todo su valor, hay que tener en cuenta, precisamente, las exigencias de
aquellas costumbres, el aspecto general de la edificación, la traza y
proporciones de sus calles; y contando ya con estos antecedentes y con
los datos que nos suministran los papeles viejos, podremos intentar, una
casi restauración de la antigua ciudad, á partir del siglo XIV, que
estimamos ha de aproximarse no poco á la verdad.
Reconquistada Sevilla en 1248, no hay que pensar que en un siglo hubiese
experimentado una, ni radical ni apreciable transformación; por oponerse
á ello circunstancias tan atendibles, como fueron las de haber
continuado morando en ella parte numerosisima del vecindario musulman
que prefirió la condición de mudejar al abandono de sus casas y
haciendas y al ejercicio de sus profesiones. El hecho del truhan Pajas
narrado en la Crónica de San Fernando, así lo confirma. Además, en
épocas de turbulencias, de inquietudes y de militares empresas, cuando
no podían gozarse todavía las ventajas de la paz, no era posible pensar
en la realización de obras públicas, que ni las costumbres exigían ni
los ciudadanos particularmente demandaban. La Sevilla de tiempos de Don
Alonso X tuvo que ser la misma, ofreció el mismo aspecto, que la de los
monarcas sucesores, hasta llegados los comienzos del siglo XVI.
¿Y cómo fue? Veámoslo.
Dentro del grandioso recinto de sus murallas, parecíase una red de
callejuelas estrechas, tortuosas y sombrias, que formaban verdadero
laberinto, en que abundaban los callejones sin salida, con alguna que
otra plazoleta á que decian «barreras,» (ejemplos las de Alvar Negro y
de los Marmolejos que ahora recordamos) las cuales formábanse delante de
las casas más principales para desahogo de estas.
Las casas, no tenían más que uno ó dos pisos sin balcones ni ventanas,
ni más huecos á la calle, que algunas estrechas aspilleras y
ventanillos, ó ajimeces, palabra, cuya significación no era entonces la
misma que se le dá hoy pues llamamos ajimez al vano gemelo, cuyos arcos
se apoyan en una columna central; y entonces, los antiguos nombraron así
á los vanos de cualquier forma, ocultos por un cierro, formado en sus
lados y frente por tupidas celosias de madera, con su tejaroz, apoyado
en canes de bastante vuelo, que proyectaban grandes sombríos batientes
en aquella especie de caja calada, tras de la cual podíase ver sin ser
visto, como actualmente existen en muchas ciudades orientales. Aparte de
estos pequeños respiraderos, abiertos al exterior, como hemos dicho, ni
el más insignificante detalle distraía los ojos en aquellos sucios ó
blanqueados paredones, que remataban en tejados con enormes aleros y en
su mayor número en azoteas. Confirma este concepto el hecho siguiente:
Cuando se recibió en Sevilla la nueva de la toma de Málaga, en Cabildo
celebrado á 24 de Agosto de 1487, dispuso la Ciudad la celebración de
grandes fiestas, y para conocimiento de los vecinos se mandó pregonar en
las Gradas y en las Plazas de San Francisco y de la Alfalfa, la parte
que á aquellos correspondía tomar en el público regocijo, diciendo así
el pregonero: «asymismo mandan (los señores del Concejo) questa noche e
mañana sábado en la noche todos los que pudiesen fagan fogueras y pongan
fachones encendidos por sus açoteas y ventanas y candelas encendidas a
sus puertas e fagan grandes alegrias por manera que se muestre el plazer
de la vitoria que dios ha dado al Rey nro. Señor y á toda la xpitiandad
lo cual todo fagan y cumplan sopena de dos mill mrs. á cada vno que lo
contrario fiziere.»
Nótese bien que para nada se habla de balcones. En cambio del pobre
aspecto, que imaginamos, las casas más humildes tenían entonces sus
desahogos de corrales, huertos y jardines, por encima de cuyas tapias
erguíanse balanceando sus elegantes ó melancólicas copas las palmeras y
los cipreses, ó bien embalsamaban el aire con el perfume de sus
azahares los naranjos y limoneros.
A raiz de la reconquista estableciéronse en Sevilla numerosas
comunidades monásticas de ambos sexos, muchas de ellas no tardaron en
construir sus casas y templos, y otras por lo pronto, adaptarían á sus
necesidades los edificios que los monarcas les donaran. Unos y otros
ofrecieron el mismo aspecto exterior que las edificaciones urbanas:
altos y desmantelados paredones: y cuando aumentaron sus necesidades y
adquirieron casas y edificios situados al opuesto lado de la calle, los
arquillos y pasadizos facilitaron el tránsito de una parte á la otra,
repitiéndose este caso frecuentemente aun entre los particulares. Así
pues, el aspecto de la población con la estrechez laberíntica de sus
calles, la pobreza exterior de sus casas y de tanto edificio religioso,
con los densos batientes que proyectaban los arquillos, y los volados
aleros y los ajimeces, debió ser lóbrego y triste, sobre todo, desde que
el crepúsculo de la tarde comenzaba á envolver la ciudad en las sombras
precursoras de la noche. En cuanto al tránsito por las calles, ya
entrada aquélla, corríanse serios riesgos, contando con los montones de
basura, con los grandes hoyos y con los cantos rodados que salían al
paso.
Así nos figuramos «mutatis mutandis» á la Sevilla de los siglos XIV y
XV, en cuanto al exterior de sus edificios, porque aquellas frías y
desmanteladas viviendas, interiormente no debían serlo. Algunos restos
que aun se conservan de casas de aquella época en Toledo y en Granada,
leves vestigios en las de Córdoba y Sevilla, y sobretodo, el
conocimiento general que nos ofrece la historia del arte, comprobado por
la lectura de los documentos de la época y el de las costumbres de
entonces, así como los caracteres generales que distinguieron á aquella
sociedad, mitad cristiana y mitad sarracena, nos dan la clave para
reconstituir también el interior de sus casas. El criterio que acerca de
este punto ha tiempo abrigábamos, vímoslo comprobado en una excursión
que hicimos á Tánger y á Tetuán.
Cuando dimos vista á ambas ciudades, cuando recorríamos aquellas sucias,
estrechas y terrizas callejas, cuando penetramos en algunas de sus
casas, á cada paso, á cada momento nos afirmábamos más y más en que lo
mismo que aquellas ciudades, debió ser la nuestra, hasta que el
renacimiento italiano comenzó á ejercer su influencia en la Península.
Tomando por base la estructura y disposición interior de las viviendas
africanas, y las mismas que ofrecen todavia las nuestras en las
ciudades andaluzas, y estudiando los vestigios que en éstas han podido
salvarse de la destrucción, no puede caber duda que unas y otras fueron
y son hermanas, pudiendo completar y restaurar las sevillanas con poco
temor de incurrir en graves errores.
Franqueadas las siempre pequeñas puertas de ingreso, que más bien
llamaríamos postigos, y el zaguán de dimensiones proporcionadas con el
resto de la vivienda, penetramos en el patio, constituido por galerías
altas y bajas con arcos inscritos en sendo arrabaes, bien de ojiva
tumida ó de medio punto peraltados, que volteaban, ora sobre pilares de
ladrillo agramilado ó de planta exagonal ú octogonal ora sobre fustes de
mármoles de distintos diámetros, y á veces, hasta de desigual altura;
diferencia que se salvaba, enterrando los fustes hasta dejarlos al nivel
del piso, pues, importaba poco á los constructores que tuviesen ó no
basas, así como que los capiteles correspondiesen á un mismo orden ó
estilo, porque aprovechaban todo material que se les ofrecía sin el
menor escrúpulo. Precisamente, en un monumento de la importancia de
nuestro Alcázar, hallamos numerosos ejemplos de estas libertades
constructivas.
Siguiendo el gusto sarraceno debió ser frecuente festonear los arcos con
adornos lobulados ó angrelados de yeso ó estuco así como los intradoses
y enjutas, todo ello labrado á lo «musayco» (que así llamaban á lo
morisco) en finas yeserías. Las maderas de las techumbres de estas
galerías bajas, lo mismo que las de las altas, serían de parihuelos
apoyados en un friso ó arrocabe pintado más ó menos ricamente, según el
lujo de los dueños y con dorados racimos estalactíticos en los ángulos
de los corredores. Ancho friso, también de yesería, con bellas
combinaciones geométricas, limitados en sus partes superior é inferior
con inscripciones africanas ó cúficas, rodearían las galerías por bajo
del arrocabe y análogo decorado serviría de marco ó arraba á los vanos
de las puertas y á los de las ventanas ó á los ajimeces que daban luz á
las «tarbeas» ó salas, las cuales, cuando tenían ciertas dimensiones,
llamábanlas «palacios.»
Si decoraron los zócalos de las citadas galerías bajas, hiciéronlo,
seguramente, con azulejos de mosáico, primer procedimiento con que se
manifestó esta parte tan bella, de la industria cerámica.
En cuanto á los suelos, puede afirmarse que emplearon peregrinas
combinaciones de ladrillos y azulejos, ya formando labores geométricas
de estrellería polícroma incrustada en aquellos, ya de los pequeños
ladrillos cuadrados, conocidos con el nombre de olambres ú olambrillas,
ya finalmente, de azulejos tan solo. En medio de los patios había tazas
de marmol muy estendidas y de poca altura, de la cual brotaba alegre
surtidor de agua. A veces el centro del patio estaba terrizo, en forma
de jardín, con sus bojes, mirtos y arrayanes, sus árboles frutales, sus
cipreses y palmeras, jazmínes y granados y en el verano la odorífera
albahaca.
El interior de las estancias nos lo figuramos decorado con zócalos de
azulejos, frisos de yeserías y techumbres de alfarje ó de policromadas
vigas y los muros blanqueados con cal, cubiertos de sargas, de
guadameciles ó de tapicerías, según la fortuna de los dueños.
En cuanto al portage, debió ser, ya de maderas taraceadas, ya con
clavazón de hierro ó ya con adornos pintados de vivos colores.[101]
Las galerías altas, generalmente, estaban formadas por pilares de madera
con grandes zapatas que recibían el tejado de gran vuelo, y con barandas
ó antepechos también de madera, de mármol ó de ladrillo, siendo muy
análoga la decoración de las salas altas con las de la planta baja.
Como ejemplos de los últimos podrían citarse los patios de Sta. María de
la Rábida y de San Isidoro del Campo.
He aqui á grandes rasgos, lector amigo, cómo he imaginado que serían las
buenas casas sevillanas durante el siglo XIV hasta llegar á las
postrimerías del XV; época en la cual, su aspecto exterior
especialmente, varió por completo, pues así lo exigían la transformación
de las costumbres y el radical cambio operado, lo mismo en las Bellas
Artes que en las industrias artísticas, por la avasalladora influencia
del Renacimiento italiano, que bien pronto hubo de dominar en el arte de
la construcción.
Las relaciones íntimas que desde hacía tiempo, sosteníanse entre
nuestra patria y aquella privilegiada región, cuna del arte, como
consecuencias de gloriosas conquistas realizadas por nuestros capitanes,
contribuyeron eficazmente á hacer extensivo dicho influjo, y así no es
de extrañar, que magnates tan calificados como los Duques de Arcos y de
Alcalá, los Marqueses de Ayamonte y de la Algaba, el Conde de Gelves,
Don Fernando Colón, y otros más que sería prolijo enumerar, aceptando de
buen grado dichas influencias, acudieran á artistas italianos, unos para
que les labrasen las ricas portadas, fuentes y columnas de sus casas,
otros sus sepulcros ó retablos para las capillas de que eran patronos, y
todos ellos para que decorasen á la manera italiana las estancias y
salones de sus palacios.
El gusto florentino, especialmente, se enseñoreó de nuestra ciudad, y
entonces aquellos pobres y desmantelados muros de las casas del siglo XV
fueron enriquecidos con monumentales portadas de marmol ó de piedra
franca, con sus cuerpos arquitectónicos, con sus heráldicos escudos
sostenidos por tenantes, con sus ricas pilastras y frontoncillos, y en
suma, con todos los variados y espléndidos ornatos que caracterizan el
llamado estilo plateresco.
En vez de mezquinos ventanillos con misteriosas celosias,
distribuyéronse en las fachadas proporcionados vanos para balcones y
ventanas, decorados con sendas pilastras y frontispicios arquillos con
sus robustos y cincelados barandales de hierro, apoyados en labradas
tornapuntas; las otras con magnificos herrajes enriquecidos con volutas
y tarjas, flameros, geniecillos y pirámides; y las reglas eurítmicas más
acomodadas á los principios del viejo clasicismo, aplicáronse á las
nuevas casas, prestándoles un aspecto tan majestuoso como rico.[102]
Cierto, que en este periodo no olvidamos los sevillanos las antiguas
tradiciones tan arraigadas entre nosotros; y sostenidas por tanto y
tanto artifice mudejar como vivía aún en Sevilla, descendientes de
aquellos «tornadizos» que si bien encubrían su nombre sarraceno bajo los
más vulgares, y á veces ilustres apellidos cristianos, sus primorosas
obras delataban á tiro de ballesta su origen muslímico; y así se
comprende, que, al mismo tiempo que nuestros arquitectos, (que entonces
se contentaban con ser llamados «maestros mayores de albañeria ó de
cantería)» aceptaban sin escrúpulo las nuevas enseñanzas, no tenían
empacho en que se manifestasen vivos los recuerdos del arte sarraceno,
de lo cual resultó un estilo tan artístico como original el único
verdaderamente genuino de Andalucía, que bien puede ser llamado «mudéjar
plateresco,» del cual poseemos inapreciables ejemplares en las
casas-palacios de los Duques de Alcalá, de Arcos, de Medina Sidonia y de
Alba en las de los Marqueses de Ayamonte y de la Algaba, del Conde de
Gelves, en las de los Jáureguis, Quirós, Arias de Saavedra, Marmolejos,
Pinelos, Vazquez de Leca, Levanto, Mañara y otros, todas las cuales
fueron suntuosas viviendas, en las cuales halla el curioso inequívocos
rasgos que acreditan la fusión de los elementos decorativos platerescos,
de filiación italiana, con los moriscos y ojivales, que de igual modo
que en las viviendas, desplegaron su risueña y peregrina pompa en las
edificaciones religiosas, en templos, monasterios y santuarios y ahí
tenemos la mayor parte de los salones de la planta alta de nuestro
regio Alcázar, edificados en los primeros tiempos del Emperador, que
acreditan nuestro aserto, ofreciéndonos techumbres de traza sarracena
con decoración plateresca de cuyo mismo gusto son los hermosos frisos de
yesería que corren alrededor de los muros.
En prueba de lo dicho acerca de las diferencias que hubo entre las casas
sevillanas del siglo XIV, y las del XVI véase lo que dice el historiador
Morgado, en el capítulo que lleva el siguiente epígrafe «Del nuevo
adorno exterior de las casas de Sevilla ... etc. Todos los vecinos de
Sevilla «labran ya las casas á la calle,» lo cual da mucho lustre á la
ciudad. Porque en tiempos pasados todo el edificar «era dentro del
cuerpo de las casas, sin curar de lo exterior según que hallaron á
Sevilla de tiempo de Moros. Mas ya en estos, hacen entretenimiento de
autoridad tanto ventanaje con rejas y gelosias de mil maneras que salen
á la calle.»
No puede ser más decisiva la confirmación que hace Morgado de los
conceptos que venimos sosteniendo, pero véase también como aun los
sevillanos no perdian la costumbre de las moriscas «gelosias».
En otro lugar de la misma obra añade: «Y assí no son las casas de
Sevilla tan altas como las de Castilla la Vieja, porque de ser la
ciudad tan húmeda y caliente, de industria las edifican sus moradores
algo bajas, á fin de que las entren mejor los aires y desta causa
abiertas y en Patios y Corredores. Lo cual también hacen por causa de
las humedades porque mejor puede el sol bañar todas las calles y casas,
que á no edificarse en esta forma, forzosamente fuera Sevilla de
invierno más húmeda y fría y de verano más calurosa. Y así son de ver
los admirables reparos para contra los calores, que hay en la mayor
parte de las casas desta gran ciudad, por sus muchos jardines, con sus
encañados revestidos de mil juguetes de jazmines, rosales, cidros y
naranjos, de industria apanados que como los mirtos forman también
grandes tablas y mesas muy llanas en todas las variedades de rosas y
flores que se dan en Sevilla todo el discurso del año ... Los patios de
las casas (que casi en todas las hay) tienen los suelos de ladrillos
raspados y entre la gente más curiosa de azulejos con sus pilares de
marmol etc.
Habla también Morgado de las fuentes de los patios con sus tazas de
mármol y jaspe; así como de las macetas de diferentes hierbas odoríferas
con que siempre fué costumbre adornarlos.
Al penetrar en algunas de las buenas casas sevillanas del siglo XVI,
pasado el gran zaguan empedrado que servía para apeadero de carrozas y
de caballos (ejemplo las casas de Alba, los Pinelos, Pilato etc.)
sorpréndennos las hermosas proporciones de sus patios principales, con
arquerías de medio punto peraltadas, sostenidas por columnas de marmol
blanco de iguales dimensiones, con sus basas y capiteles ya platerescos,
ya de los llamados sevillanos ó de moño, en su mayor parte procedentes
de Génova; siendo de advertir que las arquerías no las vemos arrancar
inmediatamente del ábaco del capitel sino que apoyan en un macizo de
material de forma cúbica, que suelen ostentar en cada uno de sus
frentes, sendos escudos de yeso ó de mármol, que aquí llamamos
sota-capiteles. Dichas arquerías se ven, por lo general, adornadas en
sus intradoses con yeserías, cuyos motivos, ó son de estilo de
renacimiento ó mudéjares, como así mismo, los recuadros (arrabaes) en
que cada uno de dichos arcos hállase inscrito. Zócalos de azulejos, no
ya de mosaico (aliceres) sino de cuenca, guarnecían los muros hasta una
altura conveniente, mientras que en la parte superior de los mismos
corrian los indispensables frisos de yeso platerescos ó moriscos, siendo
de advertir que en algunos de éstos, hechos ya á fines del siglo XVI,
las inscripciones, africanas, por lo general, no son más que
decorativas, sin valor fonético ninguno, prueba de que ya iban
perdiéndose las tradiciones sarracenas.
Bellísimos adornos, también de yeso, guarnecían los vanos de puertas y
ventanas: los primeros en forma de arrabáa, haciéndose extensivos á las
enjutas, en cuyos centros lucían escudos familiares ó áureas con cabezas
de damas y guerreros, mientras que en las segundas aparecen adornadas en
forma de marco.
En cuanto á los pavimentos de los corredores y centro del patio, eran de
ladrillos, combinados con olambrillas ó con cintas de azulejos formando
bellas lacerías, de las que se conservan preciosos restos en la Casa de
Alba. Las puertas de las salas, las de las ventanas ó de los ajimeces
eran de taracea, de talla moriscas ó pintadas: ejemplos de las primeras
en las casas de Pilato en la de Alba y en el Alcázar y de las segundas
en la sala de «Profundis» del Convento de Sta. Inés, de que más adelante
hablamos.
Los techos fueron de lacerias ó de parihuelos pintados por sus tres
caras, al claroscuro, con fantasías platerescas, combinadas con motivos
sarracenos; y en las tabicas los monogramas góticos de ihs xps. ó María.
Piñas ó racimos estalactíticos dorados completaban la decoración.
También fueron muy frecuentes los techos de azulejos llamados de
«ladrillo por tabla» ocupando los espacios de las viguerías en forma de
casetones. Por último, en los comienzos del siglo XVI se pintaron techos
planos al claroscuro, con dibujos de lacerías o con casetones de estilo
plateresco. Fuentes de mármoles ó revestidas de azulejos completaban la
artística decoración del patio.
El interior de las salas era muy análogo; techumbres mudéjares, frisos
de yeso, con cuyo material, ó estuco grabado, como se ve en la Alhambra,
decoraríanse las paredes, cuando no con guadameciles, sargas ó
tapicerías de Arras á que llamaban paños de «rrás,» introduciéndose en
esta época el adorno de los muros con variados asuntos «pintados al
fresco ó al temple» de los cuales se han descubierto restos en la casa
de Pilato, y acerca de cuya decoración creemos interesante consignar
algunos datos, por su curiosidad.
En 1511 el pintor Francisco Ximénez contrató con el Veinticuatro Juan de
Torres hacerle una obra, juntamente con su «escudero» (oficial) en el
patio de la casa de dicho señor, la cual sería pintada al temple «al
altura que va començando en vn cabo de portal por manera que sea
conforme á ello.»
Obligábase á «echar los colores finos por esta manera, quel verde que
pusiere en las fresas (¿frisos?) donde las armas vinieren e de otras que
se an de repartyr sin las armas sean todas metídas de su verde
cardenillo en blanco con su azeyte e barniz por manera que la primera
mano sea por ynprimadura e la otra mano sea más oscura e que sean
sacadas sus fojas e encima dada la otra mano en tras ¿floria? de
cardeníllo puro de manera que todas tres manos sean dadas con su azeyte
e barniz ...
Iten más el maestro pintor questa obra tomase meta todo el azul que en
el dicho patyo fuese menester assy en ataderos como en escudos como en
todo lo que fuese menester e sy algo en el patyo oviese que le diese el
agua meta de azul al fresco por manera quel agua no lo lleve e el azul
que sea bueno de cabeça fina.
Iten que meta los campos de la corona de su verde de a dos manos como
dho. es arriba e esto se entiende de dentro de los «golfines»[103] de
las macollas e asy mismo algunos campos del cuerpo açul en los lugares
que viere el maestro ques menester echarse.
Iten ... que pinte dentro de las fresas donde oviese escudos vnos lexos
buenos e de buen arte en que vaya cielo e tierra e agua e arboles é
verduras e ... otras cosas que se contienen para ellos.»
Por este documento vemos que 1511 había entrado ya de lleno el gusto
italiano en las casas sevillanas: ¿pues, á cual sino á este, pertenecen
las «armas» (escudos) rodeadas de sus «fresas,» que acaso llamarían así
á las guirnaldas circulares ó láureas, pintadas con verde cardenillo,
con sus hojas del mismo color y con los ataderos de los escudos, que no
eran otra cosa más que las elegantes cintas, que después de sujetar las
hojas volaban sobre el fondo general con los más caprichosos giros?[104]
Sebastián de Hojeda y Alonso de Salas obligáronse á pintar en las casas
de Melchor de Corníeles en 1553 lo siguiente:
«Primeramente el corredor que está á la entrada de la puerta con todo el
patio á la redonda con el portal que hace a la subida de la escalera de
dos varas con corona y todo de un alizer de figuras de «romano» y
haciendo vn repartimiento de un tablero de figuras de romano[105] y otro
de figuras de colores[106] muy buenas y subidas.»
Los corredores altos irían pintados conforme los bajos.
En los rincones (¿enjutas?) obligábanse á hacer unas medallas, en los
arranques de los arcos altos y bajos y en los desvanes y alficares[107]
de su romano bien hechas y de buena obra por dentro y fuera de los
arcos.
Pintarían también seis suelos (techos) de corredores altos y bajos de
artesones conforme a buena obra y subidos colores y los albedenes[108]
de las salas altas y bajas «que sean de sus albernaques[109] conforme a
buena obra y que se echen sus alizares que parescan azulejos.»
Pintarían la escalera de arriba abajo como lo del patio, todo al temple,
con huevo «porque queden fixas las colores» de manera que el agua ni
las pudiese dañar ó despintar.[110]
En esta obra trátase indudablemente de una decoración mudéjar
plateresca.
En 1551 Francisco Martínez y Alonso Hernández hicieron en compañia
cierta obra de pintura en casa de Alonso Medina, que consistió en una
dança «de arcos (arquería) alta e baxa de medallas,» esto es, adornada
con cabezas ó bustos de varón y de mujer,[111] motivos frecuentísimos en
todas las obras decorativas de la época.
Hiciéronse también extensivas las pinturas á los tableros de las
puertas[112] conservándose una bellísima muestra de este género en las
de la sala llamada de «Profundis» en el monasterio de Sta. Inés de esta
ciudad. Ofrecen los tableros exteriores, encerrados en sendas láureas,
los escudos de los Fernández Coronel é interiormente las imágenes de San
Francisco de Asís y de Sta. Clara, resaltando sobre primorosos y
elegantes adornos ojivales.
Las galerías altas de aquellas suntuosas viviendas hallábanse al
descubierto, y nuestros abuelos no reparaban en salir á los corredores
los días de invierno, desafiando las pulmonías.