El califa se apresuró á salir, y fué á buscar á Giafar, á quien dijo:

«¡Oh Giafar! ahora quieren que se fría el pescado.» Y el visir contestó:

«¡Oh Emir de los Creyentes! dámelo y yo mismo lo freiré.» Pero el

califa repuso: «Por la tumba de mis padres y de mis ascendientes, nadie

más que yo ha de freir este pescado.» Y fué á la choza en que vivía el

jeique Ibrahim y empezó á buscar por todas partes, hasta que encontró

los utensilios de cocina y todos los ingredientes: sal, tomillo, hojas

de laurel y otras cosas semejantes. Se acercó al hornillo, y exclamó:

«¡Oh Harún! recuerda que en tus mocedades te gustaba andar por la cocina

con las mujeres y te metías á guisar. Ha llegado el momento de demostrar

tus habilidades. Cogió la sartén, la puso á la lumbre, le echó la

manteca y aguardó. Y cuando hirvió la manteca echó en la sartén los

peces, que ya había limpiado, escamado y untado con harina. Bien frito

el pescado por un lado, lo volvió del otro con mucho arte, y cuando

estuvo á punto lo sacó de la sartén y lo puso sobre grandes hojas de

plátano. Después fué al jardín á coger algunos limones y los puso

cortados en rajas sobre las hojas de plátano. Entonces se lo llevó á los

invitados y se lo puso delante. Y Alí-Nur, Dulce-Amiga y el jeique

Ibrahim se pusieron á comer, y cuando hubieron acabado, se lavaron las

manos, y Alí-Nur dijo: «¡Por Alah! ¡oh pescador! nos has hecho un gran

favor esta noche.» Y echó mano al bolsillo, sacó tres dinares de oro de

los que le había dado generosamente el joven chambelán, y se los tendió

al pescador, diciéndole: «Perdona ¡oh pescador! si no te doy más, porque

¡por Alah! si te hubiese conocido antes de los últimos acontecimientos

que me han ocurrido, podría haber arrancado para siempre de tu corazón

la amargura de la pobreza. Toma, pues, esos dinares, que son los únicos

que mi actual situación me permite darte.» Y obligó al califa á tomar el

oro que le alargaba, y el califa lo tomó y se lo llevó á los labios, y

después á la frente, como para dar gracias á Alah y á su bienhechor por

aquel donativo, y luego se metió los dinares en la faltriquera.

Pero lo que quería ante todo el califa era oir á la esclava cantar

delante de él, de modo que le dijo á Alí-Nur: «¡Oh dueño y señor! tus

beneficios y tu generosidad están sobre mi cabeza y sobre mis ojos, pero

mi más ardiente deseo se realizaría, gracias á tu bondad, si esta

esclava tocase algo en ese laúd que á su lado veo y me dejase oir su

voz, que debe ser admirable. Porque me encantan las canciones

acompañadas con las melodías del laúd, y son lo que más me gusta en el

mundo.» Entonces Alí-Nur dijo: «¡Oh Dulce-Amiga!» Y contestó ésta: «¡Oh

mi señor!» Y dijo Alí-Nur: «Por mi vida, si la estimas en algo, te ruego

que cantes para complacer á este pescador, que tanto desea oirte.» Y

Dulce-Amiga, al oir estas palabras de su enamorado Alí-Nur, cogió el

laúd en seguida, pulsó las cuerdas, ejecutó un preludio que hubo de

encantar á todos los presentes, y después cantó estas dos estrofas:

_¡La joven esbelta y flexible tañía el laúd con las delicadas yemas

de sus dedos, y al oirla voló mi alma!_

_Sonó su voz, y los sordos recobraron el oído, y los mudos

rompieron á hablar de pronto, diciendo: «¡Oh qué encanto el de esa

voz!»_

Y Dulce-Amiga, después de haber cantado esto, siguió pulsando el laúd

con arte tan maravilloso, que enloquecía á los que allí estaban. Después

sonrió y cantó estas dos estrofas:

_¡Con tu pie, joven grácil, pisaste nuestro suelo, que se

estremeció de placer, al mismo tiempo que la claridad de tus ojos

disipaba las tinieblas de la noche!_

_¡Oh mancebo querido! ¡cuando te vuelva á ver he de perfumar mi

morada con almizcle, resina de olor y agua de rosas!_

Y Dulce-Amiga cantó tan admirablemente, que el califa llegó al límite

del placer y se apasionó de tal modo, que no pudo reprimir el arrebatado

entusiasmo de su alma, y exclamó: «¡Por Alah! ¡Por Alah!» Y Alí-Nur le

dijo: «Pescador, ¿te ha encantado la voz de mi esclava y su arte de

pulsar las cuerdas armoniosas?» Y contestó el califa: «Sí, ¡por Alah!»

Entonces Alí-Nur, no pudiendo reprimir su costumbre de dar á los amigos

todo lo que les gustaba, le dijo: «¡Oh pescador! ya que tanto te

entusiasma mi esclava, he aquí que te la ofrezco y te la regalo, como

obsequio de un corazón generoso que nunca recogió lo que dió una vez.

Toma, pues, la esclava. ¡Tuya es desde ahora!» Y Alí-Nur se levantó

inmediatamente, cogió su manto, se lo echó al hombro, y sin despedirse

siquiera de Dulce-Amiga, se apercibió á abandonar el salón y dejar que

el supuesto pescador tomase libremente posesión de la esclava. Entonces

Dulce-Amiga, dirigiéndole una mirada llena de lágrimas, le dijo: «¡Oh mi

dueño Alí-Nur! ¿Vas á repudiarme de este modo? Detente por favor un

momento, sólo para que pueda despedirme de ti. ¡Oye, Alí-Nur!» Y

Dulce-Amiga recitó amargamente estas dos estrofas:

_¿Vas á huir de mí, ¡oh sangre pura de mi corazón! cuando tu sitio

está en este corazón herido, entre mi pecho y mis entrañas?

¡Ah! ¡Te suplico ¡oh tú, el Clemente sin límites! que reúnas á los

que se separaron! ¡Que repartas ¡oh Generoso! los beneficios entre

los hombres!_

Y terminada su lamentación, Dulce-Amiga se aproximó á Alí-Nur y le dijo:

_El día de la separación, al despedirse de mí, llorando lágrimas

ardientes me dijo: «¿Qué harás ahora, lejos de mí?» Y yo contesté:

«¡Oh! ¡Pregúntaselo más bien á quien se queda á tu lado!»_

Al oir estas palabras se impresionó mucho el califa, creyéndose causante

de la separación de los dos jóvenes. Y sorprendiéndole la facilidad con

que Alí-Nur le regalaba aquella maravilla, le dijo: «Explícate, ¡oh

joven! y no temas confesármelo todo, pues tengo tanta edad que podría

ser tu padre: ¿temes ser detenido y castigado por haber robado acaso á

esa joven, ó piensas cedérmela por tus deudas?» Entonces le contestó

Alí-Nur: «¡Por Alah, oh pescador! á esta esclava y á mí nos ha ocurrido

una aventura tan asombrosa, y somos víctimas de desdichas tan

extraordinarias, que si se escribieran con una aguja en el ángulo

interior del ojo, servirían de lección á quien las leyera con respeto.»

Y el califa dijo: «Apresúrate á contarnos detalladamente tu historia,

pues acaso esto sea para ti causa de alivio y hasta de socorro, ya que

el consuelo y el auxilio de Alah siempre están cercanos.» Entonces

Alí-Nur dijo: «¡Oh pescador! ¿Cómo quieres que te lo relate, en verso ó

en prosa?» Á lo cual respondió el califa: «La prosa es un bordado de

sederías y los versos hilos de perlas.» Entonces dijo Alí-Nur: «He aquí

por lo pronto el hilo de perlas.» Y entornando los ojos, bajó la frente

é improvisó estas estrofas:

_¡Oh amigo mío! ¡El reposo ha huído de mi lecho! ¡Al verme tan

alejado del país en que nací, me destroza el alma la amargura!

¡Sabe que tuve un padre á quien amaba, y que fué para mí el más

cariñoso de los padres! ¡Ya no está junto á mí, pues la tumba le

sirve de lecho!_

_¡Desde entonces, todas las desventuras y todas las aflicciones han

caído sobre mí de tal modo, que mis entrañas están destrozadas y mi

corazón hecho trizas!_

_¡Mi padre eligió para mí una hermosa entre las hermosas, una joven

esbelta como un tallo nuevo, esbelta y ondulante como una rama que

cimbrea el viento!_

_¡La amé apasionadamente, quemé por ella toda la herencia de mi

padre, y hasta tal punto la quise, que hube de preferirla al más

querido de mis rápidos corceles!_

_¡Pero un día me vi falto de todo y tuve que emprender el camino

del mercado, á pesar de temer con toda mi alma el dolor de la

separación!_

_¡El pregonero la subastó en el zoco; y de pronto, un viejo

libertino pujó para apoderarse de ella!_

_¡Al ver aquel viejo innoble, me enfurecí, cogí de la mano á mi

esclava y quise llevármela del mercado!_

_¡Pero el viejo libertino se creía ya á punto de saciar su

concupiscencia; el maldito viejo de corazón lleno de fuego

infernal!_

_¡Y le di un puñetazo con la mano derecha y otro con la izquierda!

¡Y desahogué en él la ira que me devoraba!_

_¡Después, por temor de que me prendiesen, y para librarme de mi

enemigo, huí de casa!_

_¡El rey de la ciudad mandó que me prendieran; pero entonces vi

acudir en mi ayuda á un joven chambelán hermoso y leal!_

_¡Y para librarme de las asechanzas de mis enemigos, me aconsejó

que huyera muy lejos!_

_¡Y cogí á mi amiga, y en alas de la noche salimos de nuestro país

tomando el camino de Bagdad!_

_¡Y ahora, sabe que no tengo más tesoro que mi amiga, y te la

regalo, ¡oh pescador!_

_¡Y sabe que te entrego á la amada de mi corazón, y que al quedarte

con ella te quedas con mi propio corazón, ¡oh pescador!_

Cuando Alí-Nur acabó de desgranar la última perla, el califa dijo: «¡Oh

mi señor! después de haberme maravillado con tu sarta de perlas,

¿querrías darme algunos pormenores sobre los preciosos bordados de esa

historia tan maravillosa?» Y entonces Alí-Nur, que creía estar hablando

con el pescador Karim, le refirió todas las particularidades de la

historia, desde el principio hasta el fin.

Pero cuando el califa se hubo enterado perfectamente de toda la

historia, dijo: «Y ahora ¿adónde piensas ir, ¡oh mi señor Alí-Nur!?» Y

Alí-Nur contestó: «¡Oh pescador! las tierras de Alah son vastas hasta lo

infinito.» Entonces el califa dijo: «Escúchame, ¡oh joven! Aunque sea

como soy un pobre pescador oscuro y sin luces, voy á darte una carta

para que la entregues en propia mano al sultán de Bassra, Mohammad

ben-Soleimán El-Zeiní. Y cuando la haya leído, ya verás qué resultado

tan favorable tendrá para ti.»

Al llegar á este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer

la mañana, y no prolongó más el hilo de su relato.

_Y CUANDO LLEGÓ LA 36.ª NOCHE_

[Illustration]

Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa dijo á

Alí-Nur: «Te escribiré una carta, que entregarás al sultán de Bassra,

Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, y ya verás sus resultados favorables»,

Alí-Nur, asombrado, repuso: «¿Cuándo se ha visto que un pescador escriba

directamente á un rey? Es una cosa que no ha ocurrido nunca.» Y el

califa dijo: «Tienes razón, ¡oh mi señor Alí-Nur! pero voy á explicarte

el motivo que me permite obrar de ese modo. Sabe que me enseñaron á leer

y escribir en la misma escuela que á Mohammad El-Zeiní, pues ambos

tuvimos el mismo maestro. Y yo estaba mucho más adelantado que el actual

califa, tenía mejor letra que él, y sabía de memoria las estrofas de los

poetas y los versículos de nuestro Libro Noble, pudiéndolos recitar

mucho más fácilmente que él. Éramos, pues, muy amigos; pero más adelante

le favoreció la fortuna, y llegó á ser rey, mientras Alah hizo de mí un

miserable pescador. Sin embargo, como su alma nada tiene de orgullosa,

mi compañero de escuela, hoy sultán de Bassra, ha continuado en

relaciones conmigo, y no hay cosa que le pida que no la haga

inmediatamente, y si cada día le hiciese mil peticiones, atendería con

seguridad á todas ellas.» Entonces Alí-Nur exclamó: «Escribe, pues, esa

carta, para que yo crea en tu influjo cerca del califa.»

Y el califa, después de sentarse en el suelo, doblando las piernas,

cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, apoyó el papel en la

palma de la mano izquierda, y escribió esta carta:

«EN NOMBRE DE ALAH, EL CLEMENTE SIN LÍMITES, EL MISERICORDIOSO.

»Este escrito es enviado por mí, Harún Al-Rachid ben-Mahdí

El-Abbasí, á Su Señoría Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.

»Recuerda que mi gracia te envuelve y que á ella debes haber sido

nombrado representante mío en un reino de mis reinos.

»Y ahora te anuncio que el portador de este escrito, hecho por mi

propia mano, es Alí-Nur, hijo de Fadleddín ben-Khacan, que fué tu

visir y descansa ahora en la misericordia del Altísimo.

»Inmediatamente después de haber leído mis palabras te levantarás

del trono del reino y colocarás en él á Alí-Nur, que será rey en

lugar tuyo. Porque he aquí que acabo de investirle de la autoridad

que antes te había confiado.

»Y cuida mucho que no sufra ningún aplazamiento la ejecución de mi

voluntad. La salvación sea contigo.»

Después el califa dobló la carta, la selló, y se la entregó á Alí-Nur,

sin revelarle su contenido. Y Alí-Nur cogió la carta, se la llevó á los

labios y á la frente, la guardó en el turbante y salió en el acto para

embarcarse con dirección á Bassra, mientras la pobre Dulce-Amiga lloraba

abandonada en un rincón.

Esto, por lo pronto, en cuanto se refiere á Alí-Nur. Respecto al califa,

he aquí que cuando el jeique Ibrahim, que hasta entonces nada había

dicho, vió todo aquello, se volvió hacia el califa, á quien seguía

tomando por el pescador Karim, y le dijo: «¡Oh tú, el más miserable de

los pescadores! Has traído unos peces que apenas valen veinte mitades de

cobre, y no contento con haberte embolsado tres dinares de oro ¿quieres

llevarte ahora esa esclava? Ahora mismo me vas á dar la mitad del oro, y

en cuanto á la esclava, la disfrutaremos también los dos, pero siendo yo

el primero.»

Entonces el califa, después de lanzar una terrible mirada al jeique

Ibrahim, se acercó á una de las ventanas y dió dos palmadas.

Inmediatamente acudieron Giafar y Massrur, que no aguardaban más que

aquella señal, y á un ademán del califa, Massrur se echó encima del

jeique Ibrahim y lo inmovilizó. Giafar, que llevaba en la mano un ropón

magnífico, que había mandado á buscar á toda prisa por uno de sus

criados, se acercó al califa, le quitó los harapos del pescador y le

puso el ropón de seda y oro.

Entonces el jeique Ibrahim, todo aterrado, reconoció al califa, y empezó

á morderse los dedos; pero aún se resistía á creer en la realidad, y se

decía: «¿Estoy despierto ó dormido?» Y el califa, sin disimular la voz,

le dijo: «¿Te parece bien, jeique Ibrahim, el estado en que te

encuentro?» Y al oirle se le quitó de pronto la borrachera al jeique

Ibrahim, se tiró de bruces al suelo, arrastrando por él su larga barba,

y recitó estas estrofas:

_¡Perdona mi falta, ¡oh tú que eres superior á todas las criaturas!

¡El señor debe generosidad al esclavo!_

_¡Confieso que hice cosas impulsado por la locura! ¡A ti te

corresponde ahora perdonarlas generosamente!_

Entonces el califa, dirigiéndose al jeique Ibrahim, le dijo: «Te

perdono.» Y volviéndose hacia la desconsolada Dulce-Amiga, prosiguió:

«¡Oh Dulce-Amiga! ahora que sabes quién soy, déjate conducir á mi

palacio.» Y todos salieron del Palacio de las Maravillas.

Cuando Dulce-Amiga llegó al palacio, el califa le mandó preparar un

aposento reservado, y puso á sus órdenes doncellas y esclavas. Después

fué en su busca, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! ya sabes que actualmente

me perteneces, pues te deseo, y además me has sido generosamente cedida

por Alí-Nur. Y yo, para corresponder á su esplendidez, acabo de enviarle

como sultán á Bassra. Y si quiere Alah, pronto le enviaré un magnífico

traje de honor, y serás tú la encargada de llevarlo. Y serás sultana

con él.» Y dicho esto cogió entre sus brazos á Dulce-Amiga, y aquella

noche la pasaron enlazados. Y fué lo que les ocurrió á uno y otro.

En cuanto á Alí-Nur, he aquí que llegó por la gracia de Alah á la ciudad

de Bassra, marchó directamente al palacio del sultán Mohammad El-Zeiní,

y una vez allí dió un gran grito. Y al oirle el sultán mandó que

llevasen á su presencia al hombre que había gritado de aquel modo. Y

Alí-Nur, al verse delante del sultán, sacó del turbante la carta del

califa y se la entregó inmediatamente. Y el sultán abrió la carta,

conoció la letra del califa, y en seguida se puso de pie, leyó con mucho

respeto el contenido, y después de leerlo se llevó tres veces la carta á

los labios y á la frente, y exclamó: «¡Escucho y obedezco á Alah el

Altísimo y al califa, Emir de los Creyentes!» Y en seguida mandó llamar

á los cuatro kadíes de la ciudad y á los principales emires para darles

cuenta de su resolución de obedecer inmediatamente al califa, abdicando

el trono. Pero en este momento entró el gran visir El-Mohin ben-Sauí,

enemigo de Alí-Nur y de su padre Fadleddín, y el sultán le entregó la

carta del Emir de los Creyentes, y le dijo: «¡Lee!» El visir cogió la

carta, la leyó, la releyó, y quedó consternadísimo; pero de pronto

desgarró muy diestramente la parte inferior de la carta que ostentaba el

negro sello del califa, se la llevó á la boca, la mascó y la tiró. Y el

sultán le gritó enfurecido: «¡Desdichado Sauí! ¿Qué demonio te ha

podido impulsar á cometer este atentado?» Y Sauí contestó: «¡Oh rey! Has

de saber que este hombre no ha visto nunca al califa, ni siquiera á su

visir Giafar. Es un bribón dominado por todos los vicios, un demonio

lleno de malignidad y de falsía. Ha debido encontrar algún papel escrito

por el califa, y ha imitado la letra, escribiendo á su gusto todo cuanto

aquí acabo de leer. Pero ¿cómo has pensado, ¡oh sultán! en abdicar,

cuando el califa no ha mandado un propio, ni una orden escrita con su

noble letra? Además, si el califa hubiera enviado tal mensaje, lo habría

hecho acompañar por algún chambelán ó algún visir. Y he aquí que este

hombre ha llegado completamente solo.» Entonces el sultán preguntó: «¿Y

qué haremos ahora, ¡oh Sauí!?» A lo cual respondió el visir: «¡Oh rey!

confíame á ese joven, y ya sabré yo descubrir la verdad. Lo mandaré á

Bagdad acompañado por un chambelán, que se enterará de todo lo ocurrido.

Si lo que ha dicho es cierto, nos traerá una orden escrita con la noble

letra del califa. Pero si ha mentido, volverá el chambelán con este

joven, y entonces sabré vengarme, para hacerle expiar lo pasado y lo

presente.»

Después de oir al visir, acabó el sultán por creer que Alí-Nur era un

maldito embaucador, y lleno de cólera no quiso aguardar á ninguna

prueba, y gritó á los guardias: «¡Apoderaos de este joven!» Y los

guardias se apoderaron de Alí-Nur, lo tiraron al suelo y empezaron á

darle de palos, hasta que lo dejaron sin sentido. Después les mandó que

lo encadenaran de pies y manos, y llamó al jefe de los carceleros, y el

jefe de los carceleros no tardó en presentarse al rey.

Este carcelero se llamaba Kutait. Cuando le vió el visir, le dijo:

«Kutait, el sultán va á ordenarte que cojas á este hombre y lo metas en

un calabozo subterráneo, donde lo atormentarás día y noche con la mayor

dureza.» Kutait contestó: «Escucho y obedezco.» Y cogió á Alí-Nur y lo

llevó en seguida á un calabozo.

Y cuando Kutait entró en el calabozo con Alí-Nur, cerró la puerta, mandó

barrer el suelo y poner un banco detrás de la puerta, cubriéndolo con un

tapiz y colocando en él un almohadón. Después, acercándose á Alí-Nur, le

quitó las ligaduras y le rogó que se sentase en el banco, diciéndole:

«No he de olvidar, ¡oh mi señor! lo mucho que me favoreció tu padre, el

difunto visir; de modo que no tengas temor alguno.» Y desde entonces lo

trató lo mejor que pudo, procurando que no careciese de nada; y sin

embargo enviaba diariamente recado al visir de que Alí-Nur estaba sujeto

á los más tremendos castigos. Todo ello durante cuarenta días.

Llegado el día cuarenta y uno llevaron al palacio un magnífico regalo

para el rey de parte del califa. Y el rey se maravilló de lo espléndido

de aquel regalo, y como no comprendía la causa que había movido al

califa á enviárselo, mandó reunir á sus emires, y les preguntó su

parecer. Opinaron algunos que el califa destinaba el regalo á la

persona enviada por él para sustituir al sultán. Y en seguida Sauí

exclamó: «¡Oh rey! ¿No te dije que lo mejor era deshacerse de ese

Alí-Nur, si es que quieres obrar con prudencia?» Y entonces el sultán

dijo: «¡Por Alah! Haces que lo recuerde á tiempo. Ve á buscarlo

inmediatamente y que se le degüelle sin misericordia.» Y Sauí contestó:

«Escucho y obedezco, pero convendría, ¡oh mi señor! anunciarlo por medio

de los pregoneros. Y que digan: «¡Vayan á la explanada de palacio

cuantos quieran presenciar la ejecución de Alí-Nur ben-Khacan!» Y todo

el mundo vendrá á ver cómo lo decapitan, y así me vengaré, y se alegrará

mi corazón, y quedará saciado mi odio.» Y el sultán le dijo: «Puedes

disponer lo que quieras.»

Lleno de alegría, el visir corrió á casa del gobernador y le mandó

pregonar la ejecución de Alí-Nur con todos los detalles mencionados. Y

así ve verificó puntualmente. Pero al oir á los pregoneros se apoderó de

todos los habitantes de la ciudad una gran aflicción, y todos empezaron

á llorar sin excepción ninguna, hasta los niños en las escuelas y los

mercaderes en los zocos. Y los unos se apresuraban á ocupar un buen

sitio para ver pasar á Alí-Nur y asistir al triste espectáculo de su

muerte, mientras que otros acudían en tropel á las puertas de la cárcel

para acompañarle desde que saliera.

Por su parte, el visir Sauí se dirigió á la prisión, haciéndose

acompañar de diez guardias, y mandó que le abrieran la puerta. Y el

carcelero Kutait, fingiendo ignorarlo todo, preguntó: «¿Qué desea mi

señor el visir?» Y éste dijo: «Trae en seguida á mi presencia á ese

miserable.» A lo cual repuso el carcelero: «Se encuentra en muy mal

estado, á consecuencia de los palos que le di y de los tormentos que ha

sufrido, pero de todos modos, obedeceré en el acto.» Y el carcelero se

dirigió al calabozo de Alí-Nur, y le encontró recitando estas estrofas:

_¡Ay de mí! ¡Nadie me socorre en mi desventura! ¡Y cada vez son más

intensos mis males y más difícil su remedio!_

_¡La ausencia implacable y amarga ha consumido lo más puro de mi

sangre, arrebatándome el último aliento de vida! ¡La fatalidad ha

transformado á mis amigos, convirtiéndoles en los enemigos más

crueles!_

_Y pregunto á cuantos me ven: ¿No hay nadie entre vosotros que me

compadezca, que se duela de lo inmenso de mi desdicha y que

responda á mis llamamientos?_

_¡Qué dulce me parece la muerte, á pesar de todos sus terrores,

ahora que se ha acabado toda esperanza engañosa de la vida!_

_¡Señor! ¡Tú que envías á quienes anuncian buenas nuevas; tú que

eres el mar de la generosidad; tú que guías á los portadores de

consuelo!_

_¡A ti imploro, abiertas todas las heridas de un alma atormentada!

¡Líbrame de mis sufrimientos y de los peligros! ¡Perdona mi

torpeza! ¡Olvida mis errores y mis faltas!_

Cuando Alí-Nur terminó su lamentación, se le acercó Kutait, le explicó

lo que pasaba y le ayudó á quitarse la ropa limpia que le había dado

ocultamente, y le vistió de harapos, llevándole en seguida á la

presencia del visir, que lo aguardaba pateando de rabia. Y apenas le vió

Alí-Nur, acabó de convencerse del odio que le tenía aquel enemigo de su

padre. Pero le dijo: «Heme aquí, ¡oh visir! ¿Crees que te será siempre

favorable el destino para fiar en él de ese modo? Ignoras las palabras

del poeta:

_¡Al tener que sentenciar lo aprovecharon para extralimitarse en

sus derechos y faltar á la justicia! ¿Ignoran que su veredicto

pronto dejará de serlo, y se disolverá en la nada?_»

Y añadió Alí-Nur: «¡Oh visir! ¡sabe que sólo Alah es poderoso, que es el

Único Realizador!» Y el visir le dijo: «¡Oh Alí! ¿crees intimidarme con

todas tus sentencias? Sabe que hoy mismo, contra tu voluntad y contra la

de todos los habitantes de Bassra, te cortaré la cabeza. Y para

imitarte, te recordaré lo que el poeta dijo:

_¡Deja obrar al tiempo á su gusto, pero disfruta de la satisfacción

de hacerte justicia!_

Y también es admirable este otro verso:

_¡El que vive, aunque sólo sea un día, después de haber visto morir

á su enemigo, consigue el fin deseado!_»

Inmediatamente mandó á los guardias que se apoderaran de Alí-Nur y lo

montasen en un mulo; pero los guardias vacilaron al ver que la

muchedumbre decía á Alí-Nur: «Mándanoslo, y ahora mismo apedrearemos á

ese hombre y lo haremos pedazos, aunque nos arriesguemos á perdernos y á

perder nuestra alma.» Pero Alí-Nur repuso: «¡Oh, no! ¡No hagáis

semejante cosa! Recordad estos versos del poeta:

_¡Todo hombre tiene que pasar su tiempo en la tierra, y

transcurrido ese tiempo, ha de morir!_

_¡Por eso, aunque los leones me arrastraran á su selva, nada

tendría que temer como no hubiera llegado mi hora!_»

Los guardias se apoderaron entonces de Alí-Nur, lo montaron en un mulo y

recorrieron así toda la ciudad, hasta llegar al palacio, frente á las

ventanas del sultán. Y gritaban: «¡Este es el castigo contra todo el que

se atreva á falsificar documentos!» Después llevaron á Alí-Nur al lugar

de los suplicios, allí donde se encharcaba la sangre de los

sentenciados. Y el verdugo, con el alfanje en la mano, se acercó un

momento á Alí-Nur y le dijo: «Soy tu esclavo; si necesitas que haga

alguna cosa no tienes más que decirla, y la haré inmediatamente. Si

necesitas beber ó comer, manda y te obedeceré en el acto. Pues has de

saber que te quedan muy pocos minutos de vida; sólo hasta que el sultán

se asome á la ventana.» Entonces Alí-Nur miró á derecha é izquierda, y

recitó estas estrofas:

_¡Decidme, por favor! ¿Hay entre vosotros un amigo compasivo que

quiera ayudarme?_

_¡Va á terminarse el tiempo de mi vida y á cumplirse mi destino!

¿Hay algún hombre caritativo que me socorra y que merezca ser

recompensado por su buena acción?_

El libro de las mil noches y una noche; t. 3 · 第 7 / 12 段