La murmuración de sus amigas se equivocaba al ver un fingimiento en esta

oposición terca de la Valcárcel a la fatalidad de las cosas; no, no la

halagaba ser madre a tales horas; el terror del peligro, que le parecía

supremo, no le dejaba lugar para vanidades de ningún género. La

enfermedad, la muerte..., eso, eso veía ella. «Yo no podré parir; me lo

da el corazón. Yo no paro», pensaba, con escalofríos, cuando a solas

comenzaba a rendirse a la evidencia. «¡A mi edad! ¡Primeriza a mi edad!

¡Qué horror! ¡Qué horror!... ¡Los huesos tan duros!...».

Emma se encerraba en su alcoba; se miraba en el espejo de cuerpo entero,

en ropas menores, hasta sin ropa..., se examinaba detenidamente, se

medía, se comparaba con otras, sacaba proporciones de ancho y de largo

de su torso y de cuantas partes de su cuerpo creía ella, en sus vagas

nociones de tocología instintiva, que eran capitales para el arduo paso.

Y arrojándose desnuda, sin miedo al frío, en una butaca, rompía a

llorar, furiosa; a llorar sin lágrimas, como los niños mimados, y

gritaba: «¡Yo no quiero! ¡Yo no puedo! ¡Yo no sirvo!».

La muerte era probable, la enfermedad segura, los dolores terribles,

insoportables..., _matemáticos_; por bien que librara, los dolores tenían

que venir. ¡No! ¡No! ¡Jamás! ¿Para qué? ¡Otra vez la cama, otra vez el

cuerpo flaco, el color pálido, la _calavera_ estallando debajo del pellejo

amarillento; la debilidad, los nervios, la bilis..., y el tremendo

abandono de los demás, de Bonis, del tío, de Minghetti! ¡Oh, sí!

Minghetti, como todos, la dejaría morir, la dejaría padecer, sin padecer

ni morir con ella... ¡El parto! Crueldad inútil, peligro inmenso... para

nada: ¡qué estupidez! Las mujeres felices, las mujeres entregadas a la

alegría, al arte..., a... los barítonos..., las mujeres superiores, no

parían, o parían cuando les convenía, y nada más. ¡Parir! ¡Qué necedad!

¿Cómo no había previsto el caso? Se había dejado sorprender.... Pero,

¿quién hubiera temido?... Y su cólera, como siempre, iba a estrellarse

contra Bonis. El cual tuvo que desistir de sus ensayos de

enternecimiento a dúo con motivo del próximo y feliz suceso, porque

Emma, ni en broma, toleraba que se hablase del peligro que corría como

de acontecimiento próspero.

Por fin llegó a ser una afectación inútil, ridícula, el negar la próxima

_catástrofe_, pues por tal la tenía ella. Emma dejó de apretarse el corsé,

dejó de defenderse; si en los primeros meses había sido poco ostensible

el embarazo, al acercarse el trance saltaba a la vista. No era _una

exageración_, decía Marta, pero era; allí estaba el _parvenu_, como le

llamaba ella en francés, riéndose con malicia, segura de que sólo

Minghetti podía entenderla. Sebastián le llamaba, también con risitas y

en sus coloquios maliciosos con Marta, el _inopinado_.

La Valcárcel, los primeros días de su derrota, cogía el cielo con las

manos; no podía ya negar, pero protestaba. Mas aquella situación empezó

a ser tolerable; se fue acostumbrando a la idea del mal necesario, se

gastó el miedo, y por algún tiempo se quejó por rutina con un vago temor

todavía, pero como si el día de la _crisis_ se alejara en vez de

acercarse. La primera vanidad que tuvo no fue la de ser madre, sino la

de su volumen. Ya que _era_, que _fuera_ dignamente. Y ostentaba al fin,

sin trabas, con alardes de su estado, lo que quería ocultar al principio.

Además, notaba que su rostro no empeoraba; aquellos diez años que el día

del susto se le habían vuelto a la cara, ya no estaban allí; estaba

mejor de carnes; la tirantez de las facciones y el color tomado no la

sentaban mal, se veía lo que era, pero hasta parecía bien.

«Efectivamente, como ser, el estado era _interesante_».

Pero estos consuelos eran insuficientes. De todas maneras, aquello era

una atrocidad preñada de peligros, de inconvenientes, de futuros

males... y de males presentes.

Con Minghetti jamás hablaba de lo que se le venía encima. Era un tema de

que huían los dos en sus conversaciones. El barítono estaba contrariado,

sin duda alguna. Sentía despecho, que le hacía sonreír con cínica

amargura; se sentía metido en una atmósfera de ridículo. Si no fuera

porque no había tales contratas, porque _el mundo del arte_ le había

olvidado, acaso hubiera preferido dejar aquella vida regalada, sus

emolumentos de director de la Academia de Bellas Artes, _los gastos de

secretaría_, como le decía Mochi, antes de marchar... todo. Los amigos de

la casa, hasta Marta y hasta las de Ferraz, cada cual según su género,

hablaban con Gaetano del incidente de Emma con frases maliciosas, con

sonrisas medio dibujadas; y Minghetti disimulaba mal la molestia que le

causaba la conversación. «¡Qué discreto!», decían todos. «Así hacen

siempre los Tenorios verdaderos, los afortunados de veras». Nadie había

podido sorprender en Minghetti el menor gesto, siquiera, de jactancia.

Hasta se notó que miraba a Bonifacio con mayor respeto que nunca. En

efecto; se le había sorprendido muchas veces contemplando al marido de

Emma con extraña curiosidad, con una expresión singular, en que nadie

podría adivinar ni una ráfaga de burla. Era, en fin, decían todos, la

suma discreción.

La única vez que Minghetti y Emma hablaron del embarazo, sirvió para

tormento de Bonis y del Sr. Aguado. Emma se empeño en que debía dar

baños de mar; era la época, y aquello todavía esperaría un poco; había

tiempo de ir y volver. Por aquel tiempo los baños de mar todavía no eran

cosa tan corriente como en el día. En el pueblo de Emma, aunque a pocas

leguas de la costa, era escaso el número de familias que buscaban el mar

por el verano.

Emma, por lo mismo que la cosa era de _distinción_, se empeñó en ella.

El médico no negaba que el baño de ola sería por lo menos inofensivo;

pero, según y conforme: la cosa podía estar más cerca de lo que se

creía, y en tal caso, sería una temeridad.... Pero lo peor no era eso...,

lo peor, lo verdaderamente peligroso, temerario, era el traqueo del

coche... viaje de ida y vuelta... por aquellos vericuetos, con aquellos

baches. ¡Absurdo!

--Pero Minghetti ha dicho....

--Señora, Minghetti que cante sus arias y sus romanzas, pero que no se

meta en la Renta del Excusado.

--Minghetti ha viajado....

--Sí; pero no en estado interesante.

--No es eso. Digo que ha viajado, que ha visto mucho, y asegura que....

--Que las señoras _comm'il faut_ no deben parir. Sí; ya conozco la teoría.

Contra los consejos de Aguado, los de Reyes fueron a baños.

Bonis estuvo tentado a oponerse, a inaugurar aquella energía que estaba

decidido a poner en práctica en adelante, pues estaba asegurada, o poco

menos, la descendencia. Mas era tal la cólera que se pintaba en el

rostro de Emma en cuanto su esposo indicaba siquiera el deseo de que se

pesaran con detenimiento las razones del médico, que el infeliz Reyes

continuó aplazando su resolución de _tomar el mando de la casa_ y ser _el

marido de su mujer_ para después del parto.

«No; no perdamos lo más por lo menos. No la irritemos; un malparto sería

una catástrofe horrorosa; la catástrofe de mis esperanzas, de mi vida

entera. Después del parto, ya hablaremos».

«Pero Nepomuceno, Körner, el primo Sebastián, Marta, las de Ferraz,

Minghetti, no iban a parir; ¿por qué no se atrevía con ellos? ¿Por qué

no echaba de casa a los parásitos? ¿Por qué no ponía orden en los

gastos, y orden en las costumbres de su hogar, inundado por aquel

holgorio perpetuo?... Sobre todo, ¿por qué no se encerraba con

Nepomuceno y le decía:--¡Eh, eh, amiguito; hasta aquí hemos llegado! A

ver, por lo menos explíqueme usted eso de la ruina inminente...».

«¿Por qué no se atrevía con el tío y con los amigos de la casa?». El

viaje a la costa vino a darle una tregua, que era todo un sofisma de la

voluntad.

«Ahora nos vamos y no puedo yo ponerme al frente de todo eso. A la

vuelta, ¡oh!, lo que es a la vuelta, tendré una explicación con el tío».

Lo único que había osado Bonis antes de irse a baños, había sido

olfatear un poco en los negocios de la familia. Tímidamente se atrevió a

proponer a Körner y al tío que le llevaran consigo a ver la fábrica, que

estaba a una legua de la ciudad, una legua de carretera llena de baches.

Nadie sospechó que el viaje fuera malicioso, un espionaje. La ineptitud

de Bonis para toda clase de negocio serio, industrial, económico, era

tal, que oía hablar al tío y al alemán como si fuera griego todo lo que

decían. Hablaban en su presencia del mal estado del _negocio antiguo_ sin

que comprendiera palabra. El negocio nuevo era otra cosa. Pero en ese no

tocaban pito los fondos Valcárcel, como los llamaba el ingeniero,

despreciándolos ya completamente. La fábrica de productos químicos

languidecía; lo de sacarles a las algas sustancia se había abandonado

casi por completo; _en teoría_, el negocio era infalible; en la _práctica_,

una calamidad. No se abandonaba por completo por tesón. El material

adquirido, a costa de grandes e improductivos sacrificios, de los _fondos

Valcárcel_, se empleaba en otras aplicaciones de tanteos aventurados,

locos, desde el punto de vista económico; en pruebas que le servían a

Körner para ensayar las novedades que veía en los periódicos técnicos,

pero que en el comercio, en el triste comercio español, sobre todo en

aquel rincón de España, sin comunicaciones apenas, sin ferrocarril

todavía, resultaban desastrosas, una locura. En estas aventuras de

romanticismo químico se empleaba poco dinero... porque ya no lo había;

no lo había del caudal que hasta entonces había provisto a todo. Pero la

industria nueva era otra cosa. Nada de vaguedades, nada de variedad de

ensayos sin contar con las salidas probables; esto otro era... una

fábrica de pólvora, la primera y única por entonces en la provincia.

Körner la dirigía como ingeniero, y Nepomuceno estaba al frente de la

Sociedad comanditaria que le daba el jugo crematístico. A los Valcárcel,

agotados, les habían dejado algo, muy poco, y sin saberlo ellos apenas.

La fábrica de pólvora estaba implantada en los terrenos de la vieja,

como llamaban ya a la fábrica primitiva. No se sabía por qué para la

antigua industria se habían comprado tantas hectáreas; pero ello había

sido una fortuna... para la industria nueva, que, a bajo precio, había

podido adquirir lo que la fábrica de pólvora necesitaba y lo que a la

otra no le servía para nada. Aquel tejemaneje industrial y

administrativo en que por fas o por nefas siempre figuraban Körner y

Nepomuceno manejándolo todo, les había costado no pocas reyertas, y no

pocas componendas... y no pocos cuartos, por la necesidad de vencer

escrúpulos de la ley y de la Administración pública, representada por el

personal respectivo; pero hoy una comilona, mañana otra, regalitos,

palmadas en el hombro, recomendaciones y otros expedientes, habían ido

allanándolo todo.

Bonis, en la visita a las fábricas, no sacó nada en limpio más que el

miedo invencible, que le tuvo ocupado el ánimo todo el tiempo que

permanecieron cerca de la pólvora. La idea de volar, mucho más verosímil

allí que a una legua lejos, no le dejó un momento. En cuanto a la

fábrica vieja, la de _productos químicos_--así, vagamente, en general--, no

le pareció tan en los últimos como creía. Pensaba ver una ruina

material, las paredes cuarteadas, la maquinaria podrida, las chimeneas

sin humo. No había tal cosa; todo estaba entero, casi nuevo, con vida,

había ruido, había calor, había, aunque pocos, operarios... ¿Dónde

estaba la ruina? No se atrevió a preguntar por ella, porque no quería

que los otros sospechasen que él sabía algo del estado del negocio.

«Cuando volvamos de los baños y yo le pida cuentas al tío, averiguaré si

esto nos produce algo o nos arruina en efecto».

Volvió, dando saltos como una codorniz, dentro del coche, y entró en la

ciudad, decidido a no plantear nunca por propia cuenta una industria tan

peligrosa como la de la pólvora.

Körner y el primo Sebastián, de quien ahora estaba enamorado el tío

Nepomuceno, que le metió en sus negocios de muy buen grado, y haciéndole

que se interesara en ellos por motivos de lucro, notaron a un mismo

tiempo, y se comunicaron la observación, que hacía algunas semanas

Bonifacio oía muy atento sus conversaciones acerca de las fábricas, y

hasta rondaba las mesas del escritorio y miraba de soslayo los papeles

que traían y llevaban.

--Ese imbécil parece que quiere enterarse--dijo Körner.

--Sí, eso he notado. Pero, ¿no ve usted qué cara de estúpido pone? No

entiende una palabra.

--Sí; pero... no me fío. Tiene miradas... así, como de espía. Hay que

espiarle a él también.

Un día el tío, oyéndoles insistir en comentar la curiosidad inútil de

Reyes, se quedó pensativo.

No dijo nada, pero se dedicó a observar también al sobrino por afinidad.

En la mesilla de noche de su alcoba vio unos libros que le dieron que

pensar.

No eran versos, ni novelas, ni _psicologías lógicas y éticas_, que era lo

que solía leer Bonis. Allí estaba un tomo de _Los cien tratados_,

enciclopedia popular, que junto a un curso abreviado de la cría de

gallinas y otras aves de corral, mostraba un compendio de Derecho civil.

Sobre este tomo vio otro que decía: Laspra, _Práctica forense_, y otro con

el rótulo: _Código mercantil comentado_.

¿Qué significaba aquello?

Al día siguiente Ferraz, el magistrado alegre, encontró a Nepomuceno en

la calle, y le dijo:

--¿Van ustedes a tener algún pleito?

--¿Cómo pleito? ¿Con quién?

--Lo digo porque todas las tardes veo a Bonifacio echar grandes párrafos

en La Oliva con el Papiniano de la quintana, con Cernuda el joven.

--¡Hola! ¿Con que esas tenemos?--pensó don Nepo; pero se guardó de

decirlo. Y en voz alta, echando a broma el aviso, que en realidad le

había alarmado, dijo:

--Pensará hacerse abogado y estará dando lección con Cernuda. Amigo,

ahora que va a ser padre, quiere ser un sabio; estudia mucho.

Los dos rieron la gracia, y sobre todo la malicia. Pero a don Nepo otra

le quedaba. Lo de Cernuda era grave. Había que vivir prevenido.

Körner, Marta, Sebastián y el tío aconsejaron a Emma que cuanto antes se

echase al agua. Minghetti vencía. Se buscó una carretela de buenos

muelles, se encargó que fuera al paso, y el matrimonio y Eufemia se

fueron a la orilla del mar.

Emma quería sentir algo extraño con el movimiento del coche; esperaba de

aquel viaje imprudente una especie de milagro... natural. Que el hijo se

le deshiciera en las entrañas sin culpa de ella. Gaetano había dicho que

el viaje podría hacer fracasar el temido parto. La Valcárcel deseaba

abortar, sin ningún remordimiento. No era ella; era el traqueo, el

vaivén, las leyes de la naturaleza, de que tanto hablaba Bonis.

El cual iba aburriendo al cochero con sus precauciones, con sus avisos

continuos.

--¡Cuidado! ¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Un bache? ¡Maldito brinco! Despacio..., al

paso, al paso..., no hay prisa... ¿Cómo te sientes, hija? ¡Estos

ingenieros de caminos! ¡Qué carreteras! ¡Qué país!

Y Emma, ignorante del peligro, pensaba: «Sí, sí; el país, los

ingenieros; ríete de cuentos; las leyes, las leyes de la naturaleza, que

a ti te parecen inalterables y muy divertidas, esas, esas son las que te

van a dar un chasco...».

Se quedó adormecida, y medio soñando, medio imaginando voluntariamente,

sentía que una criatura deforme, ridícula, un vejete arrugadillo, que

parecía un niño Jesús, lleno de pellejos flojos, con pelusa de melocotón

invernizo, se la desprendía de las entrañas, iba cayendo poco a poco en

un abismo de una niebla húmeda, brumosa, y se despedía haciendo muecas,

diciendo adiós con una mano, que era lo único hermoso que tenía; una

mano de nácar, torneadita, una monada.... Y ella le cogía aquella mano, y

le daba un beso en ella; y decía, decía a la mano que se agarraba a las

suyas: «Adiós... adiós...; no puede ser... no puede ser...; no sirvo yo

para eso. Adiós... adiós...; mira, las leyes de la naturaleza son las

que te hacen caer, desprenderte de mi seno.... Adiós, hija mía, manecita

mía; adiós... adiós.... Hasta la eternidad». Y la figurilla, que por lo

visto era de cera, se desvanecía, se derretía en aquella bruma

caliginosa, que envolvía a la criaturita y a ella también, a Emma, y la

sofocaba, la asfixiaba.... Abrió los párpados con sobresalto, y vio a

Bonis que, con la mirada de _Agnus Dei_, como ella decía, enternecida,

clavaba sus ojos claros en el vientre en que iba su esperanza.

Llegaron sin novedad a la costa. Emma se bañó al día siguiente, con los

cuidados que el médico del pueblo, consultado por Bonis, aconsejó. Por

aquel doctor supo la Valcárcel, horrorizada, cuando se trató de dar la

vuelta a la ciudad, que lo que ella creía aborto, en aquellas

circunstancias podía ser mucho más peligroso que el parto en su día...,

porque ya sería otra cosa: un verdadero parto antes de la cuenta, pero

no aborto en rigor. Un sietemesino de vida precaria, y gran peligro y

grandes pérdidas de la madre... eso era lo que podía producir el viaje a

la ciudad si no se tomaban grandes precauciones. Emma chilló, cogió el

cielo con las manos, insultó a Bonis, y a Minghetti, y a D. Basilio,

ausentes. ¡Ella que creía engañar a la naturaleza! ¡Huía de un peligro y

buscaba otro mayor! Pero, ¿por qué no me lo han dicho en casa?

--Pero, mujer, ¿no te advertimos Aguado y yo?...

--Aguado hablaba de perder la criatura, no de perderme yo. ¡Dios mío! Yo

no me muevo; pariré aquí, en esta aldea... me moriré aquí... Yo no doy

un paso más....

Costó gran trabajo meterla en el coche. El médico del pueblo tuvo que

asegurarle bajo palabra de honor que él respondía de que no habría

novedad si se tomaban las medidas de precaución que él señalara.... Se

hizo todo al pie de la letra. Se pidió prestado su mejor coche a una

condesa de las cercanías; el cochero tuvo que jurar que los caballos no

darían un paso más largo que otro; el carruaje se llenó de almohadones.

Emma iba casi suspendida. Tuvo que confesar que no sentía el movimiento

apenas. Durante el viaje, que duró tres horas más que el de ida, se

durmió también, y se quedó con las manos apretadas sobre el vientre.

Cuando despertó, vio a Bonis con la mirada grave, de expresión intensa,

fija sobre el mismo sagrado bulto que oprimían los dedos de ella. Se lo

agradeció; sonrió al esposo que la ayudaba a no soltar antes de tiempo

la carga de sus entrañas, y le mostró, avergonzada de la caricia, como

siempre que tenía estas debilidades, le mostró su gratitud dándole un

suave puntapié en la espinilla. Y Bonis, que sentía lágrimas cerca de

los párpados, pensó: «Lo mejor sería amar al hijo... y amar a la madre».

Al bajar del coche, junto al portal de su casa, Emma exigió que la

ayudasen dos, que habían de ser Bonis y Minghetti; se dejó caer sobre

ellos con todo su cuerpo, segura de no ser abandonada a su pesadumbre.

Después, mientras Bonis y D. Nepo y los demás que habían acudido a

recibirla daban órdenes para subir a casa el equipaje, ella emprendió la

marcha escalera arriba, colgada del brazo de Gaetano. En el primer

descanso se detuvo, respiró con dificultad, miró al barítono con fijeza,

y acabó por decir:

--¿Y si me hubiera muerto en el camino... por culpa tuya?

--¡Bah!

--¡Sí, bah! Podía desangrarme; son habas contadas.

--No, hija mía, no. Parirás sin dolor, y tendrás un robusto infante.

Emma se puso muy encarnada. Minghetti, como distraído, le soltó el

brazo, y siguió subiendo, delante, sin más cortesía, con las manos en

los bolsillos del pantalón, silbando una cavatina con un silbido de

culebra, que era una de sus habilidades. La Valcárcel acabó de subir

sola, agarrada al pasamanos, y sujetando el vientre, como si temiera

parir en la escalera.

Se acostó, e hizo venir a D. Basilio. Exigió un reconocimiento, del cual

resultó que no había novedad y que el tremendo trance de Lucina llegaría

por sus pasos contados, o no contados en aquella ocasión, a su debido

tiempo.

Los de allá, como llamaban a Mochi y a la Gorgheggi, todos los de la

alegre compañía, escribieron preguntando con gran interés por la salud

de Emma.

Minghetti era el encargado de aquella correspondencia por parte de los

de acá. A La Coruña iban pocas cartas; pero de La Coruña venían con

abundancia. Los ausentes sentían nostalgia de la _vita bona_ que habían

dejado. Serafina era la que más abusaba de la escritura. En una

hermosísima letra inglesa, escribía pliegos y pliegos de literatura

políglota; inglés, a veces, para las cosas más difíciles de decir, y que

se quedaban sin entender si no acudían Körner o Marta a traducirlas;

italiano a menudo, y por lo común español. Aun en castellano había

parrafillos que no comprendían los corresponsales de acá, no por las

palabras, sino por los conceptos. Eran alusiones disimuladas y de mucho

artificio que iban derechas al corazón y a los recuerdos de Bonis. Este,

a pesar de sus remordimientos, escribía de tarde en tarde a Serafina,

que se lo había exigido. Tenía la cantante una pasión verdadera por las

expansiones epistolares, y era muy capaz de mantener la constancia de

una llama amorosa, más o menos mortecina, a fuerza de acumular paquetes

de pleguezuelos perfumados llenos de letra menuda, cruzada como un

tejido sutil. Pero si Bonis había consentido en _continuar sus relaciones_

por escrito, se había opuesto en absoluto a que la cómica le escribiese

a él directamente. Aunque era seguro que Emma había llegado a saber que

su esposo era o había sido amante de su amiga la Gorgheggi, y hacía la

vista gorda, al fin no había que estirar la cuerda; tal vez si se

desafiaba su dignidad de esposa burlada, pensaba y decía a su cómplice

Bonifacio, tal vez estallase la cuerda y hubiese una de _pópulo bárbaro_.

A esto había contestado Serafina con extraña sonrisa: «Pero si tu mujer

vive a lo gran señora, despreocupada, y sabe lo que es el mundo...».

Esta idea de la tolerancia perversa de su mujer sublevaba los

sentimientos morales de Bonis; no admitía la hipótesis. «No; su mujer no

podía despreciarle ni despreciarse hasta ese punto». En fin, no

transigió. A él no se le podía escribir cartas de amor, que de fijo

caerían en poder de Nepomuceno y de Emma, porque de seguro no se le

respetaría la correspondencia, como no se le respetaban los demás

derechos individuales. La Gorgheggi tuvo que resignarse, y se contentaba

con escribir no sólo a Minghetti, en su nombre y el de Mochi, sino a

Emma, su carísima amiga; y hasta en las cartas a esta había

contestaciones veladas, intercaladas con un disimulo que revelaba

grandísimo arte, a los más esenciales conceptos de las escasas cartas de

Bonis. Cuando el futuro padre vio aquellos pliegos en que se aludía al

próximo alumbramiento de su mujer, y se aludía con misteriosas

oscuridades, que no eran contestación a nada de lo que él había escrito,

y más parecían malicias inextricables, sintió hasta repugnancia moral, y

cortó por lo sano. Dejó de escribir a Serafina. «Así como así, todo

aquello tenía que concluir pronto. En cuanto naciese el hijo». Más hubo.

Reyes se hizo supersticioso a su manera; y si bien desechó por absurda,

aunque simpática y bella, la idea de hacer una promesa a la Virgen del

Cueto, imagen milagrosa de las cercanías, decidió _sacrificar_ al buen

éxito del parto todos sus vicios, todos sus pecados. «La estricta

moralidad, pensó, será para mí, como si dijéramos, Nuestra Señora del

Buen Parto». Hizo examen de conciencia, y no encontró más pecado gordo

que el de las cartas adúlteras. Suprimió las cartas. Serafina, a las

pocas semanas, se quejó con el esoterismo epistolar de costumbre; pero

Bonis no se dio por enterado, y acabó por no leer siquiera las cartas

que venían de la Coruña primero, y después de Santander. Así es que

supo, porque la misma Emma se lo dijo, y se lo dijo después Minghetti,

que Serafina estaba en situación poca halagüeña, pues trueno tras de

trueno, Mochi, aburrido, se había marchado a Italia sin un cuarto, pero

lleno de deudas; y ella, su amiga y discípula, quedaba en Santander sin

contrata, sin dinero y con fundados temores de que su maestro y babbo

espiritual no volviera a buscarla, aunque se lo había prometido.

Minghetti y Emma, que con el miedo a morirse a plazo fijo se sentía muy

caritativa y compadecía mucho las desgracias ajenas a ratos perdidos,

trataron en conferencia cómo se podía proteger a Serafina de modo

compatible con la dignidad de la cantante. Se consultó con el tío

también, y este no ocultó la frialdad con que acogía aquel interés que

se tomaba su sobrina por la protegida de Mochi. Dijo, secamente, que no

se podía hacer nada por ella, ni con dignidad, ni sin dignidad, puesto

que de todas suertes había de ser sin dinero.

A Bonis no se le habló de estos proyectos de socorro; primero, por la

inveterada costumbre de no contar con él para nada; y después, porque

tanto a Minghetti como a Emma se les ocurrió, sin comunicárselo, que era

demasiada desfachatez y falta de aprensión tratar con Bonifacio de

semejante negocio.

Su único hijo · 第 17 / 21 段