anciana de repente. Se apretó al cuello de su marido con la fuerza con
que ella se agarraba a la vida, y como quejándose, pero sin la voz agria
de otras veces, siguió diciendo:
--¡Coronado, Bonis, coronado, ¿sabes?, estuvo coronado!
--¡Claro, como que nació de cabeza!--gritó D. Venancio, que estaba al otro
lado del lecho, con los brazos remangados, con algunas manchas de sangre
en la camisa y en el levitón, sudando, muy semejante a un funcionario
del Matadero.
--¡Pero estuvo mucho tiempo coronado..., Bonis!
--Sí, siglos--dijo el médico.
--A ti no se te dijo; se te hizo marchar; pero hubo peligro, ¿verdad, D.
Venancio?
--Pero, hija mía, si acababa de acostarme....
--Sí; pero hace mucho tiempo que la cosa estaba próxima... estaba
coronado... y no se te decía por no asustarte... ¡hubo peligro!...
Y Emma lloraba, con algún rencor todavía contra el peligro pasado, pero
más enternecida por el placer de vivir, de haberse salvado, con el alma
llena de un sentimiento que debía ser de gratitud a Dios y no lo era,
porque ella no pensaba en Dios; pensaba en sí misma.
--Vaya, vaya, menos charla--gritó D. Venancio; y escondió con el embozo
los hombros de Emma.
--Y ahora, ¡cuidado con dormirse!
--No, hija mía, dormir, no; eso sí que sería peligroso--exclamó Bonis con
un escalofrío. La idea de la muerte de su mujer se le pasó por la
imaginación como un espanto. ¡Morir ella! ¡Quedar él sin madre! Y se
volvió a su hijo, que lloraba como un profeta.
¡Oh portento! En aquel instante vio en el rostro del recién nacido,
arrugado, sin gracia, lamentable, la viva imagen de su propio rostro,
según él lo había visto a veces en un espejo, de noche, cuando lloraba a
solas su humillación, su desventura. Se acordó de la noche que había
muerto su madre; él, al acostarse, desolado, se había visto en el espejo
de afeitarse, distraído, por hábito, para observar si tenía ojeras y la
lengua sucia, y había notado aquella expresión tragicómica, aquella cara
de mono asfixiándose, que era tan diferente de la que él _creía poner_ al
sentir tanto, de modo tan puro y poético. Aunque era de facciones
correctas, llorando se _ponía_ muy feo, muy ridículo, con un gesto
parecido al que daba a su cara la música más sentimental, interpretada
en la flauta de Valcárcel. Su hijo, su pobre hijo, lloraba así: feísimo,
risible y lamentable también. Pero... ¡era su retrato! Sí, lo era con
aquella expresión de asfixia. Después, al serenarse un poco, gracias a
un trago de agua azucarada, que debió de parecerle una inundación
agradable, hizo una mueca con boca y narices, que llevó a Bonis al
recuerdo del abuelo. «¡Oh, como mi padre! ¡Como yo en la sombra!».
Y al mismo tiempo que sentía como un descanso espiritual, y un orgullo
animal, de macho, el remordimiento de haber engendrado le punzaba con
los primeros dolores de la paternidad, que van formando, por aglomerados
de sobresaltos, penas extrañas, que lastiman como propias, la santa
caridad del amor a los hijos.
La conciencia le decía a Bonis: «Ya no volveré a estar alegre, sin
cuidados; pero ya no seré jamás infeliz del todo... si me vive el hijo».
El mundo adquiría de repente a sus ojos un sentido sólido, positivo; se
hacía él más de la tierra, menos de lo ideal, de los ensueños, de las
nostalgias celestiales; pero también la vida se hacía más seria; seria
de una manera nueva.
El niño seguía llorando, a pesar de que ya tenía un abrigo, unas
mantillas bordadas y muy limpias, que a Bonis le parecían impropias de
la solemnidad del momento y muy incómodas. «¡Oh, sí; se parecía a él
en... el gesto, en el modo de quejarse de la vida! Podrían no ver los
demás aquella semejanza; pero él estaba seguro de ella, como de una
contraseña. Era el hijo de sus entrañas, tal vez también de sus
cavilaciones y de sus _sensiblerías_, no sospechadas por el mundo, ni aun,
en rigor, por Serafina».
Algunas horas después, cuando había desaparecido de allí D. Venancio y
todo el aspecto de matanza, o por lo menos de cosa sucia que tenían
aquellos grandes lances vistos de cerca, Bonis consintió que Emma
volviera a hablar largo y tendido, y hasta intervinieron en la
conversación los parientes y amigos.
¡Qué de recuerdos evocaba la de Valcárcel! Pero todos eran de la línea
materna. Resucitaba en ella la antigua manía patronímica y gentilicia.
--¡Tío, tío! ¡Sebastián, Sebastián! A ver: ¿a quién se parece Antonio?
--¿Quién es Antonio?--preguntó Marta.
--Pues, hija, el amo de la casa: mi hijo. Se llama Antonio, para mis
adentros, desde el momento en que yo tuve cabeza para pensar en algo que
no fuese el peligro y el dolor.
--Pues se parece--dijo Sebastián--, al héroe de las Alpujarras... a su
tocayo don Antonio Diego Valcárcel y Merás, fundador de la noble casa de
los Valcárcel.
--Y que no lo digas en broma. Que traigan el retrato y se verá.--Y no hubo
más remedio. Entre dos criados y Sebastián descolgaron al ilustre abuelo
restaurado, y se le cotejó con el hijo de Bonis, que la madre sacó del
calor de su lecho. Unos encontraron el parecido, aunque remoto; otros lo
negaron entre carcajadas. Antonio lloraba, y Bonis le seguía viendo la
semejanza consigo mismo, según se había visto al espejo la noche en que
murió su madre; pero lo que a su juicio se acentuaba por horas era el
parecido con Reyes abuelo, con don Pedro Reyes, sobre todo en una arruga
de la frente, en las líneas de la nariz y en la mueca característica de
los labios.
Marta, sin motivo legítimo, estaba contrariada, y había puesto el gesto
de vinagre que a veces se le asomaba al rostro sin saberlo ella, y la
hacía más vieja y más fea; gesto que particularmente se le descubría
cuando envidiaba algo, cuando se sentía deslumbrada. Veía en el bautizo
el eclipse de su boda.
--A mí--dijo--, Antoñito no me recuerda ni el tipo Valcárcel, ni el tipo
Reyes. Parece extranjero. Chica, tú has soñado con algún príncipe ruso.
Las de Ferraz, que ya estaban allí, rieron la gracia, fingiendo no
encontrarle malicia.
Los demás callaron, sorprendidos ante la audacia.
Emma no vio el epigrama; Bonis tampoco.
Bonis vio que se seguía hablando de los Valcárcel, de si el niño se
parecería a su abuelo, si sería abogado, si sería jugador, como tantos
otros de su familia; se amontonaban los recuerdos del linaje, buenos y
malos. Nadie se acordaba de los Reyes pretéritos para nada.
Antonio seguía llorando, y a Bonifacio le faltaba poco.
«¡Su padre! ¡Su madre! ¡Si vivieran! ¡Si estuvieran allí!».
Bonis, en cuanto pudo, huyó del ruido. Dejó a los demás, ya que les
divertían, todas las solemnidades y quehaceres propios del caso.
Mientras el niño dormía y no se le permitía verle, y Emma, ya menos
nerviosa, pero más fatigada, con un poco de calentura, volvía a su
antiguo despego y lo echaba de su presencia en no necesitándole,
Bonifacio se recogía a la soledad de su alcoba, y en idea contemplaba al
hijo.
--¡Sí, hijo, sí!--se decía con el rostro hundido en la almohada--. Hijo
tenía que ser. Me lo decía la voz de Dios. Hijo. Mi único hijo....
Emma, durante todo el primer día, estuvo sentimental, excitada; su
marido creyó que la maternidad iba a transformarla, pero a la mañana
siguiente despertó con bastante calentura y nada tierna; cuando la
postración se lo consentía, rabiaba en la medida de sus fuerzas. Le
hablaron del puerperio, de sus peligros, y sintió nuevo terror. Se
llegaba a olvidar del chiquillo que tenía entre las sábanas, y no quería
enseñarlo a nadie, ni a su padre, por no revolverse ella y coger frío.
Bonis no podía ver a su hijo sino en las ocasiones solemnes de mudarlo
doña Celestina. De hora en hora lo cambiaba. Según se iba pareciendo más
a cualquier recién nacido, perdía aquella semejanza que consigo mismo le
había encontrado Bonis en el primer momento. Empezaba Reyes a
desorientarse. Además, tuvo que renunciar a llamarle Bonifacio o Pedro,
porque Emma desde luego empezó a exigir que se le llamara Antonio, aun
antes de bautizarle. Se le llamaría Antonio Diego Sebastián, porque
Sebastián iba a ser el padrino. Por todo pasó Bonifacio. No quería
disturbios todavía; podía hacerle daño a Emma cualquier disgusto. No,
ahora no. Todo lo aplazaba. ¿No estaba él decidido a ser muy enérgico?
¿No estaba decidido a salvar, si era tiempo, los intereses de su hijo, y
a darle el ejemplo de la propia dignidad? Pues no había para qué
precipitar las cosas. Tampoco quiso, por lo pronto, tener explicaciones
con Nepomuceno. Tiempo había. Sin embargo, las circunstancias le
obligaron a anticipar en este respecto su actitud enérgica. Ello fue que
de Cabruñana, concejo de la marina donde los Valcárcel tenían algunas
_caserías_, procedentes de bienes nacionales, llegaron malas noticias
respecto de cierto mayordomo de segundo orden, que allí hacía mangas y
capirotes de las rentas de Emma, perdonando anualidades atrasadas, o por
lo menos aplazando el cobro indefinidamente, colocando por su cuenta a
réditos el dinero cobrado; _en suma_, explotando en provecho propio los
bienes de sus amos. Nepomuceno no quería dar importancia a la denuncia.
Se trató el asunto a la hora de cenar, y cuando don Juan y el primo
convinieron en que se hiciera la vista gorda, con gran sorpresa de todos
los presentes, que eran aquellos Valcárcel y los Körner, Bonifacio, con
voz temblorosa, pero firme, aguda, chillona, pálido, y dando golpecitos
enérgicos, aunque contenidos, con el mango de un cuchillo sobre la mesa,
dijo:
--Pues yo veo la cosa de otra manera, y mañana mismo, ya que el bautizo
se retarda, porque no quiere Emma que el niño se constipe con este mal
tiempo, mañana mismo, aunque lo siento, tomo yo el coche de Cabruñana y
me voy a Pozas y a Sariego, y le ajusto las cuentas al señor de Lobato.
No quiero que se nos robe más tiempo.
Hubo un silencio solemne. Bonis no vaciló en compararlo al que precede a
la tempestad. Por de pronto, era el que trae consigo lo sorprendente, lo
inaudito. Comprendía Reyes que estaba allí solo, que los Valcárcel y sus
futuros afines los Körner se lo comerían de buen grado. No era que él no
estuviera azorado, casi espantado de su audacia; lo estaba. Pero ya se
sabía que un diligente padre de familia tiene que ser un héroe.
Empezaban los sacrificios, y bien que dolían; pero adelante. La seriedad
de la nueva lucha se conocía en eso, en el dolor.
Todos miraron a Bonis, y después a don Nepo, que era el llamado a
contestar.
Don Juan, que era sumamente moroso y tranquilo, había cambiado mucho con
las enseñanzas y excitaciones de Marta. Además, fiaba mucho de la
debilidad y de la ignorancia del enemigo. No se anduvo por las ramas. Se
fue derecho al bulto. Nada de eufemismos. Sólo en el tono de la voz,
sereno, reposado, había cierta lenidad.
--¿Eso de robaros, supongo que no lo dirás por mí?
Si las palabras de Bonis eran un guante, quedaba recogido con toda
arrogancia. Antes que contestara Reyes, don Nepo miró satisfecho a su
novia, que aprobó su valentía con la mirada.
En aquel momento Bonis, que no esperaba una batalla decisiva, un duelo a
muerte como aquel, se acordó con terror del anónimo de dos días antes,
que había olvidado en absoluto, por la gravedad de los acontecimientos.
--El purgatorio es esto--pensó--. Yo he pecado. Yo he dilapidado, yo he
_robado_ el caudal de mi hijo, y ahora estoy en el purgatorio, que es así,
hecho de lógica y ética, nada más que de lógica y ética.
--¡Por Dios, tío!--dijo pausadamente y procurando que en su voz hubiese
mesura y entereza--. ¡Por Dios, tío, cómo lo he de decir por usted! Lo
digo por Lobato, que es un gran ladrón.
--Un ladrón consentido por mí años y años, si hemos de creer lo que dice
Pepe de Pepa José, el denunciante quejoso.... Por lo visto, Lobato y yo
estamos de acuerdo para arruinaros a vosotros, para acabar con los
bienes de Cabruñana.
--Nadie dice eso, tío; nadie dice....
--Lo que yo digo, señor Reyes--y el señor don Juan Nepomuceno dio un
puñetazo, no muy fuerte, sobre la mesa--, es que tú no eres un hombre
práctico, y que te sienta mal el papel que quieres inaugurar al
estrenarte de padre de familia.
Una carcajada de Marta, seca, estridente, que quería ser una serie de
bofetadas, resonó en el comedor, con pasmo de sus mismos aliados. Todos
se miraron sorprendidos. Marta, con el rostro de culebra que se infla,
repitió la carcajada, mirando con cinismo a Bonis.
El cual miró también a su buena amiga sin comprender palabra de aquella
risa inoportuna.
Y prosiguió don Nepo:
--Un hombre práctico, de experiencia en los negocios, no exagera el celo
ni el recelo, ni cree en habladurías. Bueno sería que yo, v. gr., fuera
a creer lo que me decía un anónimo que recibí hace días, asegurándome
que tú habías cobrado dos mil duros de una restitución hecha bajo
secreto de confesión a la herencia de tu suegro.
--¡Todo lo que yo cobrase sería mío!--exclamó con voz clara, alta,
positivamente enérgica, el amo de la casa, poniéndose en pie, pero sin
dar puñadas sobre la mesa.
En pie se pusieron todos.
--¡Tuyo no es nada!--contestó el primo Sebastián, que adelantó un paso
hacia Bonis, ofreciendo a la consideración de los presentes su fornida
musculatura, su corpachón que parecía una fortaleza. Marta, sin pensar
en lo que hacía, le apoyó una mano sobre el hombro, como animándole al
combate. Se conoce que confiaba más en la pujanza del primo que en la
del tío, su futuro.
Bonis se veía metido en la _escena_ que había querido aplazar, antes de
tiempo, fuera de razón, torpemente.
--Señores, no hagamos ruido, que no hay para qué. Lo que yo no consiento
a nadie, y juro a Dios que no lo consentiré, es que se alborote ahora.
Lo primero es mi mujer, y si ella se entera de esto... puede haber una
desgracia... ¡y pobre del que la provocara!
Todos se sintieron sobrecogidos. Bonis parecía otro.
El mismo Sebastián, que era positivamente bravo y fuerte, y muy capaz de
arrojar por el balcón al _escribiente de su tío_, se achicó un tanto por
lo que él calificó de fuerza _moral_ de aquellas palabras, y de aquel
gesto y de aquel tono.
Todos comprendieron que el pobre Bonis estaba dispuesto a morder y
arañar para impedir que la salud de Emma peligrase.
--Sin ruido, sin ruido se puede discutir todo--dijo don Nepo, que quería
hacer hablar al _imbécil_ para ver por dónde desembuchaba y qué leyes le
había metido en la cabeza el abogadillo flamante.
--Sin ruido y sin apasionamiento--se atrevió a apuntar el respetable y
mofletudo Körner, que se creía en el caso de intervenir en sentido
conciliador.
--Es verdad--dijo Bonis--. La pasión no conduce a nada nunca, nunca....
--Justamente--prosiguió el alemán--. Y fácil les será a ustedes ver que
aquí, en rigor, no hay nada.... Ni Bonifacio desconfía del tío, ni el tío
de Bonifacio, ni nadie pone en tela de juicio su legítimo derecho.
--Cada cual tiene los suyos--objetó Nepo.
--Ciertamente; y no hay para qué hablar de eso ahora, cuando en último
caso no había de faltar quien nos dijera a cada cual el papel que le
tocaba representar.
Bonis volvió a crecerse.
La alusión a la justicia era clara. Don Nepo sintió una ola de cólera
subirle al rostro. Y recurrió a su venganza suprema. A contenerse y
jurarse que se la pagaría el miserable. Le azotó el rostro con la
intención, y ya desahogada la ira, que se gozaba con las futuras
crueldades de la venganza, pudo decir sereno y sonriente:
--En fin, Bonis, tienes razón; ya se ajustarán cuentas cuando Emma sane,
y se pueda ver con números, que tú has de procurar entender, ¿estamos?,
lo que habéis gastado vosotros, lo que he ahorrado yo..., y quién debe a
quién. Lo que te anuncio es que si seguís gastando como hasta aquí, la
quiebra es segura.... Estáis puede decirse que arruinados. Emma ha
gastado como una loca, y tú, tú no me lo negarás... le diste el
ejemplo... tú la arrastraste a esa vida imposible. Y todos sabemos por
qué.
--Todos--exclamó con solemnidad Sebastián, que había perseguido en vano a
la Gorgheggi, y todavía la solicitaba.
Bonis, que tenía aquella noche energía para luchar con los hombres, no
la tuvo para resistir a los hechos; los hechos eran terribles:
¡arruinados!, y ¡había empezado él!, y ¡hasta de lo que hubiera robado
el tío tenía él la culpa por haberle dejado! ¡Y su robo, sus robos, para
pagar trampas de una querida!
Tuvo que sentarse, pálido, sin contar con las piernas. El tío vio allí
de repente al Bonis de siempre, y se creció, pero sin arrogancia,
falsamente conciliador.
--¿Quieres ir a ver lo que hay en Cabruñana? Corriente; marcha mañana a
las ocho, que es la hora del coche. Ven a mi cuarto, y verás los libros
y las escrituras de allá... Todo, todo lo verás. Llevarás lo que
necesites, y procurarás enterarte, ¿estamos? Porque no has de
presentarte a Lobato llamándole ladrón y sin saber por qué se lo llamas.
Bonis, sin fuerzas ya para nada, siguió al tío maquinalmente, y detrás
de ellos se fue Körner. Marta y Sebastián quedaron solos en el comedor.
Körner, siempre fiel a su papel de rey Sobrino, iba como de asesor.
¡Buena falta le hacía a Bonis! Pasó en el cuarto del tío la vergüenza
que ya esperaba. Nepo, con redomada astucia, con intención felina, le
iba explicando todos los asuntos correspondientes a los bienes de
Cabruñana, con los términos del más riguroso tecnicismo del derecho
consuetudinario.
Bonis no tenía noción clara del contrato de arrendamiento. La palabra
foro le sonaba a griego; aparcería..., laudemio..., retracto..., y
después otras cien palabras del Derecho civil, más las propias del
_dialecto_ jurídico de aquella tierra, pasaron por sus oídos como sonidos
vanos. No se enteraba de nada. Comprendía vagamente que se le engañaba y
se le quería aturdir y humillar. Caía en mil contradicciones, en errores
sin cuento, al querer explicarse lo que le explicaban y al pretender
opinar algo por cuenta propia; Körner le ayudaba para poner más de
relieve su torpeza y su ignorancia.
--Pero, hombre, ¡yo que soy un extranjero..., y ya sé mejor que usted
todas estas costumbres del país... y las leyes de España!...
Al llegar a los números, Körner se escandalizó sinceramente. Bonis no
sabía dividir, y apenas multiplicar.
Para huir de aquel atolladero, humillado, corrido, lleno de vergüenza y
de remordimiento, Bonis quiso tratar cuestiones más importantes que no
fueran de aquel horrible pormenor oscuro, inextricable para él, pobre
flautista..., y llevó, por los cabellos, la discusión al asunto de las
fábricas.
Estaba excitado, su amor propio ofendido, y olvidando la prudencia,
abordó la delicada cuestión de las dos industrias, sin estar preparado,
a deshora. Eran las tres de la madrugada cuando Körner y Nepo, _heridos
en lo más hondo_, le exigieron que oyera la _historia completa_ de aquella
desastrosa especulación; necesitaban sincerarse, y pues él provocaba la
cuestión, allí estaban ellos para responder....
Y quieras que no quieras, Bonis tuvo que oír, y ver y palpar. Se le
pusieron delante libros de actas, presupuestos, pólizas, planos,
expedientes, una _selva oscura_ que le hizo perder la noción del tiempo y
la del espacio.... Se creía en el aire, en un aquelarre. Le zumbaban los
oídos. Mientras los otros le explicaban, gesticulando, lo que a él le
sonaba a griego, el sueño, la ira, el remordimiento le llenaban de
avisperos el cerebro.... Hubiera mordido, pateado y llorado de buena
gana. Se le cerraban los ojos, le ardían las orejas, se le doblaban las
piernas... «Había caído en un lazo por débil, por imbécil. Había entrado
allí solo, debiendo entrar con juez, escribano, abogado, peritos y una
pareja de la Guardia civil».
Después de dos horas de aturdimiento, de verdadera agonía, sólo tuvo
valor para tomar la puerta, seguido de los dos monstruos, que
continuaban explicándole por _a_ más _b_ la ruina de los Valcárcel en la
fábrica, la ruina de Antonio Reyes, de su único hijo. En el comedor, y
ya iban a dar las cinco, estaban todavía _esperándolos_ Marta y Sebastián,
medio dormidos, bostezando. Unieron sus argumentos uno y otro, como
queriendo ocupar la atención de Nepo y Körner, a los argumentos de
Körner y Nepo; y perseguido por aquella tremenda pesadilla, Bonifacio,
muerto de sueño, ebrio de cólera, de fiebre y cansancio, se declaró en
franca y acelerada fuga y se encerró en su cuarto, bien decidido, eso
sí, a salir para Cabruñana al ser de día, acompañado de los papeles que
el tío le había metido por los ojos. Marcharía sin despedirse de Emma,
sin ver a su hijo, para que no le faltase valor ni su mujer tuviera
tiempo de torcer aquella resolución irrevocable. «Yo no sé una palabra
de foros, ni de caserías a medias, ni de aparcerías, ni de números, ni
de fábricas; pero he de tener voluntad en adelante; y he dicho que iría
mañana, y primero falta el sol. Iré. La calentura de Emma no es
extraordinaria; ya cede; Antonio queda sin novedad; voy a Cabruñana, le
pongo las peras a cuarto a Lobato..., y me vuelvo pasado mañana con dos
o tres nodrizas, a escoger, que por ahí las hay buenas. Emma no querrá,
y en rigor no puede criar. Le criaremos nosotros, el ama y yo. Así como
así, cuanto menos sangre de Valcárcel, mejor».
Bonis no pudo dormir; estuvo mezclando, con mil visiones de pesadilla,
despierto y todo, sus remordimientos de antaño, sus iras y vergüenzas de
ahora, sus propósitos de energía futura y sus esperanzas de padre. La
actividad era cosa terrible; era mucho más agradable pensar, imaginar....
Pero un padre tenía que ser diligente, práctico, positivo... y él lo
sería; por Antonio, por su Antonio.... Pero por lo pronto, la bilis, la
vergüenza de su ignorancia de las cosas que sabían todos en casa, menos
él, todo aquel barullo de pasiones bajas, vulgares, pedestres, le
quitaban el gusto a su dicha presente, a la felicidad de ser padre.
Cuando todos dormían y el sol llevaba andada alguna parte de su carrera,
Reyes salió de casa, con sus papeles en un saco de noche; tomó la
diligencia de Cabruñana, y antes del medio día ya estaba disputando con
Lobato en medio de un prado, frente a unos robles que el mayordomo había
consentido derribar a un casero, porque, según malas lenguas, los dos
iban ganando. Lobato, un ex cabecilla carlista, era un lobo mestizo de
zorro; hablaba con dificultad, leía deletreando y escribía de modo que,
en caso de convenirle, podía negar que aquello fueran letras... y él era
dueño de la comarca por la política, por la usura y por las trampas a
que obligaba a los jueces de paz y a los pedáneos su influencia
personal. Nepomuceno le había escogido porque con media palabra se
habían entendido, y también porque sólo un hombre como Lobato, que era
el terror del concejo, podía cobrar las rentas de aquellos _caseros_, que
solían recibir a pedradas y a tiros a los comisionados de apremios, a
los alguaciles y a los mayordomos. Lobato, si viajaba de noche, cruzaba
a escape ciertos parajes frondosos y oscuros, en que estaba seguro de
encontrar asechanzas de aquellos aldeanos, que a la luz del sol
temblaban en su presencia. En una ocasión, después de cobrar en juicio a
un casero que debía tres años, recibió, al atravesar un bosque, tal
pedrada, que llegó a su casa sin sentido, agarrado a la crin del
caballo. ¡Y a un hombre así venía a pedirle cuartos un mequetrefe, aquel
señorito bobo, de que nunca le había hablado más que con desprecio el
Sr. D. Juan Nepomuceno! Con fingida humildad, Lobato se burló de su amo;
haciéndose el tonto, el ignorante, le hizo ver que él, Bonis, era el que
no sabía lo que traía entre manos. Los caseros se reían también del amo,
con sorna que no podía tachar de irrespetuosa. Se rascaban la cabeza,
sonreían y se aferraban a la idea de no pagar mejor que hasta la fecha.