_catástrofe_ que horrorizaba a la Valcárcel, y en opinión de don Basilio
se debía estar preparado a tenerla encima de un momento a otro, Reyes se
encontró en el portal de su casa, al salir, con el cartero. No traía más
que una carta.
--Para usted es, señorito--dijo el hombre con voz solemne, como dando gran
importancia a lo extraordinario del caso.
--¡Para mí!--Bonis se apoderó del papel como de una presa, como si se lo
disputaran; miró azorado a la escalera y hacia la calle temiendo que
aparecieran testigos; y cuando ya el cartero tomaba la puerta, le dijo
asustado, temblando ante el temor de que no se le hubiera ocurrido
llamarle:
--Oiga usted, cartero.... El cuarto, el cuarto, hombre.
--No, señorito; no es puñalada de pícaro; otro día cobraré.
--No, no; si tengo yo. Tome usted. Las cuentas claras. Tome usted.--Y le
entregó una pieza de dos cuartos.
--Sobra uno, señorito; queda en cuenta, ¿eh?, para mañana. Ya que usted
es tan puntual, yo también....
--¡No, no!, de ninguna manera. Quédese usted con el otro o delo a un
pobre.
El cartero se fue riendo.
--Riéndose va de mí--pensó Bonis--; ¡creerá que he querido comprar su
silencio con dos maravedís!
No había leído el sobre de la carta, que guardó azorado en el bolsillo.
Pero no necesitaba leer nada. Estaba seguro; era de Serafina. En efecto;
en el café de la Oliva leyó aquel pliego, en que la Gorgheggi se le
quejaba como una Dido muy versada en el estilo epistolar. ¡Qué
elocuencia en los reproches! Toda aquella prosa le llegó al alma. Se
quejaba de su largo silencio; sabía, por las cartas de Emma, que él,
Bonis, ya no leía las suyas, las de su _querida_ Serafina. Por eso sin
duda no la había ofrecido ni un consuelo en la terrible situación a que
había llegado. Tal vez él no creía en tal penuria; tal vez, como un
miserable, pensaba que ella podía entregarse a cierta clase de
aventuras, que le facilitarían suficientes medios para vivir en la
abundancia. Pues, no, no. Creyéralo o no, ella no podía dejar de volver
los ojos a la vida tranquila, serena, que él la había enseñado a
preferir, penetrando sus verdaderos goces.
Venía a decirle, a su modo, con muchas frases románticas, pero con
sinceridad, por lo que al presente se refería, que aquel tiempo pasado
en el pueblo de Bonis la había transformado, y no podía lanzarse a la
vida alegre en que su hermosura la prometía triunfos y provecho.
Ocultaba, como siempre, las aventuras antiguas, pero no mentía en cuanto
a la actualidad.
En la Coruña, en Santander, había resistido a todas las seducciones del
dinero, únicas que, en verdad, se le habían presentado. Pudo tener
amantes ricos, y no quiso.
Era fiel a Bonis como una buena casada que no ama a su esposo, pero le
respeta, le estima, y estima y respeta, sobre todo, la honradez. A
Serafina le había sabido a gloria la vida de señora de pueblo que había
hecho junto a Reyes; de una señora con unas relaciones prohibidas, eso
sí, pero sólo aquellas.
«El maestro, seguía diciendo la carta, ha prometido volver a buscarme en
cuanto haya una contrata aceptable; pero el tiempo vuela, yo me
desespero. Mochi no viene, y estoy delicada, nerviosa, muy triste... y
muy pobre. La voz, además, se me va a escape; el teatro empieza a darme
miedo; he recibido ciertos desaires, disimulados, del público, que me
han sabido al hambre futura, al hospital en lontananza. No te pido un
asilo; no te pido una limosna. Pero me voy cerca de ti. Quiero ser
_burguesa_. En tu casa, a tu lado, aprendí a serlo, a mi manera. Aquella
paz del alma de que me hablabas tantas veces la necesito yo también. Eso
y un poco de pan... y un poco de patria, aunque sea prestada. Le he
tomado cariño a ese rincón tuyo, como se lo tuve en otro tiempo a aquel
otro rincón verde de Lombardía de que te hablaba yo, cuando tú me
adorabas como a la _madonna_. Ya sé que el amor no es eterno. No te pido
amor, te pido amistad, cierto cariño que no niegan los esposos menos
fieles a su mujer. Y tampoco les niegan un asilo. Yo no puedo vivir en
tu casa; pero puedo vivir en tu pueblo. A lo menos por algún tiempo:
déjame ir. Ahora necesito descansar. Estoy enferma por dentro, por muy
adentro. Desquiciada. Necesito ver caras amigas. Tú no sabes qué pena es
no tener patria verdadera cuando el cuerpo se fatiga, quiere descanso y
el alma pide paz y vivir de recuerdos. Yo antes no pensaba así. Pero tú,
tus manías de moral estrecha, hasta tu caserón vetusto con sus aires
tradicionales, señoriles, todo eso se me ha metido por el alma. Algunas
veces te oí decir que nosotros, los pobres cómicos, os habíamos pegado a
ti y a los tuyos nuestras costumbres alegres, despreocupadas. Todo se
pega. También a mí me habéis pegado vosotros, tú, tú, Bonis, sobre todo,
vuestras preocupaciones y vuestro temor de la vida incierta, peregrina.
Esto de que le lleve a uno el viento de un lado a otro, es terrible. Voy
a verte. Además, esto, Bonis, _voy a verte_. A ti ya no te importa. Pero a
mí... todavía sí. Yo no soy tu mujer; pero tú eres mi marido. No tengo
otro. Si yo hubiera sido la hija mimada del abogado Valcárcel, la
bendición que santificó tus amores con otra hubiera caído sobre mí. No
des al azar más importancia que tiene. Ya sabes cómo soy; el mejor día
estoy contigo. ¿Me cerrarás tu puerta? ¿Manda eso la moral que usas
ahora? A ti te quiere todavía mucho, Bonifacio Reyes, te quiere,
SERAFINA».
Bonifacio no dudó un momento de la sinceridad de tanta prosa. Sintió
lástima infinita, amor retrospectivo; la voluptuosidad antigua, evocada
por los recuerdos, se purificaba. Se vio desorientado dentro de la
conciencia, la brújula del deber le daba vueltas en la cabeza como una
loca. Él debía algo también a Serafina. Si ella le había corrompido el
corazón, el tálamo, él le había pegado a ella aquellos instintos de vida
ordenada, pacífica, honrada. Y además... le pedía pan la que le había
hecho feliz.
«¡Sofismas, sofismas!--le gritaba de repente el _hombre nuevo_, como él se
decía--. Voy a ser padre, y en la casa en que nazca mi hijo no pueden
entrar queridas de su padre. Se acabaron las queridas... y, sobre todo,
se acabó el dinero. Yo no gastaré ya un cuarto en cosa que no le importa
a mi hijo. Todo por él, todo por él. Y se acabó. No hay que darle
vueltas. Esto es ser cruel. Esto es ser egoísta. Bueno. Egoísta por mi
hijo. No me repugna. Por él, cualquier cosa. Me agarro a lo absoluto. El
deber de padre, el amor de padre, es para mí lo absoluto».
Estas frases y otras por el estilo no imperaban siempre en el alma de
Reyes. Desde que llegó la carta de Serafina fue la existencia de Bonis
de lucha continua consigo mismo; una batalla perenne, como tantas otras
que se había dado a sí propio, siempre derrotado.
Serafina llegó; se presentó en el caserón de los Valcárcel, fue bien
recibida por Emma, por Nepo, por Sebastián, por Marta, por todos, y
Bonis no tuvo valor para mostrarse esquivo. Lo que no hizo fue oficiar
de amante, ni Serafina mostró deseos de reanudar las relaciones, por lo
pronto. Él, sin embargo, se acordaba de lo que decía la carta sobre el
particular. Los ojos de la Gorgheggi parecían recitar con sus miradas el
final de la epístola; pero los labios no decían nada de tales ternezas.
Tampoco le tocó la cuestión espinosa y delicada de los _alimentos_, que
parecía reclamar la antigua querida.
La cantante dijo que venía a esperar a Mochi, que le había ofrecido
volver a su lado para llevarla contratada a América. No pidió nada a
nadie. Vivía modestamente en su antiguo cuarto de la Oliva. La visitaban
Minghetti, Körner, Sebastián y otros amigos antiguos. Bonis no la veía
más que en su propia casa, es decir, en casa de su mujer. Ella no se
quejaba de esta conducta. No hacía más que mirarle con ojos amantes en
cuanto había ocasión de verse solos.
Reyes estaba satisfecho de su entereza. Había sentido mucho, mucho, al
ver en su presencia a la tiple.... Pero se había contenido pensando en su
futuro _sacerdocio_ de padre. Aquella lucha en que esta vez iba
venciéndose a sí mismo, le parecía una iniciación en la vida de virtud,
de sacrificio, a que se sentía llamado. Con la energía empleada en esta
violencia hecha a la pasión antigua, daba por gastada toda la fuerza de
su pobre voluntad, y se perdonaba, con pocos escrúpulos, los
aplazamientos y prórrogas que iba dando a lo de las cuentas del tío. Sí,
pensaba explicarse; pensaba plantear la cuestión... pero pasaban los
días y no hacía nada. Nada entre dos platos. Leía Derecho civil, leía un
Código de comercio que tenía por apéndice un tratado de teneduría de
libros; consultaba con Cernuda el joven, elocuente abogado y... nada
más. El tío se preparaba sin duda. Esperaba una acometida. ¡Oh! ¡Bien
sabía Bonis que Nepo tendría armas con que defenderse! Por eso tomaba
vuelo; por eso daba largas al asunto... por eso, valga la verdad, le
temblaban las piernas cada vez que se decía: «Hoy mismo llamo aparte al
tío y le digo...».
¡Pero si no sabía lo que había de decirle siquiera! Una tarde llegó el
cartero con dos cartas del correo interior. Una era de Serafina, que no
había parecido por casa de Emma hacía tres o cuatro días; escribía esta
vez a Bonis, sin acordarse de lo tratado, que era no escribirle a él, y
le decía que se sentía mal y con disgustos repugnantes por causa de una
letra de Mochi, que no había llegado. Le pedía consuelo, una visita y....
algunos duros adelantados. Lo sentía infinito, pero el fondista de la
Oliva le había herido el amor propio, la había ofendido, y quería pagar
para tener derecho de dejar aquella posada, y decirle al grosero que no
sabía tratar con una dama, sola, sin un hombre que la defendiera.
Ante esta misiva, los primeros impulsos de Bonis fueron dignos de un
Bayardo y de un Creso, en una pieza. Por un momento se olvidó de su
_sacerdocio_ y se vio en el _terreno_ atravesando al huésped de la Oliva de
una estocada, y arrojándole a los pies un bolsillo de malla, como los
que usaba Mochi en las óperas.... Pero la letra contrahecha de la otra
carta le llamó la atención: rompió el sobre y leyó de un golpe, ¡y qué
golpe!, el contenido del anónimo, pues lo era. No decía más que esto:
«¡Ladrón! ¡Sacrílego! ¿Dónde están los siete mil reales devueltos en el
confesonario por un pecador arrepentido?».
Bonis, que estaba en su alcoba, se dejó caer sentado sobre la colcha de
flores azules de su humilde lecho. Sintió un sudor frío, la garganta
apretada.
«¡Me estoy poniendo malo!» se dijo. Pero de repente olvidó su mal, el
anónimo, todo, porque Eufemia entró gritando, corriendo; tropezó con las
rodillas de Bonis, y exclamó:
--¡Señorito, señorito!... La señorita está con los dolores.
Bonis saltó como un tigre, corrió por salas y pasillos, con una bota y
una zapatilla, tal como le habían sorprendido las cartas malhadadas, y
llegó al gabinete de su esposa en pocos brincos.
Horrorizada, con cara de condenado del infierno, Emma se retorcía
agarrada con uñas de hierro a los hombros y al cuello de Minghetti, que
no había tenido tiempo para levantarse de la banqueta del piano. Estaba
él cantando y acompañándose, según costumbre, cuando su discípula lanzó
un chillido de espanto, sorprendida y horrorizada por el primer dolor
del parto próximo. Se había agarrado al maestro y amigo, no sólo con el
instinto de toda mujer en trances tales, sino como dispuesta a no morir
sola, si de aquello se moría; decidida a no soltar la presa esta vez y
llevarse consigo al otro mundo al primero que cogiera a mano.
Al presentarse Bonis, hubo en los tres un movimiento que pareció
obedecer al impulso de un mismo mandato de la conciencia; Emma soltó el
cuello y el hombro de Gaetano; este dio un brinco, separándose de Emma,
y Reyes avanzó resuelto, con ademán de reivindicación, a ocupar el sitio
de Minghetti. Emma se agarró con más ansia, con más confianza al robusto
cuello y al pecho de su marido, que sintió en el contacto de las uñas y
en el apretón fortísimo, nervioso, una extraña delicia nueva, la
presencia indirectamente revelada del ser que esperaba con tanto deseo.
Aquello era él, sí, él, el hijo que estaba allí, que se anunciaba con el
dolor de la madre, con esa solemnidad triste y misteriosa, grave,
sublime en su incertidumbre, de todos los grandes momentos de la vida
natural.
En el apretar desesperado de Emma a cada nuevo dolor, Bonis sentía,
además de los efectos naturales de la debilidad femenina en tal apuro,
además de _meros fenómenos fisiológicos_, el carácter de la esposa; veía
el egoísmo, la tiranía, la crueldad de siempre. Un tanto por ciento de
aquel daño que Emma le hacía al apoyarse en él, y como procurando
transmitirle por el contacto parte del dolor, para repartirlo, lo
atribuía Bonis al deseo de molestarle, de hacerle sufrir por gusto.
--¡Que me muero, Bonis, que me muero!--gritaba ella, encaramada en su
marido.
El peso le parecía a él dulce, y la voz amante. Buscó el rostro de Emma,
que tenía apoyado en su pecho, y encontró una expresión como la de
Melpómene en las portadas de la _Galería dramática_. Los ojos espantados,
con cierto extravío, de la parturiente, no expresaban ternura de ningún
género; de fijo ella no pensaba en el hijo; pensaba en que sufría nada
más, y en que se podía morir, y en que era una atrocidad morirse ella y
quedar acá los demás. Padecía y estaba furiosa; tomaba el lance, en la
suprema hora, como un condenado a muerte, inocente, pero no resignado y
apegado a la vida. Hubo un momento en que Bonis creyó sentir los
afilados dientes de su mujer en la carne del cuello.
Minghetti había desaparecido del gabinete con pretexto de ir a avisar a
más señores.
En efecto; poco después se presentaba el primo Sebastián, pálido; y a
los cinco minutos Marta, muy contrariada, porque aquello podía retrasar
algunos días su _próximo enlace_, y tal vez el bautizo eclipsara la boda.
Se creería, por su modo de mirar la escena, que se habían dado garantías
de que Emma no pariría hasta después de casarse ella. Por fin se
presentó Nepomuceno, acompañado del médico antiguo, del partero insigne;
porque, con perdón de D. Basilio, Emma le tenía guardada aquella
felonía; hasta el día del trance, Aguado; pero en el momento crítico, si
la cosa no venía muy torcida, el otro. Quería parir con el milagroso
comadrón popular, a quien jamás se le moría ninguna cliente. Damas y
mujeres del pueblo tenían más fe en aquel hombre que en San Ramón. Las
que morían, morían siempre en poder de los tocólogos sin prestigio
sobrenatural. El comadrón insigne sabía llamar a tiempo a sus colegas. A
falta de ciencia, tenía conciencia, y de camino ayudaba a la leyenda que
le hacía infalible.
Bonis, que siempre había defendido a los tocólogos de la ciudad y
atacaba con dureza la fama milagrosa del gran comadrón, al ver entrar a
este se sintió contaminado de la fe general. Que perdonaran la ciencia y
el señor Aguado... pero él también se sentía lleno de confianza en
presencia de aquel ignorante tan práctico, por más que un día lejano le
había condenado a él falsamente a la esterilidad de su mujer. Aquel era
el falso profeta que le había arrancado la esperanza de ser padre, a
llegar a la dignidad que le parecía más alta. Fuera como quiera, don
Venancio entró, como siempre, dando gritos; riñendo, declarando que no
respondía de nada porque se le llamaba tarde. No saludó a nadie; separó
a Reyes de un empujón del lado de su esposa; a esta la hizo tenderse
sobre el lecho, y en las mismas narices del pasmado Bonis, le pidió tal
clase de utensilios, que a él, el padre futuro, se le figuró que lo que
el ilustre comadrón exigía eran materiales para fabricar un cordel con
que ahogarle al hijo.
Sebastián, escéptico en todo desde que había dejado el romanticismo y
engordado, se sonreía, asegurando en voz baja que la cosa no era para
tan pronto.
D. Venancio se apresuraba, tomando medidas con ademanes de bombero en
caso de incendio. Siempre hacía lo mismo. Sebastián le había visto en
muchas ocasiones, que no eran para referirlas.
Marta creyó que en el papel de niña inocente que la había tocado en
aquella comedia, había esta acotación: Vase. Y se retiró al comedor,
donde encontró a Minghetti, que mojaba bizcochos en Málaga. No estaba
alegre como solía.
Desde allí se oían, de tarde en tarde, los gritos de Emma como si los
diera con sordina.
Marta miraba al italiano con curiosidad maliciosa. «¡Cosas del mundo!»
pensaba la alemana, que en el fondo, para sus puras soledades, era más
escéptica que Sebastián. «¡Este aquí como si nada le importara, y el
otro infeliz!...». Minghetti seguía mojando bizcochos y bebiendo Málaga.
Acabó por fijarse en la mirada insistente y expresiva de Marta. Tomó el
rábano por las hojas, y acercándose a la rozagante alemana, cuando ella
creía que le iba a revelar un secreto, a hacer alguna íntima
confidencia..., la cogió por el talle y le selló la boca con un beso
estrepitoso.
El grito de Marta se confundió con otro de los lejanos que lanzaba la
parturienta.
-XVI-
«¡Iba a ser padre!» A tal idea, en su cerebro estallaban las frases
hechas como estampidos de pólvora en fuegos de artificio. Con gran
remordimiento notaba Reyes que su corazón tomaba en el solemne suceso
menos parte que la cabeza... y la retórica. Aquella _dignidad nueva_, la
primera, en rigor, de su vida, a que _era llamado_, ¿por qué le dejaba, en
el fondo, un poco frío? Sobre todo, ¿por qué no amaba todavía al hijo de
sus entrañas, en cuanto hijo, no en cuanto _concepto_?... «¿Hijo o hija?
Misterio--pensó Bonis, que en aquel instante dudaba de la sanción que la
realidad presta a las corazonadas--. Tal vez hija; aunque, ¡Dios no lo
quiera! Misterio».
Y levantó el embozo de la cama, y se metió entre sábanas.
Aquello de acostarse, siquiera fuese por pocas horas, le parecía algo
como una _abdicación_. «Era el papel de esposo, llegado el trance del
alumbramiento, demasiado pasivo, desairado». Bonis tenía comezón de
hacer algo, de intervenir directa y eficazmente en aquel negocio, que
era para él de tan grave importancia.
Más era: aunque la razón le decía que en casos tales todos los maridos
del mundo tenían muy poco que hacer, y que todo era ya cosa de la madre
y del médico, se le antojaba que él estaba siendo allí todavía más
inútil que los demás padres en igual situación; que se le arrinconaba
demasiado, que se prescindía demasiado de él.
Sin embargo, lo que le había dicho D. Venancio no tenía vuelta de hoja.
--Usted, amigo Bonifacio, a la cama; a la cama unas cuantas horas, porque
esto puede ser largo, y vamos a necesitar las fuerzas de todos; y si no
descansa usted ahora, no podrá servir como tropa de refresco cuando se
necesite.
«Bien; esto era racional». Por eso se acostaba, porque él siempre se
rendía a la razón y a la evidencia, y pensaba rendirse aún más, si
cabía, ahora que iba a ser padre y tenía que dar ejemplo. Pero lo que no
tenía razón de ser era el despego de todos los demás, Emma inclusive, y
las miradas y gestos de extrañeza con que recibían sus alardes de
solicitud paternal y marital todos los que andaban alrededor de su
mujer. Doña Celestina, la matrona matriculada, que había venido por
consejo de D. Venancio; el marido de la partera, D. Alberto, que también
andaba por allí; Nepomuceno, Marta, Sebastián y hasta el campechano
Minghetti, si bien este le miraba a ratos con ojos que parecían revelar
cierto respeto y algo de pasmo.
Recapacitando y atando cabos, Bonis llegó a recordar que Serafina misma
le había querido dar a entender, de tiempo atrás ya, que el nacimiento
de su hijo, el de Bonis, era cosa que no debía tomarse con calor; el
mismísimo Julio Mochi, en cierta carta escrita meses antes desde la
Coruña, le hablaba del asunto y de su entusiasmo paternal con una
displicencia singular, con palabras detrás de las cuales a él se le
antojaba ver sonrisas de compasión y hasta burlonas. Pero, en fin, lo de
Serafina y lo de Mochi podían ser celos y temor de perder su amistad y
protección. Serafina veía, de fijo, en _lo que_ iba a venir un rival, que
acabaría por robarla del todo el corazón de su ex amante, de su buen
amigo... «¡Pobre Serafina!». No, no había que temer. Él tenía corazón
para todos. La caridad, la fraternidad, eran compatibles con la moral
más estricta. Sin contar con que... francamente, aquello del amor
paternal no era cosa tan intensa, tan fuerte, como él había creído al
verlo de lejos. ¡Ca! No se parecía a las grandes pasiones ni con cien
leguas. ¿Dónde estaba aquella íntima satisfacción egoísta que acompaña a
los placeres del amor y de la vanidad halagada? ¿Dónde aquel sonreír de
la vida, que era como el cuadro que encerraba la dicha en los momentos
sublimes de la pasión?
Esto era otra cosa; un sentimiento austero, algo frío, poético, eso sí,
por el misterio que le acompañaba; pero más tenía de solemnidad que de
nada. Era algo como una investidura, como hacerse obispo; en fin, no era
una alegría ni una _pasión_.
Y daba vueltas Bonis en su lecho, impaciente, como en un potro,
conteniéndose tan sólo por cumplir el racional precepto de D. Venancio.
«Claro, hay que descansar; puede parir esta noche, o no parir hasta
mañana... o hasta pasado. Pueden ser todos estos gritos falsa alarma.
¡Buena es ella! Si no fuera porque don Venancio ha tocado la criatura....
todavía me escamaba yo. Pero, de todas suertes, Emma es capaz de
quejarse de los dolores un mes antes de lo necesario. Sí, durmamos.
Puede esto ir para largo y tener que velar mucho.... Si me dejan esos
intrusos. Lo que extraño es que Emma, que siempre me ha tenido por
enfermero, y casi casi por mesilla de noche, no me llame ahora a su
lado. ¡Mujer más rara! Y ahora que yo la ayudaría con tanto gusto».
El calorcillo de las sábanas, que empezaba a sonsacarle el sueño,
inclinándole a las visiones vagas, a la contemplación soporífera de
imágenes y recuerdos halagüeños, le hizo pensar, suspirando:
--¡Si hubiese sido mi mujer Serafina, y este hijo suyo, y yo algo más
joven!
Como si el pensar y el desear así hubiera sido una navajada, allá en sus
adentros, no sabía dónde, Bonis sintió un dolor espiritual, como una
protesta, y en los oídos se le antojó haber sentido como unas
burbujillas de ruido muy lejano, hacia el cuarto de su mujer; una cosa
así como el lamento primero de una criaturilla.
--¡Dios mío, si será!...--Sin querer confesárselo, sintió un remordimiento
por lo que acababa de pensar, y la superstición le hizo creer que su
hijo nacía en el mismo instante en que el padre renegaba en cierto modo
de él y de su madre.
--¡Alma de mi alma!--gritó Bonis, echándose de un salto al suelo--; ¡sería
eso como nacer huérfano de padre! ¡Hijo mío! ¡Emma, Emma, mujercita mía!
Se abrió la puerta de la alcoba, y antes que nada, Bonifacio oyó
distinto, claro, el quejido sibilítico de un recién nacido. «¡Su propia
carne volvía a nacer llorando!».
--¡Un niño, tiene usted un niño, señor!--gritaba Eufemia, que entraba como
un torbellino y llegaba hasta tocar al pasmado Bonis, sin reparar en que
estaba el señorito en camisa en mitad de la alcoba. Ni ella ni él veían
esto; la criada estaba entusiasmada, enternecida; Bonis se lo agradecía
en el alma, mientras se ponía los pantalones al revés y tenía que
deshacer la equivocación, temblando, anhelante, dudando si romper una
vez más con lo _convencional_ y echar a correr en calzoncillos por la casa
adelante. Pero no; se vistió a medias, y tropezando con paredes, y
puertas, y muebles, y personas, llegó al pie del lecho de su esposa.
En el regazo de doña Celestina vio una masa amoratada que hacía
movimientos de rana; algo como un animal troglodítico, que se veía
sorprendido en su madriguera y a la fuerza sacado a la luz y a los
peligros de la vida; Bonis, en una fracción de segundo, se acordó de
haber leído que algunos pobres animalejos del mar, huyendo de sus
enemigos más poderosos, se resignaban a vivir escondidos bajo la arena,
renunciando a la luz por salvar la vida: en prisión eterna por miedo del
mundo. Su hijo le pareció así. ¡Había tardado tanto! Se le figuró que
nacía a la fuerza, que se le hacía violencia abriéndole las puertas de
la vida....
--¡Coronado, Bonis, coronado!--decía una voz débil y mimosa, excitada,
desde la cama.
Bonis, sin entender, se acercó a Emma y le dio un abrazo, llorando.