--Eso es una... bobada, tío, y usted dispense; el que paga las botas a

esas señoritas no suele conocérselas, como dice este; si la Gorgheggi

tiene querido que le pague las botas, ese... le conocerá otra cosa, pero

las botas no, y menos estas que yo digo, que las compró esta mañana.

Pero este papanatas sí las ha visto, y por eso yo le preguntaba; sólo

que tiene una cabeza como un marmolillo y todo lo olvida. Vamos a ver;

¿no estabas tú en la tienda de Fuejos cuando entró esta mañana a las

doce la tiple, y anduvo escogiendo botas y pidió la última novedad, y

Fuejos le enseñó unas como estas? ¿Y no te preguntó la tiple a ti tu

opinión, y no dijiste que eran preciosas... y no se las calzó allí

delante de vosotros, delante de ti y del hipotecario Salomón el Cojo?

¡Pues hombre, si todo esto me lo contó el zapatero, y por eso yo le

compré estas; porque no había vendido más que otras, y esas a la tiple,

que viste muy bien!

--Toda esa relación, en lo que se refiere a mi persona, es absolutamente

falsa--dijo con voz bastante repuesta Bonis, que también se levantó para

medirse con el tío--. Yo no he entrado hoy en la zapatería de Fuejos, y

puedo probar la coartada; a las doce estaba yo... en otra parte.

«En efecto; a las doce estaba él en casa de Serafina; todo aquello era

mentira; ni la tiple había comprado unas botas como aquellas, ni nada de

lo dicho. Todo ello era una miserable especulación de Fuejos el

zapatero para tentar a su mujer; pero ¿cómo siendo Fuejos su amigo, de

Bonis, y excelente persona, se había permitido aquella calumnia? ¿No

sabía Fuejos que se murmuraba en el pueblo si él, Reyes, tenía o no

tenía que ver con la tiple?... Y sabido esto, que debía saberlo, ¿iba a

decirle a su mujer, a la de Bonifacio, que?... ¡Imposible!». «No, la

mentira no era del zapatero; era de Emma; ¡pero entonces la gravedad del

caso volvía a ser tanta como se lo habían anunciado los sudores! Emma

preparaba alguna gran venganza, y en el ínterin se divertía con él como

el gato con el ratoncillo. Tal vez le despreciaba tanto, pensaba el

infeliz, que ni siquiera quería concederle el honor de sentir celos;

pero aunque no estuviese celosa, lo que es de vengarse no dejaría».

A pesar de estas reflexiones, la perplejidad del marido infiel no

desaparecía; se agarraba como a una esperanza a la idea de que hubiera

sido Fuejos el embustero. En cuanto tomemos el café, pensó, me voy a la

zapatería a ver lo que ha habido.

Pero Bonis proponía y Emma disponía. En cuanto tomaron el café, Emma,

que estaba de muy buen humor, se levantó y dijo con solemnidad cómica:

--Ahora esperen ustedes aquí sentados; les preparo una gran sorpresa.

¿Qué hora es?

--Las ocho--dijo el tío, que, a pesar de sus bromitas, que horrorizaban a

Bonifacio, tampoco las tenía todas consigo.

--¿Las ocho? Magnífico. Esperen ustedes un cuarto de hora.

Desapareció Emma, y tío y sobrino, por afinidad, callaron como mudos.

Entre el tío y él había para Bonis un abismo... mejor, un _océano_ de

monedas de plata y oro, que bien subirían a.... Dios sabe cuántos miles

de reales. Había llegado a tal extremo el terror de Reyes respecto a lo

que debía a _los Valcárcel_, que nunca se tomaba el trabajo de sumar las

cantidades que no había _reintegrado_ a la caja; contando los siete mil

reales del cura de la montaña, le parecía aquello un dineral. Tanto que,

a veces, leyendo en los periódicos lamentaciones acerca de la deuda del

Estado, se turbaba un poco acordándose de la suya. Parecida sensación

experimentaba cuando oía hablar o leía algo de grandes desfalcos, de

tesoreros que huían con una caja y cosas por el estilo.

Volvió Emma al cuarto de hora, en efecto, y sus comensales dijeron a un

tiempo:

--¡Qué es esto! Y ambos se pusieron en pie, estupefactos, porque el caso

no era para menos. Emma venía vestida con un magnífico traje, que

ninguno de ellos le conocía; traía la cara llena de polvos de arroz; el

peinado de mano de peinadora, cosa en ella nueva por completo, pues

nunca había consentido que le tocasen la cabeza manos ajenas, y lucía

una pulsera de diamantes y collar y pendientes de la misma traza, todo

muy caro y todo nuevo para el esposo y para el administrador.

--Esto es... esto--dijo ella. Y puso delante de los ojos de su marido un

papelito amarillo, que decía: _Teatro principal_.--_Palco principal, núm.

7_. Esto es que vamos al teatro, al palco del Gobernador militar que, como

no tiene familia, casi nunca lo ocupa. Conque, hala, tío, a ponerse de

tiros largos; y tú, Bonis, ven acá, te visto en un periquete.

Emma no dejó tiempo a sus subordinados para seguir asombrándose de

aquella inaudita resolución. Ella, que tantos caprichos había tenido

toda la vida, jamás se había mostrado aficionada al teatro, y menos a la

música; desde su malparto a la fecha, y ya había llovido después, no

había estado en el _coliseo_ cuatro veces: la Compañía actual no la había

visto siquiera, y ya estaban acabando el tercer abono... y de repente

¡zas!, sin avisar a nadie, tomaba un palco, y a la ópera todo el mundo.

Así pensaba Bonis, equivocándose en algún pormenor, como se verá luego,

y algo parecido pensaba el tío. Pero este, como acostumbraba, hizo

pronto lo que él llamaba para sus adentros «su composición de lugar»; es

decir, el plan conducente a sacar de todas aquellas novedades extrañas

el mejor partido posible para sus intereses; y sin decir oxte ni moxte,

sonriente, salió del comedor y volvió a poco, vestido de levita negra,

con un sobretodo que le sentaba de perlas.

--También era presentable el tío mayordomo--pensó Emma--; pero esto no

quita que las pague todas juntas, como todos.

El tocado de Bonis fue obra más complicada, y dirigida, en efecto, por

su mujer, que le hizo afeitarse en un decir Jesús, sin más contingencias

que tres leves heridas, que ella misma tapó con papel de goma. Se le

hizo estrenar un traje oscuro, de última moda, de paño inglés, por

supuesto. A Reyes a ratos se le figuraba que le estaban vistiendo para

ir al palo, y se le antojaba hopa, de género inglés, aquel elegantísimo

terno que iba sacando del cajón remitido por el _artista_ de Madrid.

Eufemia, que por lo visto tenía orden también de no admirarse de nada,

los alumbró hasta el portal, donde no había farol, y los vio salir de

casa, Emma del brazo de Bonis, D. Juan detrás, como si todas las noches

sucediera lo mismo.

La doncella, en verdad, tenía sus motivos para no asombrarse tanto como

los otros; primero, porque las locuras de la señorita eran para ella el

pan nuestro de cada día, y locuras algunas de un género íntimo, secreto,

que los demás no conocían; y además, se asombraba menos, porque conocía

ciertos antecedentes. Juntas habían ido al teatro noches atrás, a la

_cazuela_, vestidas las dos de _artesanas_.

Esto era lo que ignoraba Bonis; esto, y lo que había visto, oído y

sentido su mujer en aquella noche de la escapatoria, y lo que después

había imaginado, y deseado, y proyectado.

Llegaron al teatro, y la entrada de Emma en su palco produjo mucho más

efecto del que ella pudo haberse figurado. Es más, ella no había pensado

en esto. No iba allí a lucirse, aunque después le supo a mieles, y

añadió una corrupción más a su espíritu, el placer de despertar la

envidia, por su ropa, de las damas menos majas. Por una aberración,

mejor, distracción, no se fijó antes de llegar en que era distinto

entrar en un palco principal, el del brigadier, vestida con tanto lujo,

ella que nunca iba al teatro, y entrar en el paraíso, disfrazada,

escondiéndose del público, que no soñaba con su presencia, ni de ella

supo aquella noche.

Ella iba dispuesta a gozar mucho; pero no era del público precisamente

de quien esperaba estas emociones fuertes, a que se preparaba; su

propósito iba a dar al escenario, y estaba complicado con los asuntos

domésticos; pero a estos complejos y estrambóticos atractivos se

agregaba de repente un agudísimo placer, con que Emma no contaba, y que

le reveló un mundo nuevo de delicias intensas, en que no se le había

ocurrido pensar, pero que vio bien claro, sintió con fuerza, desde el

momento en que al penetrar ella en su palco, y dejar el abrigo al tío, y

dar una vuelta en redondo antes de sentarse, notó fijas en su persona

las miradas, y en los palcos cercanos oyó el murmullo del comentario, y

en el aire, puede decirse, cogió el efecto general de su presencia.

Después de sentada, y cuando ella se iba haciendo cargo de lo que tenía

delante, la admiración persistía; en vano los coristas, que estaban

solos en escena, como los gallegos del cuento, mal presididos por un

partiquino, que sólo se distinguía por unas botas de fingida gamuza y

por desafinar más que todos juntos, en vano gritaban como energúmenos;

el público _distinguido_ de butacas y palcos atendía el espectáculo civil

que le ofrecía Emma; los abonados de las faltriqueras, que no veían la

sala sin echar el cuerpo fuera del antepecho, se asomaban por grupos

para ver a la de Reyes, y los de la faltriquera de la tertulia de Cascos

saludaron a Bonis y a su señora; el brigadier comandante general de la

provincia estaba entre ellos, y también inclinó la cabeza. Emma salía de

su soledad voluntaria como de un encierro; las emociones de los paseos y

romerías no eran como aquélla; aquélla sabía a gloria; ¡lo que se iba a

divertir, contando con todo! Porque con las glorias no se le iban las

memorias. Su plan era su plan, y todo se andaría.

Bien comprendía la hija del abogado Valcárcel que no era su hermosura lo

que tanto llamaba la atención; que era, principalmente, su aderezo, y

mucho también su vestido, y un poco la novedad de verla en el teatro.

--Vamos, esta se lanza al mundo otra vez--pensó ella que debían de estar

pensando muchas de aquellas damas, que se la estaban comiendo con los

ojos desde butacas y palcos.

--Sí que me lanzo; ¡ya lo creo!, de cabeza--se decía a sí misma; muy

satisfecha, contentísima por haber descubierto aquel venero de placeres

que tanto iban a contrariar los planes del tío, que consistían, por lo

visto, en ir robándola todo lo que ella y sólo ella tenía.

Para muchas de las señoras y señoritas presentes, que, o no eran del

país o eran muy jóvenes, la aparición de Emma en el _mundo_, si aquello

era _mundo_, ofrecía una novedad absoluta, porque no podían recordar, como

otras pocas, que años atrás aquella mujer, vestida con tanto lujo, de

facciones ajadas, de una tirantez nerviosa y avinagrada en el gesto,

había sido la comidilla de la población por sus caprichos y locuras de

joven mimada y rica y extravagante como ella sola.

Todo esto lo comprendía Emma, y no se hacía ilusiones respecto de los

motivos de tanta curiosidad, y casi casi estupefacción; pero el

resultado era que se la miraba y contemplaba, y se comentaba su

presencia mucho; que nadie se acordaba del escenario por verla, y esto

le producía, fuese por lo que fuese, una de las sensaciones más intensas

y profundas que podía experimentar una mujer de su calaña. Sobre todo,

lo que ella más saboreaba, y lo que tenía por más seguro, era la

envidia. La envidiaban, no sólo las pobres, las que no podían permitirse

el gasto que significaban aquellos diamantes y aquel vestido, sino

también las dos o tres ricachonas presentes, que hubieran podido, sin

hacer un disparate, presentarse aquella misma noche con algo tan bueno y

todavía mejor. A pesar de esto, la envidiaban también, porque esta clase

de gente se parece mucho a los animales, en no vivir más que de la

sensación presente; y el hecho era que allí, en el teatro, en aquel

momento, la más ricamente vestida y _alhajada_ era ella, Emma; y el

público no se había de meter a discurrir y calcular quién podía y quién

no lucir otro tanto. Además, que «obras son amores». Tal vez la que más

envidiaba a la de Valcárcel era la mujer del americano Sariegos, el más

rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo

envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil

grandezas; pero Sariegos no permitía tales despilfarros, que en él no lo

serían, y su señora tenía que contentarse con un lujo muy mediano. Por

eso rabiaba ella. En cuanto a Sariegos, que estaba presente, detrás de

su mujer, también se puso a aborrecer de pronto a Emma, porque tenía la

culpa de lo que en aquel momento su esposa estaría maldiciéndole y

detestándole a él por avaro; y además, aunque parezca raro, también

miraba con envidia el aderezo de la _abogaducha_. Mas luego se hizo

superior a sentimientos tan humillantes para él, y, elevándose, mediante

su filosofía crematística o plutónica, a más altas esferas, pensó, y

acabó por decir, a media voz, desde la cúspide de su desprecio sincero:

--Esa muchacha va a quedarse sin camisa en muy pocos años.

Bien sabía, porque bien se veía además, que Emma ya no era una muchacha;

pero no importaba; así creía él significar mejor su desprecio: esa

muchacha... la _abogaducha_.

Pero estos comentarios y desahogos, y otros por el estilo, no los oía

Emma; ella veía a la envidia, no la oía; veía sus ojos brillantes, sus

sonrisas tristes, sus éxtasis sinceros y melancólicos en la cara de las

incautas, que no sabían disimular siquiera, y se quedaban como Santas

Teresas arrobadas en la meditación y el amor del pesar del bien ajeno.

Algunas muchachas, estas de verdad, que minutos antes coqueteaban

alegres, muy satisfechas, con los cuatro trapacos que tenían encima,

ahora languidecían, olvidaban a sus adoradores de las butacas; y como

que se trataba de cosa mucho más seria, con rostro del que había

desaparecido toda gracia, toda poesía, toda idealidad, se consagraban al

culto envidioso del lujo ajeno, con gran veneración para las joyas y la

seda, con gran rencor disimulado a la sacerdotisa, que tenía el

privilegio de ostentar sobre su cuerpo los resplandores del dios

idolatrado.

Un ruido de faldas almidonadas que vino de la escena llamó la atención

de Emma, sacándola de aquel deliquio de amor propio satisfecho.

Por la puerta del foro entraba una elegantísima señora a paso ligero,

barriendo las tablas con una cola muy larga y despidiendo chispas de

todo su cuerpo, vestido de brocado de comedia y cubierto de joyas

falsas, diadema inclusive.

--¿Quién es esa?--preguntó la mujer de Reyes.

Bonifacio, viendo que Nepomuceno no se daba por interrogado, dijo, no

sin tragar antes saliva:

--Es la Reina, que viene desaladamente al saber que el Infante....

--No; si no pregunto eso--interrumpió su mujer, volviéndose a mirar a

Bonis, que estaba detrás de ella en la penumbra--. Digo si es esa la

tiple.

--Creo... que sí. Sí, justo, la protagonista....

--La de las botas. ¿Las traerá puestas?

Bonis calló.

--Di, hombre, ¿crees tú que las traerá puestas?

--Sería... un anacronismo.

--Calla, calla; ahora se sube al trono... ¿a ver?... No, no se le han

visto los pies. Acaso cuando se baje....

Emma asestó los gemelos a los bajos de la tiple; y como esta no acababa

de levantarse de su trono, subió la mirada hasta el rostro de Serafina.

--Vaya si es guapa--dijo--. Ya he visto yo esa cara. ¿Cómo se llama esa?,

¿la cuántos?...

--Serafina Gorgheggi, creo....

--¡Crees!... Pero ¿no lo sabes de seguro?

--Puede que la confunda con la contralto.

--Puede.

--Pero... no; sí, es la tiple; justo, la Gorgheggi.

--Ahora estás seguro, ¿eh?

--Sí, seguro.

Bonis se admiraba a sí mismo. ¡Aquello era crecerse ante el peligro!

Allí estaban los polvos de arroz.... Ahora lo comprendía todo; su mujer

se estaba burlando de él. Sabía de sus amores, y aquella ida _inopinada_

al teatro era un careo... sí, un careo de los criminales. Porque él era

un criminal, claro. No importaba; sucediera lo que sucediera, había que

defenderse como gato panza arriba. Tuvo que sentarse, detrás de su

mujer, porque las piernas le temblaban, según costumbre en casos tales

(si era que jamás se había visto en caso parecido); pero estaba

dispuesto a disimular, a mentir _como un héroe_, si era preciso, ya que el

Señor se dignaba concederle aquel don del fingimiento, de que no se

hubiera creído capaz a no verlo. ¡Lo que puede el instinto de

conservación!, pensaba.

--¡Ah!--gritó, ahogando el grito antes de salir de los labios, Emma, que

acababa de ver un pie de la Gorgheggi, al descender la tiple

_majestuosamente_ de su trono de madera pintada de colorines. Fuera un

anacronismo o no, las botas de S. A. eran idénticas a las que había

comprado ella por la tarde. Fuejos no había mentido.

--Lo mismo que las mías. Ese Fuejos es persona de verdad decir. ¿Lo ves,

Bonifacio? El otro par lo trae esa señora; lo que me dijo el zapatero.

¿Por qué le levantas falsos testimonios? ¿Por qué has negado que le

viste el pie a esa damisela esta mañana? ¿Qué tiene eso de particular?

¿Crees que voy a celarme, marido infiel?

Bonis calló. Por mucho valor que él tuviera, y estaba seguro de que lo

tenía, aquello no podía durar. ¿Adónde iba a parar su mujer?

--¿Sabes tú si tiene querido esa doña Serafina? Si lo tiene, ese habrá

pagado las botas.

Esta libertad de lenguaje no le extrañaba a Nepomuceno, que en cuanto

veía a su sobrina con un poco de carne y regular color, ya esperaba de

ella cualquier locura de dicho o de hecho.

En cuanto al marido, no veía en tamaña desfachatez más que el sarcasmo

terrible de la esposa ultrajada. Le parecía muy natural que el cónyuge

engañado se entretuviera en aquellos pródromos de ironía antes de tomar

terrible venganza. Así sucedía en las tragedias, y hasta en las óperas.

Ensimismado en su terror, vuelta la cara hacia el fondo del palco, Bonis

no pudo notar por qué Emma no insistía en sus cuchufletas, si lo eran

aquellas preguntas al parecer capciosas. Si él se había puesto antes

encendido, y enseguida muy pálido, al salir a las tablas Serafina, ahora

Emma era la que tomaba el color de una cereza; y clavaba los gemelos en

un personaje que acababa de llegar de tierra de moros, vencedor como él

solo, y que se encontraba con que la Reina le había casado a la novia

con un rey de Francia para no tener rival a la vista. El vencedor de los

infieles era el barítono Minghetti, que lucía dos espuelas como dos

soles, y tenía un vozarrón tremendo, no mal timbrado y lleno de energía.

En vano la Reina le pedía perdón, colgándosele del cuello, previo el

despejo de la sala, cubierta de coristas, todos ellos viles cortesanos.

El barítono no transigía; huía de los brazos de la Reina y llamaba a

gritos a la otra.

--Está muy guapo así--pensaba Emma--; pero me gustaba más con el traje de

barbero.

Cuando el caudillo no pudo gritar más, o reventaba, la tiple empezó a

quejarse de su suerte y a pintarle su pasión con multitud de gorjeos,

que acompañaba el flauta, jorobado. Como suelen hacer en tales casos los

amantes desdeñosos, en vez de escuchar las lamentaciones y las quejas de

la reina, el barítono aprovechó el descanso para toser y escupir

disimuladamente, y después se puso a revisar con gran descaro los

palcos, donde lucían su belleza las señoras más encopetadas. Llegó su

mirada al palco de Emma, que sintió los ojos azules y dulcísimos de

Minghetti metérsele por los tubos de los gemelos y sonreírle, a ella,

como si la conociera de toda la vida y hubiera algo entre ellos. Emma,

sin pensarlo, sonrió también, y el barítono, que tenía mirada de águila,

notó la sonrisa, y sonrió a su vez, no ya con los ojos sino con toda la

cara. La emoción de la Valcárcel fue más intensa que la experimentada

poco antes al notar la admiración que su lujosa presencia producía en el

concurso. Para sus adentros se dijo: Esto es más serio, es un placer más

hondo que satisface más ansias, que tiene más sustancia... y que tiene

más que ver con mis planes. Los planes eran burlarse de una manera feroz

de su tío y de su marido, jugar con ellos como el gato con el ratón,

descubrir medios de engañarlos y _perderlos_, que fuesen para ella muy

divertidos. Contra el tío ya sabía de tiempo atrás qué armas emplear;

echar la casa por la ventana, gastar mucho en el regalo de su propia

personilla. En cuanto a Bonis... ni en rigor le quería tan mal como al

otro, ni había pensado concretamente hasta entonces en un gran castigo

para él; sólo se le había ocurrido tenerle siempre en un potro, tratarle

como a un esclavo a quien amenazase un tormento que él no acababa de

conocer; mas la mirada y la sonrisa de Minghetti aclararon como un

relámpago la conciencia de Emma, que vio de repente en qué podía

consistir el castigo de su infiel esposo. Porque, en efecto, le suponía

infiel mucho tiempo hacía; sin contar con que Emma, en las meditaciones

de sus soledades de alcoba, con el histérico por Sibila, había llegado a

concebir al hombre, a todos los hombres, como el animal egoísta y de

instintos crueles y groseros por excelencia, no creía en el marido

rigurosamente fiel a su esposa; más era, tal ente _de razón_ la parecía

ridículo, y se confesaba que ella, en el caso de cualquier hombre

casado, no se contentaría con su mujer. En cuanto a las mujeres, no les

reconocía el derecho de adulterio en circunstancias normales, porque

_parecía_ feo y porque la mujer es otra cosa; pero en caso de infidelidad

conyugal descubierta, ya era distinto; también había el derecho de

represalia, y lo mismo podía decirse por analogía, cuando el esposo era

tan bruto que daba a la esposa trato de cuerda... «Si Bonis me pegase

como yo le pego a él, se la pegaba». Esto era evidente. «Y si él me la

pega... si de seguro me la pega...». Aquí Emma vacilaba y recurría al

tercer caso de infidelidad femenina disculpable. «Si me la pegase, yo le

engañaría también... si alguien me inspirase una gran pasión». Aunque

los extravíos morales de Emma nada tenían que ver con el romanticismo

literario, decadente, de su época y pueblo, porque ella era original por

su temperamento y no leía apenas versos y novelas, algunas frases y

preocupaciones de sus convecinos se le habían contagiado, y esta idea

vaga y pérfida de la gran pasión que todo lo santifica, era una de esas

pestes. Por lo demás, ella sola se bastaba para hacer tabla rasa de cien

decálogos y prescindir, según su capricho, de reglas de conducta que la

contrariasen. Pero si en la pura región de las ideas, como hubiera

pensado Bonis, esto era corriente, el sentido íntimo le decía a Emma que

del dicho al hecho hay mucho trecho; que ella no llegaría a faltar a su

Bonis, como no se la apurase mucho, como no fuera en un momento de

locura, suscitado por un príncipe ruso u otro personaje de mérito

excepcional; y que, aun así, tenía ella que convertirse en otra,

violentarse mucho. Lo cierto era que su carne estaba tranquila, que sus

gustos la llevaban a extravíos sensuales nada eróticos, y que al fin y

al cabo, Bonis, lo que es como buen mozo era buen mozo, y estaba

satisfecha de su físico.... Pero la mirada y la sonrisa del barítono,

eran ya harina de otro costal. Por lo pronto, Emma se olvidó de todo

para pensar en el placer de tropezarse dentro de los gemelos con

aquellas pupilas y con aquella boca sonriente bajo el bigote castaño

oscuro. Cada vez que Minghetti volvía a la escena, la de Reyes ensayaba

la repetición del lance que tan bien le había sabido, y las más veces

con buen éxito; pues, fuera casualidad, o que el cantante tuviera la

costumbre de mirar mucho a los palcos y fijarse en quien le admiraba, y

coquetear en toda clase de papeles y circunstancias escénicas, ello fue

que el placer solicitado por los gemelos de Emma se renovó en varios

trances de los más serios y apurados de la ópera; y eso que el barítono

no cesaba de regañar con la Reina, siempre desesperado por la huida a

Francia de la otra.

Bonis no volvía de su asombro al notar, muy a su placer, que Emma no

hablaba ya de la tiple ni de las botas, verdadero anacronismo, como él

decía muy bien, ni de cosa alguna que remotamente pudiera referirse a lo

que él llamaba «lo de los polvos de arroz».

Terminada la ópera, volviéronse a su hogar los Valcárcel, o si se quiere

los Reyes, aunque más propio es decir los Valcárcel por lo poco amo de

su casa que era Bonifacio; despidiose del matrimonio Nepomuceno, que se

acostó madurando sus planes para el porvenir, que, o él veía mal, o

tenía barruntos de un cambiazo no exento de peligros. Y cuando Reyes iba

a pedir permiso a su mujer para retirarse también a su cuarto, a Emma se

la ocurrió hacer uso... de lo que en las relaciones de aquel matrimonio

podía llamarse la regia prerrogativa.

--Mira, Bonis, yo no tengo sueño; el ruido de la música me ha puesto la

cabeza como un bombo... voy a estar desvelada; y sola y despierta y

nerviosa, tendré miedo.

Hubo un momento de silencio, y después prosiguió:

--Quédate tú.

Su único hijo · 第 9 / 21 段