--Sí, tú calla. Anda, tráeme un vestido tuyo, de percal, y un mantón tuyo

y un pañuelo... vamos las dos de artesanas. Vamos al teatro, a la

cazuela. Hoy hacen la... no me acuerdo cómo se llama; es una ópera

nueva, muy buena, lo leí en el cartel al volver de misa, en la esquina

del Ayuntamiento. Corre, vete por eso; oye, tráeme aquel alfiler del

pelo, el de cabeza de dublé, que te costó dos reales. Ninguno de esos

tipos está en casa.... Vamos a correrla todos.... Conque... ¡andando!

-X-

Una mañana, muy temprano, Eufemia entró en la alcoba de Reyes, y le

despertó diciendo:

--La señorita llama, quiere que el señorito vaya a buscar a D. Basilio.

--¿Al médico?--gritó Bonis, sentándose de un brinco en la cama y

restregándose los ojos hinchados por el sueño--. ¡Al médico, tan

temprano! ¿Qué hay, qué ocurre?

No se le pasó por las mientes que se pudiera necesitar al médico para

curar algún mal; la experiencia le había hecho escéptico en este punto;

ya suponía él que su mujer no estaba enferma; pero Dios sabía qué

capricho era aquel, para qué se quería al médico a tales horas y cuál

sería el daño, casi seguro, que a él, a Reyes, le había de caer encima a

consecuencia de la nueva e improvisada y matutina diablura de su mujer.

--¿Qué tiene? ¿Qué pide?--preguntaba con voz de angustia, como implorando

luces y auxilio y fortaleza en el preguntar; mientras, a tientas,

buscaba debajo del colchón los calcetines.

Eufemia se encogió de hombros, y, acordándose del pudor, salió de la

alcoba para que se vistiera el señorito.

El cual, a los dos minutos, se acercaba al lecho de su mujer,

arrastrando las babuchas de fingida piel de tigre, y abrochándose hasta

la barba un gabán de medio tiempo, gris, muy usado, que le servía de

batín en las estaciones templadas. Temblaba Bonis, más que por el fresco

de la madrugada, por la incertidumbre y el miedo. No había en el mundo

cosa que más temblón le pusiera que la zozobra de la incertidumbre ante

un mal próximo, de repente anunciado y ni remotamente temido poco antes,

sobre todo si estas impresiones le cogían mal abrigado, a deshora,

cortándole el sueño, la digestión o el placer de oír música, o de

divagar imaginando: «Como este diablo de fantasía de liebre todos los

peligros me abulta, pensaba, prefiero un mal como ocho conocido

exactamente, a un mal como cuatro barruntado, pero que yo me figuro como

cuarenta».

Tiempo hacía que sus relaciones con Emma y con el tío eran para él

constante ocasión de sobresaltos. De ambos esperaba y temía terribles

descubrimientos, quejas, acusaciones concretas, crueles recriminaciones,

singularmente de su mujer. ¿Qué sabía? ¿Qué no sabía? ¿Qué _tregua del

diablo_, que no de Dios, era aquella que le estaba dando, y por qué se la

daba y hasta dónde llegaría?

¿Por qué, si le había cogido en flagrante olor de polvos de arroz

(aunque, en aquel trance, inocente), no había sacado todavía la

consecuencia de su maldita observación? ¡La que le estaría preparando!

Le horrorizaba el momento de una _explicación_, como él se complacía en

llamar a la escena que preveía; pero la prefería, o tal se le figuraba,

al estado de susto perpetuo, de excitación _leporina_ en que vivía de día

y de noche. En cuanto Emma le hablaba, o le miraba, o le mandaba a

llamar, creía llegado el momento.

--¿Qué pasa, hija mía?--preguntó a su cónyuge con la suavidad del mundo, y

dando diente con diente, inclinado sobre la cabecera del lecho

matrimonial.

--Quiero que vayas tú mismo a buscar a D. Basilio, ahora, enseguida,

antes que salga a la visita; quiero verle inmediatamente.

--Pero, ¿te sientes mal? ¡Tú, que estabas ahora tan buena!...

--Por lo mismo, yo me entiendo. Anda, anda; tú, corre y tráeme a D.

Basilio.

Bonis no discutió. Peor era meneallo; podían salir los polvos de arroz

por cualquier lado. Se volvió a su cuarto; se lavó y vistió de prisa y

se echó a la calle, ya un poco más valiente, gracias al chorro de agua

fría con que se había regado el cogote. Tenía notado que el agua fría

vertida por la nuca le daba mucho valor y le reconciliaba con la vida;

le repugnaba esta dependencia del espíritu con respecto de la materia,

pero tenía que reconocerla.

Por fortuna, la casa del médico no estaba lejos y no pudieron ser muchas

las hipótesis dolorosas del miedo, tocante a la relación que pudiera

tener la visita de D. Basilio con el _drama conyugal_ de su casa, cuyo

enredo llegaba a su mayor complicación, o poco entendía Bonis de teatro

casero y de las mañas de su mujer. ¿Qué papel representaba allí aquel

personaje _inopinado_ y que tan tarde aparecía, D. Basilio? No podía

sospecharlo.

El _inopinado_ personaje era un hombre como de cuarenta años, que

procuraba disimular más de diez; más bajo que alto, delgado, a su modo

esbelto, de largo levitón-gabán, muy ceñido y de color manteca, sombrero

de copa de anchas alas; su rostro era blanco, anémico; los ojos azules

oscuros, vivarachos, y, al quedarse quietos, penetrantes; usaba gafas de

oro, largas patillas, tal vez untadas de negro; tenía labio fino y mano

pulida, pie pequeño y bien calzado; era homeópata, y muy sentimental; a

pesar de la homeopatía, que profesaba acaso por moda y para el vulgo de

las damas, era especialista en partos y en enfermedades de la matriz y

de la mala educación de las señoritas y señoras que las hacía

aprensivas, antojadizas, caprichosas. Reconocía ante las damas la

eficacia terapéutica de la fe y de los cuarterones de aceite ardiendo en

los altares; pero en cambio exigía que se diese crédito a los misterios

de sus glóbulos. Creía, o decía creer mucho, en la influencia de lo

_moral sobre lo orgánico_, y tenía una sonrisa singular, melancólica, de

resignación e inteligencia, para comunicar con las señoras guapas esta

su creencia.

D. Basilio Aguado dividía a los parroquianos o clientes en dos razas;

los que le llamaban D. Basilio y los que le llamaban Aguado. Estos

últimos le comprendían; los otros eran, o tontos o malvados. Emma tenía

la habilidad de no equivocarse nunca; le llamaba siempre por el

apellido. Bonis, siempre D. Basilio; a pesar de sus esfuerzos, le vencía

la costumbre, que era en todo el pueblo llamar al médico don Basilio, en

su ausencia. Lo de D. Basilio era símbolo de su mal sino, de las culpas

de su padre, de la prosa miserable que le ataba a su oficio de médico

provinciano, oscurecido: el Aguado representaba sus sueños de ambición,

sus instintos de delicadeza, sus triunfos entre las damas, la homeopatía

y otra porción de cosas ideales y bonitas que no son del momento.

Era el homeópata madrugador y comenzaba muy temprano sus visitas. Bonis

le encontró vestido y acicalado, como para ir a pagar la visita a un

embajador, que así era como él siempre se vestía para acercarse a la

cabecera de sus enfermos.

Mientras se abrochaba los guantes, oía a Bonis su tartajosa explicación,

dando grande importancia, a fuerza de cabezadas de inteligencia y

asentimiento, a todo lo que decía. La verdad era que Reyes no tenía nada

que explicar en rigor, pero no importaba; de todas suertes, aquello le

parecía interesante al médico, que, serio en medio de sus sonrisas

corteses, siguió al esposo atribulado por la calle. Disputaron con

ademanes y pasos atrás acerca de quién dejaba a quién la acera; venció

al fin Bonis, que insistió más, y cuya humildad era muchísimo más cierta

que la del médico. Por el camino éste siguió enterándose, por que lo

creyó de su deber, y Bonis siguió diciendo nada entre dos platos. Por lo

demás, Aguado se sabía de memoria a doña Emma Valcárcel. Era su médico

predilecto, a temporadas, porque ella, fijo y único, no lo quería.

Cambiaba de médico como pudiera cambiar de favorito si fuese una

Cristina de Suecia o una Catalina de Rusia, y siempre tenía en

movimiento un ministerio de doctores. Aguado era de los que más tiempo

ocupaban el poder, por ser especialista en enfermedades de la matriz, y

en histérico, flato y aprensiones, total flato.

Bonis admiraba en general la ciencia, a pesar de la repugnancia

instintiva que le inspiraban las exactas y las físicas, que _sólo hablan

a la materia_; creía en la medicina, no por nada, sino porque en los

apuros de la salud, si no se recurría a los médicos, ¿a quién se iba a

recurrir? Había que tener fe en algo; su débil espíritu no le consentía

en ninguna tribulación quedarse sin ninguna esperanza, sin una tabla a

que agarrarse. Recordaba que en las enfermedades de sus padres y de sus

hermanos, todos ya muertos, siempre había tomado al médico por

Providencia; en vano era que en los tiempos de salud en casa participase

del general escepticismo de que los mismos doctores solían hacer alarde;

caía un _ser querido_ en cama, y ya estaba Bonifacio creyendo en la

medicina. Algo había leído de lo que somos por dentro, y pensaba leer

mucho más si llegaba a tener familia, para criar bien a su hijo, y

aunque no la tuviese, que ya no la tendría con aquella matriz estropeada

de su mujer, para hacerse filósofo cuando tronase con Serafina y se

fuera sintiendo viejo (era su plan para la vejez solitaria, hacerse

filósofo). Pero a pesar de todas estas lecturas pasadas y futuras, se

figuraba el organismo humano con una especie de conciencia en cada dedo

y en cada víscera y en cada humor; y lo de _agradecer el estómago_, por

ejemplo, las medicinas, lo tomaba al pie de la letra. Además, la

relación de los medicamentos a las enfermedades era toda una magia para

Bonis, y la idea del veneno y del elixir completa mitología milagrosa e

infinitesimal; quiere decirse, que por gota de más o de menos del

líquido más anodino, podía, según él, reventar el paciente o ponerse

sano en un periquete. Esto lo había aprendido de su mujer, que por gota

de más o de menos, vertida por él con pulso trémulo, en una cucharilla

de café, le había puesto como un trapo en infinitas ocasiones.

_En suma_, respetaba en el Sr. Aguado la ciencia oculta, al favorito de su

_mujer, al homeópata y al partero que él había soñado cuando había

acariciado la esperanza_ de tener un chiquillo.

Llegaron juntos a la alcoba de Emma. Don Basilio, con sus labios

estrechos, sonreía, apretándolos.

Así como, si a Sagasta o a Cánovas, caídos los llamase la Reina al

amanecer, poco más para formar Ministerio, a ellos no se les ocurriría

preguntarle por qué tanto madrugar, sino formar ministerio cuanto antes:

así, D. Basilio, de quien hacía meses que su doña Emma estaba olvidada,

se abstuvo de inquirir por qué tal apuro en llamarle, y entró de lleno

en el fondo de la cuestión desde el primer momento. Antes de todo,

quería datos, antecedentes.

A ver qué había pasado desde tal tiempo a aquella parte (la fecha justa

de su última visita). D. Venancio el alópata, además alcalde y también

especialista en partos, había andado allí. ¿Para qué? Para nada; pero

había andado. Había recomendado la dieta. ¡Malo! D. Venancio era un

grandísimo tragaldabas, que tenía indigestiones como podría tenerlas un

cañón cargado hasta la boca, y las curaba con dietas dignas de la

Tebaida. Sin más razones, recetaba también dietas absolutas a todos sus

clientes como el mejor _específico_ del mundo. Aguado, que tenía el

estómago perdido sin necesidad de comer, era enemigo de la dieta

tratándose de personas delicadas como doña Emma. Pues bien, de todo el

mal de que aquella señora no se había quejado todavía, tenía la culpa la

falta de alimento, la dieta del _otro_. Emma calló a esto; no se atrevió a

decir lo bien y mucho que venía comiendo aquella temporada.

Por fin Aguado la dejó explicarse, y ella se quejó de lo siguiente:

«No le dolía nada, lo que se llama doler, pero tenía grandes insomnios,

y a ratos grandes tristezas, y de repente ansias infinitas, no sabía de

qué, y la angustia de un ahogo; la habitación en que estaba, la casa

entera le parecían estrechas, como tumbas, como cuevas de grillos, y

anhelaba salir volando por los balcones y escapar muy lejos, beber mucho

aire y empaparse en mucha luz. Su melancolía a veces parecía fundarse en

la pena de vivir siempre en el mismo pueblo, de ver siempre el mismo

horizonte; y decía sentir nostalgia, que ella no llamaba así, por

supuesto, de países que jamás había visto ni siquiera imaginado con

forma determinada. Este prurito extravagante llegaba a veces al absurdo

de desear vivamente estar en muchas partes a un tiempo, en muchos

pueblos, junto al mar y muy tierra adentro, en lo claro y en lo oscuro,

en un país como en aquel suyo, donde había muchos prados verdes, pero

también en una región seca, de cielo diáfano, sin nubes, sin lluvias.

Pero, sobre todo, lo que necesitaba era no ahogarse, no estar oprimida

por techos y paredes, etc., etc».

Para Bonis nada de esto ofrecía novedad, a no ser en la forma, pues su

mujer se había pasado la vida pidiéndole la luna. Sólo cuando oyó

aquello de anhelar salir volando por el balcón, pensó, sin querer, en

las brujas que van los sábados a Sevilla por los aires, montadas en

escobas; y tuvo cierto miedo supersticioso de esta inclinación, que

ofrecía relativa y sospechosa novedad. Se puso colorado, avergonzándose

de su mal pensar. Ni en idea se atrevía a ofender a Emma, por temor de

que le adivinase el pensamiento.

D. Basilio interrumpió a la dama, extendiendo la mano y pidiéndole el

pulso por señas. Sonrió con gesto de inteligencia, como diciendo que

todo lo que aquella señora había expuesto lo había previsto su sabiduría

y era cosa que andaba escrita en libros que tenía él en casa. Después,

como solía en lances tales, hizo caso omiso de la variedad de fenómenos

relatados por la enferma, para fijarse en la _causa una_, y dijo:

--El histerismo es un Proteo.

--¿Quién?--preguntó Emma.

--Uno--advirtió Bonis, luciendo sus conocimientos clásicos--, que robó el

fuego a los dioses.

--Eso es--afirmó el médico, que no conocía de la biografía de Proteo más

datos que los conducentes a su cita--. El histerismo--añadió--, como

Proteo, toma infinidad de formas.

--¡Ah, sí!--interrumpió con ingenuidad Bonis--. Dispense usted, D. Basilio;

el que robó el fuego a los dioses fue otro, fue Prometeo.... Me había

equivocado.

El doctor se puso un poco encendido y disimuló con un ziszás entre ceja

y ceja su enojo, doble por lo de haberle llamado D. Basilio y haberle

hecho enseñar la punta de la oreja de su descuidada educación en materia

de antigüedades.

«¡Qué animal es este calzonazos!» pensó, y siguió:

--Es necesario que vayamos a la raíz del mal. El mal está dentro, en lo

que llamamos el espíritu, porque advierto a ustedes (y esto lo dijo

volviéndose a Bonis, para deslumbrarle y vengarse) que soy vitalista, y

no sólo vitalista, sino espiritualista, aunque no es esa la moda

reinante.

No le cogía a Reyes tan de nuevas la cuestión como creía el otro.

Justamente él, en los ratos que dejaba la flauta y no podía ver a

Serafina, y su mujer no le necesitaba, y, sobre todo, en la cama, antes

de dormirse, consagraba no poco tiempo a meditar sobre el gran problema

de lo que seremos por dentro, por dentro del todo; y tenía acerca de la

realidad del alma ideas muy arriesgadas y que creía muy originales.

También era él espiritualista, ¡ya lo creo!, ¡a buena parte!...

--El mal está en el espíritu, y el espíritu no se cura con

pócimas--prosiguió D. Basilio.

--¿Pero no dice usted que esto es histérico?--pregunto Emma sonriendo.

--Sí, señora; pero hay relaciones misteriosas entre el alma y el cuerpo,

y yo no soy de los que dicen (volviéndose otra vez a Bonis) _post hoc_,

_ergo propter hoc_.

Decididamente quería deslumbrarle y hacerle pagar caro lo de Proteo y

Prometeo; porque D. Basilio no acostumbraba a hacer alardes de

erudición, y a la cabecera de los enfermos más parecía un moralista del

género de los elegantes y atildados, que un doctor de borla amarilla.

Bonis se puso a traducir para sus adentros el latín, y no tropezó más

que en el _propter_, cuyo significado no recordaba; ya lo buscaría en el

Diccionario. Ello era una preposición. Bonifacio Reyes había cursado en

el Instituto provincial los primeros años de _filosofía_, pero sin llegar

a bachiller; mas su ciencia no provenía de ahí, sino de lo que ya va

dicho, de un gran prurito que, ya de viejo, le había entrado de

_instruirse_, y no sólo por _completar_ su educación, sino porque como

antes había soñado con ser padre, la gran dignidad que atribuía a este

_sacerdocio_ le había parecido merecer un plan, todo un plan de estudios

_serios_ y _profundos_, que pudieran servir en su día de alimento

espiritual al hijo de sus entrañas y de las entrañas de su mujer.

Como Emma, que nada entendía del trivio ni del cuadrivio, se

impacientase un poco viendo que Aguado no acababa de recetarle lo que

ella necesitaba, el médico, que comprendió la impaciencia, _resumió_,

diciendo que no hacían allí falta alguna los jaropes del _otro_, que

bastaban unas tomas de aquellos glóbulos que él guardaba en aquella caja

tan mona; y, sobre todo, mucho paseo, mucho ejercicio, distracción,

diversiones, aire libre y mucha carne a la inglesa. Con este motivo de

la carne, Aguado disertó sobre un tema que en el pueblo era por aquel

tiempo casi inaudito, de gran novedad por lo menos; abominó del cocido;

achacó la falta de vigor nacional a la carne cocida y a la poca carne

frita que se come en esta pobre España, etc., etc.

Dicho y hecho. Hubo una revolución en aquella casa. Todos los Valcárcel

de la provincia, hasta los del más lejano rincón de la montaña, supieron

que por prescripción facultativa Emma había cambiado de vida; se había

resuelto, venciendo su gran repugnancia, a salir mucho, frecuentar los

paseos, las romerías y hasta las funciones solemnes de iglesia, y podía

ser que el teatro.

D. Juan Nepomuceno dejaba hacer, dejaba pasar.

Emma le presentaba las cuentas de la modista, que subían a buenos picos,

y él pagaba sin chistar. También hubo que hacerle ropa nueva a Bonis,

pues su mujer sólo en este punto tenía buena idea de la dignidad de un

marido. Él era el que la había de acompañar ordinariamente, y en vano

ella luciría las mejores telas y los sombreros más caros si su esposo

descomponía el cuadro con malos géneros y prendas cortadas a sierra por

un sastre indígena. Se volvió al paño inglés y a los _artistas_ famosos de

Madrid. Ahora Bonifacio se dejaba vestir bien con mayor agrado, pues

Serafina notó el cambio y le encontró muy de su gusto. Pero ¡ay!, que

sus _relaciones ilícitas_ tropezaban con mayores dificultades que hasta

allí, pues el tiempo libre escaseaba, y había que disimular en paseos y

demás sitios públicos, donde desde lejos se veían los amantes en

presencia de la esposa, al parecer descuidada, pero Dios sabía....

Bonis, con la espalda abierta, como él decía, temía a todas horas que

llegase el momento de una explicación; pero Emma nunca volvía sobre el

asunto de los polvos de arroz. Tampoco aludía jamás a lo que aquella

noche extraña había sucedido, ni había vuelto a tener iniciativas de

aquel género. Lo que sí hacía era hablar mucho del teatro, y preguntarle

si conocía al tenor, y al barítono, y a la tiple; y pedía señas de su

vida y milagros, ya que él confesaba saber algo de todo esto, aunque es

claro que por referencias lejanas....

Una tarde, después de comer a la _francesa_, gran novedad en el pueblo,

donde el _clásico puchero_ se servía en casi todas las casas de doce a

dos, Emma, que bebía a los postres una copa de Jerez superior auténtico,

traído directamente, por encargo de la señora, de las bodegas jerezanas,

se quedó mirando a su marido fijamente, con ojos que preguntaban y se

reían, burlándose al mismo tiempo; mientras sus labios y el paladar

saboreaban un buche del vino andaluz que ella zarandeaba con la lengua

voluptuosamente. Separó un poco la silla de la mesa, se puso sesgada en

su asiento, estiró una pierna, enseñó el pie, primorosamente calzado, y

en verdad gracioso y pequeño, y como si se enjuagara con el Jerez y no

pudiera hablar por esto, por señas empezó a interrogar a su marido,

señalándole el pie que enseñaba, y después indicando con un dedo

levantado en alto, que movía al compás de la cabeza, algún lugar lejano.

Comían solos el matrimonio y D. Juan Nepomuceno, pues por raro accidente

no había huésped pariente en casa por aquellos días; D. Juan es claro

que vivía con los sobrinos. Bonis al principio no comprendió nada de las

señas de su mujer ni les atribuyó gravedad alguna.

--¿Qué dices, chica? Explícate.

--¡Mmm, mmm!--murmuró ella, y siguió con la misma pantomima, cada vez más

acentuada en los gestos. Nepomuceno bebía también su copita de Jerez

llena de migas de rosquilla de yema, y callaba; como si no estuviera en

sus atribuciones fijarse en las tonterías de su sobrina, que, desde que

había vuelto _a darse de alta_, hacía la loquilla y la muchacha y se

permitía unas bromitas y unas alusiones alarmantes, de que él no quería

hacerse cargo _por ahora_.

--Pero habla, mujer, no entiendo eso... del pie...--repitió Reyes.

Emma tragó el buche de Jerez; pero en vez de hablar, volvió a llenar la

boca y a renovar la pantomima con mayores aspavientos.

Bonis se fijó bien; primero señalaba al pie, bueno; y después, con el

dedo y la cabeza, quería indicar algo que no estaba presente....

No comprendía.... Pero de repente, el corazón le dio dos latigazos, y un

sudor frío comenzó a correrle por la espalda: las piernas, cometiendo la

bellaquería que solían en los casos apurados, se le declararon en

huelga, como si huyeran solas del apuro. El _físico_, la _parte material_,

le anunciaba un peligro de que su oscuro entendimiento no se daba cuenta

todavía. Allí había algo serio; ¿pero qué?

Bonis miró angustiado a Nepomuceno por ver si sorprendía connivencia

entre el tío y la sobrina. Nada; D. Juan, como si no estuviera allí.

--Pero, hija mía, ¡por los clavos de Cristo!...

Emma arrojó el buche de Jerez al suelo, y alargando más el pie hacia su

esposo y enseñando parte de la pantorrilla, gritó como si hablara a un

sordo:

--Quiero decir, por los clavos de una puerta, entiéndelo, que bien claro

está... quiero decir que... qué te parece de ese pie que te enseño,

mastuerzo.

--Primoroso, hija mía.

--No hablo del pie, borrico; el pie ya sé yo lo que vale; hablo de las

botas.... Te pregunto si sabes quién tiene otras iguales.

--¿Yo?, cómo he de saber....

--Pues no hay más que estas y otras vendidas; me lo ha dicho Fuejos, el

mismísimo zapatero, tu amigo Fuejos. No ha vendido más que estas y las

de la tiple. Y por eso te preguntaba yo... alcornoque. Tienes una

memoria como un madero. Y ahora ¿te acuerdas? ¿Son o no son como las de

la tiple? Iguales, hombre, iguales. ¡Mira, mira, míralas bien!...

Y Emma levantaba el pie hasta colocarlo sobre las rodillas de su marido.

El tío estaba del otro lado de la mesa y no podía ver el pie levantado,

ni tampoco lo intentaba.

Bonis buscó, por instinto, un vaso de agua sobre la mesa, metió en la

boca el cristal, y así se estuvo, primero bebiendo, y después haciendo

que bebía.

Y pensó, sin querer, en medio de sus angustias, que no podemos

figurarnos ni describir los que no pasamos por ellas: «Esto es lo que en

las tragedias se llama la catástrofe». Y más pensó, a pesar de lo

apurado de la situación: «En las óperas podemos decir que también hay

catástrofes»; y se acordó de la _Norma_, que era su mujer; y de _Adalgisa_,

que era la tiple; y de Polión, que era él; y del sacerdote, que era

Nepomuceno, encargado sin duda de degollarle a él, a Polión.

--Pero, vamos, calabacín, di algo; ¿son o no son estas lo mismo que las

de la tiple? ¿Me engañó aquel tío o no?

Sacando fuerzas, nunca supo de dónde, Reyes dijo al fin, hablando como

un ventrílocuo, tan de adentro le salía la poca voz de que podía

disponer:

--Pero Emma, ¿cómo quieres que yo conozca... las botas de esa señorita?

Entonces fue D. Juan Nepomuceno el que habló; pero antes se puso en pie,

clavó también los ojos en su sobrino por afinidad, y cuando éste casi

creía que iba a sacar el cuchillo para herirle, exclamó con gran

cachaza:

--Tiene razón Bonifacio; ¿cómo quieres que él sepa cómo son las botas que

compra la tiple? No ha de ser él quien las pague.

Su único hijo · 第 8 / 21 段