A sus queridas les cantaba al oído las óperas enteras, como dándoles

besos con el aliento, que parecía salir perfumado por la melodía. Una

novia suya lo dijo: aquel hombre de tan buen color, tan buenas carnes,

de cutis fresco y esbelto como él solo, esparcía así como un olor, que

seducía, a música italiana. Desde su primera contrata, en Barcelona, se

llamó ya Minghetti, y Gaetano; y cuando volvió de su segundo viaje a

Italia, que duró dos años, casi él mismo se tenía ya por extranjero. En

cuanto a los instintos de tramposo, que en el nuevo oficio no tenían

aplicación inmediata, buscaban expansiones naturales en los tratos y

contratos con los cantantes, sus mujeres, los empresarios y los

huéspedes de las posadas. El lance a que Emma había aludido se refería a

una de estas picardías, de que hubo de ser víctima el buen Mochi.

Habían reñido Julio y Gaetano por cuestión de ochavos, sobre si el

valenciano había cobrado o no, y negaba un recibo; Minghetti escapó de

noche, a pie; Julio se quejó a la autoridad porque el barítono se le iba

con la paga adelantada y le dejaba la Compañía en el aire; la benemérita

se encargó de recomponer el cuarteto; y, en efecto, Minghetti,

resignado, sonriente, como si se hubiera tratado de una broma, se

presentó de nuevo al público, cantando el _Barbero_ con gran malicia; lo

cual le valió una ovación tributada a su graciosa picardía, a su

desenfado simpático y alegre. Aquella noche le conoció Emma, desde el

paraíso, donde oyó la historia de la fuga, comentada con entusiasmo por

el público, siempre dispuesto a perdonar a los tramposos guapos y

graciosos.

Pocos días después de oír las aventuras del barítono en aquella noche

solemne del baile, Emma ya le había tenido muy cerca, cantándole al

oído, pero sólo en calidad de amigo íntimo, la mayor parte del

repertorio. Lo del piano se llevó a efecto; Minghetti fue maestro de la

Valcárcel, pero es claro que las lecciones se convirtieron a poco en

pura fórmula, un pretexto para que el profesor cantase romanzas,

acompañándose él mismo, mientras la discípula, sentada junto a él,

admirándole, pasaba las hojas, cuando el cantante lo indicaba con la

cabeza. Llegó, sin embargo, Emma a destrozar polcas y chapurrar un vals

que la entusiasmaba. Bonis nada podía oponer, porque las lecciones se

daban con su beneplácito, y además podía observar que su mujer pasaba

algunas horas cada día estudiando solfeo y machacando teclas.

Lo que iba viento en popa era lo de la fábrica de _Productos Químicos_ y

la reconstitución de la Compañía de ópera con la base del terceto; a

saber: la Gorgheggi, Mochi y Minghetti.

En la cabeza de Reyes se mezclaban ambas empresas, porque los

interesados en una y otra comían juntos muy a menudo en casa de Emma y

se reunían todas las noches en sus _salones_, que así quería ella que se

llamasen en adelante, previo el arreglo del mobiliario, derribo de

tabiques y otras composturas, que subieron a una cantidad respetable,

pero no respetada por Nepomuceno, que hizo con ella maravillas de

prestidigitación. Además, había otra cosa, la principal, que enlazaba la

empresa teatral con la fabril, a saber: el capitalista, que, en

resumidas cuentas, venía a ser uno mismo: Emma. En lo del teatro se

admitieron acciones de algunos aficionados de la ciudad; pero estas eran

insignificantes comparadas con las de Emma; de modo que ella venía a ser

el verdadero capitalista, representada, es claro, por Nepomuceno en todo

lo que se refería a la parte económica del negocio, y por Bonis en lo

tocante a entenderse con músicos y cantantes. Bonis a su vez delegaba en

Mochi la dirección _técnica_, y en rigor cuanto entraba en sus

atribuciones; de suerte que el empresario y director de la Compañía

tronada venía a ser en la nueva Compañía lo mismo que antes había sido,

sin más diferencia que la de no exponerse a perder un cuarto y estar

sólo a las ganancias, si las había, por pocas que hubiera; que a eso

estaba él. Desde la Tiplona acá no se había visto jamás que unos _cómicos_

permanecieran, por fas o por nefas, tanto tiempo en el pueblo. Casi se

les tomaba por vecinos, y Julio y Gaetano ya discutían en el Casino,

aunque con cierta discreción y medida, todas las candentes cuestiones de

interés local. En cuanto a Serafina, era la gala de los paseos, y los

vecinos la mostraban a los forasteros como una de las maravillas

indígenas.

También tendía a aclimatarse, y aun con raíces más hondas, la familia

Körner, que quería _fincar_ en aquella ciudad, uniendo su nombre a la

causa de la industria que con tanto calor defendían los periódicos de

intereses morales y materiales de la localidad. Körner hizo un viaje a

Alemania por cuenta de la nueva Sociedad de _Productos Químicos_, para

traer todas las noticias y encargar todo el material necesario para la

fábrica, cuya construcción y explotación debía de dirigir él mismo. En

cuanto a pagar todos estos gastos, ya se sabía: el mermado caudal de la

abogada Valcárcel corría con todos los desembolsos, o con casi todos;

pues, por disimular, también en este negocio se ofrecieron acciones a

unos cuantos amigos y parientes. Ello fue que el capital de Emma se vio

tan seriamente comprometido en las aventuras químico-industriales, como

diría Körner, que Nepomuceno, autor de semejante desafuero, se creyó

obligado en conciencia, en la poca y mala conciencia que le quedaba, a

exponer a su sobrina con toda claridad, o poco menos, la situación, el

riesgo que se corría.

--De esta salimos ricos, según todas las probabilidades; mas no he de

ocultarte, amada sobrina, que nuestro dinero, es decir, tu dinero, se

expone a grandes quebrantos, que no son de esperar..., pero que caben en

lo posible.

Cuando el tío mayordomo hablaba así, Emma estaba medio loca, sin sentido

para nada que no fuesen sus pasiones, sus alegrías, aquella vida

desordenada y de bullicio en que se había metido como en un baño de

delicias. Era tan feliz en aquella corrupción, que le parecía haber

sujetado la rueda de la fortuna; además, Körner, que se había hecho muy

amigo suyo, la había convencido, a fuerza de hablarle de cosas que ella

no podía entender, de que aquel _pequeño anticipo_ de miles de duros daría

por resultado una riqueza verdadera, digna de los grandes señores de

otras tierras, que no contaban, como los de allí, los millones por

reales, sino por pesos fuertes y otras monedas análogas. Ella también

quería ser millonaria de duros, y el corazón y Körner y Minghetti le

decían que lo iba a ser. Ello era una especie de milagro de la ciencia y

la habilidad. «Pero si los alemanes no hicieran milagros de sabiduría,

¿quién los iba a hacer?». Se trataba sencillamente de sacarles a las

algas, que el mar arrojaba a las costas de la provincia en tanta

abundancia, un demonio de materia que tenía mucha utilidad para

infinitas industrias. Mentira le parecía a ella que de cosa tan

repugnante y mal oliente como era el ocle (las algas), que hasta a las

caballerías las hacía espantarse, pudiese salir tanto dinero como se le

prometía; pero, en fin, ya que lo decían los sabios... y Minghetti,

verdad sería. Adelante. Además, a Roma por todo. Si la arruinaban, ¿qué?

Tendría gracia. Ella no estaba segura de no escaparse con el barítono

cualquier día.

También la parecía imposible, como lo de las algas, que Minghetti

estuviera tan enamorado como le juraba; porque aunque estaba persuadida

de que ella había mejorado mucho, y de que su _otoño_ era muy interesante,

y su _jamón_ suculento y en dulce, al fin él era mucho más joven, y

ella... ella estaba, indudablemente, algo _fatigada_.

Entre alemanes e italianos... verdaderos y falsos, se había establecido

una especie de pacto, tácito al principio, después muy explícito, para

protegerse mutuamente. Los de la fábrica, Körner e hija, ayudaban a los

del teatro; los del teatro, Mochi, Minghetti y Gorgheggi, ayudaban a los

de la fábrica. Nepomuceno, interesado en favor de los alemanes, animaba

a Emma a gastar en la empresa de la ópera, porque Marta y su padre se lo

pedían; la Gorgheggi y Mochi trabajaban en el espíritu de Bonis para que

este no quitase a su mujer de la cabeza las fantásticas lontananzas de

opulencia, debidas a la química industrial, que iban metiéndole en el

cerebro el alemán y el tío.

Y a unos y a otros los seducía, los corrompía, y los juntaba en una

especie de solidaridad del vicio la vida que hacían, _poniéndose el mundo

por montera_, según la frase predilecta de Emma, y viviendo alegres,

siempre mezclados en conciertos, en jiras campestres, en banquetes a

puerta cerrada. En la casa de la Valcárcel, donde un día habían sido

parásitos los taciturnos parientes de la montaña, de capa y hongo,

ahora, espantadas tales alimañas, vivaqueaban aquellos extranjeros,

aquella sociedad heteróclita, que con pasmo y aun envidia de parte de la

ciudad, vivía como no se solía vivir en aquel pueblo aburrido, con esa

alegría desfachatada, pero atractiva, que los demás miraban desde lejos

murmurando, pero deseándola. Muchos jóvenes de las _mejores familias_, que

al principio habían cortado sayos a Emma, a Bonis y Marta, ahora

callaban y hasta llegaban a defender a los de Reyes y a sus amigos,

porque algunas sonrisas de la Gorgheggi, insinuaciones provocativas,

aunque _espirituales_ de Marta, y, especialmente, invitaciones para saraos

y banquetes de Emma, los habían convertido. Hubo más; para hacer callar

a muchos, y también instigada por Bonis, que empezaba a hacerse

insoportable con sus moralidades y miedos al qué dirán, Emma se dio arte

para agregar a algunas de sus fiestas, si no a las más íntimas, a dos o

tres familias de lo más distinguido de la capital. Una de ellas era la

de un magistrado andaluz, que tenía dos hijas como dos acuarelas de

pandereta; el padre era unas castañuelas de la sala de lo civil, y sus

retoños, sin madre, se pasaban la vida, inocentes en el fondo, _jaleando_

la alegría de su papá. Se aburrían mucho en aquel pueblo sucio, frío,

húmedo, y vieron el cielo abierto con la amistad de Emma y compañía. El

magistrado, que era, además, muy embustero, y hablaba de riquezas que él

tenía allá, en la tierra, se embarcó en lo de la fábrica de Productos

Químicos, aunque de tapadillo, y vino a interesarse en unos diez mil

reales, que él multiplicaba añadiendo una porción de ceros a la derecha

cuando hablaba a sus colegas y amigos de su parte en el negocio. Pero no

fue la de Ferraz y sus hijas la adquisición mejor para Emma. Por

mediación de las andaluzas, la Valcárcel tuvo ocasión, y la aprovechó,

de ofrecer un verdadero servicio a las de Silva, tres muchachas llenas

de pergaminos, deudas y figurines. Las deudas y los pergaminos eran

cosas de su papá, pero los figurines, de ellas; no había chicas más

elegantes en el pueblo; eran tres, y cuando paseaban juntas, en posturas

académicas, constante grupo escultórico, recordaban las estampas grandes

de los periódicos de modas. Hacían de un vestido siete, y era un

prodigio el verlas volverlo de arriba abajo, y estirar y encoger

sombreros, y aprovechar para cinco o seis cosechas de la moda las mismas

espigas y los mismos pepinillos y otros vegetales contrahechos, de

prendidos y sombreros. Fuera como fuera, ellas ponían la moda en el

pueblo, y por su nobleza y las arrogantes figuras que ostentaban,

disponían de los novios efímeros por manadas. Mientras el padre bebía

los vientos por fijar la rueda de la fortuna en la sala de juego de la

Oliva, las niñas se multiplicaban, verdaderas buhoneras de sí mismas,

siempre con la mercancía de su hermosura a cuestas por plazas, iglesias,

paseos, bailes y teatro. Pero llegó un luto, y aquí fue ella. Iba a

abrirse el _antiguo coliseo_ con la Compañía de ópera remendada, y las de

Oliva no podrían ir los jueves y domingos a lucir sus gracias, enhiestas

en sus sillones con almohadón, a la orilla del antepecho de su palco,

como grullas tiesas y melancólicas a la margen del mar. El pariente

difunto era un _tío segundo_; pero era marqués. Si hubiera sido un

cualquiera, las de Silva seguirían vestidas de colorado y tan _ubicuas_

como siempre; pero el luto de un marqués no podía preterirse sin

profanarse. No había palco posible. Entonces fue cuando Emma pudo ganar

la amistad de aquellas elegantes aristócratas haciéndoles un favor y

matando dos pájaros de un tiro. Como ella venía a ser la _empresaria_, y

los cantantes eran sus íntimos amigos y personas muy decentes, no habría

inconveniente en presenciar las funciones de ópera entre bastidores. Las

de Ferraz propusieron el expediente a las de Silva, que sin consultarlo

con el papá, con quien no consultaban nada, aceptaron locas de alegría.

No podrían lucirse tanto de telón adentro; pero se divertirían de fijo;

verían cosas muy agradables, muy nuevas, y hasta podrían coquetear con

los cantantes, algunos de los cuales, como Minghetti, eran muy guapos y

simpáticos. Emma se creyó en el deber de no dejar ir solas a aquellas

señoritas al escenario y sus oscuros alrededores, y desde la primera

noche, sin consultarlo tampoco con nadie, las acompañó, y las presentó a

la Gorgheggi, que las ofreció su cuarto para pasar el rato en amable

tertulia durante los entreactos. Marta y las de Ferraz también

asistieron alguna vez al espectáculo, de tapadillo, corriendo y

jugueteando por aquellos pasillos y corredores estrechos y sucios, entre

telones y trampas; pero en general preferían lucirse en el palco de la

Empresa, de Emma, que estaba al lado de la presidencia.

Es claro que en cuanto se supo que las de Silva iban con la de Reyes a

ver las óperas entre bastidores, se murmuró mucho, y se las compadeció

porque venían a ser huérfanas por completo, teniendo aquel padre que

tenían. ¡Pobrecitas, no han tenido madre cuando más falta les hacía! Y

después de este acto de caridad, se las despedazaba. Pero ellas no

hacían caso. La sociedad de la Gorgheggi las enorgullecía, como a la

Valcárcel, y el respeto con que todos las trataban en el escenario y en

el cuarto de la cantante, también las halagaba mucho. Serafina estaba en

sus glorias, viéndose admirada y considerada por aquellas jóvenes de la

aristocracia, cuyos finos modales y hasta el luto que vestían daban

dignidad y nobleza a su tertulia de los entreactos.

--¡Soy feliz, Bonifacio, muy feliz... y todo te lo debo a ti! Así decía

la tiple, cogiendo por las muñecas a su amante, atrayéndole a su seno y

besándole con un entusiasmo de agradecimiento, que Reyes estimaba en lo

que valía.

«Sí, ella era feliz, pensaba; más valía así». También Emma vivía muy

contenta y le trataba a él mejor que antes, y a veces le daba a entender

que le agradecía también la iniciación en aquella nueva vida... _del

arte_, como llamaban en casa a los trotes en que se habían metido. Todos

eran felices, menos él... a ratos. No estaba satisfecho de los demás, ni

de sí mismo, ni de nadie. Debía serse bueno, y nadie lo era. En el mundo

ya no había gente completamente honrada, y era una lástima. No había con

quién tratar, ni consigo mismo. Se huía; le espantaban, le repugnaban

aquellos soliloquios concienzudos de que en otro tiempo estaba orgulloso

y en que se complacía, hasta el punto de quedarse dormido de gusto al

hacer examen de conciencia. Ahora veía con claridad que, en resumidas

cuentas, él era una mala persona. Pero ¿de qué le valía aquella

severidad con que se trataba a sí mismo a la hora de despertar, con

bilis en el gaznate, si después que se levantaba, y se lavaba, y se

echaba mucha agua en el cogote, resucitaba en él, con el vigor de la

vida, con la fuerza de su otoño viril, sano y fuerte, la concupiscencia

invencible, el afán de gozar, la pereza del pecado convertido en hábito?

Aquello iba mal, muy mal; su casa, la de su mujer, antes era aburrida,

inaguantable, un calabozo, una tiranía; pero ya era peor que todo esto,

era un... _burdel_, sí, burdel; y se decía a sí mismo: «Aquí todos vienen

a divertirse y a arruinarnos; todos parecemos cómicos y aventureros,

herejes y _amontonados_». Este _amontonados_ tenía un significado terrible

en los soliloquios de Bonis. Amontonados era... una mezcla de amores

incompatibles, de complacencias escandalosas, de confusiones

abominables. A veces se le figuraba que aquella familiaridad exagerada

de los alemanes, los cómicos, y su mujer, era algo parecida a la _cama

redonda_ de la miseria; podía no haber allí ningún crimen de lesa

honestidad..., pero el peligro existía y las apariencias condenaban a

todos. Marta, que iba a casarse con el tío Nepomuceno, admitía galanteos

subrepticios del primo Sebastián, un cincuentón verde y bien conservado,

que de romántico se había convertido en cínico, por creer que en esto

consistía el progreso. Sebastián, antes tan idealista y poético, ahora

no podía ver una cocinera sin darle un pellizco, y esto lo atribuía a

que estábamos en un _siglo positivo_. Él, Bonifacio, había tenido que

consentir en que su querida entrase en casa de su mujer, y fueran amigas

y comieran juntas.... Emma, aunque indudablemente honrada, dejaba a

Minghetti acercarse demasiado y hablarle en voz baja. Él no

desconfiaba...; pero, ¿por qué? Tal vez porque su conciencia de culpable

le cerraba los ojos, porque no se atrevía a acusar a nadie...; porque

había perdido el _tacto espiritual_; porque ya no sabía, entre tanta

falsedad, torpeza y desorden, lo que era bueno y malo; decoro, honor,

delicadeza...; en otro tiempo, cuando él esquilmaba la hacienda de los

Valcárcel, en competencia con D. Nepo; cuando él manchaba el honor de su

casa con un adulterio del género masculino, pero adulterio, en medio de

sus remordimientos encontraba disculpas relativas para su conducta: el

amor y el arte, la pasión sincera, lo explicaban todo. ¡Pero ahora! Una

larga temporada había estado siendo _infiel_ a su pasión; entregado noches

y noches a un absurdo amor extraviado, todo liviandad, amor de los

sentidos locos, que era más repugnante por tener el _itálamo nupcial_ por

teatro de sus extravagantes aventuras; y esto le había abierto los ojos,

y le hacía comprender la miseria espiritual que llevaba dentro de sí, y

que su pasión no era tan grande como había creído, y que, por

consiguiente, no era legítima. Además... y ¡oh dolor!, el arte mismo

tenía sus más y sus menos, y allí no era arte todo lo que relucía. No,

no; no había que engañarse más tiempo a sí mismo; aquello era un burdel,

y él uno de tantos perdidos. Allí no había nada bueno más que aquella

ternura pacífica, suave, seria, callada, que se le despertaba de vez en

cuando, que le hacía aborrecible cuanto le rodeaba y le llevaba a desear

ardientemente, no morirse, porque a la muerte la tenía mucho miedo por

el dolor y la incertidumbre de ultratumba, sino transformarse,

regenerarse. Pensaba en algo así como un injerto de hombre nuevo en el

ya gastado tronco que arrastraba por el mundo tanto tiempo hacía. Aún no

era viejo, y le parecía haber vivido siglos; desde los recuerdos de la

infancia, que se referían a los años de ensueño en que había salido del

limbo de la vida inconsciente, al día de la fecha, ¡qué distancia!

¡Cuánto había sentido! ¡Qué de vueltas había dado a las mismas ideas!

Y el pobre Bonis se frotaba la frente y toda la cabeza con las manos,

compadecido de aquel cerebro que bullía, que crujía, que pedía reposo,

paz... y la ayuda de fuerzas nuevas.

Un día encontró Bonis en un libro la palabra _avatar_ y su explicación, y

se dijo:--¡Una cosa así me vendría a mí perfectamente! Otra alma que

entrara en mi cuerpo; una vida nueva, sin los compromisos de la antigua.

No esperaba milagros. No le gustaban siquiera. El milagro era un

absurdo, algo contra la fría razón, y él quería método, orden, una ley

en todo, ley constante, sin excepción. El milagro era romántico,

revolucionario, violento, y él no estaba ya por el romanticismo, ni por

la violencia, ni por lo extraordinario, ni por la pasión. Sí; había amor

que valía más que el apasionado. Más era: había amor sublime que no era

el amor sensual, por alambicado y platónico que éste quisiera

considerarse.... Amar a la mujer... siempre era amar a la mujer. No, otra

cosa.... Amor de varón a varón, de padre a hijo. ¡Un hijo, un hijo de mi

alma! Ese es el _avatar_ que yo necesito. ¡Un ser que sea yo mismo, pero

empezando de nuevo, fuera de mí, con sangre de mi sangre!

Y Bonis, llorando al pensar esto, se decía, arrimando la cabeza contra

una pared:

--Sí, sí; lo de siempre; el anhelo de toda mi vida desde que pude

tenerlo: ¡el hijo!

Por su espíritu pasó como el halago de una mano de luz que le curaba,

sólo con su contacto, las llagas del corazón. Sintió una emoción de

legítimo contento de sí mismo ante la conciencia clara, evidente, de que

en el fondo de todos sus errores, y dominándolos casi siempre, había

estado latente, pero real, vigoroso, aquel anhelo del hijo, aquel amor

sin mezcla de concupiscencia. En él lo más serio, lo más profundo, más

que el amor al arte, más que el anhelo de la pasión por la pasión,

siempre había sido el amor paternal... frustrado.

Y siempre lo había deseado lo mismo; su deseo tenía la forma plástica,

constante, fija, de un recuerdo intenso. Siempre era _el hijo_; varón y

uno solo; su único hijo.

Una mujer... no podía continuarle a él; él no se concebía femenino en el

ser que heredara su sangre, su espíritu. Tenía que ser hombre. Y uno

solo; porque aquel amor que había de consagrar al hijo tenía que ser

absoluto, sin rival. Amar a varios hijos le parecía a Bonis una

infidelidad respecto del primero. Sin saber lo que hacía, comparaba el

cariño a mucha prole con el politeísmo. _Muchos hijos_ era como _muchos

dioses_. No, uno solo...; aquel, aquel de que le hablaban las entrañas,

aquel que casi casi le presentaba ante los ojos, en el aire, la

alucinación de sus noches sin sueño.

¿Y de dónde había de salir su único hijo?... No cabía duda; la ley era

la ley, el orden el orden; no cabían sofismas del pecado: había de salir

del vientre de Emma.

Pero ¡ay, que él no merecía el hijo! No, no vendría.

Después de aquella noche del baile, origen de aquel amontonamiento

_social_ en que vivían cómicos, alemanes y gente de su casa, su Emma, el

tío, él mismo; después de aquella noche en que él, si no fuera enemigo

de admitir intervención directa, en sus asuntos, de lo sobrenatural,

hubiera visto la mano de la Providencia, la revelación del destino,

¿había estado a la altura ideal de las grandes cosas que había soñado?

No, de ningún modo. Había vuelto a claudicar; se había dejado arrastrar

con todos los demás a la vida fácil, perezosa, del vicio, y había

llegado a ver con embeleso a su querida en la casa, a la mesa de su

esposa, y había llegado a figurarse legítimas tales abominaciones con

aquella filosofía de los semiborrachos de sobremesa, que en otro tiempo

le parecían inspiraciones poéticas, moral artística, excepcional,

privilegiada. ¡Y él era el mismo que había sentido, oyendo cantar a

Serafina una canción a la Virgen, que en sus entrañas encarnaba un amor

divino! ¡Él, con un misticismo estrambótico, falso, se había comparado,

disparatada pero sinceramente, con la Virgen Madre!

Y cuántas veces, después, había visto las cosas de otra manera, y había

llegado a pensar: «¡Todo es cuestión de geografía! Si yo fuese turco,

todo esto sería legítimo; pues figurémonos que estamos en otras

_latitudes_... y longitudes». Más era: en aquel instante en que hacía tan

tristes reflexiones, ¿estaba arrepentido? No. Estaba seguro, porque se

lo decía la conciencia, de que pocas horas más tarde, cuando el cuerpo

estuviese repleto y la fantasía excitada por el vino y el café, y acaso

por la música de Minghetti y Emma, de nuevo sería él aquel Bonifacio

corrompido, complaciente, bien hallado con la especie de amor libre que

se le había metido en casa. Vendría Serafina, y mientras Minghetti y

Emma continuaban sus lecciones interminables, ellos dos, Serafina y él,

en el cenador de la huerta, ¡oh miseria!, ¡oh vergonzoso oprobio!,

serían, como siempre, amantes; amantes de costumbre, sin la disculpa,

aunque de poca fuerza, disculpa al fin, de la ceguedad de la pasión;

amantes por el hábito, por la facilidad, por el pecado mismo....

¡No, no tendría el hijo! ¡Miserable! ¡No lo merecía! Renunciaba a la

ventura.

Pero si no la felicidad, podría tener el arrepentimiento verdadero.

¿Por qué no aspirar a la perfección moral y llegar en este camino adonde

se pudiera?

Entre todas las grandes cosas que se le habían ocurrido ser en este

mundo, gran escritor, gran capitán (esto pocas veces, sólo de niño),

gran músico, gran artista sobre todo, jamás sus ensueños le habían

conducido del lado de la santidad. Si en otro tiempo se había dicho: ya

que no puedo inventar grandes pasiones, dramas y novelas, hagamos todo

esto, sea yo mismo el _héroe_, ¿por qué no había de aspirar ahora a un

heroísmo de otro género? ¿No podía ser santo?

Para artista, para escritor, le faltaba talento, habilidad. Para ser

santo no se necesitaba esto.

Y el pobre Bonis, que a ratos andaba loco por casa, por calles y paseos

solitarios, buscó la _Leyenda de oro_ en la librería de su suegro, y vio

que, en efecto, había habido muchos santos cortos de alcances, y no por

eso menos visitados por la gracia.

Sí, eso era; se podía ser un santo sencillo, hasta un santo simple....

Su único hijo · 第 14 / 21 段