_Dejarlo todo_, ya que no tenía hijo, y seguir... ¿Seguir a quién? ¡Si él

no tenía bastante fe, ni mucho menos! ¡Si dudaba, dudaba mucho, y con un

desorden de ideas que le hacía imposible aclarar sus dudas y volver a

creer a macha-martillo! Aquellos libracos, que había leído con avidez

para hacerse todo lo sabio posible, a fin de preparar la educación del

hijo, le habían producido, _en suma_, una indigestión intelectual de

negaciones. No era creyente... ni dejaba de serlo. Había cosas en la

Biblia que no se podían tragar. Un día que oyó que los seis días del

Génesis no eran días, sino épocas, aun en pura ortodoxia, sintió un gran

consuelo, como si se le quitara un peso de encima, como si hubiera sido

él quien hubiera inventado lo del mundo hecho en seis días. Pero quedaba

lo del Arca con todas las especies de animales; quedaba la torre de

Babel; quedaba el pecado, que pasaba de padres a hijos, y quedaba Josué

parando el sol..., en vez de parar la tierra. No, no podía ser: él no

podía coger su cruz, porque no era un _simple_ como los de la Edad Media,

sino un simple _ilustrado_, un simple de café, un simple moderno... ¡Ah,

pero lo que no le faltaba era el sincero anhelo de sacrificio, de

abnegación y caridad!... Hacer disparates para la mayor gloria... de lo

que hubiese allá arriba, le parecía muy puesto en razón, algo como una

música interior. Una noche leyó en la cama un libro que hablaba de un

místico medio loco, italiano, de la Edad Media, a quien llamaban el

juglar de Dios; parecía el payaso de la gloria: lleno del amor de Jesús,

se reía de la Iglesia y daba por hecho que él se condenaría, pero

llevando al infierno su pasión divina, que nadie podía arrancarle: y el

tal Jacopone de Todi, que así le llamaba el vulgo, que se reía de él y

le admiraba, hacía atrocidades ridículas para que su penitencia no fuese

ensalzada, sino objeto de burla; y salía andando con las manos, cabeza

abajo y los pies al aire; y se untaba de aceite todo el cuerpo, desnudo,

y se echaba a rodar sobre un montón de plumas, que se le pegaban al

cuerpo; y de esta facha salía por las calles para que los chiquillos le

corrieran....

Bonis lloraba de ternura leyendo estas hazañas del clown místico, del

autor de los Laudes, después inmortalizados. Él, Bonis, no era poeta,

pero con la flauta creía poder decir muchas cosas, y hasta convertir

infieles.... Pero el toque estaba en el _arranque_. Irse por el mundo,

echar a correr, dejarlo todo, y ya que no tenía un hijo, ser un santo de

pueblo, un santo loco, estaba muy puesto en razón; mas ¡ay!, la

conciencia le decía que no se atrevería jamás, no ya a dejarlo todo,

hasta las zapatillas, y tomar su cruz; ni siquiera a dejar a su mujer....

ni aun a su querida.

-XIV-

Grandes acontecimientos vinieron a sacar a Reyes de estas intermitentes

veleidades místicas, que él mismo, en sus horas de sensualismo

racionalista y moderado, calificaba de enfermizas. El infeliz Bonis no

pudo menos de recordar un pasaje muy conocido de _La Sonámbula_; aquel de:

_ah, del tutto ancor non sei_

_cancellata dal mio cuor_,

(según él lo cantaba), cuando llegó la hora de despedirse de Serafina

Gorgheggi; la cual, deshecha otra vez la compañía, iba con Mochi

contratada al teatro de la Coruña. Aquella separación había sido una

amenaza continua, la gota amarga de la felicidad en los días y meses de

ciega pasión; después un dolor necesario, y hasta merecido y saludable,

según pensaba el amante, lleno de remordimientos y de planes morales.

Pero al llegar el momento, Bonis sintió que se trataba de toda una

señora operación practicada en carne viva. Con toda franqueza, y

explicándolo todo satisfactoriamente por medio de una intrincada madeja

de sofismas, Reyes reconoció que los afectos naturales, puramente

_humanos_, eran los más fuertes, los verdaderos, y que él era un místico

de pega, y un romántico y un _apasionado_ de verdad. ¡Ay!, separarse de

Serafina, a pesar de aquella tibieza con que su espíritu la trataba de

algún tiempo a aquella parte, era un dolor verdadero, de aquellos que a

él le horrorizaban, de los que le _daban la pereza_ de _padecer_. ¡Era tan

molesto tener el ánimo en tensión, necesitar sacar fuerzas de flaqueza

para aguantar los dolores, los reales! Y no había más remedio. Pensar en

tener compañía de ópera más tiempo, era absurdo. Ya todos los

expedientes inventados para retener en el pueblo a Mochi y su discípula

estaban agotados, no podían dar más de sí. Nunca se había visto, ni en

tiempo de la _Tiplona_, mientras esta fue cantante, que _las partes_ de una

compañía permanecieran un año seguido, y algo más, en la ciudad, fuera

trabajando o en huelga. Lo que se había visto era tal cual corista que

se quedaba allí, casada con uno del pueblo, o ejerciendo un oficio; un

director de orquesta se había hecho vecino para dirigir una banda

municipal...; pero tiples y tenores, nunca habían parado tantos meses:

concluido el trigo, volaban. El fenómeno que ofrecían Serafina, Julio y

Gaetano, era tan admirable como si las golondrinas se hubieran quedado a

pasar un invierno entre nieve. Sólo que de las golondrinas no se hubiera

hecho comidilla para decir que las alimentaban los gorriones, por

ejemplo. Y de la larga estancia de los cómicos, contratados unas

temporadas, otras no, se decían horrores. No por hacer callar a la

maledicencia, de la que nadie se acordaba, a no ser Bonis, sino porque

no había manera decorosa, ni aun medio decorosa, de continuar cubriendo

las apariencias, ni tampoco recursos para seguir manteniendo los grandes

gastos que causaban aquellos restos de la compañía disuelta, se

comprendió la necesidad de que terminase aquel _estado de cosas_, como le

llamaba Reyes. La empresa había perdido bastante, y sobre la empresa, es

decir, sobre el caudal mermadísimo del abogado Valcárcel, continuaban

cargando, más o menos directamente, las principales _partes_, a saber:

Mochi, Serafina y Minghetti. Se presentó la ocasión de ganar la vida con

el trabajo, y hubo que aprovecharla, por más que doliera a unos y a

otros la despedida. Quien no transigió fue Emma. Tuvo una encerrona con

su tío y mayordomo, que había sido nombrado vicepresidente de la

Academia de Bellas Artes, agregada a la Sociedad Económica de Amigos del

País, y de aquella conferencia resultó el acuerdo, porque allí todo eran

panes prestados, de que Minghetti continuaría en el pueblo en calidad de

director de la Sección de música en la citada Academia. El sueldo que

pudieron ofrecer los señores socios al barítono no era gran cosa; pero

él se dio por satisfecho, porque además pensaba dar lecciones de piano y

de canto, y con esto y lo otro (y lo otro, así decía la malicia, entre

paréntesis, por lo bajo) podía ir tirando, hasta que se cansara de

aquella vida sedentaria, y se decidiera a admitir una de las muchas

contratas que, según él, se le ofrecían desde el extranjero.

Serafina dejaba con pena el pueblo, en que había llegado casi a olvidar

que era una actriz y una aventurera, para creerse una dama honrada que

tenía buenas relaciones con la mejor sociedad de una capital de

provincia, y un amante fiel, dulce, manso y guapo. A Bonis le había

llegado a querer de veras, con un cariño que tenía algo de fraternal,

que era a ratos lujuria y que se convertía en pasión de celosa cuando

sospechaba que el tonto de Reyes podía cansarse de ella y querer a otra.

Tiempo hacía que notaba en su queridísimo bobalicón despego disimulado,

distracciones, cierta tendencia a huir de sus intimidades. Al principio

sospechó algo de las extrañas noches de valpurgis matrimonial que tan

preocupado trajeron una temporada a Reyes; después, siguiendo la pista a

los desvíos y distracciones del amante, llegó a comprender que no se

trataba de _otros amores_, sino de _ideas_ que a él le daban; tal vez iba a

volvérsele definitivamente bobo, y no dejaba de sentir cierto

remordimiento.

«A este se le ablanda la mollera por culpa mía».

Más de una vez, en sus ligeras reyertas de amantes antiguos, pacíficos y

fieles, pero cansados, oyó a Bonis hablar de la _moral_ como un obstáculo

a la felicidad de entrambos. Lo que nunca pudo sospechar Serafina fue la

principal _idea_ de Bonis, la del _hijo_; y esto era lo que en realidad le

apartaba de su querida, del pecado.

Pero en la noche en que, al arrancar la diligencia de Galicia, Bonis,

subiéndose de un brinco al estribo de la berlina, pudo, a hurtadillas,

dar el último beso a la Gorgheggi, sintió que su pasión no había sido

una mentira _artística_, porque con aquel beso se despedía de un género de

delicias intensas, inefables, que no podrían volver; con aquel beso se

despedía del último vestigio de la juventud.

Entre la muchedumbre que había acudido a despedir a los cantantes, se

sintió Bonis, después que desapareció el coche en la oscuridad, muy

solo, abandonado, sumido otra vez en su insignificancia, en el antiguo

menosprecio.

Delante de él, que volvía solo por la calle sombría adelante, solo entre

la muchedumbre de sus amigos y amigas, distinguió dos bultos que

caminaban muy juntos, cogidos del brazo, según era permitido en aquella

época a las señoritas y a los galanes; eran Marta Körner y Nepomuceno,

que se habían adelantado, huyendo la vigilancia del alemán, que no

gustaba de tales confianzas. La escena de la despedida los había

enternecido y animado; la oscuridad de las calles, alumbradas con

aceite, les daba un incentivo en su misterio, y en el cuchicheo de su

diálogo se sentía el soplo de la pasión... de la pasión carnal de Nepo y

de la pasión de... marido de Marta. Iban absortos en su conversación,

olvidados de los que venían detrás, creyéndose a cien leguas de la

gente, sin pensar en ella; levantaban a veces la voz, Marta

singularmente; y Bonis, sin querer al principio, queriéndolo muy de

veras después, oyó cosas interesantes.

«Había que hablar cuanto antes a Emma; había que decirle el gran secreto

de aquella pareja: que iban a casarse antes de un mes. Y había que

ajustar cuentas, separar los respectivos capitales, sin perjuicio de

seguir administrando el tío el de la sobrina, hasta que ya no hubiera

cosa digna de mención que administrarle». Estaba perdida; no había hecho

más que ir gastando, derrochando, sin enterarse jamás de que corría a la

ruina completa. Hablarle a ella de hipotecas, era hablarle en griego.

«Pues hipoteque usted», decía, sin más idea de la hipoteca que la de ser

un modo de sacar ella el dinero necesario para sus locuras, cuanto

antes.

--Mire usted--decía el tío a Marta (pues el _tú_ lo dejaba para después de

la boda)--; es una mujer que no tiene idea clara de lo que significa el

tanto por ciento, y cuando le hablan de un interés muy subido, le suena

lo mismo que si le hablan de un interés despreciable; para ella no hay

más que el dinero que le den por lo pronto; parece así... como que se

figura que roba a los usureros, a quienes toma dinero al sabe Dios

cuántos. Para aliviar estos males, he llegado yo mismo a ser el único

_judío_ para mi sobrina; yo soy, yo, quien, sin saberlo ella, porque ni lo

pregunta, le facilito cantidades a un módico interés.

Marta oía a Nepo con más placer que si le fuera recitando la _primavera

temprana_ de Goëthe.

--¿De modo... que ellos van a arruinarse?

--Sí; ya no tiene remedio.

--La culpa es suya.

--Suya.... Empezó él... siguió ella... después los dos...; después todo el

mundo.... Usted lo ha visto: aquella casa es un hospicio; los cómicos nos

han comido un mayorazgo..., y como la fábrica va mal....

--¡Oh!, pero eso no hay que decirlo por ahí...

--No; es claro....

--Papá espera levantar el negocio; sus corresponsales le ofrecen mercados

nuevos, salidas seguras....

--Sí, sí; es claro..., pero ya será tarde para los de Reyes; nuestro

esfuerzo, el que haremos con nuestro propio capital.... Marta, con el

nuestro, ¿entiende usted?, sacará la fábrica a flote...; pero ya será

tarde para ellos. Nuestro porvenir está en la pólvora....

Marta apretó el brazo de Nepo, y lo que siguieron hablando ya no pudo

oírlo Bonis.

Se quedó atrás; entró el último en su casa, adonde volvieron muchos de

los que habían ido a despedir a la Gorgheggi y a Mochi, pues de allí

había partido la comitiva. Serafina había ido al coche desde la casa de

Emma, porque ésta no podía salir aquella noche; se sentía mal, y se

habían despedido en el gabinete de la Valcárcel.

Bonis se detuvo en el portal, cuando ya todos estaban arriba. ¡Qué

ruido! ¡Qué algazara! ¡Lo de siempre! Ya nadie se acordaba de los que se

alejaban carretera arriba; como si tal cosa. Arrastraban sillas, sonaba

el piano y después el taconeo de los danzantes. Bailaban.

«¡Y todo esto lo he traído yo! ¡Y bailan sobre las _ruinas_! ¡_Los Reyes_

se arruinan; la casa Valcárcel truena... y el último ochavo lo gastan

alegremente entre todos estos pillos y viciosos que he metido yo en

casa!».

«¡Empezó él!, decía ese tunante. ¡Y tiene razón! Yo empecé, y aún debo,

aún debo... lo robado. Y todo lo demás que vino después, la empresa

teatral..., la fábrica..., los banquetes, las jiras, los saraos..., los

préstamos a esos hambrientos y chupones..., por culpa mía, por mi

pasión..., que ya se extinguía, por miedo a echar cuentas, por miedo de

que se descubriese mi _adulterio_; sí, adulterio, así se llama... yo lo

toleré... lo procuré todo.... Todo es culpa mía, y l peor es lo que dice

el tío: Empezó él».

Y Bonis, sin pasar del portal, mal alumbrado por un farol de aceite, se

cogía la cabeza con las manos.

No se determinaba a subir. Le daba asco su casa con aquella chusma

dentro.

«¡Si fuera para barrerlos! Y a mí con ellos... a todos..., a todos....

»¿Cómo seguir con aquella vida, ahora sobre todo, que ni el placer, ni

el pecado, le arrastraba a ella?

»¡Egoísta! Como se fue tu pareja, _moralizas_ contra los demás.

»Pero, ¿y la ruina? Cuando ese la anuncia, segura será... ¡Seremos

pobres! Por mí... casi me alegro...; pero es horrible... porque es por

culpa mía».

Cesó de repente el ruido del baile, que sonaba sordo y continuo sobre su

cabeza; después se oyeron muchos pasos precipitados en una misma

dirección..., hacia el gabinete de Emma.

--¿Qué pasa?--se dijo asustado Bonis. Pensó de repente, como antaño--: Emma

se ha puesto mala, y me va a echar la culpa. Se dirigió hacia la

escalera, cuya puerta abrieron con estrépito desde dentro; bajando de

dos en dos los peldaños, venían dos bultos: el primo Sebastián y

Minghetti, que atropellaron a Bonis.

--¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó, recogiendo del suelo el sombrero, el que

debía ser amo de la casa.

--¡Arriba, hombre, arriba! ¡Siempre en Babia! Emma así..., y tú fuera....

Esta frase del primo Sebastián le supo a Bonis a todo un tratado de

arqueología; era del repertorio de las antigüedades clásicas de su

servidumbre doméstica.

--Pero... ¿qué hay? ¿Qué tiene Emma?

--Está mala..., un síncope..., jaqueca fuerte...--dijo Minghetti--.

Vamos corriendo a buscar a D. Basilio; le llama a gritos.

--Sube, hombre; corre; te llama a ti también; nunca la vi así... Esto es

grave.... Sube, sube....

Y se lanzaron a la calle los dos emisarios, rivalizando en premura y

celo.

--Usted, al Casino; yo, a su casa--dijo Sebastián--; y cada cual echó a

correr: uno, calle arriba; otro, calle abajo.

Bonis entró temblando, como en otro tiempo. «¿Qué sería? ¿Volverían los

días horrorosos de la fiera enferma? ¡Comparados con ellos los

presentes, de _relajamiento moral_, le parecían ahora flores! Y en

adelante, ¿qué armas tendría para la lucha? Ya no creía en la pasión,

aunque tanto le estaban doliendo aquella noche sus últimas raíces; ya no

creía apenas en el ideal, en el arte...; todo era un engaño, tentación

del pecado.... Sí: volvía su esclavitud, su afrenta, aquella vida de

perro atado al pie de la cama de una loca; él ya no tendría fuerza para

resistir; con un _ideal_, con una _pasión_, lo sufría todo; sin eso...

nada. Se moriría.... La enfermedad otra vez... y ahora, con la pobreza,

acaso, de seguro... ¡Qué horror!... ¡Oh! No; escaparía».

Entró, pasillo adelante; todo era confusión en la casa. Las de Ferraz y

una de las de Silva corrían de un lado a otro, daban órdenes

contradictorias a los criados; en el gabinete de Emma, Marta y Körner

junto al lecho, parecían estatuas de mausoleo.

--¡Duerme!--dijo con solemnidad el padre.

--¡Silencio!--exclamó la hija, con un dedo sobre los labios.

--Pero, ¿qué ha sido?

--¡Pchs! Silencio.

--Pero (más bajo y acercándose); pero... yo quiero saber... ¿y el tío?

¿Dónde está el tío?

--Se está mudando--contestó Marta en voz baja, de esas que son silbidos,

más molestos que los gritos.

Reyes notó el olor de un antiespasmódico; olor de tormenta para los

recuerdos de sus sentidos. También había cierto hedor nauseabundo.

Se aproximó más a la cama; a los pies estaba amontonada ropa blanca, de

que se había despojado Emma después de metida entre sábanas, según su

costumbre. También ahora los recuerdos de los sentidos le hablaron a

Bonis de tristezas, y tras rápida reflexión, se sintió alarmado.

--Pero, ¿qué ha sido?--preguntó sin bajar la voz lo suficiente,

olvidándose del sueño de su esposa, pensando cosas muy extrañas.

--No grite usted, hombre--dijo la alemana muy severamente.

Bonis acercó el rostro al de su mujer.

--Duerme--dijo Körner.

--¡Dios lo sabe!--pensó Bonis.

Emma, pálida, desencajada, desgreñada, con diez años, de los que había

sabido quitarse de encima, otra vez sobre las fatigadas facciones, abrió

los ojos, y lo primero que hizo con ellos fue lanzar un rayo de odio y

otro de espanto sobre el atribulado esposo.

--¿Qué ha sido, hija mía, qué ha sido?

Quiso hablar la enferma, y, al parecer, hasta pronunciar un discurso,

porque procuró incorporarse, y extendió los brazos; pero el esfuerzo le

produjo náuseas, y Bonis, sin tiempo para retirarse un poco, corrió la

misma borrasca de que se estaba secando el tío.

Körner, discretamente, retrocedió un paso. Marta se colgó de la

campanilla en son de pedir socorro, porque no era ella hembra que

descendiese a ciertos pormenores al lado de los enfermos. El estómago,

decía ella, no es nuestro esclavo; antes bien, nos esclaviza.

Acudieron las de Ferraz, y luego Eufemia con agua, arena, toalla y

cuanto fue del caso. A Bonis se le hizo comprender que apestaba, y

corrió a mudarse.

Cuando volvió al cuarto de su mujer, vio en la sala al tío, a Körner, a

Marta, a las de Ferraz, a la de Silva, a Minghetti y a Sebastián.

--¿Está mejor, está sola?

Sebastián respondió casi de limosna:

--No: está con ella D. Basilio.

Antes de decidirse a entrar en el gabinete, Bonis consultó con la mirada

al concurso. Vio algo extraño en ellos: parecían menos alarmados y como

llenos de curiosidad maliciosa. Había allí sorpresa, incertidumbre, no

susto ni temor a un peligro.

--¿Pasa algo? ¿Qué pasa?--preguntó anhelante, con la cara de lástima que

ponía cuando acudía en vano a implorar sentimientos tiernos, de caridad,

en sus semejantes.

--Hombre, usted puede entrar--dijo Körner--; al fin es el marido.

Bonis entró. D. Basilio, correcto en el vestir, como siempre, de color

de manteca el gabán entallado; sonriente; de expresión espiritual boca y

mirada, dejaba pasar una tormenta de espanto y rebeldía contra los

designios de la naturaleza a que se entregaba Emma, que se apretaba la

cabeza desgreñada con las manos crispadas, y llamaba a Dios de tú y con

un tono que parecía de injuria.

--¡Dios mío! ¿Qué es esto?--preguntó Bonis espantado, con las manos en

cruz, frente al médico.

--Pues, nada; que su mujer de usted... está nerviosísima, y ha tomado a

mal una noticia que yo creí que la llenaría de satisfacción y legítimo

orgullo....

--¡Calle usted, Aguado! ¡No se burle de mí! ¡No estoy para bromas! ¡Dios

mío! ¡Qué va a ser de mí! ¡Qué atrocidad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué va a ser

de mí!... ¡Dios de Dios! Y a estas horas... yo me voy a morir... de

fijo... de fijo... me lo da el corazón. ¡Yo no paro, no paro, no

paro!...

--¿Delira?--gritó Bonis con horror.

--¿Por qué?

--Como dice... que no para... no para....

--No; no dice eso--y D. Basilio se interrumpió para reír con toda

sinceridad--. Lo que dice es que no pare, no pare.... Pero ya verá usted

cómo en su día, aún lejano, damos a luz un robusto infante.

--¡Alma mía!--exclamó Reyes comprendiendo de repente, más que por las

señas que tenía delante, por una _voz de la conciencia_ que le gritó en el

cerebro: «Se fue _ella_, y viene _él_; no quería venir hasta hallar solo tu

corazón para ocuparlo entero. Se fue la _pasión_ y viene el _hijo_».

Se lanzó a estrechar en sus brazos la cabeza de su esposa; pero esta le

recibió con los puños, que, rechazándole con fuerza, le hicieron perder

el equilibrio y casi caer sobre don Basilio.

--¡Nerviosa, nerviosísima!--dijo el médico, disimulando el dolor de un

callo que le había pisado aquel calzonazos.

Empezaron las explicaciones.

Emma, con verdadero pánico, se agarraba, como un náufrago a una tabla, a

la esperanza de que aquello era imposible.

Aguado, con estadísticas que no necesitaba ir a buscar fuera de su

clientela, demostraba que _imposibles_ de aquella clase le habían hecho

pasar a él muchas noches en claro. Y sin ir más lejos, citaba a la de

Fulano y a la de Mengano, que se habían descolgado con una criatura

después de años y años de esterilidad, en rigor aparente. «¡Oh, los

misterios de la naturaleza!».

«Pero, ¿no la habían asegurado a ella, tantos años hacía, cuando el mal

parto, cuando quedó medio muerta, con las entrañas hechas una lástima,

que ya no pariría nunca, que aquello se había acabado, que no sé qué de

la matriz?».

--Sí habrán dicho, señora; pero _in illo tempore_ yo no tenía el honor de

contar a usted en el número de mis clientes. Hay quien es un gran

comadrón y un grandísimo ignorante en obstetricia y tocología, y toda

clase de _logías_... divinas y humanas.

Mientras Emma proseguía en sus lamentos, gritos y protestas, jurando y

perjurando que estaba dispuesta a no parir, que aquello era una

sentencia de muerte disfrazada, que a buena hora mangas verdes, y cosas

por el estilo, Aguado se volvió a Bonis para explicarle lo que había

pasado allí.

En cuanto se había acercado a la enferma había visto síntomas extraños

que nada tenían que ver con sus habituales crisis nerviosas; se había

enterado de pormenores íntimos, aunque con gran dificultad por el horror

que tenía Emma a todos los cálculos, previsiones y recuerdos

aritméticos, no sólo a las cuentas del tío; y entre estas noticias y lo

que tenía presente, y ciertas inspecciones y contactos, había sacado en

consecuencia que aquella señora, como tantas otras, al cabo de los años

mil volvía por los fueros de la maternidad, abandonados mucho tiempo.

Habló mucho de matrices y de placentas, pero mucho más de la misteriosa

marcha de la Naturaleza _a través_, y permítaseme el galicismo--dijo

Aguado, que era purista en lo que se le alcanzaba--, a través de los

fenómenos fisiológicos de todos órdenes. Indudablemente, y no lo decía

por alabarse, él no había esperado menos del régimen homeopático e

higiénico a que había sometido a su cliente: sin aquellos glóbulos, y

más particularmente sin la influencia físico-moral de los buenos

alimentos, de los paseos y, sobre todo, de las distracciones, aquel

organismo hubiera continuado viviendo una vida valetudinaria, sin

esperanza, ni remota, de tener fuerzas sobrantes suficientes para sacar

de ellas una nueva vida, un _alter ego_. No cabía duda que Aguado insistía

en querer deslumbrar a Bonis, pues no solía el médico de las damas ser

tan pedantescamente redicho.

De todas suertes, Reyes tenía que contenerse para no abrazar al doctor;

creía disparatadamente que el estar su mujer embarazada o no dependía de

aquella discusión entre el médico y Emma; si Emma quedaba encima en la

disputa, ¡adiós hijo!; si el médico decía la última palabra, parto

seguro.

Como no había por qué ocultar la cosa, no se ocultó; los de la sala

supieron enseguida el pronóstico, nada reservado, de D. Basilio. Hubo

gritos de alegría, de sorpresa sobre todo, algunos de malicia; bromas,

jarana y pretexto para seguir divirtiéndose y alborotando: Emma

continuaba protestando; se sentía mejor, era verdad, después de haber

desahogado por completo, pero el susto, al cambiar de especie, había

empeorado; no estaba enferma, como había temido, pero estaba en _estado

interesante_, y esto era horroroso. Y como no le hacían caso, y se reían

de ella y hasta la dejaban sola, para correr por la casa y refrescar y

tocar el piano y cantar, toda vez que ella misma confesaba que no le

dolía nada, se tiraba la dama encinta de los pelos, insultaba medio en

broma, medio en veras, a sus amigas y amigos llamándolos verdugos, y

proponiéndoles que pariesen por ella y que verían.

Su único hijo · 第 15 / 21 段