Una semana después la hija de Körner cantaba al piano una sentimental

canción, un _lieder_ titulado _Vergiesmeinicht_, «no me olvides», que no

era el de Goëthe, sino mucho más meloso; y al dedicárselo, con la mirada

expresiva y los gestos lánguidos, al administrador de las plateadas

patillas, le dejaba para siempre rendido a sus encantos y le hacía

copartícipe de aquellos sentimientos de _sensucht_, que él, Nepomuceno,

no sospechaba que existieran. Por aquellos días tuvo D. Juan ocasión de

enterarse de quién era Fausto, y del pacto que había hecho con el

demonio; y adquirió la noción de Margarita, rubia, pobremente vestida,

con los ojos humillados y con un cántaro debajo del brazo, camino de la

fuente. Margarita era su Marta, aquella señorita tan gruesa, tan blanca,

tan fina de cutis y tan espiritual, que le había revelado en pocas horas

un mundo nuevo: el de los amores reconcentrados y poéticos. Él quería

ser Fausto para rejuvenecerse, sin vender el alma al diablo, no por

nada, sino porque el diablo no aceptaría el contrato. Tampoco pensó en

teñirse las patillas, sino en sobredorarlas, es decir, en dejar adivinar

a los Körner que no en vano ni de balde se era ministro de Hacienda en

casa de los Valcárcel años y más años. Tardó poco tiempo el alemán en

comprender el efecto que había producido su hija en el árbitro de las

rentas de Emma; y de una en otra conferencia acerca de la proyectada

fábrica de productos químicos, le fue metiendo en casa. Nepomuceno ya no

podía pasar el día sin su correspondiente sesión de planos y

presupuestos. Körner colocaba en su despacho (pues aunque vivían

interinamente en la ciudad, tenían casa puesta, pero casa que era de la

Empresa de la Montaña); colocaba sobre la mesa de trabajo, hecha de un

gran tablero, unos libros enormes de comercio, llenos de cálculos y

partidas imaginarias, de una especie de novela de contabilidad que él

había imaginado. Nepomuceno, a pesar de sus conocimientos y experiencia

en cuentas complicadas y oscuras, se quedaba sin entender palabra. Al

lado de aquellos libros, que parecían los del coro del Escorial,

extendía Körner sus planos pintados primorosamente en papel tela. Allí

ya tenía algo que admirar Nepomuceno espontáneamente, pues supo que la

misma Marta ayudaba a su padre a trazar aquellas rayas gordas que

parecían el arco iris. Muchas veces la señorita de la casa asistía a las

conferencias de su padre, como en calidad de ayudante, y arrollaba y

desarrollaba planos, y ponía los finísimos dedos sobre los puntos en que

había que estudiar; y con estos y otros motivos, pasaba y repasaba cien

veces junto a Nepomuceno, y le rozaba con sus vestidos, y hasta le hacía

sentir, en ocasiones, por descuido, el peso dulcísimo, pero abrumador,

de su cuerpo: en fin, le mareaba, le enloquecía, y el tío de Emma no

podía vivir ya sin aquellas confidencias económico-técnicas acerca de la

fábrica de productos químicos. Llegó a creerse enamorado del proyecto;

no podía menos de producir montones de oro aquella fábrica, que, sin

salir de los planos, ya le tenía a él la _química orgánica_ en revolución,

y le convertía en minutos las breves horas de aquellas interesantes

explicaciones. Quedaron el alemán y el español en que no faltaba más que

dinero para que el proyecto colosal se pusiera en práctica y marchara

como una seda. Faltaba dinero... pero ya parecería. Entretanto,

Nepomuceno insinuó en el ánimo de padre e hija la necesidad de acoger

con benevolencia la debilidad de corazón que él dejaba entrever

discretamente. Marta, en vez de repugnar la confesión implícita de

aquella pasión, que no sería ella quien la calificase de senil, en vez

de rechazar las veladas galanterías del nuevo amigo de su padre, le daba

a entender con sonatas de música filosófica, reposada y trascendental,

que ella, a pesar de las apariencias, daba poca importancia a lo físico,

despreciaba la acción del tiempo sobre los organismos, y atendía

directamente al elemento eterno del amor, del amor, que nunca es

machucho. En fin, que lo que faltaba era dinero; la fábrica y la pasión

marcharían en perfecta armonía y con toda prosperidad, en cuanto

pareciese el capital que era necesario para su movimiento. A medias

palabras, y hasta por señas, comprendieron los Körner la conveniencia de

tratar, y tratar con la mayor amabilidad posible, a Emma Valcárcel. No

fue ardua empresa la del tío, que se propuso conseguir estas relaciones

justamente en la época en que Emma decretó echarse al mundo y gozar de

su riqueza mermada y de cuanto estuviese en sus manos, sin límites ni

remordimientos. Así, el conocimiento superficial, de mero cumplido, que

ya había de tiempos atrás, por intermedio del primo Sebastián, entre la

Valcárcel y los alemanes, se convirtió fácilmente en amistad asiduamente

cultivada, en una amistad casi íntima, que se iba estrechando,

estrechando, según Emma entraba más y más por los anchos y suaves

senderos de su nueva vida. La Valcárcel, como ya se ha dicho, tenía en

sus planes de venganza respecto del _ladrón de su tío_, la idea de

corromper a Marta, después de casada con Nepomuceno. Le encontraba ella

muchísima gracia a la ocurrencia. Por eso se prestó gustosa a estrechar

relaciones con los Körner; lo que no podía calcular era que Marta le iba

a entrar por el ojo derecho, y a conquistar su afecto extremoso con la

seducción singularísima de su intimidad mujeril, nerviosa, llena de

novedades, picantes y pegajosas, para la pobre Emma, cuya depravación

natural no había tenido hasta entonces ningún aspecto literario ni

_romántico-tudesco_. Marta, virgen, era una bacante de pensamiento, y las

mismas lecturas disparatadas y descosidas que le habían enseñado los

recursos y los pintorescos horizontes de la lascivia letrada, le habían

dado un criterio moral de una ductilidad corrompida, caprichosa,

alambicada, y, en el fondo, cínica. Un hombre, por estrechas que fuesen

sus relaciones con la señorita Körner, jamás podría saber el fondo de su

pensamiento y de sus vicios, porque del pudor no le quedaba a ella más

que el instinto del fingimiento y la sinceridad de la defensa material,

hipócrita, contra los ataques del macho; Marta podría acompañar al varón

en los extravíos lúbricos a que él la arrojase, pero siempre le

ocultaría otra clase de corrupciones morales, de depravación ideal que

llevaba ella dentro de sí, y que sólo podría confiar a otra mujer en que

encontrase simpatías de temperamento y de desvaríos sentimentales. Emma

y Marta se entendieron pronto, y a las pocas semanas de tratarse con

frecuencia y confianza, ya se las oía, allá, a lo lejos, en el gabinete

de la Valcárcel, reír a carcajadas, con risas histéricas; y cuando se

presentaban a los hombres, a Nepomuceno, Körner y Bonis, después de

estas alegres confidencias, llenas de secretos y malicias, sonreían con

sonrisas que eran señas y burlas mal disimuladas de los santos varones

que eran incapaces de penetrar los misterios de la amistad retozona y

llena de cuchicheos de la española y la tudesca. Marta hacía alarde de

tener un carácter complicado, que el vulgo no podía comprender; hablaba

mucho de la moral vulgar, por supuesto cuando trataba con personas que

ella creía capaces de entenderla. Su alegría, su afán de jugar, saltar,

levantarse de noche en camisa para dar sustos a las criadas, correr por

la casa y volverse al calor del lecho, palpitante de emoción y

voluptuosidad jaranera, eran un contraste, una _antítesis_, decía ella, de

su exquisita sensibilidad, del _clair de lune_ que llevaba en el alma.

Bueno, «peor para los necios que no eran capaces de entender estas

contradicciones». Era católica, como su padre, y afectaba haber escogido

la _manera_ devota de las españolas como la fórmula que ella había soñado,

como si su alma hubiese sido española en religión antes de aparecer en

Alemania. Una nota nueva, sin embargo, tenía en su opinión su

religiosidad, la nota _artística_ que no encontraba en la dama española.

Marta, entusiasta de _El Genio del Cristianismo_, lo entendía a su modo,

lo mezclaba con el romanticismo gótico de sus poetas y novelistas

alemanes, y después, todo junto, lo barnizaba con los cien colorines de

sus aficiones a las artes decorativas y del prurito pictórico. Aunque

enamorada de la música, amaba el color por el color, y daba suma

importancia al azul de la Concepción y al castaño oscuro de Nuestra

Señora del Carmen; hablaba ya de _la capilla Sixtina_, conversación

inaudita en la España de entonces, y de las maravillas que había ella

visto en Florencia y otras ciudades de Italia, por donde había viajado

con su padre. Lo que no confesaba Marta era que su afición más sincera,

más intensa, consistía en el placer de que le hicieran cosquillas, en

las plantas de los pies particularmente. Debajo de los brazos, en la

espalda, en la garganta, se las habían hecho muchas personas, hombres

inclusive; pero, en cuanto a las plantas de los pies, es claro que sólo

de tarde en tarde conseguía encontrar quien la proporcionase ocasión de

gozar de aquellas delicias: alguna criada con quien había intimado,

alguna amiga aldeana... y ahora Emma, de quien a los dos meses de trato

había conseguido este favor sibarítico, que la Valcárcel, muerta de

risa, otorgó gustosa. Ella también quiso probar aquel extraño placer que

tanto apasionaba a su amiga; pero no le encontró gracia, y además no

podía resistir ni medio segundo la sensación, que la excitaba en balde.

En el alma fue donde se dejó hacer cosquillas Emma por las sutilezas

psicológicas y literarias de su amiga. ¡Qué cosas supo por aquella

mujer! Había en el mundo, sin que lo sospechara Emma, dos clases de

seres, los escogidos y los no escogidos, las almas superiores y las

vulgares. El toque estaba en ser alma escogida, superior; en siéndolo,

¡ancha Castilla!, ya no había _moral corriente_, vínculos sociales ni

nada; bastaba con guardar las apariencias, evitar el escándalo. El amor

y el arte eran soberanos del mundo espiritual, y el privilegio de la

mujer ideal, superior, consistía en sacar partido del arte para el amor.

La mujer hermosa, sentimental, poética y _dilettante_, era el premio del

artista, y el placer de premiar al genio el más sublime que Dios había

concedido a sus criaturas. Marta, aún muy joven, había sido novia, en

Sajonia, de un gran músico, un especialista en el órgano; y a un pintor

que imitaba a Rembrandt le había otorgado favores de índole íntima,

familiar, aunque es claro que sin menoscabo de la virginidad _material_,

que tenía que estar reservada para el _filestin_, así decía, con quien no

tendría inconveniente en casarse. Porque era necesario ser rica; no por

nada, sino por poder satisfacer las necesidades estéticas, que cuestan

caras, toda vez que en la estética entraría el _confort_, los muebles de

lujo, de arte, el palco en la ópera, si la hay, etc., etc. Su ideal era

casarse con un hombre ordinario muy rico, y proteger con el dinero de

aquel ser vulgar a los grandes artistas, reservando su amor para uno o

más de estos, porque también era una vulgaridad la constancia

_unipersonal_. Como Marta leía muchos libros de literatura española

antigua, cosa de moda entre los literatos de su tierra, ponía por modelo

de su teoría a la mujer del _Celoso extremeño_, que sin cometer, lo que se

llama cometer, adulterio, había dormido abrazada al gallardo Loaisa, sin

pecar sino con el pensamiento. El _Celoso extremeño_ había sido tan noble,

que se había muerto dejando a su esposa toda su fortuna y el encargo de

casarse con su amante; pero como los maridos modernos y de la impura

realidad no eran tan generosos como Carrizales, lo que debía hacer la

mujer superior era sacarle el jugo crematístico al esposo lo más pronto

que pudiese. Todo esto, dicho de muy diferente manera, pero en forma

pedantesca siempre, se iba metiendo por el deseo de Emma, la cual, por

cierto cansancio del organismo y depravación moral, sutil y retorcida,

que era el fondo de su alma, hallaba un sabor superior a toda delicia en

las aventuras en que superaban la malicia y el engaño al placer material

conseguido como resultado de las artimañas. Engañar por engañar era lo

mejor. Sin embargo, reconocía que debía de ser manjar de los dioses el

tener _relaciones_ con un hombre superior, con un artista, por ejemplo,

con un barítono tan guapo y _famoso_ como el celebrado Minghetti. No se lo

negó Marta, quien, confidencia por confidencia, recibió con gusto y con

amplio criterio de benevolencia el secreto de Emma relativo a sus

coqueterías con el barítono de la compañía tronada. En el fondo, la

alemana compadeció a su amiga, pues si bien había ella misma contemplado

sin enojo una y otra vez el buen talle y el calzón ajustado del rey--no

importa cuál--en tal o cual ópera, del rey Minghetti, no veía por dónde

se podía clasificar a tan bien formado cantante en la categoría de los

hombres superiores y verdaderamente artistas. Pero no había que ser

exigente. Ella, es claro que estaba por encima de tales aficiones. Su

prurito, aparte el de las cosquillas, era escribir cartas entusiásticas

y confidenciales a sus autores predilectos; unos le contestaban, otros

no; pero solía mandar su retrato con sus confesiones epistolares, y más

de un escritor se animó, en consideración, a la buena moza que envolvía

aquel espíritu repugnante, a entablar correspondencia; y así tuvo ella

más de dos amores ideales y _platónicos_... por escrito. Poseía, además,

un álbum de _intimidades_, ilustrado por muchas firmas desconocidas y

algunas notables, en que se contestaba a las consabidas preguntillas:

¿Cuál es vuestro color predilecto? ¿Y la virtud predilecta? ¿Qué autor

preferís?, etc., etc. A una mujer que sabía, por ejemplo, que a Litz le

gustaban las trufas, y había _llorado_ confidencialmente con las penas

ocultas de un poeta de la _Joven Alemania_, tenía que parecerle poco

hombre, aunque bien formado, el barítono de la compañía de Mochi.

El cual, acompañado de Serafina y del barítono, entraba en el salón

cuando acababa de cantar una romanza italiana un aficionado de la

localidad, de oficio relojero, y tenor suprasensible, como le llamaban

los chuscos, porque cuando tenía que subir a las notas más altas

desaparecía su voz, como si la llevasen en globo al quinto cielo, y no

se le oía por más que gesticulaba; parecía estar hablando desde muy

lejos, desde donde podía ser visto, pero no oído. Aún se reía el público

disimuladamente del tenor suprasensible, cuando la atención general tuvo

que volverse a contemplar la hermosura de Serafina, que con la mirada

humilde, exhalando modestia, además de muy buenos y delicados olores,

llegaba, vestida de negro, con gran cola, enseñando los blanquísimos

hombros y las primorosas curvas del seno, al pie de la plataforma, donde

el presidente del Casino la aguardaba para darle el brazo, subir con

ella las dos gradas que la separaban del piano, y dejarla, previa una

gran inclinación de cabeza, junto a Minghetti, que, de frac y corbata de

etiqueta, paseaba los blancos dedos, de uñas sonrosadas, por el

amarillento teclado, haciendo prodigios de elegante habilidad por

aquellas octavas adelante.

Bonis había desaparecido; poco después hablaba con Mochi en un gabinete

cercano. Nepomuceno y Körner acompañaban a Emma y a Marta, todos

sentados en una de las primeras filas, que siempre quedaban, en casos

tales, para las señoras que venían tarde; porque las que, para su

vergüenza, llegaban temprano, se iban colocando en lo más escondido y

apartado, huyendo, como del diablo, de la proximidad del espectáculo,

como si fuese tomar en él parte el tenerlo muy cerca. No faltaba señora

que confundía a los cantantes con los prestidigitadores que en el mismo

Casino había visto maniobrar, y no quería que le quemasen el pañuelo, ni

aun en broma, ni que le adivinasen la carta que tenía en el pensamiento.

Emma no había visto nunca tan de cerca a la Gorgheggi, en la que pensaba

tanto de algún tiempo a aquella parte. La admiraba, como a su pesar; la

tenía por una perdida a la alta escuela... y esto mismo la atraía, a

pesar de ciertos asomos de envidia con que iba mezclada la admiración.

Ahora que la tenía a cuatro pasos, y le podía ver los brazos desnudos, y

el talle apretado, y la pechuga, entre velas de esperma, todo al aire;

ahora que podía apreciar sus facciones y sus gestos, y hasta algo oía de

su voz, que parecía que aun hablando cantaba, ahora Emma, con el

pensamiento, la desnudaba más todavía, y le medía el cuerpo, y le

escudriñaba el alma; quería apreciar por la proporción cómo tendría de

gruesas y bien formadas las extremidades invisibles y otras partes de su

cuerpo. Por lo que veía, era muy blanca, y debía de seguir siéndolo; no,

no eran polvos de arroz; era blancura sana, cutis inglés, una verdadera

frescura y una hermosura a prueba de tijeras. Decían que la voz decaía,

pero lo que es la lozanía del cuerpo era bien briosa y bien sólida; no

había allí asomos de decadencia. «¡Lo que habría gozado aquella mujer!

¿Qué les diría a sus queridos?». Emma se acordó del secreto de sus

extrañas expansiones matrimoniales de aquellos últimos tiempos, de aquel

secreto amor material, que le tenía a ratos, allá de noche, entre sueños

y pesadillas, a su bobalicón de Bonis (vergüenza que ni a Marta se

atrevía a confesarle). ¿Les diría a los amantes aquella guapísima

picarona lo que ella le decía a Bonis? Emma se acordó--por primera vez

pensó en ello--, de que tales frases disparatadas ella no las sabía

tiempo atrás, de que era Bonis mismo el que se las había hecho aprender

en aquellas locuras de que jamás hablaban los dos después que amanecía.

¿Sería aquello mismo lo que les decía la cómica a sus queridos? ¿Sería

Bonis uno de tantos? ¿Sería verdad lo que había llegado a sus oídos y lo

que ella había sacado por conjeturas? ¡Parecía imposible! Siendo Bonis

tan majadero, y no disponiendo de un cuarto, ¿cómo le habría querido, ni

siquiera por broma, aquella señorona, quiere decirse, aquella pájara tan

señorona, que parecía una reina? Y sin embargo... podía ser. Había

indicios. Y ¡cosa rara!, ella no sentía celos; sentía un orgullo raro,

pero muy grande, así como si a su marido le hubieran mandado un gran

cordón azul o verde del emperador de la China; o como si Bonis fuese

hermano suyo y se hubiera casado con una princesa rusa... no, no era

así; era otra cosa... muy especial. De repente se acordó de las teorías

de la alemana que tenía al lado, de aquello de que el matrimonio era

convencional y los celos y el honor convencionales, cosas que habían

inventado los hombres para organizar lo que ellos llamaban la sociedad y

el Estado. Si quería ser una mujer superior, y sí quería, porque era muy

divertido, tenía que renunciar a las vulgaridades de las damas de su

pueblo. En Madrid, en París, en Berlín, las grandes señoras sabían que

sus maridos respectivos tenían queridas y no les tiraban los platos a la

cabeza por eso; lo que hacían era tener queridos también. Pero Bonis, el

bobalicón de Bonis, ¿se había atrevido, _sin su permiso_... y saliendo de

casa a deshora por lo visto, y?... no, lo que es esto, es claro que

había de pagarlo, es claro, fuese verdad o no; eso era harina de otro

costal, y no había alma superior que valiera; Bonis no era alma

superior, y tenía que salirle al pellejo la picardía... y eso que tenía

gracia. No, y bien mirado, ¿por qué no había de querer aquella perdida a

Bonis... en cuanto buen mozo, y rendido, y sano, y servicial? ¿No le

había querido ella también? ¿Sería más una cómica que ella... que iba

haciéndose una mujer superior? Sí, y bien superior: mirándolo bien, lo

había sido toda la vida; lo era sin saberlo; antes de que Marta hubiese

parecido por su casa, ya ella tenía el prurito de no enfadarse por lo

que se enfadan los demás, y había discurrido aquello de no alborotar ni

enfurecerse cuando los demás quisieran ni por lo que los demás lo

esperasen; y ya había discurrido la graciosísima idea de vengarse del

ladrón de Nepomuceno y del tonto de su marido poco a poco, y a su

manera, y a su gusto y dándoles el gran chasco. ¡Vaya si había sido

siempre una mujer especial, superior!

Serafina, por disposición de Mochi, que quiso halagar los sentimientos

religiosos del concurso, cantó una plegaria a la _Virgen_, de un maestro

italiano. El público, en cuanto cayó en la cuenta de que se trataba de

ponerse en relación con la Divinidad, dejó de hacer ruido con las sillas

y los cuchicheos, se recogió todo lo que pudo y oyó en silencio, como

dando a entender que él no sólo comprendía la sublimidad de los

misterios dogmáticos, sino también la misteriosa relación de la música

con lo suprasensible. Serafina, que tanto hubiera dado semanas atrás por

haber sido invitada a pedir para los pobres a la puerta de la iglesia,

aprovechaba aquella ocasión para dar prueba de su acendrada

religiosidad, deshaciendo así los rumores que habían corrido de que era

protestante. La verdad es que estaba muy hermosa con aquel aire de

modestia y de piedad recatada, con aquella frente purísima, algo grande,

algo convexa... y, sin embargo, llena de expresión familiar, dulce, y en

aquel momento religiosa; las ondas del cabello claro, sirviendo de marco

vaporoso a la curva suave de aquella frente pura y blanca, eran símbolo

de una idealidad que se perdía en el ensueño poético.

Bonis, en cuanto oyó la voz de Serafina elevarse en el silencio del

salón, sin pensar en lo que hacía, sin poder remediarlo ni querer

remediarlo, como atraído por un imán, se aproximó al umbral de la puerta

más lejana para escuchar desde allí. La plegaria italiana, sin ser cosa

notable ni muy original, era música buena para aficionados, música de

_sentimiento_, lenta, suave, nada complicada, de un _patos_ muy tolerable y

sugestivo. «¡Ay--pensó Bonis--, la paz del alma! En otro tiempo, no hace

mucho, yo amaba la pasión, que sólo conocía por los libros. Pero la

paz... la paz del alma, también tiene su poesía. ¡Quién me la diera!,

¡ay, sí!, ¡quién me la diera! Así era, como aquella música: dulce,

tranquila, sentimiento serio, fuerte a su modo, pero mesurado, suave,

amigo de la conciencia satisfecha, amando el amor dentro del orden de la

vida; como se suceden las estaciones sin rebelarse, como corren la noche

y el día uno tras otro, como todo en el mundo obedece a su ley, sin

perder su encanto, su vigor; así amar, siempre amar, bajo la sonrisa de

Dios invisible, que sonríe con el pabellón de los cielos, con el rozarse

de las nubes y el titilar de las estrellas!». «Mi Serafina, mi mujer

según el espíritu, recuerdo de mi madre según la voz; porque tu canto,

sin decir nada de eso, me habla a mí de un hogar tranquilo, ordenado,

que yo no tengo, de una cuna que yo no tengo, a cuyos pies no velo, de

un regazo que perdí, de una niñez que se disipó. ¡Yo no tengo en el

mundo, en rigor, más _parientes_ que esa voz!». ¡Cosa más particular!

Cuando pensaba así, o por el estilo, Bonis, de repente, creyó entender

que el canto religioso de Serafina llegaba a narrar el misterio de la

Anunciación: «Y el ángel del Señor anunció a María...». ¡Disparate

mayor! ¡Pues no se le antojaba a él, a Bonis, que aquella voz le

anunciaba a él, por extraordinaria profecía, que iba a ser... madre; así

como suena, madre, no padre, no; ¡más que eso... madre! La verdad era

que las entrañas se le abrían; que el sentimiento de ternura ideal,

puro, suave, pacífico que le inundaba, se convertía casi en sensación,

que le bajaba camino del estómago, por medio del cuerpo. «¡Esto debe de

ser--pensaba--, en eso que llaman el gran simpático! ¡Y tan _simpático_!

Dios mío, ¡qué delicias; pero qué extrañas! Estas parecen las delicias

de la concepción. ¡Oh, la música así, como esa, con esa voz, me vuelve

casi loco! Sí, sí, disparatado era todo aquel pensar; pero, ¡cómo

llenaba el alma! Más que el amor mismo, con otra clase de amor nuevo....

menos egoísta, nada egoísta... ¡qué sabía él!». Tuvo que apoyar la

cabeza en la madera fría del quicio y volverla hacia el gabinete, porque

los ojos se le oscurecían, llenos de lágrimas, y no quería que nadie le

viese llorar. «Bueno sería--pensó mientras se iba serenando--, que ahora

me preguntase Emma, por ejemplo:--¿Por qué lloras, badulaque?--Pues lloro

de amor... nuevo; porque la voz de esa mujer, de mi querida, me anuncia

que voy a ser una especie de virgen madre... es decir, un padre....

madre; que voy a tener un hijo, legítimo por supuesto, que aunque me le

paras tú, _materialmente_ va a ser _todo_ cosa mía». No, no pensaba él que

el hijo fuese de la querida, eso no; que Serafina perdonase, pero eso

no; de la mujer, de la mujer... pero de cierta manera, sin que la

impureza de las entrañas de Emma manchase al que había de nacer; todo

suyo, de Bonis, de su raza, de los suyos... un hijo suyo y de la _voz_,

aunque _para el mundo_ le pariese la Valcárcel, como estaba en el orden.

Bonis tenía miedo de ponerse malo con tanto desbarrar, y, sobre todo,

porque se le empezaban a aflojar las piernas, síntoma fatal de todos sus

desfallecimientos. Cesó la música, calló la _voz_, estallaron los

aplausos, y Bonis cambió de súbito de ideas y sensaciones y de

sentimientos. Volvió a la realidad, y se vio cogido del brazo por

Mochi, que se le llevó, salón adelante, hacia el piano.

Körner se había puesto en pie, y sus manos, aplaudiendo, sonaban como

batanes; Marta aplaudía también, con gran asombro de las damas

indígenas, que creían privilegio de su sexo la impasibilidad ante el

arte, y hubieran reputado, por unanimidad, indigno de una señora

recatada batir palmas ante una cómica; ni más ni menos que creían una

abdicación del sexo levantarse en visita para saludar o despedir a un

caballero. Emma acabó también por aplaudir, y la Gorgheggi no tardó en

fijar la atención en aquellas dos señoras que tenía tan cerca, y que,

por excepción, unían sus aplausos a los del sexo fuerte. Para Marta y

Körner, la inglesa, por extranjera, tenía algo de compatriota; por

artista la consideraban más digna de respeto y atenciones que las cursis

damas del pueblo, a pesar de todas sus pretensiones y preocupaciones

seculares. Körner se acercó al piano y habló en inglés con Serafina; en

aquella sazón llegaban Mochi y Bonis del brazo junto a la plataforma, y

gracias al carácter expansivo de Minghetti, que medió en el diálogo, y

al reconocimiento de Mochi con respecto a Bonis y todos los suyos, y a

la habilidad políglota de Körner, pronto hablaron todos juntos, con

entusiasmo, mezclándose el inglés, el alemán, el italiano y el español;

y Marta estrechó la mano de la cantante, y esta, con una audacia y una

gentileza que pasmaron a Bonis, oprimió con fuerza y efusión los dedos

flacos de Emma. Bonifacio, al ver unidas por las manos a su mujer y a su

querida, volvió a pensar en los milagros del diablo; y en su cerebro

estalló lo de _tigribus agnis_, que tantas veces había leído en los

periódicos y en alguna retórica. Indudablemente el tigre era su mujer.

La cual estaba radiante. Para aquella clase de emociones y sucesos había

nacido ella. Sentía un orgullo loco al verse entre aquella gente,

saludada por una mujer tan guapa y tan elegante, con tales muestras de

respeto y deferencia. Serafina la había deslumbrado. Algunas veces había

pensado que había ciertas mujeres, pocas, que tenían un no sé qué,

merced al cual ella sentía así como una disparatada envidia de los

hombres que podían enamorarse de ellas; esas mujeres que ella concebía

que fuesen queridas por los hombres, no eran como la mayor parte, que,

guapas y todo, no comprendía qué encontraban en ellas los varones para

enamorarse. La Gorgheggi era mucho más alta que Emma, y esta, a su lado,

sentía como una protección varonil que la encantaba; además, aquello de

ver de cerca, tan de cerca, lo que estaba hecho para que todo el pueblo

lo mirase y lo admirase de lejos, la envanecía, y satisfacía una extraña

curiosidad; la envanecía más el pensar que a ella sola, a Emma, se

consagraban ahora aquellas sonrisas, aquellas miradas, aquellas

palabras, que eran ordinariamente del dominio público. Por otra parte,

seducción, tal vez mayor para ella, era en Serafina la mujer de vida

irregular, la _mujer perdida_... pero perdida en grande. La curiosidad

pecaminosa con que ella había mirado siempre a las vulgares mozas del

partido, que se hacía enseñar, aquí se multiplicaba y como que se

ennoblecía; y Emma quería adivinar olfateando, tocando, viendo, oyendo

de cerca la historia íntima de los placeres y aventuras de la mujer

galante y artista. De repente vio, casi con imágenes plásticas, las

ideas de orden, de moral _casera_, ordinaria, sumidas en una triste y

pálida y desabrida región del espíritu; oscurecidas, arrinconadas,

avergonzadas; las vio, como el guardarropa anticuado y pobre de una dama

de aldea, ridículas; eran como vestidos mal hechos, de colores ajados;

ella misma se los había vestido y sentía vergüenza retrospectiva; sí,

ella, a pesar de su prurito de originalidad, participaba de tantas y

tantas preocupaciones, estaba sumida en la _moral casera_ de aquellas

señoras de pueblo que no aplaudían a los cantantes ni solían tener

queridos. Se le pasó por las mientes la idea de que la Gorgheggi fuera

un gran capitán, un caudillo de _amazonas_ de la moral, de mujeres de

rompe y rasga; y ella iría a su lado como corneta de órdenes, como

abanderado, fiel a sus insignias. Cuando observó la Valcárcel que las

damas del pueblo miraban con extrañeza, casi con espanto, la íntima

conferencia a que se habían entregado ella y su amiga con los cómicos,

se redobló el placer que gozaba. ¡Qué gusto, hacer entre todo el señorío

cursi del pueblo una que era sonada, algo del todo nuevo, inaudito,

asombroso y de todo punto irregular y subversivo!

Su único hijo · 第 12 / 21 段