Seguía negando su estado, como si fuese asunto de honor, como pudiera

negarlo Marta si se viera en una por el estilo; pero negaba no por

convicción, sino por engañarse a sí misma. Por lo demás, bien comprendía

ahora, después de oír a D. Basilio y de contestar a sus sabias

preguntas, que había estado ciega, que ella misma debía haber

comprendido mucho tiempo hacía de qué se trataba al notar cosas extrañas

en su vida íntima.

Bonis, que había procurado quedarse con su mujer mientras los demás,

despedido D. Basilio, corrían al comedor, donde les aguardaba el

refresco, tuvo que dejarla sola porque le echó de su presencia a cajas

destempladas. Desapareció Reyes, y los convidados quedaron por dueños de

la casa, pues D. Juan Nepomuceno había salido también cuando el médico.

En el comedor se acentuó el carácter burlesco de las bromas con que se

recibió el inesperado suceso. Se hacían cálculos respecto de la mayor o

menor proximidad del alumbramiento, suponiendo que las cosas fueran por

sus pasos contados a un feliz desenlace. Las hipótesis respecto de las

causas probables de tamaño lance abundaban, se entrelazaban, se

mezclaban, llegaban al absurdo y siempre acababan apoyándose en ejemplos

de casos semejantes y de otros mucho más extremados. Körner demostró

gran erudición en el particular; pero se preferían como mejor

testimonio, más digno de crédito, las cosas más recientes y de la

localidad. No le hubiera hecho gracia a Emma oír que se la comparaba con

damas parturientas de sesenta años, y que se citaba, como ejemplo de

belleza conservada milagrosamente, a Ninon de Lenclos, de quien nunca

había oído ni el nombre la señorita de Silva. ¡Lo que sabía aquella

Marta, que fue la que llevó la conversación de la tocología a la

estética, para poder ella lucir sus conocimientos sin menoscabo de su

decoro y prerrogativas de virgen pudorosa e ignorante en obstetricia!

Ella, tan avispada, en esto de fingir inocencia tenía tan mal tacto, que

llegaba a ridículas exageraciones; y así fue que aquella noche, por

rivalizar con el candor de las de Ferraz, a las primeras noticias del

feliz suceso que se preparaba estuvo inclinada a dar a entender que, a

su juicio, los recién nacidos venían de París; pero la de Silva, la

menor, con verdadera inocencia, dejó comprender todo lo que ella sabía

respecto del asunto, que era bastante; y Marta tuvo tiempo para recoger

velas y abstenerse de ridículas leyendas filogénicas y ontogénicas, como

hubiera dicho ella si no estuviera mal visto.

En lo que estaban todos conformes era en lo que ya había afirmado el

médico, a saber: que la principal causa de aquella restauración de las

entrañas de Emma y de sus facultades de madre se debían a la nueva vida

que llevaba de algún tiempo a aquella parte, a las distracciones, a las

expansiones. Consultado Minghetti sobre el particular, daba señales de

asentimiento con la cabeza, y seguía comiendo pasteles. Los comensales

le miraban a hurtadillas, y los más perspicaces notaban en él un aire

que Körner, hablando bajo con Sebastián, llamó en francés _gené_; con lo

cual Sebastián se quedó a oscuras.

Volvió Nepomuceno cuando se levantaban de la mesa; se despidieron todos

de Emma, repitiendo las bromas, recomendándole tales y cuales

precauciones Körner, y aun Sebastián, que tenía una experiencia que no

se explicaban las chicas de Ferraz en un solterón; y todas las vírgenes,

Marta inclusive, se ofrecieron de allí para en adelante a servir a la

amiga enferma, de enfermedad conocida, en todo lo que fuera compatible

con el estado a que todas ellas todavía pertenecían.

Emma rabiaba, azotaba el aire; y aumentaba su cólera porque no podía

explicar a las muchachas, decorosamente, los argumentos con que todavía

seguía oponiéndose a la sentencia facultativa. Bajando por la escalera,

unas opinaban que el furor de la Valcárcel era fingido, que bien

satisfecha estaba con el descubrimiento; otras pensaban, más en lo

cierto, que si algo halagaba esta potencialidad a Emma, no le daban

lugar a satisfacciones el terror del parto, el asco y la repugnancia a

los menesteres de la maternidad después del alumbramiento.

--Y además--decía una de Ferraz a la de Silva--, ¿no ha visto usted qué

cara se le ha puesto sólo con los preparativos esos y con el susto?

--Sí, parecía un cadáver....

--Lo que parecía era una cincuentona.

--Poco le falta.

--No, mujer, no exageres. Lo que era que... como se le había caído la

pintura....

--Diez años más se le echaron encima.

--Eso sí.

Y todas ellas callaron de repente, ya en la calle, pensando por

unanimidad en Minghetti y en la cara de pocos amigos que había puesto en

el cuarto de la otra. Sebastián fue a acompañar a los de Körner hasta su

casa. Nepomuceno había tenido que quedarse porque el alemán era muy

delicado, ahora que se aproximaba la boda, en materias del qué dirán, y

no gustaba de que a tales horas pudieran encontrar por las calles

oscuras a su hija acompañada de su prometido, aunque Körner fuera con

ellos. Aseguraba que para Alemania era buena la costumbre de dejar a los

novios andar juntos y solos por cualquier parte, pero que en países

meridionales toda precaución era poca. Por lo visto, temía los ardores

del buen Nepomuceno.

Pero ¿y Reyes?, preguntaban los amigos de la casa al separarse. ¿Dónde

se habrá metido? En el cuarto de Emma no quedaba.

Bonis se había encerrado en su alcoba, ya que su mujer rechazaba

enérgicamente las expansiones del futuro padre, que hubiera deseado

vivamente saborear en santo amor y compaña de su esposa las delicias de

la inesperada y bien venida noticia que acababa de darles D. Basilio.

A falta de su mujer, Bonis se contentó con su humilde lecho de _soltero_,

en aquella alcoba suya, testigo de tantos pensamientos, de tantos

sueños, de tantos remordimientos, de tantas penas y humillaciones

devoradas entre sollozos. Su cama era su confidente, su mejor amigo; no

el tálamo nupcial, el del cuarto de su mujer, no; aquellas pobres tablas

de nogal, aquellas sábanas sin encajes (porque los encajes y puntillas

le daban grima), aquella colcha de flores azules, que le decían tantas

cosas poéticas y tristes, dulces, suaves, tan conformes con el fondo de

su propio carácter. Parecíale que a fuerza de haber mirado años y años

aquellas flores, mientras su pensamiento vagaba por los mundos

encantados de sus ilusiones, de sus penas, se le había pegado a la

colcha como un barniz de idealidad, una especie de musgo azul de sus

ensueños.... En fin, aquella colcha, y otra del mismo dibujo, pero de

color de rosa, eran algo así como amigas íntimas, confidentes que a él

le faltaban en el _mundo_ de los vivos.

Muchas veces pensaba en esto: él no tenía, en rigor, amigos entre los

hombres; ni amigos de la infancia, verdaderos, capaces de comprenderle y

capaces de abnegación; ni amigos de la edad viril...; _il suo caro

Mochi_... ¡bah!, le había engañado una temporada. Era un vividor a quien

Dios perdonara. Sus amigos eran las cosas. La montaña del horizonte, la

luna, el campanario de la parroquia, ciertos muebles... la ropa de

color, usada, de andar por casa... las zapatillas gastadas... el lecho

de _soltero_ sobre todo. Estos seres inanimados, de la industria, a los

cuales dudaba Platón si correspondía una idea, eran para Bonis como

almas paralíticas, que oían, sentían, entendían..., pero no podían

contestar ni por señas.

Y, sin embargo, aquella noche solemne, al contemplar la colcha de flores

azules, el doblez humilde y corto de las sábanas limpias, las almohadas

angostas y blandas, le pareció que todo aquello le sonreía con su

frescura y con su aspecto de íntima familiaridad, mientras él se quitaba

las botas y calzaba las babuchas. No había felicidad completa si los

pies no descansaban en la suavidad del paño flojo de las zapatillas.

--¡Ajajá!--exclamó al sentirse a su gusto. Y apoyando ambas manos en la

cama, dejó que una dulcísima sonrisa le inundara el rostro con un

reflejo de la alegría del corazón.

¡Ahora a meditar! ¡A soñar! ¡Noche solemne! No había milagros: en eso

estaba. No estaría bien que los hubiera. El milagro y el verdadero Dios

eran incompatibles. Pero... ¡había Providencia!, un plan del mundo, en

armonía preestablecida (él no usaba estas palabras; no pensaba esto con

palabras) con las leyes naturales. Había coincidencias providenciales,

que al hombre piadoso debían servirle de advertencias saludables,

emanadas de Dios, traídas por la naturaleza. No era un milagro que se

hubiesen equivocado los médicos que antaño le habían condenado para

siempre a la esterilidad de su mujer; no era un milagro que Emma pariese

ya cerca de los cuarenta años. Tampoco era milagrosa..., aunque sí

admirable, la coincidencia de anunciarse la _venida del hijo_ la misma

noche en que se marchaba la pasión. Se iba Serafina y venía _Isaac_. El

que debía llamarse Isaac, por lo que él sabía, pero que se llamaría,

Dios sabía cómo, probablemente Diego, Antonio o Sebastián, a gusto de la

madre, tirana de todos. ¡Isaac! Lo más extraño, lo más admirable era

aquello... sus visiones de la noche memorable del concierto, de aquel

concierto en que nacieron gran parte de las desdichas de su casa, la

corrupción al por mayor metida en ella. De aquel concierto también había

nacido su anhelo creciente de paz, de amor puro, tranquilo... y aquella

vaga esperanza, rechazada y rediviva a cada momento, de tener al fin un

hijo, un hijo legítimo, único. Lo más admirable, sí, aunque no

milagroso, era el cumplimiento de lo que él disparatadamente llamaba,

para sus adentros, «la Anunciación».

Tan exaltado se sintió, todo por dentro, tan lleno de ternura, que se

tuvo un poco de miedo.

«¡Oh! ¡Si esto es estar loco, bien venida sea la locura!».

¡Estaba tan contento, tan orgulloso! No cabía duda. La Providencia y él

se entendían. Había sido aquello como un contrato: «Que se marche ella,

y vendrá él».

Pero ella... ¿se habrá marchado del todo?

--Sí--dijo Bonis en voz alta, poniéndose en pie y dando una leve patada en

el suelo.

«Sí; aquí no queda más que el padre de familia. Aquí, en este corazón,

ya no hay sitio más que para el amor del hijo».

Una voz secreta le decía que su nuevo amor era un poco abstracto, algo

metafísico; pero ya cambiaría; cuando el chico estuviese allí, sería

otra cosa. «Algo contribuía, pensaba Bonis, a la falta de _cariño humano_

a su nene de sus entrañas, de que ahora se resentía, el no saber cómo

llamarle. ¡Isaac! No; no sería Isaac. Además, Isaac no había sido _único

hijo_ de su padre. Aunque pareciera irreverencia, en rigor..., en

rigor..., lo que correspondía era llamar a la criatura Manolín... o

Jesús. ¡No que él se comparase con Dios Padre, ni siquiera con San

José!...».

La idea de San José le hizo incorporarse en la cama, donde ya se había

tendido, sin desnudarse. Como Bonis no era creyente, en el sentido

rigoroso de la palabra, y sus dudas le habían llevado muchas veces a las

cuestiones exegéticas, según él podía entenderlas, pensó en la

posibilidad de que a San José le hubiese hecho la historia un flaco

servicio, con la mejor intención, pero muy flaco. Sintió una lástima

inmensa por San José. «Supongamos, se decía, que él, y nadie más que él,

fuera el padre de su hijo putativo; que fuese el padre..., sin perjuicio

de todas las relaciones misteriosas, sublimes, extranaturales, pero no

milagrosas, que podía haber entre la Divinidad y el Hijo del hombre...;

supongamos esto por un momento. ¡Qué horror! ¡Arrancarle a San José la

gloria..., el amor... de su hijo!... ¡Todo para la madre! ¿Y el padre?

¿Y el padre?». Pensando estos disparates, se le llenaron los ojos de

lágrimas. ¿Si estaría loco efectivamente? ¡Pues no se le ocurría, cuando

debía estar tan contento, echarse a llorar, lleno de una lástima

infinita del patriarca San José! Pero la verdad, ¡la historia!, ¡la

historia! La historia no sabía lo que era ser padre.

«Ni yo tampoco. Cuando tenga al muchacho junto a mí, en una cuna, no

estaré pensando en San José ni en todas esas teologías...».

En aquel instante se le ocurrió esto: «El niño debiera llamarse Pedro,

como mi padre».

--¡Padre del alma! ¡Madre mía!--sollozó, ocultando el rostro en las

almohadas, que empapó en llanto.

Aquella era la fuente; allí estaba el manantial de las verdaderas

ternuras... ¡La cadena de los padres y los hijos!... Cadena que,

remontándose por sus eslabones hacia el pasado, sería toda amor,

abnegación, la unidad sincera, real, caritativa, de la pobre raza

humana; pero la cadena venía de lo pasado a lo presente, a lo futuro...,

y era cadena que la muerte rompía en cada eslabón; era el olvido, la

indiferencia. Le parecía estar solo en el mundo, sin lazo de amor con

algo que fuese un amparo..., y comprendía, sin embargo, que él era el

producto de la abnegación ajena, del sacrificio amoroso en indefinida

serie. ¡Oh infinito consuelo! El origen debía de ser también acto de

amor; no había motivo racional para suponer un momento en que los

ascendientes amaran menos al hijo que este al suyo.... Bonifacio se había

vuelto un poco hacia la pared; la luz, colocada en la mesilla de noche,

pintaba el perfil de su rostro en la sombra sobre el estuco blanco. Su

sombra, ya lo había notado otras veces con melancólico consuelo, se

parecía a la de su padre, tal como la veía en los recuerdos lejanos.

Pero aquella noche era mucho más clara y más acentuada la semejanza.

«¡Cosa extraña! Yo no me parecía apenas nada a mi padre, y nuestras

sombras sí, muchísimo: este bigote, este movimiento de la boca, esta

línea de la frente... y esta manera de levantar el pecho al dar este

suspiro..., todo ello es como lo vi mil veces, en el lecho de mi padre,

de noche también, mientras él leía o meditaba, y acurrucado junto a él

yo soñaba despierto, contento, con voluptuosidad infantil, de aquella

protección que tenía a mi lado, que me cobijaba con alas de amor, amparo

que yo creía de valor absoluto.--¡Padre del alma! ¡Cuánto me habrás

querido!»--se gritó por dentro....

Bonis no se acordaba de que no había cenado todavía, y dejaba que la

debilidad se apoderara de él. Empezaba a sentirse mal sin darse cuenta

de ello. Le temblaban las piernas, y los recuerdos de la infancia se

amontonaban en su cerebro, y adquirían una fuerza plástica, un vigor de

líneas que tocaban en la alucinación; se sentía desfallecer, y como

disuelto, en una especie de plano _geológico_ de toda su existencia, tenía

la contemplación simultánea de varias épocas de su primera vida; se veía

en los brazos de su padre, en los de su madre; sentía en el paladar

_sabores_ que había gustado en la niñez; renovaba olores que le habían

impresionado, como una poesía, en la edad más remota.... Llegó a tener

miedo; saltó de la cama, y de puntillas se dirigió a la alcoba de Emma.

La Valcárcel dormía. Dormía de veras, con la boca un poco entreabierta.

Dormía con fatiga; la antigua arruga de la frente había vuelto a

acentuarse amenazadora. Bonis se tuvo lástima en nombre de todos los

suyos. Sintió, con orgullo de raza, una voz de lucha, de resistencia, de

apellido a apellido: lo que jamás le había pasado en largos años de

resignada cautividad doméstica. _Los Reyes_ se sublevaban en él contra _los

Valcárcel_. ¡Oh! Cuánto daría en aquel momento por haber visto, por haber

leído aquel libro de blasones familiares, de que, más que su padre, le

hablaba su madre, muy orgullosa con la prosapia de su marido. Ella lo

había visto: los Reyes eran de muy buena familia, oriundos de un

pueblecillo de la costa que se llamaba _Raíces_. Bonis había pasado una

vez por allí, en coche, sin acordarse de sus antepasados. ¿Quién se

habrá llevado el libro? Un pariente, un tío.... Su padre, D. Pedro Reyes,

procurador de la Audiencia, con mala suerte y poca habilidad, no hablaba

apenas de las antiguas grandezas, más o menos exageradas por su esposa,

de la familia de los Reyes; era un hombre sencillo, triste, trabajador,

pero sin ambición; de una honradez sin tacha, que se había puesto a

prueba cien veces, pero sin lucimiento, por lo modesto que era el D.

Pedro hasta para ser heroicamente incorruptible. Con los demás era tan

tolerante, que hasta podía sospecharse de su criterio moral por lo ancha

que tenía la manga para perdonar extravíos ajenos. Amaba el silencio,

amaba la paz, y le amaba a él, a Bonis, y a sus hermanos, todos ya

muertos. Sí; ahora veía con extraordinaria clarividencia, con un talento

de observación que no había sospechado que él tenía dentro, los

recónditos méritos del carácter de su padre. Su romanticismo, sus

lecturas dislocadas, falsas, no le habían dejado admirar aquella noble

figura, evocada por la sombra propia en la pared de su cuarto. Bonis,

junto al lecho de Emma dormida, adoró, como un chino, la santidad

religiosa de los manes paternos. ¡Oh, qué claramente lo veía ahora; cómo

tomaban un sentido hechos y hechos de la vida de su padre que a él le

habían parecido insignificantes! Hasta, alguna vez, se había sorprendido

pensando: «Yo soy un cualquiera; no soy un hombre de genio; seré como mi

padre: un bendito, un ser vulgar». Y ahora le gritaba el alma: «¡Un ser

vulgar!». ¿Por qué no? ¡Imbécil, imita la vulgaridad de tu padre!

Acuérdate, acuérdate: ¿qué anhelaba aquel hombre? Huir de los negocios,

del tráfico y de las mentiras del mundo; encerrarse con sus hijos, no

para recordar noblezas de los abuelos, sino para amar tranquila,

sosegadamente, a sus retoños. Era un anacoreta, poco dramático..., de la

familia. Su desierto era su hogar. Al mundo iba a la fuerza. Su casa le

hablaba, en silencio, con la dulzura de la paz doméstica, de toda la

idealidad de que era capaz su espíritu cariñoso, humilde. La sonrisa de

su padre al hablar con los extraños, tratando asuntos de la calle, era

de una tristeza profunda y disimulada; se conocía que no esperaba nada

de puertas afuera; no creía en los amigos; temía la maldad, muy

generalizada; hablaba mucho a los hijos mayores de la necesidad de

pertrecharse contra los amaños del mundo, un enemigo indudablemente. Sí;

su padre hablaba a los de casa de lo que aguardaba fuera, como podía el

hombre prehistórico hablar en su guarida, preparada contra los asaltos

de las fieras, a las demás personas de la familia, aleccionándolas para

las lides con las alimañas que habían de encontrar en saliendo. Más

recordaba Bonis: que su padre, aunque ocultándolo, dejaba ver a su pesar

que era un vencido, que tenía miedo a la terrible lucha de la

existencia; era pusilánime; y, resignado con su pobreza, con la

impotencia de su honradez arrinconada por la traición, el pecado, la

crueldad y la tiranía del mundo, buscaba en el hogar un refugio, una

isla de amor, por completo separada del resto del universo, con el que

no tenía nada que ver. Para estas conjeturas de lo que su padre había

sido y había pensado, Bonis se servía de multitud de recuerdos ahora

acumulados y llenos de sentido; pero a lo que no llegaba con ellos era a

vislumbrar en sus hipótesis históricas, en su recomposición de

sociología familiar, la lucha que el padre debía de haber mantenido

entre su desencanto, su miedo al mundo, su horror a las luchas de fuera

y la necesidad de amparar a sus hijos, de armarlos contra la guerra, a

que la vida, muerto él, los condenaba. D. Pedro había muerto sin dejar a

ningún hijo colocado. Había muerto cuando la familia había tenido que

renunciar, por miseria, a los últimos restos de forma mesocrática en el

trato social y doméstico; cuando la pobreza había dado aspecto de

plebeyo al decaído linaje de los Reyes. Y la madre, a quien esto habría

llegado al alma, había muerto poco después: a los dos años.

«Y ahora venía otro Reyes. Es decir, algo del espíritu y de la sangre de

su padre». Bonis tenía la preocupación de que los hijos, más que a los

padres, se parecen a los abuelos. La palabra _metempsicosis_ le estalló en

los oídos, por dentro. La estimaba mucho, de tiempo atrás, por lo

exótica, y ahora le halagaba su significado.--No será precisamente

metempsicosis...--pensó--; pero puede haber algo de eso... de otra manera.

¿Quién sabe si la inmortalidad del alma es una cosa así, se explica por

esta especie de renacimiento? Sí, el corazón me lo dice, y me lo dice la

_intuición_; mi hijo será algo de mi padre. Y ahora _los Reyes_ nacen

ricos; vuelven al esplendor antiguo...».

Al pensar esto, un sudor frío le subió por la espina dorsal.... Recordó,

en síntesis de dos o tres frases, el diálogo que aquella misma noche

había sorprendido: el de Nepomuceno con Marta. ¡Oh! ¿Sería sino de los

Reyes? ¡Nacía uno más... y... nacía en la ruina! ¡Estaban arruinados, o

iban a estarlo muy pronto; eso había dicho el tío, que sabía a qué

atenerse!

Bonis tuvo que sentarse en una silla, porque en la cama de su mujer no

se atrevió a hacerlo.

--¡Dios mío, en el mundo no hay felicidad posible! Esta noche, que yo

pensé que iba a ser de imágenes alegres, de dicha _interior_ toda ella....

¡qué horrible tormento me ofrece! ¡Arruinado mi hijo! ¡Y arruinado por

culpa mía! Sí, sí, yo comencé la obra.... Y además, mi ineptitud, mi

ignorancia de las cosas más importantes de la vida... los números... el

dinero... las cuentas... ¡prosa, decía yo! ¡El arte, la pasión! eso era

la poesía... ¡Y ahora el hijo me nace arruinado!

Emma se movió un poco y suspiró, como refunfuñando.

Bonis estuvo un momento decidido a despertarla. Aquello corría prisa.

Quería revelarle el terrible secreto cuanto antes, aquella misma noche.

No había que perder ni un día; desde la mañana siguiente tenían los dos

que cambiar de vida, había que poner puntales a la casa, y esto no

admitía espera....

«En adelante, menos cavilaciones y más acción. Se trata de mi hijo. Seré

el amo, seré el administrador de nuestros bienes. ¿Y la fábrica, esa

fábrica en que ni siquiera sé a punto fijo lo que hacen? Allá veremos.

¡Oh, señor don Juan, mi querido Nepomuceno, habrá _escena_, ya lo sé, pero

estoy resuelto! Venga la escena. Pero todo eso, mañana. Ahora, lo

inmediato; el _acto varonil_, digno de un _padre_, que correspondía a

aquella noche, era... despertar a Emma, enterarla de todo».

Pero Emma despertó sin que nadie se lo rogase, y Bonis no tuvo tiempo

para atreverse a abordar la cuestión del secreto descubierto: su mujer

le insultó, como en los tiempos clásicos de su servidumbre, porque

estaba allí papando moscas. Le arrojó de la alcoba a gritos, le hizo

llamar a Eufemia y le dio, por mano de la doncella, con la puerta en las

narices.

«También aquello tenía que concluir, pero... después del alumbramiento.

Había que evitar el aborto; nada de disgustarla.... En pariendo... y en

criando... si criaba ella, como él deseaba, se hablaría de todo; se

vería si un Reyes podía ni debía ser esclavo de una Valcárcel.

»Sin embargo, debo volver a entrar, con los mejores modos, para

anunciarle el peligro...».

Levantó el picaporte de la puerta que se le acababa de cerrar..., pero

volvió a dejarle caer.

Se sentía muy débil. No había cenado. Veía chispitas rojas en el aire.

Había que tomar algún alimento y dejarlo todo para mañana. Ya era, así

como así, muy tarde. Lo malo estaba en que no tenía apetito, aquel

apetito que él perdía difícilmente.

Tomó dos huevos pasados por agua, y acabó por acostarse. Tardó mucho en

dormirse; y soñó, llorando, con Serafina, que se había muerto y le

llamaba desde el seno de la tierra, con un frasco entre los brazos. El

frasco contenía un feto humano en espíritu de vino.

-XV-

Emma defendió su esperanza de que el médico se equivocara, todo el

tiempo que pudo, y con multitud de recursos de ingenio. En el asunto de

la probanza que se sacaba de intimidades que ella tenía que confesar,

intimidades que, por regla general, eran prueba plena, alegaba como

excepción su extraña naturaleza, enemiga de todo ritmo en los fenómenos

fisiológicos más corrientes. Pero su gran argumento consistía en

presentarse de perfil:

--¿Ven ustedes? Nada. Y se apretaba el corsé más y más cada día, sin

miedo, despreciando consejos de la prudencia y de la higiene. Se portaba

como una pobre doncella para quien dejar de serlo fuera una gran

vergüenza, y que quisiera esconder la prueba de su ignominia.

Su único hijo · 第 16 / 21 段