Después que palpó su tesoro, empezó a sentirlo por el peso, peso que le

oprimía dulcemente el pecho. Daba el dinero, aunque pareciera mentira a

un ser tan romántico, daba cierto calorcillo suave. «¡Siete mil reales!»

se decía; y experimentaba consuelo en sus tribulaciones; y sobre todo le

animaba la conciencia de un _valor cívico_ que nacía de la presión de

aquellas onzas... ¡Oh! Es indudable lo que dice el catedrático de

economía y geografía mercantil en la tienda de Cascos: «La riqueza es

una garantía de la independencia de las naciones». Si estos siete mil

reales fueran míos, yo afrontaría con menos miedo mi terrible situación.

Huiría al extranjero; sí, señor, me escaparía... ¡Y si ella me

acompañaba! ¡Oh!... ¡Qué felicidad!... Juntos... en aquel rincón de

Toscana o de Lombardía que ella conoce. Pero ¡ay!, siete mil reales eran

muy pequeña cantidad para compartirla con una dulce compañera. En

realidad, ¡qué pobre había sido él toda la vida! Había vivido de

limosna... y quería ser amante de una gran artista llena de necesidades

de lujo y de fantasía... ¡Miserable!... Se puso colorado recordando

ciertas reticencias maliciosas y alusiones tan embozadas como venenosas

de sus amigos envidiosos. El día anterior, el lechuguino, que en vano

había querido conquistar a la Gorgheggi, había dicho en la tienda de

Cascos:

--Estos señores creen que usted se entiende con la tiple, Sr. Reyes; pero

yo defiendo la virtud de usted... y le ayudo en su campaña para desarmar

la calumnia. Y mi argumento es este: «El Sr. Reyes sabe que una mujer de

estas es muy cara, y él no ha de querer arruinarse y arruinar a su mujer

por una cómica. Y sin regalos, y de los caros, es ridículo obsequiar a

una artista de tales pretensiones. Es usted demasiado discreto».

La verdad era que si hasta la fecha no había necesitado más dinero que

el prestado a Mochi, en adelante, si aquellas _relaciones se

formalizaban_... Sí, era indispensable disponer de cuatro cuartos. Por

muy desinteresada que se quisiera suponer a Serafina, y él la suponía

todo lo desinteresada que puede ser la mujer ideal (el _bello ideal_), era

indudable que si seguían tratándose y crecía la intimidad, llegarían

ocasiones en que alguno de los dos tendría que pagar algo, hacer algunos

gastos... y el ideal no llegaba al punto de exigir que pagase la mujer.

No, tendría que pagar él. Pero ¿con qué? «Con el dinero que tenía en el

bolsillo». Esto le dijo la _voz de la tentación_, pero la voz de la

honradez, antipática por cierto, contestó: «¡Ese dinero no es tuyo!». La

guitarra, que seguía hablando al alma de Bonis, se inclinaba al partido

de la tentación. La música le daba energía y la energía le sugería ideas

de rebelión, deseo ardiente de emanciparse... ¿De qué? ¿De quién? De

todo, de todos; de su mujer, de Nepomuceno, de la _moral corriente_, sí,

de cuanto pudiera ser obstáculo a su pasión. Él tenía una pasión, esto

era evidente. Luego no era rana, por lo menos _tan rana_ como años

seguidos había pensado.

Salió del café en un arranque de actividad que le sugirió también la

energía reciente, y tomó el camino de su casa dispuesto a afrontar la

situación y a no soltar los cuartos por lo pronto. Es claro que él

acabaría por hacer ingresar aquellos siete mil reales _en caja_; pero,

¿cuándo? No corría prisa.

Como en la calle ya no oía la guitarra del mozo del café, se le empezó a

aflojar el ánimo, y sin darse clara cuenta de sus pasos, en vez de

entrar en su casa se encontró en el vestíbulo del teatro. Era hora de

ensayo. Allí estaría Serafina de fijo. Tampoco le desagradó aquel cambio

instintivo de rumbo. Era otra prueba de que estaba muy enamorado.

Siempre había leído que los buenos amantes, en casos análogos, hacían lo

que él, seguir el misterioso imán del amor. ¡Oh!, y lo que él necesitaba

era estar bien seguro de que experimentaba una pasión _fatal_, invencible.

Averiguado esto, todas las consecuencias, fatales también, las reputaba

legítimas.

Ocho días después Bonis no se conocía a sí mismo, y se alegraba: es más,

ni pensaba en conocerse.

Serafina era suya, y él, por supuesto, era de Serafina, hasta donde

podía serlo aquel mísero esclavo de su mujer. Caricias como las de la

italiana-inglesa, Reyes ni las había soñado. «¡Nunca creí que el _placer

físico_ pudiera llegar tan allá!», se decía saboreando a solas, rumiando,

las delicias inauditas de aquellos amores de _artista_. Sí, ella se lo

había asegurado, el amor de los artistas era así, extremoso, loco en la

voluptuosidad; pasaba por una dulcísima pendiente del arrobamiento

ideal, cuasi místico, a la sensualidad desenfrenada....

En fin, él veía visiones; pero ¡qué hermosas, qué sabrosas! Tenía que

confesar que «la parte _animal_, la bestia, el bruto, estaba en él mucho

más desarrollado de lo que había creído». No pensaría Bonis que el

inofensivo flautista que olía a aceite de almendras, tenía dentro de sí

aquel turcazo voluptuoso que se dejaba querer al estilo

artístico-oriental tan ricamente. Y, sin embargo, el alma, el espíritu

puro, velaba, ¡sí, velaba!, y Serafina era la primera en mantener aquel

fuego sagrado de la poesía. «¡Besos con música! El que no sabe lo que es

esto no sabe lo que es bueno. Niego que haya moralista con derecho a

reprenderme por mi pasión, si el tal nunca ha gustado esta delicia,

¡besos con música!...». Pero el mayor encanto, el éxtasis de la dicha,

estaba en otra parte; en la íntima alegría del orgullo satisfecho.

--Serafina me ama, me ama; estoy seguro; llora de placer en mis brazos,

no hay fingimiento, no; en la escena no sabe hacerlo tan bien; me quiere

de veras, le gusto, le gusto como _físico_ y como moral, digámoslo así.

¿Y dónde cabría mayor gloria que gustarle a ella, a la mujer _soñada_, a

la que él amaba como amante y madre y musa en una pieza?

Lo cierto era que la Gorgheggi, corrompida en muy temprana juventud por

Mochi, su maestro y protector, se vengaba de su tirano y de la pícara

suerte, y no sabía de quién más, arrojándose a la mayor torpeza, al

desenfreno loco en los amores temporeros que su infame corruptor y

amante insinuaba, favorecía y explotaba.

Mochi había seducido a su discípula para dominarla; mucho tiempo creyó

tener en ella una gloria futura y una renta de muchos miles de liras,

que pronto se empezarían a cobrar. La corrompió para unirla a su suerte;

después, cuando el desencanto llegó, las frías lecciones de la realidad

le hicieron ver que se había equivocado, que a su hermosa discípula la

faltaba algo y la faltaría siempre para llegar a verdadera estrella....

le faltaba la voz y la flexibilidad suficiente de garganta. Tenía mucho

gusto, sentía infinito, en el timbre había una extraña pastosidad

voluptuosa, que era lo que llamaba Bonis voz de madre; sí, hablaba aquel

timbre de salud, de honradez, de discreción femenina, de dulzura

doméstica; pero... era poca voz para los grandes teatros. Y, además, se

movía poco la garganta: como una virgen demasiado gruesa se parece a una

matrona, la voz de la Gorgheggi tenía, siendo ella aún muy joven, un

_enbonpoint_, decía Mochi, que la quitaba la agilidad, la esbeltez.... En

fin, ello era que, a pesar de estar él seguro de que allí había un

corazón y un talento de gran artista y un timbre originalísimo,

seductor... no teníamos verdadera estrella de primera magnitud. Esta

convicción que adquirió antes Mochi, llegó al cabo a la conciencia de

Serafina; mas fue el secreto mutuo, si vale decirlo así, de que jamás se

hablaba. Fue la tristeza común quien los unió más que su trato amoroso y

sus intereses; pero fue también el origen y causa permanente de ocultos

rencores, de humillaciones viles. Mochi, por amor propio, por vanidad de

hombre de negocios, no quiso dar su brazo a torcer, confesarse que se

había equivocado uniéndose a Serafina para explotarla. ¿No era una gran

artista? Pues era mediana, y era además una mujer muy hermosa, y, más

que hermosa, seductora. Pensando, como en una prueba de habilidad, en

que no se había casado con ella, en que podía separarse de su _negocio_ en

cuanto fuese gravoso, se atrevió a comerciar con su hermosura y él mismo

le puso delante la tentación. Serafina, la primera vez que cayó en ella,

cayó, como tantas otras, seducida por la vanidad, por la lujuria

exaltada de la mujer de teatro, por el interés: su primer amante, a

quien quiso un poco, de quien estuvo muy orgullosa, fue un General

francés, Duque, millonario. La venganza que Mochi se reservó para hacer

pagar a su discípula la infidelidad espontánea, que él mismo había

provocado, pero que le dolía, fue dejarla ver que él lo sabía todo y que

el Duque era su mejor amigo y protector. Los regalos que Serafina

ocultaba no eran la mitad del provecho que de tales relaciones había

sacado la compañía. Siempre sereno, siempre risueño, feroz y cruel en el

fondo, Mochi hizo comprender a su amiga que aquella tolerancia del

maestro continuaría, y que era indispensable para tener nivelados los

presupuestos de la sociedad. Lo que no hacía falta era explicarse

directamente; lo que allí hubiera sido repugnante, según el tenor, era

un pacto explícito; no hacía falta. Además, él continuaba siendo amante

de su discípula, y por rachas le entraba un verdadero amor a que ella

debía corresponder, o fingirlo a lo menos. Pero lo principal era lo

principal, y cuando se presentaba un partido, Mochi se reducía al papel

de marido que no sabe nada; esto ante Serafina; ante el nuevo galán no

era ni más ni menos que para el público, el maestro, _il babbo_ adoptivo.

El segundo devaneo de Serafina, en Milán, ya no fue espontáneo. Aceptó

como aceptaba una contrata en un teatro, porque lo exigía el _otro_,

Mochi. También ella creía de _buen gusto_ guardar las formas; hacía como

que engañaba a su amante y director artístico. Y algo le engañaba,

porque, vengándose a su vez de aquel miserable comercio a que se la

condenaba, daba a entender a Mochi que sólo por interés y obediencia

aceptaba los galanteos provechosos, y que en el fondo sólo a su maestro

quería.

Mochi creía algo de esto. «Sí, ella me quiere ya; y me quiere a mí sólo:

si no fuera así, se escaparía; con los demás finge por interés y por

obedecerme».

Lo cierto era que la Gorgheggi no amaba a su tirano y le había sido

infiel de todo corazón desde la primera vez; pero al verse vendida, le

dolió el orgullo; creía que Mochi estaba loco por ella, y cuando

advirtió que era cómplice de sus extravíos, lo cual demostraba que no

había tal pasión por parte del tenor, se sintió más sola en el mundo,

más desgraciada, y experimentó el despecho de la mujer coqueta que, sin

querer ella, desea que la adoren. Aquel comercio infame la dolía más que

la repugnaba; en su vida de teatro, en la que entró ya seducida,

enamorada del vicio, no había tenido ocasión de adquirir nociones de

dignidad ni de amor puro; aquella mezcla del amor y el interés le

parecía sólo producto de su oficio; que la hermosura tenía que ser el

complemento del arte para ganar la vida, lo admitía, sobre todo desde

que ella misma estuvo convencida de que jamás llegaría a ser _prima donna

assolutissima_ en los grandes teatros.

Pero lo que lastimaba lo que llamaba ella su corazón, era la complicidad

de Mochi. «Yo hubiera hecho lo mismo sola y él hubiera conservado mi

respeto y mi amistad y mis caricias cuando las quisiera, y el provecho

de estas infidelidades mías también se habría repartido. ¿Qué falta

hacía que él se mezclase en esto? No me dice nada, pero me empuja, me

echa en brazos de los que debiera considerar como rivales...».

Y esto era lo que ella quería que él pagase. ¿Cómo? Suponía la Gorgheggi

que aunque él no estuviera ya enamorado, se creía querido todavía; y

engañarle, arrojarse con ardor al vicio, al amor lucrativo; remachar los

besos que vendía, era su venganza.

Eso hacía, sin darse cuenta de que tomaba parte en aquellos furores de

lubricidad con aires de pasión, la lascivia, la corrupción de su

temperamento fuerte, extremoso y de un vigor insano en los extravíos

voluptuosos. Se entregaba a sus amantes con una desfachatez ardiente

que, después, pronto, se transformaba en iniciativa de bacanal, es más,

en un furor infernal que inventaba delirios de fiebre, sueños del hachís

realizados entre las brumas caliginosas de las horribles horas de

arrebato enfermizo, casi epiléptico.

Cuando su cuerpo macizo y bien torneado, suave y palpitante, cayó en los

brazos de Bonifacio Reyes, ya estaba ella un poco cansada de aquella

campaña terrible de _su venganza_, pero todavía sus arrebatos eróticos

eran manjar muy superior al estómago empobrecido por tibias aguas

cocidas del mísero escribiente de D. Diego.

Él estaba pasmado, además de vivir en perpetua embriaguez, casi en

alucinación constante. Creía sentir aquellas caricias sin nombre (él a

lo menos no sabía cómo llamarlas), a todas horas, en todas partes; se le

figuraba estar bañándose todo el día en los besos de Serafina; la veía,

la oía, la olía, la palpaba en todas partes, hasta en el cuarto de Emma,

entre las medicinas y mal olientes intimidades de la esposa enferma y

poco limpia. Le extrañaba a veces que su mujer no conociese que la otra

estaba allí, entre los dos, más cerca de él que ella misma.

«¡Qué mujer!--pensaba el infeliz a cualquier hora, en cualquier parte--.

¡Quién había de imaginar que había mujeres así! ¡Oh!... todo esto es el

arte... sólo una artista puede querer en esta forma tan....

deliciosamente exagerada».

Lo que más picante le parecía, lo que venía a remachar el clavo de la

felicidad, era el contraste de Serafina, quieta, cansada y meditabunda,

con Serafina en el éxtasis amoroso: esta mujer, toda fuego, que asustaba

con sus gritos y sus gestos de furiosa de amor; que hablaba, mientras

acariciaba, con una voz ronca, gutural, que parecía salir de la faringe

sin pasar por la boca, y que decía cosas tan extrañas, palabras que,

aunque pareciera mentira, aún eran excitantes en medio de los hechos más

extremosos de la pasión; esta mujer, diablo de amor, cuando el cansancio

material irremediable sobrevenía y llegaban los momentos de calma

silenciosa, de reposo inerte, tomaba aire, contornos, posturas, gestos,

hasta ambiente de dulce madre joven que se duerme al lado de la cuna de

un hijo. Las últimas caricias de aquellas horas de transportes báquicos,

las caricias que ella hacía soñolienta, parecían arrullos inocentes del

cariño santo, suave, que une al que engendra con el engendrado. Entonces

_la diabla_ se convertía en la mujer de la voz de _madre_, y las lágrimas

de voluptuosidad de Bonis dejaban la corriente a otras de enternecimiento

anafrodítico; se le llenaba el espíritu de recuerdos de la niñez, de

nostalgias del regazo materno.

Cuando, al separarse, ella recomponía su tocado, con ademán tranquilo,

familiar, echaba a la cabeza, en posturas de estatua, sus brazos de

Juno, sonreía con reposada placidez, dejando los rizos de la sonrisa

rodar en su boca y sus mejillas, como la onda amplia de curva suave y

graciosa del mar que se encalma; pensaba, mirando el rostro pálido del

aturdido amante, más muerto que vivo a fuerza de emociones, pensaba en

Mochi y se decía:

--¡Si le dijeran a ese miserable lo dichoso que acaba de ser este pobre

diablo! Todo, todo por venganza. ¡Él cree que este infeliz tiene que

contentarse con desabridas caricias; no sospecha que le estoy matando de

placer y que va a morir entre delicias!

Bonis también creía que aquella vida no era para llegar a viejo; pero, a

pesar de cierto vago temor a ponerse tísico, estaba muy satisfecho de

sus hazañas. Se comparaba con los héroes de las novelas que leía al

acostarse, y en el cuarto de su mujer, mientras velaba; y veía con gran

orgullo que ya podía hombrearse con los autores que inventaban aquellas

maravillas. Siempre había envidiado a los seres _privilegiados_ que, amén

de tener una ardiente imaginación, como él la tenía, saben expresar _sus

ideas_, trasladar al papel todos aquellos sueños en palabras propias,

pintorescas y en intrigas bien hilvanadas e interesantes. Pues ahora, ya

que no sabía escribir novelas, sabía hacerlas, y su existencia era tan

novelesca como la primera. Y buenos sudores le costaba, porque había

ratos en que su apurada situación económica, sus remordimientos y sus

miedos sobre todo, le ponían al borde de lo que él creía ser la locura.

No importaba; la mayor parte del tiempo estaba satisfecho de sí mismo.

Aquella ausencia de facultades expresivas, que según él era lo único que

le faltaba para ser un artista, estaba compensada ahora por la _realidad

de los hechos_; se sentía héroe de novela; no había sabido nunca dar

expresión a lo que era capaz de sentir; mas ahora él mismo, todos sus

actos y aventuras, eran la viva encarnación de las más recónditas y

atrevidas imaginaciones. Y si no, se decía, no había más que repasar su

existencia, fijarse en los contrastes que ofrecía, en los riesgos a que

le arrastraba su pasión y en la calidad y cantidad de esta. Emma, cada

día más aprensiva y más irascible, exigente y caprichosa, había llegado

a complicar el tratamiento de sus enfermedades reales e imaginarias

hasta el punto de que, el mismo Bonifacio, a pesar de su gran retentiva

y experiencia, había necesitado recurrir a un libro de memorias en que

apuntaba las medicinas, cantidades de las tomas y horas de

administrarlas, con otros muchos pormenores de su incumbencia. Como la

enferma no estaba muy segura de padecer todos los males de que se

quejaba, temerosa muchas veces de que las pócimas recetadas no fuesen

necesarias dentro del estómago y acaso sí perjudiciales, prefería por

regla general el _uso externo_, con lo cual se aumentaban las fatigas del

cónyuge curandero, porque todo se volvía untar y frotar el cuerpo

delgaducho y quebradizo, quejumbroso y desvencijado, de su media naranja

o medio limón, como él la llamaba para sus adentros; porque los

desahogos de Bonis eran de uso interno, al contrario de lo que sucedía

con las medicinas de su mujer. Pulgada a pulgada creía conocer el

antiguo escribiente la superficie de aquel asendereado cuerpo de su

mujer, donde él daba friegas con fuerza y con delicadeza a un tiempo,

según lo exigía la paciente, esparcía ungüento con justicia

distributiva, amoroso tacto, pulcritud y suavidad; así como en la región

del pecho, y en la espalda y sobre el hígado había pasado un pincel

impregnado de yodo. Antojábasele aquel mísero conjunto de huesos y

pellejo y de importunas turgencias, edificio ruinoso que el dueño

defiende contra la piqueta municipal a fuerza de revoques de cal y manos

de pintura y recomposición de tejas. «¡Ay!, en vano la retejo, y la

unto, y la froto, y la pinto; esta mujer mía hace agua por todas partes,

y el viento de la ira entra en ella por mil agujeros; esta destartalada

máquina, inútil para mí, en cuanto legítimo esposo, sirve sólo, y

servirá tal vez muchos años, para albergue del espíritu sutil de la

discordia y de la contradicción: poca materia necesita el ángel malo

para encaramarse en ella como un buitre en una horca, un búho en un

torreón escueto y abandonado, y desde su miserable guarida hacerme cruda

guerra».

Lo cierto era que Bonis exageraba, lo mismo que en el lenguaje, en los

achaques de su mujer. Emma, que había estado en peligro de muerte meses

antes, poco a poco se reponía, y la nueva energía que iba adquiriendo

empleábala en inventar más exigencias, más achaques y en procurarse

unturas que no la comprometían a estar enferma de verdad, y en cambio

habían llegado a ser para ella una segunda naturaleza; no se sentía bien

sin grasa alrededor del cuerpo, sin algodón en rama aplicado a cualquier

miembro; y en cuanto al resquemillo del yodo y a las cosquillas del

pincel, habían llegado a ser uno de sus mejores entretenimientos. Todo

ello servía para multiplicar los trabajos de Reyes, su responsabilidad y

alarde de paciencia. Aquella resignación de su marido llegó a ser tan

extremada, que a Emma acabó por parecerle cosa sobrenatural y diole mala

espina. No sabía por qué le olía mal aquella sumisión absoluta; tiempo

atrás, antes de sufrir las últimas humillaciones, protestaba tímidamente

por medio de observaciones respetuosas; pero ahora, ni eso: callaba y

untaba. A un insulto, a una provocación, respondía con una obra de

caridad de las que inmortalizaban a un santo; allí hacía falta, no sólo

el sacrificio del corazón, sino el del estómago, pues todo se

sacrificaba. Bonis no tenía ni amor propio ni náuseas; el olfato parecía

haber desaparecido con el sentimiento de la propia dignidad. ¿Qué era

aquello? Lo que antes era para la esposa autocrática la única gracia de

su marido, ahora comenzaba a convertirse en motivo de sospechas, de

cavilaciones. ¿Por qué calla tanto? ¿Por qué obedece tan ciegamente? ¿Es

que me desprecia? ¿Es que encuentra compensación en otra parte a estos

malos ratos? Un día Emma, a gatas sobre su lecho, se recreaba sintiendo

pasar la mano suave y solícita de su marido sobre la espalda untada y

frotada, como si se tratase de restaurar aquel torso miserable sacándole

barniz. «¡Más, más!», gritaba ella, frunciendo las cejas y apretando los

labios, gozando, aunque fingía dolores, una extraña voluptuosidad que

ella sola podía comprender.

Bonis, sudando gotas como puños, frotaba, frotaba incansable, con una

sonrisa poco menos que seráfica clavada en el apacible rostro: sus ojos,

azules y claros, muy abiertos, sonreían también a dulces imágenes y a

deleitosos recuerdos. En vano Emma refunfuñaba, se quejaba, le increpaba

y con palabras crueles le ofendía; no la oía siquiera; cumplía su deber

y andando.

Volvió ella la cabeza hacia arriba, y al ver la expresión de beatitud de

aquella cara, quedose pasmada ante semejante alarde de paciencia y

humildad absoluta.

--A este algo le pasa, algo muy raro.... Parece más tonto que de

costumbre, y al mismo tiempo en esa cara hay una expresión que yo no he

visto nunca.

--¿Sabes que andas distraído, joven?

Aquel joven era la tremenda ironía de la mujer que, viéndose mustia y

enfermiza, recordaba al tierno esposo que él envejecía, gracias, no sólo

a los años, sino también a los disgustos de aquella servidumbre

conyugal.

El joven no contestaba cosa de sustancia y entonces ella le miraba de

hito en hito, y daba vueltas alrededor de él, para ver si por algún lado

estaba abierto y se le veía el secreto que debía de tener entre pecho y

espalda. Después le olfateaba. Le daba el corazón que por el olfato

habían de empezar los descubrimientos... ¿A qué olía aquel hombre? Olía

a ella, a los ungüentos con que la frotaba, al espliego y alcanfor de su

jurisdicción ordinaria. «Habrá que olerle cuando venga de fuera, de la

calle». Y le despachó, como casi siempre, con cajas destempladas.

Emma dormía mucho, y aun despierta tenía necesidad de estar

completamente sola muchas horas, porque además de las intimidades a que

podía y debía asistir Bonifacio, había otras más recónditas que no podía

presenciar ni el marido; eran unas las del tocador, secreto de secretos,

y otras misteriosas manías de cuya existencia no quería ella que supiese

nadie. Añádase a esto que había conservado la mala costumbre de soñar

despierta horas y horas en su lecho, antes de levantarse, y en tales

deliquios de la pereza, así como en las frecuentes rachas de murria,

Emma no toleraba la presencia de ningún semejante. Por todo lo cual,

Bonis, a pesar de la estricta sujeción de sus tareas de marido

enfermero, tenía por suyo mucho tiempo; el caso era ser exacto a las

horas de servicio; de las demás no pedía cuentas el tirano. Todas las

que, tiempo atrás, vivía Reyes olvidado por el mundo entero, sin tener

que dar noticia de su empleo a nadie, a fuerza de ser él persona

insignificante, ahora las dedicaba, siempre que había modo, a su amor.

Veía a Serafina en el teatro, en la posada y en los largos paseos que

daban juntos por parajes muy retirados o lejos de la ciudad.

Aquel día, después de lavarse bien con esponjas grandes y finas, género

de limpieza que había aprendido observando a la Gorgheggi en su tocador,

salió saltando las escaleras de dos en dos.

Y se decía: «¿Qué me importa ser aquí esclavo y oler a botica que

apesto, si en otra parte soy dueño del más hermoso imperio, árbitro de

la voluntad más digna de ser rendida, y me aguarda lecho de rosas y de

aromas, que no sé si serán orientales, pero que enloquecen?».

Su único hijo · 第 5 / 21 段