galerías altas abiertas, sin puertas de cristales; ¿cómo se defenderían
del frío nuestros antepasados, preguntará alguien? Pues en nuestro
concepto con grandes braseros de azofar, de cobre ó de plata y con
enormes chimeneas, en cuyos hogares ardían cargas de leña. En ninguna de
las casas señoriales sevillanas se conservan ni aquéllos ni éstas. Han
desaparecido; sin embargo, hace años, vimos en la casa de los señores
Condes de la Mejorada, en calle Bustos Tavera, una chimenea, de sencilla
traza, adornada con yeserías de estilo renacimiento, y ésta, hay que
suponer que no sería la única que hubo en la ciudad.
Por todo lo que llevamos dicho, echará de ver el lector cómo se verificó
en Sevilla la fusión de los estilos gótico y sarraceno (ya unidos
estrechamente desde el siglo XIV) con el estilo importado de Italia, así
como también si compara las casas de aquella centuria con las de la
décimasexta se persuadirá que la transformación esencial se verificó en
las nuestras exteriormente, en sus fachadas, porque la traza general fué
casi la misma en ambas épocas y que su decoración tuvo que tomar un
nuevo aspecto, al recibir los modelos y motivos que nos fueron
importados de Italia, los cuales, tan hábilmente supieron combinar, no
sólo los maestros de albañilería, sino en general todos los artífices
andaluces. Si penetramos en cualquiera de los aposentos de aquellas
espléndidas moradas, observaremos á la primera ojeada la estrecha unión
del viejo con el nuevo estilo; pues, si en unos cautivan la vista las
yeserías y azulejos moriscos ó de tradición gótica y los techos de
alfarje ricamente pintados y dorados, en otros, todos estos pormenores
pertenecen al gusto italiano, observándose, frecuentemente, en las obras
de carpintería, como techos y puertas, que las trazas son moriscas y los
ornatos platerescos ó viceversa[113]. Los carpinteros de lo blanco eran
entonces tan hábiles para combinar el más complicado alfarje de 16 ó 18
lazos, como la más suntuosa techumbre de casetones cuadrados,
exagonales, ú octógonos, realzados de riquísimas molduras y valientes
florones, cuando nó con bustos y hasta cuerpos enteros de damas ó de
varones, ya en alto relieve, ya exentos por completo, ó bien con escudos
encerrados en elegantes láureas ó tarjas.
Las amplias escaleras ofrecían así mismo ricos techos semiesféricos ó de
artesón, ricamente pintados y dorados y zócalos de azulejería, la cual
empleábase también en las tabicas de los pirlanes y en los asientos
labrados de material que ocupaban en los descansos, los gruesos de
muros.
Para comprobación de cuanto dejamos dicho poseemos en Sevilla en primer
lugar nuestro regio Alcázar, en cuyas techumbres, yeserías, zócalos de
azulejos, portages etc. verá el lector estrechamente unidos los
elementos sarracenos con los cristianos, siguiendo luego en importancia
las Casas de «Pilato» y de Alba con las demás que antes enumeramos, en
alguna de las cuales predominan los motivos platerescos sobre los
mudéjares, como en la de los Pinelos, y en otras como las citadas,
entran estos en segundo lugar.
Fuera de Sevilla sí podemos citar un tipo de casa esencialmente
plateresco, bellísimo por cierto, y acreedor á una monografía, que por
lo menos nos conserve su memoria, pues, dado el relativo abandono en que
se encuentra, sinó desaparece, sufrirá las consecuencias de
restauraciones que la priven de su carácter primitivo adulterando sus
preciosos ornatos. Nos referimos á la casita del Sr. Capellán de la
iglesia del Santo Sepulcro, que forma parte de la monumental Colegiata
de Osuna.
Puede decirse que es una casa en miniatura, un pequeño modelo de
vivienda construido por un artista enamorado del estilo de renacimiento,
que bien merecía ser copiado por el inteligente y entusiasta arquitecto
de esta ciudad don Aníbal González, restaurador de las buenas
tradiciones del genuino arte sevillano.
Dicha construcción, data próximamente, de los primeros años de la
segunda mitad del siglo XVI.
¿Qué diremos por último del moblaje? No uno, sino muchos capítulos
serían precisos para dar una idea de los tesoros acumulados en las casas
sevillanas por sus opulentos dueños, de los cuales nos dan razón muy
minuciosa los inventarios de la época. Ya dijimos que pinturas, tapices
y guadameciles adornaban los muros; aplicándose también los unos y los
otros para los reposteros con que se cabrían las sillas, bancos y camas:
las antepuertas (cortinas) cojines y frontales de altar hacíanse también
de guadamecí.
Alfombras de Persia, del Cairo y de fábricas españolas, cubrían los
suelos, pescantes de hierro ó lámparas repujado con el mismo primor de
la plata, y también de este preciado metal, sostenían los cirios ó
vasos de cristal para aceite que daban luz á las estancias, y los
arcones hábilmente esculpidos en Flandes, en Italia ó de taracea
española y los retablos y oratorios (trípticos) debidos á los pinceles
de insignes maestros extranjeros ó nacionales ó de inapreciables
esmaltes, y los aparadores atestados de plata repujada y esmaltada y los
vidrios de Venecia y la loza dorada de Málaga, Valencia, Granada ó
Sevilla y los bufetes y escritorios italianos con maravillosas
incrustaciones, ó los de labor morisca y las talladas sillas con sus
asientos y espaldares de dorado cuero ó de terciopelo con sobrepuestos
adornos de seda, y las riquísimas armas y los retratos de tamaño natural
obras de celebrados pintores y las talladas estanterías destinadas á
custodiar libros «escritos de mano» ó impresos ú objetos raros y de gran
valor artístico, (monedas, camafeos, etc.) procedentes de las regiones
más apartadas, y las mesas ricamente esculpidas y cubiertas de tela de
brocado, de Florencia, de terciopelo, con pasamanos de oro ó de
guadamecí, ostentando los escudos de la Casa, que asimismo se veían en
ricos cofres de cuero con calados herrajes, y otros innumerables objetos
de tan singular valor intrínseco como artístico, contribuían
poderosamente al esplendor de aquellas artísticas moradas, en los
siglos XV y XVI.
Basta, pues, lo dicho para que aproximadamente se pueda formar juicio de
la riqueza que atesoraron las casas sevillanas en el siglo XVI, bien
distinta, ciertamente, de las contemporáneas. El espíritu de
destrucción, hijo de la ignorancia que ha dominado en todas las clases
sociales, y el ridículo culto rendido á las novedades extranjeras, trajo
consigo el menosprecio, por estos inapreciables objetos del moblaje que
eran vendidos ó trocados miserablemente. En cuanto á las casas, de una
parte la desvinculación, de otra el afán de modernizarlo todo que ha
dominado durante el siglo XIX, y que por desgracia sigue enseñoreándose
de las más importantes poblaciones andaluzas, ha producido, como era
natural, los más funestos resultados, al punto que nuestras casas
perdieron ya los originales y artísticos rasgos que las distinguían de
las del resto de Europa, y que hoy se consideren como raros los
ejemplares que nos restan de aquellas hermosas mansiones. Se ha
destruido por destruir, en muchos casos sin necesidad, por una salvaje
complacencia; se ha declarado implacable guerra á todo «lo viejo», a
título de supuestas necesidades, invocando mezquinos intereses, sin
reparar que lo que desaparecía era tan peculiar de nosotros, que no lo
había en parte ninguna, y que lo edificado, modernamente, entra de lleno
en el concepto de lo vulgarísimo, de lo insignificante. He aquí lo
conseguido, destruyóse lo inapreciable y en cambio ¿qué vale lo que se
ha creado? Casas para vecinos con trazas de cuarteles, viviendas de tres
ó cuatro pisos, sin patios, sin luz, sin aire, con proporciones de
castillejos, vanos distribuidos con infantil simetria, pobres adornos de
yeso de muy dudoso gusto, herrajes de tiritaña, muros y paramentos
lisos, y algunos mármoles blancos, azules ó rojos, aplicados á solerías
y zócalos.
En cuanto al interior, más antiartístico es, aun, el aspecto que ofrecen
nuestras casas modernas. Lisas paredes pintadas con medias tintas,
cielos rasos en los techos, sencillísimos portajes de pino, solerías de
cemento, de barros de colores ó de mármol y ... nada más. Con esto se
contentan las gentes y prefieren estas vulgaridades al señorial y bello
aspecto de las casas antiguas, que sin escrúpulo derriban, para
construir sobre ellas los menguados engendros del modernismo. Se ha
extraviado el gusto hasta lo inverosímil, precisamente hoy que tanto se
alardea de cultura, que la facilidad de comunicaciones con todos los
pueblos debía contribuir á que supiéramos apreciar el valor de lo que
nos legaron nuestros abuelos para estimarlo y conservarlo con el mayor
cariño ...
Justo es consignar, que, en los últimos años del siglo XIX comenzó á
realizarse un espléndido renacimiento del gusto antiguo, labrándose
opulentas mansiones, algunas de las cuales supera en riqueza decorativa
á las más famosas del siglo XVI; quede por consiguiente para el mañana
la mención de ellas, y tributemos un entusiasta aplauso á los señores
don Miguel y don Javier Sánchez Dalp, Marqués de la Motilla y de
Víllamarta, Condes de Aguiar y de Torralva, Sres. don Eduardo de Ibarra
y doña Regla Manjon, como restauradores de las gloriosas tradiciones
constructoras sevillanas, sin olvidarnos del señor don Pedro Zubiría,
que aun cuando ha preferido emplear en su casa el gusto francés moderno,
lo ha hecho tan suntuosamente, que dejando aparte exagerados
exclusivismos, debémosle reconocimiento los sevillanos por haber
contribuido al esplendor de esta ciudad, rompiendo los estrechos moldes
de rutinarios constructores.
Yantares
Ha sido achaque de todos los pueblos, de todas las personas en
particular y en todos los tiempos, ejercer los deberes de la
hospitalidad con la mayor bizarría y esplendidez, llegando á veces hasta
el sacrificio, y cuando la estrechez y la falta de recursos no han
permitido agasajar dignamente al huesped, lo mismo los pueblos que los
individuos, hasta han empeñado sus rentas, prefiriendo tales quebrantos
antes de no cumplir generosamente con las exigencias de tan noble
costumbre.
La historia de nuestra ciudad ofrece innumerables testimonios de su
esplendidez; ya cuando se trataba de recibir monarcas y personas
reales, ya en los convites que celebraba para solemnizar acontecimientos
gloriosos, ya al cumplir con los preceptos ineludibles de la
hospitalidad, si se trataba de extranjeros. En todos estos casos puede
decirse que no se paraba en barras y que fácilmente tiraba la casa por
la ventana, pues, fué siempre característico de la tierra el rumbo,
hasta llegar al derroche, al despilfarro que conduce á la ruina.
Sin embargo, las costumbres de todos los tiempos no han sido siempre las
mismas, y como aquéllas son las que dan la páuta á los hombres para
todos sus actos, hay que tener muy en cuenta cuáles fueron aquéllas, si
se ha de juzgar con acierto lo que nuestros pasados hicieron.
La sociedad española, en general, de los siglos XIV y XV fué una mezcla
de moderación y sobriedad por una parte y de esplendor y lujo en otras,
que no se compadecen, fácilmente, ambas tendencias.
Mientras que en las personas el vestir era ostentoso y cuanto al traje y
militares arreos se refería, llegaba á un grado de riqueza singular, en
cambio, contentábanse con una mesa sencilla, frugal, sin los arrequives
introducidos por el moderno refinamiento. Carnes, volatería y pescados
sazonados como hoy decimos, muy al natural, sin los mil compuestos
condimentos de la cocina moderna, legumbres y bastos, aunque apetitosos
dulces, vinos puros y generosos, frutas etc., eran los fundamentos por
decirlo, así de los yantares de aquellos sóbrios varones; y á medida que
los tiempos avanzaron fueron quilatándose los placeres de la mesa con
las finuras del paladar hasta los venturosos tiempos presentes en que la
«química» ha sustituido muchas principales sustancias alimenticias por
exquisitas drogas, falsificando aquellas con una sorprendente habilidad
en sus relaciones con la vista y con el paladar.
Refiriéndonos á tiempos, ya muy viejos, veamos como el espléndido
Concejo sevillano cumplió con los deberes de la hospitalidad y proveyó
al sustento de algunos calificados huéspedes.
En la noche del viernes 21 de Julio de 1402 entró en esta ciudad el moro
Helile mensajero del rey de Granada, acompañado de otros tres, pasando
en ella siete días mientras esperaba la respuesta que el corregidor
alguacil y regidores habían de darle de las cartas que trajo del dicho
rey granadino, que serían probablemente relativas á treguas. En su
virtud, la Ciudad disputo que su Mayordomo Juan Martínez, se hiciese
cargo de les gastos del hospedaje y éste dió la siguiente relación de
ellos á los Contadores del Concejo en esta forma:
«Viernes, en la noche 21 días de Julio año del nasçimiento de nro.
saluador ihu. xpo. de 1402, llegó á Seuilla dicho mensajero.
En este día les envié una fanega de cebada que costó 15 mrs.
Envieles dos pares de gallinas que costaron 24 mrs.
Envieles más pan e fruta e vino que costó 10 mrs.
Sábado 22 días del dho. mes de Julio les envié dos pares de gallinas que
costaron 24 mrs.
En este día les envié pan e melones, e fruta e vino que costó 15 mrs.
Domingo 23, les envié un par de gallinas que costaron 12 mrs.
En este día les envié pan, vino e fruta e melones que costaron 18 mrs. y
5 dineros.
* * * * *
Los restantes días fueron agasajados con las mismas vituallas. En los
días 25 y 26 de Julio se les dió además un cuarto de carnero, sin
olvidarse de la cebada para las cabalgaduras.
Según la cuenta del Mayordomo, todos los gastos del hospedaje montaron á
278 mrs. y 5 dineros, corta suma en verdad, que solo podemos
esplicarnos por la sobriedad de costumbres de la época, más bien que por
exigencia de la religión de los huéspedes, que, como se ha visto, no
tenían escrúpulos en «empinar el codo» á pesar de la prohibición
coránica.
En este mismo año, de 1402, el lunes 18 de Septiembre, llegó á Sevilla
un embajador del rey de benamarquín (¿Benimarín?) llamado Hadael melque
aben locay alcaide de Marruecos, que iba de paso para la corte
acompañado de otros cinco moros y tres cristianos, más un león que de
presente llevaban á los reyes. Cinco días posaron en Sevilla y durante
ellos las partidas de mantenimientos, son análogas á las del documento
anterior, aumentadas con las ollas que les enviaron para cocinar, y
además especias, carbon, ciruelas, paja y carne de vaca para el león.
Diez y ocho años después, del 1420, tenemos noticia de una comilona
cívico-religiosa que se relata bajo el epígrafe siguiente: «Estos son
los mrs. que yo pero ruyz (¿escribano?) del rey di e despendi por
mandado de Ruy peres desquivel e alfon fernández del marmolejo en la
yantar que ovieron los señores de sevilla en la cofradía que ordenaron a
onrra e rreuerencia de las virgenes santa yusta e santta rrofina en la
qual mandaron guisar de comer para quarenta personas». Veamos lo que
comieron y bebieron aquellos buenos señores:
80 pares de pollos á 4 mrs. el par.
21 par de pollas á 7 mrs. el par.
20 pares de gallinas á 8 mrs. el par.[114]
* * * * *
2 terneras 150 mrs.
40 piezas de vacas dos libras cada pieza.
40 mrs.
1 arroba de vino de villarreal que bebieron los señores cuando salieron
de las biesperas 15 mrs.
3 arrobas de vino de la sierra que bebieron todos «los otros»[115] que y
(allí) estaban 23 mrs.
Peras e cermenas (cermeñas) porque comieron quando salieron de las
dichas biesperas 17 mrs.
Costaron endrinas[116] para la yantar 3 mrs.
Costaron figos 20 mrs.
Costaron 200 peras para la yantar las 100 á 4 dineros cada una, 30 mrs.
las otras 100 a dos dineros cada una que son todas 50 mrs.
Costaron 150 limones 7 mrs.
Costo agraz e perejil e cebollas e ajos e oregano e vinagre para las
ollas e para echar la ternera en adobo 15 mrs.
Costo un ¿derraso? de manteca 3 mrs.
Costo arrope para las gallinas menudas 2 mrs.
Costo sal blanca para las masas para lo que fué menester 1 maravedís.
Costo arroz para el manjar blanco 6 mrs.[117]
Dos onças de açafrán, 24 maravedís.
Una onça de gengibre ¿6 dineros?
Dos onças de canela, 5 mrs.
Quatro onças de pimienta, 4 mrs.
Matalauua, ¿6 dineros?
Seis açumbres de leche, 6 mrs.
Mostaza, un mrs.
Vino blanco e bermejo de villarreal e de la sierra para la yantar 210
mrs.
Melones, 20 mrs.
Pan, 45 mrs.
Tocino para los pollos, 25 mrs.
Carbón para el manjar blanco, 6 maravedís.
Costaron de alquiler, 60 tajadores de madera[118] 30 mrs.
Costaron de alquiler de cuatro barras de fierro para asar la ternera 10
mrs.
Costaron de alquiler dos calderas de cofradía para asar la vaca e la
ternera con sus aparejos 10 mrs.
Costaron 60 haltamices blancos de barro 20 mrs.
Quarenta salseretas blancas 8 mrs.
Veyntiquatro picheles verdes para vino 13 mrs.
Veinte jarrillos para dar agua 4 mrs.
Dos jarras grandes bermejas para enfriar el vino 4 mrs.
Seis ollas grandes de tanjar 30 mrs.
Tres esteras de enea en que estendiesen la vianda.[119]
Costó agua dulce (¿hidromiel?) para cocinar e para el vino 6 mrs.
Costaron traer «dos cargas de enea para echar donde comieron»(2). 6 mrs.
Dí á los cocineros e a los once que ayudaron a esto 40 mrs.
Dí á los juglares 30 mrs.
Costaron las candelas blancas en que ovo 63 libras a 6 mrs. la libra «e
la quarentena con la maría» 6 mrs. y un dinero.»[120]
Lib. del Mayordomazgo mayor de 1420.
Conociendo un poco las costumbres de la época, puédese fácilmente
reconstituir el cuadro que formaron los Sres. del Concejo sevillano,
fundadores de la cofradía de Stas. Justa y Rufina, con los demás
cofrades invitados al yantar con que se festejaban y festejaban á las
Patronas de la Ciudad, que pecaba de sobrio, si lo comparamos con los
refinamientos y exquisiteces de la cocina moderna, pues, ya vemos que
los comensales se contentaron con pollos y gallinas, vaca, ternera,
manjar blanco, frutas, vinillo de villarreal y de la sierra,
suprimiendo, quizá por cara, la nieve, que ya entonces estaba muy en
uso, no obstante que esta comilona tuvo que efectuarse en un mes de los
estivales, á juzgar por las frutas que se sirvieron. Y sin embargo, no
tuvieron empacho en dar 30 maravedises á los juglares que amenizaron la
reunión con sus músicas y cantigas.
Parcos anduvieron también en materia de dulces, pues aparte del «arrope
para las gallinas» combinación verdaderamente diabólica, digestible solo
para aquellos estómagos, y del manjar blanco, ni siquiera endulzaron sus
paladares con alguna frutilla de sarten, bien enmelada, ó con finos
alfeñiques ó piezas de alaju.
Uno de los pormenores más curiosos de esta cuenta, es, sin duda, el de
las esteras de eneas que hicieron veces de manteles y las dos cargas del
mismo vegetal que debió servir de asiento á los comensales; costumbre
poco extraña á partir de los días de D. Alonso X, que siguieron monarcas
y particulares, tomándola de los sarracenos, y de la cual podrían
citarse muchos ejemplos.
* * * * *
Con ocasión de las bodas de Enrique IV, á 20 de Mayo de 1455 dió Sevilla
un mandamiento á su Mayordomo, en el cual leemos: «que por quanto el rey
nro. señor nos enbio mandar que sy plasiese e seruiçio le deseauamos
faserle enbiasemos para las bodas que su señoria agora auía de celebrar
en la çibdad de cordoua algunos perfumes e agua de azahar e pescado e
asymismo algunas enpanadillas de açucar e asymesmo enbiasemos ciertas
cargas de pescado». El Cabildo acordó en la fecha citada enviarlo todo,
ordenando que las empanadillas «fuesen las más nobles que se pudieran.»
He aquí la lista de todas las vituallas y demás cosas con que la Ciudad
agasajó á sus Reyes, aquellas más selectas y escogidas que las del
Yantar de los cofrades de Stas. Justa y Rufina.
«Seys tortas de açucar a 225 mrs. cada una 1350.
Diez caxas de diacitrón[121] a 110 mrs.
Cinco arrobas de dátiles a 200 mrs. 1000.
Mil e doscientas enpanadillas de açucar e doradas a 4 mrs y 1/2 5400.
Ocho mil panecillos con ciertos juegos de axedrez de perfumes 1200 mrs.
Dos arrouas de agua de azahar e otras dos arrouas de agua de rosada con
algalia e almisque 1000 mrs.
(Siguen dos partidas con el gasto de la hechura de unas cáxas).
Mil ostras 350 mrs.
Veynte dosenas de langostinos 80 mrs.
Seys berrugantes e tres coruinas 500 mrs.
Una banasta de sardinas 300 mrs.
Ochenta salmonetes 360 mrs. e más otros treynta que se pusieron en pan.
Una banasta de acedías 600 mrs.
Media palometa 50 mrs.
* * * * *
El costo total de lo servido montó á 16.065 mrs.
Fiestas y regocijos públicos
Dedicamos algunas páginas anteriores á la gran fiesta religiosa del
«Corpus Christi» y ahora vamos á tratar de otras profanas de que nos dan
noticia los documentos de nuestros Archivos, en los cuales se reflejan
las costumbres de los tiempos, viéndose por las notas que vamos á
consignar cómo se fueron modificando, hasta cambiar por completo, los
gustos, aficiones y tendencias populares.
Procesiones religiosas en muchos casos, juegos de cañas, justas y
torneos, corridas de toros y de sortijas, cucañas, fueron los
principales regocijos que despertaban el interés de todas las clases en
los siglos XV y XVI y con ellos se solemnizaban las visitas de Personas
Reales á la Ciudad, y sus natalicios, las buenas nuevas traidas por los
mensajeros, de nuestros triunfos obtenidos contra los sarracenos, así
como por las proclamaciones y bodas de los Reyes, por los días de Santas
Justa y Rufina, de Santiago, San Clemente, Santa María de Agosto, (que
así llamaban entonces á la Virgen de los Reyes), por las canonizaciones
ó beatificaciones de Santos, tomas de posesión de Asistentes y Regentes,
recibimiento de Prelados etc. Durante la guerra de Granada fué también
motivo de público regocijo, la entrada del Pendon Real de la Ciudad,
victorioso de las muchas gloriosas jornadas en que tomó parte, como se
juzgará por los datos que adelante consignamos.
Para las alegrías que en esta ciudad se hicieron por las bodas de Don
Juan II con Doña María de Aragón, en 1420 se lidiaron toros se hizo un
palenque para justar «ante la puerta del alcaçar do fasen el audiencia»
ó sea en el espacio que ocupa actualmente la Plaza del Triunfo, pues, el
lugar de las audiencias hallábase junto al arco de entrada al Patio de
Banderas.
Con gran júbilo recibió Sevilla la nueva del nacimiento de la infanta
Doña Catalina, hija de aquellos monarcas, y siguiendo la costumbre de
entonces, el Concejo dió 10000 mrs. de albricias á Doña Mencia Tellez
criada de la reina, acordando celebrar públicos regocijos, cuyo gasto se
especifica en la forma siguiente:
«por dos tablados que se pusieron el vno delante de las gradas (las de
la Catedral) y el otro a la puerta del Alcáçar 910 mrs.
por quatro arrobas de vino para los señores a 64 mrs. la arroba 256.
por otras quatro arrobas de vino blanco para la otra gente a 25 mrs.
100.
(suprimimos las partidas referentes á conducción de materiales).
por cincuenta libras de peros para los jugadores de las cañas e el
domingo en la tarde a 2 mrs. la libra 100.
por veinte libras de peros para los señores a dos mrs. la libra e otras
cuarenta libras para la otra gente a un maravedí 80.
por seis celemines de castañas a cinco mrs. el celemín 30 mrs. e por las
tortas 20 mrs. que son 50.
a cuatro carpinteros que fisieron las barreras a 30 mrs. cada vno e que
se gouernasen e más a 4 moros a 15 mrs. cada vno 180.
a sancho rruys carpintero[122] que fizo la barrera de los señores 20.
por la madera que se furtó de la barrera de los toros con alguna que se
tomó para adobar la puerta do estaban los toros etc. 216.
por seis toros que se lidiaron a la puerta del alcaçar 3000.
fecha del libramiento 22 noviembre de 1423».
Análogas fiestas de justas, toros y cañas se celebraron en 1425 por el
nacimiento de Enrique IV y de las cuentas del Mayordomazgo Mayor constan
los particulares siguientes:
«costaron 30 varas de justar[123] a 40 mrs. la vara 1200.
costaron 10 rroquetes e goçetes para las dhas. varas a 100 mrs. cada un
roquete e goçete que son 1000.
costaron 10 arandelas para las dichas varas a 60 mrs. cada vna que son
600.
costaron 10 agujas para las dichas varas 60 mrs».
que dió al ome que puso la tabla para la justa 100 mrs.
Siguen partidas de vino y de peras y termina con la siguiente, bien
extraña por cierto.
«costó vna libra de matahalua (sic) ¿matalahuga?».