negarlo Marta si se viera en una por el estilo; pero negaba no por
convicción, sino por engañarse a sí misma. Por lo demás, bien comprendía
ahora, después de oír a D. Basilio y de contestar a sus sabias
preguntas, que había estado ciega, que ella misma debía haber
comprendido mucho tiempo hacía de qué se trataba al notar cosas extrañas
en su vida íntima.
Bonis, que había procurado quedarse con su mujer mientras los demás,
despedido D. Basilio, corrían al comedor, donde les aguardaba el
refresco, tuvo que dejarla sola porque le echó de su presencia a cajas
destempladas. Desapareció Reyes, y los convidados quedaron por dueños de
la casa, pues D. Juan Nepomuceno había salido también cuando el médico.
En el comedor se acentuó el carácter burlesco de las bromas con que se
recibió el inesperado suceso. Se hacían cálculos respecto de la mayor o
menor proximidad del alumbramiento, suponiendo que las cosas fueran por
sus pasos contados a un feliz desenlace. Las hipótesis respecto de las
causas probables de tamaño lance abundaban, se entrelazaban, se
mezclaban, llegaban al absurdo y siempre acababan apoyándose en ejemplos
de casos semejantes y de otros mucho más extremados. Körner demostró
gran erudición en el particular; pero se preferían como mejor
testimonio, más digno de crédito, las cosas más recientes y de la
localidad. No le hubiera hecho gracia a Emma oír que se la comparaba con
damas parturientas de sesenta años, y que se citaba, como ejemplo de
belleza conservada milagrosamente, a Ninon de Lenclos, de quien nunca
había oído ni el nombre la señorita de Silva. ¡Lo que sabía aquella
Marta, que fue la que llevó la conversación de la tocología a la
estética, para poder ella lucir sus conocimientos sin menoscabo de su
decoro y prerrogativas de virgen pudorosa e ignorante en obstetricia!
Ella, tan avispada, en esto de fingir inocencia tenía tan mal tacto, que
llegaba a ridículas exageraciones; y así fue que aquella noche, por
rivalizar con el candor de las de Ferraz, a las primeras noticias del
feliz suceso que se preparaba estuvo inclinada a dar a entender que, a
su juicio, los recién nacidos venían de París; pero la de Silva, la
menor, con verdadera inocencia, dejó comprender todo lo que ella sabía
respecto del asunto, que era bastante; y Marta tuvo tiempo para recoger
velas y abstenerse de ridículas leyendas filogénicas y ontogénicas, como
hubiera dicho ella si no estuviera mal visto.
En lo que estaban todos conformes era en lo que ya había afirmado el
médico, a saber: que la principal causa de aquella restauración de las
entrañas de Emma y de sus facultades de madre se debían a la nueva vida
que llevaba de algún tiempo a aquella parte, a las distracciones, a las
expansiones. Consultado Minghetti sobre el particular, daba señales de
asentimiento con la cabeza, y seguía comiendo pasteles. Los comensales
le miraban a hurtadillas, y los más perspicaces notaban en él un aire
que Körner, hablando bajo con Sebastián, llamó en francés _gené_; con lo
cual Sebastián se quedó a oscuras.
Volvió Nepomuceno cuando se levantaban de la mesa; se despidieron todos
de Emma, repitiendo las bromas, recomendándole tales y cuales
precauciones Körner, y aun Sebastián, que tenía una experiencia que no
se explicaban las chicas de Ferraz en un solterón; y todas las vírgenes,
Marta inclusive, se ofrecieron de allí para en adelante a servir a la
amiga enferma, de enfermedad conocida, en todo lo que fuera compatible
con el estado a que todas ellas todavía pertenecían.
Emma rabiaba, azotaba el aire; y aumentaba su cólera porque no podía
explicar a las muchachas, decorosamente, los argumentos con que todavía
seguía oponiéndose a la sentencia facultativa. Bajando por la escalera,
unas opinaban que el furor de la Valcárcel era fingido, que bien
satisfecha estaba con el descubrimiento; otras pensaban, más en lo
cierto, que si algo halagaba esta potencialidad a Emma, no le daban
lugar a satisfacciones el terror del parto, el asco y la repugnancia a
los menesteres de la maternidad después del alumbramiento.
--Y además--decía una de Ferraz a la de Silva--, ¿no ha visto usted qué
cara se le ha puesto sólo con los preparativos esos y con el susto?
--Sí, parecía un cadáver....
--Lo que parecía era una cincuentona.
--Poco le falta.
--No, mujer, no exageres. Lo que era que... como se le había caído la
pintura....
--Diez años más se le echaron encima.
--Eso sí.
Y todas ellas callaron de repente, ya en la calle, pensando por
unanimidad en Minghetti y en la cara de pocos amigos que había puesto en
el cuarto de la otra. Sebastián fue a acompañar a los de Körner hasta su
casa. Nepomuceno había tenido que quedarse porque el alemán era muy
delicado, ahora que se aproximaba la boda, en materias del qué dirán, y
no gustaba de que a tales horas pudieran encontrar por las calles
oscuras a su hija acompañada de su prometido, aunque Körner fuera con
ellos. Aseguraba que para Alemania era buena la costumbre de dejar a los
novios andar juntos y solos por cualquier parte, pero que en países
meridionales toda precaución era poca. Por lo visto, temía los ardores
del buen Nepomuceno.
Pero ¿y Reyes?, preguntaban los amigos de la casa al separarse. ¿Dónde
se habrá metido? En el cuarto de Emma no quedaba.
Bonis se había encerrado en su alcoba, ya que su mujer rechazaba
enérgicamente las expansiones del futuro padre, que hubiera deseado
vivamente saborear en santo amor y compaña de su esposa las delicias de
la inesperada y bien venida noticia que acababa de darles D. Basilio.
A falta de su mujer, Bonis se contentó con su humilde lecho de _soltero_,
en aquella alcoba suya, testigo de tantos pensamientos, de tantos
sueños, de tantos remordimientos, de tantas penas y humillaciones
devoradas entre sollozos. Su cama era su confidente, su mejor amigo; no
el tálamo nupcial, el del cuarto de su mujer, no; aquellas pobres tablas
de nogal, aquellas sábanas sin encajes (porque los encajes y puntillas
le daban grima), aquella colcha de flores azules, que le decían tantas
cosas poéticas y tristes, dulces, suaves, tan conformes con el fondo de
su propio carácter. Parecíale que a fuerza de haber mirado años y años
aquellas flores, mientras su pensamiento vagaba por los mundos
encantados de sus ilusiones, de sus penas, se le había pegado a la
colcha como un barniz de idealidad, una especie de musgo azul de sus
ensueños.... En fin, aquella colcha, y otra del mismo dibujo, pero de
color de rosa, eran algo así como amigas íntimas, confidentes que a él
le faltaban en el _mundo_ de los vivos.
Muchas veces pensaba en esto: él no tenía, en rigor, amigos entre los
hombres; ni amigos de la infancia, verdaderos, capaces de comprenderle y
capaces de abnegación; ni amigos de la edad viril...; _il suo caro
Mochi_... ¡bah!, le había engañado una temporada. Era un vividor a quien
Dios perdonara. Sus amigos eran las cosas. La montaña del horizonte, la
luna, el campanario de la parroquia, ciertos muebles... la ropa de
color, usada, de andar por casa... las zapatillas gastadas... el lecho
de _soltero_ sobre todo. Estos seres inanimados, de la industria, a los
cuales dudaba Platón si correspondía una idea, eran para Bonis como
almas paralíticas, que oían, sentían, entendían..., pero no podían
contestar ni por señas.
Y, sin embargo, aquella noche solemne, al contemplar la colcha de flores
azules, el doblez humilde y corto de las sábanas limpias, las almohadas
angostas y blandas, le pareció que todo aquello le sonreía con su
frescura y con su aspecto de íntima familiaridad, mientras él se quitaba
las botas y calzaba las babuchas. No había felicidad completa si los
pies no descansaban en la suavidad del paño flojo de las zapatillas.
--¡Ajajá!--exclamó al sentirse a su gusto. Y apoyando ambas manos en la
cama, dejó que una dulcísima sonrisa le inundara el rostro con un
reflejo de la alegría del corazón.
¡Ahora a meditar! ¡A soñar! ¡Noche solemne! No había milagros: en eso
estaba. No estaría bien que los hubiera. El milagro y el verdadero Dios
eran incompatibles. Pero... ¡había Providencia!, un plan del mundo, en
armonía preestablecida (él no usaba estas palabras; no pensaba esto con
palabras) con las leyes naturales. Había coincidencias providenciales,
que al hombre piadoso debían servirle de advertencias saludables,
emanadas de Dios, traídas por la naturaleza. No era un milagro que se
hubiesen equivocado los médicos que antaño le habían condenado para
siempre a la esterilidad de su mujer; no era un milagro que Emma pariese
ya cerca de los cuarenta años. Tampoco era milagrosa..., aunque sí
admirable, la coincidencia de anunciarse la _venida del hijo_ la misma
noche en que se marchaba la pasión. Se iba Serafina y venía _Isaac_. El
que debía llamarse Isaac, por lo que él sabía, pero que se llamaría,
Dios sabía cómo, probablemente Diego, Antonio o Sebastián, a gusto de la
madre, tirana de todos. ¡Isaac! Lo más extraño, lo más admirable era
aquello... sus visiones de la noche memorable del concierto, de aquel
concierto en que nacieron gran parte de las desdichas de su casa, la
corrupción al por mayor metida en ella. De aquel concierto también había
nacido su anhelo creciente de paz, de amor puro, tranquilo... y aquella
vaga esperanza, rechazada y rediviva a cada momento, de tener al fin un
hijo, un hijo legítimo, único. Lo más admirable, sí, aunque no
milagroso, era el cumplimiento de lo que él disparatadamente llamaba,
para sus adentros, «la Anunciación».
Tan exaltado se sintió, todo por dentro, tan lleno de ternura, que se
tuvo un poco de miedo.
«¡Oh! ¡Si esto es estar loco, bien venida sea la locura!».
¡Estaba tan contento, tan orgulloso! No cabía duda. La Providencia y él
se entendían. Había sido aquello como un contrato: «Que se marche ella,
y vendrá él».
Pero ella... ¿se habrá marchado del todo?
--Sí--dijo Bonis en voz alta, poniéndose en pie y dando una leve patada en
el suelo.
«Sí; aquí no queda más que el padre de familia. Aquí, en este corazón,
ya no hay sitio más que para el amor del hijo».
Una voz secreta le decía que su nuevo amor era un poco abstracto, algo
metafísico; pero ya cambiaría; cuando el chico estuviese allí, sería
otra cosa. «Algo contribuía, pensaba Bonis, a la falta de _cariño humano_
a su nene de sus entrañas, de que ahora se resentía, el no saber cómo
llamarle. ¡Isaac! No; no sería Isaac. Además, Isaac no había sido _único
hijo_ de su padre. Aunque pareciera irreverencia, en rigor..., en
rigor..., lo que correspondía era llamar a la criatura Manolín... o
Jesús. ¡No que él se comparase con Dios Padre, ni siquiera con San
José!...».
La idea de San José le hizo incorporarse en la cama, donde ya se había
tendido, sin desnudarse. Como Bonis no era creyente, en el sentido
rigoroso de la palabra, y sus dudas le habían llevado muchas veces a las
cuestiones exegéticas, según él podía entenderlas, pensó en la
posibilidad de que a San José le hubiese hecho la historia un flaco
servicio, con la mejor intención, pero muy flaco. Sintió una lástima
inmensa por San José. «Supongamos, se decía, que él, y nadie más que él,
fuera el padre de su hijo putativo; que fuese el padre..., sin perjuicio
de todas las relaciones misteriosas, sublimes, extranaturales, pero no
milagrosas, que podía haber entre la Divinidad y el Hijo del hombre...;
supongamos esto por un momento. ¡Qué horror! ¡Arrancarle a San José la
gloria..., el amor... de su hijo!... ¡Todo para la madre! ¿Y el padre?
¿Y el padre?». Pensando estos disparates, se le llenaron los ojos de
lágrimas. ¿Si estaría loco efectivamente? ¡Pues no se le ocurría, cuando
debía estar tan contento, echarse a llorar, lleno de una lástima
infinita del patriarca San José! Pero la verdad, ¡la historia!, ¡la
historia! La historia no sabía lo que era ser padre.
«Ni yo tampoco. Cuando tenga al muchacho junto a mí, en una cuna, no
estaré pensando en San José ni en todas esas teologías...».
En aquel instante se le ocurrió esto: «El niño debiera llamarse Pedro,
como mi padre».
--¡Padre del alma! ¡Madre mía!--sollozó, ocultando el rostro en las
almohadas, que empapó en llanto.
Aquella era la fuente; allí estaba el manantial de las verdaderas
ternuras... ¡La cadena de los padres y los hijos!... Cadena que,
remontándose por sus eslabones hacia el pasado, sería toda amor,
abnegación, la unidad sincera, real, caritativa, de la pobre raza
humana; pero la cadena venía de lo pasado a lo presente, a lo futuro...,
y era cadena que la muerte rompía en cada eslabón; era el olvido, la
indiferencia. Le parecía estar solo en el mundo, sin lazo de amor con
algo que fuese un amparo..., y comprendía, sin embargo, que él era el
producto de la abnegación ajena, del sacrificio amoroso en indefinida
serie. ¡Oh infinito consuelo! El origen debía de ser también acto de
amor; no había motivo racional para suponer un momento en que los
ascendientes amaran menos al hijo que este al suyo.... Bonifacio se había
vuelto un poco hacia la pared; la luz, colocada en la mesilla de noche,
pintaba el perfil de su rostro en la sombra sobre el estuco blanco. Su
sombra, ya lo había notado otras veces con melancólico consuelo, se
parecía a la de su padre, tal como la veía en los recuerdos lejanos.
Pero aquella noche era mucho más clara y más acentuada la semejanza.
«¡Cosa extraña! Yo no me parecía apenas nada a mi padre, y nuestras
sombras sí, muchísimo: este bigote, este movimiento de la boca, esta
línea de la frente... y esta manera de levantar el pecho al dar este
suspiro..., todo ello es como lo vi mil veces, en el lecho de mi padre,
de noche también, mientras él leía o meditaba, y acurrucado junto a él
yo soñaba despierto, contento, con voluptuosidad infantil, de aquella
protección que tenía a mi lado, que me cobijaba con alas de amor, amparo
que yo creía de valor absoluto.--¡Padre del alma! ¡Cuánto me habrás
querido!»--se gritó por dentro....
Bonis no se acordaba de que no había cenado todavía, y dejaba que la
debilidad se apoderara de él. Empezaba a sentirse mal sin darse cuenta
de ello. Le temblaban las piernas, y los recuerdos de la infancia se
amontonaban en su cerebro, y adquirían una fuerza plástica, un vigor de
líneas que tocaban en la alucinación; se sentía desfallecer, y como
disuelto, en una especie de plano _geológico_ de toda su existencia, tenía
la contemplación simultánea de varias épocas de su primera vida; se veía
en los brazos de su padre, en los de su madre; sentía en el paladar
_sabores_ que había gustado en la niñez; renovaba olores que le habían
impresionado, como una poesía, en la edad más remota.... Llegó a tener
miedo; saltó de la cama, y de puntillas se dirigió a la alcoba de Emma.
La Valcárcel dormía. Dormía de veras, con la boca un poco entreabierta.
Dormía con fatiga; la antigua arruga de la frente había vuelto a
acentuarse amenazadora. Bonis se tuvo lástima en nombre de todos los
suyos. Sintió, con orgullo de raza, una voz de lucha, de resistencia, de
apellido a apellido: lo que jamás le había pasado en largos años de
resignada cautividad doméstica. _Los Reyes_ se sublevaban en él contra _los
Valcárcel_. ¡Oh! Cuánto daría en aquel momento por haber visto, por haber
leído aquel libro de blasones familiares, de que, más que su padre, le
hablaba su madre, muy orgullosa con la prosapia de su marido. Ella lo
había visto: los Reyes eran de muy buena familia, oriundos de un
pueblecillo de la costa que se llamaba _Raíces_. Bonis había pasado una
vez por allí, en coche, sin acordarse de sus antepasados. ¿Quién se
habrá llevado el libro? Un pariente, un tío.... Su padre, D. Pedro Reyes,
procurador de la Audiencia, con mala suerte y poca habilidad, no hablaba
apenas de las antiguas grandezas, más o menos exageradas por su esposa,
de la familia de los Reyes; era un hombre sencillo, triste, trabajador,
pero sin ambición; de una honradez sin tacha, que se había puesto a
prueba cien veces, pero sin lucimiento, por lo modesto que era el D.
Pedro hasta para ser heroicamente incorruptible. Con los demás era tan
tolerante, que hasta podía sospecharse de su criterio moral por lo ancha
que tenía la manga para perdonar extravíos ajenos. Amaba el silencio,
amaba la paz, y le amaba a él, a Bonis, y a sus hermanos, todos ya
muertos. Sí; ahora veía con extraordinaria clarividencia, con un talento
de observación que no había sospechado que él tenía dentro, los
recónditos méritos del carácter de su padre. Su romanticismo, sus
lecturas dislocadas, falsas, no le habían dejado admirar aquella noble
figura, evocada por la sombra propia en la pared de su cuarto. Bonis,
junto al lecho de Emma dormida, adoró, como un chino, la santidad
religiosa de los manes paternos. ¡Oh, qué claramente lo veía ahora; cómo
tomaban un sentido hechos y hechos de la vida de su padre que a él le
habían parecido insignificantes! Hasta, alguna vez, se había sorprendido
pensando: «Yo soy un cualquiera; no soy un hombre de genio; seré como mi
padre: un bendito, un ser vulgar». Y ahora le gritaba el alma: «¡Un ser
vulgar!». ¿Por qué no? ¡Imbécil, imita la vulgaridad de tu padre!
Acuérdate, acuérdate: ¿qué anhelaba aquel hombre? Huir de los negocios,
del tráfico y de las mentiras del mundo; encerrarse con sus hijos, no
para recordar noblezas de los abuelos, sino para amar tranquila,
sosegadamente, a sus retoños. Era un anacoreta, poco dramático..., de la
familia. Su desierto era su hogar. Al mundo iba a la fuerza. Su casa le
hablaba, en silencio, con la dulzura de la paz doméstica, de toda la
idealidad de que era capaz su espíritu cariñoso, humilde. La sonrisa de
su padre al hablar con los extraños, tratando asuntos de la calle, era
de una tristeza profunda y disimulada; se conocía que no esperaba nada
de puertas afuera; no creía en los amigos; temía la maldad, muy
generalizada; hablaba mucho a los hijos mayores de la necesidad de
pertrecharse contra los amaños del mundo, un enemigo indudablemente. Sí;
su padre hablaba a los de casa de lo que aguardaba fuera, como podía el
hombre prehistórico hablar en su guarida, preparada contra los asaltos
de las fieras, a las demás personas de la familia, aleccionándolas para
las lides con las alimañas que habían de encontrar en saliendo. Más
recordaba Bonis: que su padre, aunque ocultándolo, dejaba ver a su pesar
que era un vencido, que tenía miedo a la terrible lucha de la
existencia; era pusilánime; y, resignado con su pobreza, con la
impotencia de su honradez arrinconada por la traición, el pecado, la
crueldad y la tiranía del mundo, buscaba en el hogar un refugio, una
isla de amor, por completo separada del resto del universo, con el que
no tenía nada que ver. Para estas conjeturas de lo que su padre había
sido y había pensado, Bonis se servía de multitud de recuerdos ahora
acumulados y llenos de sentido; pero a lo que no llegaba con ellos era a
vislumbrar en sus hipótesis históricas, en su recomposición de
sociología familiar, la lucha que el padre debía de haber mantenido
entre su desencanto, su miedo al mundo, su horror a las luchas de fuera
y la necesidad de amparar a sus hijos, de armarlos contra la guerra, a
que la vida, muerto él, los condenaba. D. Pedro había muerto sin dejar a
ningún hijo colocado. Había muerto cuando la familia había tenido que
renunciar, por miseria, a los últimos restos de forma mesocrática en el
trato social y doméstico; cuando la pobreza había dado aspecto de
plebeyo al decaído linaje de los Reyes. Y la madre, a quien esto habría
llegado al alma, había muerto poco después: a los dos años.
«Y ahora venía otro Reyes. Es decir, algo del espíritu y de la sangre de
su padre». Bonis tenía la preocupación de que los hijos, más que a los
padres, se parecen a los abuelos. La palabra _metempsicosis_ le estalló en
los oídos, por dentro. La estimaba mucho, de tiempo atrás, por lo
exótica, y ahora le halagaba su significado.--No será precisamente
metempsicosis...--pensó--; pero puede haber algo de eso... de otra manera.
¿Quién sabe si la inmortalidad del alma es una cosa así, se explica por
esta especie de renacimiento? Sí, el corazón me lo dice, y me lo dice la
_intuición_; mi hijo será algo de mi padre. Y ahora _los Reyes_ nacen
ricos; vuelven al esplendor antiguo...».
Al pensar esto, un sudor frío le subió por la espina dorsal.... Recordó,
en síntesis de dos o tres frases, el diálogo que aquella misma noche
había sorprendido: el de Nepomuceno con Marta. ¡Oh! ¿Sería sino de los
Reyes? ¡Nacía uno más... y... nacía en la ruina! ¡Estaban arruinados, o
iban a estarlo muy pronto; eso había dicho el tío, que sabía a qué
atenerse!
Bonis tuvo que sentarse en una silla, porque en la cama de su mujer no
se atrevió a hacerlo.
--¡Dios mío, en el mundo no hay felicidad posible! Esta noche, que yo
pensé que iba a ser de imágenes alegres, de dicha _interior_ toda ella....
¡qué horrible tormento me ofrece! ¡Arruinado mi hijo! ¡Y arruinado por
culpa mía! Sí, sí, yo comencé la obra.... Y además, mi ineptitud, mi
ignorancia de las cosas más importantes de la vida... los números... el
dinero... las cuentas... ¡prosa, decía yo! ¡El arte, la pasión! eso era
la poesía... ¡Y ahora el hijo me nace arruinado!
Emma se movió un poco y suspiró, como refunfuñando.
Bonis estuvo un momento decidido a despertarla. Aquello corría prisa.
Quería revelarle el terrible secreto cuanto antes, aquella misma noche.
No había que perder ni un día; desde la mañana siguiente tenían los dos
que cambiar de vida, había que poner puntales a la casa, y esto no
admitía espera....
«En adelante, menos cavilaciones y más acción. Se trata de mi hijo. Seré
el amo, seré el administrador de nuestros bienes. ¿Y la fábrica, esa
fábrica en que ni siquiera sé a punto fijo lo que hacen? Allá veremos.
¡Oh, señor don Juan, mi querido Nepomuceno, habrá _escena_, ya lo sé, pero
estoy resuelto! Venga la escena. Pero todo eso, mañana. Ahora, lo
inmediato; el _acto varonil_, digno de un _padre_, que correspondía a
aquella noche, era... despertar a Emma, enterarla de todo».
Pero Emma despertó sin que nadie se lo rogase, y Bonis no tuvo tiempo
para atreverse a abordar la cuestión del secreto descubierto: su mujer
le insultó, como en los tiempos clásicos de su servidumbre, porque
estaba allí papando moscas. Le arrojó de la alcoba a gritos, le hizo
llamar a Eufemia y le dio, por mano de la doncella, con la puerta en las
narices.
«También aquello tenía que concluir, pero... después del alumbramiento.
Había que evitar el aborto; nada de disgustarla.... En pariendo... y en
criando... si criaba ella, como él deseaba, se hablaría de todo; se
vería si un Reyes podía ni debía ser esclavo de una Valcárcel.
»Sin embargo, debo volver a entrar, con los mejores modos, para
anunciarle el peligro...».
Levantó el picaporte de la puerta que se le acababa de cerrar..., pero
volvió a dejarle caer.
Se sentía muy débil. No había cenado. Veía chispitas rojas en el aire.
Había que tomar algún alimento y dejarlo todo para mañana. Ya era, así
como así, muy tarde. Lo malo estaba en que no tenía apetito, aquel
apetito que él perdía difícilmente.
Tomó dos huevos pasados por agua, y acabó por acostarse. Tardó mucho en
dormirse; y soñó, llorando, con Serafina, que se había muerto y le
llamaba desde el seno de la tierra, con un frasco entre los brazos. El
frasco contenía un feto humano en espíritu de vino.
-XV-
Emma defendió su esperanza de que el médico se equivocara, todo el
tiempo que pudo, y con multitud de recursos de ingenio. En el asunto de
la probanza que se sacaba de intimidades que ella tenía que confesar,
intimidades que, por regla general, eran prueba plena, alegaba como
excepción su extraña naturaleza, enemiga de todo ritmo en los fenómenos
fisiológicos más corrientes. Pero su gran argumento consistía en
presentarse de perfil:
--¿Ven ustedes? Nada. Y se apretaba el corsé más y más cada día, sin
miedo, despreciando consejos de la prudencia y de la higiene. Se portaba
como una pobre doncella para quien dejar de serlo fuera una gran
vergüenza, y que quisiera esconder la prueba de su ignominia.