Y al llegar cerca de ella empecé á dar agudos chillidos y á verter

abundantes lagrimones. Y me rodeó un gran grupo de vecinos de la calle y

del barrio, grandes y chicos. Y las mujeres, asomándose á las puertas y

ventanas, me miraban asustadas, y mi ama, que oyó mis gritos, bajó á

abrirme, acompañada de sus hijas. Y todas me preguntaron qué ocurría. Y

yo contesté llorando: «Mi amo estaba en el jardín con los convidados, se

ausentó para evacuar una necesidad junto á la pared, y la pared se vino

abajo, sepultándole entre los escombros. Y yo he montado en seguida en

la mula, y he venido á todo correr á enteraros de la desgracia.»

Cuando la mujer y las hijas oyeron mis palabras se pusieron á dar

agudos gritos, á desgarrarse los vestidos y á darse golpes en la cara y

en la cabeza, y todos los vecinos acudieron y las rodearon. Después, mi

ama, en señal de luto (como suele hacerse cuando muere inesperadamente

el cabeza de familia), empezó á destrozar la casa, á destruir los

muebles, á tirarlos por las ventanas, á romper todo lo rompible y á

arrancar ventanas y puertas. Luego mandó pintar de azul las paredes y

echar encima de ellas paletadas de barro. Y me dijo: «¡Miserable Kafur!

¿qué haces ahí inmóvil? Ven á ayudarme á romper estos armarios, á

destruir estos utensilios y hacer trizas esta vajilla.» Y yo, sin

esperar á que me lo dijera dos veces, me apresuré á destrozarlo todo,

armarios, muebles y cristalería; quemé alfombras, camas, cortinas y

almohadones, y después la emprendí con la casa, asolando techos y

paredes. Y entretanto, no dejaba de lamentarme y de clamar: «¡Pobre amo

mío! ¡Ay mi desgraciado amo!»

Después, mi ama y sus hijas se quitaron los velos, y con la cara

descubierta y todo el pelo suelto, salieron á la calle. Y me dijeron:

«¡Oh Kafur! Ve delante de nosotras para enseñarnos el camino. Llévanos

al sitio en que tu amo quedó sepultado bajo los escombros. Porque hemos

de colocar su cadáver en el féretro, llevarlo á casa y celebrar los

debidos funerales.» Y yo eché á andar delante de ellas, gritando: «¡Oh

mi pobre amo!» Y todo el mundo nos seguía. Y las mujeres llevaban

descubierto el rostro y la cabellera desmelenada. Y todas gemían y

gritaban, llenas de desesperación. Poco á poco se aumentó la comitiva

con todos los vecinos de las calles que atravesábamos, hombres, mujeres,

niños, muchachas y viejas. Y todos se golpeaban la cara y lloraban

desesperadamente. Y yo me divertía haciéndoles dar la vuelta á la ciudad

y atravesar todas las calles, y los transeuntes preguntaban la causa de

todo aquello, y se les contaba lo que me habían oído decir, y entonces

clamaban: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah, Altísimo,

Omnipotente!»

Y alguien aconsejó á mi ama que fuese á casa del walí y le refiriese lo

ocurrido. Y todos marcharon á casa del walí, mientras yo pretextaba que

me iba al jardín en cuyas ruinas estaba sepultado mi amo.

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 39.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el eunuco Kafur prosiguió de

este modo el relato de su historia:

«Entonces corrí al jardín, mientras que las mujeres y todos los demás

se dirigían á casa del walí para contarle lo ocurrido. Y el walí se

levantó y montó á caballo, llevando consigo peones que iban cargados de

herramientas, sacos y canastos, y todo el mundo emprendió el camino del

jardín siguiendo las indicaciones que yo había suministrado.

Y yo me cubrí de tierra la cabeza, empecé á golpearme la cara y llegué

al jardín gritando: «¡Ay mi pobre ama! ¡Ay mis pobres amitas! ¡Ay!

¡Desdichados de todos nosotros!» Y así me presenté entre los comensales.

Cuando mi amo me vió de aquella manera, cubierta la cabeza de tierra,

aporreada la cara y gritando: «¡Ay! ¿Quién me recogerá ahora? ¿Qué mujer

será tan buena para mí como mi pobre ama?», cambió de color, le

palideció la tez, y me dijo: «¿Qué te pasa, ¡oh Kafur!? ¿Qué ha

ocurrido? Dime.» Y yo le contesté: «¡Oh amo mío! Cuando me mandaste que

fuera á casa á pedirle tal cosa á mi ama, llegué y vi que la casa se

había derrumbado, sepultando entre los escombros á mi ama y á sus

hijas.» Y mi amo gritó entonces: «¿Pero no se ha podido salvar tu ama?»

Y yo dije: «Nadie se ha salvado, y la primera en sucumbir ha sido mi

pobre ama.» Y me volvió á preguntar: «¿Pero y la más pequeña de mis

hijas tampoco se ha salvado?» Y contesté: «Tampoco.» Y me dijo: «¿Y la

mula, la que yo suelo montar, tampoco se ha salvado?» Y dije: «No, ¡oh

amo mío! porque las paredes de la casa y las de la cuadra se han

derrumbado encima de todo lo que había en la casa, sin excluir á los

carneros, los gansos y las gallinas. Todo se ha convertido en una masa

informe debajo de las ruinas. Nada queda ya.» Y volvió á preguntarme:

«¿Ni siquiera el mayor de mis hijos?» Y respondí: «¡Ay! ni siquiera ése.

No ha quedado nadie con vida. Ya no hay casa ni habitantes. Ni siquiera

quedan ya rastros de ellos. En cuanto á los carneros, los gansos y las

gallinas, deben ser en este momento pasto de los perros y los gatos.»

Cuando mi amo oyó estas palabras, la luz se transformó para él en

tinieblas, quedó privado de toda voluntad, las piernas no le podían

sostener, se le paralizaron los músculos y se le encorvó la espalda.

Después empezó á desgarrarse la ropa, á mesarse las barbas, á

abofetearse y á quitarse el turbante. Y no dejó de darse golpes, hasta

que se le ensangrentó todo el rostro. Y gritaba: «¡Ay mi mujer! ¡Ay mis

hijos! ¡Qué horror! ¡Qué desdicha! ¿Habrá otra desgracia semejante á la

mía?» Y todos los mercaderes se lamentaban y lloraban como él para

expresarle su pesar, y se desgarraban las ropas.

Entonces mi amo salió del jardín seguido de todos los convidados, y no

cesaba de darse golpes, principalmente en el rostro, andando como si

estuviese borracho. Pero apenas había traspuesto la puerta del jardín,

vió una gran polvareda y oyó gritos desaforados. Y no tardó en ver

aparecer al walí con toda su comitiva, seguido de las mujeres y vecinos

del barrio y de cuantos transeuntes se habían unido á ellos en el

camino, movidos por la curiosidad. Y todo el gentío lloraba y se

lamentaba.

La primera persona con quien se encontró mi amo fué con su esposa, y

detrás de ella vió á todos sus hijos. Y al verlos se quedó estupefacto,

como si perdiera la razón, y luego se echó á reir, y su familia se

arrojó en sus brazos y se colgó á su cuello. Y llorando decían: «¡Oh

padre! ¡Alah sea bendito por haberte librado!» Y él les preguntó: «¿Y

vosotros? ¿qué os ha ocurrido?» Su mujer le dijo: «¡Bendito sea Alah,

que nos permite volver á ver tu cara sin ningún peligro! Pero ¿cómo lo

has hecho para salvarte de entre los escombros? Nosotros, ya ves que

estamos perfectamente. Y á no ser por la terrible noticia que nos

anunció Kafur, tampoco habría pasado nada en casa.» Y mi amo exclamó:

«¿Pero qué noticia es esa?» Y su mujer dijo: «Kafur llegó con la cabeza

descubierta y la ropa desgarrada, gritando: «¡Oh mi pobre amo! ¡Oh mi

desdichado amo!» Y le preguntamos: «¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!?» Y nos

dijo: «Mi amo se había acurrucado junto á una pared para evacuar una

necesidad, cuando de pronto la pared se derrumbó y le enterró vivo.»

Entonces dijo mi amo: «¡Por Alah! Pero si Kafur acaba de venir ahora

mismo gritando: «¡Ay mi ama! ¡Ay los pobres hijos de mi ama!» Y le he

preguntado: «¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!?» Y me ha dicho: «Mi ama, con todos

sus hijos, acaba de perecer debajo de las ruinas de la casa.»

Inmediatamente mi amo se volvió hacia donde estaba yo, y vió que seguía

echándome polvo sobre la cabeza, y desgarrándome la ropa, y tirando el

turbante. Y dando una voz terrible, me mandó que me acercara. Al

acercarme me dijo: «¡Ah miserable esclavo! ¡Negro de mal agüero! ¡Hijo

de una zorra y de mil perros! ¡Maldito y de raza maldita! ¿Por qué has

ocasionado tanto trastorno? ¡Por Alah, que he de castigar tu crimen

según se merece! ¡Te he de arrancar la piel de la carne, y la carne de

los huesos!» Y yo contesté resueltamente: «¡Por Alah, que no me has de

hacer ningún daño, pues me compraste con mi vicio, y como fué ante

testigos, declararán que sabías mi vicio de decir una mentira cada año,

y así lo anunció el pregonero! Pero he de advertirte que todo lo que

acabo de hacer no ha sido más que media mentira, y me reservo el derecho

de soltar la otra mitad que me corresponde decir antes que acabe el

año.» Mi amo, al oirme, exclamó: «¡Oh tú, el más vil y maldito de todos

los negros! ¿Conque lo que acabas de hacer no es más que la mitad de una

mentira? ¡Pues valiente calamidad la que tú eres! ¡Vete, oh perro, hijo

de perro, te despido! Ya estás libre de toda esclavitud.» Y yo dije:

«¡Por Alah, que podrás echarme, ¡oh mi amo! pero yo no me voy de ninguna

manera! He de soltar la otra mitad de la mentira. Y esto será antes de

que acabe el año. Entonces me podrás llevar al zoco para venderme con mi

vicio. Pero antes no me puedes abandonar, pues no tengo oficio de qué

vivir. Y cuanto te digo es cosa muy legal, y legalmente reconocida por

los jueces cuando me compraste.»

Y mientras tanto, los vecinos que habían venido para asistir á los

funerales se preguntaban qué era lo que pasaba. Entonces les enteraron

de todo, lo mismo que al walí, á los mercaderes y á los amigos,

explicándoles la mentira que yo había inventado. Y cuando les dijeron

que todo aquello no era más que la mitad, llegaron todos al límite de la

estupefacción, juzgando que aquella mitad era ya de suyo bastante

enorme. Y me maldijeron y me brindaron toda clase de insultos, á cuál

peor de todos. Y yo seguía riéndome y decía: «No tenéis razón en

reconvenirme, pues me compraron con mi vicio.»

Y así llegamos á la calle en que vivía mi amo, y vió que su casa no era

más que un montón de ruinas. Y entonces se enteró de que yo había

contribuído á destruirla, pues le dijo su mujer: «Kafur ha roto todos

los muebles, y los jarrones, y la cristalería, y ha hecho pedazos cuanto

ha podido.» Y llegado al límite del furor, exclamó: «¡En mi vida he

visto un hijo de zorra como este miserable negro! ¡Y aún dice que no es

más que la mitad de un embuste! ¿Pues qué sería una mentira completa?

¡Lo menos la destrucción de una ó dos ciudades!» E inmediatamente me

llevaron á casa del walí, que me mandó dar tan soberana paliza, que me

desmayé.

Y encontrándome en tal estado, mandaron llamar á un barbero, que con sus

instrumentos me castró del todo y cauterizó la herida con un hierro

candente. Y al despertar me enteré de lo que me faltaba y de que me

habían hecho eunuco para toda mi vida. Entonces mi amo me dijo: «Así

como tú me has abrasado el corazón queriendo arrebatarme lo que más

quería, así te lo quemo yo á ti, quitándote lo que querías más.» Después

me llevó consigo al zoco, y me vendió por más precio, puesto que yo

había encarecido al convertirme en eunuco.

Desde entonces he causado la discordia y el trastorno en todas las casas

en que entré como eunuco, y he ido pasando de un amo á otro, de un emir

á un emir, de un notable á un notable, según la venta y la compra, hasta

ser propiedad del mismo Emir de los Creyentes. Pero he perdido mucho, y

mis fuerzas disminuyeron desde que me quedé sin lo que me falta.

Y tal es, ¡oh hermanos! la causa de mi castración. He aquí que se ha

terminado mi historia. ¡Uassalam!»

* * * * *

Y los otros dos negros, oído el relato de Kafur, empezaron á reirse y á

burlarse de él, diciendo: «Eres todo un bribón, hijo de bribón. Y tu

mentira fué una mentira formidable.»

* * * * *

Después el tercer negro, llamado Bakhita, tomó la palabra, y

dirigiéndose á sus dos compañeros, dijo:

[Illustration]

Historia del negro Bakhita, tercer eunuco sudanés

«Sabed, ¡oh hijos de mi tío! que cuanto acabamos de oir es inocente y

vano. Os voy á contar la causa de haberme quedado capón, y veréis que

merecí peor castigo, pues he poseído á mi ama y he fornicado con el hijo

de mi ama. Pero los detalles del fornicio son tan extraordinarios, tan

prolijos en incidentes, que ahora sería muy largo su relato, pues he

aquí, ¡oh primos míos! que se aproxima la mañana y nos va á sorprender

la luz antes de abrir el hoyo y enterrar el cajón que hemos traído, y

acaso nos comprometamos seriamente y nos expongamos á perder nuestras

almas; de modo que hagamos el trabajo para el cual nos han enviado aquí,

y después comenzaré á contaros los pormenores de mi fornicio y mi

castración.»

* * * * *

Dicho esto, se levantó el negro Bakhita, y con él los otros dos, que ya

habían descansado, y entre los tres, alumbrados por la linterna, se

pusieron á cavar un hoyo. Cavaban Kafur y Bakhita, mientras que Sauab

recogía la tierra en un capazo y la echaba fuera. Y así abrieron el

hoyo, y luego de depositar en él el cajón lo taparon con tierra y

apisonaron el suelo. Recogieron las herramientas y el farol, salieron

de la _tourbeh_, cerraron la puerta y se alejaron rápidamente.

Y Ghanem ben-Ayub, que lo había oído todo desde lo alto de la palmera,

vió cómo desaparecían á lo lejos. Y cuando pasó un gran rato, empezó á

preocuparle lo que pudiera contener aquel cajón. Pero no se atrevió á

bajar de la palmera y aguardó á que brillase la primera claridad del

alba. Entonces descendió de la palmera y empezó á escarbar la tierra con

las manos, no cesando hasta que logró sacar el cajón, después de grandes

esfuerzos.

Cogió entonces una piedra y rompió el candado con que estaba cerrado el

cajón. Y al levantar la tapa vió á una joven que parecía dormida, pues

la respiración movía acompasadamente su pecho. Estaba indudablemente

bajo la influencia del banj.

Era de una sin igual hermosura, con una tez delicada, suave y deliciosa.

Estaba cubierta de alhajas, y llevaba al cuello un collar de oro con

gemas preciosas, en las orejas arracadas de una sola piedra

inapreciable, y en los tobillos y en las muñecas unas pulseras de oro

cuajadas de brillantes. Aquello debía valer más que todo el reino del

sultán.

Cuando Ghanem reconoció bien á la hermosa joven y se cercioró de que no

había sufrido ninguna violencia de los eunucos que hasta allí la habían

llevado para enterrarla viva, se inclinó hacia ella, la cogió en brazos

y la depositó suavemente en el suelo. Y al respirar la joven el aire

vivificador, adquirió su rostro nueva vida, exhaló un gran suspiro,

tosió, y con estos movimientos se le cayó de la boca un pedazo de banj

capaz de adormecer á un elefante dos noches seguidas. Entonces

entreabrió los ojos, ¡unos ojos adorables! y dominada todavía por el

banj, exclamó con una voz llena de dulzura: «¿Dónde estás, Riha? ¿No ves

que tengo sed? ¡Tráeme un refresco! ¿Y tú, Zahra, dónde estás? ¿Y

Sabiha? ¿Y Schagarad Al-Dorr? ¿Y Nur Al-Hada? ¿Y Nagma? ¿Y Subhia? ¿Y

tú, sobre todo, Nozha, ¡oh dulce y gentil Nozha!? ¿En dónde estáis que

no me respondéis?»[5]. Y como nadie contestase, la joven acabó por abrir

completamente los ojos y miró en torno suyo. Y aterrada, clamó de este

modo: «¿Quién me habrá sacado de mi palacio para traerme entre estos

sepulcros? ¿Qué criatura podrá saber jamás lo que se oculta en el fondo

de los corazones? ¡Oh tú, Retribuidor, que conoces los secretos más

escondidos, tú sabrás distinguir á los buenos y á los malos el día de la

Resurrección!

Y Ghanem, que seguía de pie, avanzó algunos pasos y dijo: «¡Oh soberana

de la hermosura, cuyo nombre debe ser más dulce que el jugo del dátil, y

cuya cintura es más flexible que la rama de la palmera! ¡Yo soy Ghanem

ben-Ayub, y aquí no hay en realidad palacios ni tumbas, sino un esclavo

tuyo, que soy yo, y á quien el Clemente sin límites puso cerca de ti

para librarte de todo mal y resguardarte de todo dolor! Acaso así, ¡oh

la más deseada! te dignes mirarme con agrado.»

Y la joven, en cuanto se cercioró de la realidad de cuanto veía, dijo:

«¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!» Después se

volvió hacia Ghanem, le miró con sus ojos resplandecientes, y puesta la

mano en el corazón dijo con su voz deliciosa: «¡Oh favorable joven!

¡Aquí me tienes, despertando entre lo desconocido! ¿Puedes decirme quién

me ha traído hasta aquí?» Y Ghanem respondió: «¡Oh señora mía! Te han

traído tres negros eunucos y te traían metida en un cajón.» Y le contó

toda la historia: cómo le había sorprendido la noche fuera de la ciudad,

cómo había sacado á la joven del cajón, y cómo, á no ser por él, habría

perecido ahogada bajo la tierra. Después le rogó que le contase su

historia y el motivo de su aventura. Pero ella dijo: «¡Oh joven!

¡Glorificado sea Alah, que me ha puesto en manos de un hombre como tú!

Pero ahora te ruego que me ocultes en el cajón y vayas en busca de

alguien que pueda llevarlo á tu casa. Allí verás cuán provechoso es para

ti, pues tendrás toda clase de delicias. Y te podré contar mi historia y

ponerte al corriente de mis aventuras.»

Y Ghanem quedó encantado al oirla, y salió inmediatamente en busca de un

arriero, y como ya era entrado el día y brillaba el sol en todo su

esplendor, la cosa no fué difícil. Volvió, pues, en seguida con un

arriero, y como había cuidado de meter á la joven en el cajón, le ayudó

á cargarlo en el mulo, y emprendieron á toda prisa el camino de su casa.

Y durante el viaje comprendió Ghanem que el amor á la joven había

penetrado en su corazón, y se vió en el límite de la dicha al pensar que

pronto sería suya aquella hermosura que vendida en el zoco habría valido

diez mil dinares de oro, y que llevaba encima incalculables riquezas en

joyas, pedrería y telas preciosas. Y estos pensamientos tan gratos

hacían que sintiera impaciencia por llegar cuanto antes. Y al fin llegó,

y él mismo ayudó al arriero á descargar el cajón y llevarlo al interior

de la casa.

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y discretamente interrumpió su relato.

[Illustration]

PERO CUANDO LLEGÓ LA 40.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Ghanem llegó sin

contratiempo á su casa, abrió el cajón y ayudó á salir á la joven. Ésta

examinó la casa, y vió que era muy hermosa, con alfombras de vivos y

alegres matices, y tapices de mil colores que alegraban la vista, y

muebles preciosos, y otras muchas cosas. Y vió también muchos fardos de

mercancías y paños de gran valor, y pilas de sedería y brocados, y

jarrones llenos de vejigas de almizcle. Entonces comprendió que Ghanem

era un mercader de los principales, dueño de numerosas riquezas. Quitóse

el velillo con que había cuidado de taparse el rostro, y miró

atentamente al joven Ghanem. Y le pareció muy hermoso, y le amó, y le

dijo: «¡Oh Ghanem! Ya ves que delante de ti me descubro. Pero tengo

mucho apetito, y te ruego que me traigas algo que comer.» Y Ghanem

contestó: «¡Sobre mi cabeza y mis ojos.»

Y corrió al zoco, compró un cordero asado, una bandeja de pasteles en

casa del confitero Hadj Soleimán, el más ilustre de los confiteros de

Bagdad, otra bandeja de halaua y almendras, alfónsigos y frutas de todas

clases, y cántaros de vino añejo, y por último, flores de todas clases.

Lo llevó á su casa, puso la fruta en grandes copas de porcelana y las

flores en preciosos jarrones, y todo lo colocó delante de la joven.

Entonces ésta le sonrió, y se arrimó mucho á él, y le echó los brazos al

cuello, le besó y le hizo mil caricias, y le dijo frases llenas de

cariño. Y Ghanem sintió que el amor penetraba cada vez más en su cuerpo

y en su corazón. Después ambos se dedicaron á comer y beber, y se

amaron, por ser los dos de la misma edad y de igual belleza. Cuando

llegó la noche, se levantó Ghanem y encendió lámparas y candelabros,

pero más que la luz de las bujías iluminaba la sala el esplendor de sus

rostros. Luego trajo instrumentos músicos, y fué á sentarse al lado de

la joven, y siguió bebiendo y jugando con ella juegos muy agradables,

riendo muy dichoso y cantando canciones apasionadas y versos inspirados.

Y así fué aumentando la pasión que se tenían. ¡Bendito y glorificado sea

Aquel que une los corazones y junta á los enamorados!

Y no cesaron los juegos hasta que apareció la aurora, y como el sueño

había acabado por pesar sobre sus párpados, se durmieron uno en brazos

de otro, pero sin hacer aquel día nada definido.

Apenas se despertó Ghanem, corrió al zoco para comprar viandas,

legumbres, frutas, flores y vinos, todo lo necesario para pasar el día.

Lo llevó á casa, se sentó al lado de la joven y se pusieron á comer muy

á gusto, hasta saciarse. Después llevó Ghanem bebidas, y empezaron á

beber, hasta que se colorearon sus mejillas y sus ojos se pusieron más

negros y brillantes. Entonces el alma de Ghanem deseó besar á la joven y

acostarse con ella. Y le dijo: «¡Oh soberana mía! Permíteme que te bese

en la boca, para que refresque el fuego de mis entrañas.» Y ella

contestó: «¡Oh Ghanem! aguarda á que esté ebria, y entonces permitiré

que me beses la boca, pues no me daré cuenta de lo que hagan tus

labios.» Y como empezaba á embriagarse, se puso de pie, se despojó de

sus ropas, y sólo dejó sobre su cuerpo una camisa transparente y sobre

sus cabellos un finísimo velo de seda blanca con lentejuelas de oro.

Al verla así, creció el deseo de Ghanem, y dijo: «¡Oh dueña mía,

permíteme gustar tu boca!» Y la joven contestó: «¡Por Alah! Eso no te lo

puedo permitir, á pesar de que te amo, pues me lo impide una cosa que

está escrita en la cinta de mi calzón, y que no puedo enseñarte ahora.»

Pero Ghanem, por la misma dificultad con que tropezaba, sintió que los

deseos se desbordaban en su corazón, y acompañándose con el laúd, cantó

estas estrofas:

_¡Imploré un beso de su boca; de su boca, tormento de mi corazón;

un beso que curase mi enfermedad!_

_Y me dijo: «¡Oh, no! ¡Eso nunca!» Y yo dije: «¡Pues ha de ser!»_

_Y ella contestó: «¡Un beso! ¡Eso ha de darse voluntariamente! ¿Me

darías á la fuerza un beso en mis labios sonrientes?»_

_Y le dije: «¡No creas que un beso dado á la fuerza carece de

voluptuosidad!» Y me respondió: «¡Un beso á la fuerza no sabe bien

más que en la boca de las pastoras de las montañas!»_

Y después que hubo cantado, sintió Ghanem que aumentaba su locura, y sus

transportes, y el fuego de sus entrañas. Y la joven nada le concedía,

aunque no dejaba de expresarle que compartía su pasión. Y así siguieron

hasta que se hizo de noche: Ghanem enormemente excitado, y ella sin

acceder. Por fin, Ghanem se levantó y encendió las lámparas, alumbrando

espléndidamente el salón, y fué á echarse á los pies de la joven. Y pegó

los labios á aquellos pies tan maravillosos, que le parecieron dulces

como la leche y tiernos como la manteca. Y luego subió hasta las

piernas, y aún más arriba, entre los muslos. Y parecía comerse toda

aquella carne sabrosa, que olía á almizcle, á rosa y á jazmín. Y la

joven se estremecía toda, como se estremece la gallina dócil agitando

las alas. Y Ghanem gritó enloquecido: «¡Oh dueña mía! ¡Ten piedad de

este esclavo tuyo, vencido por tus ojos, muerto por tu carne! Desde que

viniste he perdido la tranquilidad.» Y sintió que las lágrimas bañaban

sus ojos. Entonces la joven contestó: «¡Por Alah! ¡Oh dueño mío, oh luz

de mis ojos! ¡Te quiero con toda la pulpa de mi carne! Pero sabe que

nunca podré entregarme á ti, ni que me poseas del todo.» Y Ghanem

exclamó: «¿Y quién te lo impide?» Y ella dijo: «Esta noche te explicaré

el motivo, y entonces me disculparás.» Pero al hablar así, se dejó caer

á su lado y le echó los brazos al cuello y le dió millares de besos,

prometiéndole mil locuras. Y estos juegos duraron hasta el amanecer,

pero la joven nada dijo respecto á la causa que le impedía entregarse.

El libro de las mil noches y una noche; t. 3 · 第 9 / 12 段