_¡Que eche una mirada á mi desdicha, que descubra mi tristeza y me

dé un poco de agua para calmar los sufrimientos de mi suplicio!_

Entonces todos los presentes empezaron á llorar, y el verdugo fué en

seguida en busca de una alcarraza con agua y se la presentó á Alí-Nur.

Pero inmediatamente el visir Sauí acudió desde su sitio, y dando un

golpe á la alcarraza la rompió en mil pedazos. Y en seguida gritó

enfurecido al verdugo: «¿Qué aguardas para cortarle la cabeza?» Y el

verdugo cogió entonces un lienzo y vendó los ojos á Alí-Nur. Y al verlo,

la multitud se encaró con el visir y empezó á injuriarle, aumentando

cada vez más el tumulto de gritos. Y no cesaba la agitación, cuando

súbitamente se levantó una nube de polvo y resonaron clamores confusos

que iban aproximándose, llenando el aire y el espacio.

Y al ver la nube de polvo y oir el estrépito, el sultán miró por la

ventana del palacio y dijo á quienes le rodeaban: «Averiguad en seguida

lo que es eso.» Y el visir repuso: «No es eso lo más urgente. Antes

conviene degollar á ese hombre.» Pero el sultán replicó: «Calla, ¡oh

Sauí! y déjanos ver lo que es eso.»

Aquella nube de polvo la levantaban los caballos en que galopaban

Giafar, el gran visir del califa, y los jinetes de su séquito.

Y he aquí el motivo de su llegada. El califa, después de la noche de

amor que había pasado entre los brazos de Dulce-Amiga, había dejado

transcurrir treinta días sin acordarse de ella ni de la historia de

Alí-Nur ben-Khacan. Pero una noche entre las noches, al pasar junto al

gabinete en que estaba encerrada Dulce-Amiga, oyó amargo llanto y una

voz dolorida que cantaba estos versos del poeta:

_¡Oh delicia mía! ¡Tu sombra, estés ausente ó estés conmigo, no se

aparta de mí! ¡Y mi boca, para alegrarme, gusta de repetir tu

nombre delicioso!_

Y como los sollozos fuesen cada vez más desesperados, abrió el califa la

puerta, entró en el gabinete, y vió á Dulce-Amiga que lloraba. Y

Dulce-Amiga se echó á sus pies y se los besó tres veces, y recitó estas

estrofas:

_¡Oh tú, que eres de ilustre raza y producto de sangre famosa, de

origen noble, rama fértil doblada bajo el peso de frutos

exquisitos!_

_¡He de recordarte la promesa que tu bondad me hizo y que me

ofreció tu generosidad sin par! ¡Ojalá no la olvides nunca!_

Pero el califa, que seguía sin acordarse de Dulce-Amiga, le dijo:

«¿Quién eres, ¡oh joven!?» Y ella contestó: «Soy la que te regaló

Alí-Nur ben-Khacan. Y ahora te ruego que cumplas la promesa de enviarme

junto á él con todos los honores debidos. Y cuenta que pronto hará

treinta días que estoy aquí y no he podido disfrutar siquiera una hora

de sueño.» Entonces el califa llamó apresuradamente á Giafar Al-Barmakí,

y le dijo: «Llevo treinta días sin saber nada de Alí-Nur, y temo que le

haya mandado matar el sultán de Bassra. Pero juro por mi cabeza y por la

tumba de mis padres y mis abuelos, que como le haya ocurrido una

desgracia á ese joven, perecerá el que tenga la culpa, así sea la

persona más querida para mí. Quiero, pues, ¡oh Giafar! que salgas

inmediatamente para Bassra y averigües lo que han hecho con Alí-Nur.» Y

Giafar se puso inmediatamente en camino.

Y al llegar á Bassra se encontró Giafar con aquel tumulto, y vió la

muchedumbre agitada como el oleaje del mar, y preguntó: «¿Pero qué

alboroto es ese?» Y en seguida millares de voces le refirieron cuanto

había ocurrido con Alí-Nur ben-Khacan. Y cuando Giafar oyó sus palabras,

se dió más prisa para llegar á palacio. Y subió á las habitaciones del

sultán, y le deseó la paz, y le enteró del objeto de su viaje, y le

dijo: «Si le ha sucedido alguna desgracia á Alí-Nur, tengo orden de que

perezca quien tuviere la culpa, y de que tú, ¡oh sultán! expíes también

el crimen cometido. ¿Dónde está Alí-Nur?»

El sultán mandó entonces que trajeran en seguida á Alí-Nur, y los

guardias fueron á buscarle á la plaza. Y apenas entró Alí-Nur, se

levantó Giafar y mandó á los guardias que prendieran al sultán y al

visir El-Mohin ben-Sauí. É inmediatamente nombró á Alí-Nur sultán de

Bassra, y lo colocó en el trono, en vez de Mohammad El-Zeiní, á quien

mandó encerrar con el visir.

Después Giafar permaneció en Bassra, en casa del nuevo rey, los tres

días reglamentarios de cortesía. Pero al cuarto día, Alí-Nur se dirigió

á Giafar y le dijo: «Tengo vivos deseos de volver á ver al Emir de los

Creyentes.» Y Giafar se avino á ello, y dijo: «Empecemos por hacer

nuestra oración de la mañana, y saldremos en seguida para Bagdad.» Y el

rey dijo: «Escucho y obedezco.» É hicieron la oración de la mañana, y

ambos, acompañados de guardias y jinetes llevando consigo al ex rey

Mohammad El-Zeiní y al visir Sauí, emprendieron el camino de Bagdad. Y

durante el viaje, el visir Sauí tuvo tiempo para reflexionar y morderse

las manos arrepentido.

Alí-Nur marchó todo el camino al lado de Giafar, hasta que llegaron á

Bagdad, morada de paz. Y se apresuraron á presentarse al califa, y

Giafar le contó la historia de Alí-Nur. Entonces el califa mandó

acercarse á Alí-Nur, y le dijo: «Toma este alfanje y corta con tu

propia mano la cabeza de tu enemigo, el miserable Ben-Sauí.» Y Alí-Nur

cogió el acero y se acercó á Ben-Sauí, pero éste lo miró y le dijo: «¡Oh

Alí-Nur! Yo procedí contigo según mi temperamento, al cual no podía

sustraerme. Pero tú debes obrar á tu vez según el tuyo.» Entonces

Alí-Nur tiró el alfanje, miró al califa, y le dijo: «¡Oh Emir de los

Creyentes! este hombre me ha desarmado.»

Y recitó lo que dice el poeta:

_¡He visto á mi enemigo y no he sabido cómo vencerle, pues el

hombre puro siempre es vencido por las palabras de bondad!_

Pero el califa exclamó: «¡Está bien, Alí-Nur!» Y dijo á Massrur: «¡Oh

Massrur! Levántate y corta la cabeza á ese bandido.» Y Massrur se

levantó, y de un solo tajo degolló al visir El-Mohín ben-Sauí. Entonces

el califa se dirigió á Alí-Nur, y le dijo: «Ahora puedes pedirme lo que

quieras.» Y Alí-Nur respondió: «¡Oh señor y dueño mío! no deseo reinar,

ni quiero tener ninguna intervención en el trono de Bassra. No siento

más deseo que tener la dicha de contemplar tus facciones.» Y el califa

contestó: «¡Oh Alí-Nur! con todo el cariño de mi corazón y como homenaje

debido.» Después mandó llamar á Dulce-Amiga, y se la devolvió á Alí-Nur,

y les dió grandes riquezas, y un palacio de los más hermosos de Bagdad,

y una suntuosa pensión del Tesoro. Y quiso que Alí-Nur ben-Khacan fuera

su íntimo compañero. Y acabó por perdonar al sultán Mohammad El-Zeiní,

al cual repuso en el trono, encargándole que en adelante eligiese mejor

sus visires. Y todos vivieron con alegría y prosperidad hasta su muerte.

Al terminar, la discretísima Schahrazada dijo al rey: «No creas,

¡oh rey! que esta historia de Alí-Nur y Dulce-Amiga, aunque muy

deliciosa, sea tan notable y sorprendente como la de Ghanem

ben-Ayub y su hermana Fetnah.» Y el rey Schahriar contestó: «No

conozco tal historia.»

[Illustration]

[Illustration]

HISTORIA DE GHANEM BEN-AYUB Y DE SU HERMANA FETNAH

[Illustration]

Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad de los

tiempos, en lo pasado de los siglos y de las edades, hubo un mercader

entre los mercaderes que era riquísimo y padre de dos hijos. Se llamaba

Ayub, y su hijo varón, Ghanem ben-Ayub, fué conocido después con el

sobrenombre de El-Motim El-Masslub[3], y era tan hermoso como la luna

llena, y estaba dotado de una elocuencia maravillosa. La hija, hermana

de Ghanem, se llamaba Fetnah[4], nombre muy merecido por sus encantos y

su hermosura.

Al morir Ayub, les dejó grandes riquezas...

En este momento de su relato, vió Schahrazada nacer el día y se

calló discretamente.

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 37.ª NOCHE_

[Illustration]

Prosiguió en esta forma:

...Al morir el mercader Ayub, les dejó grandes riquezas, y entre otras

cosas, cien cargas de sederías, brocados y telas preciosas, y cien

vasijas llenas de vejigas de almizcle puro. Todo cuidadosamente

empaquetado, y en cada fardo se veía escrito con grandes caracteres:

DESTINADO Á BAGDAD, pues Ayub no pensaba morirse tan pronto, y quería ir

á Bagdad para vender sus preciosas mercaderías.

Pero llamado á la infinita misericordia de Alah, y pasado el tiempo del

luto, el joven Ghanem pensó realizar el viaje á Bagdad que tenía

proyectado su padre. Despidióse, pues, de su madre, de su hermana

Fetnah, de sus parientes y de sus vecinos, y se fué al zoco, donde

alquiló los camellos necesarios, cargó en ellos sus fardos, y aprovechó

la salida de otros comerciantes para Bagdad, á fin de ir en su compañía,

y así marchó, después de poner su suerte en manos de Alah el Altísimo. Y

Alah lo resguardó de tal modo, que no tardó en llegar á Bagdad sano y

salvo con todas sus mercaderías.

Apenas llegado á Bagdad, se apresuró á alquilar una casa hermosísima,

que amuebló suntuosamente, tendiendo por todas partes magníficas

alfombras, colocando divanes y almohadones, sin olvidar los cortinajes

en puertas y ventanas. Después mandó descargar todas las mercaderías y

descansó de las fatigas del viaje, esperando tranquilamente que todos

los mercaderes y personas notables de Bagdad fuesen, uno tras otro, á

desearle la paz y darle la bienvenida.

Pero después pensó en ir al zoco para vender parte de sus mercancías, y

mandó hacer empaquetar diez piezas de telas y de sederías finas que

llevaban marcado el precio en unas etiquetas. En seguida se dirigió al

zoco de los grandes mercaderes, y todos salieron á su encuentro y le

desearon la paz. Después le llevaron á presencia del jeique del zoco,

quien sólo con ver las mercaderías se las compró en el acto. Y Ghanem

ben-Ayub ganó dos dinares de oro por cada dinar de mercancías. Y

satisfechísimo de tal ganancia, siguió vendiendo piezas de tela y

vejigas de almizcle, ganando dos por uno durante todo un año.

Un día, á principios del otro año, fué al mercado, según su costumbre;

pero encontró todas las tiendas cerradas, lo mismo que la puerta

principal del zoco. Y como no era fiesta, se asombró mucho y preguntó la

causa. Le contestaron que acababa de fallecer uno de los principales

mercaderes y que los demás habían ido á enterrarle. Y uno de los

transeuntes le dijo: «Bien harías en ir también á acompañar al entierro,

pues te lo tendrán en cuenta.» Y contestó Ghanem: «Me parece muy justo,

pero quisiera saber dónde son los funerales.» Indicáronle el sitio;

entró en una mezquita cercana, hizo sus abluciones, y se dirigió á toda

prisa al lugar indicado. Mezclóse entonces con la muchedumbre de

mercaderes, y los acompañó á la gran mezquita, en donde se dijeron las

oraciones de costumbre. Luego la comitiva emprendió el camino del

cementerio, que estaba situado fuera de las puertas de Bagdad. Entraron

en él y fueron atravesando tumbas, hasta llegar á aquélla en que iban á

depositar el cadáver.

Los parientes habían levantado una tienda, colocándola de suerte que

cubriera el sepulcro, colgando en ella lámparas, antorchas y faroles. Y

todos pudieron entrar para resguardarse debajo del toldo. Entonces se

abrió la tumba, se depositó el cadáver, y se puso la losa. Luego los

imams y demás ministros del culto y los lectores del Corán empezaron á

leer sobre la tumba los versículos del Libro Noble y los capítulos

prescritos. Y los mercaderes y los parientes se sentaron en corro sobre

las alfombras tendidas debajo del toldo, y oyeron religiosamente las

santas Palabras. Y Ghanem ben-Ayub, aunque tenía prisa por volver á su

casa, no quiso retirarse en seguida, por consideración hacia los

parientes, y se quedó con ellos.

Las ceremonias religiosas duraron hasta el anochecer. Entonces llegaron

los esclavos con bandejas llenas de manjares y dulces, y los repartieron

entre los presentes, que comieron y bebieron hasta la hartura, según es

costumbre en los entierros. Después les presentaron las jofainas y los

jarros, y todos los comensales se lavaron las manos, y en seguida fueron

á sentarse en corro, silenciosamente, como suele hacerse.

Pero pasado un largo rato, como la sesión no se iba á terminar hasta la

mañana siguiente, Ghanem empezó á alarmarse por las mercaderías que

había dejado en su casa sin que nadie las guardase. Y temió que se las

robaran los ladrones, y dijo para sí: «Soy extranjero, y teniendo como

tengo fama de hombre rico, si paso una noche fuera de mi casa los

ladrones la saquearán, y se llevarán mi dinero y las mercancías que me

quedan.» Y como sus temores fuesen mayores cada vez, se decidió á

levantarse y se disculpó con los demás diciendo que iba á evacuar una

necesidad apremiante, y salió á toda prisa. Echó á andar á oscuras, y

fué caminando hasta que llegó á las puertas de la ciudad. Pero como ya

era media noche, encontró la puerta cerrada, y no vió á nadie, ni oyó

ninguna voz humana. Solamente oía el ladrar de los perros y los

chillidos de los chacales que sonaban á lo lejos mezclados con los

aullidos de los lobos. Entonces, asustadísimo, exclamó: «¡No hay fuerza

ni poder más que en Alah! Antes temía por mis riquezas, y ahora he de

temer por mi vida.» Y empezó á buscar un albergue donde pasar la noche,

y al fin encontró una _tourbeh_ junto á la cual había una palmera. Una

puerta estaba abierta, y Ghanem entró por allí, y se tendió para

conciliar el sueño; pero no podía dormir, pues estaba aterrado de verse

solo en medio de las tumbas. Y se puso de pie, y abrió la puerta y miró

hacia afuera. Y vió una luz que brillaba á lo lejos, cerca de las

puertas de la ciudad. Se dirigió hacia aquella luz, pero entonces vió

que ésta se acercaba por el camino que conducía á la _tourbeh_ en que él

se encontraba. Entonces Ghanem tuvo más miedo, retrocedió

precipitadamente, se metió de nuevo en la _tourbeh_, y cuidó de cerrar

la puerta, que era muy pesada. Pero no se tranquilizó hasta que se hubo

subido á lo alto de la palmera para esconderse entre el ramaje. Desde

allí vió que la luz se iba acercando, hasta que acabó por ver á tres

negros, dos de los cuales llevaban un enorme cajón y el tercero una

linterna y unos azadones. Al llegar á la _tourbeh_ se detuvo muy

sorprendido el negro que llevaba el farol. Los demás le dijeron: «¿Qué

ocurre, ¡oh Sauab!?» Y Sauab respondió: «¿No lo veis?» Y dijo uno de los

otros: «¿Pero qué he de ver?» Y Sauab replicó: «¡Oh Kafur! ¿no ves que

la puerta de la _tourbeh_, que habíamos dejado abierta esta tarde, está

cerrada y con el cerrojo echado por dentro?» Entonces el tercer negro,

llamado Bakhita, exclamó: «¡Qué poco entendimiento tenéis! ¿Ignoráis que

los propietarios de estos campos salen todos los días de la ciudad y

vienen á descansar aquí después de examinar sus plantaciones? ¿No sabéis

que cuidan de cerrar la puerta en cuanto anochece, por temor de que los

sorprendamos nosotros los negros, pues saben que si los cogemos los

asamos vivos y nos comemos su carne blanca?» Entonces Kafur y Sauab

dijeron al otro negro: «¡Oh Bakhita! Verdaderamente no puedes presumir

de inteligencia.» Pero Bakhita replicó: «Veo que no me creeréis hasta

que encontremos al que estará escondido, y os advierto anticipadamente

que, si hay alguien en la _tourbeh_, al ver acercarse nuestra luz se

habrá subido, aterrorizado, á la copa de la palmera. Y allí lo

encontraremos.»

Y aterrado Ghanem, pensaba: «¡Qué negro tan listo! ¡Confunda Alah á

todos los sudaneses por su perfidia y su malignidad!» Después, muerto de

miedo, dijo: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah el Altísimo y el

Omnipotente! ¿Quién me podrá salvar ahora de este peligro?»

Y los dos negros dijeron al que llevaba el farol: «¡Oh Sauab! sube á lo

alto del muro, y salta dentro de la _tourbeh_, y ábrenos la puerta, pues

estamos muy cansados del peso de este cajón encima del cuello y de los

hombros. Y si nos abres la puerta te reservaremos al más rollizo de los

individuos que cojamos ahí dentro, y te lo coceremos muy en su punto,

dorándole la piel, cuidando que no se desperdicie ni una gota de grasa.»

Pero Sauab contestó: «Como tengo tan poca inteligencia, prefiero que

tiremos este cajón por encima de la tapia, ya que nos han dado la orden

de dejarlo en esta _tourbeh_.» Pero los otros dos negros contestaron:

«Si lo tiramos como dices, se hará pedazos.» Y Sauab replicó: «Pero si

entramos en la _tourbeh_, acaso nos sorprendan los bandidos que ahí

suelen ocultarse para asesinar y desvalijar á los viajeros. Ya sabéis

que en ese sitio se reunen por la noche todos los bandoleros para

repartirse el botín.» Los otros dos negros dijeron: «¿Es posible que

seas tan infeliz que creas semejantes majaderías?»

Y dejando el cajón en el suelo, escalaron la pared, saltaron dentro de

la _tourbeh_ y corrieron á abrir, mientras el otro les alumbraba desde

fuera. Metieron entre los tres el cajón, cerraron la puerta y se

sentaron á descansar en la _tourbeh_. Y uno dijo: «Verdaderamente, ¡oh

hermanos! que estamos rendidos de tanto caminar y por el trabajo que

hemos hecho. Y he aquí que es media noche. Descansemos algunas horas, y

después abriremos la zanja para enterrar este cajón, cuyo contenido

ignoramos. Luego del descanso podremos trabajar mejor. Y para pasar

agradablemente estas horas de reposo, cuente cada uno cómo ha llegado á

ser eunuco y por qué se le castró, relatándolo todo desde el principio

hasta el fin. De esta manera pasaremos la noche agradablemente.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió clarear el día, y

se calló discretamente.

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 38.ª NOCHE_

[Illustration]

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando uno de los negros

sudaneses propuso que cada uno contase la historia de su castración, el

negro Sauab, portador de la linterna y los azadones, tomó la palabra, y

como los otros se rieran, repuso: «¿De qué os reís? ¿De que sea el

primero en contar por qué me castraron?» Y los otros dijeron: «Nos

parece muy bien. ¡Te escuchamos!»

Entonces el eunuco Sauab dijo:

[Illustration]

Historia del negro Sauab, primer eunuco sudanés

[Illustration]

«Sabed, ¡oh mis hermanos! que apenas tenía cinco años de edad cuando el

mercader de esclavos me sacó de mi tierra para traerme á Bagdad, y me

vendió á un guardia de palacio. Este hombre tenía una hija, que en aquel

momento contaba tres años. Fuí criado con ella, y era la diversión de

todos cuando jugaba con la niña, y bailaba danzas muy graciosas y le

cantaba canciones. Todo el mundo quería al negrito.

Juntos crecimos de aquel modo, y yo llegué á los doce años y ella á los

diez. Y nos dejaban jugar juntos. Pero un día entre los días, al

encontrarla sola en un sitio apartado, me acerqué á ella, según

costumbre. Precisamente acababa de tomar un baño en el hammam, y estaba

deliciosa y perfumada. En cuanto á su rostro, parecía la luna en su

décimacuarta noche. Al verme corrió hacia mí, y nos pusimos á jugar y á

hacer mil locuras. Me mordía y yo la arañaba; me pellizcaba y yo la

pellizcaba también, pero de tal modo, que á los pocos instantes el zib

se me levantó y se me hinchó. Y semejante á una llave enorme, se me

dibujaba por debajo de la ropa. Entonces se echó á reir, se me vino

encima, me tiró de espaldas al suelo y se colocó á horcajadas sobre mi

vientre; y empezando á restregarse conmigo, acabó por dejar mi zib al

aire. Y al verlo erguido y poderoso, lo cogió con una mano y frotó y

cosquilleó con él los labios de su vulva por encima del calzón que

llevaba puesto. Pero estos juegos vinieron á aumentar de un modo

alarmante el calor que sentía. Y la estreché entre mis brazos, mientras

que ella se me colgaba del cuello apretándome con todas sus fuerzas. Y

he aquí que súbitamente mi zib, como si fuese de hierro, le atravesó el

pantalón, y penetrando triunfante le arrebató la virginidad.

Una vez terminada la cosa, la niña se echó á reir otra vez, y volvió á

besarme; pero yo estaba aterrado con lo que acababa de ocurrir, y me

escapé de entre sus manos, corriendo á refugiarme en la casa de un negro

amigo mío.

La niña no tardó en volver á su casa, y la madre, al verle la ropa en

desorden y el pantalón atravesado de parte á parte, lanzó un grito.

Después, examinando el lugar que se oculta entre los muslos, ¡vió lo que

vió! Y se cayó al suelo, desmayada de dolor y de ira. Pero cuando volvió

en sí, como la cosa era irreparable, tomó todas las precauciones para

arreglar el asunto, y sobre todo para que su esposo no supiera la

desgracia. Y tal maña se dió, que pudo conseguirlo. Transcurrieron dos

meses, y aquella mujer acabó por encontrarme, y no dejaba de hacerme

regalitos para obligarme á volver á la casa. Pero cuando volví no se

habló para nada de la cosa, y siguieron ocultándoselo al padre, que

seguramente me habría matado, y ni la madre ni nadie me deseaba mal

alguno, pues todos me querían mucho.

Dos meses después la madre consiguió poner en relaciones á su hija con

un joven barbero, que era el barbero de su padre, y con tal motivo iba

mucho á casa. Y la madre le dió un buen dote de su peculio particular y

le hizo un buen equipo. En seguida llamaron al barbero, que se presentó

con todos sus instrumentos. Y el barbero me ató y me cortó los

compañones, convirtiéndome en eunuco. Y se celebró la ceremonia del

casamiento, y yo quedé de eunuco de mi amita, y desde entonces tuve que

ir precediéndola por todas partes, cuando iba al zoco, ó cuando iba de

visitas ó á casa de su padre. Y la madre hizo las cosas tan

discretamente, que nadie supo nada de la historia, ni el novio, ni los

parientes, ni los amigos. Y para hacer creer á los invitados en la

virginidad de la novia, degolló un pichón, tiñó con su sangre la camisa

de la recién casada, y según costumbre, hizo pasear esta camisa al

acabar la noche por la sala de reuniones, por delante de todas las

mujeres invitadas, que lloraron de emoción.

Desde entonces viví con mi amita en casa de su marido el barbero. Y así

pude deleitarme impunemente y en la medida de mis fuerzas con la

hermosura y las perfecciones de aquel cuerpo delicioso, pues aunque

había perdido otras cosas, me quedaba el zib. De modo que sin peligro y

sin despertar sospechas pude seguir besando y abrazando á mi ama, hasta

que murieron ella, su marido y sus padres. Entonces pasaron á mí todos

los bienes, y llegué á ser eunuco de palacio, igual que vosotros, ¡oh

mis hermanos negros! Tal es la causa de que me castraran. Y ahora, la

paz sea con vosotros.»

* * * * *

Dicho lo que antecede, el negro Sauab se calló, y el segundo negro,

Kafur, tomó la palabra y dijo:

[Illustration]

Historia del negro Kafur, segundo eunuco sudanés

«Sabed, ¡oh mis hermanos! que cuando sólo tenía ocho años de edad era ya

tan experto en el arte de mentir, que cada año soltaba una mentira tan

gorda que á mi amo el mercader se le arrugaba el ano y se caía de

espaldas. Así es que el mercader quiso deshacerse de mí cuanto antes, y

me puso en manos del pregonero, para que anunciase mi venta en el zoco,

diciendo: «¿Quién quiere comprar un negrito con todo su vicio?» Y el

pregonero me llevó por todos los zocos, diciendo lo que le habían

encargado. Y un buen hombre de entre los mercaderes del zoco no tardó en

acercarse, y preguntó al pregonero: «¿Y cuál es el vicio de este

negrito?» Y el otro contestó: «El de decir una sola mentira cada año.» Y

el mercader insistió: «¿Y qué precio piden por ese negrito con su

vicio?» A lo cual contestó el pregonero: «Sólo seiscientas dracmas.» Y

dijo el mercader: «Lo tomo, y te doy veinte dracmas de corretaje.» Y en

el acto se reunieron los testigos de la venta y se hizo el contrato

entre el pregonero y el mercader. Entonces el pregonero me llevó á la

casa de mi nuevo amo, cobró el precio de la venta y el corretaje, y se

marchó.

Mi amo me vistió decentemente con ropa á mi medida, y permanecí en su

casa el resto del año, sin que ocurriera ningún incidente. Pero empezó

otro año y se anunció como bendito en cuanto á la recolección y la

fertilidad. Los mercaderes le festejaban con banquetes en los jardines,

y cada uno pagaba á su vez los gastos del convite, hasta que le tocó á

mi amo. Entonces mi amo invitó á los mercaderes á comer en un jardín de

las afueras de la ciudad, y mandó llevar allí comestibles y bebidas en

abundancia, y todos estuvieron comiendo y bebiendo desde por la mañana

hasta el mediodía. Pero entonces recordó mi amo que había dejado

olvidada una cosa, y me dijo: «¡Oh mi esclavo! monta en la mula, ve á

casa para pedirle á tu ama tal cosa, y vuelve en seguida.» Yo obedecí la

orden y me dirigí apresuradamente á la casa.

El libro de las mil noches y una noche; t. 3 · 第 8 / 12 段