--Paciencia, señor mío, paciencia. El principio viene después. Todo esto

lo digo para tranquilidad de mi conciencia. He consultado al chico de

Bernueces, que es boticario y abogado... sin precisar el caso, por

supuesto... y, la verdad, me decido a entregarle a usted los cuartos sin

escrúpulos de conciencia.... Sí, usted, el marido, es la persona legal y

moralmente determinada, eso es, para recibir esta cantidad....

--¡Una cantidad!

--Sí, señor, siete mil reales.

Y el cura metió una mano en el bolsillo interior de su larga y mugrienta

levita de alpaca, y sacó de aquella cueva que olía a tabaco, entre migas

de pan y colillas de cigarros, un cucurucho que debía de contener onzas

de oro.

Bonifacio se puso en pie, y sin darse cuenta de lo que hacía, alargó la

mano hacia el cucurucho.

El cura se sonrió y entregó el paquete sin extrañar aquel movimiento

involuntario del marido de la doña Emma, que recibía onzas de oro sin

saber por qué se le daban.

Mas Bonifacio volvió en sí y exclamó:

--Pero ¿a santo de qué me trae usted... esto?...

--Son siete mil reales....

--¿Pero de qué? Yo no soy... quien....

Iba a decir que el que allí corría con las cuentas de todo era D. Juan

Nepomuceno; pero se contuvo, porque solía darle vergüenza que los

extraños conocieran esta abdicación de sus derechos.

--¿Esto será alguna deuda antigua?--dijo por fin.

--No señor... y sí señor. Me explicaré...

--Sí, hombre, acabemos.

--Estos siete mil reales... proceden... de una restitución... sí, señor;

una restitución hecha en el secreto de la confesión... _in articulo

mortis_... La persona que devuelve esos siete mil reales a los herederos,

a la única y universal heredera de D. Diego Valcárcel, esa persona ¿me

comprende usted?, no quiso irse al otro mundo con el cargo de conciencia

de esa cantidad... que debía... y que no debía... es decir... yo... no

puedo tampoco hablar más claro... porque... la confesión, ya ve usted,

es una cosa muy delicada....

--Sí que es--exclamó Bonifacio, que se había puesto muy pálido y estaba

pensando en lo que el cura de la montaña ni remotamente podía sospechar.

--Sin embargo, yo... no debo... así, en absoluto... omitir las

circunstancias que explican, en cierto modo, la cosa. Esto, me dije yo a

mí mismo, es indispensable para que los herederos, o la heredera, o

quien haga sus veces, admitan sin reparo esta cantidad, con la

conciencia tranquila de quien toma lo que es suyo. Pues, sí, señores, de

ustedes es... ya lo creo.... Verá usted; es el caso que... aquí hay que

omitir determinadas indicaciones que no favorecen la memoria de....

--Del difunto.

--¿De qué difunto?

--Del que restituye....

--No señor; del difunto... de otro difunto. No me tire usted de la

lengua, eso no está bien.

--No, si yo no tiro... ¡Dios me libre! Ello será que la casa Valcárcel

prestó este dinero sin garantías... y ahora....

El cura estaba diciendo que no con la cabeza desde que Bonifacio había

dicho _casa_.

--No, señor; no fue préstamo, fue donación _inter vivos_.

--¿Y entonces?

--Entonces... no me tire usted de la lengua. He dicho ya que la cosa no

era favorable a la memoria del difunto.... X, llamémosle X, que en paz

descanse. Bueno, pues no me he explicado bien: es favorable y no es

favorable, porque en rigor... él es inocente, en este caso concreto a lo

menos; y además, aunque no lo fuera... el que rompe paga... y él quería

pagar... sólo que no había roto... ¿Me explico?

--No, señor; pero no importa. No se moleste usted.

Al cura empezaba a parecerle un majadero el marido de la doña Emma

Valcárcel.

--¿Usted conoció... trató al difunto.... Don Diego?

--Sí, señor; como que era mi suegro... quiero decir, mi principal.

--¿Si estará loco, o será tonto este señorito?--pensó el clérigo.

De repente se le ocurrió una idea feliz.

--Oiga usted--exclamó--. Ahora se me ocurre explicárselo a usted todo

mediante un símil... y de este modo... ¿eh?, se lo digo... y no se lo

digo, ¿me entiende usted?

--Vamos a ver--dijo Bonifacio, que apenas oía, porque estaba manteniendo

una lucha terrible con su conciencia.

--Figurémonos que usted es cazador... y va y pasa por una heredad mía;

supongamos que soy yo el otro; bueno, pues usted ve dentro de mi heredad

un ciervo, un jabalí... lo que usted quiera, una liebre....

--Una liebre--dijo Reyes maquinalmente.

--Va, y ¡pum!...

El fogonazo, remedado con mucha propiedad por el cura, hizo dar un salto

a Bonis, que estaba muy nervioso.

--Dispara usted su escopeta y me...; no, no conviene que sea liebre; es

mejor caza mayor para mi caso; y cae lo que usted cree robezo o

ciervo...; pero no hay tal ciervo ni robezo, sino que ha matado usted

una vaca mía que pastaba tranquilamente en el prado. ¿Qué hace usted? En

mi ejemplo, en mi caso, pagarme la vaca por medio de una donación inter

vivos... importante siete mil reales. Yo me guardo los siete mil reales

y el chico, digo, la vaca. Pero ahora viene lo mejor, y es que usted no

ha sido el matador. El tiro no dio en el blanco, el tiro de usted se fue

allá, por las nubes.... Sólo que antes que usted, mucho antes, otro

cazador, escondido, había disparado también... y ese fue el que mató la

res, y se quedó con ella y con los siete mil reales de usted. Pasa

tiempo, muere usted, es un decir, y muere también el otro; pero antes de

morir se arrepiente de la trampa, y quiere devolver a los herederos de

usted el dinero que, en rigor, no es suyo, aunque usted se lo ha dado....

_inter vivos_. (El cura daba gran importancia a este latín, sin el cual no

creía bien explicada la idea de la donación.) ¿Eh, qué tal, me ha

comprendido usted?

Ni palabra. Bonifacio no comprendió que se trataba de uno de aquellos

agujeros de honor que D. Diego había tapado con dinero. En este caso

concreto, como decía el cura, la lesión de honra no existía, o, por lo

menos, no era D. Diego el causante, y se le había hecho pagar lo que no

debía. La persona que había lucrado, gracias a la asustadiza conciencia

del jurisconsulto, siempre temeroso del escándalo, restituía a la hora

de la muerte, por miedo del infierno probablemente.

El cura creyó suficientes sus explicaciones; y, muy satisfecho del

símil, cuya exposición le había hecho sudar, se limpiaba el cogote con

su pañuelo verde con rayas blancas, sin cuidarse ya de que aquel

caballero, que parecía tonto, hubiese comprendido o no.... El secreto de

la confesión y la buena memoria de D. Diego no le permitían a él ser más

largo ni más explícito.

Habló más, pero sin nueva sustancia; insistió mucho en que aquello debía

quedar allí, y arrancó a Bonifacio la palabra de honor de que sólo él y

su señora, si él lo creía decente, debían enterarse de lo sucedido.

--Nadie más. Ya ve usted, es delicado... y los maliciosos, sobre todo

allá en el pueblo, si saben que yo vine... y entregué... enseguida caen

en la cuenta. Mucho sigilo pues. Además, la misma señorita... quiero

decir, la señora de usted, debe saber lo menos posible; podría

cavilar... y las mujeres, sobre todo las casadas, las cazan al vuelo, y

podría comprenderlo todo. «Mejor que tú, por lo que veo»; añadió para

sí.

Y salió el señor cura de la montaña satisfecho de sí mismo, confiado en

la palabra de honor de aquel señor soso y casi tonto, que, a pesar de

todo, tenía cara de honrado y de persona formal.

--Se puede ser fiel a la palabra y tener pocos alcances, se decía el

clérigo bajando la escalera.

A Bonifacio se le había ocurrido, ante todo, ver en aquello que él

llamaba casualidad la mano de la Providencia. Pero acto continuo añadió

para sí: «La mano de la providencia... del diablo». Porque lo primero

que pensó hacer de aquel dinero que le venía llovido del... infierno,

fue llevárselo a D. Benito el Mayor, para tapar aquel antro horrible de

la deuda, aquel agujero negro, por donde se escapaban las furias del

Averno (estilo Bonifacio), gritándole: «Infame, adúltero, ¿qué has hecho

de la fortuna de tu mujer?». En vano la razón decía: «Ni tú has sido

adúltero hasta la fecha, a no ser por palabra de presente, ni la fortuna

de tu mujer está comprometida por ese préstamo de seis mil reales, aun

suponiendo que los pagase ella». No importaba; los remordimientos, o,

más bien el miedo que tenía a Emma y a D. Juan Nepomuceno, no le habían

dejado dormir aquella noche. Lo que él llamaba ser adúltero quedaba en

segundo lugar; alambicando mucho, a fuerza de sofismas, tal vez

encontraría medio de disculpar a sus propios ojos aquel amor

ilegítimo... pero lo del dinero no admitía excusas; él había pedido seis

mil reales a un prestamista, abusando del crédito de su mujer. Esto era

inicuo... y lo que era peor, muy expuesto a una tragedia doméstica. La

imaginación, _la loca de la casa_, le ponía delante el cuadro aterrador:

«Emma saltaba de la cama con su gorro de dormir, pálida, huesuda,

echando fuego por los ojos y avanzaba en silencio hacia él, estrujando

en la mano temblorosa un recibo que D. Juan Nepomuceno acababa de

entregarle, impasible, como siempre, envuelto en la dignidad de sus

patillas. ¡Lo sabía todo! Lo de los cincuenta duros, lo de los seis mil

reales y lo del paseo por la noche... ¡Entre el sereno y Nepomuceno la

habían puesto al cabo de la calle! ¡Qué horror! ¡Adónde puede llegar la

fantasía!», pensaba Bonifacio temblando de pies a cabeza. Por fortuna

aquello no era más que un cuadro imaginado.... Pero la realidad podría

llegar a parecérsele. Y aquel señor cura se le presentaba con siete mil

reales, que él, Bonifacio, podría gastar en lo que quisiera, sin que

persona nacida lo estorbase ni lo supiese. Es más, el secreto era allí

lo principal. Y ¿cómo guardar el secreto haciendo ingresar aquellos

miles en lo que llamaba D. Juan Nepomuceno la _caja_? Ni el cura ni el que

restituía, honrado penitente, sabían que él, Bonis, allí no tocaba pito,

ni administraba, a pesar de lo que disponían ciertas leyes recopiladas,

según le habían asegurado; él, pese a todas las leyes del mundo, no

disponía de un cuarto, y sólo servía para firmar como en un barbecho

cuantos papeles le presentaba el de las patillas. Pues bien; siendo así,

¿cómo incorporar aquel dinero al caudal de su mujer sin que nadie se

enterase? Imposible. Por este lado la conciencia le decía: «Haz de tu

capa un sayo». Pero emplear aquellos cuartos en su provecho, ¿no era

robar a su mujer? Sí y no. No, porque con ellos iba a tapar una brecha

abierta al crédito de la casa Valcárcel. Ya se sabía que él no tenía un

cuarto, ni de dónde le viniera, y que D. Benito el Mayor había prestado

fiándose del capital de Emma; más era; el mismo Bonifacio reconocía que

en su fuero interno siempre había pensado en pagar con dinero de su

mujer, aunque le asustaba pensar en el cómo y cuándo. Por este lado no

era robar lo que quería hacer. Por otra parte, sí era robar; porque....

porque aquello era... un robo, un fraude o como se dijera, pero ello era

robar.

Satisfecho de sí mismo hasta cierto punto, en medio de aquella

desolación moral, contemplaba la rectitud de su alma, que rechazaba

sofismas vanos y gritaba: «¡_robar, robar_!». Lo cual no impidió que Bonis

se lavase y vistiera lo más de prisa que pudo y saliese de casa sin ser

visto ni oído, con ánimo de estar de vuelta antes que Emma despertase.

«Estas cosas hay que hacerlas así, iba pensando por la calle. Si vacilo,

si me estoy días y días dándome jaqueca con la idea de que esto es un

crimen... a lo mejor viene el trueno gordo, D. Benito se cansa de

esperar, Nepomuceno se entera del caso y... primero morir; cien veces la

muerte y el infierno. A pagar, a pagar. ¿No quería secreto el señor

cura? Pues ya verá qué secreto. Y soy un ladrón, no cabe duda, un

ladrón.... Sí, pero ladrón por amor». Esta _frase interior_ también le

satisfizo y tranquilizó un poco. «¡Ladrón por amor!». Estaba muy bien

pensado. Llegó al portal de la casa del escribano. «¿Subiría? Sí; en

último caso, si lo que iba a hacer era un verdadero delito, su honradez

heredada, la fuerza de la sangre, limpia de todo crimen, el instinto del

bien obrar, _en suma_, le impedirían llevar a cabo lo que intentaba. Se le

trabaría la lengua o se le doblarían las piernas, como en recientes

aventuras de otra índole; si nada de esto le sucedía, no debía de haber

tal crimen ni tales alforjas».

D. Benito estaba en pie en medio de su despacho oscuro, de techo bajo;

estaba rodeado de escribientes que trabajaban en vetustos escritorios

forrados de muletón verde. Los libros del protocolo, macizos y graves,

de lomo pardo, estaban allí, con la solemnidad misteriosa que tal pavor

supersticioso infundía en el alma romántica y nada jurisperita de Bonis.

El notario se acercó a su amigo el Sr. Reyes y le frotó las orejas con

ambas manos como para entrar en calor. Fingimiento inverosímil, pues

estaba la atmósfera que ardía, según el otro.

--¿Qué hay, perillán? ¿A qué viene usted aquí? ¿A robarme tiempo, eh?

Pues me lo pagará usted en dinero, porque el tiempo es oro. Y se reía D.

Benito, encantado con su propia gracia.

--Sr. García, quisiera hablar con usted dos palabras....

Bonifacio hizo un gesto que pedía una entrevista a solas.

D. Benito, cogiendo al deudor por las solapas del gabán, le llevó tras

de sí a un gabinete contiguo, cuyas paredes estaban ocultas también por

estantes, continuación del protocolo. Allí estaban los libros de siglos

pasados. «¡Dios mío, pensaba sin querer Bonis, bien antiguos son estos

líos del papel sellado y las triquiñuelas de los escribanos!». Sin saber

por qué, se acordó de haber oído describir las bodegas de Jerez y las

soleras de fecha remota, que ostentaban en la panza su antigüedad

sagrada. «¡Qué diferencia, pensó, entre aquello y esto!».

D. Benito le volvió a la realidad.

--Vamos a ver, señor mío, desembuche usted....

«Solos estamos los dos,

solos delante del cielo...».

¡Je, je!...

El notario, después de declamar aquellos dos versos de una comedia de

aficionados, muchas veces representada en el pueblo porque era de

_hombres solos_, dio una palmadita en el vientre a Reyes; y de pronto se

quedó muy serio, muy serio, sin decir palabra, como dando a entender:

«Soy todo oídos; basta de chistes; aquí tiene usted al representante de

la fe pública, o al prestamista sin entrañas, lo que usted quiera».

--Sr. García, vengo a pagar a usted aquel piquillo....

--¿Qué piquillo?

--Los seis mil reales que usted tuvo la amabilidad....

--¿Qué amabilidad?, quiero decir, ¿qué seis mil reales?... Usted no me

debe nada.

--¡Qué bromista es usted!--dijo Bonis, que más estaba para recibir los

Santos Sacramentos que para chistes.

Y se dejó caer en una silla y empezó a contar onzas sobre una mesa.

Aquel dinero le quemaba los dedos, pensaba él, o debía quemárselos. La

verdad era que la operación material de contar el dinero la hizo con

bastante tranquilidad, muy atento sólo a no equivocarse, como solía;

porque el reducir aquello a miles de reales, le parecía cálculo superior

a sus fuerzas ordinarias.

D. Benito le dejaba hacer, estupefacto, o tal vez por el gusto de

_amateur_. Era indudable que el espectáculo del oro le quitaba siempre la

gana de bromear. Fuese por lo que fuese, la presencia del dinero siempre

era cosa muy seria.

--Aquí están los seis mil; cámbieme usted esta....

--Pero...--a D. Benito se le atragantó algo muy serio también--; pero....

¿qué está usted haciendo ahí, criatura?... ¿No le digo... a usted que....

ya no me debe nada?

--Sr. García... celebraría estar de buen humor para poder seguírselo a

usted....

--¡Señor diablo!, le digo a usted que ayer mismo _me he reintegrado_ de esa

cantidad insignificante.

--¿Ayer?... usted... ¿quién?...

Lo que tenía atravesado en la garganta el escribano había saltado sin

duda al gaznate de Reyes, porque el infeliz se atragantó también.

--A ver, D. Benito, explíquese usted... ¡por los clavos de Cristo!...

--Muy sencillo, amigo mío. Ayer de tarde, en el Casino, D. Juan

Nepomuceno, su tío de usted....

--No es mi tío....

--Bueno... su....

--Bien, adelante; el tío... ¿qué?

--Pero hijo, ¿qué le pasa a usted? Está usted palidísimo, le va a dar

algo, ¿será el calor? Abriré aquí...

--No abra usted... hable, hable; el tío... ¿qué?

--Pues nada; que hablando de negocios, vinimos a parar en las

probabilidades del resultado de esa industria que van a montar ustedes

con el dinero de las últimas enajenaciones.

--¿Una industria? Que vamos a montar... ¿nosotros?...

--Sí, hombre, la fábrica de productos químicos.

--¡Ah!, sí, bien; ¿y qué?

Bonifacio había oído en casa, a los parientes de su mujer, algo de

productos químicos, pero no sabía nada concreto.

--¡Al grano!--dijo más muerto que vivo.

--Yo... con la mayor inocencia del mundo, le pregunté a su señor....

pariente si el dinero que usted acababa de tomar, honrándome con su

confianza, era para los gastos primeros... para algún ensayo; para

muestras de... qué sé yo...; en fin, que se me había metido en la cabeza

que era para la fábrica. D. Juan... me miró con aquellos ojazos que

usted sabe que tiene. Tardó en contestarme; noté eso, que tardaba en

hablar. En fin, encogiendo los hombros, me dijo: «Sí, efectivamente,

para gastos preliminares, de preparación... pero tengo orden, ahora que

me acuerdo, de pagar a usted inmediatamente ese dinero». Yo, la verdad,

extrañaba que haciendo tan pocas horas que usted había recogido los

cuartos... pero a mí, ¿quién me metía en averiguaciones?, ¿no es eso? En

fin, que nos citamos para esta su casa a las diez de la noche, y a las

diez y cuarto estaba aquí D. Juan Nepomuceno con seis mil reales en

plata. Esta es la historia.

¡Aquella era la historia!, pensó Reyes desde el abismo de su postración.

Estaba aturdido, se sentía aniquilado. El tío lo sabía todo... y ¡había

pagado! ¿Y Emma? Al acordarse de su mujer experimentó aquella ausencia

de las piernas, sensación insoportable que nunca faltaba en los grandes

apuros.

Callaban los dos. El notario comprendió que allí había gato encerrado;

«algún misterio de familia», pensaba él. Pero como había cobrado su

dinero, de lo que estaba muy contento, como se había _reintegrado_, sabía

contener su curiosidad, que dejaba paso a la más exquisita prudencia.

Allá ellos, se decía, y seguía callando.

Rompió el silencio Bonis, diciendo con voz sepulcral:

--Si usted hiciera el favor de mandar que me sirvieran un vaso de agua.

--Con mil amores.

Una maritornes sucia y muy gorda presentó el agua con un panal de azúcar

cruzado sobre el vaso.

--Gracias; sin azúcar. Nunca tomo azúcar en el agua. Gracias.

Esto lo decía Bonis con los ojos estúpidos clavados en el rostro risueño

y soez de la moza; lo decía con una voz y un tono como los que emplean

los cómicos al despedirse del pícaro mundo al final de un tercer acto,

cuando están con el alma en la boca y un puñal en las entrañas.

El agua le calmó y dio cierta fuerza. Pudo levantarse y despedirse. No

pensó en dar explicaciones ni disculpas. Su silencio era muy ridículo,

es claro. ¿Qué estaría pensando aquel señor? Lo menos, que él estaba

loco. Bien, ¿y qué? Valiente cosa le importaba en aquel momento a Bonis

que se riera de él el mundo entero. ¡Nepomuceno había pagado los seis

mil reales! Esto, esto era lo terrible. ¿Volvería a casa? ¿Se escaparía?

Viéndole tan conmovido, D. Benito, el Mayor, no quiso hablar una palabra

más sobre el asunto misterioso; sin tirarle de las orejas ni andarse con

cuchufletas, le despidió muy serio, con rostro compungido como

acompañándole en una desgracia tan respetable cuanto desconocida para

él; y después de conducirle hasta el primer tramo de la escalera, se

volvió a su despacho. Sólo entonces se le ocurrió esta diabólica idea:

--Aquí hay gato, es claro; a mí no me importa; pero si... es una

hipótesis, si hubiera podido haber un medio... así... verosímil....

legal... de... de cobrar yo mis seis mil reales, al tío primero, y

después otros seis mil al sobrino.... Disparate, absurdo; corriente; pero

hubiera tenido gracia.

Y dando un patético suspiro, se frotó las manos; y renunciando al ideal

de cobrar dos veces, no pensó más en aquello y volvió a sus negocios.

En cuanto a Reyes, al llegar al portal, donde trabajaba y comía un

zapatero de viejo, tuvo varias ideas y un desmayo. Las ideas fueron las

siguientes: «Ese farsante de ahí arriba me ha engañado, he debido tener

valor para acogotarle, o, por lo menos, para decirle cuántas son cinco.

Miente como un bellaco; el tío Nepomuceno ha pagado porque este traidor

no se fiaba de mí; me conoció en la cara que yo no podía sacar de

ninguna parte seis mil reales y se fue al otro... y cantó... Verdad es

que yo no le había encargado el secreto. Pero se suponía que lo

necesitaba; debía de conocérseme en la cara; y a él acudí por su fama de

discreto, de hombre de mucho sigilo.... Voy a volver arriba a matarle,

exprofeso...».

Y cuando pensaba en esto, fue cuando sintió absoluta necesidad de

dejarse caer. Cayó sentado en el portal y se le fue la cabeza. El

zapatero acudió en su auxilio. Cuando volvió en sí Reyes, sintió, como

la noche anterior, que le regaban la cara con agua fresca. Y medio

delirando, dijo:

--Gracias... sola, sin azúcar.

-VII-

Dio expresivas muestras de gratitud al zapatero, que se ofreció a

acompañarle a su casa y salió, sacando fuerzas de flaqueza, a paso

largo, sin saber adónde iba. «Yo debía tirarme al río», se dijo. Pero

enseguida reflexionó que ni por aquella ciudad pasaba río alguno, ni él

tenía vocación de suicida. Pasó junto al café de la Oliva, donde solía

tomar Jerez con bizcochos algunos domingos, al volver de misa mayor, y

el deseo de un albergue amigo le penetró el alma. Entró, subió al primer

piso, que era donde se servía a los parroquianos. Se sentó en un rincón

oscuro. No había consumidores. El mozo de aquella sala, que estaba

afinando una guitarra, dejó el instrumento, limpió la mesa de Reyes y le

preguntó si quería el Jerez y los bizcochos.

--¡Qué bizcochos!, no, amigo mío. _Botillería_, eso tomaría yo de buena

gana. Tengo el gaznate hecho brasas....

El mozo sonrió compadeciendo la ignorancia del señorito. ¡_Botillería_ a

aquellas horas!

--Ya ve usted... _botillería_ a estas horas....

--Es verdad... es un... anacronismo. Además, el helado por la mañana hace

daño. Tráeme un vaso de agua... y échale un poco de zarzaparrilla.

Debe advertirse que Bonifacio y el mozo, al hablar de _botillería_,

estaban pensando en el helado de fresa que allí, en el café de la Oliva,

se hacía mejor que en el cielo, en opinión de todo el pueblo.

Servido Reyes, el mozo volvió a su guitarra, y después de templarla a su

gusto, la emprendió con la marcha fúnebre de Luis XVI.

Al principio Bonis saboreaba la zarzaparrilla inocente sin oír siquiera

la música. Pero la vocación es la vocación. Al poco rato «su espíritu se

fue identificando con la guitarra». La guitarra, para Bonis, era a los

instrumentos de música lo que el gato a los animales domésticos.... El

gato era el amigo más discreto, más dulce, más perezosamente mimoso....

la guitarra le acariciaba el alma con la suavidad de la piel de gato,

que se deja rascar el lomo.

Las trompetas y tambores que imitaban las cuerdas, ya tirantes, ya

flojas, le hicieron a Reyes _ponerse en el caso_ del rey mártir; y se

acordó de la frase del confesor: «Nieto de San Luis, sube al cielo». Lo

había leído en Thiers en la traducción de Miñano. Muy a su placer se

sintió enternecido. Sabía él que sólo el sentimentalismo podía darle la

energía suficiente, o poco menos, para afrontar su «terrible» situación

cara a cara con _todos los suyos_, o, mejor dicho, _todos los de su mujer_.

Sí, era preciso armarse de valor, ir al suplicio con el espíritu firme

del desgraciado rey mártir. Para él era el suplicio la presencia de Emma

y de Nepomuceno.

El guitarrista dejó a Luis XVI en el panteón, y saltó a la jota

aragonesa.

Se lo agradeció Bonis, porque aquello edificaba; era el himno del valor

patrio. Pues bien, lo tendría, no patrio, sino cívico... o familiar... o

como fuese; tendría valor. ¿Por qué no? Es más, pensó que su pasión, su

gran pasión, era tan respetable y digna de defensa como la independencia

de los pueblos. Moriría al pie del cañón, a los pies de su tiple, sobre

los escombros de su pasión, de su Zaragoza....

--No disparatemos, seamos positivos--se dijo.

Y se llevó las manos a los bolsillos con gesto de impaciente

incertidumbre... ¿Si habría dejado aquellas onzas en casa del infame?...

No... estaban allí, en el bolsillo interior del gabán... ¡lo que era el

instinto! No recordaba cómo ni cuándo las había recogido y envuelto otra

vez en su cucurucho.

Su único hijo · 第 4 / 21 段