Marta, aunque afectando cierta recóndita superioridad al principio,

también estaba encantada, llena de orgullo, sin quererlo, al hablar con

Serafina; pero pronto se sintió deslumbrada y vencida, y sintió en la

actriz una superioridad real que, si no era del género suprasensible de

la que ella, Marta, se atribuía, era mucho más efectiva y susceptible de

ser reconocida. Marta, que hacía alarde de sus conocimientos

lingüísticos hablando inglés, francés, italiano, acabó por seguir a la

Gorgheggi en su empeño de hablar español, para que la entendiese Emma. A

esta consagraba la cómica principalmente su amabilidad, la gracia

irresistible de sus gestos, gorjeos _hablados_, de su modesta actitud; y

la miraba con ojos muy abiertos, muy brillantes, que chisporroteaban

simpatía, naciente cariño. Y Emma acabó de perder el juicio cuando

Serafina, poniéndose el abanico en la frente, exclamó:

--¡Ah! ¡Sí, sí! ¡Finalmente!... ¡_Eccola qui_!... Yo me decía: esta

señora... esta señora de Reyes... yo... la he visto, la he visto, vamos,

de otro modo, en otros días... muy lejos.... Y de repente, ahora, un

gesto, ese gesto de _le_... _sopraciglie_... me la pone delante. ¡Oh, sí,

absolutamente la misma! Más que su retrato, ella, ella misma....

Emma abría la boca sin comprender; Marta, adivinando, ya sentía envidia;

ello iba a ser que Emma se parecía a alguna mujer ilustre....

Pero la Gorgheggi no acababa de explicarse... y añadió:

--¡Ah! ¡Mochi y Minghetti!... Venid... venid.... A ver, decidme a quién se

parece esta señora... ¿Quién es... quién es... precisamente lo mismo que

ella?...

Mochi sonreía, mirando por cumplido a Emma, sin tratar de adivinar el

parecido, como si estuviera en el teatro fingiendo en un diálogo

curiosidad e interés.

Minghetti dio más solemnidad al caso. Acercó su cara morena y larga, de

levantino, de ojos grandes, azules, húmedos, apasionados y rientes, de

bigote brillante y barba puntiaguda y algo rizada, fina, sedosa, al

rostro de Emma, encendido, casi asustado; fijó la mirada desfachatada y

alegre en los ojos de la dama, y hasta se permitió, para ver mejor,

mover un poco un candelabro del piano, de modo que la luz llenase las

facciones que examinaba como absorto.

Mochi se dio pronto por vencido. No acertaba. Minghetti decía:

--Espera, espera; como con la esperanza de evocar una imagen. Emma se

sentía fascinada; por el pronto, Minghetti, así, tan cerca, le olía a

_hombre nuevo_, y sus ojos, clavados en ella, eran todo una borrachera de

delicias que al tragarse se mascaban.

Cuando Minghetti se declaró también torpe de memoria, Serafina dijo:

--¡Oh, qué hombres estos! No recordáis... ¡Ma... la Parini... la

Parini!...

--¡Oh, sí! ¡La trágica, la gran trágica de _Firenze_! ¡Exacto, exacto; un

espejo!

Así exclamó Mochi, que se guardó de decir que no encontraba la

semejanza.

Minghetti, que jamás había visto a la Parini, gritó:

--¡Oh, sí, en efecto! La expresión... el gesto... la viveza de la

mirada... y el fuego....

Y añadió, sonriendo a la Gorgheggi, como diciéndoselo en secreto:

--Mas... las facciones son _aquí_ más perfectas....

--¡Ah, sí; eso sí! Más perfectas...--dijo la tiple, que continuó

explicando que era la Parini una ilustre artista florentina, sin rival

entre las trágicas de su tiempo. Aunque Emma no podía dar a la semejanza

que se le encontraba todo el valor que le atribuía la envidia de Marta,

sintió el orgullo en la garganta, se vio cubierta de gloria, y pensó

enseguida:

«Parece mentira que en este poblachón de mi naturaleza se pueda gozar

tanto como yo gozo en este momento, mirándome en los ojos de este hombre

y oyendo estas cosas que me dicen».

Interrumpida a poco la conversación para cantar Serafina de nuevo, ahora

un terceto con Mochi y Minghetti, después de la ovación que siguió al

canto, volvió la sabrosa plática, más animada cada vez, aunque en ella

se mezclaron ya algunos señoritos del pueblo de los más audaces y

despreocupados. Emma y Serafina hablaron algunos minutos solas entre las

colgaduras de un balcón, sonriéndose, como acariciándose con ojos y

sonrisas; las vio de lejos Bonis, pasó cerca de ellas, y ni una ni otra

notaron su presencia; volvió a alejarse y a contemplar su obra desde un

rincón.

¡Juntas! ¡Estaban juntas! ¡Se hablaban, se sonreían, parecían

entenderse!... Se le antojaban un símbolo, el símbolo del pacto absurdo

entre el deber y el pecado, entre la virtud austera y la pasión

seductora... ¡Qué barbaridades pienso esta noche!--se decía Bonis--; y se

puso a figurarse que aquellas mujeres que hablaban como cotorras, y

parecían de acuerdo, y se sonreían, y se entusiasmaban con su diálogo,

se estaban diciendo, ¡qué atrocidad!, cosas por el estilo:

--«Sí, señora, sí--decía Emma en la _hipótesis_ absurda de su marido--;

puede usted quererle todo lo que guste; comprendo que usted se haya

enamorado de él, y él de usted. Eso no está mal: en Turquía las gastan así,

y pueden ser tan honradas como nosotras las turcas; todo es cuestión de

costumbres, como dice la de Körner: todo es convencional».

--«Pues sí, señora; le quiero, ¿para qué negarlo?, y él a mí. Pero a

usted también se la estima, a pesar de ese geniazo que dicen que usted

tiene. Se la estima y se la respeta. Ya verá usted qué buenas amigas

hacemos. ¿Por qué no? Usted no sabe lo que son artistas, lo que es vivir

para el arte, y despreciando las pequeñeces de la vida de pueblo y de la

_moral corriente_. ¡Valiente moral! Todos deben querer a todos: usted a

mí, yo a usted, su marido a las dos, las dos a su marido.... El mundo, la

triste vida _finita_, no debe ser más que amor, amor con música; todo lo

demás es perder el tiempo...».

«Aquel diálogo hipotético--se quedó pensando Bonis--, era un disparate,

sí... y con todo... con todo... ¿Por qué no había de ser así? Él había

leído que los antiguos patriarcas tenían varias mujeres, Abraham, _sin ir

más lejos_...». La idea de Abraham le trajo la de Sara la estéril... su

mujer... «¡Isaac!», le dijo una voz como un estallido en el cerebro....

Emma era Sara...; Serafina, Agar.... Faltaban Ismael, que era

inverosímil, dadas las costumbres de Serafina, e Isaac... ¡Isaac! ¿Quién

sabía? ¿Por qué le decía el corazón... acuérdate de Sara, ten esperanza?

Dos veces en aquella noche, que él debería consagrar a emociones tan

diferentes, se le llenaba el alma del amor de su Isaac... de su hijo....

Tenía fiebre no sabía dónde; tal vez estaba volviéndose loco; primero se

comparaba con la Virgen; ahora con Abraham...; y a pesar de tanto

dislate, una esperanza íntima, supersticiosa, se apoderaba de él, le

dominaba.

Y al volver a mirar el grupo de su mujer y la cómica, a las cuales se

habían agregado ahora Mochi, Marta, Minghetti y Nepomuceno, sintió

Reyes una especie de repugnancia; aquella paz moral que a ratos se

apoderaba de su espíritu, y hasta pudiera decirse de sus entrañas, se le

alarmó en el pecho, en la conciencia; le entró vivísimo deseo de apartar

a su mujer de toda aquella gente; y sin poder dominarse, se acercó al

grupo, y con gesto serio, que contrastaba con la alegría de todos, con

el ambiente de vaga concupiscencia que envolvía al grupo, dijo Bonis con

una energía en el acento que sorprendió a Emma, la única que se hizo

cargo de ello por la novedad de la voz:

--Señores... y señoras... basta de charla; el público se impacienta, y lo

mejor que pueden hacer estas damas y estos caballeros es comenzar la

segunda parte del programa.... Vale más la música que toda esa

algarabía....

Todos le miraron entonces. Hablaba en broma seguramente, y, sin embargo,

su gesto y el tono de su voz eran serios, como imponentes.

Minghetti, inclinándose cómicamente, exclamó:

--Quien manda, manda.... Obediencia al tirano... al futuro empresario

_forse_....

Serafina, dando la espalda a los otros, en un momento que pudo

aprovechar, miró fijamente a su querido, abrió mucho los ojos con

expresión de burla cariñosa, que acabó con una mirada de fuego.

Bonis tembló un poco por dentro al recibir la mirada, pero se hizo el

desentendido y no sonrió siquiera.

--¡A cantar, a cantar!--dijo, fingiendo seguir la broma de su papel de

déspota.

Mochi se inclinó también, y Minghetti, después de una gran reverencia,

se sentó al piano para acompañar el dúo de tenor y tiple con que

empezaba la segunda parte.

Nepomuceno se sentó junto a Marta, y Bonis muy cerca de su mujer, que

respiraba con fuerza, absorbiendo dicha por boca y narices.

Y mientras ella, sin pensar en que le tenía allí, devoraba con los ojos

a la tiple y al barítono, Bonis paseaba la mirada triste, seria y

tiernamente curiosa, del rostro pálido, ajado de su esposa, al vientre

que una vez había engañado sus esperanzas; y oyendo, sin comprenderla en

aquel momento, la música romántica del dúo, se dijo entre dientes:

--No importa...; más vieja era Sara.

-XIII-

Terminó el concierto a la una de la madrugada, y como era costumbre en

el pueblo, en vez de disolverse la reunión, se pusieron a bailar los

jóvenes con el mayor ahínco, muy a placer de las señoritas, que sólo

toleraban dos o tres horas de música con la esperanza de estar bailando

otras dos o tres horas. Emma no pensó en retirarse mientras quedase allí

alma viviente. En cuanto a Marta Körner, estaba demasiado ocupada para

pensar en el tiempo. ¡Íbale tanto en perseguir las fieras, es decir, en

la caza mayor a que se había entregado en cuerpo y alma, que ya ni veía

ni oía lo que estaba delante; para ella no había en el mundo más que su

D. Juan Nepomuceno, con sus grandes patillas! Desde antes de terminar el

concierto habían hecho rancho aparte, en un rincón de la sala; y allí

estaba la alemana enseñándole el alma, y un poco, bastante, de la

blanquísima pechuga, al acaramelado mayordomo, futuro administrador de

la fábrica de productos químicos. Körner, aunque muy metido en

conversación con Mochi primero y después con el Gobernador militar y el

Ingeniero jefe de caminos, vigilaba desde lejos, muy satisfecho de la

conducta de su hija. Muy de corazón aplaudió la habilidad y delicadeza

que demostró su digno vástago cuando uno, y dos y tres jóvenes de lo más

distinguido de la sociedad, se acercaron a ella solicitando el favor de

un vals o cosa parecida, y fueron cortés y fríamente despedidos por la

robusta alemana, que no bailaba porque... aquí una disculpa torpemente

zurcida, pero mal compuesta con toda intención. A Nepomuceno había que

ponerle las cosas muy claras; y Marta, aun a riesgo de molestar a los

bailarines, tal vez contenta con molestarlos, porque aquello venía a ser

un anuncio, dejaba ver con gran transparencia el verdadero motivo de los

desaires que se veía obligada a dar; a saber: que era más importante

para ella hablar con Nepomuceno que andar por allí dando saltos y

despertando, el diablo sabría qué apetitos, en aquella juventud lucida y

generalmente colorada, gracias a la mucha sangre.

Nepomuceno, que a la segunda negativa de Marta, acompañada de una mirada

y una sonrisa de inteligencia para él, acabó de comprender, agradeció

con todas sus entrañas el _sacrificio_ que en su favor se hacía; y se

hubiera derretido de gusto, a no estarlo ya, gracias a la proximidad

_vertiginosa_ de la alemana y a las cosas espirituales y no espirituales

que ella le estaba diciendo; y, sobre todo, gracias a ciertos tropezones

que de vez en cuando, bastante a menudo, daban las rodillas con las

rodillas.

«¡Qué elocuencia... y qué _calor natural despedía_ aquella mujer!» pensaba

don Juan, aplicando el mismo verbo al calor y a la elocuencia.

Marta hablaba del ideal, de todos los ideales; pero se las arreglaba de

manera que en su disertación se mezclaban, por vía de incidentes,

descripciones autobiográficas que se referían casi siempre al acto

solemne de mudarse ella de ropa, o a estar en su lecho, medio dormida....

desvelada.... Ello es que Nepomuceno supo aquella noche, v. gr., que

aquella señorita había leído una cosa que se llamaba la _Dramaturgia de

Hamburgo_, de Lessing, y que, tanto como el autor del Laoconte, le

gustaban a ella las medias muy ceñidas, atadas sobre las rodillas y de

color gris perla. Lo más tierno fue la historia de las queridas de

Goëthe, tema que tenía muy preocupada a la de Körner desde muchos años

atrás. El noble orgullo de Federica Brion, que no quiso casarse nunca,

porque nadie era digno de la que había sido amada por Wolfgang, lo

pintaba Marta con un calor sólo comparable al que despedían sus propias

rodillas. Nepomuceno, confundiendo las cosas, y hasta las facultades del

alma, se llegó a figurar que los _genios_ alemanes eran unos sátrapas que

se pasaban la vida despreciando a los seres vulgares y manoseando los

mejores bocados del eterno femenino. Cuando llegó lo de _las madres_ del

tantas veces citado Goëthe, Nepo no podía menos de figurarse las tales

_madres_ como unas ubérrimas amas de cría. De todas suertes, y fuera lo

que fuera de Heine y de la _Joven Alemania_, él estaba que ardía... y a

tanta ciencia y poesía y contacto de piernas, sólo se le ocurría

contestar lo que, sin saberlo él, Nepomuceno, contestaba aquel personaje

de la comedia titulada: «De fuera vendrá...». Quiere decirse, que al tío

mayordomo no se le venía a la boca más que la solemne promesa de futuro,

pero muy próximo matrimonio.

Emma, siguiendo el ejemplo de algunas otras casadas, que bailaban

también, aceptó unos _lanceros_ a que la invitó el presidente del Casino,

y poco después bailó con Minghetti una polca íntima, género de

desfachatez tolerada que empezaba entonces a _hacer furor_ y no pocos

estragos morales.

La polca íntima de Minghetti fue para ella una revelación. El barítono,

que no había perdido la pista a la afición que le había demostrado

aquella señora en paseo, en misa, en la calle, por medio de miradas

incendiarias, aquella noche acabó de comprenderlo todo, y formó un plan

de seducción, que le convenía desde muchos puntos de vista. Empezó a

marearla con miradas y lisonjas allí, junto al piano, durante el

concierto; y al atreverse a invitarla nada menos que para bailar una

polca de aquellas condiciones coreográficas, jugó el todo por el todo.

Aceptada la polca, ya sabía él lo que le tocaba hacer; y mientras las

rodillas hablaban el lenguaje de las de Marta Körner, aunque sin

colaboración de los clásicos alemanes, él, allá en sus adentros, se

entregaba a proyectos y cálculos en que había hasta números. Medio en

serio, medio en broma, _se declaró_ a Emma mientras daban vueltas por el

salón; y ella, muerta de risa, muy contenta, nada escandalizada, le

llamaba loco, y se dejaba apretar, como si no lo sintiera, como si su

honra estuviese por encima de toda sospecha y no debiera parar mientes

en aquellos estrujones fortuitos. Le llamaba loco, y embustero, y

bromista; pero cuando, después de la polca, se sentaron juntos, en vez

de incomodarse por la insistencia del cantante, se quedó un poco seria,

suspiró dos o tres veces, como una doncella de labor no comprendida, y

acabó por ofrecer a Minghetti una amistad desinteresada; pura amistad,

pero leal y firme. Entonces el barítono, que no echaba nada en saco

roto, sin dejar el tema de su pasión incandescente, mezcló en las

variaciones del mismo una discretísima narración de los apuros de su

vida económica y la de sus compañeros. A Minghetti, que era un _bohemio_,

sin saber de tal epíteto, no le daba vergüenza hablar de su pobreza, ni

de las trazas picarescas a que había recurrido muchas veces para salir

de atrancos. Comprendía él que parte del encanto de su persona,

irresistible para muchas mujeres, consistía en su misma vida

desarreglada, de aventurero simpático, generoso, alegre, casi infantil,

pero poco escrupuloso, como no fuera en puntos de galanteo y de

valentía. Enseguida noto que en Emma este elemento de seducción era de

los que producían más efecto; ella misma le confesó que había comenzado

a fijarse en él, y a encontrarle _ángel_, como dicen los andaluces, la

noche aquella famosa en que había cantado el _Barbero_... a la fuerza....

--¡Ah, sí--exclamó él sonriendo--; cuando me cazó la Guardia civil!...

Y de este incidente, que tanto había dado que hablar en el pueblo meses

atrás, tomó pie para contar su historia y sus penas y apuros a su

manera, como burlándose de sus propios males. Callaba muchas cosas que

juzgaba poco a propósito para hacerle aparecer interesante; pero no

ocultó ciertas maniobras no muy decentes, y osó referirlas, no por amor

a la verdad, sino porque su sentido moral no le decía que era aquello

repugnante e indigno; por fortuna, tampoco Emma sentía delicadezas de

este orden, y en toda treta victoriosa admiraba el arte y olvidaba al

engañado, o sea al tonto.

La mujer de Bonis escuchaba encantada aquella narración del género

picaresco, en que las picardías venían a estar explicadas y disculpadas

por la viveza de las pasiones y los golpes repetidos de una adversa

fortuna.

Lo cierto era que la historia del barítono, desfigurada por él en su

narración cuando le convino, podía resumirse en lo siguiente:

Cayetano Domínguez era natural de Valencia; había asistido en su

infancia a los azares de la miseria, que aspira a convertir en industria

la holganza y no lo consigue, sino con intervalos de negras prisiones y

en perpetua lucha con el Código penal y los agentes de su eficacia. La

cárcel, residencia frecuente de su señor padre, le había enseñado, como

por ensayos repetidos, la triste vida de la orfandad; y cuando al fin el

autor de sus días salió de casa para no volver, porque en una ocasión,

al recobrar la libertad, en vez del hogar, encontró la muerte en una

misteriosa aventura, allá en la Huerta, el pobre Minguillo, que así le

llamaban los demás pillastres de su barrio, al quedarse en el mundo

solo, pues su madre había muerto al darle a luz, tenía un aprendizaje

anulado que le sirvió no poco, de mala suerte, apuros, desvalimiento; y

venía a ser a los doce años todo un hombre, y casi casi todo un pícaro,

por los recursos de su ingenio, el ahínco de su trabajo, cuando tocaban

a trabajar honradamente, y las tretas de su industria, la fuerza de

cinismo, el vigor de los músculos y el desprecio de todas las leyes y

cortapisas morales y jurídicas, que, en su opinión, se habían hecho para

los ricos; porque los pobres no podían con ellas, bajo pena de matarse

de hambre, que era el mayor crimen.

De las manos de un pariente lejano, que le molía a palos y le llamaba

hijo de tal y de cual, pasó al servicio de la Iglesia con carácter de

monaguillo, y hasta llegó a cantar en el coro de la catedral en

funciones de tiple; y esta época fue, según él, la más santa de su vida,

sin ser perfecta. No hacía él las picardías por hacerlas, sino por el

lucro; de modo que mientras su voz sirvió para el coro, cantó en calidad

de ángel en la catedral, sin hacerse jamás reprender por su pereza o

impericia, pues en el trabajo era asiduo, y su destreza en todo oficio

que emprendía, extremada. Volvió a la calle porque la voz se le mudaba,

que era para el caso como perderla; y con la edad de comenzar las

pasiones a abrir sus yemas, coincidió la mayor pobreza de su vida, por

lo que no fue extraño, o a él no se lo pareció, que por aquellos días

sus expedientes para procurarse el sustento y lo demás que necesita un

mozo suelto y sin escrúpulos, fuesen del todo incompatibles con los

rigores de la ley civil y criminal; sin que esto quisiera decir que

llegase a robar, al menos con violencia; sino que, recordando

tradiciones familiares, inventó industrias alegres y vistosas, como

juegos de feria, con moderada trampa, inocentes chascos, justo castigo

de tontos avarientos y confiados necios, en que el provecho que a él, a

Mingo, le quedaba entre las uñas, era apenas la necesaria retribución de

su trabajo, que hubiera sido exigua cotejada con el riesgo y con el

primor y gracia de las trazas inventadas. De su voz ¡voz traidora!, no

se había vuelto a acordar en mucho tiempo, a no ser para cantar en

tabernas y paseos nocturnos, para solaz de los compañeros del hampa, o

seducción de alguna mozuela, que además habría de pedir otra paga.

Sus relaciones con la gente de sotana, interrumpidas, pero no rotas, le

presentaron ocasión de ingresar en el seminario en calidad de fámulo,

ocultando, por supuesto, gran parte de sus antecedentes; y como tenía

temporadas, si no de arrepentimiento--pues él no creía que había de

qué--de cansancio, de cierto como relativo _misticismo_ que le pedía a él

la soledad de la vida recogida y largas horas de tiesura hierática, con

un cirio en la mano, o en las oscuridades del coro, y ausencia de malas

compañías, y pan seguro ganado sin industrias prohibidas; por todo ello

se acogió a la _soledad_ del _claustro_, y fue el más airoso, servicial y

despabilado fámulo de colegio sacerdotal, donde no sabía él que había de

llegar a ser colaborador de verdaderos horrores. Muchos años después,

cuando, ya libre y artista, se creía por sus actos y representación en

el caso de ser muy _avanzado_, _librepensador_ y cosas por el estilo,

aprovechaba sus recuerdos del seminario como argumento contra las

instituciones religiosas. «¡Lo que son los curitas, díganmelo ustedes a

mí!», solía exclamar; y como no hubiera damas delante, su narración,

probablemente exagerada, ponía espanto verdaderamente, por lo que toca a

determinadas violaciones del orden natural de los instintos.

De esta clase de aventuras es claro que no le habló a Emma aquella

noche; fue más adelante, cuando su trato llegó a ser más íntimo, cuando

ella supo de esta clase de tormentas porque también había pasado la

juventud pintoresca de su amigo.

Del seminario salió por una ventana, con un trabuco, pues nada menos

exigían la prisa y el peligro con que acudió a defender la _causa del

pueblo_ en una intentona revolucionaria en que se vio comprometido,

familiar y todo, por culpa de amistades heteróclitas, adquiridas en las

escapatorias frecuentes que de noche emprendía con otros compañeros y

algún seminarista amigo de ir al teatro y a lugares de corrupción más

inmediata. Anduvo por los campos en calidad de sublevado días y días,

hasta que se le rompieron los zapatos y emigró con otra porción de

ilusos, como los llamaba en una alocución el Capitán general de

Valencia. Y tanto corrió, que no paró hasta Italia. Vivió en Turín, en

Roma, en Nápoles, Dios sabe cómo; y ello fue que a España volvió de

corista en una compañía de ópera, hablando italiano, con mucho mundo, y

persuadido de que su vocación era la música y su fuerte la seducción de

mujeres fáciles, y el tentar a todas, fáciles o difíciles.

En Barcelona llamó su voz la atención de un maestro; se podía sacar

partido de ella enseñándole música, lo que se llama música; se aplicó de

veras al estudio, dejó por algunos años el teatro, vivió de no se sabe

qué recursos, tal vez a costa del amor chocho; y se le vio de posada en

posada, de fonda en fonda, despertando a los huéspedes con _gárgaras_ de

barítono que ensaya la voz y no deja dormir los músculos de una poderosa

garganta. Aquellos gorgoritos de pavo alborotado se los hacía perdonar

siempre a fuerza de gracia, amabilidad y chiste. Era un Tenorio aniñado,

un niño mozo, pueril hasta para enamorarse: se hacía mimar enseguida, y

las mujeres, al quererle, ponían algo de las caricias de madre que todas

ellas tienen dentro.

Su único hijo · 第 13 / 21 段