cuarenta; de aquella enumeración melancólica de muertos y ausentes salía
un tufillo de ruina y de cementerio; oyéndole parecía que se mascaba el
polvo de un derribo y que se revolvían los huesos de la fosa común, todo
a un tiempo. Suicidios, tisis, quiebras, fugas, enterramientos en vida,
pasaban como por una rueda de tormento por aquellos dientes podridos y
separados, que tocaban a muerto con una indiferencia sacristanesca que
daba espanto. El vejete terminó su historia al por menor con los ojos
encendidos de orgullo. ¡Qué memoria la suya!, pensaba él. ¡Qué mundo
este!, pensaban los demás.
A Bonifacio aquella narración le había hecho recordar el espectáculo
tristísimo de las ruinas de la casa donde él había nacido; sí, él había
visto desprenderse las paredes pintadas de amarillo y otras cubiertas de
papel de ramos verdes; él había visto como en un plano vertical la
chimenea despedazada, al amor de cuya lumbre su madre le había dormido
con maravillosos cuentos; allá arriba, en un tercer piso... sin piso,
quedaba de todo aquel calor del hogar el hueco de una hornilla en una
medianería agrietada, sucia y polvorienta. ¡Al aire libre, siempre
expuesta a las miradas indiferentes del público, estaba la alcoba en que
había muerto su padre! Sí; él había visto en lo alto los restos
miserables, la pared manchada por las expectoraciones del enfermo, las
señales del hierro de la cama humilde en la grasa de aquella pared....
¿Qué quedaba de toda aquella vivienda, de aquella familia pobre, pero
feliz por el cariño? Quedaba él, un aficionado a la flauta, en poder de
su Emma, una furia, sí, una furia, no había para qué negárselo a sí
mismo. La casa había desaparecido; aquellas ruinas de su hogar habían
estado siendo el escándalo de la gacetilla urbana. «¿Pero cuándo se
derriba la inmunda fachada de la esquina asquerosa de la calle del
Mercado?». Esto había gritado la prensa local meses y meses, y al fin el
Municipio había aplicado la piqueta de _doña Urbana_, como decía el
periódico, a los últimos restos de tantos recuerdos sagrados. ¿Y él
mismo, pensaba Bonifacio, qué era más que un esquinazo, una ruina
asquerosa que estaba molestando a toda una familia linajuda con su
insistencia en vivir, y ser, por una aberración lamentable, el marido de
su mujer? Todas aquellas ideas tristes y humillantes las había
despertado en su espíritu el diablo del habilitado con aquella _ojeada
retrospectiva_ al año cuarenta. ¡La historia! ¡Oh!, la historia en las
óperas era una cosa muy divertida... _Semíramis_, _Nabucodonosor_, _Las
Cruzadas_, _Atila_... magnífico todo... pero las de Gumía, las de
Castrillo... tanta muerte, tanta vergüenza, tanta dispersión y
podredumbre... esto _encogía el ánimo_. Por fortuna la conversación volvió
a la _Tiplona_, y con motivo de esto se recordó las óperas que se
cantaban entonces y las que se cantaban ahora en comparación con
aquellas. La verdad era que ahora no se cantaban óperas en el pueblo,
pues casi hacía ocho años que no parecía por allí un mal cuarteto.
Entonces el habilitado, que tanto había entristecido al concurso, se
dignó dar una noticia de actualidad, contra su costumbre. Su costumbre
era despreciar _altamente_ todos los sucesos próximos, pasados o futuros,
que no exigían, para ser referidos o inducidos, gran retentiva, como él
llamaba a la memoria. Con aire displicente dijo el buen hombre:
--Pues ópera la van ustedes a tener ahora, y buena; porque me ha dicho el
alcalde que han pedido el teatro desde León el famoso Mochi y la
Gorgheggi.
--¡La Gorgheggi!--gritaron a una los presentes.
Y hasta el relator hizo un movimiento de sorpresa en su silla, metido en
la sombra, y la viuda de Cascos le miró y suspiró discretamente.
Ocho días después estaban en el pueblo el tenor Mochi, famoso en todos
los teatros de provincia del reino, y su protegida y discípula la
Gorgheggi. Cantaron _La Extranjera_ la primera noche, y aunque el diario
más filarmónico de la capital «no se atrevió a emitir juicio por una
sola audición», el público, menos circunspecto (verdad es también que
con menos responsabilidad ante la historia del arte), se entusiasmó
desde luego y juró en masa que «desde la _Tiplona_ acá no se había oído
prodigio por el estilo. La Gorgheggi era un ruiseñor; y además, ¡qué
guapa, qué amable, qué atenta con el público, qué agradecida a los
aplausos!». Sí que era guapa; era una inglesa traducida por su amigo
Mochi al italiano, dulce y de movimientos suaves, de ojos claros y
serenos, blanca y fuerte; tenía una frente de puras líneas, que lucía
modestamente, con un peinado original, en que el cabello, de castaño
claro y en ondas, servía de marco sencillo a aquella blancura pálida, en
que, hasta de día, como pensaba Bonifacio, parecía haber reflejos de la
luna. Bonifacio vio dos actos de _La Extranjera_ la noche del estreno, y
con un supremo esfuerzo de la voluntad se arrancó de las garras de la
tentación y volvió al lado de su esposa, de su Emma, que, amarillenta y
desencajada y toda la cabeza en greñas, daba gritos en su alcoba porque
su esposo la abandonaba, acudiendo tarde, muy tarde, media hora después
de la señalada, a darle unas friegas sin las cuales pensaba ella que se
moría en pocos minutos. Llegó Reyes, dio las friegas con gran ahínco, en
silencio, oyendo resignado los gritos, mezclados de improperios, de su
mujer, y pensando en la frente y en la voz de la Gorgheggi y en el final
de _La Extranjera_, que estarían entonces cantando.
Y se acostó Bonifacio, discurriendo: «¡Sí, es muy hermosa, pero lo mejor
que tiene es la frente; no sé lo que dice a mi corazón aquella curva
suave, aquella onda dulce!... Y la voz es una voz... maternal; canta con
la coquetería que podría emplear una madre para dormir a su hijo en sus
brazos: parece que nos arrulla a todos, que nos adormece... es... aunque
parezca un disparate, una voz honrada, una voz de ama de su casa que
canta muy bien: aquella _pastosidad_, como dice el relator, debe de ser la
que a mí me parece timbre de bondad; así debieran cantar las mujeres
hacendosas mientras cosen la ropa o cuidan a un convaleciente... ¡qué sé
yo!, aquella voz me recuerda la de mi madre... que no cantaba nunca.
¡Qué disparates! Sí, disparates para dichos, pero no para pensados.... En
fin, ¿qué tengo yo que ver con ella? Nada. Probablemente Emma no me
dejará volver al teatro...». Y se durmió pensando en la frente y en la
voz de la Gorgheggi.
Al día siguiente, a las doce de la mañana había ensayo, y allí estaba
Bonifacio, más muerto que vivo, barruntando la escena que le preparaba,
de fijo, su mujer, a la vuelta. Se había escapado de casa. Y tenía que
confesarse que el placer de estar allí era mayor, por lo mismo que era
un acto de rebeldía su presencia en tal sitio.
Los ensayos siempre habían sido el encanto de Reyes. No se explicaba él
bien por qué los prefería a las funciones más solemnes y magníficas. A
su manera, venía a pensar esto: «El teatro verdadero, el teatro por
dentro, era el del ensayo; a Reyes no le gustaba la ficción en nada, ni
en el arte; decía él que los tenores y tiples no debían cantar delante
de las candilejas, entre árboles de lienzo y vestidos de percal ante un
público distraído y en una sala estrecha donde el aire era veneno; los
tenores y tiples debían andar, como los ruiseñores o las sirenas,
esparcidos por los bosques repuestos y escondidos, o por las islas
misteriosas, y soltar al aire sus trinos y gorjeos en la clara noche de
luna, al compás de las melancólicas olas que batían en la playa, y de
las ramas de la selva que mecía la brisa...». Bueno; pero ya que esto no
podía ser, Bonifacio prefería oír a los cantantes en el ensayo. Porque
allí veía al _artista_ tal como era, no como tenía que fingir que era. Por
un instinto de buen gusto, de que él no podía darse cuenta, lo que
aborrecía en las representaciones públicas era la mala escuela de
declamación, la falsedad de actitudes, trajes, gestos, etc., etc., de
los cómicos que iban por aquel pobre teatro de provincia. En el ensayo
no veía un Nabucodonosor que parecía el rey de bastos, ni un _Atila_
semejante a un cabrero, sino un caballero particular que cantaba bien y
estaba preocupado de veras con sus cosas, verbigracia, la mala paga, el
mal tiempo que le tomaba la voz, o el correo que le traía malas
noticias. Bonifacio amaba el arte por el artista, admiraba a aquella
gente que recorría el mundo sin estar jamás seguros del pan de mañana,
preocupados con los propios y los ajenos gorgoritos.--¡Cómo hay
valiente--pensaba él--, que se decida a fiar su existencia del fagot, o
del cornetín o del violoncello, verbigracia, o de una voz de bajo
segundo, con veinte reales diarios, que es lo más bajo que se puede
cantar! Yo, por ejemplo, sería un flauta pasable, pero ¡por cuanto hay
no me atrevería a escaparme de casa y a ir por esos mundos hasta Rusia,
tapando huecos en una orquesta! Acaso a mi dignidad y a mi independencia
les estuviera mejor emprender esa carrera; pero ¡antes me tiro al agua!
El azar... lo imprevisto... el pan dudoso, ¡qué miedo! Y por lo mismo
que él se creía incapaz de ser _artista_, en el sentido de echar a correr
sin más que la flauta, por lo mismo admiraba más y más a aquellos
hombres, que eran indudablemente de otra madera.
Ya la cualidad de extranjero, y aun la menos extraordinaria de
forastero, era para Bonifacio muy recomendable; no ser de su pueblo, de
aquel pueblo mezquino donde habían nacido él y su mujer, constituía una
ventaja; ser de muy lejos era una maravilla.... El mundo... el resto del
mundo ¡debía de ser tan hermoso! Lo que él conocía era tan feo, tan poca
cosa, que las bellezas que había soñado y de que hablaban los versos y
los libros de aventuras, deberían de estar, de fijo, en todos esos
lugares desconocidos.... En Méjico había visto poco bueno; pero al fin
Méjico había sido colonia española, y se le había pegado la pequeñez de
por acá. El verdadero _extranjero_ era otro. Y de este venían los
artistas, los cantantes.... Ser italiano, ser artista... ser músico, esto
era miel sobre hojuelas y néctar sobre la miel. Y cuando el extranjero,
el artista, el músico... era hembra, entonces el respeto y admiración de
Bonifacio llegaban a ser religión, idolatría.... Por todo lo cual, y por
lo antes apuntado, prefería con mucho ver a los cómicos tal como eran, a
verlos pintados de reyes o de sacerdotisas respectivamente. En el
ensayo, en el ensayo era donde se conocía al artista....
Entró en el palco proscenio, a que estaban abonados desde tiempo
inmemorial sus amigos de la tienda de Cascos; era el más bajo de los
_claros_, que así se llamaba entonces a los que después se denominó
plateas, y tenía, por ser de proscenio y estar medio escondido por una
pared maestra, el apodo vulgar de faltriquera (años adelante bolsa). No
había nadie en el palco. Reyes abrió la puerta, procurando evitar el
menor ruido. Para él era el teatro el templo del arte, y la música una
religión. Se sentó con movimientos de gato silencioso y cachazudo; apoyó
los codos en el antepecho y procuró distinguir los bultos que como
sombras en la penumbra cruzaban por el oscuro escenario. No había
entonces baterías de gas y no podía llevarse la luz por delgados tubos,
como años adelante se vio allí mismo, a una altura discrecional; las
humildes candilejas alumbraban lo poco que podían, desde el tablado,
como estrellas... de aceite, caídas. A la derecha del actor (así pensaba
Reyes), alrededor de una mesa alumbrada apenas por un quinqué de luz
triste, había un grupo de sombras que poco a poco fue distinguiendo.
Eran el director de escena, el apuntador, un traspunte y un hombre gordo
y pequeño, de panza extraordinaria, vestido con suma corrección, muy
blanco, muy _distinguido en sus modales_; era el _signor_ Mochi, empresario
y tenor primero... y último de la Compañía. Otros grupos taciturnos
vagaban por el foro, eran los coristas: el cuerpo de _señoras_ estaba
sentado en corro a la izquierda. Donde quiera que se juntaban aquellas
damas pálidas y mal vestidas tendían, por la fuerza de la costumbre, a
formar arcos de círculo, semicírculos y círculos según las
circunstancias.
Reyes había leído la _Odisea_ en castellano y recordaba la interesante
visita de Ulises a los infiernos; aquella vida opaca, subterránea del
Erebo, donde opinaba él que tanto debían de aburrirse las almas de los
que fueron, se le representaba ahora al ver a los tristes cómicos,
silenciosos y vagabundos, cruzar el escenario oscuro, como espectros. Ya
sabía él que otras veces reinaba allí la alegría, que aquello iría
animándose; pero había siempre en los ensayos cuartos de hora tristes.
Cuando al _artista_ no le anima esa especie de alcohol espiritual del
entusiasmo estético, se le ve caer en un marasmo parecido al que abruma
a los desventurados esclavos del hachís y del opio.... Reyes había hecho
a su modo un profundo estudio psicológico de los pobres tenores ex
notables que venían a su pueblo averiados, como barcos viejos que buscan
una orilla donde morir tranquilos, acostados sobre la arena; también
sabía mucho de tiples de tercer orden que pretendían pasar por
estrellas: aunque era muy joven todavía cuando había tenido ocasión de
hacer observaciones, la reflexión serena le había ayudado no poco.
Observaba compadeciendo, y compadecía admirando, de modo que el análisis
llegaba verdaderamente al alma de las cosas. Lo que él no veía era el
lado malo de los artistas. Todo lo poetizaba en ellos. Los contrastes
fuertes y picantes de sus ensueños de gloria y de su vida de bastidores
con la mezquina prosa de una existencia difícil, llena de los roces
ásperos con la necesidad y la miseria, le parecían a Reyes motivos de
poética piedad y daban una aureola de martirio a sus ídolos.
Aquel día procuró, como siempre, atraer hacia sí la atención de _las
partes_ (el tenor, la tiple, el barítono, el bajo y la contralto), y esto
solía conseguirlo sonriendo discretamente cuando algún cantante le
miraba por casualidad después de _atacar con valentía_ una nota, o de
hacer cualquier primor de garganta, o también después de decir un
chiste.
Mochi, el tenor bajo y gordo, era como una ardilla y hablaba más que un
sacamuelas, pero en italiano cerrado, y con suma elegancia en los
modales. Hablaba con el maestro director que se reía siempre, y Reyes,
que no entendía a Mochi, pero que creía adivinarle, sonreía también.
Como no había nadie más que él en calidad de mero espectador del ensayo,
el tenor no tardó en notar su presencia y sus sonrisas, y al poco rato
ya le consagraba a él, a Reyes, todos sus _concetti_. Tanto se lo
agradeció Bonifacio, que al tiempo de levantarse para salir del palco
deliberó consigo mismo si debía saludar al tenor con una ligera
inclinación de cabeza. Miró Mochi a Reyes... y Reyes, poniéndose muy
colorado, sacudió su hermosa cabellera con movimientos de maniquí, y se
fue a su casa... impregnado del ideal.
-V-
Por la noche Emma le echó del seno del hogar por algunas horas, y
Bonifacio volvió al ensayo. Ahora no estaba sólo en calidad de público;
en todas las _faltriqueras_ había abonados, y en la de los tertulios de
Cascos se destacaba la respetable personalidad del Gobernador militar,
que honraba a aquellos señores aceptando un asiento en lo oscuro. Reyes
se sentó en primera fila, y en cuanto Mochi miró hacia el palco, le
saludó con el sombrero. No contestó el tenor por lo pronto, lo cual
desconcertó al buen aficionado, principalmente por lo que pensarían sus
amigos; mas ¡oh gloria inmortal, oh momento inolvidable!, al lado de
Mochi, frente a la cáscara del apuntador, había una mujer, una señora,
con capota de terciopelo, debajo de la cual asomaban olas de cabello
castaño claro y fino; y aquella mujer, aquella señora que había notado
el saludo de Reyes, tocó familiarmente con una mano enguantada en un
hombro del tenor, y le debió de decir:
--En aquel palco te han saludado.
Ello fue que Mochi se volvió con rapidísimo gesto, vio a Reyes y se
deshizo en cortesías....
En el palco todos envidiaron aquello, hasta el _brigadier_ Gobernador
militar de la provincia; y más envidiaron la sonrisa con que la dama de
la capota se atrevió a acompañar el saludo de Mochi, muy satisfecha, al
parecer, de haberle advertido su distracción.
Reyes encontró en sus ojos la mirada de la Gorgheggi--que no era otra la
dama--y muchas veces, muchas, pensando después en aquel momento solemne
de su vida, tuvo que confesarse que impresión más dulce ni tan fuerte no
la había experimentado en toda su juventud, tan romántica _por dentro_.
«Una mirada así--se dijo en aquel instante--, sólo puede tenerla una
extranjera que sea además artista. ¡Qué modestia en el atrevimiento, qué
castidad en la osadía! ¡Qué inocente descaro, qué cándida
coquetería!...».
De las sonrisas y los saludos poco se tardó en pasar a las buenas
palabras: Bonifacio y otros señores de su palco reían discretamente los
chistes con que Mochi se burlaba con disimulo de la orquesta, que era
indígena y desafinaba como ella sola; un lechuguino, que tenía fama de
hacer grandes y muy valiosas conquistas entre bastidores, se atrevió a
servir de intérprete, a su modo, entre el tenor y _un_ trompa a quien el
artista dirigió una cortés reprimenda en italiano. No era que el
lechuguino supiera mucho de la lengua del Dante, pero sí lo suficiente
para comprender que al hablar de _missure_, Mochi se refería a los
compases; mas los conocimientos lingüísticos del trompa no llegaban
allí. Poco después Bonifacio se arriesgó, poniéndose muy colorado, a
traducir otra observación humilde--esta de la Gorgheggi--al idioma del
trompa pertinaz, un hombre de tan mal genio como oído; la tiple había
hablado en español, había dicho «compás» como, de hablar, podría decirlo
un canario; pero el hombre del bronce no había querido entender tampoco;
la traducción de Bonifacio consistió en repetir a gritos las palabras de
la cantante, inclinándose desde el palco sobre la cabeza calva del
músico.
--¡Mil gracias... oh... mil gracias!, había dicho la artista,
despidiendo, entre miradas y sonrisas, chispas de gloria para el corazón
de Reyes, que estuvo viendo candelillas un cuarto de hora. Le zumbaban
los oídos, y pensaba que si en aquel momento aquella mujer le proponía
escaparse juntos al fin del mundo, echaba a correr sin equipaje ni nada,
sin llevar siquiera las zapatillas; y eso que no concebía cómo hombre
nacido podía echarse por la mañana de la cama y calzarse las botas de
buenas a primeras. Siempre que leía aventuras de viajes lejanos, grandes
penalidades de náufragos, misioneros, conquistadores, etc., etc., lo que
más compadecía era la ausencia probable de las babuchas.
Sin faltar a un solo ensayo, y yendo también al teatro todas las noches
de función en que podía robar algunas horas a sus quehaceres domésticos,
llegó Bonifacio a intimar con las partes, como él decía, de tal manera,
que los amigos de la tertulia de Cascos llegaron a suponerle en
relaciones amorosas con la Gorgheggi.
--Yo les digo a ustedes que la obsequia--aseguraba el relator.
--Yo sostengo que no la obsequia--decía el lechuguino, envidioso.
La verdad era que la simpatía, y a los pocos días la más cordial
amistad, habían llegado a tal punto entre Mochi y Bonifacio, que el
tenor, después de tomar juntos café una tarde, no había vacilado en
pedir al _suo nuovo magià carissimo amico_, _duecento lire_, o sean
cuarenta duros en el lenguaje que entendía Reyes. Pidió el italiano con
tal sencillez y desenfado aquellos ochocientos reales, acto continuo de
haber contado una aventura napolitana que le había costado cerca de dos
mil duros, que Bonifacio tuvo que decirse: «Para este hombre cuarenta
duros son como para mí un cigarrillo de papel; me ha pedido esos cuartos
como quien pide lumbre para el cigarro; lo que le sobra a él, de fijo,
es dinero; pero no lo tiene aquí, en este momento; lo malo es que
tampoco lo tengo yo. Pero hay que buscarlo corriendo, no hay más
remedio. Si se lo doy, no me lo agradecerá, aunque bien sabe Dios que no
sé de dónde sacarlo; pero a él ¿qué? ¿Qué son ochocientos reales para
este hombre? En cambio, si no se los busco inmediatamente me
despreciará, me tendrá por un miserable... ¡Antes la muerte!».
Colorado como un pimiento declaró el español que, por una casualidad que
lamentaba, no traía consigo aquella insignificante cantidad; pero que en
un periquete corría a su casa... que estaba muy cerca, y volvía con los
cuartos.
Y echó a correr sin oír las palabras de Mochi que, por no molestarle,
renunciaba al préstamo.
En efecto, la casa de Emma no estaba lejos; pero llegar a ella, entrar,
era más fácil que volver al teatro, al cuarto del tenor, con los
cuarenta duros. ¿De dónde iba a sacarlos el infeliz esclavo de su mujer?
¡Ay! ¡Con qué amargura contempló entonces, por la primera vez, su triste
dependencia, su pobreza absoluta! No era dueño ni de los pantalones que
tenía puestos, y eso que parecía que habían _nacido_ ajustados a sus
piernas; ¡tan bien le sentaban! No tenía dos reales que pudiera decir
que eran suyos. ¿Qué hacer? ¿Renunciar para siempre al ideal? Mochi le
aguardaba con aquellos ojos punzantes, risueños y maliciosos: sin el
dinero no se podía volver: detrás de Mochi estaba la Gorgheggi, su
discípula, su pupila. Bien; puesto que no tenía aquellos cuarenta duros
ni de donde sacarlos, como no robase los candelabros de plata que tenía
delante de los ojos, sobre la mesa del despacho (el despacho de D.
Diego, que seguía siendo _despacho_ sin adjudicación singular: el de don
Juan Nepomuceno, el de Emma, el de todos); como no tenía cuarenta duros
ni de donde le vinieran, renunciaría a su felicidad; no volvería a
presentarse ante los queridos amigos italianos, ante los artistas
sublimes, se sacrificaría en silencio; cualquier cosa menos volver allá
con las manos vacías....
En aquel momento D. Juan Nepomuceno se presentó en el despacho con un
saquito de dinero entre las manos; saludó a Reyes con solemnidad, y se
puso a contar pesos fuertes sobre la mesa; se trataba de la renta de la
Comuña, una casería que entregaba limpios todos los años cuatro mil
reales. Mientras don Juan, sin hacer caso del importuno, iba haciendo
pilas de pesos en correcta formación hasta el punto de recordar al pobre
_dilettante_ de todas las artes las ruinas de un templo griego, Reyes
pensaba:
--Esas columnas argentinas debía formarlas yo: ¡yo debía ser el
administrador de los bienes de mi mujer!
Una ola de dignidad retrospectiva le subió al rostro y le dio valor
suficiente para decir:
--D. Juan, necesito mil reales.
Años después, recordando aquel golpe de audacia, para el cual sólo el
amor podía haberle dado fuerzas, lo que más admiraba en su temeraria
empresa era el piquillo de su pretensión, los doscientos reales en que
su demanda había excedido a su necesidad. «¿Por qué pedí mil reales en
vez de ochocientos?». No se lo explicó nunca.
D. Juan Nepomuceno miró, sin contestar, a su afín. ¡Mil reales! Aquel
mentecato se había vuelto loco.
--Sí, señor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo se
los devolveré a usted mañana mismo; se trata de sacar de un apuro a un
amigo de la infancia... paga segura....
--Amigo de la infancia... paga segura.... No lo entiendo.
Esto fue todo lo que dijo el tío administrador. ¿Cómo un amigo de la
infancia de aquel pelagatos podía ser paga segura? Esto quería dar a
entender, y Bonifacio, comprendiéndolo, rectificó:
--De la infancia... precisamente... no... es uno de los amigos de la
viuda de Cascos....
Y se puso otra vez muy colorado.
D. Juan clavó una mirada puntiaguda en los ojos claros... y turbados de
su afín; adivinó algo, echó sus cuentas en un segundo, y, tomando dos
montones de plata, se los puso entre los dedos al pasmado Reyes, sin
decir más que:
--Tome usted; son mil justos.
--Bueno, gracias. Mañana mismo....
--Eso... allá usted.
--Y que Emma no sepa....
--Por ahora no hace falta que sepa nada.
--¿Cómo por ahora?
--Y si usted reintegra a la caja (así hablaba el tío) esa cantidad en
breve, no sabrá nada nunca.
--Bien, bien; mañana mismo.
Ni mañana, ni pasado, ni al otro. Mochi recibió sus doscientas liras,
como él las llamaba, con más expresivas muestras de agradecimiento que
esperaba su _nuovo amico_; pero de devolución no dijo nada. ¡Cuáles serían
las emociones que se amontonaron en el pecho del pobre flautista en
aquellos días, que durante algunos, ni siquiera pensó en la deuda ni en
la promesa de reintegrar a la caja aquellos cuartos, ni en el peligro de
que se enterase Emma de todo, ni siquiera en la existencia de
Nepomuceno!