuando tenía que hacer un

esfuerzo sobre sí mismo, recordaba la actitud y la voz del viejo al

decir: ¡Firmes! ¡Siempre firmes! Y hacía lo necesario en aquel momento

con decisión.

Tenía Martín serenidad y calma. Sabía medir el peligro y ver la

situación real de las cosas sin exageraciones y sin alarmas. Para los

negocios y para la guerra el hombre necesita ser frío.

Martín comenzaba a impregnarse del liberalismo francés y a encontrar

atrasados y fanáticos a sus paisanos; pero, a pesar de esto, creía que

don Carlos, en el instante que iniciase la guerra, conseguiría la

victoria.

En casi todo el Mediodía de Francia se creía lo mismo.

El gobierno de la República, los subprefectos y demás funcionarios de la

frontera española dejaban pasar a los facciosos; y en los coches de

Elizondo, por los Alduides, por San Estéban de Baigorri, por Añoa,

viajaban los jefes carlistas, con sus uniformes é insignias de mando.

Martín y Capistun, además de mulas y de caballos, habían llevado a

diferentes puntos de Guipúzcoa y de Navarra, armas y materias

necesarias para la fabricación de pólvora, cartuchos y proyectiles, y

hasta llegaron a pasar por la frontera un cañón, de desecho de la guerra

franco-prusiana, vendido por el Estado francés.

Los comités carlistas funcionaban a la vista de todo el mundo.

Generalmente, Martín y Capistun se entendían con el de Bayona, pero

algunas veces tuvieron que relacionarse con el de Pau.

Muchas veces habían dejado en manos de jóvenes carlistas, disfrazados de

boyerizos, barricas llenas de armas. Los carlistas montaban las barricas

en un carro y se internaban en España.

--Es vino de la Rioja--solían decir en broma, al llegar a los pueblos

golpeando los toneles, y el alcalde y el secretario cómplices los

dejaban pasar.

También solían cargar en carros, que cubrían de tejas, plomo en

lingotes, que había de servir para fundir balas.

La alusión a la guerra próxima se notaba en una porción de indicios y

señales. Curas, alcaldes y _jaunchos_ [Nota: Jaunchos-caciques.] se

preparaban. Muchas veces, al cruzar un pueblo, se oía una voz aguda como

de Carnaval, que gritaba en vasco: ¿Noiz zuazté? (¿Cuándo os vais?) Lo

que quería decir: ¿Cuándo os echáis al campo?

Se cantaba también en Guipúzcoa una canción en vascuence, que aludía a

la guerra y que se llamaba Gu guerá (Nosotros somos). Era así:

UNA VOZ

Bigarren chandan

aditutzendet

ate joca _dan dan_.

Ale onduan

norbait dago ta

galdezazu nor dan.

(Por segunda vez oigo que están llamando a la puerta, _dan, dan_. Junto

a la puerta hay alguno. Pregunta quién es.)

VARIAS VOCES

Ta gu guerá

Ta gu guerá

gabiltzanac

gora berá

etorri nayean onera.

Ta gu guerá

Ta gu guerá

Quirlis Carlos

Carlos Quirlis

Ecarri nayean onerá.

(Nosotros somos, nosotros somos los que andamos de arriba a abajo

queriendo venir aquí. Nosotros somos, nosotros somos Quirlis Carlos,

Carlos Quirlis, queriéndole traer aquí.)

Y mientras en las provincias se organizaba y preparaba una guerra feroz

y sangrienta, en Madrid, políticos y oradores se dedicaban con fruición

a los bellos ejercicios de la retórica.

* * * * *

Un día de Mayo fueron Martín, Capistun y Bautista a Vera. La señora de

Ohando tenía una casa en el barrio de Alzate y había ido a pasar allí

una temporada.

Martín quería hablar con su novia, y Capistun y Bautista le acompañaron.

Salieron de Sara y marcharon por el monte a Alzate.

Martín contaba con una de las criadas de Ohando, partidaria suya, y ésta

le facilitaba el poder hablar con Catalina. Mientras Martín quedó en

Alzate, Capistun y Bautista entraron en Vera.

En aquel mismo momento, don Carlos de Borbón, el pretendiente, llegaba

rodeado de un Estado Mayor de generales carlistas y de algunos vendeanos

franceses.

Se leyó una alocución patriótica, y después don Carlos, repitiendo el

final de la alocución, exclamó:

--Hoy dos de Mayo. ¡Día de fiesta _nasional! ¡Abaco_ el _extranquero_!

El _extranquero_ era Amadeo de Saboya.

Capistun y Bautista anduvieron entre los grupos. Se decía que uno de

aquellos caballeros era Cathelineau, el descendiente del célebre general

vendeano; se señalaba también al conde de Barrot y a un marqués navarro.

Cuando llegó Martín a Vera se encontró la plaza llena de carlistas;

Bautista le dijo:

--La guerra ha empezado.

Martín se quedó pensativo.

Volvieron Martín, Capistun y Bautista a Francia. Bautista gritaba

irónicamente a cada paso:--_¡Abaco_ el _extranquero!_--Zalacaín pensaba

en el giro que tomaría aquella guerra así iniciada y en lo que podría

influir en sus amores con Catalina.

CAPÍTULO II

CÓMO MARTÍN, BAUTISTA Y CAPISTUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE

Una noche de invierno marchaban tres hombres con cuatro magníficas mulas

cargadas con grandes fardos. Salidos de Zaro por la tarde, se dirigían

hacia los altos del monte Larrun.

Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando

prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar.

Los tres hombres eran Martín Zalacaín, Capistun el gascón y Bautista

Urbide. Llevaban una partida de uniformes y de capotes.

El alijo iba consignado a Lesaca, en donde lo recogerían los carlistas.

Después de cenar en la borda, los tres hombres sacaron las mulas y

continuaron el viaje subiendo por el monte Larrun.

Era la noche fría, comenzaba a nevar. En los caminos y sendas, llenos

de lodo, se resbalaban los pies; a veces una mula entraba en un charco

hasta el vientre y a fuerza de fuerzas se lograba sacarla del aprieto.

Los animales llevaban mucho peso. Era preciso seguir el camino largo,

sin utilizar las veredas, y la marcha se hacía pesada. Al llegar a la

cumbre y al entrar en el puerto de Ibantelly, les sorprendió a los

viandantes una tempestad de viento y de nieve.

Se encontraban en la misma frontera. La nieve arreciaba; no era fácil

seguir adelante. Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras

quedaba Capistun con ellas, Martín y Bautista se echaron uno a un lado y

el otro al otro, para ver si encontraban cerca algún refugio, cabaña o

choza de pastor.

Zalacaín vió a pocos pasos una casucha de carabineros cerrada.

--¡Eup! ¡Eup!--gritó.

No contestó nadie.

Martín empujó la puerta, sujeta con un clavo, y entró dentro del chozo.

Inmediatamente corrió a dar parte a los amigos de su descubrimiento. Los

fardos que llevaban las mulas tenían mantas, y extendiéndolas y

sujetándolas por un extremo en la choza de los carabineros y por otro en

unas ramas, improvisaron un cobertizo para las caballerías.

Puestas en seguridad la carga y las mulas, entraron los tres en la casa

de los carabineros y encendieron una hermosa hoguera. Bautista fabricó

en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel

rincón.

Esperaron a que pasara el temporal y se dispusieron los tres a matar el

tiempo junto a la lumbre. Capistun llevaba una calabaza llena de

aguardiente de Armagnac y, mezclándolo con agua que calentaron, bebieron

los tres.

Luego, como era natural, hablaron de la guerra. El carlismo se extendía

y marchaba de triunfo en triunfo. En Cataluña y en el país vasco-navarro

iba haciendo progresos. La República española era una calamidad. Los

periódicos hablaban de asesinatos en Málaga, de incendios en Alcoy, de

soldados que desobedecían a los jefes y se negaban a batirse. Era una

vergüenza.

Los carlistas se apoderaban de una porción de pueblos abandonados por

los liberales. Habían entrado en Estella.

En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera española que en

la francesa, se sentía un gran entusiasmo por la causa del Pretendiente.

Capistun y Bautista señalaron sus conocidos alistados ya en la facción.

La mayoría eran mozos, pero no faltaban tampoco los viejos. Los fueron

citando.

Allá estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta; Tomás Albandos, de Añoa;

el herrero Lerrumburo, de Zaro; Echebarría, de Irisarri; Galparzasoro,

el alpargatero de Urruña; Mearuberry, el carnicero de Ostabat, Miguel

Larralde, el de Azcain; Carricaburo, el mozo de un caserío de Arhamus;

Chaubandidegui, el hijo del confitero de Azcarat; Peyrohade y

Lafourchette, los dos mozos del bazar de Hasparren.

--¡Valientes granujas!--murmuró Martín, que escuchaba.

Capistun y Bautista siguieron su enumeración. Estaban también

Bordagorri, el de Meharín; Achucarro, de Urdax; Etchehun, el versolari

de Chacxu; Gañecoechia, de Osses; Bishiño, de Azparrain, Listurria, de

Briscus; Rebenacq, de Pourtalés; el propietario de Saint Palais con el

barón Lesbas d'Armagnac, de Mauleon; Detchesarry, el sacristán de

Biriatu; Guibeleguieta, de Barcus; Iturbide, de Hendaya; Echemendi, el

minero de Articuza; Chocoa, el cantero de San Estéban de Baigorri;

Garraiz, el cazador de palomas de Echalar; Setoain, el leñador de

Esterensuby; Isuribere, el pastor de Urepel; y Chiquierdi, el de

Zugarramurdi.

Los vascos, siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo

viejo contra lo nuevo. Así habían peleado en la antigüedad contra el

romano, contra el godo, contra el árabe, contra el castellano, siempre a

favor de la costumbre vieja y en contra de la idea nueva.

Estos aldeanos y viejos hidalgos de Vasconia y de Navarra, esta

semiaristocracia campesina de las dos vertientes del Pirineo, creía en

aquel Borbón, vulgar extranjero y extranjerizado, y estaban dispuestos a

morir para satisfacer las ambiciones de un aventurero tan grotesco.

Los legitimistas franceses se lo figuraban como un nuevo Enrique IV; y

como de allí, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para

reinar en España y en Francia, soñaban con que Carlos VII triunfaría en

España, acabaría con la maldita República Francesa, daría fueros a

Navarra, que sería el centro del mundo y, además, restablecería el poder

político del Papa en Roma.

Zalacaín se sentía muy español y dijo que los franceses eran unos

cochinos, porque debían hacer la guerra en su tierra, si querían.

Capistun, como buen republicano, afirmó que la guerra en todas partes

era una barbaridad.

--Paz, paz es lo que se necesita--añadió el gascón--; paz para poder

trabajar y vivir.

--¡Ah, la paz!--replicó Martín contradiciéndole--; es mejor la guerra.

--No, no--repuso Capistun--. La guerra es la barbarie nada más.

Discutieron el asunto; el gascón, como más ilustrado, aducía mejores

argumentos, pero Bautista y Martín replicaban:

--Sí, todo eso es verdad, pero también es hermosa la guerra.

Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como

hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueño cándido y

heroico, infantil y brutal. Se veían los dos por los montes de Navarra y

de Guipúzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en

una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo,

escondiéndose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el

caserío enemigo...

¡Y qué alegrías! ¡Qué triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina

sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la

iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, cómo aparece, entre el verde

de las heredades, el campanario de la aldea donde se tiene el asilo;

defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas

que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen,

estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la

partida, marchando todos al compás del tambor...

¡Qué emociones debían de ser aquéllas! Y Bautista y Martín soñaban con

el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y

de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos

húmedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca...

--¡Barbarie! ¡Barbarie!--replicaba a todo esto el gascón.

--¡Que barbarie!--exclamó Martín--. ¿Se ha de estar siempre hecho un

esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra.

--¿Y por qué prefieres la guerra? Para robar.

--No hables, Capistun, que eres comerciante.

--¿Y qué?

--Que tú y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino,

o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.

--Si el comercio fuera un robo, no habría sociedad--repuso el gascón.

--¿Y qué?--dijo Martín.

--Que acabarían las ciudades.

--Para mí las ciudades están hechas por miserables y sirven para que las

saqueen los hombres fuertes--dijo Martín con violencia.

--Eso es ser enemigo de la Humanidad.

Martín se encogió de hombros.

Poco después de media noche, la nieve comenzó a cesar y Capistun dió la

orden de marcha. El cielo había quedado estrellado. Los pies se hundían

en la nieve y se sentía un silencio de muerte.

--_Cantats, amics_--dijo el gascón, a quien tanta tristeza y tanto

reposo imponían.

--No nos vayan a oir--advirtió Bautista.

--¡Ca!--y el gascón cantó:

¡Oan! ¡Oan! lus de deuan

lus de darrer que seguirán.

Lus de darrer oan, oan,

que seguirán a trot de can.

(¡Adelante! Adelante, los de delante y los de atrás que seguirán. Los de

atrás, adelante, adelante, que seguirán al trote de can!)

Era esta una vieja canción gascona para medir la marcha; muy buena para

el llano, pero poco oportuna en aquellos vericuetos.

Bautista, animado por el ejemplo del gascón, cantó un zortzico vasco

francés, que decía así:

Gau erdi da

errico orenean

iñon ez da

arguiric lurrean

ez diteque

mendian adi deuzic

aicearen

arrabotza baicic.

(Es media noche en el reloj del pueblo, en ninguna parte hay luz, en la

tierra; no se puede, en el monte, oir más que el rumor estruendoso del

viento.)

La canción de Bautista era de una salvaje melancolía; Martín lanzó un

grito, el _irrintzi_, como una larga carcajada, o un relincho salvaje

terminado en una risa burlona. Capistun, como protestando, cantó:

Del castelet a l'aube

sort Isabeu,

es blanquette sa raube

como la neu.

(Del castillete, al alba, sale Isabel; es blanquita su ropa como la

nieve.)

A Martín y a Bautista no les gustaban las canciones del gascón que les

parecían empalagosas, y a éste tampoco las de sus amigos, a las cuales

encontraba siniestras. Discutieron acerca de las excelencias de sus

respectivos países, pasando de los cantos populares a hablar de las

costumbres y de la riqueza.

Iba a amanecer; comenzaban a acercarse a Vera, cuando se oyeron a lo

lejos varios tiros.

--¿Qué pasa aquí?--se preguntaron.

Tras de un instante se volvieron a oir nuevos tiros y un lejano sonido

de campanas.

--Hay que ver lo que es.

Decidieron como más práctico que Capistun, con las cuatro mulas, se

volviera y se encaminara despacio hacia la choza de carabineros donde

habían pasado la noche. Si no ocurría nada en Vera, Bautista y Zalacaín

retornarían inmediatamente. Si en dos horas no estaban allá, Capistun

debía ganar la frontera y refugiarse en Francia: en Biriatu, en Zaro,

donde pudiese.

Las mulas volvieron de nuevo camino del puerto, y Zalacaín y su cuñado

comenzaron a bajar del monte en línea recta, saltando, deslizándose

sobre la nieve, a riesgo de despeñarse. Media hora después, entraban en

las calles de Alzate, cuyas puertas se veían cerradas.

Llamaron en una posada conocida. Tardaron en abrir, y al último el

posadero, amedrentado, se presentó en la puerta.

--¿Qué pasa?--preguntó Zalacaín.

--Que ha entrado en Vera otra vez la partida del Cura.

Bautista y Martín sabían la reputación del Cura y su enemistad con

algunos generales carlistas y convinieron en que era peligroso llevar el

alijo a Vera o a Lesaca, mientras anduvieran por allí las gentes del

ensotanado cabecilla.

--Vamos en seguida a darle el aviso a Capistun--dijo Bautista.

--Bueno, vete tú--repuso Martín--yo te alcanzo en seguida.

--¿Qué vas a hacer?

--Voy a ver si veo a Catalina.

--Yo te esperaré.

Catalina y su madre vivían en una magnífica casa de Alzate. Llamó

Martín en ella, y a la criada, que ya le conocía, la dijo:

--¿Está Catalina?

--Sí... Pasa.

Entró en la cocina. Era ésta grande y espaciosa y algo obscura.

Alrededor de la ancha campana de la chimenea colgaba una tela blanca

planchada, sujeta por clavos. Del centro de la campana bajaba una gruesa

cadena negra, en cuyo garfio final se enganchaba un caldero. A un lado

de la chimenea, había un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en

fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de

plata. En las paredes se veían cacerolas de cobre rojizo y lodos los

chismes de la cocina de la casa, desde las sartenes y cucharas de palo,

hasta el calentador, que también figuraba colgado en la pared como parte

integrante de la batería de cocina.

Aquel orden parecía algo absurdo y extraordinario, contrastado con la

agitación exterior.

La criada había subido la escalera y, tras de algún tiempo, bajó

Catalina envuelta en un mantón.

--¿Eres tú?--dijo sollozando.

--Sí, ¿qué pasa?

Catalina, llorando, contó que su madre estaba muy enferma, su hermano se

había ido con los carlistas y a ella querían meterla en un convento.

--¿A dónde te quieren llevar?

--No sé, todavía no se ha decidido.

--Cuando lo sepas, escríbeme.

--Sí, no tengas cuidado. Ahora vete, Martín, porque mi madre habrá oído

que estamos hablando y, como ha sentido los tiros hace poco, está muy

alarmada.

Efectivamente, se oyó poco después una voz débil que exclamaba:

--¡Catalina! ¡Catalina! ¿Con quién hablas?

Catalina tendió la mano a Martín, quien la estrechó en sus brazos. Ella

apoyó la cabeza en el hombro de su novio y, viendo que la volvían a

llamar subió la escalera. Zalacaín la contempló absorto y luego abrió la

puerta de la casa, la cerró despacio y, al encontrarse en la calle, se

vió con un espectáculo inesperado. Bautista discutía a gritos con tres

hombres armados, que no parecían tener para él muy buenas disposiciones.

--¿Qué pasa?--preguntó Martín.

Pasaba, sencillamente, que aquellos tres individuos eran de la partida

del Cura y habían presentado a Bautista Urbide este sencillo dilema:

«O formar parte de la partida o quedar prisionero y recibir además, de

propina, una tanda de palos.»

Martín iba a lanzarse a defender a su cuñado cuando vió que a un extremo

de la calle aparecían cinco o seis mozos armados. En el otro esperaban

diez o doce. Con su rápido instinto de comprender la situación, Martín

se dió cuenta de que no había más remedio que someterse y dijo a

Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad:

--¡Qué demonio, Bautista! ¿No querías tú entrar en una partida? ¿No

somos carlistas? Pues ahora estamos a tiempo.

Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero) · 第 3 / 10 段