Bonis, desesperado, abandonó aquellos hermosos valles de eterna verdura,

de frescas sombras y matices infinitos en la variedad de los accidentes

de colinas y vegas, en que serpenteaban claros ríos... «¡Divino!

¡Divino!... ¡Pero qué pillo es Lobato, y qué ladrones son todos estos

pastores!... En otra situación, sin estos cuidados y preocupaciones,

¡qué buenos días hubiera pasado yo en esta espesura, en que se mezcla el

rumor de las copas de los pinos con el del mar, del que parece un eco!».

Cabruñana era región ribereña, y parecían sus valles estrechos y de mil

figuras, de verde jugoso y oscuro en las laderas y en las planicies

pantanosas, cauces de antiguos ríos, abandonados por las aguas. Todos

aquellos cuetos y vericuetos, lomas y llanuras, por sus formas

violentas, por ejemplo, por los cortes de las laderas aterciopeladas,

semejantes en su caída a los acantilados de la costa, hacían pensar en

el fondo misterioso de los mares.

Terminada su inútil faena, sin más provecho que dejar sembradas

amenazas, de que nadie hizo caso, Reyes decidió a media tarde montar a

caballo para ir a pernoctar en la capital del concejo y del partido, a

dos leguas, por la carretera. Antes del anochecer, se proponía llegar a

Raíces, que estaba al paso, y detenerse media hora; ¿para qué? No sabía.

Para soñar, para sentir, para imaginarse tiempos remotos, a su manera;

para pensar a sus anchas, en la soledad, libre de Lobato, y Nepo y

Sebastián, en los Reyes que habían sido, y en los que eran, y en los que

habían de ser.

Raíces consistía en un lugar de veinte a treinta casas, diseminadas en

las frondosidades de una península abandonada por el agua, en las

marismas; cerca estaban las dunas, cuyos amarillos lomos de arena tenían

figura semejante a los vericuetos que rodeaban a Raíces; pero estos,

desde siglos y siglos, ostentaban el terciopelo de verde oscuro de sus

musgos y su césped, y las flores de los prados, iguales a las que se

encontraban tierra adentro, lejos de las brisas del mar. Era Raíces un

misterioso escondite verde, que inspiraba melancolía, austeridad, un

olvido del mundo, poético, resignado. Una colina cortada a pico, muy

alta, cuya ladera, casi vertical, mostraba, como si fuera la yedra de

una muralla ciclópea, pinos, castaños y robles, que trepaban cuesta

arriba cual si escalaran una fortaleza, escondía y humillaba a Raíces

por el Sur; el mar y las dunas le dejaban abierto a los vientos del

Norte y del Noroeste, y restos de un bosque le rodeaban por Oriente y

Occidente. Las viviendas, escasas y esparcidas por la espesura, eran,

las más, cabañas humildes, otras vetustos caserones de piedra oscura,

con armas sobre la puerta algunos.

Bonis llegó una hora antes del ocaso a una plazoleta que servía de

_quintana_ a varias casas de las más viejas, pero también de las de

aspecto más noble; carretas apoyadas sobre el pértigo, como dormidas,

entorpecían el paso; niños medio desnudos, sucios y andrajosos, sin nada

en su cuerpo donde pudiera ponerse un beso, más que los ojos de algunos

y las rubias guedejas de muy pocos, saltaban y corrían por aquella

corralada común, que era sin duda para ellos el universo mundo. Más

serios y a su negocio, hozaban algunos cerdos en el estiércol, que

escarbaban y picoteaban gallos y gallinas, mientras dos perros

dormitaban, acosados por miles de mosquitos.

--De aquí salieron los Reyes--pensó Bonifacio, que desde una calleja

vecina contemplaba el cuadro de paz suave y melancólica de aquella

miseria, aislada de las vanas grandezas del mundo--. Un grupo de castaños

y una pared de una huerta, le ocultaban a la vista de los chiquillos y

los perros, que, de notar su presencia, se hubieran alarmado. Echó pie a

tierra, ató el caballo al tronco de un castaño, y se sentó sobre el

césped para meditar a sus anchas.

Se acordó de Ulises volviendo a Ítaca... pero él no era Ulises, sino un

pobre retoño de remota generación.... El Ulises de Raíces, el Reyes que

había emigrado, no había vuelto... a él no podían reconocerle en el

lugar de que era oriundo. Y como había leído muchas veces la _Odisea_, y

recordaba sus episodios y los nombres de sus personajes, pensó Bonis:

«Los cerdos y los perros que encontró Ulises al volver a Ítaca, en la

mansión de Eumaios, allí estaban; pero Eumaios, el que guardaba los

cerdos de Ulises, no estaba; no le había. Como a Ulises, aquellos perros

le atacarían si le vieran; pero Eumaios, el fiel servidor, no acudiría

en su auxilio... ¡Qué habría sido de Ulises--Reyes! ¿Por qué habría

salido de allí? ¡Quién sabe! Tal vez esos chiquillos, que parecen hijos

del estiércol, como lombrices de tierra, son _parientes_ míos.... Son de mi

tribu acaso».

De pronto se dio una palmada en la frente. Los recuerdos clásicos le

habían hecho pensar en el pasaje en que Ulises es reconocido por

Eurycleia, su nodriza. Él no había tenido más Eurycleia que su madre,

que había muerto; pero Antonio, su hijo, necesitaba nodriza, y él había

olvidado que había venido a Cabruñana a buscarla. «¡Mejor aquí! Sí; no

me iré de Raíces sin buscar ama de cría para mi hijo. ¡Es una

inspiración! ¡Quién sabe! Tal vez se nutra con leche de su propia raza,

con sangre de su sangre...».

Y como había resuelto ser cada día más activo y menos soñador; hombre

práctico como los demás, como los que ganan dinero, para ganarlo también

por amor de su Antonio, dejó sus cavilaciones, se levantó, montó a

caballo, y por aquellas quintanas y callejas adelante, de puerta en

puerta, fue buscando lo que necesitaba, nodriza para casa de los padres,

y natural de Raíces, de donde eran oriundos los Reyes. Era aquella, por

fortuna, tierra clásica de amas de cría, de las más afamadas de la

provincia; y en tan pequeño vecindario, sin más que extender un poco sus

pesquisas por aquellos contornos, encontró Bonis dos buenas vacas de

leche de aspecto humano, porque en aquella región venía a ser una

especie de industria inmoral y de exportación el servicio que él

solicitaba. Quedó convenido que a la mañana siguiente, muy temprano,

Rosa y Pepa, que así se llamaban las que presentaban su candidatura al

honor de criar a Antonio Reyes, estarían en la capital del concejo,

dispuestas a montar en el coche en que las llevaría Bonifacio a la

ciudad, para que fueran registradas por el médico, y la de mejores

condiciones recibiera el _exequatur_ facultativo y el nombramiento oficial

de Emma.

Satisfecho de la diligencia y fortuna con que dejaba orillado este

negocio, Bonis se detuvo, al salir del lugar, en un recodo del camino

solitario, junto a un puente de madera que atravesaba el Raíces,

riachuelo poético, sinuoso, que a la sombra de árboles infinitos corría

al próximo Océano, sin gran prisa, seguro de llegar antes de la noche; y

eso que el sol ya se había escondido tras de las olas que bramaban a lo

lejos. Reyes, volviendo grupas, seguro de su soledad, inmóvil en medio

del camino, permaneció contemplando el rincón melancólico de que se

alejaba, como si allí dejara algo.

Nada concreto, nada plástico le hablaba ni podía hablarle de la relación

de su raza con aquel pacífico, humilde y poético lugar; y, sin embargo,

se veía atado a él por sutiles cadenas espirituales, de esas que se

hacen invisibles para el alma misma, desde el momento en que se quiere

probar su firmeza.

«Ni yo sé en qué siglo salieron los Reyes de aquí, ni lo que eran aquí,

ni cómo ni dónde vivían; ni siquiera de mi tatarabuelo, sin ir más

lejos, tengo noticias, a no ser muy vagas. Sólo sé que éramos nobles,

hace mucho, y que salimos de Raíces. ¡Oh! ¡Si yo conservase el libro

aquel de blasones de que tanto me hablaba mi madre, y que mi padre, al

parecer, despreciaba!... Como soy tan aprensivo... se me figura sentir

cierta simpatía por estos parajes.... Esta calma, este silencio, esta

verdura, esta pobreza resignada y tolerable... hasta la música del mar,

que ruge detrás de esos montes de arena... todo esto me parece algo mío,

semejante a mi corazón, a mi pensamiento, y semejante al carácter de mi

padre. Los Reyes... no debieron salir de aquí... no servían para el

mundo; bien se vio.... Yo, el último, ¿qué soy? Un miserable, un

ignorante, que no ha ganado en su vida una peseta, que sólo sabe gastar

las ajenas. Un soñador... que creyó algún día llegar a ser algo de

provecho a fuerza de sentir con fuerza cosas raras y de las que ni

siquiera se pueden explicar. ¡A esto vino a parar la raza!».

Cesó en su soliloquio, como para oír lo que el silencio de Raíces, a la

luz del crepúsculo, le decía.

Una campana, muy lejos, comenzó a tocar la oración de la tarde.

Bonis, a pesar de su dudosa ortodoxia, se quitó el sombrero. Y recordó

las palabras con que su madre empezaba el rezo vespertino: «El ángel del

Señor anunció a María...».

¡Oh! ¡También a él, el ángel del Señor sin duda, le había anunciado que

sería padre; también sus entrañas estaban llenas del amor de aquel hijo,

de aquel Antonio, en que él estaba ya pensando como se piensa en el amor

ausente, mandando miradas y deseos de volar del lado del horizonte tras

que se esconde lo que amamos! Una ternura infinita le invadió el alma.

Hasta el caballo, meditabundo, inmóvil, le pareció que comprendía y

respetaba su emoción. ¡Raíces! ¡Su hijo! ¡La fe! Su fe de ahora era su

hijo.

Lo pasado, muerte, corrupción, abdicación, errores... olvido. ¿Qué había

sido su propia existencia? Un fiasco, una bancarrota, cosa inútil; pero

todo lo que él no había sido podía serlo el hijo... lo que en él había

sido aspiración, virtualidad puramente sentimental, sería en el hijo

facultad efectiva, energía, hechos consumados.

¡Oh!, se lo decía el corazón.... Antonio sería algo bueno, la gloria de

los Reyes.... Y acaso, acaso, cuando se hiciera rico, ya conquistando una

gran posición política o escribiendo dramas, lo cual le halagaba más, o,

lo que sería el colmo de la dicha, como gran compositor de sinfonías y

de óperas, como un Mozart, como un Meyerbeer, él, su padre, ya viejo,

chocho, chocho por su hijo... le metería en la cabeza que _restaurase_ en

Raíces la casa de los Reyes...; y él, Bonis, vendría a morir allí... en

aquella paz, en aquella dulzura de aquel crepúsculo, entre ramas

rumorosas de árboles seculares, mecidas por una brisa musical y olorosa,

que se destacaban sobre el fondo violeta del cielo del horizonte, donde

el último aliento del día perezoso se disolvía en la noche.

«¡Oh! ¡En definitiva, en el mundo, no había nada serio más que la

poesía!...--pensó Bonis--. Pero eso para mi Antonio. Él será el poeta, el

músico, el gran hombre, el genio.... Yo, su padre. Yo a lo práctico, a lo

positivo, a ganar dinero, a evitar la ruina de los Varcárcel y a

restaurar la de los Reyes. Y ¡adiós, Raíces, hasta la vuelta! Me voy con

mi hijo; tal vez volvamos juntos».

Bonifacio, sacudiendo la cabeza, recobrando las riendas para sacar al

rocinante soñador de su letargo, siguió a trote su camino, sin volver

los ojos atrás, temeroso de sus ensueños, de sus locuras...; dispuesto

cada vez con más ahínco a sacrificar al porvenir de su hijo su

temperamento de bobalicón caviloso y sentimental.

Durmió en la villa cabeza del partido, y al ser de día montó en el coche

diario que iba a la capital de la provincia, en compañía de las dos

Eurycleias que había buscado en Raíces.

Al llegar a sus lares, se encontró la casa llena de gente, criados y

amigos en movimiento.

Doña Celestina, con vestido de raso negro y mantilla de casco fina,

estaba en medio de la sala con un bulto en los brazos, un montón de tela

blanca, bordada, de encajes y de cintas azules.

--¿Qué es esto?--dijo Bonis, que entraba con las nodrizas electas a

derecha e izquierda.

--Esto es--respondió la partera--que vamos a hacer cristiano a este judiazo

de su hijo de usted.

En efecto; Emma lo había decretado así. Cierto era que ella misma el día

anterior había dicho que no se le hablase de bautizo hasta que al

chiquillo le pasara la fluxión de los ojos; pero al despertar aquella

mañana y saber que Bonis, sin su permiso, dejándola con la calentura, se

había marchado a la aldea a enderezar entuertos, que nunca se le había

ocurrido enderezar, se había irritado, y por venganza y considerando que

el tiempo estaba templado, había dispuesto, en un decir Jesús, desde la

cama, dando órdenes como ella sabía, que el niño se bautizara aquella

misma tarde, para que el padre se lo encontrara todo hecho y rabiara un

poco.

Bonis no rabió. La solemnidad del momento no consentía malas pasiones.

Lo que hizo fue abrazar a su esposa, consiguiéndolo a duras penas.

Emma tenía poca calentura: estaba muy despejada; y ya sin miedo al

peligro del puerperio, aunque no había pasado, había decidido

engalanarse y engalanar su lecho.

Sacó el fondo de su armario de ropa blanca, que era un tesoro, y sus

amigas pudieron contemplar un mar de espuma, de nieve y crema, de hilo

fino espiritualizado de encajes de los más delicados. En medio de

aquella espuma aparecía, como un náufrago, el rostro demacrado,

amarillento, de Emma, que definitivamente había vuelto a desmoronarse en

ruina que no admitía ya restauraciones.

«Es una vieja», pensó Bonis resignado, sin amargura; pero triste por

amor de su hijo.

La Valcárcel aprobó el concurso de nodrizas ideado por su marido; el

cual no comprendió por qué Nepo, los Körner, Sebastián, las de Ferraz,

las de Silva, y otras amigas y amigos reían, a carcajadas unos, con

menos violencia otros, la ocurrencia de haber traído él consigo a Pepa y

Rosa, las robustas aldeanas de Raíces.

Sebastián y Marta, cada vez que recordaban la entrada triunfal de Bonis

en medio de las dos aldeanas de ubres ostentosas, se desternillaban de

risa.

Según Marta, aquello era demasiado, y ya no cabía disimulo. Había que

reír a mandíbula batiente.

Y se reían.

Bonifacio no comprendía; ni lo intentó apenas. ¿Qué le importaban a él

las risas necias de aquella gentuza, que le habían comido el pan de su

hijo, y que estaba dispuesto a arrojar de su casa?

La comitiva se puso en movimiento. Emma había decretado, y no había más

remedio que callar, que Sebastián fuese padrino y Marta madrina.

Se habían dado órdenes para que la ceremonia fuese de primera clase. El

baptisterio de la iglesia parroquial estaba cubierto de colgaduras de

raso carmesí con flecos dorados; la pila brillaba como un ascua de oro,

iluminada por grandes cirios.

Bonis, que había caminado solo, detrás de doña Celestina, cuidando de

que el pañuelo que cubría el rostro de Antonio, dormido, no se deslizara

al suelo, no había tenido tiempo, mientras iba por las calles, para

sentir la ternura grave y poética propia del caso; más bien recordaba

después haber experimentado así como un poco de sonrojo ante las miradas

curiosas y frías, casi insolentes y como algo burlonas, del público

indiferente y distraído. Pero al atravesar el umbral de la casa de Dios,

y detenerse entre la puerta y el cancel, y ver allá dentro, enfrente,

las luces del baptisterio, una emoción religiosa, dulcísima, empapada de

un misterio no exento de cierto terror vago, esfumada, ante la

incertidumbre del porvenir, le había dominado hasta hacerle olvidarse de

todos aquellos miserables que le rodeaban. Sólo veía a Dios y a su hijo.

Otras veces, viendo bautizar hijos ajenos, había pensado que era

ridículo aquello de echar los demonios del cuerpo, o cosa por el estilo,

a los inocentes angelillos que iban a recibir las aguas del bautismo.

Ahora no veía en nada de aquello lado alguno ridículo. ¡Oh, la Iglesia

era sabia! ¡Conocía el corazón humano y cuáles eran los momentos grandes

de la vida! ¡Era tan solemne el nacer, el tomar un nombre en la comedia

azarosa de la vida! ¡El bautizo hacía pensar en el porvenir, en una

síntesis misteriosa, de punzante curiosidad, de anhelante y temerosa

comezón de penetrar el porvenir! Aunque él, Bonis, no creía en varios

dogmas, ni menos en los prodigios de la Biblia, reconocía que la Iglesia

en aquellos trances parecía efectivamente una madre....

Sin repugnancia, y sin perjuicio de las reservas mentales necesarias, él

colocaba sobre el regazo de la Iglesia al hijo de sus entrañas. ¡Su

hijo, su Antonio; allí le tenía, carne de su carne, dormido, perdido

entre encajes; una mancha colorada destacándose en la blancura...!

A él ya no se parecería; pero a su padre, al procurador Reyes, sí; el

gesto de pena, la mueca de los labios, el entrecejo... todo aquello era

de su padre. ¡Ay! ¡Cómo se le metía por el alma, a borbotones, como

lágrimas de ternura que en vez de salir entrasen, el amor de aquel hijo,

de aquel ser débil, abandonado por los ángeles entre los hombres!, pero

ya no amor abstracto, metafísico; amor sin frases, amor nada retórico....

amor inefable, pero que satisfacía la conciencia y daba sanción absoluta

al juramento de constante y callado sacrificio. Vivir por él, para él.

«Yo nací para esto; para padre». Bonis sentía a la puerta de la iglesia,

esperando al capellán que iba a hacerle cristiano a Antonio, sentía la

gracia que Dios le enviaba en forma de vocación, clara, distinta, de

vocación de padre. «Sí--pensaba--; ya soy algo».

Después vio llegar a un cura rollizo, sonriente, cubierto de oro, como

el altar del baptisterio, con todo el aparato sagrado de acólitos,

cirios y cruces que reconoció que eran del caso. No se oponía él a nada,

todo estaba bien. Por más que estaba seguro de que su Antonio, aquel

inocente niño con cara triste, no tenía en el cuerpo diablo de ninguna

especie ni resentimiento personal alguno con la Iglesia, Bonis reconocía

el derecho de esta a tomar precauciones antes de admitir en su seno al

recién nacido. Hasta lo de no poder entrar en el templo su hijo antes de

cumplir los requisitos sacramentales, le parecía racional, si bien pensó

que el clero debía tener más cuidado con los _catecúmenos_, o lo que

fueran, de cierta edad, porque un aire colado, entre puertas, podía ser

fatal y matar un cristiano en flor.

--Doña Celestina--dijo Reyes con voz melosa, humilde, apenas perceptible,

con ánimo de que el señor cura y su acompañamiento no dieran una

interpretación heterodoxa a sus palabras--; doña Celestina, haga usted el

favor de arrimarse a este rincón, porque ahí está usted en la corriente.

--Déjeme usted a mí, D. Bonifacio.

El delegado del párroco empezó sus latines, que Bonifacio entendía a

medias.

Entendió que su hijo se llamaría decididamente Antonio, no recordaba qué

otra cosa, y Sebastián. Sebastián... ¿para qué? En fin, poco importaba.

Las de Ferraz miraban al niño y al cura con la boca abierta, y como

quien asiste a una farsa muy chusca; eran creyentes como cada cual, pero

en el mundo, para aquellas señoritas como panderetas, todo era una

_guasa_, asunto de broma y de castañuelas.

Allí no valía reírse, pero buenas ganas se les pasaba. Marta, madrina,

presenciaba la escena con cara de judío: pensaba en la superioridad de

sus ideas personales sobre la vulgar manera de entender la ceremonia que

presenciaban aquellas frívolas amiguitas.

De pronto, las palabras que rezaba el clérigo con un tono discreto,

suave, de un ritmo eclesiástico simpático, sugestivo, adquirieron

verdadero valor musical, como un recitado; porque allá dentro alguien le

soltaba los caños de sonidos al órgano, que llenó la solitaria iglesia

de resonancias, de chorros de notas juguetonas, frescas.

El nuevo cristiano atravesó el cancel, penetró en la iglesia precedido

del sacerdote, en brazos de Sebastián majestuoso. Llegó la comitiva al

baptisterio. Los amigos rodeaban a los padrinos; viejas, pobres y

chiquillos formaban corro, curioseando y en espera de la calderilla del

bateo. Para Bonis, que siguió a su hijo hasta la margen del Jordán de

mármol, todo tomó nueva vida, más intenso, armónico y poético sentido.

Era que la música le ayudaba a entender, a penetrar el significado hondo

de las cosas. El órgano, el órgano, le decía lo que él no acababa de

explicarse.

«Pues es claro; la Iglesia es un lince; ve largo; sabe ser madre».

Las notas del órgano, bajando a hacer cosquillas al recién nacido, al

que venía de los cielos del misterio, metiéndosele por las carnecitas

que dejaban al aire los dedos discretos y expertos de doña Celestina, al

descubrir la espalda de la criatura; las notas aladas y revoltosas, eran

angelillos que retozaban con su compañero humano, menos feliz que ellos,

pero no menos puro, no menos inocente.

Bonis sintió que el rostro de los más indiferentes, hasta el de los

pilluelos que esperaban la calderilla, tomaba expresión de interés, de

cierto enternecimiento. Las luces parecían cantar también al oscilar con

ritmo; brillaban más rojas; los dorados del cura y del baptisterio se

hicieron más intensos, más señoriles; los monaguillos, tiesos, solemnes,

daban indudable respetabilidad al acto. El órgano era el que se permitía

seguir riendo, jugueteando, pero legítimamente, porque representaba la

alegría celestial, la gracia de la inocencia.... Mas en el fondo de las

bromas poéticas y sagradas de aquella música de la iglesia, a Bonis, de

pronto, se le antojó ver una especie de desafío burlón un tanto irónico.

Vamos a ver, decía el órgano: ¿Qué guarda el porvenir? ¿Qué va a ser de

tu hijo? ¿Qué es la vida? ¿Importa vivir, o no importa? ¿Es todo juego?

¿Es todo un sueño? ¿Hay algo más que la apariencia?... Y la música, de

repente, la tomaba por otra parte sin lógica, sin formalidad; empezaba a

decir una cosa y acababa indicando otra.... Hasta que por fin Reyes notó

que el organista estaba tocando variaciones sobre la _Traviata_, ópera

entonces de moda. Bonifacio se acordó de la _Dama de las Camelias_, que

había leído, y de aquel Armando, que había amado hasta olvidar al suo

_vecchio_ genitor, como dicen en la ópera, y, en efecto, el órgano lo

estaba recordando:

«_Tu non sai quanto soffrì_!»

--¡Pobre de mí!--pensó Bonis--. El hijo puede ser un ingrato. Amará a una

mujer más que a mí ciertamente. Yo nací para que no me amen como yo

quisiera.... Pero no importa, no importa; esta es la ley. Nosotros a

ellos; ellos a los suyos o a las vanidades del mundo. ¡Cosa rara! ¿Por

qué no sonaría mal _La Traviata_ en la iglesia? Aquello debía ser una

profanación... y no lo era. Era que en _La Traviata_, bien o mal, había

amor y dolor, amor y muerte; es decir, toda la religión y toda la

vida... ¡Oh, cómo hablaba el órgano de los misterios del destino!...

Vuelta a la burla, vuelta a las preguntas irónicas: «¿Qué será de él?

¿Qué será de ti? ¿Qué será de todo?...».

--¿Quién toca el órgano?--preguntó Marta por lo bajo a Sebastián.

--Minghetti.

Padrino y madrina sonrieron, mirándose.

--¡Capricho de hombre!--dijo la alemana, consagrando al barítono un

recuerdo.

Bonis había oído la pregunta y la respuesta.

--«Tocaba Minghetti: ¡oh, bien se conocía que andaba allí arriba un

artista! Había sido una atención delicada.... Los artistas al fin son

poetas... ¡lástima que suelan ser además unos pillos! Él, Bonis, entre

la moral y el arte, en caso de incompatibilidad, se quedaría en adelante

con la moral. Por su hijo».

Ya era cristiano Antonio Diego Sebastián; doña Celestina le había tomado

de brazos del tío padrino, y sentada en la tarima de un confesionario,

junto a una capilla, rodeada de aquellos amigos y curiosos, se entendía

hábilmente con cintas y encajes para volver a sepultar bajo tanto

fárrago de lino el cuerpo débil, flaco, de la criatura.

Bonifacio se separó del grupo, y por el templo adelante se dirigió a la

sacristía, en pos del sacerdote y sus acólitos. También aquello era

solemne. Iba a dictar la inscripción del libro bautismal, a sentar la

base del estado civil de su hijo. Mientras Minghetti, por divertirse,

continuaba haciendo prodigios en el órgano, iba pensando Bonis por medio

del templo: «¡Quién sabe! Tal vez algún día sabios, eruditos, curiosos,

vengan en peregrinación a contemplar con cariño y respeto la página de

este libro de la parroquia en que yo voy a dictar ahora el nombre de mi

hijo, el de sus padres y abuelos, lugar de su naturaleza, etc.,

etcétera. ¡Abuelos! Mi pobre Antonio no tiene abuelos vivos; le faltará

ese amor, pero el mío los suplirá todos».

Al entrar en la sacristía, en una capilla lateral, sumida en la sombra,

vio una mujer sentada sobre la tarima, con la cabeza apoyada en el altar

de relieve churrigueresco.

--¡Serafina!

--¡Bonifacio!

--¿Qué haces aquí?

--¿Qué he de hacer? Rezar. Y tú, ¿a qué vienes?

--Vengo a inscribir a mi hijo, que acaba de bautizarse, en el libro

bautismal.

Serafina se puso en pie. Sonrió de un modo que asustó a Bonis, porque

nunca había visto en su amiga el gesto de crueldad, de malicia fría, que

acompañó a tal sonrisa.

--Conque... ¿tu hijo?... ¡Bah!

--¿Qué tienes, Serafina? ¿Cómo estás aquí?

--Estoy aquí... por no estar en casa; por huir del amo de la posada.

Estoy aquí... porque me voy haciendo beata. No es broma. O rezar, o....

una caja de fósforos. ¿Sabes? Mochi no vuelve. ¿Sabes? ¡He perdido la

voz! Sí; perdida por completo. El día que te escribí...; y que no me

contestaste; ya sabes, cuando te pedía aquellos reales para pagar la

fonda.... Bueno; pues aquel día... aquella noche... como había ofrecido

pagar, y no pagué... porque no contestaste..., tuve una batalla de

improperios con D. Carlos... ¡el infame!...

Su único hijo · 第 20 / 21 段