vergüenza.... Dos lágrimas, que debían de saber a vinagre, se le asomaron
a los ojos.
--El infame tuvo el valor de insultarme como a una mujer perdida...; me
amenazó con la justicia, con plantarme en el arroyo.... Yo eché a correr;
salí a la calle, como estaba, sin sombrero.... Pero volví. Porque lo
dejaba allí todo.... Mi equipaje, lo único que tengo en el mundo. No sé
qué cogí aquella noche, al relente, furiosa, por la calle húmeda... ¡Oh!
En fin, la voz, que ya andaba muy mal, se fue de repente.... Desde
aquella noche canto... como tu mujer. No salgo de la fonda... porque no
puedo pagar. D. Carlos me insulta unas veces... y otras me requiebra. Yo
no quiero amantes ni altos ni bajos..., porque no quiero..., porque todo
eso me da asco. Mochi no vuelve.... A mis últimas cartas ya no ha
contestado. Como tú. Sois unos caballeros. Se os pide cuatro cuartos
para no recibir insultos de un miserable..., y no contestáis.... No sé
dónde ir; en casa me espía mi acreedor, que quiere ser mi amante; en la
calle me persiguen necios, me aburre la curiosidad estúpida de la
gente.... No tengo dinero ni para escapar... ¿Para escapar adónde? Me
meto en la iglesia. Esto es mío, como de todos. Tú me enseñaste a sentir
así, a querer paz..., a soñar..., a desear imposibles.... Aquí estoy
tranquila..., y rezo a mi modo. No tengo fe, lo que se llama fe.... Pero
quisiera tenerla. Los santos, todos esos, aquel San Roque, este San
Sebastián con sus banderillas por todo el cuerpo..., aquel señor
obispo..., San Isidoro..., todos me van entendiendo. No tengo verdadera
religión..., pero por lo pronto... los amantes me dan asco... no quiero
amantes...; esperaré a ver si vuelve la voz..., o si vuelves tú. Mochi
es un mal hombre, un traidor, un miserable...; ya lo sabía, siempre lo
supe. Pero tú..., no creí que lo fueras también. Bonis, no me
abandones.... Yo... te quiero todavía..., más que antes, mucho más de
veras. Debo de estar enferma.... Me asusta el mundo..., el teatro me
horroriza..., el galanteo me espanta.... Quiero paz..., quiero sueño...,
quiero honradez...; no vivir de farsa... y tener pan que no deba a mi
cuerpo alquilado a un desconocido..., a no sé ahora quién. Tuya, sí. De
los demás, no. ¿Quieres?
Bonis, aunque poco formalista en materias religiosas, y a pesar de que
las palabras, y el tono, y las dos lágrimas de Serafina le habían
enternecido hasta lo inefable, pensó, ante todo, que estaban en la
iglesia y que no era el lugar nada a propósito para tal clase de tratos
y contratos.
Antes de contestar, miró hacia atrás, hacia el baptisterio, para ver si
alguien había reparado su encuentro con la cantante. La comitiva del
bautizo había desaparecido. Ni siquiera habían parado mientes en la
ausencia de Reyes. Tan insignificante era para todos. Minghetti, sin
embargo, seguía embelesado con sus travesuras armónicas en el órgano.
Tenía aquella manía: la de hacerse pesado, por broma, cuando se ponía a
tocar.
Bonis, con repugnancia por hablar de tales asuntos allí, en el templo,
pero compadecido hasta el fondo del alma, y, por otra parte, dispuesto a
no abdicar de su dignidad de padre de familia sin mancha, tapujos ni
relajamientos de costumbres, dijo con voz que procuró hacer cariñosa al
par que firme, y que le salió temblona, balbuciente y débil:
--Serafina..., yo a ti te debo toda la verdad.... Yo, en adelante, quiero
vivir para mi hijo.... Nuestros amores... eran ilícitos.... Debo a Dios un
gran bien, una gracia...: el tener un hijo.... Ofrecí el sacrificio de
mis pasiones por la felicidad de Antonio.... Además, estoy arruinado....
En el terreno de los intereses materiales... haré por ti... lo que
pueda...; ¡ya se ve!... Con ese D. Carlos, que es un judío... ya me
entenderé yo.... Pero estoy arruinado.... La voz..., tu voz... volverá...
Y aquí, al recordar la _voz_ que él había adorado, Bonis estuvo a punto de
llorar también.
Mas el rostro de Serafina volvió a asustarle. Aquella mujer tan hermosa,
que era la belleza con cara de bondad para Bonis... le pareció de
repente una culebra.... La vio mirarle con ojos de acero, con miradas
puntiagudas; le vio arrugar las comisuras de la boca de un modo que era
símbolo de crueldad infinita; le vio pasar por los labios rojos la punta
finísima de una lengua jugosa y muy aguda... y con el presentimiento de
una herida envenenada, esperó las palabras pausadas de la mujer que le
había hecho feliz hasta la locura.
La Gorgheggi dijo:
--Bonis, siempre fuiste un imbécil. Tu hijo... no es tu hijo.
--¡Serafina!
Y no pudo decir más el pobre Bonis. También él perdía la voz. Lo que
hizo fue apoyarse en el altar de la capilla oscura, para no caerse.
Como él no hablaba, Serafina tuvo valor para añadir:
--Pero, hombre; todo el mundo lo sabe... ¿No sabes tú de quién es tu
hijo?
--¡Mi hijo!... ¿De quién es mi hijo?
La Gorgheggi extendió un brazo y señaló a lo alto, hacia el coro:
--Del organista.
--¡Ah!--exclamó Bonis, como si hubiera sentido a su amada envenenarle la
boca al darle un beso....
Se separó del altar; se afirmó bien sobre los pies; sonrió como estaba
sonriendo San Sebastián, allí cerca, acribillado de flechas.
--Serafina..., te lo perdono..., porque a ti debo perdonártelo todo.... Mi
hijo es mi hijo. Eso que tú no tienes y buscas, lo tengo yo: tengo fe,
tengo fe en mi hijo. Sin esa fe no podría vivir. Estoy seguro, Serafina;
mi hijo... es mi hijo. ¡Oh, sí! ¡Dios mío! ¡Es mi hijo!... Pero... ¡como
puñalada, es buena! Si me lo dijera otro... ni lo creería, ni lo
sentiría. Me lo has dicho tú... y tampoco lo creo.... Yo no he tenido
tiempo de explicarte lo que ahora pasa por mí; lo que es esto de ser
padre.... Te perdono, pero me has hecho mucho daño. Cuando mañana te
arrepientas de tus palabras, acuérdate de esto que te digo: Bonifacio
Reyes cree firmemente que Antonio Reyes y Valcárcel es hijo suyo. Es su
único hijo. ¿Lo entiendes? ¡Su único hijo!
FIN