amabilidad de Serafina Gorgheggi. Por un privilegio, de que gozaban muy
pocos, a Bonifacio le consentía el empresario permanecer entre
bastidores durante la función. Solía colocarse el buen flautista muy
oportunamente, pero como al descuido, en las entradas y salidas por
donde él sabía, gracias a los ensayos y al traspunte, que tenía que
pasar la tiple. Serafina siempre se inmutaba al entrar en escena; él la
animaba con una sonrisa que ella parecía agradecerle con los ojos,
cariñosos, _maternales_, como pensaba el marido de Emma. Cuando salía de
la escena entre aplausos, por pocos que fueran, veía a Reyes que batía
palmas entusiasmado; entonces sonreía ella, inclinaba la cabeza
saludando y pasaba discretamente cerca del infeliz enamorado. ¡Qué
perfume el que dejaba tras de sí aquella mujer! Era un perfume
espiritual, según él; no se olía con las groseras narices, sino con el
alma.
Aquella noche, la correspondiente al día del préstamo, Serafina tuvo una
ovación en el segundo acto, y salió de la escena por la puerta lateral
de una decoración cerrada de modo que los bastidores dejaban en una
especie de vestíbulo, cerrado también por todos lados, a Bonifacio, que
aguardaba allí como solía; para salir de aquella garita de lienzo, había
que levantar un cortinón pesado, que se usaba para el foro en otras
decoraciones. La Gorgheggi y su adorador se vieron un momento solos en
aquel escondite; ella, después de saludar y sonreír al galán como solía,
radiante ahora de justa satisfacción por los aplausos que aún resonaban
allá afuera, se turbó un punto, buscando con torpe mano el éxito de
aquella especie de trampa; y no lo encontró, como si anduviera ciega.
No era Bonifacio hombre capaz de aprovechar ocasiones; pero como si lo
fuese y la hubiese aprovechado y se hubiera arrepentido de la demasía,
se echó a temblar también; y se puso a buscar la puerta y tampoco supo
levantar el tapiz pesado al primer intento. En estas maniobras,
tropezaron los dedos de uno y otro; pero como él no sabía qué decir y
ella lo comprendió así, la tiple, por hablar algo, dijo:
--_Il Mochi m'ha detto_... Ah! siete un _galantuomo_...
Y aludió vagamente, con delicadeza, al préstamo.
Serafina, inglesa, hablaba italiano en los momentos solemnes, cuando
quería dar expresión de seriedad a sus palabras; ordinariamente
chapurraba español con disparates deliciosos. En inglés no hablaba más
que con Mochi.
--Señorita... eso... no vale nada.... Entre amigos.... Ha estado usted
sublime... como siempre.... Es usted un ángel, Serafina.
Sus palabras le enternecieron, le sonaron a una declaración; además, se
acordó de su mujer y del mal trato que le daba; ello fue que dos
lágrimas como puños, muy transparentes y tardas en resbalar, le saltaron
de los hermosos ojos claros; se quedó muy pálido y daba diente con
diente.
--_Oh amico caro_!--dijo ella con dulcísima voz temblona--; _come siete
buono_...
Y le cogió la mano que andaba tropezando en la cortina, y se la apretó
con franca cordialidad.
--Serafina... yo no sé... lo que me hago... usted creerá...
Ella no le contestó, encontró la salida, levantó el cortinón, y con una
mirada intensa, llena de caridad y protección, le dijo que la siguiera.
Pero Bonis no se atrevió a traducir la mirada, y no siguió a la tiple.
En cuanto quedó solo en aquel escondite, sintió que las piernas se le
hacían ajenas, cayó sentado sobre las tablas, casi perdió el sentido, y,
como entre sueños, oyó un silbido y voces y blasfemias que sonaban en lo
alto; cayó un telón a una cuarta de su cabeza, desaparecieron algunos
bastidores arrastrados, y Reyes se vio entre un corro de tramoyistas y
señoritas que gritaban: ¡Un herido... un herido!... ¡Un telón ha
derribado a un caballero!
--¡Ah, el Sr. Reyes!...
--¡Reyes herido!...
--¡Una desgracia!...
Antes que él pudiera desmentir la noticia, había llegado al cuarto de
Mochi y al de la Gorgheggi.
Ambos acudieron a todo correr, asustados. Serafina se puso en primera
fila; y como Reyes, con el susto que le habían dado los que le rodearon,
y las emociones anteriores, y la vergüenza de confesar la verdad, no
acababa de hablar, por contuso se le tuvo, se le supuso víctima de un
vahído, pues tan pálido estaba, y las monísimas manos cuyo contacto de
poco antes aún sentía en la piel, las de la Gorgheggi, le aplicaron
esencias a las narices y le humedecieron las sienes. Un minuto después
se vio sentado en el confidente de raso azul que había en el tocador de
la tiple. Reyes se dejó compadecer, cuidar, mimar podría decirse, y no
tuvo valor para negar el accidente. ¿Cómo decir que se había caído al
suelo de gusto, de amor, no derribado por aquella decoración de monte
espeso?
Serafina parecía adivinar la verdad en los ojos de su apasionado. Los
curiosos los dejaron solos a poco; Mochi no más entraba y salía,
felicitándose de que no hubiera habido una desgracia; y por fin se
marchó porque le llamaba el traspunte. La doncella de la Gorgheggi, que
era partiquina, tuvo que presentarse también en escena; la tiple no
cantaba hasta el final del acto.
Para hacerle la operación peligrosa de la _declaración_, a lo que la
ardiente inglesa estaba resuelta, tuvo que cloroformizarle con miradas
eléctricas y emanaciones de su cuerpo, muy próximo al del paciente.
Reyes, en efecto, allá entre sueños, se dejó abrir el pecho, y habló sin
saber lo que decía, aturdido y hecho un mar de lágrimas. La Gorgheggi,
si hubiera sido más observadora, hubiera podido aprender en aquella
confesión de su adorador lo que eran los Valcárcel y adónde conducían
los matrimonios desiguales. Bonifacio en aquel estado no era responsable
de sus dichos ni de sus hechos; y así, no se le pudo llamar traidor al
pan que comía, aunque habló de Emma, la llamó por su nombre y tuvo que
quejarse de la vida que semejante mujer le daba; y aun aturdido y todo,
medio loco, no maltrató a su cónyuge; refirió los hechos tal como eran,
pero los comentarios fueron favorables a Emma; Serafina pudo oír que
aquella señora tenía gran talento, imaginación, un carácter enérgico de
hombre superior; hubiera sido un gran caudillo, un dictador; pero la
suerte quiso que no tuviese a quien dictar nada, a no ser a él, al pobre
escribiente de D. Diego Valcárcel.
Ocho días pasaron sin que Mochi volviera a pedir dinero a Reyes. Durante
una semana se juzgó este el hombre más feliz del mundo, a pesar de que
jamás había experimentado hasta entonces tantos y tan graves apuros,
acompañados de insufribles remordimientos a ciertas horas. Fue en uno de
aquellos tormentosos días cuando pensó por vez primera en su vida que
una pasión fuerte todo lo avasalla, como había leído y oído mil veces
sin entenderlo. Se creía a veces un miserable, el más miserable de todos
los maridos ordinariamente dóciles; y, a ratos, se tenía por un héroe,
por un hombre digno de figurar en una novela en calidad de protagonista.
De los cuarenta duros no había vuelto a acordarse Mochi, ni Reyes se
atrevió a pedírselos; mas todas las noches, pasados pocos días, los de
ceguedad completa para todo lo que no fuese el amor de la inglesa, al
volver a casa temblando por varios motivos, iba pensando en los mil
reales de la renta de la Comuña.
«¿Pero cómo reclamar aquel dinero por cuyo préstamo su _ídolo_ le había
llamado galantuomo?». Por cierto que, cuando podía discurrir con alguna
tranquilidad, Bonifacio extrañaba un poco dos cosas: primera, pensaba
que Serafina estuviese enterada del favorcillo hecho a Mochi, a Julio,
se decía él; segunda, que ella hubiera dado a un servicio tan
insignificante tanto valor. «¿Habrá sido un pretexto para provocar mi
declaración? Eso debe de haber sido». Las cavilaciones de Reyes en este
punto no pasaron de ahí.
A los ocho días de la _declaración_, cuando Julio se atrevió a pedirle
dinero otra vez a Bonifacio, los amores de este con la Gorgheggi no
habían pasado de los deliciosos preliminares que, por culpa del carácter
del varón que en ellos tenía interés, amenazaban prolongarse
indefinidamente.
En cuanto al segundo préstamo, Bonifacio tuvo que confesarse a sí
mismo que lo había tomado por un escopetazo, y que este era el apelativo
que le había aplicado en sus adentros.
Julio pidió cinco mil reales para pagar a un bajo profundo que estaba
mal con el público, porque aplaudían más al bajo cantante que a él, y
dejaba la Compañía por tesón... y, dicho fuera en secreto, por
exigencias de los abonados. No llegaba a cinco mil reales, ni con mucho,
lo que había que darle al bajo que se iba, pero... había que adelantarle
parte del sueldo a la _notabilidad_ que venía a sustituirle... en fin,
ello eran cinco mil reales: la Empresa no los tenía en aquel momento....
pero la renovación del abono daría un resultado seguro y... eran habas
contadas. Y _él_, Mochi, sonreía con la tranquilidad comunicativa con que
sonríe el titiritero sano y forzudo que hace trabajar en lo alto de una
percha a un pobre niño dislocado, que en el programa se llama su hijo.
«Esa sonrisa--pensaba Reyes--, equivale a una hipoteca... pero no es
confianza lo que me falta a mí, sino dinero».
No se le ocurrió pensar que negar aquel nuevo préstamo al tenor no era
desairar a la tiple: un secreto escozor, de que no quería hacer caso, le
decía siempre que entre los intereses de la Gorgheggi y los de su
maestro había una solidaridad misteriosa. «Negarle ese dinero a él era
negárselo a ella», se decía sin poder remediarlo. «Y yo a ella... en
estas circunstancias, no puedo negarle nada, ni siquiera lo que no
tengo».
Pensó en D. Juan Nepomuceno, y hasta entró en casa una noche con el
propósito de pedirle cinco mil reales. «Sí, no cabía duda, hubiera sido
el colmo del heroísmo. Yo le he prometido a usted devolverle mil reales
a las veinticuatro horas de recibidos, ¿eh? ¿No es eso? Pues bien; aquí
me presento, a los ocho días, no a entregar esos cincuenta duros, sino a
pedir cinco veces otro tanto». ¡Absurdo! El colmo del heroísmo, sí; pero
absurdo.
Y se acostó y apagó la luz, entregándose a sus remordimientos, que ya
iban siendo una costumbre casi necesaria para conciliar el sueño. Antes
de dormirse resolvió esto: que, sucediera lo que sucediera, él,
Bonifacio Reyes, no pediría ni un cuarto más al tío de su mujer. Pero
como había prometido llevar al teatro al día siguiente los cinco mil
reales, y lo había ofrecido con una petulancia que nunca se perdonaría,
sin titubear, como si lo que a él le sobrara fueran miles de reales;
como había que buscarlos, no decía encontrarlos, buscarlos sin falta, se
levantó temprano y se dirigió... a la plaza de la Constitución, lugar de
cita de todos los mozos de cuerda del pueblo.
--¿Qué hago yo aquí?--se dijo--. No parece sino que uno de estos gallegos
me va a prestar cinco mil reales por mi cara bonita--. Los barrenderos
levantaban nubes de polvo que un sol anaranjado teñía del mismo color de
la niebla que se arrastraba sobre los tejados.
--Pues lo que es uno de estos señores de escoba tampoco creo yo que me dé
lo que necesito. ¿Qué hago yo aquí?
Y entonces vio que por una calle estrecha, la de Santiago, subía D.
Benito el Mayor, escribano, hombre delgado y muy pequeño, que venía
soplándose las manos y traía un rollo de papel debajo del brazo
izquierdo. Le llamaban D. Benito el Mayor para distinguirle de don
Benito el Menor, otro escribano, éste muy buen mozo, que se apellidaba
como el Mayor, García y García. Al pequeño le llamaban el Mayor porque
era el más antiguo o porque era el más rico. Prestaba dinero a las
personas distinguidas, no era muy tirano en materia de réditos y plazos,
y su discreción y sigilo eran proverbiales en la provincia.
En cuanto Bonifacio reconoció al _Mayor_ sintió la súbita alegría que le
proporcionaba siempre la conciencia de una resolución irrevocable, en él
cosa rara. «Este es mi hombre--se dijo--; la Providencia me ha hecho
madrugar hoy; por algo yo he venido a la plaza».
Media hora después, Reyes recibía trescientos duros en oro, de manos de
D. Benito, en el despacho de este, sin más testigos que los libros del
protocolo, que siempre habían inspirado a Bonifacio una especie de
terror supersticioso.
D. Benito el Mayor tenía la costumbre de coger por las orejas a sus
parroquianos y clientes a poca confianza que tuviera con ellos.
--Vamos a ver--dijo, tentándole el pulpejo de la oreja izquierda a
Bonifacio--; ahora que ya tiene usted esos cuartos, sin más garantía que
un simple recibo... ahora que no puede usted sospechar que hable por
negarle este insignificante favorcillo, ¿me permite usted que, sin ánimo
de ofenderle, me atreva a hacerme cruces, un millón de cruces, viendo al
jefe de la casa Valcárcel venir a pedirme prestados seis mil reales?...
--Yo no soy jefe de la casa Valcárcel.
--Usted es el marido de la única heredera de Valcárcel... y no hace
cuatro días que yo he otorgado la escritura de venta del famoso molino
de Valdiniello; y usted lo sabe, pues usted ha firmado, como era
necesario, todos los documentos que ha traído aquí D. Juan, su tío de
usted....
--Ni D. Juan es mi tío....
--Bien, de su señora de usted; de usted por afinidad....
Ni yo he firmado nada, iba a añadir Bonifacio; pero se contuvo
recordando que sí había firmado tal; pero había firmado sin leer, sin
enterarse, como sucedía siempre, y esta humillación no se la podía
confesar al escribano.
Sin acabar la frase, y sin dar otras explicaciones, salió de allí
avergonzado, aturdido, como si acabara de robarle aquel dinero a don
Benito; y se fue derecho al teatro.
El notario, al verle salir así, y _pensando mejor_, se arrepintió de haber
entregado aquellos cuartos a semejante mamarracho. Algo sabía D. Benito,
y aún algos, del _pito que tocaba_ Reyes en su casa; pero lo que acababa
de oír y lo que sospechaba le hacía ver con claridad del mediodía: y de
resultas de esta clarividencia empezó a temer por su dinero. Pero le
tranquilizó enseguida el propósito de exigir serias garantías al tío D.
Juan, que, por las señas, era el que mandaba en casa.
A Bonifacio aquel día con las glorias se le fueron las memorias; entregó
cinco mil reales a Mochi, guardó los mil restantes con el presentimiento
de no sabía qué gastos extraordinarios que tendrían que sobrevenir, y se
dejó asfixiar moralmente, como él decía luego, por el incienso con que
el tenor le pagó, por lo pronto, su generosidad caballeresca.
Por la noche se cantaba el _D. Juan_, cosido a tijeretazos, y todavía a
las doce, después de recibir una ovación, le duraba el agradecimiento y
el entusiasmo al tenor, que se encerró en su cuarto con su carísimo
Reyes, y en mangas de camisa y con un calzón de punto, de seda color
lila, muy ceñido, y en calcetines, apretaba contra su corazón a su
_salvador_, y le llenaba la cara y el pelo de polvos de arroz, sin que ni
uno ni otro se fijaran en estos pormenores.
A las doce y media, a la luz de la luna, en mitad de la plaza del
Teatro, hablaban con el tono de las confidencias misteriosas, íntimas e
interesantes, Serafina, Julio y Bonifacio. Julio juraba que Reyes tenía
el alma de artista, que si _le vicende_ hubieran sido otras, sin duda se
hubiera aventurado a vivir del arte y sería a estas horas un músico
ilustre, un compositor, un gran instrumentista, Dios sabía....
--_Non è vero_, _mia figlia_?, con quel cuore ch'a questo' uomo... chi
sacosa sarebbe diventato!...
La Gorgheggi decía con entusiasmo contenido:
--_Ma si babbo_, _ma si_!...
Y pisaba con fuerza un pie de Bonifacio que tenía debajo del suyo.
--«_Babbo_, _figlia_!» pensaba el flautista; sí, en efecto, el trato de
esta mujer y de este hombre es el filial, es el amor de hija y padre.... El
arte, por modo espiritual, los ha hecho padre e hija.... Y ya estimaba a
Mochi como una especie de suegro artístico... y ¡adulterino!
¡Aquello era felicidad! Él, un pobre provinciano, ex escribiente, un
trapo de fregar en casa de su mujer; el último ciudadano del pueblo más
atrasado del mundo, estaba allí, a las altas horas de la noche,
hablando, en el seno de la mayor intimidad, de las grandes emociones de
la vida artística, con dos estrellas de la escena, con dos personas que
acababan de recibir sendas ovaciones en las tablas... y ella, la _diva_,
le amaba; sí, se lo había dado a entender de mil modos; y él, el tenor,
le admiraba y le juraba eterno agradecimiento.
A Mochi se le antojó de repente volverse a contaduría, donde había
dejado algún dinero, y como no se fiaba de la cerradura... «Id andando»,
dijo, y echó a correr. La posada de la Gorgheggi y de Mochi, que era la
misma, estaba lejos; había que seguir a lo largo todo el paseo de los
Álamos para llegar a la tal fonda. Serafina y Bonifacio echaron a andar.
A los tres pasos, en la sombra de una torre, ella se cogió del brazo de
su amigo sin decir palabra. Él se dejó agarrar, como cuando Emma se
escapó con él de casa. La Gorgheggi hablaba de Italia, de la felicidad
que sería vivir con un hombre amado y espiritual, capaz de comprender el
alma de una artista, allá, en un rincón de verdura de Lombardía, que
ella conocía y amaba....
Hubo un momento de silencio. Estaban en mitad del paseo de los Álamos,
desierto a tales horas. La luna corría, detrás de las nubes tenues que
el viento empujaba.
--Serafina--dijo Bonifacio con voz temblona, pero de un timbre metálico,
de energía, en él completamente nuevo--; Serafina, usted debe de tenerme
por tonto.
--¿Por qué, Bonifacio?
--Por mil razones.... Pues bien... todo esto... es respeto... es amor. Yo
estoy casado, usted lo sabe... y cada vez que me acerco a usted para
pedirle que... que me corresponda... temo ofenderla, temo que usted no
me entienda. Yo no sé hablar; no he sabido nunca; pero estoy loco por
usted; sí, loco de verdad... y no quisiera ofenderla. Lo que yo he hecho
por usted... no creí nunca poder atreverme a hacerlo.... Usted no sabe lo
que es, no ha de saberlo nunca, porque me da vergüenza decirlo.... Yo soy
muy desgraciado; nadie me ha querido nunca, y yo no le encuentro
sustancia, verdadera sustancia, a nada de este mundo más que al
cariño.... Si me gusta la música tanto es por eso, porque es suave,
porque me acaricia el alma; y ya le he dicho a usted que su voz de usted
no es como las demás voces; yo no he oído nunca--y va de nuncas--una voz
así; las habrá mejores, pero no se meterán por el alma mía como esa;
otros dicen que es pastosa... yo no entiendo de pastas de voces; pero
eso de lo pastoso debe de ser lo que yo llamo voz de madre, voz que me
arrulla, que me consuela, que me da esperanza, que me anima, que me
habla de mis recuerdos de la cuna... ¡qué sé yo!, ¡qué sé yo,
Serafina!... Yo siempre he sido muy aficionado a los recuerdos, a los
más lejanos, a los de niño; en mis penas, que son muchas, me distraigo
recordando mis primeros años, y me pongo muy triste; pero mejor, eso
quiero yo; esta tristeza es dulce; yo me acuerdo de cuando me vacunaron;
dirá usted que qué tiene eso que ver.... Es verdad; pero ya le he dicho
que yo no sé hablar.... En fin, Serafina, yo la adoro a usted, porque,
casado y todo... no debía estarlo. No, juro a Dios que no; nunca me he
rebelado contra la suerte hasta ahora; pero tiene usted la culpa, porque
ha tenido lástima de mí y me ha mirado así... y me ha sonreído así... y
me _ha cantado_ así... ¡Ay, si usted viera lo que yo tengo aquí dentro! Yo
había oído hablar de pasiones; ¡esto es, esto es una pasión... cosa
terrible!, ¿qué será de mí en marchándose usted? Pero, no importa; la
pasión me asusta, me aterra; pero, con todo, no hubiera querido morirme
sin sentir esto, suceda después lo que quiera. ¡Ay, Serafina de mi alma,
quiérame usted por Dios, porque estoy muy solo y muy despreciado en el
mundo y me muero por usted...!
Y no pudo continuar porque las lágrimas y los sollozos le ahogaban.
Estaban casi sin sentido, en pie, en mitad del paseo; deliraba; la luna
y la tiple se le antojaban en aquel momento una misma cosa; por lo
menos, dos cosas íntimamente unidas.... Volvió a creer, como la noche del
primer préstamo, que le faltaban las piernas; _en suma_, se sentía muy
mal, necesitaba amparo, mucho cariño, un regazo, seguridades
facultativas de que no estaba muriéndose. «Iba a ahogarse de
enternecimiento; esa era la fija», pensaba él.
La Gorgheggi miró en rededor, se aseguró de que no había testigos, le
brillaron los ojos con el fuego de una lujuria espiritual, alambicada,
y, cogiendo entre sus manos finas y muy blancas la cabeza hermosa de
aquel Apolo bonachón y romántico, algo envejecido por los dolores de una
vida prosaica, de tormentos humillantes, le hizo apoyar la frente sobre
el propio seno, contra el cual apretó con vehemencia al pobre enamorado;
después, le buscó los labios con los suyos temblorosos....
--_Un baccio_, _un baccio_--murmuraba ella _gritando_ con voz baja,
apasionada. Y entre los sueños de una voluptuosidad ciega y loca, la veía
Bonifacio casi desvanecido; después no oyó ni sintió nada, porque cayó
redondo, entre convulsiones.
Cuando volvió en sí se encontró tendido en un banco de madera, a su lado
había tres sombras, tres fantasmas, y del vientre de uno de ellos
brotaba la luz de un sol que le cegaba con sus llamaradas rojizas. El
sol era la linterna del sereno; las dos sombras restantes la Gorgheggi y
Mochi que rociaban el rostro de su amigo con agua del pilón de la fuente
vecina....
-VI-
A la mañana siguiente, a las ocho, despertaron a Bonifacio diciéndole
que deseaba verle un señor sacerdote.
--¡Un sacerdote a mí! Que entre.
Saltó de la cama y pasó al gabinete contiguo a su alcoba; no puede
decirse a su gabinete, pues era de uso común a todos los de casa.
Atándose los cordones de la bata saludó a un viejecillo que entraba
haciendo reverencias con un sombrero de copa alta muy grande y muy
grasiento. Era un pobre cura de aldea, de la montaña, de aspecto humilde
y aun miserable.
Miraba a un lado y a otro; y, después de los saludos de ordenanza, pues
en tal materia no mostraban gran originalidad ninguno de los
interlocutores, el clérigo accedió a la invitación de sentarse,
apoyándose en el borde de una butaca.
--Pues--dijo--, siendo usted efectivamente el legítimo esposo de doña Emma
Valcárcel, heredera única y universal de D. Diego, que en paz descanse,
no cabe duda que es usted la persona que debe oír... lo que, en el
secreto de la confesión... se me ha encargado decirle.... Sí, señor, a
ella o a su marido, se me ha dicho... y yo... la verdad... prefiero
siempre entenderme con... mis semejantes... masculinos, digámoslo así. A
falta de usted no hubiera vacilado, créame, señor mío, en abocarme, si a
mano viene, con la misma doña Emma Valcárcel, heredera universal y única
de....
--Pero vamos, señor cura, sepamos de qué se trata--dijo con alguna
impaciencia Bonifacio, que lleno de remordimientos aquella mañana,
sentía exacerbada su costumbre supersticiosa de temer siempre malas
noticias en las inesperadas y que se anunciaban con misterio.
--Yo exijo... es decir... deseo... no por mí, sino por el secreto de la
confesión... lo delicado del mensaje....
El cura no sabía cómo concluir; pero miraba a la puerta, que había
quedado de par en par.
Como su mujer dormía a tales horas, Bonifacio no tuvo inconveniente en
levantarse y cerrar la puerta de la estancia, pues no siendo Emma, nadie
se atrevería a pedirle cuenta de aquellos tapujos.
--Lo que usted quería era esto, ¿verdad?--dijo con aire de triunfo, y como
hombre que manda en su casa y que puede a su antojo tener las puertas de
_su_ gabinete abiertas o cerradas.
--Perfectamente, sí, señor, eso; secreto, mucho secreto. De usted para mí
nada más.... Después usted dará cuenta de lo sucedido a su señora
esposa... o no se la dará; eso allá usted... porque yo no me meto en
interioridades.... Al fin usted será, naturalmente, el administrador de
los bienes de su señora... y aunque yo no sé si estos son parafernales o
no... porque no entiendo... y... sobre todo no me importa, y, al fin, el
marido suele administrarlo todo... eso es; tal entiendo que es la
costumbre... y como la ley no se opone....
--Pero, señor cura, repare usted que yo no comprendo una palabra de lo
que usted me dice.... Comience usted por el principio....
Sonrió el clérigo y dijo: