«Esto no es infidelidad--pensaba Bonis--, esto es un 'sálvese el que

pueda'». Su conciencia de amante, la falsa conciencia del romántico

apasionado por principios, le acusaba, le decía que los recientes

vapores de la orgía le prestaban un fuego que no era fingido; fuese

resto de borrachera, agradecimiento, nostalgia de la luna de miel o lo

que fuese, ello era que aquel panteísta de la hora de los brindis no

sentía repugnancia ni mucho menos al cumplir aquella noche sus más

rudimentarios deberes de esposo; a la sorpresa que le causó la extraña

actitud de Emma, sucedieron pronto muchas sorpresas de un orden

inenarrable, llámese así, sorpresas que le enseñaron allá entre sueños,

que el que más cree saber no sabe nada, que las apariencias engañan, que

la aprensión hace ver lo que no hay, y viceversa; en fin, ello era que,

o los dedos se le antojaban huéspedes, o veía visiones, o su mujer no

estaba tan en los últimos como ella decía, ni las gallinas y chuletas

que juraba no digerir, ni los vinos exquisitos que aseguraba ella que la

envenenaban, dejaban de surtir sus efectos en aquella «naturaleza»; que

las unturas y el algodón en rama habían producido una... palingenesia....

algo así como una vegetación de la oscuridad, pálida, pero no mezquina.

La torcida y dañada conciencia del fiel amante y del marido infiel, se

quejaba, no admitía sofismas, allá en los adentros más nublados del

turbado Bonis, que entre el sueño y la vigilia se entregaba, mitad por

miedo, por desorientarla, como él se decía, mitad por una especie de

voluptuosidad nueva y que juzgaba monstruosa, se entregaba a los

arrebatos del amor físico, no con gran originalidad por cierto, pero sí

con una espontaneidad que era lo que más le remordía en la citada

conciencia de amante. Originalidad no la había, no; frases, gritos

ahogados, actitudes, novedades íntimas del placer, que Emma recibía con

tibias protestas y acababa por saborear con delicia epiléptica, y por

aprender con la infalibilidad del instinto pecaminoso; todo esto era una

copia de la otra pasión, todo revelaba el estilo de la Gorgheggi. Sin

pasar de aquella misma noche, Bonis oyó a su mujer en el delirio del

amor, que él siempre llamaba para sus adentros físico (por distinguirle

de otro), oyó a Emma interjecciones y vocativos del diccionario amoroso

de su querida; y vio en ella especies de caricias serafinescas; todo

ello era un contagio; le había pegado a su mujer, a su esposa ante Dios

y los hombres, el amor de la italiana, como una lepra; y de esto, la

conciencia que protestaba era la del marido, la del padre de familia....

virtual que había en él, en Bonifacio Reyes. «Esto es manchar el tálamo

con una especie de enfermedad secreta... moral... se decía, y esto es

además faltar a mis deberes... de fiel amante romántico y artístico».

Pero todos estos remordimientos mezclados y confusos se revolvían allá

en el fondo del pobre cerebro, entre vapores de la borrachera que había

creído desvanecida y que sólo se había descompuesto: por un lado era

plomo que se le agolpaba a la cabeza, por otro lado lujuria exaltada,

enfermiza, que amenazaba derretirle. Entre los brazos de Emma, Bonis oía

de cuando en cuando gritos que le estallaban dentro del cráneo.

«¡Bonifacio! ¡Reyes! ¡Bonifacio!» le decían aquellos tremendos

estallidos, y reconocía la voz del barítono, y la del bajo, y la del que

cantaba en Lucrezia: Vivva il Madera!

Vino el día y se durmió la triste pareja. A las diez despertó Emma, se

acordó de todo, sonrió como una gata lo haría si pudiera, y dio a su

marido un puntapié en la espinilla, diciendo:

--Bonis, levántate, que va a venir Eufemia.

Eufemia era la doncella que debía traerla el chocolate a Emma a las diez

y cuarto en punto. No quería que la chica se enterase de que el

matrimonio había dormido de aquella manera.

Cuando Bonis abrió los ojos a la realidad, como se dijo a sí mismo a los

pocos segundos de despierto, lo primero que hizo fue bostezar, pero lo

segundo... fue sentir una sed abrasadora de idealidad, de infinito, de

regeneración por el amor, y además sed material no menos intensa, y

grandísimos deseos de seguir durmiendo. Por lo demás, no quería pensar

en su situación; le horrorizaba, por varios conceptos. Sideo, se le

ocurrió decir acordándose de una de las siete palabras del Mártir de

Gólgota, como él llamaba a Nuestro Señor Jesucristo; pero como Emma

repitiese el puntapié con el pie desnudo en el hueso de la pierna

derecha, Bonis tradujo su exclamación, diciendo: «Tengo mucha sed....

¡algo líquido, por Dios!... ¡aunque sea jarabe!...».

--¡Oye, tú!; ¿sabes lo que te digo? Que te levantes antes que venga la

chica... si tú no tienes vergüenza, la tengo yo....

Y con aquella actividad y energía que caracterizaban a Emma y que habían

hecho pensar mil veces a Bonis que su mujer hubiera sido un magnífico

hombre de acción, un político, un capitán, digo que usando de estas

cualidades, la esposa arrojó al esposo del tálamo a patada limpia. No

tuvo más remedio Reyes que vestirse provisionalmente deprisa y

corriendo, y salir del cuarto de su media naranja sin más explicaciones:

medio desnudo, descalzo, pues llevaba las botas en las manos (¿cómo

calzar botas y no zapatillas al levantarse de la cama?), fue tropezando

con todo por los pasillos, atravesó el comedor, bebió en un vaso de agua

olvidado allí la noche anterior, llegó a su cuarto, se desnudó deprisa y

mal, rompiendo botones; y en cuanto se vio en su lecho, en aquel que él

tenía por propiamente suyo, pensó en entregarse a la reflexión y a los

remordimientos de varias clases y harto contradictorios que le

asediaban; pero la parte física pudo más; y la dulce frescura de la cama

tersa, la suavidad del colchón bien mullido, le arrojaron, como sirenas

vencedoras, en lo más hondo del mar del sueño, haciendo rodar sobre su

cabeza olas de reposo y olvido.

-IX-

Durmió como un muerto, pero no mucho. Como un resucitado volvió a la

vida haciendo guiños a la luz cruda de un rayo del sol del mediodía, que

por un resquicio de la ventana mal cerrada, se colaba hasta la punta de

sus narices, hiriéndole además entre ceja y ceja.

Aquel rayo de luz le recordaba los rayos místicos de las estampas de los

libros piadosos; él había visto en pintura que a los santos reducidos a

prisión, y aun en medio del campo, les solían caer sobre la cabeza rayos

de sol por el estilo del que le estaba molestando. Si él fuese idólatra

(que no lo era), vería en aquello la mano de la Providencia. No era

idólatra, pero creía en el Hacedor Supremo y en su justicia, que tenía

por principal alguacil la conciencia. Indudablemente su situación, la de

Bonis, se había complicado desde la noche anterior. «Hueles a polvos de

arroz», había dicho la engañada esposa, tres veces lo había dicho, y en

vez de irritarse... de envenenarle o ahorcarle... ¡cosa más rara!...

Y al llegar aquí se le pusieron delante de la imaginación las carnes de

su mujer tales como de soslayo y a escape las había vislumbrado por la

mañana, al salir del lecho conyugal. No era lo mismo lo que había creído

ver en el delirio o exaltación de la borrachera y la realidad que se le

había presentado por la mañana; pero aun esta realidad excedía con mucho

al estado que verosímilmente se hubiera podido atribuir a lo que él

denominaba encantos velados y probablemente marchitos de su mujer. Sí,

él mismo, a pesar de que, con motivo de las unturas y otros menesteres

análogos, veía cotidianamente gran parte del desnudo de su Emma, no

podía observar jamás, porque ella lo prohibía con sus melindres,

aquellas regiones que, en la topografía anatómica y poética de Bonis,

correspondían a las varias zonas de los encantos velados. En estas zonas

era donde él había visto sorpresas, inesperados florecimientos, una

especie de otoñada de atractivos musculares con que no hubiera soñado el

más optimista. ¿Cómo era aquello? Bonis no se lo explicaba; porque

aunque filósofo como él solo, amigo de reflexionar despacio y por sus

pasos contados, sobre todos los sucesos de la vida, importáranle o no,

era de esos pensadores que tanto abundan, que no hacen más que dar

vueltas a ideas conocidas, alambicándolas; pero no descubría, no

penetraba en regiones nuevas, y, _en suma_, en punto a sagacidad para

encontrar el por qué de fenómenos naturales o sociológicos, era tan romo

como tantos y tantos filósofos célebres que, en resumidas cuentas, no

han venido a sonsacarle a la realidad burlona ninguno de sus utilísimos

secretos. Mucho discurrió Bonifacio, pero no logró dar en el quid de que

su mujer, dándose por medio difunta, tuviera aquellas reconditeces nada

despreciables, aunque pálidas y de una suavidad que, al acercar la piel

a la condición del raso, la separaba de ciertas cualidades de la materia

viva. Parecía así como si entre el algodón en rama, los ungüentos y el

tibio ambiente de las sábanas perfumadas, hubiesen producido una

artificial robustez... carne falsa.... En fin, Bonis se perdía en

conjeturas y en disparates, y acababa por rechazar todas estas

hipótesis, contra las cuales protestaban todas las letras de segunda

enseñanza que él había leído de algunos años a aquella parte, con el

propósito (que le inspiró un periódico, hablando del progreso y de la

sabiduría de la clase media) de hacerse digno hijo de su siglo y

regenerarse por la ciencia. No, no podía ser; todas las leyes

físico-matemáticas se oponían a que el algodón en rama fuera asimilable

y se convirtiera en fibrina y demás ingredientes de la pícara carne

humana.

No hay para qué seguir a Bonis en sus demás conjeturas, sino irse a lo

cierto directamente. Cierto era, muy cierto, que Emma había amenazado

ruina, que sus carnes se habían derretido entre desarreglos originados

de sus malandanzas de madre frustrada, influencias nerviosas,

aprensiones, seudohigiénicas medidas y cavilaciones, rabietas y falta de

luz y de aire libre; pero también era verdad que no faltaba fibra al

cuerpo eléctrico de aquella Euménide, que sus nervios se agarraban

furiosos a la vida, enroscándose en ella, y que al cabo el estómago,

llegando a asimilar las buenas carnes, y los buenos tragos produciendo

sano influjo, habían dado eficacia al renaciente apetito, y la salud

volvía a borbotones inundando aquel organismo intacto a pesar de tantas

lacerías.

Pensaba Emma, al verse renacer en aquellos pálidos verdores, que era

ella una delicada planta de invernadero, y que el bestia de su marido y

todos los demás bestias de la casa, querrían sacarla de su estufa y

transplantarla al aire libre, en cuanto tuvieran noticia de tal

renacimiento. Su manía principal, pues otras tenía, era esta ahora: que

tenía aquella nueva vida de que tan voluptuosamente gozaba, a condición

de seguir en su estufa, haciéndose tratar como enferma, aunque, en

resumidas cuentas, ya no lo estuviera. Además, con las nuevas fuerzas

habían venido nuevos deseos de una voluptuosidad recóndita y retorcida,

enfermiza, extraviada, que procuraba satisfacerse en seres inanimados,

en contactos, olores y sabores que, lejos de todo bicho viviente, podían

ofrecerle, como adecuado objeto, las sábanas de batista, la cama

caliente, la pluma, el aire encerrado en fuelles de seda, el suelo

mullido, las rendijas de las puertas herméticamente cerradas, el heno,

las manzanas y cidrones metidos entre la ropa, el alcanfor y los cien

olores de que sabía ya Celestina.

Como un descubrimiento saboreaba Emma la delicia de gozar con los tres

sentidos a que en otro tiempo daba menos importancia, como fuentes de

placer. En su encierro voluntario ni la vista ni el oído podían

disfrutar grandes deleites; pero en cambio gozaba las sensaciones nuevas

del refinamiento del gusto y del olfato, y aun del contacto de todo su

cuerpo de gata mimosa con las suavidades de su ropa blanca, dentro de la

cual se revolvía como un tornillo de carne.

En los días en que sus aprensiones, mezcladas con su positiva enfermedad

nerviosa, la habían puesto en verdadero peligro, camino de la muerte,

por la debilidad no combatida, había llegado a sentir una soledad

terrible, la de todo egoísta que presiente el fin de su vida; todas las

cosas y todos los hombres la dejaban morirse sola, irse con Dios; y con

doble vista de enferma adivinaba el fondo de la indiferencia general, la

proximidad del peligro.

«¡Se muere uno solo, completamente solo, los demás se quedan muy

satisfechos en el mundo; ni por cumplido se ofrecen a morirse también!».

Bonifacio, Sebastián, que tanto la había querido, según él decía, el tío

Nepomuceno, todos se quedaban por acá, nadie hacía nada para ayudarla a

no morir, nadie decía: «Pues ea, yo te acompaño».

Emma era una atea perfecta. Jamás había pensado en Dios, ni para

negarlo; no creía ni dejaba de creer en la religión; cumplía con la

Iglesia malamente, y eso por máquina. En su tiempo no se solía discutir

asuntos religiosos en su tierra; los que no eran devotos gozaban de una

tolerancia completa; como tampoco eran descreídos, ni faltaban a las

costumbres piadosas y guardaban las principales apariencias, por nadie

eran molestados.

«Yo no soy beata», decía Emma: y no pensaba más en estas cosas. La

Iglesia, los curas, bien; todo estaba bien; ella no era aficionada a las

novenas; pero todo ello estaba en el orden, como el haber reyes, y

contribución, y Guardia civil. Sobre todo, no se pensaba en nada de eso,

no se hablaba de ello, ¿para qué? «Yo no soy beata». Y era atea

perfecta, porque vivía en perpetuo pensamiento de lo relativo. Jamás

había meditado acerca de negocios de ultratumba; el infierno se lo

figuraba como un horno probable; pero a ella ¿qué? Al infierno iban los

grandes pícaros que mataban a su padre o a su madre o a un sacerdote, o

que pisaban la hostia o no se querían confesar.... Además, no se sabía

nada de seguro. Pero el morirse era horroroso, no por el infierno, por

el dolor de morir y por la pena de acabarse.

Sí, de acabarse; sin pensar en la contradicción de su conciencia íntima

con el dogma del cielo y el infierno, Emma veía con toda seriedad, con

íntima convicción, con la conciencia de su propio espanto, el

aniquilamiento doloroso en la tumba; y, poco amiga de discernir, no se

paraba a separar lo racional de lo imaginado; y así, algo también sentía

la muerte por las paletadas de cal, y por la tierra húmeda, y la caja

cerrada, y el cementerio solo, y la eternidad oscura.

Sin ver esta otra contradicción, padecía con la idea del aniquilamiento

y la imagen de la sepultura. Pensaba en la muerte con ideas de vida, y

de vida ordinaria, usual, la de todos los días de su vulgar existencia,

y el horror del contraste crecía con esto.

Ni una vez sola se le ocurrió encomendarse a ningún santo, ni ofreció

nada a la Virgen ni a Jesús por si sanaba; la primera energía que tuvo

al convalecer, la empleó en sonreír, con terrible sonrisa de resucitada,

a un propósito firme y endiablado: su tremendo egoísmo de convaleciente,

mundano, prosaico y rastrero, se agarró a la resolución inconmovible de

vengarse de los miserables parientes que la iban a dejar morirse sola.

Emma, como la mayor parte de las criaturas del siglo, no tenía vigor

intelectual ni voluntario más que para los intereses inmediatos y

mezquinos de la prosa ordinaria de la vida; llamaba poesía a todo lo

demás, y sólo tenía por serio en resumidas cuentas lo bajo, el egoísmo

diario, y sólo para esto sabía querer y pensar con alguna fuerza. Tal

espíritu, era más compatible con aquel romanticismo falso y aquellas

extravagancias fantásticas de su juventud, de lo que ella misma hubiera

podido figurarse, a ser capaz de comparar el fondo de su alma mezquina

con el fondo de los ensueños de sus días de primavera.

El renacimiento de su carne lo guardaba como un secreto; era una

hipócrita de la salud; seguía fingiendo achaques corporales como si

fuese virtud el tenerlos. Eufemia, su doncella, era confidente parcial

de sus engaños: como una trampa que hiciera a todos los suyos, Emma

saboreaba a solas con su criada los pormenores de aquel fingimiento. La

hija de Valcárcel se robaba a sí misma por mano de Eufemia que, de

tapadillo, traía de tiendas y plazas los mejores bocados y las

chucherías más caras de la moda en materia de ropa interior, perfumes y

manjares. En todos los comercios y puestos de comestibles principales,

llegó a tener Emma cuentas enormes. «Ni el tío Nepomuceno, ni Bonis, ni

Sebastián, sospechaban que existiera aquel agujero que ella iba haciendo

con las uñas en el fortunón que ellos tal vez habían creído heredar de

un día a otro».

Así lo pensaba ella, y gozaba como de una voluptuosidad de las sorpresas

futuras que reservaba a sus deudos. Saborear la mejor perdiz y la mejor

lamprea de la plaza y usar con codos y rodillas la mejor batista, y

enredar los dedos entre los mejores encajes, y derramar por sábanas,

camisas, corsés, medias y pantalones, las esencias más caras, con

profusión, causando el asombro de Eufemia, era género de delicia que se

aumentaba con la idea de la mala pasada que les estaba jugando a todos

aquellos parientes, en particular a Bonis y a su tío.

--D. Nepo--se decía ella a solas, sonriendo con malicia--, róbeme usted,

róbeme, que yo tampoco me descuido.

Aunque entregada por completo a la vida material, no tenía el menor

instinto de conservación de la fortuna, no había pensado jamás en el

origen de su dinero; creía vagamente que el capital de que gozaba era

una fuente inagotable que estaba en algún paraje misterioso, que no

había para qué indagar ociosamente: allí, entre los papeles del tío,

estaba la mina; él se quedaría con gran parte del filón; pero ¿qué

importaba?, no valía la pena de echar cuentas, desconfiar, administrar

por sí misma; ¡absurdo!, por lo visto había para todo; él robaba, ella

también; le engañaba, y el mejor día vendrían a casa unas cuentas que le

dejarían patidifuso al buen D. Nepo, pues es claro que tenía que

pagarlas.

Las cuentas ya habían venido y algunas se habían pagado. D. Juan

Nepomuceno seguía con Emma la misma conducta que con Bonis desde que

cada cual por su lado se habían entregado a la prodigalidad, como él se

decía. La de Emma sí era prodigalidad verdadera, aunque no lo parecía.

Para ella era como la sensación de un lujo enorme extravagante la pereza

que sentía de echar cuentas y atar corto a Nepomuceno: comprendía que él

hacía su Agosto con el caudal de su sobrina, que iba pasando a poder del

administrador gran parte del capital administrado, pues bien claro

estaba que todos los días D. Juan hablaba de sus propias rentas, que por

milagros de la suerte o por bondad de la Providencia, prosperaban, y

todos los días también hablaba de desventuras sin cuento que caían sobre

los predios de la Valcárcel y la parte de su capital colocada en manos

industriosas de España y del extranjero.

Las minas de hierro y de carbón que empezaban a explotarse en aquella

provincia por entonces, daban mil chascos a cada momento, y no pocos de

ellos redundaron en perjuicio de las acciones de Emma que Nepomuceno

había comprado, siempre diligente en el cuidado de la hacienda de su

antigua pupila.

Pero ¡oh casualidad portentosa y fijeza de los hados!, las minas en que

tenía el mismo D. Juan sus miserables ahorrillos, no quebraban, dejaban

un rédito sano y constante. En montón comprendía Emma que todo aquello

significaba que la robaba el tío.... Y aquí estaba lo que ella entendía

por lujo refinado.... No la importaba; y le dejaba hacer, le dejaba

robar, prefiriendo no calentarse los cascos, calculando lo caro que le

salía este placer de no meterse a pedir cuentas ni a reñir por cuestión

de ochavos, ella que improvisaba una verrina a grito pelado sobre

motivos de un caldo demasiado caliente.

Mas notaba Emma, con una extraña delicia y cierta vanidad por lo que

ella creía su espíritu singular, único, notaba una complacencia, como la

de sentir cosquillas inaguantables capaces de ponerla enferma, en

tolerar y hasta hurgar las flaquezas del prójimo, siquiera en algo la

perjudicasen. El descubrimiento de la maldad ajena la embelesaba, la

enorgullecía y la animaba a abandonarse a sus perversiones caprichosas.

Además, tenía los sentidos y el gusto muy afinados para saborear y

discernir la belleza que hay en la energía y en la habilidad del mal; un

pícaro gracioso, redomado, hábil y suelto para sus picardías, le parecía

un héroe: Luis Candelas, según se lo presentaban librotes de imaginación

muy populares, era un héroe con quien hasta soñaba. Leía con avidez las

causas célebres y reservaba toda su compasión para los criminales en

capilla. Para los delitos de amor su lenidad era infinita; y si bien en

los días en que la debilidad la tuvo tan postrada que sintió como la

conciencia física de un agotamiento de deseos y facultades sexuales,

miraba con desprecio y repugnancia, y hasta ira, todo lo que se

refiriese a respetar, consagrar y propagar el amor, cuando se vio

renacer dentro de su pálido pellejo, suave y fofo, volvió a su ánimo

aquella piedad sin límites por las flaquezas amorosas y la admiración

para todos los grandes atrevimientos y extravagancias de este orden,

especialmente si eran hembras las que llevaban a cabo tales osadías.

De su tío Nepomuceno sabía, por murmuraciones del primo Sebastián y de

Eufemia, que tenía una pasión de viejo por una alemana, hija de un

ingeniero industrial, M. Körner, químico notable que había venido a

ciertos trabajos metalúrgicos.

--Sin duda el tío quiere hacerse rico a todo trance, y pronto, para

seducir con su fortuna, ya que no puede con sus patillas cenicientas, a

la hija de ese alemán.

Y Emma gustaba con delicia, casi material, casi del paladar, como la de

una lectura picante, figurándose al buen señor, con sus cincuenta y

pico, enamorado como un cadete y picado de veras y en lo vivo por el

demonio del amor.

Largos ratos se dedicaba ella a pensar en las contingencias de aquellos

graciosos amores, y llegaba, imaginando, al día de la boda, y pensaba en

la verosimilitud de una cencerrada, pues el tío era viudo, cencerrada en

que ella colaboraría a cencerros tapados, sin perjuicio de haberle

regalado antes a la novia un magnífico aderezo.

Y después serían muy amigas, y a paseo irían juntas, y llegarían a

burlarse juntas del ridículo señor de las patillas, su deudor y esposo

respectivamente... y hasta llegaba a pensar en los cuernos que su señora

tía acabaría por ponerle al infiel administrador, ¿con quién?, con el

primo Sebastián, por ejemplo.... Y hasta enredaba la madeja en su

fantasía de modo que resultaba que ella, Emma, tenía alguna culpa en la

desgracia de su tío... y ¿qué?, mejor. ¿No la había él engañado a ella?

¿No la había robado? Pues entonces, las pagaba todas juntas.

Porque además Emma se reservaba el derecho de vengarse de los antiguos

despojos que había tolerado antes, sacándole a relucir sus trampas a D.

Nepo, justamente en aquellos días de sus desgracias conyugales... ¡Qué

risa! ¡Qué oportunidad para ponerle en un apuro! En esta como en todas

las demás flaquezas ajenas que a ella podían mortificarla, y que por lo

pronto toleraba, por amor al arte de las picardías, la mujer de Bonis se

reservaba vagamente el derecho de vengarse del modo más refinadamente

cruel, allá más adelante, no sabía cómo ni cuándo, pero algún día; y

sentía una alegría y excitación semejantes a las que produce la

esperanza de ser feliz, con la conciencia de estos aplazados desquites,

de estos castigos y tormentos vengadores, representados y proyectados

entre las brumas de la voluntad y del pensamiento.

Para explicar su conducta con el tío y con Bonis, hay que añadir a este

examen de sus pervertidos sentimientos, su comezón de lo raro, original

e inesperado. La irritaba que nadie pudiera prever sus enfados y

rabietas, odios y venganzas; prefería incomodarse y enfurecerse por

motivos de los que nadie esperase tales resultados, y desorientar al más

experto observador quedándose fría, tranquila, impasible, ante injurias

y daños que los demás podrían creer que la iban a sacar de sus casillas.

Con Eufemia, su confidente, ejercitaba este prurito a menudo, ya en sus

mutuas relaciones, ya en lo que se refería a un tercero.

Nada de lo que el tío ni de lo que Bonis pudieran hacer en contra de

ella podía darle causa para más rencores que aquello de haberla dejado

estar a las puertas de la muerte... sin acompañarla al otro mundo; esto,

esto era lo que no perdonaría... y, sin embargo, ya se veía cómo

disimulaba. ¡Oh! ¡Pero qué chasco les iba a dar! ¡Qué gracia, cuando el

tío se encontrase con que ella también gastaba a todo gastar, y que el

caudal que él tenía de reserva, para robar más adelante (para cuando su

mujer, la alemana, por ejemplo, le diese chiquitines de Sebastián, era

un decir) había pasado, según la ley, a manos de los acreedores, al

tendero de la esquina, al comerciante de los Porches, etcétera, etc.!

Sí, la vida todavía guardaba para ella un porvenir sustancioso; ahora

caía en la cuenta de que no había sido antes bastante egoísta.

Mortificar a los demás y divertirse ella, de mil maneras desconocidas,

todo lo posible, estas eran las dos fuentes de placer que quería agotar

a grandes tragos; dos fuentes que venían a ser una misma.

Con la salud nueva sentía Emma esperanzas locas de no sabía qué

deleites; y a tanto llegó esta fuerza expansiva, que aquellos mismos

placeres secretos de su retiro voluntario, llegaron a parecerla

insuficientes, no saciaban su sed de emociones extrañas; y, entonces,

rompiendo la crisálida de su encerrona, determinó salir al mundo, no sin

cautela, no sin disimulos, en busca de aventuras de que no había de dar

cuenta a los parientes, procuradas entre misterios que las había de

hacer más sabrosas.

Una noche dormitaba Eufemia en el gabinete de su ama, dando cabezadas

contra la pared, cuando tuvo que despertar sobresaltada por un golpe que

sintió en un hombro; era la mano de Emma, que la llamaba; estaba la

señorita en camisa, pálida como nunca, su respiración era anhelante, las

narices se la ponían hinchadas, abriéndose como fuelles.

--¿Qué hora es?--preguntó con voz ronca.

--Serán las diez, señorita.

--Y llueve.

Eufemia atendió al ruido de la calle.

--Sí, llueve.

--Vamos a salir.

--¡A salir!

Su único hijo · 第 7 / 21 段