no podía parar en bien todo aquello era claro; pero ya... preso por
uno... y además, en los libros románticos, a que era más aficionado cada
día, había aprendido que a «bragas enjutas no se pescan truchas»; que un
hombre de grandes pasiones, como él estaba siendo sin duda, y metido en
aventuras extraordinarias, tenía que parar en el infierno, o, por lo
menos, en las garras de su mujer y en un corte de cuentas de D. Juan
Nepomuceno. Al pensar en D. Juan tembló de frío, porque se acordó de que
los siete mil reales de la restitución providencial habían ido
evaporándose, hasta quedar reducidos, en el día de la fecha, a dos mil.
Lo demás había parado en manos de Serafina, ya en forma de regalos, ya
en dinero, pues cierta clase de gastos indispensables no había tenido
valor para hacerlos por sí mismo, temiendo que el secreto de sus amores
pudiera ser conocido y divulgado por los comerciantes. ¿Con qué cara iba
él a pedir en una tienda de su pueblo polvos de arroz de los más finos,
ligas de seda, medias bordadas y pantalones de mujer con el jaretón por
aquí o por allá?
En cuanto a Mochi, no se había vuelto a acordar para nada de dinero, ni
para pedirlo, ni para pagar lo que debía. «En la cuestión de cantidades»
no quería pensar Reyes; se figuraba que toda la deuda del Estado era
cosa suya, la debía él. ¡Primero mil reales, después seis mil, ahora los
siete mil de la restitución... el mundo, el mundo entero en forma de
guarismos! No, no contaba él así; no se representaba las cantidades
fijas, ni menos la suma de todas; él recordaba que primero había
prestado lo que no tenía; después muchísimo más, y, por último, que
había cometido el gran sacrilegio de profanar una cantidad sagrada,
producto del secreto del confesonario, empleándola en un corsé regente,
en unos búcaros con chinos pintados, en sortijas, flores y pantalones de
señora... ¡Horror! «Sí, horror, pero ¿y qué se le iba a hacer? Preso por
uno.... Aquella misma atrocidad de haber gastado tanto dinero que no era
suyo demostraba la intensidad, la fuerza irresistible de su pasión. Pues
adelante». Cierto era que quedaba el rabo por desollar. D. Juan
Nepomuceno le tenía cogido por las narices, y podía hacer de él lo que
le viniese en voluntad.
Poco a poco la figura de Nepomuceno, del odiado y odioso Nepomuceno,
había ido creciendo a los ojos de la imaginación espantada de Bonis;
sobre todo, las patillas cenicientas, en que el desgraciado veía el
símbolo de todas las matemáticas aplicadas a la hacienda, el símbolo de
los aborrecibles intereses materiales, del negocio, de la previsión y
del ahorro... y la trampa si a mano viene; aquellas patillas habían
subido, tocado las nubes, y en el inmenso abismo hundían los lacios
hilos grises de sus puntas. ¡Rayo en ellas! Bonis, que amaba las letras,
aborrecía los guarismos, y en punto a aritmética, decía él que todo lo
entendía menos la división; aquello de calcular a cuántos cabían tantos
entre tantos, siempre había sido superior a sus fuerzas; al llegar a lo
de tantos entre tantos no caben (o no cogen, como él solía decir),
sudaba y se volvía estúpido y sentía náuseas; pues bien, Nepomuceno,
sólo con su presencia, hasta en idea, le producía el mismo efecto que
una división en que sobraba algo; no le cogía el tal Nepomuceno.
Y eso que el muy taimado callaba como un bellaco. Ni una palabra le
había dicho después de haber descubierto y pagado el préstamo famoso de
D. Benito. Es claro que tampoco Bonis había abordado la cuestión; en
este particular estaba el escribiente como el condenado a muerte que,
con los ojos tapados, aguarda el golpe del verdugo, y con gran sorpresa,
pero sin perder el miedo, siente que el tiempo pasa y el golpe no llega.
De otra manera también se figuraba su situación Reyes, fecundo siempre
en alegorías y toda clase de representaciones fantásticas; se figuraba
que a sus pies había una gran mina, que él estaba seguro de que el fuego
había prendido en la mecha... ¿Por qué no venía el estallido? ¿Se había
mojado la pólvora? ¿Se había mojado la mecha? No; él estaba convencido
de que Nepomuceno estaba seco y bien seco; sería que la mecha era más
larga que él había pensado; el fuego iba dando rodeos, pero el estallido
vendría, ¡no podía faltar! Aun así, daba gracias a Dios por aquel plazo,
que le permitía entregarse a su gran pasión sin complicaciones
económicas, que todo lo hubieran aguado.
Llegó Bonis al ensayo oliendo a agua de colonia, risueño y arrogante
hasta el punto que él podía serlo. Gran algazara había en el escenario.
Aquel día era de los de sol allí dentro, a pesar de que poca luz podía
entrar hasta la escena y la sala por las puertas de los palcos y los
ventiladores del techo; el sol que vio allí Reyes era un sol moral
(quería decirse que todos estaban contentos); Mochi había pagado y las
rencillas habían concluido, o, por lo menos, quedaban escondidas; el
barítono embromaba a la contralto, el director de orquesta al bajo,
Mochi a una señora del coro, y la Gorgheggi iba y venía repartiendo
sonrisas y saludos con voz de pájaro; para todos tenía inocentes
coqueterías, agasajos de voz y de gesto: para los de la escena, para los
señores de las bolsas o faltriqueras, y hasta para tal o cual músico que
había desafinado o perdido el tiempo. Serafina, radiante, se lo
perdonaba con una interjección o una inclinación de cabeza, y cargaba
con la responsabilidad. Tal vez el director decía: «¡Cristo!» y miraba
con fingido enojo al trompa, y entonces ella encogía los hombros y
mordía la punta de la lengua con picardía de colegiala, para decir
enseguida, llena de abnegación:
--Maestro, maestro... senti, non e'colpevole, questo signore, sono io.
¡Qué música de voz! ¡Qué corazón!, pensaba Bonis, que entraba en el
palco de sus amigos.
-VIII-
En el café de la Oliva se dispuso cierta noche una cena para doce
personas, en el comedor de arriba; un cuarto oscuro que a los calaveras
del pueblo y al amo del establecimiento les parecía muy reservado, y muy
misterioso, y muy a propósito para orgías, como decían ellos.
El camarero de la guitarra y otros dos colegas se esmeraban en el
servicio de la mesa, porque eran los de la ópera los que venían a cenar;
y... ¡colmo de la expectación!, se aguardaba también a las cómicas;
vendrían la tiple, la contralto, una hermana de esta y la doncella de
Serafina, que en los carteles figuraba con la categoría dudosa de otra
tiple.
El único profano a quien se invitó fue Bonifacio; él, lleno de orgullo
artístico, pero recordando que la hora señalada para la tal cena era de
las que su esposa le tenía embargadas para las últimas friegas, ofreció
ir a los postres y al café, reservándose el cuidado de echar a correr a
su tiempo debido. No sabía que a lo que él iba era a pagar. Esto lo supo
después, cuando, ebrio de amor y un poco de benedictino non sancto,
había caído en el panteísmo alalo a que le llevaban todos los
entusiasmos de su organismo, más empobrecido de lo que prometían las
buenas apariencias de su persona.
Llegó cuando los músicos y cantantes saboreaban el ponche a la romana
que Mochi había incluido en la lista de la cena. Fue recibido con una
aclamación, en que tomaron parte las señoras. Sin saber cómo, y cuando
la emoción producida por tal recibimiento aún le tenía medio aturdido,
se vio Reyes al lado de su ídolo, Serafina, que había comido mucho y
bebido proporcionadamente. Estaba muy colorada y de los ojos le saltaban
chispas. En cuanto tuvo junto a sí a Bonis, le plantó un pie encima, un
pie sin zapato, calzado con media de seda.
--¡Nene--dijo acercándole la cara al oído--, apestas a colonia!
Y le azotó un tobillo, por encima del pantalón, con el pie descalzo.
Bonis se ruborizó no por lo del pie, sino por lo de la colonia; aquel
olor era el rastro de su esclavitud doméstica.
«Si yo no oliese a colonia, ¡a qué olería!» pensó. Pero olvidó enseguida
su vergüenza al oír a Serafina que, quedándose muy seria, con la voz
algo ronca con que le hablaba siempre en la intimidad de su pasión, le
dijo, otra vez, al oído casi:
--Acércate más, aquí nadie ve nada... ya todos están borrachos.
Y sin esperar respuesta, y antes que Bonis se moviese, ella,
bruscamente, sin levantarse, hizo que su silla chocara con la del
amante, y ambos cuerpos quedaron en apretado contacto. El olor a colonia
desapareció, como deslumbrado por el más picante y complejo, que era una
atmósfera casi espiritual de Serafina; aquel olor a perfumes fuertes,
pero finos, mezclado con el aroma natural de la cantante, era lo que
determinaba siempre en Bonis las más violentas crisis amorosas. Perdió
el miedo, aturdido por aquella proximidad ardiente y olorosa de su
amada, y como si esto fuera escasa borrachera, se dejó seducir por las
tretas de Mochi, que le invitaban sin cesar a beber de todo. Bebió Reyes
ponche, champaña, benedictino después, y ya, sin conciencia despierta
para reprobar las demasías que se permitían el barítono y la contralto y
alguna otra pareja, consintió en brindar, por último, cuando de todas
partes salían exclamaciones que le invitaban a desahogar su corazón en
el seno de aquella amistad artística, «no por nueva, pensaba él, menos
firme y honda».
Borracho del todo nunca lo había estado Bonifacio; un poco más que
alegre, sí, aunque no muchas veces; y en tales trances era cuando se le
soltaba la lengua un poco, y decía aproximadamente algo parecido a lo
mucho que le bullía en el pecho.
Consultó con los candorosos ojos a su amada si haría bien o mal en
brindar; la Gorgheggi aprobó el brindis con un apretón de manos
subrepticio, y el flautista frustrado se levantó entre aplausos.
--Señoras y señores--dijo con una copa de agua en la mano--, es tanto mi
agradecimiento, es tal la emoción que me embarga, que... lo digo yo y no
me arrepiento, yo, Bonifacio Reyes, pago todo el gasto... eso es, toda
la comida y toda la bebida... _botillería_ inclusive.... Benito (a un
camarero), ya lo oyes, todo esto es cuenta mía. (Bravos y exclamaciones.
Mochi sonreía satisfecho, como pudiera estarlo un profeta que ve
cumplida su profecía.) Yo lo pago todo, y no hay que preguntarme de
dónde salen las misas. Preso por uno, preso por ciento, y uno... eso
es.... Nadie me toque a la vida privada. ¡Ahí le duele!... La vida
privada de la vida ajena es un sagrado, arca santa, arca sanctorum....
--Sancta Sanctorum!--interrumpió un apuntador que había sido seminarista.
(Voces de: ¡silencio!, ¡fuera!)
--Bueno; sanctorum omnium. Señores, yo no puedo... yo no sé decir, ni
debo, ni puedo ni quiero, todo lo que para mí significa vuestro
cariño.... Yo amo el arte... pero no lo sé expresar; me falta la forma,
pero mi corazón es artístico; el arte y el amor son dos aspectos de una
misma cosa, el anverso y el reverso de la medalla de la belleza,
digámoslo así. (Bravos; asombro en los cómicos.) Yo he leído algo... yo
comprendo que la vida perra que he llevado siempre en este pueblo
maldito es mezquina, miserable... la aborrezco. Aquí todos me
desprecian, me tienen en la misma estimación que a un perro inútil,
viejo y desdentado... y todo porque soy de carácter suave y desprecio
los bienes puramente materiales, el oro vil, y sobre todo la industria y
el comercio.... No sé negociar, no sé intrigar, no sé producirme en
sociedad... luego soy un bicho, ¡absurdo!, yo comprendo, yo siento... yo
sé que aquí dentro hay algo.... Pues bien, vosotros, artistas, a quien
también tienen en poco estos mercachifles sedentarios, estas lapas,
estas ostras de provincia, me comprendéis, me toleráis, me agasajáis, me
aplaudís, admitís mi compañía y....
Bonis estaba pálido, se le atragantaban las palabras, hacía pucheros, y
su emoción, de apariencia ridícula, no les pareció tal por algunos
momentos a los presentes, que sin gritar ni moverse siquiera, escuchaban
al pobre hombre con interés, serios, pasmados de oír a un infeliz, a un
botarate, algo que les llegaba muy adentro, que les halagaba y
enternecía. Al orador no le faltaban palabras, pero las lágrimas le
salían al camino y querían pasar primero; además, las malditas piernas
se le desplomaban, según costumbre, y así, se le veía ir doblándose, y
casi tocaba con la barba en el mantel, cuando siguió diciendo:
--¡Ah, amigos míos! Mochi amigo, Gaetano carísimo (el barítono), vosotros
no podéis saber cuánto me halaga que al pobre Reyes abandonado,
despreciado, humillado, le comprendan y quieran los artistas. Si yo me
atreviera huiría con vosotros, sería el último, pero artista,
independiente, libre, sin miedo al porvenir, sin pensar en él, pensando
en la música... ¿Creéis que no os comprendo? ¡Cuántas veces leo en
vuestro rostro las preocupaciones que os afligen, los cuidados del
mañana incierto! Pero poco a poco el arte os devuelve a vuestra
tranquilidad, a vuestra descuidada existencia; un aplauso os sirve de
opio, el puro amor del canto os embelesa y saca de la miserable vida
real.... Y el último de vosotros, Cornelio, que no tiene más que un traje
de verano para invierno, olvida o desprecia esta miseria, y se
entusiasma al gritar, lleno de inspiración artística, en su papel
modesto de corista distinguido, aquello de la Lucrezia: Vivva il Madera!
(Bravos y aplausos interrumpen al orador. El corista aludido, que está
presente y, en efecto, luce un traje digno de los trópicos y muy usado,
abraza a Reyes, que le besa entre lágrimas.)
Quiso continuar, pero no pudo; cayó sobre su silla como un saco, y
Serafina, orgullosa de aquella oratoria inesperada y de la discreción
con que su amante se abstuvo de aludirla, le felicita con un apretón de
manos y otro de pies más enérgico.
Mochi se aproxima al héroe, le abraza y le dice al oído, rozándose los
rostros:
--Bonifacio, lo que te debo, lo que vales, nunca lo olvidará este pobre
artista desconocido y postergado.
Las lágrimas de Mochi, mezcladas con los polvos de arroz que no ha
limpiado bien aquella noche, caen sobre las mejillas del improvisado
anfitrión.
Al cual apenas le quedan fuerzas para pensar.... Mas de repente da un
brinco, lívido, y con el brazo en tensión, señala con el índice a la
esfera del reloj que tiene enfrente.
--¡La hora!--grita aterrado, y procura separarse de la mesa y echar a
correr....
--¿Qué hora?--preguntan todos.
--La hora de.... Bonis miró a Serafina con ojos que imploraban compasión y
ser adivinados.
Serafina comprendió; sabía algo, aunque no lo más humillante, de aquella
esclavitud doméstica.
--Dejadle, dejadle salir, tiene que hacer a estas horas, sin falta... no
sé qué, pero es cosa grave; dejadle salir.
Bonis besó con la melancólica y pegajosa mirada a su ídolo, ya que no
podía de otro modo, y enternecido por el agradecimiento, tomó la
escalera....
Los cómicos le dejaron ir, pero miraron a Mochi como preguntándole algo
que él debía adivinar.
Mochi, risueño, tranquilo, retorciéndose el afilado bigote, adivinó en
efecto, y dijo:
--¡Oh, señores, no hay cuidado! Palabra de rey; aquí le conocen y saben
que no hay dinero más seguro que el del Sr. Reyes. Si no ha pagado ahora
mismo, habrá sido por olvido... o por no ofendernos.
--Claro--dijo el barítono--; eso sería limitar el gasto....
--Sí, se conoce que es un caballero.
Todos convinieron en que Bonis pagaría todo el gasto que se hiciera
aquella noche.
En cuanto a Bonifacio, comprendía, muy a su placer, que por el camino se
le iba aliviando la borrachera. Estaba seguro de que aquella buena
acción que había comenzado el fresco de la noche, la llevaría a remate
el miedo que le daba su mujer.
--Sí, estoy tranquilo, debo estar tranquilo; cuando entre en su cuarto,
el instinto de la conservación, llamémoslo así, me hará recuperar el uso
de todas mis facultades, y Emma no conocerá nada. Además, puede que se
haya dormido, y en tal caso hasta mañana no habrá riña por mi tardanza;
y lo que es mañana, ya estaré yo tan limpio de vino como el Corán.
Llegó a casa, abrió con su llavín, encendió una luz, subió de puntillas
y entró en las habitaciones de su mujer. Una triste lamparilla,
escondida entre cristales mates de un blanco rosa, alumbraba desde un
rincón del gabinete; en la alcoba en que dormía Emma, las tinieblas
estaban en mayoría; la poca luz que allí alcanzaba servía sólo para dar
formas disparatadas y formidables a los más inocentes objetos.
Bonis se acercó al lecho a tientas, estirando el cuello, abriendo mucho
los ojos y pisando de un modo particular que él había descubierto para
conseguir que las botas no chillasen, como solían. Esta era una de las
fatalidades a que se creía sujeto por ley de adverso destino; siempre
las suelas de su calzado eran estrepitosas.
Al acercarse a su mujer se le ocurrió recordar al moro de Venecia, de
cuya historia sabía por la ópera de Rossini; sí, él era Otello y su
mujer Desdémona... sólo que al revés, es decir, él venía a ser un
Desdémono y su esposa podía muy bien ser una Otela, que genio para ello
no le faltaba.
Lo principal, por lo pronto, era averiguar si dormía.
Él se lo pidió al Hacedor Supremo con todas las veras de su corazón.
Había pasado un cuarto de hora de la señalada para las últimas friegas
de la noche.
--Por lo menos calla--pensó, cuando ya estaba quieto, porque sus pies
habían tropezado con los de la cama.
Por desgracia, el silencio no era prueba del sueño; es más, aunque
tuviese los ojos cerrados no había prueba; porque muchas veces, por
mortificarle, por castigarle, callaba, así, con los ojos cerrados, y no
respondía aunque la llamase; no respondía a no ser ¡terrible era
pensarlo!, pero ¿cómo negárselo a sí mismo?, a no ser con una bofetada y
un
--¡Toma! ¡Vete a asustar a tu abuela!... ¡Infame, traidor, mal marido,
mal hombre! etcétera, etc.
Todo esto era histórico; ya sabía Bonis que si algún día se le ocurría
escribir sus Memorias, que no las escribiría, ¿para qué?, habría que
omitir lo de las bofetadas, porque en el arte no podían entrar ciertas
tristezas de la realidad excesivamente miserables, y lo que es sus
Memorias, o no serían, o serían artísticas; pero omitiéralas o no, las
bofetadas eran históricas. No habían sido muchas, pero habían sido. Y
más tenía que confesarse, que en rigor, en rigor, no le ofendían mucho;
más quería un cachete, si a mano viene, que una chillería; el ruido lo
último de todo. Además, Emma cuando le insultaba, se repetía; sí, se
repetía cien y cien veces, y aquello le llegaba a marear. Verdad era que
cuando le pegaba se repetía también; bueno, pero no tanto.
Emma tenía los ojos cerrados. Su esposo no se fiaba y le acercó un oído
a la boca. Su respiración tenía el ritmo regular del sueño. Podía ser
fingido. No se sabía si dormía o no. En cuanto a llamarla, hacía tiempo
que había renunciado a semejante prueba. Prefería estar allí, con la
cabeza inclinada sobre el rostro de la supuesta enferma, porque, en todo
caso, constaría que él, Bonis, había cumplido con su deber procurando
indagar si el sueño de su esposa era real o fingido. Si pasaban tres o
cuatro minutos, declaraba a Emma en rebeldía y se retiraba satisfecho
por haber cumplido con su deber. Podía al día siguiente echarle en cara
su abandono, el olvido en que la tenía, etcétera, etc.; pero él estaba
seguro de que se quejaba sin razón, porque se decía: «Si estaba
despierta, demasiado sabe que no falté de mi puesto; si dormía, ¿para
qué necesitó de mí?».
Pasaron los cuatro minutos de espera y Bonis quiso, por lo excepcional
de las circunstancias, prolongar la experiencia.
A los cinco minutos Emma abrió los ojos desmesuradamente, y con una
tranquilidad fría y perezosa, dijo, en una voz apagada que horrorizaba
siempre a Bonis:
--Hueles a polvos de arroz.
En las novelas románticas de aquel tiempo usaban los autores muy a
menudo, en las circunstancias críticas, esta frase expresiva: «¡Un rayo
que hubiera caído a sus pies no le hubiera causado mayor espanto!».
Sin querer, Bonis se dijo a sí mismo muy para sus adentros el
sustancioso símil «un rayo que hubiera caído a mis pies, etc.», y por
una asociación de ideas, añadió por cuenta propia: «¡Mal rayo me parta!
¡Maldita sea mi suerte!».
--Hueles a polvos de arroz--repitió Emma.
Tampoco ahora contestó Bonis en voz alta. Pensó lo siguiente: «En todo
soy desgraciado, hasta la Providencia es injusta conmigo; me castiga
cuando no lo merezco: cien veces habré olido a polvos de arroz, y
nada... y hoy... hoy que no hay de qué... hoy que no lo he...». De
repente, se acordó de Mochi, de su abrazo y de que, en efecto, las
lágrimas de borracho con que le había mojado, le olían a polvos de
arroz. «¡Malditísimo marica!--pensó--; fue él, el sobón del tenor Mochi....
y ahora, ¡qué conflicto!, ¡qué tormenta! Porque ¿quién le dice a esta....
'Mira, sí, huelo a polvos de arroz, pero es porque... me abrazó y me
besó... ¡el tenor de la Compañía italiana!'?».
--Hueles a polvos de arroz--dijo por tercera vez la esposa desvelada.
Y con gran sorpresa del marido, un brazo que salió de entre la ropa del
lecho no se alargó en ademán agresivo, sino que suavemente rodeó la
cabeza de Bonis y la oprimió sin ira. Emma entonces olfateó muy de cerca
sobre el cuello de Reyes, y este llegó a creer que ya no le olía con la
nariz, sino con los dientes. Temió una traición de aquella gata; temió,
así Dios le salvase, un tremendo mordisco sobre la yugular, una sangría
suelta... pero al retroceder con un ligero esfuerzo, sintió sobre la
nuca el peso de dos brazos que le apretaban con tal especie de ahínco,
que no podía confundirse con la violencia ni el dolo malo; y acabó de
entender, con gran sorpresa, de qué se trataba, cuando oyó un gemido
ronco y mimoso, de voluptuosidad soñolienta, imperativa en medio del
abandono, gemido que él conocía perfectamente y cuyo significado no
podía confundirse con nada. Significaba todo aquello el renacimiento de
una iniciativa conyugal largo tiempo abandonada. En la intimidad de las
intimidades no tenía Bonis mando superior al que le había sido conferido
en los demás quehaceres domésticos; de su espontaneidad no se esperaba
ni se admitía cosa alguna. Un rayo que hubiera caído a sus pies... y de
repente se hubiese convertido en lluvia de flores, no hubiera causado
mayor sorpresa al amante de Serafina, que la actitud de su mujer
soñolienta y caprichosa; pero sin andarse en averiguaciones de causas
próximas o remotas, echó sus cuentas Bonifacio, y se dijo en el fuero
interno, sin pararse a examinar la exactitud de la frase, «lo echaremos
todo a barato»; y a la invitación de su hembra hecha por señas
infalibles, que levantaban en el alma nubes melancólicas de recuerdos
que se deslizaban delante de una luna de miel muy hundida en el
firmamento oscuro, contestó con otras señas que fueron estimadas en lo
que valían.