Despertó la Gorgheggi sonriente, sin dolor de muelas; agradeció a su

Bonis que velara su sueño como el de un niño; y la dulzura de sentirse

bien, con la boca fresca, harta de dormir, la puso tierna, sentimental,

y al fin la llevó a las caricias. Mas fueron suaves; mezcladas de

diálogos largos, razonables; no se parecían a las ardientes prisiones en

que se convertían sus abrazos en otro tiempo. «Así, pensaba Reyes,

debieran ser las caricias de mi esposa». Serafina se había acostumbrado

a su inocente Reyes y a la vida provinciana de burguesa sedentaria a que

él la inclinaba, y a que daban ocasión su larga permanencia en aquella

pobre ciudad y la huelga prolongada. Se iban desvaneciendo las últimas

esperanzas de brillar en el arte, y Serafina pensaba en otra clase de

felicidad. La falta de ensayos y funciones, la ausencia del teatro, le

sabía a emancipación, casi casi a regeneración moral: como las

cortesanas que llegan a cierta edad y se hacen ricas aspiran a la

honradez como a un último lujo, Serafina también soñaba con la

independencia, con huir del público, con olvidar la solfa y meterse en

un pueblo pequeño a vegetar y ser dama influyente, respetada y de viso.

Ya iba conociendo la vida de aquella ciudad, que despreciaba al

principio; ya le interesaban las comidillas de la murmuración; hacía

alarde de conocer la vida y milagros de ésta y la otra señora, y un día

tuvo un gran disgusto porque Bonis no consiguió que se la invitara el

Jueves Santo a sentarse en cualquier parroquia en la mesa de petitorio.

Cantó una noche, con Mochi y Minghetti, en la Catedral, y sintió orgullo

inmenso. Le andaba por la cabeza un proyecto de gran concierto a

beneficio del Hospital o del Hospicio. A Mochi no le cayó en saco roto

la idea; pero le torció el rumbo. Un gran concierto, sí, pero no a

beneficio de los pobres, sino a beneficio de los cantantes, restos del

naufragio de la compañía. Se dio a Minghetti, el barítono, noticia del

proyecto, y le pareció magnífico. Él sugirió al tenor la ocurrencia de

aprovechar aquel concierto para reanimar el instinto filarmónico de los

vecinos: se habían cansado de ópera, bueno; pero ya hacía una temporada

que se había cerrado el teatro; la Gorgheggi, apareciendo en traje de

etiqueta en los salones de una sociedad, y cantando, sin accionar y sin

dar paseos por la escena, pedazos de música escogida, volvería a

despertar el apetito musical de los muchos aficionados; esto facilitaría

la idea de abrir un abono condicional sobre la base del terceto; tenían

tenor, tiple y barítono; se traería contralto, bajo y coros, y se podía

arreglar otra campaña que bastase para pagar trampas, y esperar con

menos prisa y afán alguna contrata en otra parte. Para poner por obra el

proyecto, había que contar con algún indígena que tomara la iniciativa.

Nadie como Bonis. Serafina se encargó de rogarle que lo tomase por su

cuenta. Dicho y hecho. Aquella tarde, entre las caricias de un amor

apacible y de intimidad serena, la Gorgheggi suplicó a su amante que

apadrinase con celo y entusiasmo su idea, que se encargara de preparar

el concierto, venciendo los obstáculos que pudieran surgir. ¿Qué menos

podía hacer Bonifacio por aquella mujer, a quien no podía dar ya dinero,

y eso que tanto lo necesitaba? Propuso el proyecto de los cómicos a la

Junta del Casino, que formaba como una Sociedad agregada a la empresa

del café de la Oliva; en el piso principal estaban el salón de baile y

las salas de juego y de lectura de aquel círculo de recreo, algunas

veces de envite y azar. La Junta directiva, que tenía la conciencia de

sus deberes, prometió estudiar la cuestión. Hubo deliberaciones

repetidas, se votó, y, por una exigua mayoría, se aprobó el proyecto del

concierto, que terminaría en baile, pero sin ambigú.

Bonifacio ocultaba a su mujer que andaba en aquellos tratos, que era el

alma de la proyectada fiesta; pero ella supo que el concierto se

preparaba, y que su Bonis era factor del holgorio, que iba a ser cosa

rica. Si de otras cosas que sabía también, y tiempo hacía, no le había

hablado, sino con indirectas y sin insistir, ahora le convenía darse por

enterada claramente; y así, le dijo un día a la mesa, a los postres, en

presencia de Nepomuceno:

--Vamos a ver, hombre, ¿por qué me tienes tan callado lo que me preparas?

¿Es que quieres sorprenderme?

--¿Lo que te preparo?

--Sí, señor; lo del concierto: ya sé que tú y otros queréis echar un

guante disimuladamente en favor de esos pobres cómicos que han quedado

en el pueblo y no deben de pasarlo bien. Perfectamente; muy bien hecho.

Es una gran idea y una obra de caridad. Haremos una limosna y nos

divertiremos. Magnífico. ¿Verdad, tío, que es una idea excelente?

--Excelente--asintió Nepomuceno, limpiándose los labios con la servilleta

y bajando la cabeza.

--Cuenta conmigo y con la señorita Marta, con Marta Körner, la del

ingeniero, ya sabes, mi amiguita, que irá conmigo. El tío me acompañará,

¿verdad? Y acaso el primo Sebastián, que vendrá a las ferias. Tú tendrás

que arreglar por allá cosas; si ya lo sabemos, hombre, no te hagas el

chiquitín, ya sabemos que eres el director de la fiesta. ¿Y qué? Mejor.

Gracias a Dios que haces algo de provecho. Lo que me enfada es que nunca

me hayas dicho que eras amigo de los cómicos, tan amigo. ¿Creías que iba

a disgustarme? ¿Por qué? Yo no soy orgullosa, yo no creo que mi apellido

se desdore porque mi esposo trate a unos artistas; al contrario; si yo

fuera hombre haría lo mismo. ¿No se casó la famosa _Tiplona_ con un

caballero de aquí? ¿Verdad, tío, que no nos ha parecido mal saber que

Bonis trata a los cómicos mucho, muchísimo? Lo supimos por la señorita

de Körner, ¿verdad, tío? Y yo hasta me puse hueca. Para que veas.

Bonifacio miraba a su mujer con los ojos fijos, combatido por dos

opuestas corrientes: un instinto ciego le decía: ¡Guarda, Pablo! ¡No te

fíes, no cantes, hay trampa! Otra tendencia poderosa le hacía ver el

cielo abierto y le empujaba el enternecimiento. ¿Si su mujer sería capaz

de comprenderle, de comprender su amor al arte y a los artistas? No

llegaba él hasta esperar que disculpara sus amores con Serafina; era,

por el contrario, indispensable, que no supiera de ellos; pero todo lo

demás, ¿por qué no? Es decir, lo de las deudas y el dinero prestado,

tampoco. Miraba a Emma; después miró al tío: o no había honradez y

franqueza y lealtad en el mundo, o estaban pintadas en la cara, y

especialmente en los ojos de tío y sobrina.

Confesó todo lo que creyó oportuno confesar. Se le agradeció la

franqueza, y tío y sobrina manifestaron verdadera admiración

contemplando la perspectiva de ideal y horas de jarana y alegría honesta

que Bonis les puso ante la fantasía con elocuencia conmovedora. Aunque

Nepomuceno y Emma iban con segunda, cada cual por diferente motivo, en

parte eran sinceros su entusiasmo y adhesión a los proyectos de Reyes.

En cuanto a disculpar las aficiones artísticas del marido y su trato con

los cantantes, nada más fácil. ¿No era él músico también? ¿Y qué tenía

de particular que, en saliendo de casa, empleara sus ocios en cultivar

la amistad de aquellos excelentes señores que sabían tanta música, eran

de tan fino trato y no se parecían a los envidiosos del pueblo,

espíritus limitados, estrechísimos, monótonos, inaguantables?

Nepomuceno habló más que solía; él también era pintor, esto es, músico;

sí: en la Sociedad Económica había coadyuvado a la creación de la clase

de solfeo y piano.

--¡Bah, la música!, ya lo creo, es una gran cosa. Domestica las fieras.

--Ciertamente--dijo Bonis encantado.

Y refirió a su modo la fábula de Orfeo, que a Emma la cogía de nuevas

completamente, y le pareció muy interesante.

--A propósito de piano... aunque ya está viejo el alcacer para zampoñas,

yo quisiera saber teclear, así... un poco... aunque no fuera más que

tocar con un dedo las óperas esas que tú tocas en la flauta.

A Bonis le pareció muy laudable el propósito. Volvió a pensar, aunque

sin esperanza, en lo de «la música las fieras domestica», y dijo:

--Pues mira, si te decides, Minghetti, el barítono, es un excelente

profesor....

Emma, encendida, no pudo menos de ponerse en pie, y sin pensar en

contenerse, comenzó a batir palmas.

--¡Oh, sí, sí; sublime, sublime; qué idea!, el barítono... y le pagaremos

bien; será una obra de caridad. Pero ¡qué lástima! ¿Se marchará pronto?

--¡Oh!, eso... según las circunstancias... si renuevan el abono, si

recomponen el cuarteto... si se les ayuda....

--¡Vaya si se les ayudará! ¿Verdad, tío?

El tío volvió a inclinar la cabeza. ¡La de planes que tenía dentro de

ella! Los ojos le brillaban, fijos en el mantel, hablando con su fijeza

de cien ideas que no explicaban, pero que revelaban como presentes.

Llegó la noche del concierto. Se abrieron los salones del Casino,

sucursal del café de la Oliva; hasta hubo su poquito de buffet, a pesar

del acuerdo de la Junta, y lo mejor de la población acudió a tomar

sorbetes y a contemplar de cerca, y vestidos en traje de sociedad, a los

cantantes ilustres que tantas veces había aplaudido viéndolos en las

tablas, llenos de abalorios y galones dorados.

¡Noche solemne para Bonis! ¡Noche solemne para Emma! ¡Noche solemne para

Nepomuceno!

-XII-

Ardían en las arañas de cristal muchas docenas de bujías de esperma;

allá, al extremo del salón, sobre una plataforma improvisada, la

respetable orquesta de los músicos sedentarios, de los profesores

indígenas, inauguraba la fiesta con una sinfonía de su vetusto

repertorio: allí estaba el trompa, refractario al italiano y a la

afinación; allí el espiritual violinista Secades, que había soñado con

ser un segundo Paganini, que había pasado noches y noches, días y días,

buscando en las cuerdas, acariciadas por el arco, ora lamentos de amor

sublime, ora imitaciones exactas de los ruidos naturales; v. gr.: los

rebuznos de un jumento. ¡Sarcasmo de la suerte! El rebuzno lo había

dominado; su arco había llegado a hablar como la burra de Balaam; pero

la inefable cantinela del amor, los ayes de la pasión sublime, los

reservaban aquellas cuerdas para otro arco amante, no para el de

Secades. El cual, ya maduro y desengañado, iba prefiriendo su otro

oficio de zurupeto, y más atendía ya a la banca y sus gajes que al arte

que meciera sus sueños infantiles. Tocaba ya por ganar la pitanza, medio

dormido, como sus compañeros, sin fe, sin emulación, apenas conservando

un poco de cariño melancólico y de respeto supersticioso a la buena

música, a la antigua, despreciando las novedades que traían las

compañías de algunos años a aquella parte. Allí estaba también el

antiguo figle, don Romualdo, calvo, digno, de gran panza; en la catedral

chirimía, en todo lo profano figle; casi una gloria provincial. Todo el

pueblo, hasta los sordos, reconocía que era maravilloso lo que hacía con

su extraño instrumento aquel hombre; le hacía llorar, reír, hasta casi

casi toser. Pues a pesar de tanta fama, la fuerza del tiempo, el

desgaste de la admiración, habían echado sobre la celebridad de don

Romualdo una capa espesa de indiferencia pública; bien conocía él que

sus paisanos, sin poner un momento en duda su grandeza, se habían

cansado de admirarle; sobrellevaba estas contrariedades ineludibles con

una melancolía filosófica y taciturna; seguía tocando con el esmero de

siempre, aunque ya en vano. En resumidas cuentas, estaba triste,

desengañado, ni más ni menos que su compañero Secades; él, sin

ilusiones, de vuelta ya de la gloria, yacía en el mismo surco de

resignación fría y amarga en que se había acostado Secades, camino de la

celebridad. Todo era igual: no haber subido al templo de la Fama y estar

de vuelta. A pesar de contarse entre aquellos respetables profesores

estas y otras notabilidades, la orquesta sonaba como los tornillos de

una máquina sin aceite; los instrumentos de cuerda estaban asmáticos,

sonaban a la madera, como sabe la sidra al barril; los de bronce eran

estridentes sin compasión; bastaba uno de aquellos serpentones para

derribar todas las fortificaciones de cinco Jericós. Afortunadamente el

público filarmónico oía la orquesta como quien oye llover.

Emma entró en el salón después de ejecutado el primer número del

programa; atrajo la atención por dos cosas; por su vestido carísimo y

llamativo, y por venir colgada del brazo del alemán, del ingeniero

Körner, un hombre gordo, alto, encarnado, de ojos de niño llorón,

azules, claros, muy hundidos. Parecía un gran cerdo muy bien criado,

bueno para la matanza, y era un hombre muy espiritual, enamorado de

Mozart y de los destinos de Prusia. Hablaba español como si estuviera

inventando una lengua con palabras cuasi castellanas y giros cuasi

alemanes. Era un soñador, pero capaz de llevar una fábrica en la punta

de cada dedo, y como contable, como él decía, nadie le ponía el pie

delante. Sabía de todo, despreciaba a los españoles disimulándolo,

idolatraba a su hija Marta, y venía a hacerse rico.

Detrás de esta pareja entraron, también del brazo, Marta Körner y Bonis;

les seguía de cerca, solo, D. Juan Nepomuceno, que parecía haberse

azogado las patillas, que semejaban pura plata. Marta Körner era una

rubia de veintiocho años, muy fresca, llena de grasa barnizada de

morbidez y suavidad; su principal mérito físico eran sus carnes; pero

ella buscaba ante todo la gracia de la expresión y la profundidad y

distinción de las ideas y sentimientos. Hablaba siempre del corazón,

llevándose la mano, que era un prodigio, al palpitante seno, que era

toda una obra de fábrica del nácar más puro. Atribuía al subsuelo de

aquella accidentada naturaleza los verdaderos tesoros de su persona;

pero los inteligentes, Nepomuceno entre ellos, estimaban en más el

derecho de superficie.

Marta disentía de su padre en sus amores musicales; estaba por

Beethoven; en lo que estaban de acuerdo era en la necesidad

imprescindible de hacer una fortuna, o media, a más no poder. Körner

había venido directamente de Sajonia a dirigir una fábrica de fundición,

establecida por un industrial al pie de unas minas de hierro, en la

región más montañosa de la provincia; allá, hacia donde tenían sus

guaridas los Valcárcel pobres y huraños. El primo Sebastián, algo más

comunicativo, que iba y venía de la ciudad a la montaña, fue quien

presentó al Sr. Körner a Nepomuceno. Al principio, el alemán y su hija

vivieron en los vericuetos, sin pensar en que a pocas leguas había una

ciudad que podía recordarles, remotamente, la civilización y cultura que

dejaban en su tierra. Aunque rodeados, como decía Sebastián, de todas

las comodidades que podían ser arrastradas casi con grúa, hasta las

alturas en que moraban, los alemanes vivían a lo aldeano, por lo que

toca a sus relaciones sociales. Empezaron a aprender español en el

dialecto del país, oscuro y corrompido; todo su espiritualismo se iba

embotando, y por más que procuraban mantener el fuego sagrado de la

idealidad a fuerza de sonatas clásicas, tocadas por Marta en un piano de

cola, y a fuerza de libros y periódicos ilustrados que su padre hacía

traer de Alemania, ello era que el medio ambiente les invadía y

transformaba; el desdén con que al principio miraron y trataron a la

gente tosca, en medio de la que tenían que vivir, se fue cambiando

insensiblemente en curiosidad; llegó a ser interés, imitación,

emulación, y el orgullo ya no consistió en despreciar, sino en

deslumbrar. Körner quiso lucirse entre montañeses rudos, y como allí no

le valían sus habilidades de dilettante de varias artes y lector

sentimental, tuvo que aprovechar otras cualidades, más apreciables en

aquella tierra, como, v. gr., la gran fortaleza y capacidad de su

estómago. No se le comenzó a tener en tanto como él quería, hasta que

corrió por uno y otro concejo montañés la noticia, verdadera, de que en

una apuesta con un capataz de las minas le había dejado el alemán al

español en la docena y media de huevos fritos, mientras él, Körner,

llegaba a tragarse las dos docenas muy holgadamente, y ponía remate a la

hazaña engulléndose dos besugos. Esto era otra cosa; y los que habían

permanecido indiferentes ante las guerras gloriosas del Gran Federico,

de que Körner se envanecía como si fuera nieto del ilustre Monarca; los

que oían hablar de Goëthe, y de Heine, y de Hegel, como quien oye

llover, llegaron a reconocer el glorioso porvenir de la raza que criaba

tan buenos estómagos. Añádase a esto que el ingeniero jugaba a los bolos

con singular destreza y con una fuerza de muchos caballos, o por lo

menos, de dos o tres aldeanos de aquellos. Con esta y otras análogas

cualidades, consiguió ganar las simpatías y hasta la admiración por que

había llegado a suspirar de veras. Pero este género de gloria acabó por

cansarle, y sobre todo le repugnó al cabo, por el peligro, que vio al

fin patente, de convertirse en un oso metafísico y filarmónico, pero

oso, en un Ata Troll de carne y hueso. Engordaba demasiado, olvidaba sus

meditaciones trascendentales..., y sus gustos sencillos, fácilmente

satisfechos con la vida montañesa, le apartaban de los complicados

planes de medro y vida regalada que había traído de su país. Además, en

la fábrica de la montaña, aunque bien pagado, considerado y satisfecho

en punto a comodidades materiales, pues tenía buena casa, gajes y

atenciones, al fin no prosperaba, no podía hacerse rico. Ensayó el

proyecto de convertirse en socio industrial, pero cedió ante las

dificultades que el propietario a solapo le fue poniendo. Con esto se le

agrió el humor, y comenzó a desear con mucha fuerza salir de aquella

vida troglodítica, hacerse valer más, y poner al alcance de la demanda

la honesta oferta de los encantos, cada vez más exuberantes, de su hija

Marta, por la cual iban también pasando los años, pero inútilmente, allá

en los montes. Sin dejar la fábrica, con pretexto de su servicio, Körner

menudeó sus visitas a la capital, a caza de algún negocio que le

pareciera de más porvenir que el de allá arriba; y en uno de estos

viajes fue cuando el primo Sebastián le hizo trabar conocimiento con

Nepomuceno. El alemán, que era sagaz y hombre de mundo, comprendió

pronto cuál era el papel del hacendista en casa de su sobrina: vio

claramente que allí había dinero, y que este dinero se iba por la posta,

y que la dirección de la corriente de aquel río de plata era, o él no

entendía de corrientes, camino del bolsillo de Nepomuceno, aunque con

grandes pérdidas y derivaciones, en una delta de despilfarros, que iban

a enriquecer el caudal de modistas, comerciantes de telas, sombreros,

joyas, sin contar con las tiendas de ultramarinos, confiterías, mercados

de caza y pesca, etc., etc. Körner comenzó a marear a Nepomuceno

persuadiéndole primero de que él, Nepomuceno, tenía un verdadero talento

de contable, era un Necker... oscurecido, ocioso; con otro horizonte,

brillaría como estrella de primera magnitud en el cielo de la

Administración y de la Hacienda. En conciencia, según Körner, estaba

Nepomuceno obligado a dar a tales facultades un empleo más digno de

ellas que la simple mayordomía a que, _en suma_, estaba limitado. Más era:

en interés de la ruinosa casa Valcárcel, que por lo visto iba a menos

por culpa de los despilfarros de Emma y los gastos secretos de su

marido, debía Nepomuceno poner aquel todavía sano capital a parir, a

producir algo más que el irrisorio tanto por ciento de la renta

territorial. Tanto foro, tanta casería atómica, eran cosa ridícula.

¡Sursum corda! ¡All right! ¡Desenmoheceos! Venga ese stock a la

industria, y hablaremos. A esta clase de argumentos se añadían, por vía

de adorno, aperitivo y complemento, otros de carácter general; v. gr.:

lo atrasada que estaba España, a pesar de la riqueza del suelo y el

subsuelo; en concepto de Körner, tenían la culpa la Inquisición y los

Borbones, y después el mal ejercicio del régimen constitucional, que ya

de por sí no era bueno. Con este motivo, se lamentaba de la general

decadencia española, y hasta llegaba a hablarle a Nepomuceno del

probable renacimiento del teatro nacional, si todos hacían lo que a él

le aconsejaba: poner en movimiento los capitales, sacar partido de los

tesoros de la tierra. No sabía Körner que Nepomuceno ignoraba que

hubiéramos tenido en otros siglos un teatro tan admirable; y así, por

este lado, poco habría sacado de él. Pero lo que no hizo en su ánimo la

idea patriótica de contribuir al renacimiento del espíritu nacional,

mediante el movimiento industrial bien dirigido, lo hicieron los ojos, y

más eficazmente las carnes de Marta, que poseían una virtud magnética

sobre los sentidos de Nepomuceno. La primera vez que la vio, en la

primera visita que hizo a Körner, con motivo de enseñarle este ciertos

planos y un presupuesto de una fábrica de productos químicos, gran

proyecto del alemán; la primera vez que la vio, se quedó con la boca

abierta, pasmado, sintiendo en la garganta hormigueos, y en todo su

cuerpo una súbita juventud que no había tenido, propiamente hablando, en

toda su vida. ¡Aquellas eran las carnes que él había soñado!

Estaban en la escalera (porque Marta le había abierto la puerta), ella

muy mal vestida, desaliñada, pero aún más llamativa y seductora cuantos

menos trapos discretos la cubrían. Nepomuceno la tomó por criada. Subió,

saludó a Körner, y a los pocos minutos, sintiendo absoluta necesidad de

volver a ver a aquella chica, dijo:

--Si me hiciera usted el favor de mandar servirme un poco de agua....

El plan de Nepomuceno fue quitarle aquella doméstica a Körner y ponerle

casa...; y aunque fuera casarse con ella. Tenía que ser suya. ¡Qué ojos,

qué carnes!

Se relamía pensando que iba a verla otra vez, que iba a entrar con un

vaso de agua.

Pero el agua la trajo una verdadera fregona. Hasta el día siguiente no

supo Nepomuceno que su dulce tormento era Marta en persona; le dio a

Sebastián señas de la divinidad, y... era Marta.

Su único hijo · 第 11 / 21 段